La vida es asín

Un guapo

Andrés Val Latorre acababa de recibir el premio de mejor piloto del año por su pericia en la resolución de incidencias y su alto ratio de puntualidad. Se sentía realmente orgulloso y su ya de por si altivo porte, se levantaba dos cuartas aquella mañana de invierno en Barajas. Cubría la línea Madrid Estocolmo, vuelo de gran importancia para Iberia. Casi cuatro horas de vuelo le esperaban y él estaba preparado, vaya si lo estaba.
Había alcanzado el avión su altura de crucero, cuando los ojos verdes de Andrés repararon en la sobrecargo de turno, Carmen Costa, una amable figura en un rostro fresco y redondo. Le hizo un gesto cómplice y ella asintió. No podía fallar, nunca lo hacia. Abrió la megafonía y escupió los clásicos mensajes de bienvenida, salpicados con algún dato técnico y geográfico. Para ello aplicó su mejor tono de voz próximo al del barítono de Turandot. Acabo con la rutina hablada, se estiró en su sillón y se dirigió al copiloto, sin apercibirse de que no había cerrado los micrófonos: "Luis, este va a ser un vuelo de echar. Primero voy a echar una cagada y luego le echaré un polvo a Carmen, la sobrecargo, que va a ser la mundial...".
Acababa de terminar de oírse la ele nasal de Andrés en todo el avión, cuando Carmen, que servia una copa de Cava a un gordo rubicundo alemán, dejó caer en la mesita del teutón la bolsa de frutos secos y aterrorizada salió corriendo hacia la cabina de mando. Cuando acalorada alcanzó la tercera fila de la clase turista, una anciana de permanente violeta la sujetó por el brazo y le aconsejó: "Tranquila hija mía que primero va a cagar"

 

Filosofía

Tres caribeños contemplaban plácidamente el límpido cielo azul dominicano debajo de una palmera platanera que les regalaba con una sombra reconfortante. Una suave brisa marina acariciaba su curtida piel y mecía su hirsuto cabello, cuando uno de ellos, el más reflexivo quizá, se atrevió a afirmar:
"Compañeros la magia azul de nuestro cielo antillano me inspira y quisiera haceros participes de mis reflexiones", acertó a compartir.
"Adelante, compadre", contestaron animosos sus compañeros de labor.
"Fijaros lo que es la naturaleza humana. Si no tuviéramos dos brazos y dos manos no podríamos ni en sueños trepar a la palmera y no conseguiríamos recolectar los plátanos que cuelgan de ella y moriríamos indefectiblemente de hambre". Y suspiró feliz.
Sus dos compañeros fruncieron levemente el ceño y elevaron sus miradas a un punto fijo del interminable horizonte centroamericano.
Tras siete horas de profunda cavilación, el segundo de ellos, alto, fibroso y sereno, concretó:
"Hermanos, yo creo que si no tuviéramos al mismo tiempo dos piernas y dos pies, no podríamos ni en sueños trepar a la palmera y no conseguiríamos recolectar los plátanos que cuelgan de ella y moriríamos indefectiblemente de hambre". Y también suspiro feliz.
El tercero, algo aturdido, se rascó distraídamente el caletre, puso sus ojos en blanco y preparó su materia gris para pensar.
Tras tres días y ocho horas de trabajo intelectual, nuestro tercer caribeño, fondón y risueño, concluyó:
"Socios, dejadme que añada que si al mismo tiempo no tuviéramos forro en los cojones tendríamos que sujetarnos los cojones con las manos y no podríamos ni en sueños trepar a la palmera y no conseguiríamos recolectar los plátanos que cuelgan de ella y moriríamos indefectiblemente de hambre". Y como no podía ser de otra manera suspiró feliz, mientras un arrebolado tucán chillaba al sol del atardecer.

Racismo sensible

Llamada intempestiva a un teléfono. Un emigrante de color - negro- cansado, se levanta de su camastro después de haber pasado 56 horas en la cola del ayuntamiento con la ingenua intención de conseguir un certificado de empadronamiento o residencia para regularizar lo irregularizable, la miseria, la injusticia.
-"¿Dígame?". La última vocal coincidió con la aparición de un bostezo del tamaño de una MaxiBurger con Queso.
-"¿Es la Casa Blanca?". Desde algún lugar.
-"Se va a reír usté de su puta madre". Y acabó de comprender la sinrazón de la vida.

Vida conyugal sana

Dice un conocido y sesudo informe americano sobre las costumbres sexuales de las familias estadounidenses de clase media y de entre 30 y 50 años con o sin hijos y con mas de tres años de matrimonio, que uno de los factores que mas se repite entre toda la población estudiada se centra en los gritos, gemidos, alaridos o quejidos de la mujer tras el acto sexual. En concreto el estudio asevera:
"Los gritos de la población femenina de este estudio siguen una curva gaussiana de doble hélice que alcanza indefectiblemente su máximo cuando la parte masculina se limpia el pene en las cortinas de hilo del dormitorio"

La sencillez de la felicidad

Antonio Márquez Ruiz naufragó hace ya dos años. Navegaba por una zona remota de Polinesia y los estertores de un tsunami traidor hundieron el catamarán en el que disfrutaba de unas merecidas vacaciones en solitario ("Me voy de periplo en solitario para aliviarme de ti" le dijo a una mujer obsesiva, celosa y redonda. "Cuida de mis hijos" solicitó. "Pero si ya tienen mas de treinta años" contesto la esférica. "Por eso mismo"). Apareció, medio ahogado en una playa paradisiaca de una isla paradisiaca con un mar azul esmeralda y un cielo azul azulado y una arena dorada e inmarcesible.
Tras esos dos años el aspecto de Antonio distaba mucho de ser paradisiaco: greñas grasientas, nudosas, cercenadas, de un color indefinible, piel lacerada por el sol, labios agrietados, ojos secos por la luz eterna, pies en carne viva. Un asco.
Caminaba por la playa aquella mañana paradisiaca -una mas- tratando de decidir si cortarse las venas o colgarse de una palmera paradisiaca. Ya había perdido la esperanza de ver algún barco, avión o similar. Cuando de repente acercándose lentamente a la playa, fue capaz de atisbar un yate de incontables metros de eslora y en la proa una muchacha joven, escultural, vestida con una camisa blanca de lino y un brevísimo tanga negro. Se frotó los ojos para alejar el espejismo de su avinagrada mente. En el instante que perdió de vista la imagen irreal, aquella sirena dulce se había arrojado al mar y venia nadando grácilmente hacia el. Se volvió a frotar los ojos. Y cuando regresó, allí estaba ella, de pie enfrente de él, con la camisa mojada y los pechos trasparentes. Era una diosa paradisiaca.
Ella -la diosa- se introdujo la mano en su teta derecha y extrajo una Cruzcampo helada que hizo sangrar -ya no le quedaba saliva- los labios resecos de Antonio. Introdujo la otra mano en la otra teta y sacó un paquete de Marlboro. A Antonio se le salían sus ojos calcificados de las cuencas y se le cayeron dos lagrimones que resbalaron por toda la cara requemada. En un ultimo movimiento grácil, la ninfa introdujo la mano en el tanga y antes de que hiciera el menor movimiento, gritó nuestro naufrago: "¡Cómo saque de ahí el Marca, me desmayo!"

Europa

Klaus Klotner alemán de Hannover gustaba de cazar palomas en las dulces colinas del Ampurdan, también gozaba de sus sabrosos embutidos y del vino alegre y áspero del Penedés. Una vez abierta la veda Klaus reservaba dos semanas de sus vacaciones para la caza, para los embutidos y para el vino. En Getranten Prufden Gmbh lo sabían bien pues no en vano llevaba quince años haciéndolo, por tanto durante el mes de Octubre no contaban con las habilidades contables de su oronda humanidad.
Atardecía plácidamente aquel otoño de 1973, cuando Bonifaci Calvia regresaba a la masía en Albanya con su carreta cargada de leña para el invierno. Un viejo burro tiraba de ella con parsimonia y por detrás alegre y bullicioso correteaba un perrito amarrado al estribo. Cruzaban la carretera de Figueres cuando una luz cegadora les embistió.
Klaus se encontraba algo desconcertado. Había topado con algo, no sabia qué. Acertó a salir de su Mercedes. Comprobó los daños: ligeras abolladuras y rallas provocadas por numerosas ramas de árbol que aparecían por doquier. Unos metros a su izquierda atisbó lo que parecía ser un perro. Se acercó. El perrito ladraba desgarradoramente: "Guauuuu, guauuuu". Tenía las dos patas delanteras descoyuntadas, un ojo desprendido, el rabo amputado y sangraba abundantemente. Klaus no dudó. Sacó del maletero su escopeta de caza. Cargó dos cartuchos y le descerrajó uno al pobre perrito o a lo que quedaba de él. "Yo no poder ver perrito sufrir". Un poco mas adelante yacía el burro. Rebuznaba a poquitos como con lastima. Sangraba y le faltaba una oreja. Un segundo disparo resonó en el valle. "Yo no poder ver burrito sufrir". Apoyado contra un árbol trataba de levantarse Bonifaci. Cojeaba, sangraba por la nariz y por la cabeza. Le colgaba un brazo y le faltaban casi todos los dientes. "¡Oiga, en mi vida había estado mejor, se lo juro nen. Estoy como nunca, escolti!"

 

Tercera edad

No ha mucho, en una recrecida ciudad de provincia de Albacete, un grupo de personas discutían en la calle a voz en grito sobre la influencia del déficit comercial del estado en la inflación subyacente.
Se acercó a ellas una amable anciana de manos nudosas, moño y semblante berroqueño. Al observar el tumulto, preguntó a uno de los múltiples observadores:
- Caballero, ¿me podría usted explicar si es tan amable, en términos que yo pueda comprender y en un tono que remonte mi ligera sordera, qué potorros pasa aquí?
- "Que hay una riña", rebuzno a media voz y sin girar la cabeza el entusiasmado mirón.
- "Ah, una niña", confirmó nuestra delicada anciana.
- "No, una riña", grito desaforadamente y dirigiéndose al oído izquierdo (el peor) de nuestra protagonista.
- "Eso, una niña", insistió la vieja.
- "No,...eh...., una disputa", acertó un acalorado energúmeno.
- "Entonces, no es tan niña"

Infancia

Una vieja escuela publica de una ciudad de provincias en el interior mas profundo de la meseta castellana hace ya algunos lustros.
La mañana de un miércoles de Noviembre ceniciento y húmedo el alumno Baltasar Sánchez Posadas, más conocido como el Vizconde, aparece por el patio -más un erial de rastrojales- con la cartera en ristre y un cardenal indecoroso en la mejilla derecha.
- "¿Qué te ha pasao, Vizconde?", gritó teatralmente el Orejón Calderón.
- "Ná, por ser amable y educao, como me enseñan en casa", defraudado replicó, mientras sus ojos tomaban trayectorias diferentes e inexplicables.
- ¿Por qué?
- Andaba yo por el pasillo de casa pensando en lo caros que están los tebeos del Jabato, cuando oí a mi padre gritar desde su habitación, decía: que me voy, que me voy. Así como gritando pero mas nervioso. Y mi madre allí mismo, le contestaba: yo también me voy, yo también me voy. Lo mismo que mi padre, pero mas finamente. Así que, pensé en la paga y en el Jabato y entré a despedirme y en vez de las dos pesetas, recibí este morao.

Mafia

Madrid, barrio de Moratalaz, día del mes de Julio de cualquier año de esta glaciación, 41º a la sombra.
Dos extraños individuos, de aspecto amarillento, secuaces de cualquier pajillero de medio pelo, arrastran por un callejón grasiento a un breve hombrecillo que grita como gato escaldado. Tras el segundo rellano de una escalera macilenta, empujan la entreabierta puerta de un pequeño apartamento donde dormita un cubano de dos metros en ambas direcciones. Se incorpora el cubano y pregunta con una leve oscilación de dos frondosas cejas musculadas:
- "¿Quién es ese enano?
- "Big Leroy, el jefe mandó que des por culo a este sujeto... Dijo que es para que aprenda a no querer hacerse el valiente con la gente del barrio".
La víctima grita desesperada e implora por el perdón. Pero Leroy asiente con la cabeza, ignorando los lamentos del hombre.
-"Podéis dejarlo ahí en ese rincón, yo me encargo de ese hijo de puta dentro de un momento".
Cuando los dos hombres salen, el hombrecillo dice sollozando:
-"Sr. Leroy, por favor, no me haga eso, déjeme ir que yo no le digo a nadie que Ud. me dejó ir sin castigo...Estoy dispuesto a gratificarle generosamente su magnanimidad"
El cubano le grita:
-"¡Yo no uso de eso. Cállate y quédate quieto ahí!"
Unas interminables horas mas tarde vuelven los dos advenedizos con otro hombre, delgado, seco, tiñoso.
--"Big, el jefe mandó que le cortes las dos piernas y le saques los ojos a este elemento para que aprenda a no llevarse su dinero".
El inacabable Leroy secándose el sudor y con voz grave replica:
-"Déjenlo ahí, en ese rincón, que ya resuelvo ese asunto".
Poco después llegan los mismos hombres, arrastrando a un tercero, panzudo, jadeante:
-"Big Leroy, el jefe dijo que le cortes los huevos a este tipo, para que aprenda a no meterse nunca más con su mujer. ¡Ah!, y dijo que también le arranques la lengua y todos los dedos para que no haya la más mínima posibilidad de que pueda tocar otra mujer en su vida".
Leroy con voz más grave aún:
-"Ya resuelvo eso. Ponlo allí en el rincón junto a los otros dos hijos de puta esos".
Acababa de resonar el último eco del portazo de los esbirros, cuando el primer hombrecillo bañado en sudor, manos temblorosas, pergamino en la cara, suplica en voz baja, casi un suspiro:
-" Señor Leroy, con todo respeto, sólo para que Ud. no se vaya a confundir, yo soy el del culo, el del culo, ¿se acuerda, no?"

Herencia

Se repartían la hacienda del padre recientemente fallecido dos hermanos de diferente condición. Atendían a los nombres familiares de Manoliño y Pepiño. Es por tanto fácil adivinar que nuestra peripecia acaece en la verde y mágica tierra gallega.
Dirigía el proceso Manoliño con mano firme, gesto adusto y mirada fija. Leía un tosco papel donde se adivinaban unas notas torpemente manuscritas.
- "La vaca gorda para mi y la flaca para ti, Pepiño", empezó a desgranar los renglones.
- "Los regadíos para mi y el secano para ti, Pepiño", prosiguió con seguridad.
- "El pazo para mi, la choza del ganado para ti, Pepiño", ni un ligero temblor de voz se percibía en su enumeración precisa.
En este preciso instante, Pepiño tomo la palabra e interrumpió la secuencia de bienes y sus destinos.
- "Manoliño, ¿me puedes dar un beso en los morros?”, preguntó sin desazón.
- "¡En los morros! ¿Por qué quieres un beso ahora y además en los morros?, espetó intrigado Manoliño.
"Porque cuando me dan por el culo, me gusta que me morreen"

Servicios personales

Llamabase Luna y como no podía ser de otra forma, iluminaba las noches de Calatorao. Luisa Fernanda Arranz, a la sazón su verdadero nombre, pensó que lo de Luna y lo de iluminar la noche podría ser un nombre y un eslogan provechoso.
Una noche cerrada y turbia, un futurible con pinta de ejecutivo se acercó a nuestra protagonista y preguntole:
-Señora, me podría usted decir si no es molestia, cuanto me costaría contratar sus reputados servicios personales?-, se le escaparon tres o cuatro perdigones que fieles al principio de la conservación de la cantidad de movimiento, adquirieron trayectorias diferentes, alojándose uno de ellos en la cuenca del ojo izquierdo de Luisa Fernanda, que no se pudo defender.
- Depende del tiempo, caballero impetuoso y lisonjero-, contestó al mismo tiempo que limpiaba su mancillado ojo izquierdo. Desgraciadamente y sin arreglo posible, se le había corrido el rímel.
-Pongamos que llueve, ¿cuánto me cobraría?

Ginecólogo

Una mujer de gesto preocupado espera el diagnostico del ginecólogo. Este frunciendo lo ojos mientras leía los resultados de la analítica le espetó:
- Está usted perfectamente, señora, lo único que le pasa es que está embarazada-, se levantó mientras con su mano derecha planchaba las arrugas que su inmaculada bata presentaba en la zona del tejido adiposo almacenado en la cintura.
- Eso me resulta difícil de creer, doctor, porque yo soy virgen-, digna, voz trémula pero firme, levantándose también.
El ginecólogo, con un punto de sorpresa en su semblante, se gira, da dos pasos hacia la ventana del consultorio, la abre, se apoya en el alféizar y dirigiendo su mirada hacia el cielo, espera.
-¿Qué hace usted, doctor?-, una pizca irritada, hasta bermeja.
- Mire usted, buena mujer, eso que usted cuenta ha ocurrido sólo una vez hace ya siglos y por el cielo cruzó una estrella fugaz y vinieron tres magos de oriente en camellos y un ángel bajó del cielo, y yo esta vez no me lo quiero perder.

Confesión preconciliar

Ocurrió una fresca mañana de primavera en un pequeño pueblo extremeño, casposo diría algún irreverente. Un cura preconciliar, rechoncho, rosado y tonsurado, inevitablemente inclinado hacia los placeres de la mesa, el juego y quizá algún otro imperdonable, confesaba rutinaria y dolorosamente.
"Ave María Purísima", oyó al otro lado de la celosía mohosa. Una voz femenina y dulce, por lo menos, pensó.
"Sin pecado concebida, hija, tu me dirás"
"Uno sesenta y ocho, padre". Además esbelta, se congratuló.
"No, hija, quise decir que me contaras tus cuitas"
"Una pena me apena, padre, una pero muy grande, padre. Confieso avergonzada que cuando veo a un hombre mis zonas pudendas se me consumen de picor". Mudose el color de la faz del cura y abrieronsele de par en par sus ojillos, todavía chispeantes por el carajillo matutino.
"Estooo..., hija, eso que cuentas te sucede cuando ves a cualquier hombre", preguntó interesado.
"A cualquiera, padre". Rauda y confiada.
"Sea cual sea su mérito, condición, aspecto, uniforme, profesión, vocación o posición social". Comiase las uñas, rascabase la tonsura, dos gotas de un sudor ansioso descendieron hasta su prominente papada.
"Si, padre, sea cual sea. Lo mismo da que sea alcalde, bombero o pregonero. El cosquilleo vaginal no remite". Ya se frotaba las manos el cura, ya se elevaba en su escaño, ya se ahuecaba la sotana apolillada, ya una sonrisa bobalicona se colgó de sus mullidos labios. Y llegó el momento de la gran pregunta.
"¿Cuantos añitos tienes hija mía?"
"Sesenta y siete, padre"
"¡So jodida, eso es sarna!"

Congregaciones

El domingo anterior hubo una reunión de monjas de toda España en el Monasterio de las madres Teresianas del Espíritu Santo, las de las roscas de vino. Rezaban y cantaban gregoriano en latín. Dejaron a la gente oírlas tras el enrejado, debajo del parral del claustro. Jo, te lloraba el corazón de la emoción. Qué gente más piadosa. Las reunieron por provincias y al final todas hicieron pareados de ofrecimiento. Cantaban: "Las hermanas de León cantamos con el corazón" ó "Las madres de Sevilla cantamos con la barbilla" ó "Las monjas de Castellón cantamos con el esternón". Fue precioso pero eche de menos a las de Logroño. Estarían malicas las pobrecicas.

Primitiva Premiada

La felicidad es efímera pero el instante que reina es pleno. Ved sino lo que aconteció en este caso real localizado en Sahagún hace ya un lustro.

Casa monofamiliar, 21h, Maribel prepara la cena en una cocina gas ya ennegrecida por el uso. En el preciso instante que esta sacando la ultima croqueta de gallina de la sartén, aparece Luis Ángel por una puerta situada a la derecha de ella. Viene alterando y profiriendo gritos desaforados. Se ve una ventana en la pared izquierda y otra puerta que da a una añeja sala de estar a la derecha. Esta oscureciendo inexorablemente.

Luis Ángel (grita y mueve los brazos espasmódicamente):" Maribel. Por fin he acertado la primitiva, 600 kilos"
Maribel (excitada pero no tanto, también grita pero en falsete): "Cáspita, que alegría"
Luis Ángel (desbordándose y sigue gritando, el tío): "Haz las maletas"
Maribel (rascándose la molla pendular justo tras el bíceps derecho): "Cariño, ¿que pongo la ropa de verano o acaso la de invierno?", pregunta con un ligero temblor en el labio inferior.
Luis Ángel (contumazmente expresivo, sarcástico, socarrón, ahogando una insinuación de sonrisa): "Pon toda porque te vas con tu madre a Navalcarnero"

Aristocracia

Los vaivenes de la política producen situaciones como esta que os narro. Sucedió en Trascarretas en un mitin previo a las últimas elecciones a cabildos. Uno de los tres candidatos a la alcaldía, desaforadamente y a voz en grito por la contumaz falta de megáfonos en la comarca, prometía.
"...y además de todo lo dicho, queridos trascarretanos, también os construiré un puente", escupió el candidato.
"Vivaaaaa. Pero para que queremos puente si no tenemos río", gritaron al unísono todos los congregados (treinta y ocho mal contados).
"Pues también os haré un río, que coño", contesto hábilmente. "Y os lo haré con premura", prometió por demás.
“¡Viva Premura!”, jalearon los lugareños.
 

Joseba Molinero