Pérdidas de aceite y huevo batido

 
Fecha: 23/03/08 11:30
 
ASUNTO: Sábado Santo.
 
 
Queridos Padres:
 
Si los acontecimientos de la tarde del Viernes Santo, que os relaté en mi correo de ayer, os parecieron sorprendentes, las aventuras que nos han sucedido a D. Miguel y a mí en la noche del Sábado Santo se pueden calificar, como mínimo, de sobrenaturales.
 
Lo primero de todo, quiero tranquilizaros, comunicándoos que, a pesar de todas estas peripecias, sigo disfrutando de buena salud, (diciendo esto me parece volver a los tiempos del instituto, cuando pensábais que formar parte del equipo de animadoras era una actividad de riesgo), aunque también quiero advertiros de que algunas de aquéllas han sido realmente peligrosas.
 
El día comenzó de forma tranquila, D. Miguel marchó a La Granja para reunirse con un policía amigo suyo, en la confianza de que podría obtener alguna información sobre las causas de mi secuestro de manera que pudiéramos evitar que se reprodujesen unas circunstancias tan desafortunadas. Yo me quedé en casa con Blou y opté por dar cera a los suelos para relajarme.
 
Casi a la hora de comer, bueno eran las dos de la tarde, pero ya sabeís que todo lo relacionado con la comida en España es caótico y los horarios no pueden ser menos, llegó D. Miguel con un montón de fotocopias debajo del brazo y, tras celebrar el intenso olor a infancia de la casa, me explicó que había estado en un pueblo cercano a Bilbao, de nombre impronunciable (Agüigouguiagua, o así), que le había llevado Cotidio... ya os he hablado en otras ocasiones de Cotidio, el viejecito encantador que siempre me llama señorita... y que habían estado en la casa donde vivían los secuestradores, quienes debían tener documentación falsa o deberían haberse muerto muchos años antes de que nos hubieran atacado.
 
Antes de explicarme nada más, me propuso que hiciéramos una tortilla de patatas para comer, aduciendo que debíamos emplear la tarde en continuar la investigación y no teníamos tiempo para un almuerzo más elaborado. Mientras pelábamos y picábamos las patatas me explicó que las mujeres que hacen tortillas se llaman tortilleras, pero que no puedo llamar así a ninguna mujer, por que también se llama tortilleras a las lesbianas y a éstas últimas no les gusta se las llame así, y por supuesto a las heterosexuales tampoco les gusta que les digan que son tortilleras, aunque hagan tortillas. A primera vista parece que he aprendido una palabra que no voy a poder usar, sin embargo es practiquísima para hablar de terceras personas ausentes, por lo que tiene gran utilidad, ya que la mayor parte de las conversaciones en España, y especialmente entre mujeres, se refieren a terceras personas ausentes... a esta afición la llaman despellejar.
 
Al echar el aceite en la sartén, me explicó que de los maricas se dice que pierden aceite o, si quieres ponerte en plan técnico: valvulina. Así, por extensión, D. Miguel continuó su disertación, cuando ya las patatas se estaban enfriando en la nevera (por que las patatas deben estar frías para que la tortilla salga jugosa, Mamá, no lo olvides), indicando que él piensa que las tortilleras pierden huevo batido.
 
 
Después de comer la tortilla, D. Miguel me contó que las fotocopias eran de un grimorio (un libro antiguo de brujería) y que había quedado con un sacerdote amigo suyo: D. Teodosio Rementería, para que le tradujese lo que decía en la página 741, que estaba marcada con una invitación para una fiesta en un bar de gais, que se celebraría esa misma noche y a la que quería que acudiésemos juntos.
 
Yo me mosqueé un poco, primero, por que todas las explicaciones sobre los maricas y las tortilleras me parecieron un cachondeo y, segundo, por que no me parecía el plan más adecuado para pasar la noche del sábado (además, Mamá, en el caso de que se enterasen en Club Corazones Solitarios de Carrollton, las risotadas de ese montón de viejas se oirían en todo el condado de Carroll). Pero, D. Miguel tiene un magnetismo masculino, que ya es casi imposible encontrar en un hombre, y cuando lo pone en funcionamiento, soy incapaz de negarle nada.
 
Así, a media tarde salimos hacia el bar de los Negros.
 
Cuando entras por primera vez, el local no llama demasiado la atención. La barra está a la derecha y forma una ele quebrada, ni corta ni larga; a la izquierda hay un grupo de mesas bajas rodeadas de una suerte de butacones de cuero espesorado, de un color oscuro que se confunde con el gris de las paredes, y escoltadas por una máquina tragaperras y otra expendedora de tabaco; al fondo, a la derecha, cuatro escalones suben a un altillo con mesas, y, a la izquierda, unas escaleras bajan a los servicios.
 
Tampoco los clientes son de destacar: parejas de novios sentadas en los sofás, familias con niños que han hecho alguna compra en el Corte Inglés, cuadrillas de jóvenes que van de despedida... Sin embargo, desde el momento en que te fijas en los camareros, te das cuenta de que pasa algo raro: ellos son demasiado blandos y ellas demasiado duras.
 
En cualquier caso, este sábado a la tarde, el local tenía pinta de todo salvo de que fuera a celebrarse una fiesta de Sodoma y Gomorra; pero estábamos preparados para cualquier contingencia: D. Miguel había decidido que procederíamos en modo descubierta, o sea: mirar mucho y no llamar la atención.
 
Así que, yo tomé asiento en un sillón de espaldas a la puerta y D. Miguel se acercó a la barra para pedir la consumición: un bourbon para mí (Jim Beam, por supuesto, Padre) y un anís del Mono para él (el anís del Mono es una bebida blanca, dulce, de alta graduación, que no bebe nadie en España y que solo es usada por las abuelas para hacer torrijas: el dulce de leche del que te envié la receta en el correo 071222 Cena de Nochebuena) con lo que en contra de lo programado, la operación de descubierta se transformó en operación de comando (Tú me entiendes Padre. D. Miguel tiene ese hablar trastornado que se os queda a los veteranos, pero te gustará... de la misma forma que él se mostró encantado cuando se enteró de que habías estado en Viet Nam, con la 101st AIRBORNE). Sí, por que no tenían anís del Mono y toda la barra se transformó en un guiragay de qué-es-esos, y finalmente, D. Miguel pidió un cuba libre de ron y el gallinero se volvió a calmar.
 
Si bien he comentado que la clientela no llamaba la atención, al poco rato de estar en el local te acabas dando cuenta de que algunas parejas son de chicos jóvenes, con camisas y pantalones ideales, o de hombres maduros de cara abotargada, o de mujeres hombrunas... vamos que, cuando tus ojos se acostumbran a la penumbra, ves los lamparones de aceite y huevo batido, de los que hablaba D. Miguel, en las pecheras de casi todos los parroquianos.
 
Sin embargo, ninguno tenía una vestimenta que hiciera pensar que empezarían a bailar al son de Y.M.C.A de Village People, por lo que D. Miguel decidió pasar a la acción con la típica discreción que le caracteriza.
 
Hacía un rato que uno de los camareros más blandos; un jovencito indio, delgado y fibroso como un modelo de pasarela, peinado como los iroqueses, pero sin llevar afeitadas las sienes; estaba encendiendo velitas, que dejaba por el suelo, y bujías en grandes candelabros, que ocupaban el centro de las mesas. Cuando llegó a la que nos correspondía, D. Miguel, blandiendo la invitación, que había encontrado entre las fotocopias, le preguntó:
 
    -¿No teníais preparada una fiesta para esta noche?
 
A lo que respondió, el Mohicano, con una sonrisa dermoestética:
 
    -Sí, pero ha coincidido que, los del “Txirri bildurri” del Puerto Deportivo, han organizado un pase de modelos, también para hoy, y allí... ya sabeís... irá todo el mundo, por lo que la hemos pospuesto para más adelante.
 
D. Miguel, sin amilanarse, sacó, del bolsillo interior de la americana, un par de fotos, de esas que te dan de regalo cuando te haces las de carné, acercándoselas al camarero, que ya había sucumbido su magnetismo, como una cobra a los movimientos de la flauta del encantador de serpientes, y añadió, con ese fingido acento de desinterés que nos sale cuando deseamos, fervientemente, saber una cosa:
 
    -Es una lástima, por que habíamos quedado con estos amigos, ¿les conoces?.
 
El indio solo necesitó un vistazo para contestar:
 
    -¡Claro! Son Cheli y Nacho y están aquí, con Nemos.
 
D. Miguel se puso en pié en un santiamén, siguiendo con los ojos la dirección que marcaba el índice del muchacho, musitando:
 
    -¿Tolstar?
 
El joven estaba tan ensimismado en las fantasías inducidas por el campo magnético de D. Miguel que no apreció como, a éste último, se le habían abierto los ojos como platos, se le había caído la barbilla y había emitido un silbidito ronco al aspirar por la boca abierta, limitándose a responder:
 
    -Sí, Nemos Tolstar, el propietario del local. ¿Quieres que les diga que vengan?
 
D. Miguel recompuso su expresión, dedicándole una mirada de gratitud y media sonrisa, mientras contestaba:
 
    -No gracias, majo, ahora mismo vamos nosotros.
 
El chico continuó con su labor de candelario, dedicándonos algunas miradas furtivas, que se evaporaron cuando cayo en las redes de la conversación de un calvo hormonado que bebía una cerveza junto al siguiente candelabro.
 
D. Miguel, un poco nervioso, me dijo:
 
    -Charlotte, tenemos que marcharnos.
 
A lo que le respondí, un poco encabronada:
 
    -¿Por qué? No he acabado mi bourbon y tú… parece que estás encantado con la conversación que te da ese piel roja.
 
D. Miguel me miró a los ojos con una mezcla de asombro y terror, farfullando:
 
    -Esos dos tipos son los que te secuestraron ayer y que, según Seni (Seni es el amigo policía de D. Miguel, un tipo muy aburrido y algo sobón, al que conocí hace unos meses cuando tuve el accidente en el Sheraton), están ahora en el depósito de cadáveres y el otro, Nemos Tolstar, es el propietario del descapotable en el que te metieron... y creo que es mejor que salgamos de aquí cagando ostias (Disculpa, Padre, por que utilice esta expresión tan malsonante, pero creo que con ella podrás entender, al fin, la conversación que tuvimos, en Acción de Gracias, sobre la similitud de los juramentos españoles e irlandeses: ellos se cagan en las cosas con las que nosotros nos limpiamos el culo)... vamos fuera y pensemos qué podemos hacer.
 
Sin perder un minuto, salimos del bar y nos refugiamos en el pórtico de una iglesia que hay enfrente, llamada habitualmente: la Residencia (Es una iglesia muy bonita, de estilo neogótico, construida con ladrillo rojo y contrafuertes de granito blanco. Tiene dos torres sin agujas - las retiraron hace algunos años, cuando las restauraron, por que amenazaban ruina - y las paredes interiores policromadas. A mi me recuerda a los templos de New England) y aunque, realmente, no hay mucho espacio para esconderse, contábamos con que una pareja haciéndose arrumacos no llamaría demasiado la atención.
 
La tarde ya era noche y la primera luna llena de primavera alumbraba fría en un cielo despejado. Afortunadamente, la iglesia estaba abierta y vacía, seguramente esperando a que volvieran los nazarenos de la procesión de la Esperanza, de manera que pudimos guarecernos y escondernos a un tiempo, aprovechando para analizar la situación:
 
    -¿Qué vamos a hacer ahora, D. Miguel? ¿Esperar toda la noche a que salgan esos tipejos?. Y luego ¿qué?. Han dicho que todo el mundo irá a Las Arenas. ¿Qué pasa si se van en coche? Nosotros hemos venido andando. Además, ¿qué quieres conseguir?. Tu no eres policía, no les puedes detener o ¿vas a dispararles?... y eso tampoco serviría para mucho pues dices que están muertos… sería un bonito título de película de serie B: “Abando bajo el terror de los zombies”.
 
D. Miguel me miraba con una expresión muy complicada: una ceja levantada indicaría extrañeza, los agujeros de la nariz muy abiertos mostraría enfado, la oscilación de la cabeza significaría inseguridad, la sonrisa de labios apretados descubriría temor… a duras penas pudo articular algunas palabras.
 
    -Si, Charlotte, tienes razón en todo. Ahora… dime qué hacemos con esos dos resucitados que quieren llevarte al huerto… Sin duda, actuar legalmente, con denuncias tipo prensa rosa, es inútil y… en cuanto a liarnos a tiros… me parece que todavía es un poco pronto. Pienso que debemos informarnos de todo aquello que hagan estos tipos y ... para ello... vamos a seguirlos… si van a pié lo haremos a distancia y por la acera de enfrente a ellos… si se van en coche iremos a recoger nuestro carro y nos vamos al Puerto Deportivo… ya sabes lo que dijo el indio: “…todo el mundo estará allí…”
 
Como si hubieran estado escuchándonos, los tres malos salieron de los Negros. Vestían ropa arreglada, sin llamar la atención pero con esa elegancia innata que tienen los homosexuales. El de mayor estatura, Tolstar, de pelo oscuro rizado y grandes entradas, muy robusto aunque algo encorvado, caminaba en el centro; a la izquierda, se deslizaba “White Cloud” Cheli, de buena estatura y tipo atlético, melenita blanca y tez sonrosada y, a la derecha, machacaba el suelo “Apothecary” Nacho, mas bajo y vigoroso, de pelo negro y piel oscurísima.
 
Según salieron del local, giraron a la izquierda hasta La Gran Vía, cruzando la carretera en la esquina del Banco de Bilbao y girando a la derecha hacia la Plaza Circular. Andaban a buen paso y sin hablar.
 
D. Miguel y yo salimos de la iglesia, giramos a la derecha y cruzamos la calle hasta el Corte Inglés, girando nuevamente a la derecha por la Gran Vía.
 
Cuando les vimos doblar la esquina en Berástegui, D. Miguel me dijo que nos detuviéramos hasta comprobar si bajaban a la estación del metro y correr a la boca de la estación de Abando, si fuera necesario, pero continuaron su marcha hasta los jardines de Albia.
 
Nosotros atravesamos la Gran Vía frente a Berástegui sin dificultades, puesto que ya no circulaba vehículo alguno, y avanzamos, de una carrerita, hasta los parterres que se encuentran frente a los juzgados, donde nos ocultamos tras un plátano, desde donde pudimos observar como entraban en la iglesia de San Vicente (del siglo XVI y estilo gótico tardío, de sillería arenisca, tiene un espadaña muy interesante y, sin embargo, no atrae la atención de los turistas y menos aún de los bilbaínos. Esta situación siempre me ha resultado muy injusta, puesto que a Carrollton, acuden miles de personas al año para visitar la vieja cárcel de piedra, que tiene un valor histórico y arquitectónico mucho menor).
 
Debo confesar que no habíamos previsto que entraran en un templo y que nos quedamos durante unos instantes sin saber que hacer o decir, hasta que D. Miguel, con un adelantar de la cabeza, me indicó que teníamos que entrar. Entonces, sin habernos movido de la sombra del plátano, vimos aparecer, a unas pocas yardas de distancia, a gran velocidad y entre un macizo de alegrías, una gran serpiente; del grosor de una boa o mayor y de un longitud inacabable; que nos rodeó varias veces en menos de un segundo y que empezó a estrujarnos con una fuerza enorme.
 
La situación era realmente desesperada, pues no podíamos coger nuestras armas ni sustraernos al abrazo de aquél ser y digo ser, y no serpiente, por que tuve tiempo suficiente para ver su extremo superior, el que se correspondería con la cabeza, y no había más que una especie de ojo, sin párpados, del tamaño de una naranja, con el iris verde y la pupila blanca.
 
El monstruo nos arrastró hacia las alegrías, donde pudimos comprobar, aterrorizados, que el otro extremo de aquélla pesadilla reptante se encontraba bajo tierra, en una profunda madriguera que sería, irremisiblemente, nuestra tumba. Esta sola idea nos hizo enloquecer... y comenzamos a aullar como animales, abandonándonos a la desvergüenza de la desesperación.
 
Cuando ya nuestros pies iniciaban el más espantoso de los camino subterráneos, una legión de gatos apareció de las sombras. Gatos rubios, pardos, viudos, siameses, persas, negros, blancos... Gatos que se lanzaron sobre la gusana ciclópea con uñas y dientes, con la ferocidad de una manada de lobos famélicos...
 
El gran gusano se desenroscó, liberándonos; se incorporó, alcanzando la altura de una casa de ocho pisos; comenzó a vibrar y girar como una peonza, lanzando a muchos gatos en todas direcciones y se retiró a su madriguera, librándose del resto.
 
Pasaron unos segundos y el monstruo volvió a salir. Esta vez, estaba lleno de desconchones sanguinolentos, resultado de los mordiscos y arañazos de nuestros paladines de cuatro patas, y emitía una especie de cancioncilla, como música de flauta, que salía de un montón de boquitas que rodeaban al negativo de ojo, que ahora nos miró con sorpresa, pues su pupila inmaculada se dilató al ver la Astra de D. Miguel y mi SIG-Sauer P 230 (Es fabulosa, Padre, ligera, rápida, sin retroceso... el mejor regalo de cumpleaños que me has hecho).
 
Vaciamos los cargadores, destrozando el ojo y la mayor parte de las boquitas... y la culebra se convirtió en una manguera, que mientras desaparecía en su hoyo, dejaba un rastro líquido, rojizo y apestoso.
 
El tiroteo había atraído la atención de los pocos clientes del Iruña, que nos miraban anonadados desde las puertas del café, y del retén de la Ertzantza en el Palacio de Justicia, que subía con el coche patrulla, por Ibáñez de Bilbao, con las sirenas a todo volumen.
 
D. Miguel me tomo la mano y me llevó corriendo por Berástegui y Ledesma hasta La Granja, donde Cotidio, una vez más, nos recibió con los brazos abiertos y se encargó de despistar a los ertzainas.
 
Mañana os contaré lo que descubramos en la iglesia de San Vicente, que según D. Miguel, será una fuente importante de información.
 
Espero que esta mañana hayáis tenido buena venta en el mercado de las pulgas y que hayáis rezado una oración por mi en el servicio del padre Fitz James.
 
Vuestra hija, que os quiere.
 
Charlotte.
 
Miguel San José