Juanita

Aquella mañana se encontraba muy extraña, como si no fuera ella misma. No sabía a qué obedecía, pero lo cierto era que no sentía el cuerpo. Intentó mover los brazos en aspa para hacer círculos en el aire… y nada. Probó a botar sobre el punto en el que se hallaba… y tampoco. Procuró respirar con fuerza… y comprobó que le faltaban la garganta, el pecho y el vientre. Quiso llevarse las manos a la cara y pellizcarse los mofletes para saber si dormía o no… y descubrió que carecía de ellas. Decidió morderse los labios – como siempre que deseaba no despistarse ante algo que le asombraba, contener la rabia o vencer el miedo- y su esfuerzo fue inútil, porque su boca había desaparecido. Se afanó entonces en menear la cabeza de izquierda a derecha y viceversa para apreciar al tacto las orejas, la nariz y las mejillas… y experimentó una vaga sensación de vacío, como si ésta no pesara o fuese una pompa de agua, que terminó por desconcertarla.

No se lo explicaba. Debía tratarse de una pesadilla o una impresión que desconocía, tal vez de un hechizo. No, no podía ser que sus miembros, su tronco y su testa se hubieran esfumado de pronto y siguiera estando viva. Porque lo estaba, por supuesto. ¿Acaso no era evidente que en ese mismo instante permanecía pensando sobre la realidad de su cuerpo? ¡Claro que sí! Esto demostraba que continuaba viva… A no ser que se pudiera estar viva y no poseer cuerpo. A ver si resultaba que se había convertido en una cría de Hurkawai o, peor aún, en una manifestación de Supai. Aunque era improbable, porque no se sentía fría y viscosa como una serpiente, ni tampoco una muerta viviente.

Bueno… no es que supiese cómo eran los inanimados vivos; pero, sin duda, ella no pertenecía a esta especie de híbridos. No podía ser de este modo, sobre todo si consideraba el revoloteo de mariposas que sacudía lo que supuestamente debería ser su estómago y el hormigueo que recorría lo que creía que eran sus piernas, sensaciones ambas que afloraban vida. Además, ¿cómo era que oía y veía lo que ocurría a su alrededor con la intensidad propia de quien participaba directamente en el transcurso de los hechos?

Algo se le escapaba y le confundía de aquella manera ridícula. No sabía quién podría ayudarle a aclarar su embarazosa situación. Cerca de ella solo distinguía sombras en reposo difusas en lenguas de fuego, un murmullo de voces lejanas y multitud de sonidos desconocidos. Sospechó que nadie se iba a percatar de su presencia. ¡Cómo…! Si ni ella misma alcanzaba a verse, por mucho que se esmerara en girar los ojos en todas direcciones, mi tampoco a oírse, a pesar de que ya llevase un rato gritando a los vientos.

Desde que era consciente, el tiempo solo resultaba un soplo de permanencia, la certeza de que estaba allí. Allí, sí, pero sin poder precisar cómo, dónde ni por qué. Ni siquiera se hallaba en condiciones de asegurar que su consciencia significara la continuidad de algo, dado que en su mente no recababa ninguna imagen que revelase circunstancia alguna sobre su pasado ni proyectara una perspectiva acerca del futuro inmediato. ¿Se trataría de eso? O sea, ¿su razón de ser se reducía a estar, simplemente estar, aunque ignorase cómo, dónde y por qué?

No. No. Y no. Solo de pensarlo, se encendía. Admitir tal posibilidad sería reconocer que se asemejaba a las piedras o a las plantas. Y no era así, como lo probaba el ejercicio de reflexión que estaba realizando en ese momento, actividad del todo imposible para una piedra o una planta, atendiendo a la naturaleza de cada una de ellas.

La verdad era que se sentía un ente pensante más que otra cosa. Sí, un ente incapaz de experimentar su cuerpo, incapaz de evocar ni esbozar imagen alguna, incapaz de determinar su identidad, pero que estaba habilitado para experimentar sensaciones específicamente humanas y para manejar conceptos y términos de cuya consecución o conocimiento no tenía la menor idea. Podría decirse que su existencia no pasaba más que por el lapso vital de un recién nacido. Eso sí, tal y como se iba desarrollando su proceso de inmersión en la realidad, parecía tratarse de un neonato anormal, poseedor de una sabiduría innata. Porque ¿cómo era que atesoraba las referencias que sustentaban sus conjeturas?, ¿cómo había adquirido las nociones de tiempo, cuerpo, vida, muerte, mente, piedra o de planta, por ejemplo?

Debía descifrar las claves de aquel embrollo, de aquella suerte de encantamiento que la envolvía en un aura de perplejidad y desasosiego de la que ella, por sí misma, nunca podría evadirse, pero ¿dónde estarían? ¿Y Cómo encontrarlas?

El paso de las horas no hacía más que acrecentar su desconcierto. Menos mal que, de pronto, todo cambió. Se hizo la luz. La luz, en forma de unos potentes focos que iluminaron la enorme sala donde se hallaba. Con gran agitación intentó interiorizar el alud de colores y de perfiles de objetos que aquel rapto lumínico vertió a sus retinas. Sorprendentemente todo le era familiar: las representaciones de Inti, Mama Quilla, Mama Sara y Pacha Mama, los dibujos policromos de un puma, una serpiente y de Chuichu,, la corona imperial de plumas de corequenque y las figuras en oro y plata de Illapa y Chaska.

Nuevamente se sumió en la tiniebla de la ofuscación. ¿Quién era ella?, Se preguntaba impotente. ¿Cómo conocía todas aquellas pinturas que colgaban de una superficie construida con un material ciertamente singular y aquellas piezas que tenía delante guardadas en una gigantesca caja con paredes transparentes, si era la primera vez que veía algo parecido? ¿Cómo identificó las diferentes representaciones que inopinadamente irrumpieron ante ella, designándolas incluso por sus nombres, si hasta ese momento jamás había percibido imágenes de esa índole ni nombrado a ser alguno?

Elucubraba acerca de estas cuestiones, cuando le sobresaltó la invasión del lugar por parte de un numeroso grupo de individuos que penetraron por un lateral de la estancia. En alegre algarabía se diseminaron por la misma, ocupando por completo el espacio. Se trataba de un grupo de escolares, todos chicos, uniformados con trajes azul marino, camisas blancas y corbatas de cuadros. A ella le parecieron unos seres extraordinarios, que bien pudieran ser hijos de Inti, una especie de iniciados en el sacerdocio del culto a Viracocha. Eran bellísimos, destellos de sol hechos hombre, ante los cuales se reconoció ínfima y grotesca. ¿Qué harían allí? ¿Por qué le obsequiaban con su presencia? ¿Qué tenía que ver ella con aquella serie de contingencias que se veía obligada a protagonizar?

En su fuero interno todo eran interrogantes, vacilación de ánimo e indeterminación acerca del carácter de los acontecimientos que estaba viviendo. Era como si el firmamento hubiera descargado ante sí todas sus estrellas y las contemplara desde un estrato flotante, distante y ajena. Quizá ella misma formara parte de una nube, lo cual justificaría la impresión de levedad que le embargaba. Ahora bien, le resultaba harto difícil aceptar que pudiera haberse convertido en un ser vaporoso, intangible como el aire y sutil como la brisa.

En breve tuvo la oportunidad de comprobar que a la vista de aquellas criaturas primorosas se manifestaba de modo material. Fue cuando un estudiante se apartó de sus compañeros y se encaminó hacia donde, según los indicios, debía encontrarse ella

La proximidad de aquel joven de aspecto magnífico la turbó sobremanera. Su porte regio, la exuberancia de sus facciones hermosas la desasosegaron. Y la refulgencia de sus rizos áureos y la mirada diáfana de sus ojos verdemar terminaron por cautivarla. Notó que las piernas le temblaban. Pero, ¿qué piernas? Si seguía sin lograr palpar o tan siquiera sentir las extremidades. Advirtió también el agradable cosquilleo que le acariciaba la geografía de la piel y el sofoco que le producía la incandescencia de sus pezones erectos. Aunque estaba en las mismas: ¿qué piel?, ¿qué pezones?, ¿qué nada? Si su fisonomía se antojaba pura ilusión, una ficción fundada en el anhelo de existir que se iba desvaneciendo con el paso del tiempo. Y no era de extrañar. La sospecha de que carecía de piel presuponía ya su inexistencia, puesto que no ignoraba que la piel era el órgano que establecía los límites del cuerpo, era la constatación de su forma precisa, lo que le hacía presente ante los demás o ausente, si no estaba piel a su vista.

Al parecer, ella sí estaba piel a la vista de aquel concurrente que la miraba con gesto escrutador, como queriendo penetrar en su templo íntimo. El centelleo inquisidor de aquellos luceros la amedrentó un tanto. Y el susto pasó a mayores cuando apreció que el muchacho se acercaba más a su posición, hasta detenerse frente a ella. Entonces se cercioró de que se ubicaba dentro de una caja con las paredes transparentes, al igual que muchos de los objetos que anteriormente había avistado. Y por enésima vez le inundó una mar de dudas. ¿Qué hacía ella metida en una caja de esas características? ¿Acaso era un elemento más de los muchos que copaban aquel sitio enigmático? ¿El resto de las piezas también pensarían y reflexionarían sobre su propio estado, como continuamente hacía ella ? ¿Aquel juego no resultaba quimérico, todo un despropósito?

La voz del sublime visitante la devolvió a la realidad. Leía en alto una placa informativa adosada a la pared frontal de la caja donde ella reposaba, un armatoste de cristal con forma de prisma rectangular:

“Juanita, Dama de Ampato.
Imperio Inca. Muerta sobre el año 1450.
Momia hallada en 1995 por el equipo del arqueólogo Johan Reinhard en el Nevado Ampato, en Arequipa, cordillera andina de Perú.
Características:
Edad: Entre 13 y 14 años.
Sexo: Femenino.
Estatura: 140 cm.
Causa de la muerte: Traumatismo craneal con hemorragia interna producido en rito sacrificial.
Momificación natural. Conserva todos los órganos”.

La concernida no daba crédito a lo que acababa de oír. O sea, que se llamaba Juanita y era una momia. ¿Qué era una momia? ¿Una variedad más en el ámbito de la especie humana? ¿Un ser singular y exótico? ¿Un individuo racional, dotado de sensaciones y sentimientos, pero insensible a su realidad física? Esto es, a fin de cuentas, ¿qué era ella?

Ya lo había apuntado su eventual dios del hielo: era una adolescente inmolada en sacrificio, una momia que contaba con sus órganos. Pero entonces, si estaba muerta, ¿por qué se sentía tan viva?; y si tenía todos sus órganos y miembros corporales, ¿por qué no se le mostraban materialmente?

“Juanita”, “Juanita”, se repetía una y otra vez, azorada y sobrecogida, intentando asimilar una identidad sobrevenida. Y en su ensimismamiento no se percató de la
partida de su excelso admirador, que había abandonado la sala junto a sus acompañantes. Cuando lo hizo, se estremeció. Se vio sola, absolutamente desvalida y enfrentada al vacío y al silencio de un mundo insólito que se le venía encima. Adolecía de fuerzas para encarar el alarmante estado de las cosas y de ánimo para buscar respuestas a aquella mala pasada del destino. Y triste y abatida se dejó enredar en la tela de araña de la desesperanza.

Persistía en aquel punto de indolencia, cuando la despabiló el ruido que originaban los pasos de alguien que se dirigía aceleradamente al recinto. Cuando lo tuvo delante, lo reconoció al instante. Era él, el rayo de luz que la había abrasado hacía un rato. Ahora la observaba con un semblante burlón, esbozando una sonrisa pícara. ¿Por qué lo haría? ¿Qué había cambiado desde su anterior visita? No le gustó lo más mínimo aquella transformación repentina. Sus ojos álgidos, el ritus de prepotencia en su rostro auguraban una desgracia. Intuyó que algo terrible iba a suceder. Y así fue. Aquel merodeador insolente la humilló cruelmente. Le sacó la lengua de modo ostensible y, previamente a marcharse por donde había venido, se descargó con una sonora carcajada que a ella le supo a mofa y desprecio.

¿Qué sentido tenía vivir en aquellas condiciones, siendo una insignificante momia, un
cadáver sujeto al capricho de quien se dignara resucitarla? Obviamente, ninguno.

Todo había acabado pues para ella. Ya le daba lo mismo ser o no ser, existir o no existir. Solo le restaba el débil hálito de la zozobra, escoltado por una inconmensurable desdicha, que la desgarraron irremisiblemente. Y lloró, lloró y lloró, hasta deshacerse literalmente en un charco de lágrimas.

Al día siguiente, los encargados de la puesta a punto de las salas de exposiciones del Museo Santuario de Altura del Sur de la UNIVERSIDAD Católica de Santa María de Arequipa no salían de su asombro al verificar la desintegración de Juanita, que había devenido en una mancha violácea que se extendía por el suelo de la urna en la que se exhibía al público. Nadie supo dar una explicación fehaciente a aquel fenómeno que los expertos calificaron de inverosímil. Y así debía ser, porque les resultó imposible solventar de forma positiva aquel problema que se escapaba al criterio de los parámetros científicos y, en consecuencia, no acertaron a dilucidar las incógnitas que se derivaban de la descomposición de Juanita en menos de veinticuatro horas de la inauguración de la Muestra de Momias incaicas organizadas por el museo, toda vez que esta había sido instalada en una cámara frigorífica especial, protegida del medio ambiente por una película de vidrio cerrada al vacío, cámara urna que estaba asegurada con perfiles de acero y revestida en su interior con dos capas de plexiglás que posibilitaban el mantenimiento de una temperatura constante de 19 grados bajo 0. No se había producido ningún fallo técnico ni modificación alguna de las variables establecidas en el protocolo de conservación de la momia. Y sin embargo, el prodigio había tenido lugar. Juanita, al fin, se había liberado de su cuerpo de hielo y, seguramente, pululará eternamente animando el celaje de los crepúsculos andinos.

____________________________________
1. Inti (Sol), Mama Quilla (Luna), Mama Sara (Alimento), Pacha Mama (Fertilidad, Tierra), Viracocha (Dios Creador), Illapa (Trinidad del Rayo, Relámpago y Trueno). Todos ellos dioses del Panteón Incaico.
2. Hurcawai (Serpiente), ser subterráneo, Supai (Muerto vivo), Chasca. Dioses menores Incaicos.
3. Chuichu (Arco Iris)
4. Corequenque: Pájaro de reminiscencia divina cuyas plumas sirven para adornar la corona imperial
 

Nicolás Zimarro