Mármol veteado

Un domingo de otoño dos personas adultas hablan de sus cosas. Viven juntos, en pareja en una casa cómoda de una ciudad que conocen bien.
Era un mostrador de bar de mármol veteado y pulido con los cantos torneados. Yo estaba sentado encima con un trajecito de piqué blanco. Era un niño de unos cinco o seis años. Eso es todo lo que recuerdo.
   - Llevas todo el día con lo mismo, Mario. Ni siquiera has comido. Deja ya ese asunto que no te va a ayudar a recuperar nada. Vas a enfermar si sigues así. ¿Me escuchas, Mario?
   - Sí, claro que te escucho. Siempre lo hago. Pero necesito saber dónde está ese bar. Lo necesito, Ángela. ¿Lo entiendes?
   - Siendo sincera, no mucho. No sé qué te puede dar ese bar además de ansiedad…
   - No entiendes necesito saber quién soy, ¡quién coño soy!
   - No te angusties. Eres Mario una estupenda persona de la que estoy enamorada. Profundamente enamorada.
   - Pero si ni siquiera sé si me llamo así, Mario. Suena ridículo.
   - No vamos a recordar otra vez lo mismo. Lo hemos hablado hasta la extenuación.
   - Pues eso es lo que necesito precisamente, recordar.
Ángela titubea, reflexiona, tuerce el gesto y asiente.
   - Te encontraron un papel en el bolsillo de la camisa, el único digamos documento que se te halló encima. Un papel manuscrito que incluía un nombre Mario entre otras palabras ilegibles. Después cuando saliste del coma yo estaba allí y te llamé Mario y asentiste con una sonrisa.
   - Acaso una casualidad.
   - Puede ser pero es todo lo que tenemos.
   - Eso es lo que me angustia. Toda mi vida se reduce a un papel ilegible en el que parece ese nombre y un recuerdo infantil de un bar.
   - Mario, la vida solo es el presente. Ni el pasado, no siquiera el futuro importan. Vive ahora.
   - Eso se dice fácilmente. Tú como todos tenéis un pasado, unos recuerdos, una identidad de la que yo carezco…
   - Los míos te los regalo. Mi vida comenzó cuando te encontré en el accidente, en la parte trasera de aquel taxi. Antes, mierda. Mi padre maltrataba a mi madre y de paso a sus hijas. Gracias a Dios el hijoputa acabó demenciado en una residencia pública y nos dejó en paz. Mi madre desquiciada, sin dinero, ni dignidad empezó a beber y murió alcoholizada. De mi hermana no he vuelto a saber y no se lo reprocho. Odiaba a los hombres hasta que te vi y supe no me preguntes cómo que tú serias mi vida y todos mis recuerdos. Acaso porque tú ya no los tenías…
   - Aun así, eres lo que has vivido, lo que recuerdas. Somos lo que recordamos, nos guste o no y yo no recuerdo, solo el bar…
El viento, un viento desabrido golpeó una ventana entreabierta. Ángela se apresuró a cerrarla. Mario, no.

Un martes del mismo otoño, en la misma casa con la misma pareja y acaso las misma cosas. Atardece una tarde templada.
   - Mario, ¿cómo estás en casa tan temprano? ¿Ha pasado algo en el trabajo?
   - Lo he dejado.
   - Pero ¿por qué? Me costó mucho encontrártelo. No tienes antecedentes, ni filiación ni nada…Es un buen trabajo.
   - Sí que lo es y te lo agradezco pero necesito tiempo para buscar…
   - Para buscar ¿qué? Mario te estás volviendo loco.
   - Teniendo en cuenta que he estado en el túnel de la muerte hace menos de un año, volverse loco es un mal menor ¿no crees?
   - Metete tu fina ironía por donde te quepa. Creo que merezco una explicación un poco más seria…
   - Perdona, tienes razón. Te debo todo lo que soy. Ese es el problema que no lo sé y mientras no lo haga no podré vivir conscientemente. Entiéndelo por favor.
   - No te puedo mentir, no lo entiendo. Pero bueno, sea. Busca lo que tengas que buscar. Supongo que seguiré aquí a tu lado.
   - Haz lo que tengas que hacer. No te puedo censurar nada.

Un jueves ya frio del mismo otoño. Durante la cena, durante la sopa, la misma pareja y acaso la misma conversación.

   - ¿Cómo te ha ido hoy?
   - Mal
   - ¿Dónde has estado?
   - He cubierto casi todo el barrio del Rio.
   - ¿Y?
   - Nada. No era ninguno. Ni parecidos siquiera.
   - ¿Y, mañana?
   - Pues acabaré con ese barrio y quizá comience con la zona del Ensanche.
Mientras Mario refiere su jornada, Ángela ojea el callejero parcelado y repleto de anotaciones detalladas de los bares visitados.
   - Ya te has cubierto una cuarta parte de la ciudad. A este ritmo la terminas para Navidad. Ritmo Paris Dakar que se dice…-. Antes de que Mario pueda replicar nada, Ángela con gesto desconsolado musita.- Perdona, Mario. Todo este asunto me tiene desquiciada. Voy a traer los filetes…
   - No te preocupes. Entiendo lo que sientes pero es necesario que siga. Dime una cosa aunque ya sé que ya lo hemos hablado muchas veces pero tengo que estar seguro. ¿No había nada en el taxi que me pudiera identificar?
   - No seas macabro. Te repito una vez más que no había nada allí. Nadie te está ocultando nada y menos yo. Te lo he contado por demás pero que no sea por repetirlo. Salía de la clínica en coche y pasé justo después de que el taxi donde viajabas se estrelló contra aquel pilar. Ardía todo el frontal. Paré donde pude. Llamé a la policía y traté de auxiliaros. Enseguida supe que el taxista estaba muerto y ardía junto con el coche así que trate de sacarte de allí. Estabas conmocionado. La policía llegó inmediatamente y no encontró nada tuyo. Según se supo luego llevabas tu documentación en una especie de mariconera que por lo visto debido a la colisión rodó hasta caer en el fuego del motor. Y eso es todo.
   - Gracias Ángela, gracias una vez más.

Ángela se levantó y salió quizá para calentar de nuevo los filetes. Mario continuó sentado, apoyado en la mesa del comedor y mirando fijamente un afiche de una función teatral que ataviaba la pared opuesta.

Un bar veterano del barrio del Tosal de la misma ciudad. Un jueves casi de invierno. El frio enturbia la luz de la mañana. Dos hombres charlan acodados en la barra de mármol uno a cada lado.

   - Siento no poder serle de ayuda. No soy capaz de identificar la situación que me describe. Lo siento.
   - Gracias de todos modos. Dígame que le debo por el café.
   - Uno veinte. Déjeme que sea indiscreto, ¿qué busca usted?
   - Mi pasado.
Déjeme que sea aun más indiscreto e incluso imprudente: el pasado no sirve para nada. Yo cerraré este bar dentro de poco. Toda una vida tras la barra y antes que eso mi padre y al final, nada. Ya no da para vivir. Habría que reconvertirlo en un bar de esos modernos y la verdad, no me encuentro con fuerzas para ello. Cerraré y todo desaparecerá. Me gusta leer. Siempre he leído. Viviré como pueda de mis ahorros y mis recuerdos se limitaran a los libros que lea.
Mario recoge su callejero y se levanta despaciosamente, sin pausa. Se abrocha el abrigo y se dispone a despedirse de su interlocutor. Este se adelanta.

   - Hágame caso, abandone su búsqueda…

Un lunes ya con campanillas en los escaparates. Otro bar viejo. Dos hombres acodados nuevamente en la barra de mármol veteado y torneado en su canto.

   - Me quiere sonar eso que dice. Llevo aquí muchos años y la memoria falla, sabe usted. Pero me quiere sonar lo del niño, el piqué y la barra. Quizá ocurriera aquí pero no se lo puedo asegurar.
   - Haga memoria por favor se lo ruego. Es muy importante.
   - En ese caso quizá Doña Eulalia le pueda ayudar más que yo.
   - ¿Quién es Doña Eulalia?
   - Se trata de una vieja que lleva viviendo toda su vida en las casas del Sindicato y que pasaba mucho por este bar. Era muy amiga de mi difunta mujer.
   - ¿Dónde están esas casas?
   - Dos manzanas más abajo en esta misma calle.

Un edificio de cuatro alturas de un color marrón desvaído con balcones corridos en esquina y portal de terrazo sin ascensor. Mario llama al timbre del segundo piso del número treinta y cuatro.

   - Pase. Está abierto.

Mario traspone el umbral y un vestíbulo estrecho y húmedo le recibe. Papel pintado con escenas campestres en un color ocre. Avanza prudentemente y a la derecha del pasillo que sigue al vestíbulo una pequeña cocina alberga a una mujer anciana con el pelo en una permanente olvidada. La cocina en azulejo blanco con las juntas ahumadas. La mujer toca con precaución la chapa eléctrica y coloca un cazo desportillado a calentar.

   - ¿Es usted Doña Eulalia?
   - Si yo soy, hijo y tú debes ser Mario. Me acabas de llamar ¿verdad?
   - Así es. Muchas gracias por recibirme.
   - Oh, de nada. No recibo muchas visitas. Es agradable que alguien venga a ver a esta pobre vieja. ¿Quieres un poco de café con leche? Estaba calentando un poco para mí.
   - No muchas gracias. ¿Le ayudo?
   - Oh, sí muchas gracias. Casi no veo y el fuego es peligroso.

Los dos entran en lo que parece el salón de la casa. Mario lleva en una bandeja un pequeño búcaro con el café ya azucarado, también lleva unas galletas. Se sientan juntos en un sofá de terciopelo verde harto desmochado.

   - Y, ¿qué es lo que quieres de mi, hijo?
   - Estoy buscando a la familia de un niño que vestía un traje de piqué blanco y que estuvo sentado en la barra de mármol del bar de abajo. El niño tendría unos seis años y la escena, quizá una foto, debió haber ocurrido hace unos cuarenta cuatro años. Es muy importante para mí.
   - ¿Eras tú ese niño?
   - No sé, puede ser.
   - Quizá me acuerde de algo aunque ya soy una vieja medio ciega con mala memoria.
   - Dígame lo que crea saber. Eso será suficiente.
   - Conocí una familia que se podría parecer a la descripción que haces pero no estoy segura.
   - No importa. Siga por favor.
   - No resulta demasiado agradable su historia. ¿Por qué quieres que te la cuente yo?
   - Yo no la puedo recordar…No me oculte nada por favor.
   - Entiendo. El niño vivía con su familia, tenía varios hermanos. Tres creo. El padre trabajaba en una fábrica grande y ganaba un buen dinero. La madre murió pronto. No recuerdo de qué. Los hijos se fueron yendo de la casa a su hora. El niño ya adulto triunfó en los negocios. Ganaba mucho dinero vendiendo maquinas extranjeras. Se casó y tuvo hijos. No fue buen padre. Los negocios le obligaban a viajar, a cenar fuera y se acostumbró a esa vida. Se olvidó un poco de su familia. Un día las cosas se torcieron. Empezó a perder dinero tuvo que cerrar el negocio y a pedir dinero y no devolverlo. Los bancos le quitaron el piso y su mujer se marchó con su familia y se llevó a sus hijos. Casi no los podía ver pero no peleó por ellos. Su mente continuaba en los negocios, en los chanchullos. Estuvo a punto de ir a la cárcel y el único que le acogió fue su padre que vivía solo y bebía mucho. Lo hacía por aburrimiento, creo yo. Se puso muy malo con cirrosis y hay que reconocer que el hijo le cuido día y noche, sin escatimar ni un esfuerzo. Murió y le dejo todo a su hijo y muy poco los otros que aparecieron solo al final. Sus hermanos le denunciaron por haber falsificado no sé qué documentos del testamento y ganaron. Solo le quedo el piso que es como el mío de renta antigua y que al cambiar de titular le subieron el alquiler que no podía pagar. Le dieron también la opción de comprarlo pero no pudo y sus hermanos le ofrecieron un dinero por él para luego hacer negocio pero se negó. Limpiaba portales para poder vivir y hace algún tiempo se fue. Como nadie pagaba el alquiler el piso lo expropió el Gobierno y lo ha puesto a la venta. Ha pasado lo mismo con todos los pisos de estas casas. Los han comprado a bajo precio para especular. Así que ya no queda nadie de aquella época, solo yo. No tengo dinero para comprarlo y además para que querría hacerlo. Mis hijos no vienen mucho por aquí y no les veo yo interesados en nada de lo mío. Ya sabe la juventud ahora es así…

Doña Eulalia aprovechó el silencio frio que se instaló entre los dos al final de su historia para apurar su café. Mario no se atrevía a preguntar.

   - Seguramente ese niño no tiene nada que ver contigo. Viejas historias…

Se atrevió.

   - Dígame, ¿cómo se llamaba ese niño?
   - Tomás.

Llegó el invierno un domingo húmedo y gris. En la misma casa seguía la misma pareja hablando de sus cosas. Seguramente se quieren y no necesitan más. Seguramente.

Joseba  Molinero