Entrevista (2005)

En el corazón del barrio Gótico en una calle penumbrosa cercana a la Catedral, vive nuestro escritor : Julio Manegat. A sus 84 años sigue paseando por las calles más antiguas de Barcelona e incluso algún día se atreve a llegarse caminando a la Barceloneta, uno de sus lugares preferidos, para mirar al mar, su segunda gran vocación después de la escritura. Sigue colaborando semanalmente en el Diario de Girona escribiendo con su vieja máquina de escribir y corrigiendo a pluma. En el pasado, escribió varios artículos diarios durante décadas para el desaparecido Noticiero Universal – de crítica literaria o teatral o de lo que se terciara -, fue el fundador del Premio de la Crítica junto a Tomás Salvador y participó durante muchos años en el Jurado que fallaba dicho premio; fue un conferenciante infatigable que recorrió la geografía española y todavía tuvo tiempo de crear una familia y una imponente obra literaria de una veintena de obras teatrales y siete hermosas novelas, la mayoría de ellas premiadas. En dos ocasiones estuvo a punto de hacerse con el Premio Planeta quedándose a un voto del ganador: en el 1958 con “La ciudad amarilla” y en el año 1965 con “Spanish show”
  • Yo no veo interés en que me hagas una entrevista pero en fin.
  • Eres como Tutankamon.
  • ...compañero de colegio de Ramses II. Yo recuerdo que mis padres, a pesar de que era una cosa de muy mal gusto, me llevaron a ver la ejecución de Maria Antonieta.
  • Naciste el 4 de enero de 1922 en Barcelona (“provincia de Vía Láctea”). Tu padre fue Luis Gonzaga Manegat Gimenez. Cuéntame la curiosa historia del Ateneillo de Hospitalet donde se daban cita personas como García Lorca ....
  • Yo lo que te puedo contar es un poco retrospectivo.Yo era un niño. Mi padre, como todos los escritores y periodistas de la época, se agarraba a un clavo ardiendo para ganar un duro porque claro no se ganaba un duro con nada y aprovechaba cualquier oportunidad. Conoció a Rafael Barradas por medio de Juan
    Gutierrez-Gili cuando hicieron una revista infantil que se llamaba “Alegría” – las aventuras de Alegría y Juanín”, Alegría se llamaba mi hermana, Juanín era yo aunque me llame Julio y el perro era Rip que era realmente un perro que teníamos nosotros en casa. Este hombre vino del Uruguay donde nadie le conocía. Vino aquí a seguir pasando hambre; enfermó de tuberculosis y empezó a conocer artistas del momento y a reunirlos en un paralelo pequeñito, modesto y humilde al Ateneo de Barcelona que tenía una terraza en un piso en Hospitalet de Llobregat (más populosa después de Barcelona ahora pero entonces era un pueblo pueblo) y allí empezaron a reunirse artistas muy notables como los que tú has dicho y otros muchisímos más. Y claro, como mi padre era muy amigo de él porque se hizo muy amigo a través de la revista Alegría – que tengo yo muchos ejemplares. Los domingos tenían las reuniones en esa terraza, esa terraza que veo, llena de hombres y mujeres, la estoy viendo ahora Yo tenía seis años y gente que jugaba conmigo .. que mi padre me dijo que García Lorca me había tenido en mis rodillas, bueno etcétera. Tengo una carta de Barradas a mi padre diciendo : “este domingo no podremos vernos porque tengo que hacer muñecas de trapo con mi mujer y mi hermana para ganarme una pesetas”. En 1928 se fue a Uruguay, lo estoy viendo en el puerto. Pocos meses después murió en Uruguay y después fue reconocido en la historia del arte. Tuvo momentos de surrealismo de varios estilos. Se hizo una exposición hace tiempo y el año pasado también se hizo otra exposición.
Rafael Barradas, del que tengo un dibujo precioso en casa, estaba solo aquí; quiso irse a Madrid pero como no tenía dinero se fue a pie. Ya estaba enfermo de tuberculosis. Y en un pueblo de Aragón, le conocieron unos campesinos, tuvieron piedad de él, le acogieron, le dieron de comer y se fue reponiendo y se quedó a trabajar en la casa como campesino. Acabó casándose con la hija de estos campesinos que él la llamaba Pilar porque era aragonesa pero no era ese su nombre. Entonces fue a Madrid, entró en contacto con la Residencia de Estudiantes; entonces fue cuando ya conoció a García Lorca y toda esta gente que estaba en la Residencia en aquellos años. Y volvió a Barcelona y ya hizo alguna exposición pero con todo vivía con mucha penuria. Y decidió volver al Uruguay, esa cosa del subconsciente que decidió volver a morirse en su patria. Y efectivamente él se marchó en diciembre del 1928 y murió a los cuatro meses de volver al Uruguay.
 
  • ¿Qué recuerdos infantiles tienes de tu padre? ¿ Qué te marcó de él?¿ Y qué parte de tu vocación literaria le debes a tu padre?
  • Pues mira : nací entre libros y crecí entre libros. Y mi padre, como toda persona que tiene una cierta sensibilidad, quiere comunicar a sus hijos esa sensibilidad y me llevaba a ver exposiciones de cuadros y me llevó a los toros, pero yo entonces tenía 12 años, me gustaron mucho los toros. En la corrida de toros que ví – esto suena a Edad Media – toreó Rafael Gomez “El Gallo”, Armiñita Chico y el Niño de la Palma que era Cayetano Ordoñez osea el bisabuelo de Rivera Ordoñez. Fíjate tú debo ser muy viejo para haber visto a este hombre.
Empecé a leer desde pequeño. Mi padre me orientaba mucho y luego empecé yo a descubrir por mí mismo los libros. Entonces yo creo que nació en mi subconsciente mi afición por el teatro. “Oye papá : una novela en la que hablen mucho.” Y luego yo tuve una profesora que era en primera enseñanza todavía porque yo tenía ocho o nueve años. Y nos ponía como deberes un refrán y sobre este escribir un cuento y yo conservo cuentos escritos de entonces. Luego empecé a escribir las novelas de las islas desiertas como se defiende uno allí con mis dibujitos del barco naufragando. Así empecé. Pero prematuramente, quizá prematuramente, pasé de cuentos infantiles desde luego a Emilio Salgari, a Julio Verne y ya de Julio Verne me pasé a Alag Hoscilla, Sweig y a toda esta gente; todo lo que he leído, todo lo que han escrito para cada uno de nosotros como digo yo siempre. Siempre he vivido rodeado de libros. Y me acuerdo de mi padre, cuando yo empecé a escribir versos a los catorce años, se los enseñaba tímidamente y un día me dijo :
Te voy a dar solamente un consejo : escribe lo que quieras pero nunca hagas literatura de tu propia vida. Y yo he seguido este consejo fielmente. He tenido amigos que lo hicieron y se descalabraron porque vivir literariamente es una catástrofe.
 
  • La Guerra Civil estalló cuando tenías catorce años ¿qué vivencias tienes de aquellos años? ¿Qué guardas en tu memoria de aquellas terribles fechas?
  • En primer lugar, el diecisiete o el dieciocho de julio era sábado. Había ido al cine con un grupo de amigos – fíjate tú : a un cine que costaba cuarenta céntimos la entrada y daban tres películas; entonces mi familia me daba una peseta el sábado y yo con aquella peseta me veía tres películas, pagaba la entrada que costaba cuarenta céntimos, le daba diez céntimos al acomodador, con lo cual quedaba como un marqués, y luego con los otros cincuenta céntimos en la media parte me comía un panecillo de viena con mantequilla y jamón. Pero recuerdo que aquel día estabamos hablando en la portería de mi casa y ya alguien empezó a hablar “parece que hay mucha actividad, cosas políticas que va a pasar algo ...”. Y al día siguiente ya se supo que había habido un alzamiento militar en Canarias y en Marruecos. Y me acuerdo que mi padre, cuando se empezaron oirse tiros al amanacer por la mañana temprano, salimos al balcón y vimos – lo estoy viendo ahora - un escuadrón de guardias de seguridad – se llamaban entonces - a caballo. No llevaban “mausers” sino un fusil llamado “tercerola”. Bajaban al galope con las terceolas en la mano por el paseo de Gracia desde la calle Rosellón, donde tenían el cuartel, hacia la plaza Cataluña. Y mi padre dijo : “Tenía que llegar y ya ha llegado”.
Luego vino la tristeza de ver cómo ardían las iglesias, había varias en el barrio. Mi padre estuvo durante un tiempo huyendo, durmiendo en casa de unos amigos. Fueron a mi casa en seguida varias patrullas de control que no sé porque las llamaban de control pues no tenían nigún control. Y mi madre, que era una gaditana muy valiente, les dijo :
 
―Miren, mi marido es escritor y periodista por lo tanto tiene que tener libros de todas clases. Por ejemplo estos libros de aquí son todos de religiones.
 
Y un día una patrulla le pilló a mi padre y le dijeron :
 
Oye, tú estate tranquilo, nada de esconderte porque tú has escrito siempre en favor de los obreros, los desamparados y de los míseros. A ti no te pasará nunca nada.
Y efectivamente ya no le pasó nada. Se reincorporó al periódico. Y recuerdo un día en marzo del 1938 que estuvieron bombardeando cada tres horas durante tres días.La gente huyendo hacia las montañas con los colchones a cuestas. Bueno nosotros nos quedamos en casa.
Y recuerdo que iba con mi padre y nos sorprendió un bombardeo muy cercano tan cercano como para oír silbar las bombas. Y nos metimos en un portal lo cual es una tontería porque si cae una bomba allí la casa se te cae encima; no sé por qué bajabamos a los entresuelos y cosas de este tipo. Tuve tal sensación que ya que una de aquellas bombas iba a acabar con nosotros y le dije “adiós papá”, le dí un beso y empecé a rezar, porque entonces rezaba; ahora rezo en latín para que no me entienda nadie. Y empecé a rezar el acto de contricción que, claro, ahora tampoco se reza ni se dice ni nada.. Bueno, no nos mató aquella bomba. Cayó muy cerca, muy cerca, como a dos manzanas de donde estábamos nosotros.
La guerra fue una tristeza inmensa de darse cuenbta de la capacidad de crueldad que tiene el hombre. Porque, claro, nos ibamos enterando de las checas, de los paseos, de la gente conocida que habían matado. Y luego, poco a poco, nos ibamos enterando de lo que pasaba al otro lado. Las salvajadas que se hicieron y, sobre todo, nos enteramos de ésto mucho después de la guerra. La guerra nos hizo, a mi generación, a los casi niños de la guerra, nos hizo hombres a golpe de bomba y hambre. De acostarse con un arenque, con una de esas sardinas saladas; una “arengada” como le llamamos en Cataluña. Comer las pieles de las patatas si conseguíamos patatas y, en fin, pasar hambre. Empezó uno a ser un escéptico con respecto a la condición humana. Y por otra parte, fue una época en que yo despertaba a la poesía; en el año 1938 compré una edición de “Romancero gitano” – de Ediciones Pueblo – pero la compré sabiendo quién era Lorca y que le habían matado a Lorca. Es un librito pequeño con un prólogo y un dibujo de Rafael Alberti.
 
  • Mientras estudiabas hiciste el servicio militar como alférez en un pueblecito de Navarra ...
  • Yo, como había estudiado Filología semítica, áraba y hebreo, tenía interés en ir a Marruecos, donde ya había estado, pedí los cuerpos más duros, uno es así de chulo, tropas saharianas, tiradores de Ifnis, Legión y Regulares. En aquel año no había plazas para los alféreces de complemento y me mandaron forzoso a Pamplona. Y bajé del tren llorando a las seis de la mañana el uno de noviembre y lloviendo. Porque de Pamplona yo sólo sabía que existía el chorizo. Además pasaba una cosa : nosotros, a pesar de que tenía 23 años, nos encontramos con que termina nuestra guerra y empieza la guerra mundial. Es decir, nos cerraron la puerta a salir a viajar al extranjero. A conocer otros países, cosa que ahora todos los jóvenes pueden hacer. Entonces no podíamos en absoluto. Y, claro, luego ya la complicación de la novia, de casarse y que viene el primer hijo.De no ser por cosas del periódico que viajé bastante.
Estuve primero un mes y medio en Pamplona. El tiempo suficiente para conocer a mi mujer. La vida es así. Todo gracias a un bocadillo de bacalao al ajo arriero. Porque si yo no lo hubiera tomado o hubiera tomado dos, pues no hubieramos coincidido en una calle. Ella iba con tres amigas y yo con un alférez – yo estaba de servicio aquel día. Yo no sé si esta chica está casada, es soltera, si es viuda y si es martir pero es mi mujer. Y me acerqué – esto va a misa – , ya sabes estas cosas mías, y le dije : “¿A ti te gusta la sopa?”.”Pues sí me gusta la sopa”. “Pues mira tú te casarás conmigo”. “O sea que ha llegado mi príncipe azul, mi príncipe encantado”. “Hombre, príncipe no, en este caso, aficionado”. Luego me destinaron a Lanz, un pueblo precioso famoso por su carnaval sobre el que Julio Caro Baroja ha hablado mucho y lo ha estudiado muy bien; que no lo pesqué porque me cambiaron a Iragi, que era un pueblo de doce casas contando con la iglesia, la escuela y el frontón y sin contar el párroco porque no lo había. Y allí estuve bien mandando una sección.
  • Pasando frío ¿no?
  • Sí, mucho frío pero a los 23 años qué frío se pasa. Yo comía con la tropa. Se lo dije al brigada para que no se andara por ahí robando del rancho. Muy bien, muy bien en Iragi. Allí me leí las obras completas de Dostoievski, escribí muchísimos poemas. Había días que escribía quince o veinte poemas.
  • Es inencontrable tu libro de poemas ...
  • No, yo te lo mandaré para que tengas un disgusto. Ya te dije que había hace unos meses una señora – estaba casada y con hijos – que estaba preparando la tesis doctoral sobre la poesía en Barcelona en los años 40 y que en la Biblioteca Nacional había encontrado mi libro de poesía y que le había llamado mucho la atención sobre todo la segunda parte – “es que escribías una poesía que no se hacía entonces”. Los poetas de entonces en Barcelona eran Manuel Segala, Julio Garces, Juan Eduardo Cirlot, ... gente muy conocida. Claro, estoy hablando de la prehistoria literaria. Luego aparecieron Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma. Alberto Oliart, que luego fue ministro, que escribió un soneto muy bonito que tengo en casa manuscrito. Alfonso Costafreda fue muy importante y Jaime Ferrán, ambos de Cerbera, población muy importante a la que se pasó la universidad cuando Felipe V, cuando la guerra de sucesión, se la quitó a Barcelona. Esto le dió a la población un carácter – tener una universidad da mucho carácter .Alfonso Costafreda escribió un libro (de los pocos que he salvado de las dos bibliotecas que tuve que sacrificar) que se titula “Nuestra elegía”. Murió en Suiza, se suicidó. No sé si devorado por la melancolía, la tristeza, el pesimismo vital. Tiene un verso con una construcción muy especial que no se ha vuelto a repetir :
 
Ah la esperanza.
Yo la tuve y era maravillosa
Más que la alegría.
 
En mi libro, aparte de las poesías breves que son saltos poéticos muchos escritos en Iragi donde tuve buenos amigos, chicos del pueblo, y hablábamos muchísimo. Venían al despachito y estábamos por allí charlando, paseando. Verás que en la segunda parte del libro ya hay cierto sentido dramático de la existencia. Como te decía, que es compatible la inmensa alegría de vivir con el sentido trágico de la existencia. Y de esa íntima soledad sólo nos puede apartar excepto, ese algo, Dios. Lo único. Como la felicidad es un cuento; hay muchos momentos de plenitud pero la felicidad – ¿qué es? – es un concepto abstracto que no se puede concretar. Porque el momento de plenitud no se puede confundir con la felicidad, es otra cosa, creo yo que es otra cosa. La felicidad me parece una cosa más de las que se ha inventado el hombre.
Yo empecé escribiendo poesía, aparte de los cuentos escritos de niño, y después fui al teatro. Una obra de teatro la escribí en Iragi, que era todo lo contrario al paisaje que me rodeaba. Estaba en mitad del monte donde nevaba el 15 de abril y era un obra mediterránea de luz, de fuerza. Esta ya no se llegó a estrenar pero en fin la escribí allí. Y luego vino la universidad, el periodismo y ya al mismo tiempo estar en contacto con grupos teatrales de cámara y ensayo. Se hizo una gran labor en los años cuarenta y cincuenta en Barcelona. Teníamos un grupo de teatro llamado “El corral”·con el cual llegábamos a representar obras de teatro para nosotros, sin público. Llegabamos a hacer Sartre, por ejemplo, que estaba prohibido; hicimos “Las moscas” de Wiclo. Me recuerda esto a un individuo muy curioso que escribió un gran libro sobre Pirandello. Era un irlandés puro de cara redonda de nombre Walter Starky. Este hombre vino a darnos una charla porque era un gran amante del teatro y nos contó que habían fundado un grupo de teatro en Irlanda y como local tenían un antiguo depósito de cadáveres y recuerdo que dijo algo que se ma ha quedado grabado : “En el teatro, si un solo espectador logra comunicarse con la palabra del autor por medio de los actores, ya está justificada la representación. Escribí mucho teatro, unas veinte obras de teatro.
Si esto lo van a oír los compañeros de la tertulia, quiero sobre todo agradeceros que me hayais resucitado cuando yo ya estoy más muerto que Pitágoras. En mi tierra no me conoce nadie y ese saber que alguien se había interesado por un libro mío me ha halagado mucho y me ha producido muchísimo agradecimiento. Hasta mi familia, que a mi familia le daba igual que yo escribiera o que fabricara latas de sardinas, ha dicho “has de estar muy contento y es de agradecer”. Pues si uno va por el mundo como un solitario más...
  • Pudiste ser barítono, médico y no sé cuántas cosas más ...
- Oh sí, todavía tengo la voz. Hace poco me llamó por teléfono una de esas señoritas amables que te ofrecen una hipoteca, un seguro de vida ..., y me ofreció un seguro de entierro y le dije : “Oiga señorita, tengo 83 años, si por el mismo precio, aunque sea pagando un poco más, me pudiera ofrecer un viaje al Caribe, se lo agradecería. Un seguro de entierro me señala demasiado.
Antes de la guerra, con trece o catorce años, mis padres me llevaron a Mercedes Capsir, que era una buena soprano, y le canté nada y nada menos que el “Adiós a la vida” de Tosca. No creas tú que yo andaba cantando canciones populares. Me dijo : “si este chico cultiva la voz, se imposta y estudia, puede ser un buen barítono”. Pero vino la guerra y aparte del hambre vino el tabaco. Y médico : en el año 38 me hice practicante porque la próxima quinta que llamaban era la mía. Me hice practicante con el doctor Morales pensando en ser médico. Eran unos cursos rápidos, acelerados porque, claro, todo era acelerado en la guerra, hasta la muerte era acelerada en la guerra. Ya te dije que mi debut de bata blanca fue descargar un camión de cadáveres de un bombardeo en la Barceloneta en el que murió mucha gente. Y otra impresión que tengo de la época fue una mujer herida que no tenía herida aparente a la que ayudé a bajar caminando de mi brazo hasta una sala de colchones para recibir a los heridos. Y llega a la sala y se cayó muerta. Estaba reventada por dentro. Otro día – claro, a los que estabamos de estudiantes nos utilizaban de camilleros y de todo lo que podían – estaba en la sección de urgencias y hubo un atraco en el sindicato de la madera y me acuerdo que llegaban heridos, alguno tan grave que se murió en el ascensor cuando lo subíamos. Pero lo curioso, y te lo digo ahora porque es muy curioso, al escribir “La ciudad amarilla” cuando tuve que hacer los últimos capítulos en los que Eugenio Bonastre ya ha tenido el accidente. Entonces fui - un amigo médico me recomendó – al servicio de urgencia y estaba igual igual que en los años 38 y 39 de la guerra. Yo “La ciudad amarilla” la escribí en el año 1957 y la terminé en Pamplona en casa de una cuñada en el comedor con una máquina descalabrada que me prestó otro cuñado, que fue un gran arquitecto, y allí en el comedor escribí el último capítulo; acabé la novela.
  • ¿Por qué no fuiste médico?
  • Un primo de mi padre, el doctor Puch Sureda - que fue uno de los que revolucionó la cirugía en España; fue el fundador de una clínica famosa en Barcelona llamada “Platón” que fue el “summum” - me dijo : “Si quieres ser médico estarás conmigo desde que empieces”, con lo cual era una oportunidad tremenda. Vino el examen de estado que era muy duro e injusto como la selectividad. Porque no se puede valorar lo que un muchacho puede saber con unos éxamenes frenéticos donde lo mismo te piden latín que matemáticas que química que filosofía. Y me suspendieron. La segunda vez aprobé y entonces como ya tiraba a esas cosas de la depresión ya empecé a tener un complejo de inferioridad : “yo no sirvo para nada. Cómo voy a er médico ... etcétera. Yo humanamente estoy seguro que hubiera sido un buen médico porque amo al sufriente. Pero técnicamente – decía- y si no soy bueno técnicamente. Entonces fue cuando fui a estudiar Filosofía y Letras. Pero no hay libro mío que no salga algo de medicina. En “Amado mundo podrido” un hijo de Agustín Linares, Rafael, que es médico, y se le muere un niño y no puede hacer nada. Empieza a pasar lista de todo lo que se ha escrito sobre la muerte. Tengo muchos libros sobre la muerte. Se ha escrito muchísimo sobre la muerte. Es que es un tema curioso lo de la muerte, es curiosísimo (risas). En una entrevista me preguntaron si tenía miedo a la muerte : hombre , pues claro que tengo miedo. Pero te voy a decir la verdad, no tanto como miedo pero tengo mucha curiosidad también.
  • Julio Caro Baroja lo dijo antes de morir : “Tengo una humana curiosa por saber qué es sobre la muerte ...
  • Yo también. Hombre, pues ahora he coincido con Julio Caro Baroja y el otro día con Miterrand en las conversaciones con Jean Guitton el cual le dijo que había que elegir ente el absurdo y el misterio; y que era preferible elegir el misterio que, por lo menos, abría un resquicio a que la vida y la muerte tengan un sentido.
  • Estudiaste Filosofía y Letras y escogiste la especialidad semítica, aárabe y hebreo.
  • Marruecos me atraía mucho.
  • Pero al terminar la carrera te convencieron para poner un negocio de cartón.
  • Fue una locura, perdí hasta la última peseta que había puesto yo allí. Una casita que todavía tenían mis padres en Barcelona se vendió. De la familia poderosísima que habían sido los Manegat. El primer Manegat – mi hijo lo tiene todo esto muy estudiado – data de 1368. Fue una familia muy poderosa económica, social y políticamente. Luego se fue todo al traste. Yo supongo que a causa de la Guerra de Secesión. Motivo además por el que yo tenía que ser de Carod-Rovira. Pusieron un negocio de barcos en el momento en el que Felipe IV prohibió el comercio marítimo. Esto hizo a la familia hundirse económicamente.
  • El negocio del cartón no fue ¿verdad?
  • Me parecía inmoral pedir un informe comercial. Claro, en cuanto se corrió la voz de que no pedía informes comerciales, me estafaban de una forma increíble. Me hacían unos pedidos y yo decía, fijate, si con este pedido he ganado 4000 pesetas, Dios mío. Claro, luego no me pagaban y se fue al cuerno. Un día tuve la sensación absoluta y tremenda : “me estoy convertiendo en cartón”. Me levanté, cerré y me fui a casa a leer el principio de la primera elegía, es de los que uno recuerda :
 
Quién, si yo hablara, me respondería desde los órdenes angélicos
y si un ángel lo hiciera me aplastaría contra su más fuerte realidad
porque lo más bello no es más que el comienzo de lo terrible.
 
Y después de esto hice periodismo, me metí en el Noticiero Universal; yo ya iba colaborando en revistas. En el Noticiero el primer artículo lo publiqué en 1946, recién terminada la carrera. Estuve en Africa, escribí un artículo sobre Sawen , la ciudad del agua porque realmente tienen mucho agua, el raselma, la cabeza del agua. Estuve a punto de que me lincharan porque empezó a llover y me metí en un portal donde veía que entraban mujeres que me miraban airadamente y resulta que era un baño árabe de mujeres. Tuve que salir corriendo de allí. Era curioso porque en Marruecos en el año 1946 las mujeres musulmanas - como uno era un jovencito y estaba de muy buen ver – al pasar se apartaban el velo, sonreían y volvían a ponerselo.
Quiero decir, tu contacto me ha estimulado a leer ahora mis libros a ver qué me parecen. Voy a dedicar un tiempo porque nunca he leído. Porque cuando te dediqué el último libro, “Amado mundo podrido”, leí una página y me dije: “coño, esto lo he escrito yo”. Me sorprendió haberlo escrito. Que me gustaría mucho hacer posible coincidir un día con la tertulia vuestra. Es muy difícil trasladarme. Un viaje en avión se hace en seguida pero tengo un problema de vértebras – algún problema tiene que tener uno – aparte de los que tiene siempre. También, enc ierto modo, estoy hablando con ellos, agradeciéndoles de nuevo atención y que me hayais descubierto un poquito; hasta casi me habéis descubierto un poco a mí mismo pues casi me ignoraba yo.
  • Has hablado un poco de tus obras teatrales de las cuales estrenadas sólo están “El viaje desconocido”, “El silencio de Dios”, “Todos los días, “Quirófano B” y “Los fantasmas de mi cerebro”.
  • Los fantasmas de mi cerebro” que naturalmente no tuvo ningún éxito comercial y se estrenó en Barcelona y en Madrid.
  • Según tus palabras perteneces a la generación frustrada de la posguerra con Delgado Benavente, Juan Germán Schröeder. Rodriguez Buded, Guerrero Zamora, Alfonso Sastre, el mismo Paso de la primera época. ¿Cómo explicas la pobre acogida de tu extensa obra teatral?
  • Pues mira te lo explico : cuando se representó “Todos los días” por parte de una compañía profesional, me di cuenta – es una obra amarga y es amargo el final – de que todos los cómicos, que eran muy buenos además, estaban deseando quitar la obra para poner un vodevil o una comedia de esas tontas que diera dinero. Y empecé a desengañarme un poco. Y no sé cómo pues ya comencé a escribir narrativa.
  • Efectivamente en el año 1957, después de una década escribiendo obras de teatro viene “La ciudad amarilla” que se quedó a un paso de ganar el Premio Planeta.
  • A un voto extraliterario del premio. Y “Spanish show” también.
  • La narración de las últimas horas del taxista es de una hondura emocionante y prodigiosa. Hay esperanza en las personas que cuidan de Eugenio : el joven médico y la religiosa. También hay mucha poesía en esta primera novela ¿qué nos puedes contar de “La ciudad amarilla”.
  • Fue creciendo en mí. Al escribir narrativa ya más en serio, descubrí que uno es un instrumento y parece como que hubiera un señor detrás que te va dictando las palabras. Viví, como dice Flaubert, que la realidad es un trampolín para la literatura. Viví el barrio de Sans, que es el barrio, las calles, el colegio a donde va el hijo de Eugenio, Eulogio. Y fue creciendo en mí de tal modo que los personajes se hacen entrañables. Esto lo sabía muy bien Pirandello. Pirandello, en un cuento que tiene muy bonito, dice que los domingos concedía audiencia a los personajes que querían vivir, existir. En fin, hablaba con ellos y según como los tomaba o no los tomaba, cuenta que había un viejecito que era un personaje de otra novela, de otro autor, que no estaba nada contento con la vida que le había dado el autor. Y contaba Pirandello : “Se puso tan pesado que tuve que meterlo en una novela mía y lo maté en el primer capítulo. Bueno se hacen realidad de tal forma que yo recuerdo que, vamos, si hubieran llamado a la puerta y hubieran dicho : “Soy Eulogio o Eugenio Bonastre”. Pues, bienvenido y tal, me hubiera parecido natural. Durante muchos años, cuando pasaba en coche por la calle Mallorca esquina Vía Layetana, tenía una especie de regomello, un poco de temor, pues pensaba : a ver si me sale un camión ahora. Y casi todas las novelas mías ... En la última [ publicada : “Amado mundo podrido” ], no he vivido esa aventura pero “El pan y los peces” lo escribí practaicamente en la Barceloneta en uno de mis momentos largos de depresión.
  • En la tertulia sobre “La ciudad amarilla”, Joseba Molinero comentó que para él Eugenio Bonastre se suicidaba; yo creo que muere de forma fortuita.
  • Muere fortuitamente. Precisamente se produce esta teoría, que es una verdad como un templo, que todo es fruto de la casualidad; y que la casualidad es fruto de las causalidades. Entonces, por eso está el camionero que va acercándose y los minutos que gana o pierde el camionero durante su ruta. Y los semáforos como funcionan o no funcionan. Y el pasajero que va allí. Porque claro el pasajero cumple una función importantísima. Porque si en ese momento – tres erres ... Ricardo Rovira Rusiñol – el pasasjero no hubiera cogido ese taxi o lo hubiera cogido otra persona, lo hubiera mandado a otro sitio : esa cantidad de causas que forman una casualidad.
  • En el año 1961 aparece “La feria vacía” la cual nos presenta a Esteban Stockton Ribas, pintor y morfinómano, que vaga por Barcelona tratando de conseguir droga tras haber huido de un centro psiquiatrico
  • Sí, porque entonces los metían en un manicomio a este tipo de gente.
  • Al final de la obra entra en una iglesia y se topa con el padre Marcelo que da un giro a la vida errante de Esteban. Dios participa en la salvación de este hombre derrotado.
  • Sí , supongo que aquel sacerdote al decirle que “sufrir es rezar”, de alguna forma, en estas cosas si uno admite la existencia y la presencia de Dios entre nosotros, pues claro influyen. Y es entonces cuando este hombre toma esa decisión de darse cuenta de que va hacia la ruina total de su vida y decide no inyectarse la morfina que ha comprado en la casa del barrio Chino. Y como sale el policía que le persigue pues vuelve al manicomioa que le curen.
  • Esta novela fue premiada con el Premio Ciudad de Barcelona ¿cómo te documentaste para escribirla?
  • Leyendo mucho. Yo era amigo de un gran psiquiatra, Juan Obiols, que fue Decano de la Facultad de Medicina, fue muy importante. Él me dejó muchos libros. Además incluso le dije que me pusiera una inyección de morfina y me dijo él :”De ninguna manera, porque, no teniendo dolor, no estando enfermo, si yo te pongo una inyección de morfina a ti que eres un hombre sensible, sería capaz de engancharte. No me la puso. Visité manicomios, hablé con toxicómanos ...
  • Bueno, también has sido un navegante empedernido. Supongo que esto motivó el que escribieses “El pan y los peces”.
  • Fue una coincidencia porque ya de niño, cuando mi padre me decía “ ¿A dónde quieres que vayamos?” Yo le decía : “Al puerto”. Para ver barcos, para ver el mar, a la escollera para ver el mar.. Entonces iban “las golondrinas” que llevaban hasta el faro y luego volvían. Por cierto hay un sitio ahora al que sñolo se puede ir en coche; “las golondrinas” ya no funcionan. Cuando yo escribía lo hacía en invierno y en verano corregía. Entonces mis hijos eran niños, estaban fuera pues se veraneaba el verano entero. A las tardes, cuando salía del periódico tomaba “la golodrina” y me iba a un bar a tomar un vino infamey a corregir. Y luego, cuando terminaba, de corregir, me iba caminando por la escollera hasta el final de la Barceloneta y allí cogía un tranvía. Pero el mar ha estado siempre metido en mí y en mis libros siempre hay algo de mar. “El pan y los peces” es la obra que más satisfacción espiritual, moral. Casualmente, un día presentaba Torrente Ballester una obra suya en el Círculo Eliseo, se me acercó el “metre” del restaurante que era un hombre joveny me dice: “Usted, ¿no se acuerda de mí, Sr. Manegat.” “Pues no me acuerdo” le dije.”Yo soy el hijo del patrón mayor cuando usted estaba escribiendo “El pan y los peces” e iba a preguntar cosas a mi padre. Y el que le puso en contacto con un patrón para salir a pescar con ellos”. Y todas esas cosas. Y este libro, que es un libro de mucha denuncia social del que nunca me quitaron una sola palabra, llegó al Ministerio de Marina, a la Dirección General de Pesca ... bueno llegó a muchos sitios y movió muchas cosas. Hasta el punto que se construyeron viviendas para los pescadores jubilados pero jubilados de setenta y pico de años que estaban esperando a la madrugada para ir a remo por todo el puerto y hasta la escollera para pescar cuatro pescaditos de nadad. Sí, además sigo yendo a la Barceloneta, es un barrio que me gusta mucho. Curiosamente, es un barrio que arquitectónicamente es un modelo, en cierto modo, de arquitectura barroca. Hasta el punto de que vienen arquitectos japoneses y americanos a ver la Barceloneta por la construcción original. Han cambiado casas y ciertas cosas pero no han subido las alturas ni mucho menos. Ha quedado como un barrio turístico donde estafan a los turistas con esas sangrías de muerte y esas paellas de turista.
  • En el año 1965 vuelves a quedar finalista del Planeta con “Spanish show”. Cuéntanos un poco cómo escribiste esta novela de la que estuvieron a punto de hacer una película.
  • Estaba el guión preparado pero dijo el productor que como terminaba mal no gustaría a la gente. Se me ocurrió en un curso de periodismo que se celebró en Sitges. Una noche cuando volvía al hotel donde estaba alojado, por entre un pinar se veían unas luces verdes que se encendían y se apagaban que decían “Spanish show”. Y me dije : “coño, qué título más bonito para una novela”. Y ya de ahí, del título me nació el libro. Normalmente no he hecho esquemas del libro sino que escribía conforme iban saliendo los capítulos. Estoy viendo la luna que casi está llena. Te lo digo porque la luna llena me deprime. Ya puede estar nublado que yo sé si hay luna llena. Es una cosa muy curiosa que tiene una influencia tremenda. Influye en las mareas, en las cosechas, en el momento de sembrar y de recoger, hasta el punto de que había venganzas entre vecinos. Recuerdo que unos campesinos me contaban cómo influye por ejemplo en la recolección del corcho de los alcornoques pues si se arranca el corcho en un día de tormenta no vuelve a crecer. Yo conozco a gente que le deprime la luna y a otros que les excita. Me acuerdo un día que estaba en la masía que tenía en Gerona. Estaba solo y había luna llena. Había eclipse. Hacía mucho frío y me tapé con una manta y con la luz que hay en las casas encima del banco de piedra, adorable banco de piedra, se proyectaba una sombra (mi sombra) que parecía un capuchino, un monje proyectado sobre los árboles, sobre un ciprés. Y me llamó mi hija María Jesús y me dijo : “Papá ¿no has aullado todavía?”.

 

Llodio  18 de agosto 2005

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