Ciclo de aventuras celestiales de Copronio Catapodis

El viento y la lluvia golpeaban los ventanales del despacho. Contempló su propio reflejo en el cristal y chasqueó con la lengua complacido con lo que veía. Se humedeció el dedo índice chupeteándolo y se lo pasó por las cejas en un intento imposible de domesticar aquellas cerdas rebeldes. Se ajustó la americana y salió al pasillo ensayando lo que el creía era un movimiento de caderas de galán irresistible. Mientras caminaba se ajustó sus partes introduciendo la mano por debajo de los pantalones y el slip. Se masajeó los testículos y calibró su miembro tumescente. Después olisqueó con fruición los dedos que había empleado en tan delicada actividad; a macho, huelo a macho, pensó. Al fondo del corredor se oían unas voces femeninas. En unas pocas zancadas se plantó en la puerta de la sala que compartían las dos mujeres. Sin mayores preámbulos entró en materia.
Hola, preciosas. Vengo a haceros felices.
Ellas se miraron expectantes y sorprendidas. Después clavaron los ojos en la boca que volvía a hablar.
— Verás, Alicia —se dirigió hacia la joven más alta—, está claro que a ti te van los bollitos y que estás deseando comerte el de tu amiga aquí presente.
Miró a la otra mujer.
— Y tú, Virginia, tú estás deseando que te folle a cuatro patas desde que me conociste. Te lo noto en los ojos cada vez que me miras…
Abrió los brazos como si quisiera abarcar toda la habitación, aspiró una gran bocanada de aire y mientras lo expulsaba creyó notar que se le aflojaban los dientes. En el exterior la tormenta rugía cada vez más irritada. Se ajustó de nuevo el paquete y prosiguió con su discurso. Las dos muchachas permanecían inmóviles, sin parpadear siquiera.
Bueno, bueno, así que esta tarde os voy a dar gusto a las dos —dijo.
A continuación le habló a la llamada Virginia.
Ve despelotándote, guarra, que vas a saber lo que es una tranca de burro. Y tú, prepárate —le dijo ahora a la más alta—, que en la vida hubieras pensado que le fueras a poder comer el chocho a esta, y me lo vas a deber a mí…
Qué raro, pensó, se me acaba de caer una de las paletas. Joder, justo ahora que las tengo a punto, se lamentó mientras contemplaba incrédulo el diente sobre la palma de su mano.
Ajena a sus tribulaciones odontológicas, Virginia cumplía las órdenes recibidas. Con una mirada de deseo y pasándose la lengua por los labios en un gesto pleno de lubricidad, la mujer hizo saltar el último de los corchetes del sujetador que aún permanecía abrochado; sus espléndidos glúteos se desplegaban ya poderosos y cantaban libres desde las fronteras de un breve tanga. Era el momento de ordenar a Alicia que empezara a desnudarse… Aquello iba bien, muy bien, pensó el tenorio, y se guardó el diente caduco en el bolsillo de la camisa.
Ahora te toca a ti, lesbi —dijo, y la boca se le llenó de dientes. Quiso gritar y sólo consiguió que treinta y una piezas de marfil tintinearan sobre el suelo.
Copronio aspiró agónico una bocanada de aire y se incorporó en la cama. El golpeteo del corazón en el pecho le impedía respirar. Encendió la luz. En un vaso de agua sobre la mesilla de noche se bañaban las dos mitades de su dentadura postiza. Algo aturdido aún, se levantó y se miró las ingles: el efecto del sueño todavía duraba. Se encasquetó en la boca las prótesis dentales y fue hacia el baño. Tenía ya la mano en el picaporte del dormitorio cuando oyó con toda claridad la descarga de la cisterna. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, los testículos se le encogieron y trataron de ocultarse en su bajo vientre. Se giró hacia la cama pero allí no había nadie, así que aquello ya no debía ser la pesadilla que le había despertado, pensó con una lógica un tanto confusa. Entreabrió la puerta del dormitorio y atisbó el pasillo oscuro. Tosió con fuerza y decidió que todo era un residuo de su pesadilla. A fin y al cabo, ¿quién iba a estar en su retrete a las tres de la mañana? Con menos aplomo del que fingía tener entró en el baño y descargó la vejiga, limpió el borde de la taza del váter con un poco de papel higiénico, hizo un gurruño con él y lo arrojó al interior del inodoro. Apretó el botón del depósito de agua y, simultáneo con el gorgoteo del líquido, un manotazo en la espalda le hizo escupir la dentadura postiza. Con una sonrisa burlona, sus dientes se escabulleron por el desagüe.
Un vozarrón le taladró las meninges y un nuevo escalofrío se le enroscó en el perineo.
¿Cómo va eso, majo? Joder, ya puedes perdonar si te he despertado, pero es que me estaba meando. Pero bueno, mejor así, cuanto antes acabe con esta misión, antes me podré ir de vacaciones —rió quien así hablaba.
Copronio Catapodis supo que iba a ser una mala noche. Se volvió despacio y, después de abrir mucho los ojos, apretó las nalgas y se dijo a sí mismo que no debía desmayarse. A pesar de todo hubo de sentarse en el retrete, incapaz de asimilar la imagen que ocupaba el umbral de su cuarto de baño. Tragó saliva. Delante de él se elevaba una masa de carne fofa y desnuda de unos doscientos kilogramos. El individuo mediría más de dos metros de altura y las lorzas le chorreaban desde todos los recovecos de su gigantesco cuerpo. Los pechos se le descolgaban por encima del vientre como dos pellejos flácidos y desfondados, exánimes después de huir de las mantecas grumosas que se arremolinaban en su torso. Su desnudez sólo se escondía bajo una especie de traje de baño de lana de color azul eléctrico, oculto parcialmente por una voluminosa barriga que parecía despeñarse por encima del elástico del bañador. De los pliegues gelatinosos de las ingles nacían dos columnas de grasa que desembocaban en sus pantorrillas, en el lugar exacto donde daban inicio su imperio unas medias a rayas horizontales y de los colores del arco iris. Más abajo, unas deportivas de color rosa ponían frontera a aquel ser. Sobre un hombro, un bolsito blanco en bandolera se balanceó inquieto cuando las risas iniciales se transformaron en toses y esputos. Empujó a Copronio apartándole del retrete, se inclinó y lanzó un par de gargajos verdes y brillantes hacia las profundidades donde debía estar ahogándose su dentadura. Ya nunca más podría volver a usarla, pensó Copronio.
Joder, tengo que dejar el tabaco —dijo la visión mientras sorbía la pajita que salía del enorme vaso de Coca-Cola que llevaba en su mano derecha.
Cada vez más atónito, Copronio vio que más allá de la mata de pelo rubio y rizado que adornaba el cráneo de su visitante asomaban unas incongruentes alitas blancas.
¿Quién eres? —balbuceó Copronio.
El tipo le miró sorprendido mientras se rascaba un sobaco.
¡Joder! Perdona, majo. Creí que te habían avisado.
¿A mí? ¿De qué? —dijo el otro con voz temblorosa.
Pues de tu misión… Bueno, es igual. Venga, vístete que ya vamos tarde —le apremió el visitante.
Pero, ¿quién coño eres? ¿Y adónde vamos tarde, tío?
Un destello de irritación tiñó de rojo las pupilas del de las alitas.
¡Hostias, qué pelma! Sois los peores, ¿eh? A los ateos no hay quien os aguante. Pues que sepáis que estáis equivocados. Muy, pero que muy equivocados. A ver, majo, yo soy el arcángel San Gabriel y nos vamos al Cielo cagando leches, así que ya te estás poniendo algo decente, que a Él no creo que Le guste que te presentes así, en calzoncillos.
Copronio Catapodis miró a su alrededor en un vano intento de escapar; era imposible, el ángel ocupaba la puerta por completo y el baño no tenía ventana. Después apretó los párpados con fuerza tratando de exorcizar aquella visión. Resultó Inútil: cuando abrió los ojos, continuaba allí, chupando la pajita y mirándole iracundo.
Bueno, no sé de qué vas, pero ya me estás dando por el culo, y eso no me gusta nada. Venga, coño —le sujetó por el hombro—, que parece que estás atontado.
San Gabriel aleteó ligeramente; el cuarto de baño tembló y empezó a disolverse ante la mirada alucinada de Copronio. Apretó los párpados otra vez y, ahora sí, estuvo seguro de que cuando despertara estaría de nuevo en su cama y que aquello no sería más que otra pesadilla. Se cubrió los ojos con las manos. Joder, pensó, y eso que ya no me paso las noches bebiendo cervezas con el Casimiro y el Jonás.
Una leve brisa acarició sus greñas de insomne. Olía a incienso. Sus pies desnudos parecían pisar un césped suave y esponjoso. Una sonrisa había empezado a dibujarse en los labios de Copronio cuando alguien le propino un cogotazo. No, no era un sueño, pero tampoco aquello podía ser real. ¿O sí?
Abre los ojos, majo, que ya hemos llegado —dijo el ángel.
Copronio negó con la cabeza.
¿Dónde estamos? —preguntó casi sin voz.
¡Que abras los ojos, cojones! —gritó el ángel—. ¿Dónde vamos a estar? Si por ti fuera aún no habríamos salido de tu puto retrete.
San Gabriel se rascó la entrepierna y entornó los ojos.
A ver, bonito, una pregunta fácil. ¿Dónde vive Él?
¿Él?
San Gabriel levantó la mano y amagó un bofetón.
¿En el Cielo? —dudó Copronio.
Muy bien, majo. Premio para el caballero —dijo el ángel—. Venga, vamos, que por allí viene San Pedro.
Pero…, pero, entonces, estoy muerto, ¿verdad? —preguntó el involuntario viajero.
No, hombre, todavía no.
El tono en el que San Gabriel pronunció aquellas palabras no auguraba nada bueno. Copronio lanzó miradas huidizas a su alrededor. Nubes. Nubes blancas de algodón. Sólo eso, como le habían contado en el colegio.
Bueno, Pedro, aquí te dejo el paquete. Me voy para Palestina, que tengo que hacer un par de apariciones y dejar preñada a una. No sé qué se Le habrá ocurrido esta vez, pero órdenes son órdenes.
Copronio escuchó atónito la despedida de su acompañante. San Pedro le echó el brazo por encima del hombro y se lo palmeó. San Gabriel se elevó en el cielo y se esfumó.
Tú tranquilo, que te vamos a tratar bien, guapo.
La mano del santo empezó a bajar por la espalda de Copronio y terminó acariciándole las nalgas por debajo del slip. Suspiró.
Habrá que ponerte algo decente, aunque es una pena, porque estás muy bien, ¿sabes?
Copronio se apartó un par de pasos de San Pedro.
Oye, mariconadas las justas, ¿vale?
¡Qué gracioso! Mira cómo habla, así, sin dientecitos. Venga, venga… —le azotó el culo mientras caminaban hacia una amplia avenida que parecía no tener fin.
San Pedro dio una palmada los dedos y una prenda blanca apareció en sus manos.
Toma, ponte esta túnica, guapo.
San Pedro inclinó la cabeza, apreciativo, y asintió
Divina, te queda divina. Venga, chato, vamos.
Copronio vio sus tobillos delgados asomando por debajo del borde de la túnica. Aquello iba demasiado rápido.
La avenida estaba encajonada entre lo que parecían montañas de nieve. De vez en cuando, Copronio sorprendía alguna miradita de reojo de San Pedro; con idéntica frecuencia se daba pellizcos en el brazo tratando de despertarse. Su guía le puso una mano en la cintura y le guiñó un ojo.
Oye, chato, yo creo que nos conocemos de algo, ¿no?
Será de algún retrete.
Jolín, chico —se amoscó San Pedro—, tampoco hay que ser grosero, que uno sólo pretende mostrarse amable.
Copronio lanzó un bufido de desesperación. De repente, el muro blanco que les acompañaba se interrumpió. A la derecha se abría una verja ruinosa y oxidada, y al otro lado se extendía un erial. Al final del camino que lo atravesaba se veía un edificio clásico con una columnata que más parecía una dentadura mellada. Por la campa triscaban unas cabras cuyo olor pestilente llegó hasta la nariz de Copronio. San Pedro se detuvo y le gritó al pastor del rebaño.
¿Qué? ¿Cómo va eso, jefe?
El pastor giró la cabeza desconcertado. Su pasmo inicial se transformó en furia en cuanto reconoció a quien le acababa de hablar.
Cabrón, hijo de puta, traidor —fue elevando la voz a cada insulto hasta que, en una explosión final, gritó—, ¡maricón!
San Pedro hizo un gesto despectivo con la mano, se encogió de hombros y siguió andando.
Jolín, cómo se pone papá cada vez que me ve. Es tremendo el genio que tiene.
La sorpresa asomó a los ojos de Copronio. San Pedro lanzó una risita entre traviesa y avergonzada.
Sí, guapo, el cabrero era Zeus. Hoy en día el Olimpo no tiene mucha entrada; está de capa caída.
Pero, ¿tú no eres San Pedro?
Bueno, sí, pero antes yo era Apolo… ¡Qué pasa, chico! ¡Qué cara! Ni que hubiera matado a alguien. ¿Es que tú nunca has cambiado de trabajo? Jolín, como está el patio. Cuanta intolerancia…
Copronio negó con la cabeza. San Pedro continuó con su perorata.
Ya ves, guapo, así son las cosas. La verdad es que estuve tentado de irme con los musulmanes, pero, chico, qué quieres, es que Jesús era tan apuesto, tan guapo, tan señor. Sin embargo Mahoma olía a camello… Nada que ver, oye. Además el paraíso de éstos está lleno de huríes y a mí, la verdad, donde esté un buen mozo… Aunque… No sé, a lo peor me equivoqué porque últimamente hay mucha afluencia de chicos jóvenes al paraíso de Mahoma. Eso me han dicho. No sé qué estará pasando por ahí abajo. Tú no sabrás algo, ¿verdad?
Copronio le miró con los ojos muy abiertos.
¡Uy! ¡Chico!, que parece que te ha dado un pasmo. Mira que eres poco comunicativo… En fin, venga, que no haces más que entretenerme con tus preguntas y Él ya estará apunto de despertarse.
Continuaron a buen paso. Al final de la avenida se llegaba a una rotonda enorme. Una señalización vertical indicaba las diferentes direcciones que se podían seguir. Giraron a la derecha, hacia donde apuntaba una flecha coronada por un letrero que rezaba “Paraísos cristianos”. Más allá, en la siguiente salida se señalaba el camino hacia el “Nirvana” y el “Valhalla”.
Caminaron un rato en silencio hasta que la senda se vio interrumpida por unas enormes puertas blancas. San Pedro se acercó a un teclado y pulsó una serie de números, sonó una musiquilla y las hojas giraron sobre sus goznes. Al otro lado del umbral el paisaje era similar al que venía viendo desde que había llegado a aquel sitio: una gran pradera blanca con pequeños montículos de nubes sobre los que dormitaban niños con alas, se paseaban jóvenes con túnicas como la suya y largas melenas rubias y, aquí y allá, alguna mujer con tocado de monja. Copronio se giró hacia su conductor con la duda dibujada en sus ojos.
Sí, chico, esto es el Paraíso… No hay demasiada marcha, ¿verdad? Está un poco apagado los últimos tiempos. Como ahora os ha dado a todos por haceros agnósticos y ateos, pues como que hay poca entrada. Viejas más que otra cosa. Antes estaba mejor. Con eso de que te arrepentías de los pecados en el último momento, la verdad es que llegaban manadas de auténticos cabronazos, pero, oye, no veas tú lo cachondos que eran. Bueno, eso era al principio, porque luego les entraba la murria y decían que se querían volver. Es que eso de estar contemplando todo el día la gloria del Señor, pues tú ya sabes, ¿no? Aburridillo. Así que se han ido largando, con lo que allí abajo no dejáis de tener malos bichos. Además, Él se pasa la mayor parte del tiempo durmiendo, con lo cual doble aburrimiento. Ya te digo, se deja ver poco y cuando lo hace, pues como que ya está visto, ¿no? Es siempre lo mismo. No sé, ¿sabes? Yo creo que está mayor, un poco gagá…
Ya —respondió Copronio.
Ven, anda, que Él suele parar por aquella nube.
Pasaron entre un grupito de viejecillas arrodilladas que bisbiseaban alguna monótona oración; San Pedro levantó una ceja e hizo un gesto desdeñoso con la mano.
A medida que se acercaban a la nube señalada, las dos figuras que se encontraban sobre ella se fueron perfilando con mayor nitidez. Sobre un gran lecho blanco, apenas diferenciado del suelo lechoso en el que se hundía parcialmente, se sentaba un hombre de pelo y barba blanca con un camisón también blanco levantado hasta medio torso. A su lado un tipo con túnica morada trataba de posar sobre el pecho del anciano un fonendoscopio. Copronio se llevó las manos a los oídos cuando un trueno desplazó el aire a su alrededor y quiso perforarle los tímpanos. Miró a San Pedro, quien permanecía impertérrito a su lado observando la escena que se desarrollaba en el dormitorio celestial. Se inclinó ligeramente sobre el hombro de Copronio y le susurró:
Son los efectos especiales, ¿sabes? Le encantan. Siempre se olvida de desconectarlos cuando está aquí.
Dios manoteaba tratando de apartar al de morado, quien continuaba intentando auscultarle. Otro trueno cargado de palabras taladró la carne de Copronio.
Dejame en paz, Asclepio, quitá ese chisme que no me pasá nada… Vos ya me está tocando los…
Pero Majestad —gimoteó el aludido—, hay que cuidar esa tos. Además ya sabe lo que sucede ahí abajo cada vez que se pone enfermo… Y, por favor, Señor, ya sabe que ahora soy San Rafael.
Hay que joderse, ¿eh? Mirá que sos moñas los olímpicos —entonó con sorna la última palabra—. Vale, Rafa, pibe, que te metás el chisme ese por el poto, que a los griegos os va, y que me dejés en paz, que no me pasá nada.
Majestad, por favor, durante Su última congestión hubo varios terremotos y tsunamis en la Tierra. Hemos de tener cuidado con los efectos colaterales.
El anciano lanzó un bufido y levantó los brazos en un gesto de impotencia. Miró de refilón hacia donde aguardaban San Pedro y Copronio y se encogió de hombros.
Pero, pero, Dios no puede ponerse enfermo y…, y… ¿Dios es argentino? —balbuceó Copronio.
¡Ay, chato! Mira que eres inocente en estos asuntos divinos. ¿Tú no has oído nunca aquello de que Él os creo a Su imagen y semejanza? Pues eso, tontorrón. El se pone malito, como tú.
Copronio apartó la cara, pero no pudo evitar que San Pedro le pellizcara el moflete.
  • ¿Y lo de ser argentino?
¡Ah! Eso. Bueno, le da por ahí. Es por temporadas. Otras veces es francés, otras chino. Depende. Con el rollo ese de la multiculturalidad y el respeto a las minorías… Además hay que buscarse la clientela… Ya sabes.
Copronio pensó que no, que no sabía nada. Nada de nada. En ese momento decidió que aceptaría todo lo que pasara a partir de entonces como algo lógico y natural.
A ver, vosotros dos, dejá de hacer manitas y vení para acá —dijo Dios mientras se bajaba el camisón y se levantaba de la cama.
A Copronio se le dibujó una sonrisilla traviesa al comprobar que Dios era muy bajito. Así, a ojo, un metro cuarenta. Joder, si es un puto enano, pensó. Fue formarse esta idea en su magín y sentir que algo desconcertante le sucedía en la entrepierna. Se llevó la mano a esa zona y aún tuvo tiempo de notar como su miembro se encogía hasta quedar reducido al tamaño de un piñón.
¡Sos un boludo, pibe! Qué te creés. Soy Dios y puedo leer el pensamiento —se aclaró la garganta—. De hecho lo puedo todo, imbécil, así que cuidadín… ¡Hostias, ya estoy hasta los cojones de hacerme el argentino! Me estoy empalagando a mí mismo.
Sin dientes y sin polla. ¿Qué será lo siguiente?, reflexionó Copronio resignado y con un gran sentimiento trágico. Pensó que debería tener más cuidado con lo que pensaba. Luego pensó que lo mejor sería no pensar nada. A este ritmo no le iba a costar demasiado esfuerzo. Dios le lanzó una mirada de soslayo y después, iracundo, se encaró con San Pedro.
A ver, Pedro, ¿para qué me has traído a este mastuerzo aquí? ¿Se puede saber?
San Pedro inclinó ligeramente la cabeza y solicitó permiso para acercarse. Cuando estuvo al lado de Dios le cuchicheó algo al oído.
¡Coño! ¿Y por qué no va él y en vez de eso me trae aquí a este imbécil? ­—se quejó Dios ante las palabras de su confidente. San Pedro le susurró de nuevo y los truenos regresaron.
¿Cómo? A ese gilipollas lo capo, te lo juro. Me tenéis harto todos vosotros con vuestras chorradas. ¿Qué es eso de que tiene que dejar preñada a María? ¿Otra vez? El día menos pensado os largo a todos al Olimpo a cuidar cabras. Y encima ese viejo chocho de ahí abajo se me pone en plan estupendo, y ahora me toca a mí deshacer las cagadas de su antecesor. Hay que joderse. Qué, qué pasa, ¿aún falta algo? —dijo esto último al ver que San Pedro se inclinaba de nuevo hacia Él.
La ira del Señor se atenuó.
¡Ah, bueno, ahora lo entiendo!
San Pedro continuó con sus explicaciones y Dios no pudo reprimir una exclamación.
¡Pobre hombre! ¡Qué putada! —dijo. Ahora la piedad humedeció sus ojos.
La temperatura descendió de repente, al menos eso le pareció a Copronio al escuchar aquellas palabras. Giró la cabeza; quizá hubiera alguna forma para escapar de aquel sitio. Dio unos pasos hacia atrás y empezó a correr. Las puertas del Cielo estaban cerradas, pero recordaba perfectamente la clave que había tecleado San Pedro. Algunos le miraron con un asomo de sorpresa, otros le señalaron con el dedo. Lógico, pensó mientras las enormes hojas blancas se aproximaban, aquello era el Cielo y todo el mundo quería entrar allí. Nadie huía despavorido de aquel lugar. Hasta ahora. De pronto sus pies dejaron de pisar las nubes y sus piernas comenzaron a agitarse en el aire. Una mano le sujetaba de la túnica y le elevaba varios centímetros sobre el suelo. Copronio dejó de forcejear y todo su cuerpo quedó como desmayado.
¿Adónde ibas, tarado? —dijo una voz desconocida por encima de su cabeza.
Copronio supuso que aquella era una pregunta retórica, porque era evidente lo que se proponía. Todo se emborronó delante de sus ojos y a los pocos segundos estaba otra vez delante de Dios y San Pedro, quienes le miraban socarrones. La lástima se había desvanecido de sus semblantes. Pensó que aquellos tipos eran unos sádicos y al punto notó un pescozón en el cogote.
Déjalo, Miguel, déjalo, que éste no sabe lo que es ser un sádico, pero lo va a aprender pronto —dijo Dios mientras se alisaba la túnica y de un papirotazo eliminaba unas inexistentes pelusas.
­— A ver, chavalote, que te voy a explicar el asunto. Verás, resulta que hace poco mi delegado por ahí abajo… —Dios gruñó y se rascó la cabeza dubitativo.
Juan Pablo, Majestad —se apresuró San Pedro en su ayuda.
Eso, Juan Pablo. Pues lo que te decía que Juan Pablo ha decidido que lo que le hicieron a Galileo hace cuatrocientos años no había sido demasiado correcto. Ya sabes, condenarle por aquello de que la Tierra giraba alrededor del Sol y todas esas monsergas. El caso es que al pobre hombre le putearon a base de bien. Eran unos ignorantones, pero, qué quieres, tampoco iba Yo a desautorizar a Mi representante de aquel entonces…, este…, ¡sí!, ¡Urbano, eso es, Urbano!—dijo Dios con una mirada admonitoria hacia San Pedro—. No hubiera sido correcto, ¿no te parece?
El rostro de Copronio continuó sin expresar ninguna emoción. Ya las había agotado todas.
  • ¿No te parece? —insistió su interlocutor.
San Miguel le arreó un sopapo.
Sí, sí, Dios —dijo Copronio.
Ahora el guantazo de San Miguel fue bastante más fuerte. Por fortuna ya no había dientes que pudieran irse por el retrete.
  • ­Majestad, tarado, se dice: Sí, Majestad —dijo San Miguel.
  • Ah, vale —dijo Copronio
San Miguel levantó la mano de nuevo, pero Dios hizo un gesto de negación con la cabeza.
Déjalo, Miguel, que bastante tiene ya encima el pobre hombre. Vamos a perdonarle el protocolo por hoy.
Copronio sintió unos dolorosos retortijones en el estómago. Apretó el culo y trató de no pensar en nada, aunque no sabía si sería capaz de aguantarse. Intuía que no era el momento más oportuno para preguntar por un retrete: ahí era donde solían comenzar sus desgracias.
Pues eso, chavalote, que a Galileo le fastidiaron a base de bien y al final, cuando palmó, pues ya sabes, derechito al Infierno. Y es que Urbano era un cenutrio, pero ya te digo, no podía desautorizarle. Por otra parte tampoco tenía mucha importancia, la verdad. Total, una injusticia más, daba igual. A Mí, desde luego, Me la traía floja. Además el viejo era un auténtico crápula y un presuntuoso insoportable, así que nada, de cabeza para abajo. Pero claro, vosotros no os podéis estar tranquilitos y tenéis que estar jodiendo siempre un poquitín, y ahora viene el papanatas polaco este y le da por decir que Urbano se equivocó y que pobrecito Galileo, que cómo no le van a restituir su honor, que hay que hacer justicia y no se cuantas pamemadas más. Y el tío va y proclama un edicto oficial, así que ahora no hay más huevos que sacar al pollo este de donde está. Y aquí es donde entras en juego tú, chavalote ­—terminó diciendo mientras le ponía la mano por encima del hombro a Copronio. El aliento Le olía a leña quemada.
Copronio prefirió obviar la pregunta lógica de por qué él. Tenía la absoluta seguridad de que serían capaces de darle cualquier explicación tan peregrina como todo lo que estaba sucediendo allí. Optó por ser pragmático. Quizá después de todo consiguiera salir sano y salvo de aquella aventura, aunque lo dudaba. Lo dudaba mucho.
  • ­¿Y qué tengo que hacer, Majestad?
Así me gusta, chavalote —dijo Dios con una sonrisa­—, hay que ser proactivo. Pues nada, si en el fondo es todo muy sencillo. Tienes que ir al Infierno, preguntar por Lucifer y darle el recadito. Nada más…
Dios comenzó a hacerse bucles en el pelo de la barba.
Bueno, Pedro, quizá se lo terminas de explicar tú, que a mí me da no se qué.
Vuestros deseos son… —San Pedro se interrumpió ante la mirada ceñuda e impaciente de su Jefe—. Ya, al grano. Bueno, verás guapo, el asunto es el siguiente: para sacar a alguien del Infierno hay que pagar un peaje y, con la escasez de fondos actual, no tenemos crédito por ahí abajo. Pero es posible aplazar el pago si dejamos algo en prenda. Vamos, que Lucifer se ha montado una casa de empeño con la salvedad de que lo único que acepta como aval son seres humanos o ángeles y claro, como comprenderás no se va a quedar ninguno de éstos por allí. Se la tiene jurada, en especial a éste, ¿eh, SanMi?
Sí, yo creo que está todavía un poco escocido desde que lo saqué de aquí a empellones —asintió el aludido.
— Tú lo entiendes, ¿verdad guapo? Aunque os empeñéis por ahí abajo en eso de la igualdad, las cosas son como son y las clases están ahí. Y tú, amigo, eres clase baja, incluso prescindible… Y es una pena, oye, porque…
— Ya, ya, ya, no empieces con tus mariconadas y no le machaques, que bastante se le viene encima —le interrumpió Dios—. En fin, chavalote…
— Me llamo Copronio —dijo éste en un último gesto infantil y desesperado de dignidad.
Dios se quedó con la boca abierta, incrédulo ante tanta desfachatez. Agitó la cabeza como si espantara la idea que se le acababa de ocurrir. Él era todo amor.
— Perdona. Decía, Copronio, que hay que ser valiente y afrontar los malos tragos que nos envía el destino. Yo supongo que en poco tiempo estará solucionado el asunto, pero tú no te preocupes que te mantendremos informado. Así que ahora…
— Perdón, Majestad, ¿por qué yo? —preguntó, ahora sí, Copronio sumiso y cabizbajo, casi a punto de llorar, sus esperanzas ya desvanecidas.
Dios hizo un gesto con la cabeza a sus acólitos solicitando ayuda. San Pedro se comenzó a atusar los bucles de su melena mientras San Miguel se escarbaba debajo de las uñas con la punta de una pequeña daga de fuego.
— Espera un momento ­—le dijo Dios a Copronio. Agarró a los otros dos por el brazo y los arrastró a una distancia prudente.
— ¿De qué cojones vais? ­—susurró y el silbido de su voz fue más espeluznante que los habituales truenos.
— Tú, mochuelo —le habló a San Pedro—, dime algo o te prometo que te vuelves con tu padre a dar por saco a la mierda de cabras que tiene en su puto Olimpo.
— Bueno, es que teníamos su dirección de una ocasión anterior, y como lo mismo daba uno que otro, pues para qué buscar más, ¿no?
— Ya. Y a Gaby la dirección se la diste tú, como si lo viera. Claro, el señorito no iba a gastar su precioso tiempo trabajando y buscando a algún hijo de puta que se merezca estar en el Infierno… Pues por mis cojones que hoy terminas tú ahí abajo en vez del pasmado este, y así te pierdo de vista una temporada que ya me empiezas a cargar.
— Pero, Majestad, yo soy San Pedro, esto…, esto…, esto no puede ser, o sea que yo soy un santo y no puedo ir al Infierno y…, y no tengo ropa adecuada…, y allí me las van a hacer pasar moradas y…
— Claro, idiota, claro que las vas a pasar putas, es que es el Infierno. Seguro que a Lucifer le va a hacer muy feliz que pases una temporadita allí con él. Verás la de cariñitos que te va a hacer…
  • Pero, Majestad, insisto…
¡Que te pires! —gritó Dios silabeando, y por un instante las nubes parecieron temblar.
Copronio apenas tuvo tiempo de levantar la cabeza, aterrorizado por aquel berrido inefable, cuando en el lugar de San Pedro ya había aparecido un viejecillo semidesnudo y con las puntas de sus cabellos y barbas chamuscadas. Dios le hizo un gesto displicente a San Miguel para que acompañara a Galileo a algún lugar lejos de allí. Con la mano se abanicaba la cara tratando de apartar la fetidez que emanaba del anciano.
— Joder, qué peste. Mira que son guarros por ahí abajo. En fin, chava…, este, Copronio, que nada, que todo ha sido una confusión y que ya te puedes volver a casa. Y perdona, pero es que hoy en día la calidad del servicio es muy baja. Así nos va. Una productividad de mierda. Al final, ¡hala!, todos ateos y al limbo… O moros, que es peor. Bueno, que me disperso. Nada, lo dicho… —Dios se interrumpió. Copronio había levantado la mano pidiendo la palabra—. Dime, dime, Copro, majo.
— Pues… Es que… —Copronio se señaló las ingles.
— ¡Ah! Eso —rió el Señor—. No te preocupes, hombre, que vas a seguir meando igual de bien.
— Ya, pero no es eso, Majestad, usted ya me entiende —se disculpó Copronio—, es que con esto que me ha dejado no voy a poder… En fin, no voy a poder echar un polvo y…, bueno, uno es joven y…
— Oye, chaval, ¿no te estarás pasando? A ver si eres menos exigente, que ya te he librado de una buena para que ahora me vengas con estas memeces. Te operas, oye, te operas como hacen otros y me dejas en paz, joder. Puñeteros humanos insatisfechos…
Dios se dio la vuelta y se alejó rezongando.
Un parpadeo más tarde Copronio estaba otra vez en su cuarto de baño. Se miró la entrepierna y comprobó que la tela del calzoncillo ondeaba floja y derrotada. Una sonrisa triste y cuajada de encías asomó a sus labios. La vida es injusta, reflexionó con gran profundidad filosófica y estoicismo, pero, se consoló, al menos no me he quedado sin huevos.

 

 

Roberto Sánchez