Copronio Catapodis, omnipotens deus

 

Mi nombre es Copronio Catapodis y esta es mi historia… Copronio fijó la vista en la pantalla del ordenador después de haber tecleado la primera frase de su autobiografía. No tenía muy claro por dónde seguir, pero sí que su historia merecía ser contada por muy inverosímil que pudiera resultar. Quizá lo mejor fuese comenzar por el principio, las historias en media res —así llamada Merche a las narraciones que empezaban ya mediada la acción— le parecían confusas y complicadas. Su mente era mucho más pragmática y directa. Él iba al grano, derecho al asunto. Se rascó detrás de la oreja y suspiró; desde hacía un tiempo, el grano y el asunto habían modificado su sustancia. Antes, el asunto tenía faldas, blusas ceñidas, zapatos de tacón, melena larga. No se le daban mal esos asuntos. Ahora, el grano era escribir un relato más o menos bien hilvanado en torno a un tema sugerido por Merche, la coordinadora del taller de escritura creativa patrocinado por el ayuntamiento al que asistía. Desde que perdió todo lo que un hombre tiene para ser considerado como tal, pergeñar historias era lo más excitante que le llegaba a suceder. Se había dotado de todos los elementos consustanciales a un gran escritor y que coadyuvaban a serlo, comenzando con un diccionario donde hallaba palabras como consustancial y coadyuvar. Iba por la letra c. Un escritorio de época con tablero cubierto de tafilete verde, un ordenador MacBook Pro de última generación, una conexión Wifi con la tarifa plana de los piratas de MoviStar, impresora, folios, lápices, bolígrafos, una pluma Mont Blanc (serie Chejov, un ojo de la cara le había costado) para corregir las pruebas de la editorial… Y lo más importante, un pequeño espejo de mano. Era básico, según Merche. En él podría ensayar los más variados gestos antes de plasmarlos en el papel, o en la pantalla del ordenador.
Regresó a su historia. El título ya lo tenía decidido: Ciclo de aventuras celestiales de Copronio Catapodis. Le parecía un bombazo, de lo más sugerente, a pesar de ser un plagio descarado del título de una serie de relatos de H.P. Lovecraft. Pero, ¿quién iba a conocer a aquel desgraciado y magistral lunático? Hoy en día la gente solo lee memeces, dijo Copronio con voz engolada y la barbilla levantada mientras se miraba en el espejo.
—No te creas, majetón. Al Jefe le gusta mucho…
A Copronio se le congeló el gesto. Parpadeó varias veces con rapidez, pero la comisura izquierda de su labio superior continuaba arrugada en un gesto de asco supremo. La voz que le había hablado llegó acompañada de un espantoso olor a heces, un inenarrable olor como nunca había percibido. Apoyó la frente en la mano en un intento por reprimir las ganas de llorar que le estaban invadiendo. De nada serviría negar lo evidente, pretender que todo era fruto de su imaginación, que su vida no estaba a punto de verse envuelta en otra aventura estúpida y desquiciada que a buen seguro acabaría con…, con… Se palpó la tela flácida que le colgaba bajo la cintura, el vacío que allí habitaba era reflejo de su existencia. ¿Qué le iban a arrebatar esta vez?
La taza del baño se vació con un rugido áspero y un gorgoteo angustioso. Prefirió no imaginarlo. Tampoco tuvo mucho tiempo, desde la puerta de su despacho de escritor, un figura ya familiar le saludaba agitando los racimos de morcillas que tenía a modo de manos.
—Hola Copro, majetón, ¿cómo te va la vida? A que te acuerdas de mí…
—Me llamo Copronio.
—Ya veo que sí —se rió el visitante hasta que un par de apliques reventaron—. Veo que sigues con tu buen humor, Copro, majetón.
Copronio Catapodis giró el cuello y alejó sus ojos del ser del umbral. Decir que iba disfrazado de alguna clase de dios egipcio hubiera sido decir algo muy aproximado, casi tangencial. El inmenso vientre de aquel ente se desparramaba por encima de un faldellín que a duras penas le cubría sus partes. El torso desnudo acababa en un collar de huesos que Copronio no dudó en calificar de humanos. A partir de ahí, un rostro de perfil le miraba con su único ojo pintado, apenas visible entre los grumos de grasa del carrillo. La corona de faraón, o lo que fuera, se le había desplazado hasta la coronilla, encasquetada sobre una peluca de color negro que apenas le encajaba en el cráneo pelado. Un segundo fue suficiente para captar la imagen. Si la salida no hubiera estado bloqueada por el corpachón, habría corrido a vomitar. Apretó los labios y se tragó la bola ácida que se paseaba por su lengua.
—Joder, tío, que jeta de amargado estás poniendo. Si te vieras…
¿Y por qué no? Se miró en el espejo, pero la imagen que allí apareció no tenía nada que ver con su rostro estragado por la desesperación. ¿Estragado? Qué raro, aún no había llegado a la e. Arrasado, arrasado por la desesperación. Desde la pulida superficie, San Pedro le guiñaba el ojo y fruncía los labios enviándole beso tras beso. Detrás de él, entre unas nubes blancas y celestiales (sí, él, Copronio Catapodis, era el creyente número uno)…, ehhh, bueno, no estaba seguro de lo que estaba viendo. Se frotó los ojos. Sí, era Él. Un enjambre de angelotes revoloteaban a Su alrededor; sostenían unas tiras blancas con las que parecían querer envolverle. Con las cejas muy levantadas se volvió hacia la figura vestida de egipcio. Trató de ignorar los apremiantes labios pintados de Pedro.
—…
—Llámame Gabi, majetón. No te andes con formalismos. Después de tantas aventuras juntos es como si ya nos conociéramos de toda la vida.
—…
—Ya, querrás saber de qué va la cosa en esta ocasión, ¿no?
Copronio afirmó con la cabeza.
—Pues verás, es que el Jefe ha decidido jubilarse y ha requerido tus servicios por última vez. Te lo explico por el camino.
A Copronio le hubiera gustado gritar de ira, miedo, terror, angustia, asco, horror, pánico. Llorar. Negarse. Despedirse de su colección de figuritas de gatos, de los vídeos porno de Draghixa que tan buenos ratos le hicieron pasar en otras épocas. Ir al baño. Pero no, no fue posible. Cuando la visión se le aclaró, a su alrededor no había más que pedruscos grises y arriba, en su cénit, un sol enorme y asesino. A su lado, su secuestrador aparecía ahora vestido de árabe: una túnica blanca le ceñía el abdomen de una manera obscena y se le recogía dejando a la vista sus piernas casi hasta las rodillas. Copronio se quedó alelado ante la pelambre inaudita que cubría los pies a aquel monstruo; hubiese asegurado que eran los pies de un orangután.
Tío, desde luego mira que puedes ser grosero sin abrir la boca. Pues, ¿sabes lo que te digo? Que ahí te quedas. Yo me las piro, te espero abajo, en la entrada del monasterio. Y date prisa que el Jefe quiere decirte algo.
El calor, las piedras, el viento abrasador dejaron de existir por unos segundos. Un vocerío casi tan incongruente como aquellas pezuñas peludas rompió el hechizo. Una horda de turistas rubios y rubicundos, armados de cámaras fotográficas y escoltada por varias docenas de árabes vocingleros tratando de vender infinidad de baratijas, comenzaba a invadir lo que ahora veía que era la cumbre de una montaña. Un tipo armado con un megáfono dio la bienvenida al grupo. Sinai Mountain, repetía una y otra vez. Un moro —el término peyorativo es el que Copronio empleó en su mente confusa—, un moro se le acercó y después de darle un repaso con ojo rápido y experto, le habló en perfecto castellano.
—Amigo, yo te vende alpargatas. Cincuenta euros. Muy buenas.
Se miró los pies desnudos, tan desnudos como los había tenido en su despacho, protegidos entonces del frío suelo por una mullida alfombra. Se palpó los bolsillos: cinco euros y algo de calderilla.
—Yo no tonto. Tú quiere robarme. Hijoputa.
Dicho lo cual el moro se dio la vuelta y le dejó plantado en medio de la cumbre del monte Sinaí. Copronio flexionó los dedos de los pies, agachó la cabeza y emprendió el descenso. Dos horas más tarde, cinco caídas, tres proposiciones de bajar en camello (que finalizaron con el consabido insulto por parte del moro conductor) y otra de carácter más incierto y ambiguo, y unos pies ensangrentados, Copronio llegó a las puertas del monasterio de Santa Catalina. Allí, arrellanado debajo de una sombrilla, el llamado Gabi le hizo un gesto de que se acercara.
—Ya era hora, majetón. El Jefe está que trina por el retraso. He tenido que sacarte la cara y Le he contado que te habías empeñado en subir a la cumbre, a ver amanecer y todas esas chorradas que hacen los turistas. Yo que tú me iría preparando…
—Hijoputa.
—Jolín chico, sí que tienes hoy mal día —dijo mientras se levantaba y se recomponía los faldones de la chilaba y el tocado. Le dio un capirotazo a Copronio y le apremió—. Anda, vamos, no te enfades que me estás haciendo sentir mal. Mira, ahí está la zarza…
—Me cago en la jodida zarza. Tú eres un hijoputa.
Una voz tonante resonó en todo el patio del convento. Un par de perros y un pato salieron corriendo hacia las arcadas al otro lado de la iglesia. Copronio puso cara de infarto. Coño, la zarza ardiente. La cagué.
—Tú siempre tan imbécil, Cataponio. Siempre tienes que montar alguna con tal de tocarme los…. Me voy a contener…, me voy a contener... Templanza, templanza. Tengo que tener calma o la tensión me va a dar un disgusto un día, eso me dicen Cosme y Damián, y tú, ¡hala! ¡A tocarme los cojones! —explotó en un ataque de furia que cubrió de nubes negras y cargadas de relámpagos el cielo del Sinaí.
Lo mejor sería tragarse el orgullo y el polvo que había en la base la urna que protegía a la zarza de la avidez de los turistas. Copronio se hincó de rodillas, posó la frente en el suelo y suplicó el perdón por su grosería. Lo hizo bien, muy bien incluso, con abundancia de lloros, hipidos, mocos y mucho mesarse los cabellos.
—Vale, chaval, que me voy a poner tierno. Te perdono, venga, deja de berrear ya… Bueno, vamos a ver, te concedo un deseo, ¡hala!
Mi polla y mis huevos, fue la primera idea que se le vino a la cabeza. No podía ver Su rostro, pero supo que una ceja ominosa comenzaba a elevarse allá, donde fuera que estuviese el paraíso.
—Cúrame los pies, Señor, y dame unas alpargatas. Solo te pido eso…
—Así me gusta, humildad. Lo de curar pies se me da bien —la zarza se agitó—. Te mando a Pedro para que te ayude. Él te explicará lo que sucede.
Copronio hizo un enorme esfuerzo por dejar su mente en blanco. No quiso pensar nada acerca de su nuevo acompañante. Los pies, eso era lo importante. Curados, sí. Con alpargatas, sí. Y peludos. Hubiera invocado el nombre de Dios, pero creyó recordar que no estaba permitido según alguno de los Mandamientos. Una tosecilla a su espalda le hizo volverse.
—Hola, guapo. Ya estoy aquí. ¿Te gusta mi melena?
Allí plantado, con unas ondeantes melena y barba blancas, con unas tablas de piedra sujetas contra la cintura, le sonreía una casi perfecta imitación de Charlton Heston. Casi perfecta, porque la túnica que llevaba este nuevo Moisés era rosa fucsia con grecas doradas en las bocamangas y los bajos. Copronio se acuclilló contra la pared de adobe que tenía a su espalda y hundió la cabeza entre las piernas para no ver a aquel par de anormales.
Pedro se giró hacia Gabi.
—Oye, ¿qué le has hecho a mi amor?
—¿Yo? —pronunció Gabi alargando mucho la letra final—. Nada; el tío es un amargado. Nunca está conforme. Pero ya no es asunto mío. Buscaos la vida, yo me largo. Me toca espantar el caballo de Paulo, ya sabes…
Un leve siseo, un olor a huevos podridos, y se quedaron Pedro y Copronio, solos en el patio del convento. El oleaje de turistas nórdicos ya batía los muros del claustro. Copronio miró a Pedro.
—…
—Te cuento —Pedro había interpretado correctamente el rictus de resignación de Copronio—. Verás, Él ha pensado que ya está viejo y que es hora de retirarse. Desde hace un tiempo se pasa los días diciendo que Se quiere morir, que Se aburre, que nadie Le hace caso…En fin, la verdad es que lleva dos mil años con la misma cantinela. El asunto es que Se ha empeñado en que Le llevemos una cosa, que tiene que estudiarla y luego ya decidirá si Se va o Se queda otra temporada.
¿Qué cosa?
—Eso no te lo puedo decir todavía, pero nos tenemos que ir a El Cairo. Estoy deseándolo, estos árabes están como el queso. Tan fibrosos, tan altos, tan guapetones ellos… ¡Ay!, Copronio Cataporas, ¡qué bien nos lo vamos a pasar!
—Catapodis, mi padre era griego y… —dijo Copronio con voz aburrida. Ni siquiera sabía por qué se había molestado en corregir a aquella locaza.
—¡Hale! Vamos para El Cairo, seguro que llegamos antes de que anochezca. He dejado el Ferrari aparcado al otro lado del convento… Si te portas bien te dejo conducirlo un rato… —y le pellizcó una nalga.
Dos horas más tarde circulaban por los arrabales de la capital egipcia. Copronio tuvo que reconocer que Pedro sería una locaza, pero también era un excelente conductor. Solo tuvieron un incidente con un tullido que se empeñó en cruzar los seis carriles de la autopista de entrada a la ciudad arrastrando un carrito con sus pertenencias. Pedro le aplastó los dos pies al pasar a su lado a 220 km/h. Se encogió de hombros ante el grito de espanto de su involuntario acompañante.
—Bueno, ya estaba impedido antes, ¿no? Además, era musulmán. Si hubiera sido cristiano…
—Claro —murmuró Copronio.
Su mente se había concentrado en un buen hotel y en dormir muchas horas seguidas. Pedro tenía pinta de ser un sibarita, así que menos que un cinco estrellas... La ilusión le duró poco; un volantazo les lanzó hacia una enorme multitud vociferante que agitaba sus puños al aire. Varios individuos se echaron a un lado en el último momento, otros resbalaron por encima de la carrocería, varios pies más terminaron chafados. Otro golpe de volante les internó en un callejón oscuro. Un frenazo dio por concluido el viaje.
Perfecto. Hemos llegado.
El rumor de gritos crecía y disminuía como el silbido de un tren que se acerca a toda velocidad para alejarse a continuación, rápido, inalcanzable, mientras permanecemos solos y desamparados en el andén desierto. De vez en cuando se hacía un silencio casi sólido que siempre acababa quebrado por un berrido uniforme y multitudinario en el que sólo conseguía entender aquello de Allahu akbar. A empujones y codazos se fueron sumergiendo en la ciénaga humana agolpada sobre el grupo de tanques que cerraba el acceso a una gran plaza. Varios moros les miraron amoscados, pero Pedro continuaba su camino sin inmutarse.
Vamos, hombre, no te quedes atrás.
Dime dónde coño estamos. Maricona —se plantó Copronio.
No te pases o te suelto un hostión —la voz de Pedro había perdido de repente su sonsonete afeminado —. Por las buenas soy un encanto, pero como me jodas vas a terminar muy mal.
Copronio resolvió que no merecía la pena enemistarse con la mano derecha del Señor por muy maricona que fuese. Le rogó que le perdonara y reformuló su pregunta con mucha más educación. Pedro recuperó su amaneramiento.
¿Ves? Si cuando quieres eres un encanto de hombre. Bueno, verás, estamos a punto de entrar en la plaza Tahrir. Por lo visto los moros estos están hasta los mismísimos de un tal Mubarak, su presidente, y quieren que se vaya. No lo entiendo muy bien, pero parece que el tío se ha gastado auténticas fortunas en tinte para el pelo. No sé, creo que eso dicen. No hay quien comprenda a esta gente, que poco glamourosos. Mira que enfadarse porque su líder quiere ir guapetón…
Creo que la cosa no será tan sencilla.
Ya, puede ser. Chico, los humanos sois de lo más complicados…
A su imagen y semejanza.
Touché.
Pedro aquilató el rostro de Copronio unos segundos
Cada vez me pareces más interesante, Copro, guapetón, pero ahora tenemos cositas que hacer.
Pues o me lo explicas o no me muevo de aquí
Pedro lanzó un suspiro de frustración. Se golpeó los muslos con las manos y descansó la espalda contra una pared. Los gritos se volvían más fieros. Un soldado encaramado en uno de los tanques se dirigía a la multitud a través de un megáfono. Varias piedras le pasaron cerca de la cabeza.
Vale, testarudo. Ya te he dicho antes que el Jefe está pensando jubilarse y todo eso. Bueno, Él quiere que le llevemos algo que está al otro lado de la plaza, en el Museo Egipcio.
Ya, una momia.
Joder, Copronio, eres un crack. ¿Cómo lo has sabido?
Se encogió de hombros.
Pues sí, la de Ramsés II, pero no sé más. No me preguntes para qué la quiere porque no tengo ni idea.
¿Y por qué no se limita a chasquear los dedos y tenerla donde desee? ¿O por qué no viene a por ella Él mismo?
No seas blasfemo. Ya sabes lo que te suele pasar cuando te pones en ese plan. Venir, no va a venir, eso ya te lo aseguro. Os tiene pánico.
—Ya, le crucificamos al chico y todo eso.
—Pues sí, aunque eso estaba más o menos previsto, pero lo de exterminar al Pueblo Elegido… Joder, eso ya fue pasarse, ¿no te parece?
—Bueno, sí, claro, pero Él podría haberlo detenido todo. Si sucedió fue por su voluntad, ¿no?
—Pues no, majo, pues no. No te creas todo lo que dicen en las iglesias porque entonces vas a acabar muy mal. Eso de la voluntad de Dios es una excusa para aceptar y hacer cualquier barbaridad. Lo cierto es que cuando os ponéis burros cuesta mucho trabajo pararos. SanMi se las vio y deseó para acabar con el alemán ese del bigote. Al final tuvo que pactar con el Diablo…
—¡Ja!, con Stalin, como si lo viera.
—No, guapo, con el Diablo de verdad. Todavía estamos pagando los intereses de la deuda, no te creas.
—¿Y en qué consiste la deuda?
—Muy interesado te veo en los asuntos del Más Allá, Copro. A ver si lo adivinas, ¿cuál suele ser la moneda de cambio con el Maligno?
—¿Almas?
—Premio para el caballero. Almas. Sí, señor. Millones de almas desde entonces. Guerras, hambrunas, plagas y lo que te rondaré morena, porque la cosa no ha hecho más que empezar. El tío está empeñado en un holocausto nuclear; dice que no está por renegociar la deuda.
—No sé de qué me suena...
—Ya estaba bien de cháchara; es hora de entrar en acción —Pedro se enderezó, se sacudió el polvo de la túnica y se frotó las manos.
—Te explico el plan, majo. A partir de ahora todo es cosa tuya, yo no puedo ir más allá de este punto… No, no pongas esa cara, ya sé que te apena quedarte sin mi compañía pero tenemos prohibido inmiscuirnos en los asuntos humanos y…
El rostro de Copronio era una oda a la incredulidad. Aquel tío era un jeta o un incoherente, o ambas cosas.
—Bueno, es que la túnica es de Balenciaga, un pastón, oye, y estos moros están un poco alborotados. Yo no contaba con tanta algarabía por un poco de tinte para el pelo. Además, yo no soy omnipotente, yo me limito a guardar las llaves y todas esas monsergas. La verdad es que al que tenía que haberte mandado de ayuda era a SanMi; él sí que es resolutivo, pero en estos momentos anda ocupado echándole una manita al emperador Constantino y después tiene que hundir la Armada Invencible o algo así, no recuerdo bien.
—Será a la armada turca en Lepanto.
—Eso, eso. Jolín, que listo eres, Copro —y le pellizcó la mejilla antes de que pudiera apartar la cara—. A ver, el plan es que tú te introduzcas en el Museo y robes la momia. Yo te espero en la parte trasera con el Ferrari. La metemos en el maletero y salimos por pies.
No quiso discutir acerca de la capacidad del maletero de un Ferrari; le parecía mucho más interesante, y preocupante, saber cómo iba a conseguir atravesar aquella multitud y entrar en el museo así, sin más.
—¡Ay, hombre de poca fe! ¡Dios proveerá! —y dicho esto, se esfumó durante un parpadeo de Copronio.
Por fortuna todos los tipos que le rodeaban estaban más pendientes de lo que sucedía dentro de la plaza que de sus devaneos con Pedro. Copronio alargó el cuello y trató de adivinar qué estaba sucediendo. Varios helicópteros interrumpían con su petardeo la monótona cantinela de la oración. Unos cuantos tanques habían comenzado a avanzar desde uno de los puentes sobre el Nilo; sus torretas giraban imponentes y ominosas por encima de las cabezas de los manifestantes. Los gases de los escapes oscurecieron los puños agitados al aire. Los rugidos de los motores disolvieron el rumor de alabanza a Alá. Silencio. Miles de personas en silencio y de repente, el grito terrible de una multitud que no sabe lo que es el miedo, la ira y el odio en sus gargantas. Y a continuación, el caos.
Varias balas trazadoras impactaron en la pared, unos centímetros por encima de la cabeza de Copronio. Se sacudió la cal del pelo y decidió que lo mejor sería correr confundido entre el gentío. La marea humana se había fraccionado en diferentes corrientes que trataban de alcanzar las diferentes salidas de la plaza. Uno de los brazos arremetía ya contra las verjas del Museo Egipcio; Copronio corrió hacia allá. No sabía si podría hacerse con la momia, pero confiaba en que el cabrón de Pedro estuviera de verdad aguardándole con el Ferrari.
El sonido de un proyectil al impactar en un cuerpo es sordo, apenas perceptible, como descorchar una botella de vino. Un plop, y a continuación alguien que se desploma como un muñeco a tu lado. Luego la sangre, los gritos, los lloros, las carreras, más caos. De vez en cuando, penachos de humo trazando arcos blancos sobre el cielo y más balas trazadoras dibujando líneas de colores sobre la muchedumbre, hundiéndose en ella. Copronio aterrizó en el vestíbulo del museo con la camisa desgarrada y cubierta de sangre y la cremallera de la bragueta arrancada. Se arrastró por el suelo de mármol hasta que consiguió esconderse detrás de una vitrina repleta de momias de gatos. Ni lo pienses, Catapodis, ni lo pienses, resonó una voz dentro de su cráneo, imponiéndose a la barahúnda que poco a poco se iba adueñando de la gran sala. No tuvo muy claro si era él mismo quien se autocensuraba o alguien más alto. No, la momia tenía que ser la de Ramsés II.
La vitrina con los mininos disecados explotó y le cubrió de pedazos de gato muerto; un aldabonazo que le indicó que era hora se largarse de allí. Medio agazapado, ocultándose entre estatuas de escribas calvos, dioses de perfil, sarcófagos huecos y murales con jeroglíficos más parecidos a pintadas que a escritura milenaria, consiguió alejarse de la lucha y recluirse en unos retretes incongruentemente inmaculados. Se miró en el espejo y concluyó que ya no tenía edad para hacer de corresponsal de guerra. Sobre su cabeza había nacido una kafiya; se la quitó y apareció una pelambre más parecida a un estropajo masticado que a otra cosa; los pantalones dejaban a la vista sus calzoncillos CK con simulador de paquete incorporado; varios chorretones de sangre y grumos de consistencia variable teñían de diferentes tonos rosáceos la parte superior de la camisa. Una mancha oscura en la frente se iba transformando por momentos en un enorme chichón morado. Mecagüenlaputa, dijo sin emitir sonido alguno. ¿Dónde estaba el jodido Ramses II? Un plano, necesitaba un plano. Deambuló por varios pasillos. Los ruidos de la batalla de la plaza apenas se oían ya, ignoraba si por derrota de los unos, hartazgo de los otros o por la prudente distancia que había puesto con aquellos moros chalados. You are here, leyó. Eso, en el puto infierno, y volvió a mascullar una retahíla de improperios, aunque tuvo buen cuidado de no enredarse con blasfemia alguna. Dinastía XIX, Imperio Nuevo, sala XXXII, pasillo adelante, la segunda desviación a la derecha y luego recto hasta el final. Mierda, había perdido una de las alpargatas. Por suerte los pies volvían a tener un aspecto normal y perfectamente sano. No, si al final el Viejo iba a saber lo que se traía entre manos. Copronio aceleró el paso con unas zancadas largas y decididas.
La sala XXXII estaba sumergida en una inquietante penumbra. Al ver una docena de urnas repartidas de una manera un tanto azarosa, por un momento pensó que se hallaba en la entrada de urgencias de un geriátrico.. Deambuló un buen rato entre amojamadas formas pálidas y consumidas, aterrorizado ante la idea de que uno de aquellos muertos se incorporara y extendiera sus garras huesudas hacia él. Muchas películas de la Hammer, eso era lo que le pasaba; aunque después de todo lo que le había sucedido por tirar un gurruño por el retrete de su propia casa, ya nada podría llegar a extrañarle demasiado.
La última fue la buena. El cuerpo del anciano aparecía cubierto hasta la cintura por una especie de pareo blanco. Unos brazos casi descarnados se cruzaban en aspa sobre su pecho desnudo y lampiño. La cara alargada, coronada por una nariz piramidal, mostraba un gesto de faraónica paz. Joder, se había encontrado por la calle con abuelitos con bastante peor aspecto. No le hubiera sorprendido que el Ramsés II aquel de los cojones se hubiera sentado sobre su culo arrugado y le hubiese dado las buenas tardes.
—Venga, Copro, guapetón, que ya te ayudo yo a quitar el cristal y después nos las piramos de aquí con la momia esta… Me estaba aburriendo de esperarte… Joder, mira que era feo el tipo, ¿no cres?
Copronio supo que acababa de tener un infarto. Su corazón se había saltado un latido por lo menos, y si no gritó fue porque era tal el susto que tenía que no conseguía boquear siquiera.
—Vamos, hombre, di algo, que te has quedado con la boca abierta.
—Hijoputa.
Pedro lo miró risueño y le pellizcó la mejilla.
—Sí, señor, este es mi Copro. ¡Hala!, empuja de ahí que yo sostengo la urna…
Después de un tiempo que Copronio hubiera sido incapaz de precisar, lograron llegar con la urna hasta una de las salidas traseras del museo. La bronca continuaba en algún lugar impreciso, pero aquel callejón umbrío cargado de olores a orines rancios parecía hallarse muy lejos de las algaradas, algo que le tranquilizó un tanto, aunque no demasiado. Aquel mastuerzo de Pedro estaba empeñado en querer meter a Ramsés en el inexistente maletero del Ferrari. En una actitud estudiada y muy bien aprendida de su mentor Gabi, Copronio se dedicó a hurgarse las uñas sin aparentar la más mínima intención de ayudar a su acompañante. Lo único que le comenzaba a preocupar era que terminase por romper al abuelito egipcio y que el Viejo le culpase a él, lo cual no parecía improbable, bien pensado. Aquellos tipos eran unos fenómenos cuando se trataba de eludir responsabilidades.
—Oye, quizá deberíamos buscar algún otro medio de transporte, ¿no crees? Ahí no va a caber.
Pedro lo miró con el ceño fruncido y sin resto de amaneramiento se encaró con su interlocutor.
—Mira, majo, no me toques los huevos. Desde luego, no pienso dejar en este sitio el buga, así que ya me estás echando una mano o no salimos de aquí en toda la puta noche. Y te aseguro que las hostias te la vas a llevar tú…
Copronio suspiró por lo bajo.
—A ver, ¿no puedes hacer que aparezca una furgoneta o algo así? Yo la conduzco y me llevo a Ramsés. Tu vas delante con el Ferrari y yo te sigo.
—¿Tú qué te has pensado, que soy Dios o qué? Yo me limito a ser el portero de la finca y ya. Los milagros se los dejo a Él. De todas formas… Aguarda… Por probar…
Pedro metió la mano entre los pliegues de la túnica y enarboló triunfante un iPhone 4S.
—Es la leche el chisme este. De hecho aún no está ni en el mercado; Gabi le robó los diseños a Jobs y a ratitos lo hemos ido fabricando. ¿A que mola?
Copronio asintió. Prefirió no saber a quién pensaba llamar.
—¿SanMi? ¿Qué tal, pocholo? Oye, que digo que si me podrías ayudar en un asunto que tengo por acá… Joder, qué jaleo, ¿no? Ya, ya, sí, sí, en Lepanto, ya. ¿Y qué tal fue lo de Constantino? Ahá…, ahá…, muy bueno, qué ocurrente lo de la cruz en el cielo…, ya, sí, el latinajo, ya… Eres tremendo, macho, lo que es saber idiomas… Oye, que te decía… Sí, sí, Lepanto… Pues mira, precisamente yo estoy en El Cairo… —Pedro levantó los ojos hacia el cielo poniéndolos en blanco—. Sí, sí, que estáis machacando a los turcos… ¿A quién? ¿Cervantes? Ya, que te ha dado buen rollo… Ya, pero, mira… ¿La Sultana? Ahá, siete arcabuzazos, ya, ¿a quién? Como un colador, ya, a Alí Baja, sí, vale. Enhorabuena, pero es que Él me ha pedido que le lleve… ¿Sí?, ¿oiga?, ¿SanMi? ¡Ah!, no te oía, oye que digo que El Cairo está cerca de ahí y que podrías ayudarnos a llevarle una cosa que me ha pedido y…, ¿me escuchas, tío? ¿La cabeza? ¿A quién? Al turco, ya. Qué bestias, ¿no? ¿Los pontificios? Joder, como se las gastan… Ya, me imaginaba, no, tú no has tenido nada que ver, claro. Oye, entonces, ¿puedes venir por aquí un momento y…?
Se retiró el teléfono de la oreja y miró la pantalla.
—¿Será cabrón? ¿Pues no me ha colgado? ¿Tú crees que hay derecho?
Corponio negó.
—Vale, pasemos al plan B.
Por el tonillo untuoso y su recuperado amaneramiento, Copronio supo que la nueva llamada era a más elevadas instancias. Pedro se cubrió la boca con la mano libre y le dio la espalda mientras asentía enérgicamente. De vez en cuando le echaba una mirada de soslayo y volvía a sumergirse en la conversación.
—Que ahora viene —dijo al cabo de un buen rato.
Ya era noche cerrada. De vez en cuando sonaba algún estampido en la plaza que era contestado sin excepción por ruido de cristales rotos y el resplandor súbito de unas llamas. El tableteo de las ametralladoras ascendía hacia el cielo oscuro rebotando entre los cercanos edificios. Los lamentos de los heridos se deshacían en ecos que acababan ahogados en las aguas del cercano Nilo. Un gato en celo maullaba en la oscuridad del callejón.
—¡Quita, bicho de mierda! —dijo una voz malhumorada. Al golpe de una lata sobre el asfalto le siguió un bufido y el veloz roce de unas uñas en una tapia cercana.
Un anciano de barba blanca asomó por la esquina. Vestía un pantalón de sarga ancho, camisa gris y chaqueta de pana marrón. Las tiras de sus sandalias, agrietadas por el uso, brillaban bajo la luz del único foco superviviente en el callejón. El viejo lanzaba miradas huidizas y cargadas de suspicacia hacia los lados cada vez que el eco de una explosión o un grito llegaba hasta allí; la ira que destellaba en sus ojos cuando esto ocurría fue la señal que aguardaba Pedro. Hincó la rodilla en la mugre del suelo y agachó la cabeza. Con la mano le hizo gestos a Copronio para que imitase su actitud. No lo tuvo que pensar demasiado para seguir el consejo.
—Majestad, le agradezco infinito que Su Grandiosidad se haya dignado acudir a mi humilde y despreciable ruego. Me gustaría añadir que si no hubiese sido por la necesidad de cumplir con Su encomienda jamás me hubiese atrevido a molestar Su descanso, esto es algo que sé sagrado y…
El anciano había comenzado a golpetear el suelo con el pie y a respirar con más rapidez. Los pelos de la barba alrededor de los labios se ponían horizontales y por la abertura escapaba una única palabra, así una y otra vez en un tono de voz creciente que acabó por transformarse en un grito.
—¡Pedro! Me tienes hasta los mismísimos. Cállate ya —y Pedro guardó silencio.
—A ver, tú, Cabronio, cuéntame la que habéis liado.
Copronio percibió unos movimientos muy desagradables en sus intestinos. Se concentró en la respuesta a la pregunta que le acaban de formular. No era el momento para irse por la pata abajo. Se aclaró la garganta y contó lo que sabía. Cuando finalizó, el anciano se volvió hacia Pedro.
—En un Ferrari… Pero, ¿tú eres bobo, Pedro? ¿Cómo puedes ser tan incompetente? Una misión tan sencilla y montas un enredo de padre y muy señor mío, y al final tengo que venir a solucionarlo yo. Como siempre —se interrumpió y cogió aliento—. ¡Y sabes perfectamente que no me gusta! ¡Ni poco ni mucho, que estos tíos están chalados!
El Viejo se encogió de hombros ante un nuevo estampido. Unos murmullos oscurecidos por las sombras se aproximaban desde algún punto del interior del museo.
—Me vas a matar, Pedro, me vas a matar a disgustos. Inútil. Esta es la última que me montas. Por mis barbas que de esta te vuelves al Olimpo con el cabrero de tu padre, a comer mierda. Menos mal que Confronio tiene algo más de sentido común que tú —dijo volviéndose hacia Copronio y dándole unas palmadas en la espalda—. ¿Dónde está la momia, chavalote?
Copronio señaló hacia la puerta del museo. Los murmullos se estaban transformando en voces. El Viejo también las había oído. En un par de zancadas, inverosímiles para un hombre de su edad, se plantó delante de la urna abierta. Se inclinó sobre la momia y asintió con la cabeza. Levantó el dedo gordo en señal de aprobación hacia Copronio y aproximó sus labios al cráneo pelado del cadáver. Un tenue brillo azul se enredó entre sus barbas blancas hasta que las hebras de luz se orientaron hacia la cabeza de la momia y comenzaron a penetrar en su interior. A los pocos segundos, Ramsés se puso en pie y miró a su reanimador sin demasiada sorpresa.
—¿Por qué será que no me extraña nada verte aquí?
Las palabras fueron pronunciadas en perfecto egipcio antiguo y, por supuesto, Copronio no entendió absolutamente nada. Tampoco era ese su mayor interés, babeando como estaba después de ver a la momia ponerse en pie y empezar a hablar. Ahora lo comprendía, le quedaban pocos minutos de vida. Él iba a ser el alimento de aquel ser, le mordería el cuello y le sorbería hasta la última gota de su sangre. Solo le habían llevado hasta allí para eso.
—No seas simple, chaval, que las momias no chupan la sangre. Además, mi amigo Ramsés no es una momia. Ya no, ¿verdad, Ramsey?
—Pues no, Yvh, ya te has encargado tú de despertarme. Por lo que se ve no te quedaste contento con las plagas y me tienes que perseguir hasta más allá de la muerte. Joder, no dejé libre a tu pueblo elegido, ¿o qué?
—Claro, hombre, claro. No te pongas así, no seas rencoroso…
—Vaya, rencoroso me llama, lo has oído —le dijo a Copronio, quien no se atrevió a mover un músculo—. Habló.
—Bueno, bueno, no te sulfures, que solo te he llamado para pedirte consejo…
—Oye, Yvh, el chaval este es lelo o qué. Me mira de una forma que me está empezando a poner nervioso…
—Nada, tú ni caso. Es majo chico, y muy aplicado. Me ha ayudado mucho a encontrarte…
Varios individuos uniformados asomaron por el pasillo que desembocaba donde los dos ancianos mantenían tan animada conversación. Las chapas en sus gorras de plato les identificaban como guardianes del museo. Lo grave es que llegaban acompañados por varios soldados armados de toda la impedimenta habitual entre la que destacaban varios fusiles de asalto negros, relucientes, enormes y con aspecto de poder matar mucho. Pedro se tiró al suelo directamente y se escabulló debajo del Ferrari. Copronio dio unos pasos hacia atrás y se situó a espaldas de la momia. Ramsés le miró de reojo con una sonrisilla desdeñosa en los labios.
—Tu chaval es un poco cobardita, Yvh. Se ve que chocheas, Moisés le echaba muchos más huevos a vuestros asuntos. Ya no eliges como antes.
—Bueno, sí, estoy en baja forma, pero ¿qué quieres que te diga? A mí estos anormales cada vez me acojonan más. En tus tiempos, nada, unas flechas, unas lanzas, minucias; ahora, estos pirados arrasan con todo lo que pillan. Hasta mis chicos en Israel están desquiciados, armados hasta los dientes, con bombas nucleares y todo. Hace unos años ya les tuve que parar los pies… En fin, que no me extraña que aquí, Catafronio se me encoja —el Viejo le guiño un ojo al aludido—. ¿Qué, chavalote, a que tienes los huevos pegados al culo de canguelo?
Copronio se permitió el primer gesto de rebeldía en aquella última aventura. Se temió que fuera el último porque los moros de los fusiles chillaban mucho; sus cañones apuntaba directamente a sus cabezas.
—Señor, le recuerdo que fue Usted quien me dejó sin huevos, así qué…
La risa de Ramsés resonó en el callejón como unas uñas rascando pizarra. Los soldados giraron sus armas hacia él con la duda en sus bocas abiertas y retraídos en un gesto de asco.
—Te ha salido respondón el mozo. Bueno, vamos a parar a estos memos que aún veo que nos van a hacer alguna faena con esos instrumentos que empuñan.
Ramsés dio un paso adelante y levantó el brazo con la palma de la mano vuelta hacia los egipcios furibundos. El gesto de estos mudó del asco a la sorpresa y de ahí al horror. En su huida, uno de ellos perdió la gorra.
—En fin. A lo que íbamos, Yvh. ¿Para qué me has traído hasta aquí?
—Pues verás, estoy pensando en retirarme. Hace un tiempo intenté. Elegí el Nirvana, pero fue un desastre, un fraude, de hecho. El gordo de Siddhartha todo el día tirándose pedos por allí y lanzando frasecitas sentenciosas a la calva de un montón de tíos rapados con túnicas anaranjadas… Hay que ser hortera… Mira tú, allí se lo pasaría bien el inútil de Pedro —dijo fijándose en el aludido, quien en ese momento salía reptando de entre las ruedas del Ferrari—. ¿Se puede saber qué coño estás haciendo?
El Viejo negó con la cabeza, hizo un gesto despectivo con la mano y siguió hablando con Ramsés.
—Lo que te decía, Ramsey, de los pelados aquellos. Me aburría lo que no está escrito. Además, no sé por qué, allí no había mujeres. Todo muy raro. Además, dejé a Pedro al cargo de todo y al poco tiempo me había montado las Cruzadas. Tuve que volver a toda prisa y echar a toda aquella chusma de vuelta al mar, pero me dio lo mismo. Desde entonces, los musulmanes no me pueden ni ver, y no he sido capaz de arreglarlo —suspiró—. Y eso que soy omnipotente, pero es que hoy hasta el significado de las palabras está devaluado, ¿no crees?
—Pues no sabría decirte. Hace más de tres mil años que no ando por aquí, pero puede ser, no te digo que no.
—Gracias por tu comprensión, majo. Estoy cansado, muy cansado. Una mañana me levanté y me dije que ya estaba bien. No sé por qué me acordé de ti, supongo que porque la primera bronca fuerte la tuve contigo. El caso es que me dije, ¿y si le llamo y le pregunto qué tal está el mundo de los muertos de los egipcios?
Ramsés se rascó el cogote. La piel se le quedó entre las uñas y el hueso pelado quedó expuesto a la visión de Copronio, quien seguía sin enterarse de lo que decía la momia (¿o debería decir el momia? Un escritor debe conocer estas sutilezas del idioma), aunque por lo que hablaba el otro más o menos se enteraba de qué iba la charla. Se preguntó cómo era posible que la momia entendiera el castellano, pero Dios todo lo podía así que desechó la inquietud y su atención regresó a la tira de pellejo y al cráneo del faraón.
—Una maravilla, Yvh, una maravilla. Es como aquí, pero sin ninguno de los problemas que nos agobian a diario. Eliges tú mismo lo que te gusta y disfrutas de ello hasta que te cansas, y entonces vuelves a elegir. Hombre, hay que pasar el pequeño trámite del juicio y siempre hay una mínima posibilidad de acabar entre las fauces de la Devoradora, pero esto principalmente está pensado para la chusma. En tu caso no habría problema…
—Suena bien. ¿Y qué elegiste tú?
—Nefertari —respondió Ramsés con el brillo de una lágrima en su único ojo. El otro acababa de rodarle por la mejilla y había quedado atrapado en la sábana de la cintura.
—Siempre fuiste un romántico, Ramsey.
Se enjugó el ojo y asintió.
—Estoy deseando regresar. En cuanto me lo permitas, me largo.
—Creo que me voy a ir contigo.
—Vale. ¿No te aburrirás? Lo digo porque como nunca te has casado… ¿Ya has pensado qué vas a hacer?
—Practicar la escultura en barro. Creo que estoy un poco verde aún y me hace falta progresar.
—¿Y a quién vas a dejar al mando de todo?
Copronio se inquietó cuando los ojos del Viejo se posaron sobre él. Pedro se interpuso entre ambos y de un codazo lo desplazó.
—Majestad, yo soy la persona indicada para sucederle, mi experiencia a su lado, mi magnanimidad, mi…
—Que te pires ya, hombre.
Pedro desapareció en medio de una nubecilla con olor a estiércol. El Viejo le sonrió a Copronio.
—Cagonio, majo, a partir de ahora te quedas a cargo del cotarro. Desde este instante eres omnipotente.
Copronio arrugó el entrecejo. Aún no había llegado a la letra o en el diccionario. ¿Lo de no se qué potente querría decir que volvería a tener polla y huevos?
—Claro que sí, chavalote, y del tamaño que quieras. Abur.
 
Roberto Sánchez