Ciclo de aventuras celestiales de Copronio Catapodis

El viento y la lluvia golpeaban los ventanales del despacho. Contempló su propio reflejo en el cristal y chasqueó con la lengua complacido con lo que veía. Se humedeció el dedo índice chupeteándolo y se lo pasó por las cejas en un intento imposible de domesticar aquellas cerdas rebeldes. Se ajustó la americana y salió al pasillo ensayando lo que el creía era un movimiento de caderas de galán irresistible. Mientras caminaba se ajustó sus partes introduciendo la mano por debajo de los pantalones y el slip. Se masajeó los testículos y calibró su miembro tumescente. Después olisqueó con fruición los dedos que había empleado en tan delicada actividad; a macho, huelo a macho, pensó. Al fondo del corredor se oían unas voces femeninas. En unas pocas zancadas se plantó en la puerta de la sala que compartían las dos mujeres. Sin mayores preámbulos entró en materia.
Hola, preciosas. Vengo a haceros felices.
Ellas se miraron expectantes y sorprendidas. Después clavaron los ojos en la boca que volvía a hablar.
— Verás, Alicia —se dirigió hacia la joven más alta—, está claro que a ti te van los bollitos y que estás deseando comerte el de tu amiga aquí presente.
Miró a la otra mujer.
— Y tú, Virginia, tú estás deseando que te folle a cuatro patas desde que me conociste. Te lo noto en los ojos cada vez que me miras…
Abrió los brazos como si quisiera abarcar toda la habitación, aspiró una gran bocanada de aire y mientras lo expulsaba creyó notar que se le aflojaban los dientes. En el exterior la tormenta rugía cada vez más irritada. Se ajustó de nuevo el paquete y prosiguió con su discurso. Las dos muchachas permanecían inmóviles, sin parpadear siquiera.
Bueno, bueno, así que esta tarde os voy a dar gusto a las dos —dijo.
A continuación le habló a la llamada Virginia.
Ve despelotándote, guarra, que vas a saber lo que es una tranca de burro. Y tú, prepárate —le dijo ahora a la más alta—, que en la vida hubieras pensado que le fueras a poder comer el chocho a esta, y me lo vas a deber a mí…
Qué raro, pensó, se me acaba de caer una de las paletas. Joder, justo ahora que las tengo a punto, se lamentó mientras contemplaba incrédulo el diente sobre la palma de su mano.
Ajena a sus tribulaciones odontológicas, Virginia cumplía las órdenes recibidas. Con una mirada de deseo y pasándose la lengua por los labios en un gesto pleno de lubricidad, la mujer hizo saltar el último de los corchetes del sujetador que aún permanecía abrochado; sus espléndidos glúteos se desplegaban ya poderosos y cantaban libres desde las fronteras de un breve tanga. Era el momento de ordenar a Alicia que empezara a desnudarse… Aquello iba bien, muy bien, pensó el tenorio, y se guardó el diente caduco en el bolsillo de la camisa.
Ahora te toca a ti, lesbi —dijo, y la boca se le llenó de dientes. Quiso gritar y sólo consiguió que treinta y una piezas de marfil tintinearan sobre el suelo.
Copronio aspiró agónico una bocanada de aire y se incorporó en la cama. El golpeteo del corazón en el pecho le impedía respirar. Encendió la luz. En un vaso de agua sobre la mesilla de noche se bañaban las dos mitades de su dentadura postiza. Algo aturdido aún, se levantó y se miró las ingles: el efecto del sueño todavía duraba. Se encasquetó en la boca las prótesis dentales y fue hacia el baño. Tenía ya la mano en el picaporte del dormitorio cuando oyó con toda claridad la descarga de la cisterna. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, los testículos se le encogieron y trataron de ocultarse en su bajo vientre. Se giró hacia la cama pero allí no había nadie, así que aquello ya no debía ser la pesadilla que le había despertado, pensó con una lógica un tanto confusa. Entreabrió la puerta del dormitorio y atisbó el pasillo oscuro. Tosió con fuerza y decidió que todo era un residuo de su pesadilla. A fin y al cabo, ¿quién iba a estar en su retrete a las tres de la mañana? Con menos aplomo del que fingía tener entró en el baño y descargó la vejiga, limpió el borde de la taza del váter con un poco de papel higiénico, hizo un gurruño con él y lo arrojó al interior del inodoro. Apretó el botón del depósito de agua y, simultáneo con el gorgoteo del líquido, un manotazo en la espalda le hizo escupir la dentadura postiza. Con una sonrisa burlona, sus dientes se escabulleron por el desagüe.
Un vozarrón le taladró las meninges y un nuevo escalofrío se le enroscó en el perineo.
¿Cómo va eso, majo? Joder, ya puedes perdonar si te he despertado, pero es que me estaba meando. Pero bueno, mejor así, cuanto antes acabe con esta misión, antes me podré ir de vacaciones —rió quien así hablaba.
Copronio Catapodis supo que iba a ser una mala noche. Se volvió despacio y, después de abrir mucho los ojos, apretó las nalgas y se dijo a sí mismo que no debía desmayarse. A pesar de todo hubo de sentarse en el retrete, incapaz de asimilar la imagen que ocupaba el umbral de su cuarto de baño. Tragó saliva. Delante de él se elevaba una masa de carne fofa y desnuda de unos doscientos kilogramos. El individuo mediría más de dos metros de altura y las lorzas le chorreaban desde todos los recovecos de su gigantesco cuerpo. Los pechos se le descolgaban por encima del vientre como dos pellejos flácidos y desfondados, exánimes después de huir de las mantecas grumosas que se arremolinaban en su torso. Su desnudez sólo se escondía bajo una especie de traje de baño de lana de color azul eléctrico, oculto parcialmente por una voluminosa barriga que parecía despeñarse por encima del elástico del bañador. De los pliegues gelatinosos de las ingles nacían dos columnas de grasa que desembocaban en sus pantorrillas, en el lugar exacto donde daban inicio su imperio unas medias a rayas horizontales y de los colores del arco iris. Más abajo, unas deportivas de color rosa ponían frontera a aquel ser. Sobre un hombro, un bolsito blanco en bandolera se balanceó inquieto cuando las risas iniciales se transformaron en toses y esputos. Empujó a Copronio apartándole del retrete, se inclinó y lanzó un par de gargajos verdes y brillantes hacia las profundidades donde debía estar ahogándose su dentadura. Ya nunca más podría volver a usarla, pensó Copronio.
Joder, tengo que dejar el tabaco —dijo la visión