La cuadrilla

Mi última novia me dejó plantado hace tres años, y lo de plantado es literal porque me dijo que no me soportaba más en la puerta de embarque 78 de la T4. Creo recordar que apenas me dio tiempo a levantar las cejas antes de que desapareciera con las tarjetas de acceso al avión. Por supuesto, me quedé en tierra —dos días—, atrapado en medio de una asonada navideña de controladores aéreos. Ahora me encojo de hombros, pero durante aquellas cuarenta y ocho horas mi odio se repartió de manera equitativa entre ella y los huelguistas. No me sorprendió demasiado la espantada, pero sí el momento y lugar. No soy muy hábil interpretando los avisos de tormenta.
   Anduve muy desorientado durante los meses siguientes hasta que conocí a una joven poeta, no poetisa sino poeta, eso me lo dejó bien claro desde el principio. La principal cualidad de la poetisa incidía en su condición de suicida en proyecto. Su modelo era un tal David Foster Wallace, un americano que se quitó la vida un tiempo después de hablarme de él, al parecer como un acto más en su proceso creativo. En esto la poeta estuvo acertada, en lo del suicidio del yanqui quiero decir. Las pocas veces que nos vimos, hasta que me consiguió aterrorizar, se dedicó a explicarme las alternativas que estaba evaluando para su fin de obra, a cual más truculenta. Por fortuna vivía en Cádiz y fue fácil perderla de vista.
   Más tarde estuve saliendo con una camarera con ínfulas de intelectual, lectora atenta y profusa de Sánchez Dragó, lo que debió ponerme sobre aviso. Su tema favorito era el inconsciente colectivo de Jung. Media docena de impenetrables citas académicas y una tesis sobre las bondades de la masturbación y su vínculo con algún abstruso teorema jungiano fueron suficientes para que me diera cuenta de que sería mejor ir a tomar gin-tonics a otra parte.
   Hasta no hace mucho estuve intentando ligarme a la número uno en el top-ten de la empresa. Se me había metido en la mollera que yo le gustaba, a pesar de que ni siquiera me devolvía los saludos cuando nos cruzábamos por los pasillos. Tenía claro que si no lo hacía era por vergüenza y pudor: no podía ser capaz de resistir mi irresistible magnetismo. Le escribí un relato romántico y pasteloso —me habían contado que le gustaban las novelas rosa— en el que ella y yo éramos los protagonistas de una forma más que evidente. Se lo envié por correo electrónico. Estuvieron a punto de despedirme por acoso y por imbécil, sobre todo por esto último según me aclaró el de recursos humanos.
   Este ha sido un rápido resumen de mi vida sentimental durante los últimos tres años. Mis fines de semana han quedado confinados a la distancia que se cubre desde la parada de metro de Abando hasta la FNAC y vuelta a casa. Y es que ahora voy a menudo por la FNAC; leí en algún libro que el protagonista ligaba mucho en las librerías. Si el autor tenía algo de razón, siempre habría por allí mujeres interesantes dispuestas a entablar una relación con un tipo atractivo como yo, pensé. Pura falacia literaria, se lo aseguro. Mujeres hay, pocas pero las hay, e interesante es un adjetivo de amplio espectro. En realidad, la mujer más interesante que he encontrado allí es una de las seguratas, casualmente la vecina del piso de abajo y, por cierto, muy casada con un ertzaina. Cuando coincidimos, en vez de sonreírme me mira con sospecha, como si estuviera desvalijando el lugar. Resultado final de mi nueva y desolada rutina: todos los meses me gasto cientos de euros en libros que no leo ni leeré.
   Hace unos meses, mientras deambulaba entre estanterías y mesas más pendiente de unos cuantos escotes veraniegos que de las historias de Chejov con señoras y perros —¿qué tendrá ese cuento? —, encontré una extraña nota sobre uno de los libros de la sección de novedades. Estuve varios minutos remoloneando alrededor, observándola de reojo, atento a que alguien pudiera estar vigilando. Reconozco que mi actitud puede resultar poco común o racional, pero ¿qué quieren?, después de tres años estaba desesperado, o casi. La nota decía: Formo cuadrilla, de 24 – 34 años. Me pasaba un poco por arriba, pero no creí que fueran a pedirme el DNI. Bilbaínos, nas. Este requisito lo cumplía, y la inclusión del género femenino era determinante. No es broma, aseguraba el autor del escrito, ni agencia. Vale, me dije. Al final aparecía una dirección de correo electrónico. Hice como que hojeaba la obra sobre el que había hallado la nota, la escamoteé en las páginas y me dirigí a la caja con otro título más para mi colección de libros vírgenes.
Esa misma noche me creé una dirección de correo electrónico nueva —no era cuestión de usar la del trabajo. Era un imbécil, pero aún no era un desahuciado mental—, y les envié mi solicitud de pertenencia a la cuadrilla.
   Pasaron varias semanas, ya me había olvidado del asunto de la nota cuando una noche, mientras revisaba correos antiguos, aburrido y asqueado, entró en la bandeja un mensaje nuevo remitido por “La Cuadrilla”. Me citaban en el Café La Granja ese mismo sábado a primera hora de la tarde. Seríamos solo seis personas, me contaban, y añadían que les había parecido muy interesante lo que explicaba en mi comunicación, por ello me habían seleccionado para el grupo. Esto me escamó un poco porque no había dicho nada especial, y lo poco que escribí era inexacto cuando no directamente mentira. Tampoco había indicación alguna acerca de cómo reconocernos, pero opté por no darle más vueltas al asunto. El sábado, a la hora prevista, allí estaba yo, acodado en la barra con una cerveza y mis mejores galas: vaqueros Armani, camisa Burberry, cazadora de cuero Belstaff y zapatos Lotusse. La ropa interior, por lo que pudiera pasar, de estreno y Tommy Hilfiger. Sí, soy un victim-fashion.
   Me dediqué a vigilar la entrada principal de la cafetería: grupos de turistas catalanes bullangueros, silenciosas parejas de aspecto nórdico, señoras bilbaínas recubiertas de tules y peinados de tres pisos… Nadie que pudiera ser miembro de “La Cuadrilla”, pensé en un alarde de estúpido clasismo. Terminé de un trago la segunda cerveza y eché un vistazo al reloj. Una hora era suficiente. Pagué, y sin mirar a ningún sitio en concreto, me dirigí a la salida. Fue en ese momento cuando una mujer en la treintena, muy atractiva y bien vestida, se interpuso en mi camino y se dirigió a mí directamente por mi nombre. ¿Cecilio?, pronunció con un leve deje francés, acariciando las c con sus labios carnosos y oscuros. Balbuceé un sí aturullado. Con un gesto de la mano me invitó a seguirla hasta un grupito acomodado al fondo del local. Estaban semiocultos detrás de unos biombos y por eso no me había fijado en ellos; de otra manera no me hubieran pasado desapercibidos porque eran tan victim-fashion como yo. Había cuatro mujeres, todas de parecida edad, y un pollo trajeado y con pajarita, algo más joven que ellas y con pinta de gigoló italiano, que no abrió la boca ni para saludarme.
   Nos presentamos, charlamos sobre nuestras aficiones y gustos y dimos algunas pinceladas sobre nuestras historias sentimentales. Por supuesto, me creí libre para mentir sin rubor. De vez en cuando sorprendía algún cruce de miradas apreciativas entre ellas. No recuerdo de qué continuamos hablando, aunque poco a poco la conversación derivó hacia el arte, un tema más bien resbaladizo en mi caso. En algún momento, Alberta —la que me había recibido y que parecía ser la líder del grupo— me preguntó qué opinaba de Murillo. En un rapto de inspiración respondí: “Pintó demasiadas vírgenes”. Alberta me sonrió y miró a sus compañeros. Percibí algún leve asentimiento, lo cual no negaré que me satisfizo enormemente. Creo que fue Siri la que rió: “Eres un perfecto iconoclasta”, mientras me palmeaba la pierna. Alberta proclamó que acababa de ser aceptado de manera oficial en el grupo. La idea de que eran unos pedantes llevaba un rato revoloteando alrededor de mi cogote, pero lo cierto era que las cuatro mujeres estaban espléndidas y la admisión no había hecho sino hinchar mi ego. Después de las copas en La Granja fuimos a un concierto de jazz en La Bilbaína; a mí el jazz me suena como canto de grillos, pero aguanté aquel barullo, bien es cierto que animado por el continuo y prometedor roce de la pierna de Belén, y otros dos gin-tonics. Una vez finalizada la tortura me ofrecieron ir a picar algo al txoko. Era una cuadrilla muy bien organizada, sin duda, y a cada momento que pasaba me iba sintiendo más orgulloso de haber sido aceptado. Mis recuerdos comienzan a perder nitidez a partir precisamente de la entrada en un txoko que me recordó más a una nave industrial que a otra cosa. Belén me preguntó sin venir a cuento qué me parecía la obra de Jean Cocteau. Estaba bastante ebrio ya, pero no tanto como para no sorprender algunas miraditas entre Belén y las otras tres. El nombre del tipo me sonaba de jugar al Trivial, algo relacionado con retretes. Iconoclasta, respondí. Belén sonrió y me cogió de la mano.
   Desperté completamente desnudo en una cama que no era la mía; miré confundido a mi alrededor hasta que fui consciente de que estaba en una habitación de hotel, solo y sin que mis ropas aparecieran por ninguna parte. Abrí cajones y puertas de armarios, y no aparecieron por ningún sitio. Me asomé a la ventana, pero no reconocí los alrededores. Estuve más de dos horas paseando por el cuarto, aguardando a que alguien regresara con mis cosas y pudiese largarme de allí. Cuando por fin llamaron a la puerta, me envolví apresuradamente en las sábanas de la cama y fui a abrir dispuesto a decirles a los de la cuadrilla todo lo que se me viniera a la boca, y era mucho y grueso. Con muy poca educación para ser un hotel tan elegante como supuestamente era, un par de tipos trajeados me sacaron de la habitación tal y como estaba y me arrastraron hasta la recepción, donde me aguardaba la ertzaintza. Los de la autoridad me acompañaron hasta el furgón con bastante más amabilidad que los otros y desde ahí directo a una celda de la comisaría de Deusto, por fortuna vestido ya de nuevo, aunque ahora con un pantalón y un jersey restos de algún uniforme desechado. Me acusaron de haber ocupado la habitación un día más de lo debido y haberme negado a abandonar el cuarto cuando fui requerido, algo del todo falso esto último, aunque mis protestas fueron ignoradas. Aboné mil euros por dos noches en la suite Gorbea y me dejaron largarme.
   La Cuadrilla había resultado ser una cuadrilla de mangantes; eso pensé hasta que una semana más tarde recibí un paquete con mis ropas y la cartera con todo el dinero que contenía. Unos días después me entregaron una invitación personal para una performance titulada “Humano y patético” del grupo “La Cuadrilla”. Lo pensé mucho, pero al final decidí acudir al presunto espectáculo dispuesto a exigir explicaciones por lo que me había sucedido. Anduve por los alrededores de la sala sin terminar de decidirme hasta el último momento. Entré cuando el local estaba ya a oscuras; no quería que me vieran hasta que acabara la representación o lo que fuera la performance aquella. Sobre el escenario estaban Belén, Alberta y el resto, todos completamente desnudos. De fondo, una pantalla sobre la que se proyectaba un primer plano de un cuarentón cervecero acodado en una barra y vestido como si tuviera veinte años menos. Un individuo patético. Era yo. Quise levantarme y escapar, pero justo en ese momento, como si me hubiera leído la mente, Alberta encaró al público y gritó esa misma palabra: ¡patético!
   Cada escena, desde la inicial en La Granja hasta que me introducían en el furgón policial, era apostillada por un calificativo: patético, ridículo, esperpento, pasmarote, payaso, grotesco, necio, chusco, hazmerreír, bobo, simple, sandio, mentecato, menguado, insustancial, zote, vacuo, minúsculo (este cuando llegábamos a la parte que no recordaba de la habitación del hotel, la única en que el tío de la cuadrilla aparecía en pantalla, tan desnudo como yo. Me abstendré de explicar la razón del adjetivo). Y así durante treinta minutos. En una gran apoteosis, con las imágenes pasando a alta velocidad, repitieron la retahíla completa; a continuación, unos segundos de inquietante silencio y oscuridad. Entonces se encendieron las luces y la cuadrilla se giró hacia la pantalla, sus hermosos traseros apuntando al público. Mi rostro, enorme, apareció en la pantalla. Allí flotaba mi cara, la misma que estaba poniendo en aquel preciso instante, con los ojos desencajados, las cejas casi en el cogote, la boca abierta, tratando de encontrar la cámara que me filmaba. ¿Por qué me había quedado hasta el final? Porque era un perfecto… ¡idiota! Eso fue lo que gritó la cuadrilla mientras señalaban mi cara de idiota sobre la tela.

Roberto Sánchez