La sombra de un amigo

 

Al salir del cine Verdi seguí calle abajo hasta llegar a una librería de lance, donde revisando sus estantes encontré la novela La ciudad amarilla, de Julio Manegat, editada por Planeta el año 1958. Era una de las pocas novelas de este autor que no conocía. Me parece que fue su primera novela.
Mantengo muy buenas relaciones con Julio Manegat [nacido en Barcelona en 1922]. Me refiero a relaciones humanas, no literarias, pues procedemos de distintos ámbitos ciudadanos de creación. A veces, me lo encuentro por la calle y departimos juntos aspectos de nuestra actual sociedad y de nuestra política. Es lo que se suele hacer.
Nos conocimos en la universidad, donde él cursó la carrera de Filosofía y Letras mientras yo hacía la de Derecho. Compartíamos tertulias en el patio de Lletres con Carmen Laforet, Néstor Luján, Antonio Vilanova y el poeta Salvá Miquel. Era el momento en que velábamos nuestros sueños junto con Julio Garcés, Juan Eduardo Cirlot, Manuel Sagalá y Ramón Eugenio de Goicoechea, estos últimos aglutinados en Barca Nueva, de la Editorial Berenguer, hacia 1943.Juan Perucho
Cuando ingresé en el semanario Destino para ejercer la crítica de arte (la sección la titulé Invención y Criterio de las Artes), Julio Manegat ingresó de redactor en El Noticiero Universal y llegó con el tiempo a ser subdirector. Fue comentarista, crítico literario y teatral en el mismo periódico, funciones compartidas con el poeta Enrique Badosa. Escribió, pues, teatro, poesía y, finalmente, novelas. Su actividad ha sido reseñada en Quién es quién de las letras españolas (1969), Diccionario de las Letras Españolas (Revista de Occidente, 1972), Autores de la Literarura Española e Hispano-Americana, de Alianza Editorial (1993).
(...) Se trata, pues de una personalidad de relieve, muy conocida por los lectores y público en general. Sin embargo, me doy cuenta de que su nombre no es demasiado conocido en nuestros días ni aparecen libros suyos. Estos días están dominados por míticas mafias literarias que impiden la libertad editorial y provocan la repugnancia y el desinterés de determinados autores. Esto viene de lejos. Me acuerdo ahora de Melcior Font, poeta catalán extraordinario, olvidado hace años, o no participante, pues no se conoce si no es por sus Nous poemes del Montseny, nº 6 de Quaderns de Poesia (136), y de Gerard Vergés, aristocráticamente apartado del éxito vulgar. En castellano no se mencionan, por ejemplo, determinadas personalidades por razones políticas : Julián Ayesta, Eugenio Montes, Rafael Sánchez-Mazas, Pedro Mourlane-Michelena, etcétera.
¿Le ocurre esto también a Julio Manegat? ¿Por qué? Su literatura está inmersa en la realidad más profunda. Dicen sus editores que los hechos cotidianos están proyectados hasta sus últimas consecuencias y “esto concede una directa universalidad al tema tratado por el autor”. Recuerdo unos versos escritos por Enrique Badosa, su compañero de otros tiempos :

Yo iré olvidando noches y cuartillas
Y tintas de esperanza tan inciertas.
Y en el frío de los espejos rotos,
No volveré a escribir palabras viejas.

¿Quién sabe? Los dioses de Horacio y Virgilio, omnipresentes, soplaban más allá de sus labios hacia las nubes de antaño. La realidad aparecía entonces prístina y actual, más hondamente humana.
Las de este autor son unas novelas ferozmente realistas, pero ha conseguido algo que no es fácil conjugar : el realismo con una dimensión humana y poética palpitante y mágica. Los hechos cotidianos, por otra parte, están proyectados hasta en sus últimas consecuencias y esto concede una directa universalidad al tema tratado desde la calle, desde la sencillez, y alcanza unas profundas y patéticas dimensiones, ya que, tras la anécdota visual, podríamos decir, late una preocupación por temas tan importantes y apasionantes como la intuición de la muerte y el encadenamiento de pequeñas causas que, en un momento, obligan a que un hecho se produzca. Son novelas modernas, tanto en la técnica como en la expresión, y no sólo interesan al lector sino que le hacen vivir en una emocionante tensión desde las primeras páginas hasta su desenlace

Juan Perucho La Vanguardia el día 16 de diciembre de 2002

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