Atado y bien atado

Alí ben Yúsuf dejó a un lado el pergamino que estaba falsificando en la trastienda de su comercio esotérico del barrio de la Latina al oír la campanilla de la puerta. Miró la hora en su reloj de pulsera, un poco extrañado de que acudiera clientela un martes a primera hora de la mañana, y salió al bazar, poniéndose la chilaba y el fez con los que atendía a los clientes y adoptando la expresión huraña con la que espantaba a los curiosos, sin embargo el sorprendido fue él. Frente al mostrador le esperaban tres individuos: el primero de ellos, viejo, pequeño y reseco como el Piyayo, con poco pelo, blanco amarillento y liso, peinado hacia atrás, bigote fino entrecano y gafas graduadas de cristales ahumados, vestía una americana de espiga a juego con un pantalón de tergal gris, camisa blanca y corbata delgada negra y zapatos, también negros, de chúpame la punta; el segundo, de mediana edad, alto y robusto, moreno ultravioleta y afeitado brillante, con raya a lo Cary Grant y ojos azules, llevaba un pantalón de algodón rojo, americana náutica cruzada, camisa de rayas blancas y azules, pañuelo de cuello en tonos rojos y mocasines azules; el último era un mastodonte rubio, con el pelo cortado en plan operativo de la armada, sobre un rostro sonrosado en el que se hundían unos ojos de gato, tapaba el torso hipermusculado con una ajustada camiseta roja con la leyenda “Javi Métal” en letras góticas amarillas y las piernas con unos pantalones de camuflaje “tormenta del desierto,” con las perneras metidas en unas botas Segarra de CLP1.

El Piyayo se dirigió al árabe con una voz estentórea, que impresionaba aún más por salir de un cuerpo tan diminuto, en la que se adivinaba un ligero acento, propio del andaluz que habla castellano intencionadamente.

- Buenas días, Yúsuf. La Patria necesita de su conocimiento en un asunto de trascendental importancia para el futuro de todos los españoles y esperamos que su agradecimiento al país, que le ha acogido durante tantos años, le mueva a proporcionarlo de buen grado. Por otra parte, ni qué decir tiene que será recompensado generosamente.

El comienzo de las dos últimas palabras: recompensa generosa, hicieron que todo el instinto comercial de Yúsuf se pusiera en marcha, demorando cualquier decisión hasta conocer las condiciones de la propuesta del hombrecillo que, según su olfato, distarían bastante de ser las propias de una transacción legal por lo que cambió su registro al del comerciante servicial y discreto de forma que, mientras cerraba la puerta de su negocio y ponía el cartel de “CERRADO”, señaló la puerta de la trastienda y contestó amablemente:

- Bienvenidos señores, me harían el honor de pasar a mi taller, donde podremos hablar con mayor tranquilidad. ¿Puedo ofrecerles un te y unos dulces?

El Piyayo y su cuadrilla entraron en el taller, que no era tal si no un despacho amplio. Un escritorio de castaño con anchos cajones en lugar de patas, sobre el que se hallaban el pergamino, una estilográfica, una foto en color del mismo pergamino y una lupa, se encontraba en la pared opuesta a la puerta, que tenía una ventana alta tras el sillón de cuero. Una estantería abarrotada de libros cubría la pared derecha y se completaba el mobiliario con una mesa redonda con cuatro sillas con asiento de mimbre donde se sentaron los tres clientes de Yúsuf quién, tras hacer aparecer una bandeja con una tetera, cuatro vasos y un platillo con alfajores de uno de los cajones del escritorio; sirvió el té y se sentó a la mesa.

El Piyayo probó el té y mostró su aprobación, Cary Grant no lo tocó y Javi Métal cogió un alfajor. Tras una breve pausa, el Piyayo comenzó su exposición:

- Hemos estado vigilándole, Yúsuf, sabemos que su tienda de chucherías para brujas aficionadas no es más que la tapadera de un negocio de falsificación de documentos, que a su vez es otra tapadera de su verdadera ocupación de nigromante. Es Ud. muy inteligente: la maniobra de distracción es, en realidad, el objetivo de la operación... pero cuenta con una ventaja adicional: ¿quién puede pensar que la magia negra es su principal interés, en esta sociedad en que todo el mundo está idiotizado por los equipos informáticos?. En fin, le cuento esto para que sepa que no estamos interesados ni en las pijadas que tiene en el escaparate ni en la mierda con la que se mancha las manos aquí. Necesitamos que haga un conjuro... un conjuro difícil y peligroso. Estamos informados de que tiene los medios y el conocimiento: posee la única copia del Necronomicón que hay en España, habla griego, latín y árabe clásicos y tras esa estantería está el laboratorio en el que puede fabricar todas las sustancias que desee.

La expresión de Yúsuf cambió de nuevo, esta vez apareció un rostro pétreo, con fuego frío en la mirada acompañado de una voz autoritaria:

- Interesante. Les agradezco que me hayan mostrado que en el futuro debo ser más cauto, pero ahora, deben informarme de quienes son Uds., qué es lo que quieren que haga y, por supuesto, qué es lo que pueden ofrecerme para que satisfaga sus exigencias.

El Piyayo sonrió ligeramente tras dirigir sus gafas ahumadas hacia Cary Grant que tomó el relevo en la negociación, con una voz clara de tenor de zarzuela:

- Además de inteligente es Ud. sensato, Sr. Yúsuf, pero quizás demasiado curioso. No importa quienes somos, ya que únicamente representamos a un colectivo influyente que no está cómodo en esta sociedad. Un colectivo que quiere cambiar el rumbo del país hacia una senda limpia donde no haya sitio para los degenerados ni los débiles. Un colectivo poderoso, eso somos.

En cuanto a qué queremos, es mejor que, antes, sepa qué ofrecemos...

Hay cierto manuscrito en la cripta de la catedral de Toledo que le podría interesar: “Portae dimensionalis” de Diego Oribe, un converso paranoico que encontró la paz en una hoguera del Santo Oficio a mediados del siglo XVI. Este manuscrito, del que adivino que conoce el tema que desarrolla, pasaría a formar parte de su biblioteca una vez que realizara la copia correspondiente para que ocupara su lugar en las vitrinas del arzobispado. Por supuesto, entenderá que no queremos que el Patrimonio Nacional se vea privado de una de sus piezas más importantes ni dar embarazosas explicaciones a la Iglesia y a la Prensa.

Yúsuf se levantó y se quitó el fez y la chilaba, colgándolos en un perchero de pié que se encontraba tras la puerta, transformándose en un hombre alto y joven, de pelo negro ondulado en la cabeza y en la barba, con un polo avellana, unos chinos pardos y playeras de baloncesto verde OTAN, en el que solo quedaban, de su identidad anterior, los ojos amarillos de fuego frío. Sirvió más té al Piyayo y a sí mismo. Aspiró el aroma de la hierbabuena, se sentó, dio un ligero sorbo y se dirigió a Cary Grant con media sonrisa falsa, mostrándole sus colmillos blancos y afilados.

- Me gusta la gente discreta y que mantiene las distancias en los primeros encuentros ya que la familiaridad excesiva solo es fuente de conflictos, además no puedo hacer otra cosa que reconocer que la recompensa es generosa. Ese libro que me ofrece es un ejemplar único y valiosísimo, que he deseado consultar en innumerables ocasiones. Tiene Ud. toda mi atención, prosiga, por favor.

Cary Grant sacó una pitillera de oro amarillo del bolsillo interior de su americana, tomó un cigarrillo americano, sin ofrecer a los demás, la cerró con un clik y la dejó en su sitio. Se puso el pitillo en la boca y lo encendió con un mechero de gas a juego con la pitillera. Aspiró el humo y lo envió hacia el techo.

- Tiene que resucitar un cadáver.

Yúsuf no mostró sorpresa ni excitación por la extraña petición. Simplemente, comenzó a recoger la información necesaria para llevarla a cabo; información que fue aportada, lacónicamente por Cary Grant.

- ¿Cuanto tiempo lleva muerto?
- Más de treinta años.
- ¿Cuales son y en qué estado se encuentran los restos?
- El cuerpo está embalsamado, en buen estado de conservación.
- Imagino la respuesta, pero, ¿han conservado las vísceras?
- No.

El árabe se quedó callado y aprovechó para acabarse el té. Cogió un alfajor y mordió la mitad, dejando el resto junto al vaso vacío. Masticó el dulce y se limpió los restos de los dientes con la lengua.

- Caballeros, tienen razón: es un trabajo difícil y peligroso. Devolver la vida a una momia es el más complejo de los hechizos de resucitación, sin contar con que el cadáver está contaminado e incompleto: la probabilidad de éxito es muy baja. Por otra parte, alterar el equilibrio en el reino de los muertos trae consecuencias nefastas a aquéllos que osan llamar a las puertas del Averno. Además, si el hechizo tiene éxito, el resucitado adquirirá poderes sobrenaturales impredecibles que, con toda seguridad, le harán inmanejable por aquellos que lo han convocado. Por último, la criatura no regresará al más allá hasta que finalice su obra y recupere la paz que le ha sido arrebatada, mientras tanto dispondrá a su antojo de todo lo que quiera sin reparar en el daño que infringiera.

Señores, les ruego encarecidamente que abandonen esta idea descabellada, que solo les reportará sufrimiento.

Cary Grant y el Piyayo cruzaron otra mirada y fue el último quien contestó al mago, con un tono ligeramente amenazador:

- Gracias por la advertencia, Yúsuf, que entendemos como una opinión profesional y no un obstáculo o negativa a su participación. Estamos enterados de cuales son las dificultades que podemos encontrar y las hemos valorado minuciosamente. Nuestro objetivo es tan elevado que merece la pena arriesgar la vida propia y, por consiguiente, la de otros. Por tanto, le ruego que, en nuestro mutuo interés, nos informe de que tipo de soporte físico o logístico necesita para llevar a cabo esta operación... con éxito.

Yusuf suspiró por la nariz y comió el trozo restante del alfajor, repitiendo la operación de limpieza por debajo de su labio superior.

- En primer lugar, deben conseguir todas las vísceras y tejidos blandos que le falten al cadáver: cerebro, pulmones, corazón... ojos, testículos u ovarios, según el género del finado. Después, un mínimo de cinco litros de sangre... humana, por supuesto. Finalmente, el hechizo debe llevarse a cabo en una habitación con muros de piedra y sin ventanas, en un lugar apartado donde no aparezcan curiosos y fisgones atraídos por el ruido o la luz.

Por otra parte, deben darme garantías del cobro, por adelantado.

El Piyayo hizo un gesto a Cary Grant, que sacó un sobre del bolsillo de la pitillera y se lo entregó al árabe con expresión de desdén e ironía en la voz:

- Es sorprendente que se preocupe por sus honorarios y no por su seguridad. ¿Qué nos impide liquidarle una vez que haya cumplido con su cometido?.

Yúsuf abrió el sobre, que contenía un documento con el membrete del Ministerio de Cultura, lo leyó con detenimiento, volvió a guardar el impreso en el sobre y contestó a Cary Grant, con una sonrisa triste en los ojos:

- Una vez que haya resucitado la momia, yo seré, de todos los presentes, el que mayor probabilidad tenga de seguir vivo. Ya les he avisado... Ahora, ¿cuando piensan que estarán preparados...?

El Piyayo y Cary Grant cambiaron otra mirada y el Piyayo se incorporó y se dirigió a Yúsuf.

- Acompáñenos. Esta misma noche estará todo preparado.

Aunque Cary Grant y Javi Métal se levantaron, el árabe continuó sentado.

- Si es así, recójanme aquí a las cuatro... yo también debo prepararme.

El Piyayo asintió.

- De acuerdo. Tiene Ud. toda nuestra confianza. No nos decepcione.

Yúsuf se levantó para acompañarles a la puerta y añadió:

- La confianza es la base de los negocios.

Cuando todos se disponían a salir a la tienda, Javi Métal se detuvo y se volvió hacia el mago, preguntándole con marcado acento madrileño:

- Oye paisa, ¿la sangre debe ser del mismo grupo sanguíneo?

Yúsuf sonrió beatíficamente.

- ¡Santa inocencia! No, joven, no es necesario. No habrá rechazo... y tampoco debe preocuparse por que el cerebro sea de un retrasado o los pulmones de un fumador. Eso sí, procure que todas las asaduras sean frescas.

Alí ben Yúsuf salió de su tienda a las cuatro en punto de la tarde.

Había comido ligero: un salmorejo con pan de pueblo y dos tajadas de melón, en la tasca de enfrente. De regreso en su taller, cuando hubo fumado un cigarrillo de caldo y dormido una siesta de un cuarto de hora en el sillón de cuero, había preparado una maletita con un calzoncillo, unos calcetines y un polo amarillo. Mientras había estado metiendo la ropa había estado recordando los consejos del ventero a D. Quijote: un caballero andante tiene que llevar camisas limpias en sus alforjas.

Había completado su equipaje con su cuaderno de anotaciones y una botella de gaseosa antigua, con tapón de cierre hermético por presión mecánica sobre la arandela de goma, llena de un líquido negro que había destilado en su laboratorio antes de ir a comer. Tras cerrar la maleta, había vuelto a su laboratorio y de un tarro de cristal había sacado varios caramelos SUGUS, separando tres de fresa, que se metió en el bolsillo izquierdo del pantalón, y uno de cada sabor: limón, naranja, piña y manzana, que se metió en el izquierdo. Cuando hubo tapado el tarro y salido del laboratorio, tomó su maleta y salió de la tienda.

Cerró la puerta, bajó la persiana y, al darse la vuelta, vio, justo frente a sí, a Javi Métal en la ventanilla de un SEAT León rojo, haciéndole ademán con su pulgar izquierdo de que se sentara en el asiento trasero.

Yúsuf dejó su maletín sobre el asiento y, casi sin tiempo a acomodarse, sintió la acelaración y la música del casetero a todo volumen, que identificó como “Bat out of Hell”.

Pensó que Javi Métal era un romántico y que había elegido una banda sonora muy apropiada para la ocasión.

Alí Ben Yusuf se despertó al sentir el frenazo. Recordó, vagamente, como Javi Métal se había dirigido hacia la puerta de Toledo y girado hacia Nuevos Ministerios, buscando la M-30 y se dio cuenta de que había dormido un buen rato ya que estaban el aparcamiento del alcázar de Segovia.

Javi Métal le hizo ademán de que le siguiera y se dirigieron hacia la taquilla, donde sacaron dos entradas y pasaron al interior del edificio. En la primera sala, en lugar de seguir el itinerario indicado, Javi Métal se acercó a una puerta, con un cartel de “SOLO PERSONAL AUTORIZADO”, la abrió y le dejó paso a Yúsuf, entró detrás de él y la cerró, echando la tranca. Al encender la luz vieron la escalera de caracol, que bajaron en silencio hasta un amplio sótano de piedra.

Allí, sentados en los sillones de un tresillo de cuero, les esperaban el Piyayo y Cary Grant. Yúsuf se detuvo frente a ellos y preguntándoles:

- ¿Está todo?

Cary Grant le contestó señalando, con su cigarrillo americano, a una de las puertas que de la pared de su derecha.

- Ahí dentro.

Yúsuf sacó la botella y el cuaderno de su maleta y entró en la habitación, que era una mazmorra donde los reyes de Castilla condenaban a la locura a sus enemigos. Yúsuf la examinó sin interés: ni grande ni pequeña, con paredes, techo y suelo de sillería y sin ventanas. En el centro había dos cajas de madera: una grande y larga y otra pequeña.

Quitó la tapa de la pequeña, dejando a la vista una nevera de camping. Se acuclilló y la abrió. Estaba llena de bolsas de plástico con cierre hermético rodeadas de hielo en polvo, como el de las pescaderías. Cada bolsa contenía un órgano interno de un ser humano o estaba llena de sangre. Cogió, delicadamente, la correspondiente a los ojos: dos bolas grandes, con un iris de un color azul precioso. Asintió con la cabeza y pensó que, aunque estaban completamente locos, sus clientes eran competentes. Dejó la bolsa junto a las demás e, incorporándose, se volvió hacia la caja grande.

Retiró la tapa de la grande, dejando a la vista el cadáver. No pudo reprimir media sonrisa. En efecto, estaban rematadamente locos pero su locura tenía algo de ingenuidad, de confianza ciega en lo que aquella persona había hecho en vida, de impotencia para corregir el presente...

Deshaciéndose de sus divagaciones, se entregó a una actividad febril. Extrajo el cuerpo de la caja, lo depositó en el suelo y lo desnudó, depositando a su lado todos y cada uno de los órganos de las bolsas; luego sacó las cajas, la nevera y la ropa al estragal, recibiendo las miradas curiosas del Piyayo y Cary Grant y la indiferente de Javi Métal. Una vez de vuelta en la mazmorra, colocó, cuidadosamente, cada una de las vísceras sobre la zona del cuerpo que le correspondía y vació las bolsas de sangre sobre el cadáver. Dio un paso atrás y sacó los SUGUS de su bolsillo derecho, peló el de limón y guardo el envoltorio junto a los otros caramelos, en el mismo bolsillo. Avanzó hacia el cadáver y le introdujo el caramelo en la boca. Acto seguido, abrió la botella de gaseosa y comenzó a derramar el líquido negro alrededor del cuerpo, siguiendo la silueta marcada sobre el suelo, donde se solidificó casi instantáneamente. El nivel de la botella permanecía invariable, por lo que, continuó la operación cubriendo la totalidad del cadáver, que tomó el aspecto de una gran larva de azabache brillante.

Cerró la botella y la sostuvo con su mano izquierda, mientras agarraba su cuaderno de notas con el pulgar e índice derechos. Buscó la última página escrita con el pulgar izquierdo y, sin soltar la botella, comenzó a leer unos versos sin emitir sonido alguno.

Al finalizar el silencioso responso, la capsula negra comenzó a vibrar levemente pero con un continuo incremento de frecuencia e intensidad. Yúsuf se apresuró a salir, cerrando la puerta con fuerza.

Javi Métal, el Piyayo y Cary Grant se incorporaron expectantes.

Yúsuf dejó la botella y el libro sobre la mesilla.

- Ya está hecho, ahora debemos esperar unas seis horas. El tiempo de proceso varía en cada caso. Mientras tanto, les recomiendo que se relajen.

Yúsuf sacó, de nuevo, los SUGUS, peló el de naranja y comenzó a masticarlo, frente al atónito trío. De pronto, como dándose cuenta de su descortesía, adelantó su mano derecha, ofreciendo los caramelos de fresa a sus clientes.

- Discúlpenme, ¿quieren uno?

Uno tras otro, cogieron los caramelos, se sentaron y empezaron a saborearlos con fruición y comentarios alegres.

- ¡Cuanto tiempo hacía que no comía un SUGUS! Creía que ya no los fabricaban.

- Sí, saben a infancia.

- ¡Guay! Teníamos que haber traído algo para cenar.

Inmediatamente, los tres conspiradores cayeron en un profundo sueño y Yúsuf, tras recoger sus cosas, se encaminó hacia la escalera de caracol seguido por el repiqueteo de la puerta de la mazmorra.

El Piyayo se despertó suavemente, feliz después de haber dormido profundamente y descansado como no lo había hecho en mucho tiempo. Estiró los brazos, bostezó ruidosamente y se quedó pasmado: el moro lo había logrado... Zarandeó a Cary Grant, que se despertó sobresaltado, para que compartiera su sorpresa y se incorporó como un rayo, poniéndose firme: tripa dentro, pecho fuera, hombros atrás, barbilla arriba, índices en la raya del pantalón, palmas afuera y gritó:

- ¡A sus órdenes, mi general!

El General estaba en la puerta de la mazmorra, en posición de descanso, con uniforme caqui de campaña, fajín rojo, charipi con borla dorada y botas de montar. Representaba unos cincuenta años y lucía un bigotito negro que no aumentaba el aspecto poco marcial que le confería su corta estatura. Dirigiéndose al Piyayo, preguntó, con voz aflautada:

- ¿Se puede saber por qué me han convocado?

Cary Grant se levantó despacio y respondió:

- General, desde que nos abandonó, todo en España ha ido de mal en peor, llegando en estos momentos a una situación de anarquía y depravación incluso superior a los meses anteriores al glorioso alzamiento: bodas de homosexuales, desacralización de iglesias, corrupción de altos cargos, pérdida de soberanía, atentados contra la unidad nacional... ¡Es necesaria una nueva Cruzada! Y solo vuecencia será capaz de dirigirla.

Cary Grant buscó la aprobación del Piyayo, pero este seguía en posición de firmes, luego miró a Javi Métal, que seguía dormido como un bendito, y optó por callarse.

El General se atusó una ceja con el meñique, después el bigotito con el índice y volvió a dirigirse al Piyayo, con una cierta impaciencia en su vocecita:

- Si Ud. es militar tiene que saber que no debe seguir las ordenanzas mientras se encuentra rebajado de servicio. Explíqueme quienes son Uds. e indíqueme quien me ha convocado.

El Piyayo cruzó los brazos, un poco turbado, y le explicó:

- Somos patriotas, fieles seguidores de los Principios Fundamentales del Movimiento, deseosos de limpiar España de toda la basura judeo-masónica que la está llevando al borde del precipicio.

El General suspiró por la nariz e insistió:

- ¡Ya! Y ¿quién me ha convocado?

A lo que el Piyayo respondió con diligencia:

- Un nigromante moro llamado Alí ben Yúsuf... pero ahora no está aquí. Nos ha narcotizado y... le encontraremos... tiene una tienda en la Latina y...

El General le ordenó callar levantando su mano derecha y, señalando a Javi Métal, primero, y a la celda de la que había salido, después, les dijo:

- Despierten a su compañero y entren ahí.

El Piyayo y Cary Grant obedecieron dócilmente y los tres entraron en la mazmorra. El General cerró la puerta tras ellos, echó el cerrojo y, dando una palmada, desapareció.

Alí ben Yúsuf estaba desayunando en su despacho. Había tratado de dormir pero no lo había conseguido, un poco por haberle robado el coche a Javi Métal... le caía bien el muchachote, a pesar de que formara parte del mariachi facha de Canillejas... y un mucho por haber desatado una fuerza incontrolable... que pronto le encontraría... que reclamaría que le devolviera al lugar de donde había venido... que exigiría que fuera su compañero de viaje...

Trató de distraerse mojando el sobao en la leche y de concentrarse en qué podría hacer para escapar cuando sonó la campanilla de la tienda. El árabe apartó el tazón y se incorporó exhalando un profundo suspiro... había dejado la puerta cerrada... por tanto... solo podía ser...

El General abrió la puerta del despacho y entró confianzudamente, echando un vistazo de aburrimiento a la habitación y otro de reprobación a Yúsuf.

- Alí ben Yúsuf: vengo a cobrarme la deuda que tienes conmigo.

Yúsuf le observó con curiosidad profesional, sintiéndose orgulloso del resultado de su trabajo, olvidando por un momento el temor que le había embargado hasta ese momento.

- ¿Que puedo hacer por Ud.?

El General estiró su cuellito y le dirigió una mirada glacial.

- Puedes llamarme General y tratarme de vuecencia y puedes ayudarme a entender qué coño ha pasado en este país para que me hayan hecho esta putada... de los mamarrachos que he dejado en el Alcázar no me extraña nada, pero tú pareces un tipo sensato... ¿es cierto lo que me han contado? Yo no lo puedo creer. Antes de marchar lo dejé todo atado y bien atado.

Yúsuf apretó los labios y pensó que España era un país de locos... locos desde su nacimiento hasta su muerte... y más allá.

- Mi visión de su país es la de un pobre inmigrante y, por tanto, mi opinión será tan desafortunada como la de los infelices que solicitaron su presencia.

El General asintió.

- Modesto y prudente. Podrás decirme, por lo menos, quién es el jefe del estado y cual es su residencia

Yúsuf respondió, extrañado, con un ligero tartamudeo.

- El rey Juan Carlos... vive en la Zarzuela.

Y solo tuvo tiempo de oír una palmada.

Los habitantes de la Zarzuela, tras el desayuno, se comportaban como cualquier familia española: leían los periódicos y tenían conversaciones repetidas mil veces:

- Juan, voy a echar un tordo y acabo en seguida o sea que no me cojas LA VANGUARDIA.

- Sofía, nos seas cansa y no uses esas expresiones; que luego te salen en la calle... Ni caso... lleva cincuenta años en este país y todavía no distingue entre el hablar de Carabanchel Alto y el protocolo que debe guardarse en Palacio... Ya me lo decía mi difunta madre, que esa chica era demasiado desenvuelta para mí y que me iba a dar un montón de quebraderos de cabeza.

Pero esa mañana, dos visitantes inesperados aparecieron en el comedor del jardín, dirigiéndose el militar, a Juan, en los siguientes términos:

- Pues yo debo discrepar de la opinión de su señora madre, alteza, creo que su esposa le ha dado la estabilidad que ella no pudo dar a su marido, su señor padre, que, sin ánimo de ofender, siempre fue un tarambana.

Juan levantó la vista del ABC y tras una mirada de asombro, le dedicó al General un amplia sonrisa y hasta se permitió levantarse y darle un abrazo, que el General recibió con un poco de desgana y no devolvió.

- ¡General! ¡Cuanto tiempo sin verle! Y ¡qué bien le trata la vida! ¡Está hecho un chaval! ¿Qué le trae por aquí?

El General estaba atónito, aunque no movió un músculo de la cara para manifestarlo, solo le comentó de pasada al árabe:

- Está un poco desorientado ¿no?

A lo que Yúsuf respondió con un mudo asentir de cabeza, mientras el General se volvía a Juan:

- He sido informado de que ha habido cambios notables en el país. Cambios que no están de acuerdo con las conversaciones que mantuvimos en su momento. Me sentiría muy decepcionado si su alteza me confirmara que estos cambios han sido debidos a su voluntad, olvidando las promesas que me hizo.

Juan puso cara de extrañeza y comenzó a explicarse, apoyando cada una de sus afirmaciones contando con los dedos de la mano.

- Me está tratando muy injustamente General. Recuerdo todos sus consejos:

- Dedo índice de la mano derecha – Vuecencia tenía el “Azor”, yo el “Bribón”.
- Dedo corazón de la mano derecha – Vuecencia tenía la coletilla “¡Españoles!” en el discurso de Navidad, yo “¡Me llena de orgullo y satisfacción!”.
- Dedo anular de la mano derecha – Vuecencia tenía el Pazo de Meirás, yo el Palacio de Marivent.
- Dedo meñique de la mano derecha – Vuecencia tenía un yernísimo y yo también.

Lo único que no he conseguido es que hagan chistes sobre mí... bueno están siempre con eso de que bebo SOBERANO, pero no tiene ni la mitad de gracia que los que hacían sobre vuecencia ¡Ah! Y tampoco organizo cacerías oficiales... ya sabe, ahora los ecologistas te crucifican si pisas una hormiga, pero en cuanto tengo una oportunidad me escapo y la armo. Fíjese que hace dos años cacé un oso en Alemania.. utilicé un SAUER 200... una pocholada... ¿recuerda que buenos ratos pasábamos en las monterías? Aquellos si que eran buenos tiempos...

El General levantó una mano para interrumpirle y añadió:

- ¿Como son sus relaciones con el Ejército?

Juan levantó las manos y le dedicó una sonrisa bonachona.

- ¡Excelentes! Solo tuve algunos problemillas con Milans, pero los resolví en una noche... ¡Tranqui Jordi! ¡Ja!

El General, impaciente, comenzó a golpear el suelo con el pié e insistió.

- ¿Quién es el jefe del estado mayor del Ejército?

Juan prosiguió igual de socarrón.

- El teniente general Fulgencio... Fulgencio... el de Palma. No recuerdo el apellido.

Y el General igualmente cortante.

- ¿El hijo de Fulgen?

Y Juan siempre cordial, apenas pudo responder:

- El mismo.

Antes de quedarse atónito, tras oír una palmada, y comprobar que los dos hombres se habían esfumado.

Sin darle mayor importancia, volvió a enfrascarse en el periódico hasta que, al poco rato, cuando regresó su esposa, dejó la lectura y le dijo:

- Sofía, ¿sabes que ha estado aquí el General?

Sofía, se detuvo y le preguntó extrañada:

- ¿Qué general?

Juan estaba alborozado.

- ¡El Patucas!, si mujer, el marido de Carmen la Collares. Se ha teñido y, creo que se ha hecho un “liftin”, pero seguía igual de seco que siempre. ¡Ja!

Sofía cerró los ojos y negó con la cabeza.

- Juan, no me haces gracia con esas tonterías. Con todo el lío de Iñaki, solo falta que los medios se dediquen a rebuscar en la relación que tuvimos con esa gente... ¡Olvídate de él, por favor! Bastante baba gorda tuve que tragar...

Juan se rió de buena gana.

- ¡Otra vez! ¡Ese vocabulario! Voy a tener que darle unos azotes, señorita.

Y Sofía le devolvió dos sonrisas, con los ojos y con la boca.

- No empieces, pecador, que te conozco.

En la sala de videoconferencias de Capitanía estaba reunido el Estado Mayor del Ejercito observando como un joven sargento de comunicaciones trataba de dividir la pantalla en 6 secciones para comenzar la reunión de coordinación de las diversas fuerza de ocupación que la OTAN tenía desplazadas en Afganistán.

El teniente general miró impaciente su reloj. Era demasiado viejo para todas aquellas zarandajas y cada vez que tenía que participar en aquellas mamonadas se acordaba de Gila y el teléfono.

Mientras trataba de borrar de su cerebro que habían dado a una señora que no era de la guerra, el oficial de guardia entró en la sala, se acercó a él y le dijo unas frases al escucho. El teniente general le dirigió una mirada demoledora y le amenazó:

- Teniente, ¿se ha vuelto loco? O ¿quiere ganarse un destino en Chafarinas?.

El teniente le respondió con voz temblorosa.

- Ya me ha arrestado él, una semana, por no formar la guardia a tiempo y a un cabo, tres días, por no estar en perfecto estado de policía. A vuecencia le ordena que se presente inmediatamente en el despacho de vuecencia, donde le espera con su ordenanza moro.

El teniente general salió de su asombro y de la sala hacia su despacho con una inquietud que no sentía desde hacía cuarenta años, cuando esperaba su turno para recoger su despacho de teniente y darle la mano ... al Caudillo. Dudó un poco antes de abrir la puerta... pero ya dentro se cuadró y saludó:

- ¡A sus órdenes mi General!

El General le devolvió el saludo, una sonrisita sin dientes y le indicó que se sentara en su sitio mientras él ocupaba la silla de confidente.

- Olvida las ordenanzas Fulgencio, tenemos que hablar.

El teniente general se sentó, incomodo, mientras observaba, fascinado, al que fuera el dueño de todo el país y que había vuelto del pasado, Dios sabe como.

- He sido informado de que ha habido cambios notables en el país. ¿Cómo han afectado a las fuerza armadas? ¿Existe algún peligro para la integridad de la patria?

El teniente general suspiró aliviado y comenzó a dar la novedad.

- Abandonamos el Sahara, según lo previsto, sin bajas. Nos incorporamos a la OTAN y se hicieron unas modificaciones cosméticas en los acuerdos con los Estados Unidos. A partir de ese momento, se produjo la normalización social del ejercito, manteniendo el mismo poder pero sin ser objeto de las críticas de ningún sector de la sociedad. Las fuerzas armadas se han profesionalizado y ello nos ha permitido participar en la guerra de los Balcanes, en las dos guerras del Golfo y, en estos momentos, tenemos tropas en Afganistán.

Es cierto, que, en el interior, hubo algunas bajas, sobre todo en la Guardia civil, en la lucha contra los separatistas, pero nada estuvo fuera de nuestro control, en ningún momento.

En resumen, el ejercito está operativo y la tropa se encuentra con la moral alta.

El General asintió satisfecho y continuó con sus preguntas.

- ¿Canarias? ¿Ceuta? ¿Melilla?

- Sin incidentes. Salvo una pequeña escaramuza, sin importancia, en Perejil.

- ¿El Pacto de Varsovia?

- La Unión Soviética desapareció como tal hace años y muchos de los países del Pacto forman parte, ahora, de la OTAN.

La cara del General se iluminó de felicidad.

- Lo sabía... es una lástima no haber podido asistir a esos momentos gloriosos para la humanidad... pero, entonces, ¿que cambios en el ejercito podrían ser censurados por la Vieja Guardia?

El teniente general se sonrojó ligeramente y se le estropajó un poco la lengua al contestar.

- Las mujeres pueden engancharse.

- ¡Virgen Santa! ¡Qué insensatez! ¿Pero a quién se le ocurrió semejante gilipollez?

- No lo recuerdo, pero ha sido un fielato que tuvimos que pagar para equipararnos al resto de los miembros de la OTAN.

El General asintió pesaroso, reflexionó unos instantes y repitió.

- Entonces, según tu opinión, ¿existe algún peligro para la integridad de la patria?

- Ninguno. El país está bajo control.

El General se volvió, enojado, hacia Yúsuf y le espetó.

- Si no existe una situación comprometida, ¿por qué me llamaste?

El árabe se encogió de hombros y contestó:

- Aquellos tres dijeron formar parte de un colectivo poderoso. Quizás no se referían al ejército...

El General se puso en pié y le interrumpió:

- ¿Quién es el primer banquero del país?

Yúsuf comenzó a responder:

- Emilio...

Y el General dio una palmada.

El banquero se encontraba sentado en su restaurante favorito en Nueva Montaña. Llevaba muchos años acudiendo a ese local. El género era excelente, el precio muy ajustado y allí no le molestaba nadie. Seguía siendo Miliuco, el hijo de D. Emilio, a pesar de que había convertido el pequeño banco de provincias, que su familia gobernaba desde hacía más de un siglo, en una gigantesca corporación que trataba de tú a las mayores entidades financieras del mundo.

Había pedido un jargo al horno y el crianza de Rioja de la casa y mientras esperaba, se entretenía con las teclas del último chisme portátil que le habían entregado los de informática, hasta que, de repente y de la nada, aparecieron en las sillas de enfrente: un general de los nacionales y su ordenanza moro.

El gorila, que esperaba, discreto, en la puerta del bar, se abalanzó hacia los recién llegados, llevándose la mano derecha al bolsillo interior de la americana, pero se detuvo en seco cuando la mirada del militar se cruzó con sus ojos. En seguida, el banquero le tranquilizó y volvió a su puesto de guardia.

- Tranquilo Wilson, es un viejo amigo al que hace mucho tiempo que no veía. ¿Verdad, Paco? Te apetece acompañarme a almorzar... esta es una ocasión especial por que trato a menudo con el Demonio pero una visita como la tuya, tengo que confesarlo, me parecía imposible que llegara a producirse.

El General negó con la mano y le explicó.

- No gracias, Miliuco. Estoy aquí por un asunto de suma importancia y necesito que me aclares algunas cosas. He sido informado de que ha habido cambios notables en el país. ¿Existe algún peligro para la integridad de la patria?

El banquero rió de buena gana.

- ¡Ay, Paco! Siempre me hizo gracia la seriedad que le ponías a todo y más aún cuando, como en este caso, no hay razón para preocuparse. ¿Quién te ha metido en la cabeza esas tonterías?

El General frunció el ceño y prosiguió enojado.

- No soy un lila y si he acudido a ti es por que no me fío de la gente que me ha informado. Este es un asunto serio, Emilio, respóndeme, por favor.

Miliuco adoptó la expresión que reservaba para denegar créditos y comenzó su explicación:

- Paco, todo va bien. Hemos hecho grandes negocios, conseguido enormes beneficios, aún ahora que decimos que hay crisis, y tenemos agarrado por los huevos a todo Dios con préstamos, créditos, hipotecas y obligaciones... ¿Es este moro el que te ha contado esas paparruchas?

El General, más tranquilo, le contestó.

- No, no. Yúsuf es leal, como todos los de su raza. Fueron tres papanatas a los que dejé encerrados en las mazmorras del Alcazar de Segovia, ¡gracias a Dios!... Pero, ¿hay comunistas?

El banquero se impacientó un poco y añadió autoritario.

- ¡Que no! Solo hay políticos y la mayor parte de ellos solo quiere meter las manos dentro del pastel. Fíjate que, dentro de poco, el mejor negocio de España será construir cárceles por que no habrá sitio para secar tantos chorizos. ¡Olvídate, Paco! Vuelve por donde has venido... que no hay problemas, te lo aseguro y por esos atorrantes no te preocupes, yo me encargo de ellos.

El General se mostró dubitativo.

- No sé... estaba pensando en visitar al cardenal primado, por cierto, ¿quién es ahora?

Miliuco fue tajante.

- ¿Visitar a Rouco? Ni se te ocurra. No me extrañaría que estuviera detrás de todo esto que me cuentas. La Iglesia no ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos y solo la liturgia tiene importancia para una parte de la sociedad... y no tendrían por qué quejarse ya que tienen un montón de subvenciones pero...

El teléfono del banquero comenzó a entonar una canción de Sergio Dalma y Miliuco comprobó de quién era la llamada.

- Es la Cheposa, tendréis que disculparme...

Y respondió con voz melodiosa:

- ¡Ángela! Gutten taj...

Yúsuf se dirigió al General.

- Con esto se habrá quedado satisfecho ¿no?

El General negó con la cabeza.

- ¡No me fío! Necesito una prueba definitiva. ¿Queda algún testigo de lo que fue el Régimen?

El árabe pensó unos instantes y respondió.

- Ya han muerto la mayor parte... queda Fraga, pero está más “pallá que pacá” y Carrillo...

Y el General dio una palmada.

Santiago Carrillo estaba sentado en el sofá, en el salón de su casa, fumando y mirando a la nada. En su vida ya no quedaba mucho más: el tabaco y los recuerdos. Algunos buenos, pero la mayor parte malos. Estos eran los más frecuentes y los más vívidos, como el que comenzaba a materializarse ante sus ojos: el cabrón de Franco, con el uniforme que utilizó en Hendaya, acompañado de un moro vestido de calle.

Sin embargo esta vez era demasiado real. Seguramente le habrían concertado una visita para realizar un documental sobre la Transición por lo que expresó su opinión con su característica voz cazallesca:

- Esta vez los de maquillaje sí han hecho un buen trabajo. Este actor se parece más a Paco el Rana que él mismo, aunque el vestuario de la Guardia Mora deja mucho que desear.

El General se volvió hacia Yúsuf y le dijo por bajines:

- Este también está desorientado pero no importa, le sonsacaré con la fina astucia que siempre me caracterizó.

El árabe buscó el cielo mientras el General se volvía hacia Carrillo con toda su energía.

- Carrillo: he vuelto para comprobar tu satisfacción al ver toda mi obra destruida y los Principios Fundamentales del Movimiento pisoteados por las hordas rojas.

Carrillo no se inmutó, encendió otro cigarrillo, le echó el humo, al General, en la cara y le contestó sin acritud.

- Franco: siempre fuiste un memo, pero un memo con suerte. Con suerte fabricada por los oligarcas para tener un pelele que distrajera al pueblo mientras ellos se enriquecían aún más... Mola o Sanjurjo no lo hubieran consentido y les eliminaron pero tú siempre fuiste un lameculos y un oportunista.

Después te buscaron el apoyo de Hitler y Mussolini y más tarde el de Eisenhower... Sí, un memo con suerte.

El General ignoró los insultos y volvió a la carga.

- Para ser la encarnación del triunfo del proletariado no me parece que estés muy satisfecho.

Carrillo tosió repetidas veces, apagó el cigarrillo con furia y empezó a gritar desaforado.

- ¿El triunfo del proletariado? El proletariado se fue a tomar por el culo con el 600. En la Guerra, los plutócratas aprendieron que era más fácil cazar moscas con miel que con hiel y comenzaron a contaminar a la clase trabajadora con el virus del consumismo: el utilitario, el televisor, el veraneo, las rebajas, los idiomas en el extranjero... hasta conseguir una sociedad infantilizada, adicta al consumo de cacharros informáticos, desprovista de ideales... ansiosa de medrar por pelotazos o braguetazos... donde, como decía Quevedo, “solo el que roba triunfa y manda”... donde el progresismo solo significa hembrismo y mariconismo.

Vete a la puta mierda, cabrón, y disfruta de tu triunfo en el infierno.

El General sonrió satisfecho y contestó, suavemente, a Carrillo.

- Gracias por tus insultos. Son la prueba que necesitaba para descansar tranquilo.

Y dirigiéndose a Yúsuf.

- ¿No te dije que lo dejé todo atado y bien atado?

Yúsuf sacó el SUGUS de manzana del bolsillo, lo peló, se lo metió en la boca, comenzó a masticarlo y cuando iba a empezar a hablar, se detuvo, sacó el caramelo que le quedaba y se lo ofreció al General.

- Disculpe, vuecencia, que no le haya ofrecido un caramelo.

El General lo observó con curiosidad, dudó un instante y finalmente lo cogió, lo peló y comenzó a masticarlo, diciendo, con suma satisfacción:

- A nadie le amarga un dulce.

Mientras tanto, Carrillo comenzó a ver como el militar y el moro iban volviéndose transparentes, paulatinamente, hasta que desaparecieron. Entonces encendió otro cigarrillo y se rió con ganas.

Alí ben Yúsuf apareció en su despachó cuando acabó de masticar el SUGUS. Suspiró aliviado, pensó que tenía mucha suerte y se planteó la posibilidad de cerrar el negocio pero al ver el documento que le entregó Cary Grant, decidió que el riesgo había valido la pena, que el conocimiento encerrado en aquél libro le haría inmensamente poderoso. Sin embargo su dicha fue muy corta pues el tintineo de la campanilla de la puerta le hizo estremecerse de terror.

Esperó unos instantes, deseando que no apareciera el General, hasta que una voz de hombre sonó en el interior de la tienda.

- ¡Hola! ¿Puede atendernos alguien?

Yúsuf casi lloró de alegría: eran clientes.

Miró la hora en su reloj de pulsera, un poco extrañado de que acudiera clientela un miércoles a última hora de la tarde, y salió al bazar, poniéndose la chilaba y el fez con los que atendía a los clientes y adoptando la expresión huraña con la que espantaba a los curiosos, sin embargo el sorprendido fue él. Frente al mostrador le esperaban tres individuos: el primero de ellos, viejo, pequeño y rechoncho como Paco el Bajo, con abundante pelo, negro y crespo, peinado sin raya, con la sombra de una barba hirsuta afeitada de madrugada, vestía una chaqueta de punto a juego con un pantalón de tergal gris, camisa de cuadros de batzoki abrochada hasta el cuello y zapatos negros, de chúpame la punta; el segundo, de mediana edad, alto y robusto, rubio ceniza con barba de tres días, con flequillo a lo Marlon Brando y ojos pardos, llevaba un pantalón vaquero desteñido, americana de pana fina, camisa azul desabrochada y deportivas desgastadas; el último era un leviatán pelirrojo, peinado como Depredador, con un rostro pecoso en el que lucía un moco metálico, tapaba el torso hipermusculado con una holgada camiseta de rayas verdes y negras y las piernas con unos pantalones calzonosos, con las perneras sujetas por unas sandalias de cuero.

Paco el Bajo se dirigió al árabe con una voz atiplada, que impresionaba aún más por salir de un rostro tan barbudo, en la que se no se encontraba acento alguno, como en el castellano de un locutor de Radio Nacional.

- ¡Buenas tardes!. ¿Ha oído hablar de Vladimir Illich Ulianov?
 

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1  Caballero Legionario Paracaidista.

 

Miguel San José