Colaboraciones semanales en el Diario de Girona

 

Julio Manegat escribió de manera incansable toda su vida. Comenzó en el Noticiero Universal y casi hasta el final de su vida enviaba su colaboración semanal al Diario de Girona. Esta aparecía todos los lunes. Salvo en casos de enfermedad o fuerza mayor, Julio no dejaba de escribir su columna. Este compendio quiere ser un recuerdo emocionado del seguimiento que hice de  sus artículos. Comenzaré con los artículos que he guardado y más adelante seguiré con otros que pueda recoger de la hemeroteca del propio diario.

 

Colaboración escrita a máquina y corregida a pluma 

 

Colaboración a máquina corregida a pluma II

 

Los personajes gritan   (14-8-2006)

Un querido amigo, escritor bilbaíno, me pregunta, después de estar unos días en Barcelona y haber leído mi novela “La ciudad amarilla”, en qué cruce se produjo el accidente que costó la vida al personaje central de este libro. Ahora, cuando tantos ciudadanos agotan el agosto de vacaciones, la pregunta de mi amigo me ha llevado, una vez más, a acercarme a la relación existente entre el autor y sus personajes, tema, por otra parte, del cual se han escrito innumerables páginas.

Cuando yo todavía tenía coche, y pese a los años transcurridos, circulaba por el supuesto cruce barcelonés del accidente causante de la muerte de mi personaje, el taxista Eugenio Bonastre sentía como un misterioso temor que a mí también me pasara algo en este cruce. Los personajes literarios, esto sólo lo sabe quien los crea, se ponen en la vida de sus creadores y nos llegan a hacer el efecto de tan reales que uno no se sorprendería el más mínimo si tropezara a la calle con alguno de ellos lo abordara a la puerta de su casa.

Espero y deseo que ustedes conozcan la famosa obra de *Luigi *Pirandello “Seis personajes busca de un autor”. Mucho influyó esta obra para que a *Pirandello le concedieran el *Nobel de Literatura en el año 1934. Los personajes, en esta obra teatral y en la vida de todo escritor, están vivos y a veces piden con insistencia que se los traiga a las páginas de una novela, de un cuento o al escenario teatral. *Pirandello, en un delicioso cuento, narra como los domingos concedía audiencia a personajes que querían vivir literariamente. Un anciano, que se presentaba cada domingo, era un personaje de otro escritor, pero no estaba de acuerdo con la vida que este autor le había dado y pedía una segunda oportunidad. El personaje se puso tan pelmazo que *Pirandello acabó por ponerlo en una de sus novelas y al segundo capítulo lo mató.

Les confieso que aun cuando ya hace demasiados años que no publico novelas o cuentos, tengo muy cerca una serie de personajes que me piden que les dé vida literaria. Uno de ellos es una mujer de mediana edad, de ojos grises, de cuya mirada emana una profunda tristeza. Me dice que se encuentra muy sola y que necesita explicarme su vida que, asegura, es una compleja novela. Se llama Rosa María y nació en Cádiz. Suplicando, me hizo confidencias muy curiosas e interesantes. También podría hablar de Jacobo, dueño de una tienda de antigüedades y que posee la misteriosa virtud, o facultad insospechada, de conocer la vida y milagros de las personas reales que poseyeron cada una de las antigüedades que tiene en la tienda. Me ofrece sus historias para que yo escriba un libro de cuentos. O de Mateo, padre de familia, médico de profesión, que experimentó un extraño desdoblamiento de personalidad y adquirió la de un obrero de la construcción. ¡Y tantos más!

O sea, en definitiva, que aun cuando un servidor ya sea una venerable momia, todavía hay personajes que entran a mi vida y me tientan con las más delicadas, emocionantes o hirientes historias.

Además de, claro está, algunos personajes de mis novelas, cuentos y obras teatrales que, de vez en cuando, se me acercan a hablar un rato conmigo. Incluso llegan a recriminarme que, después de haberlos creado, no haya vuelto a leer los libros en los cuales ellos viven... Yo creo que lo más bello y sugestivo del misterio es ésto, que es misterio. 

 


 

Baroja   (28-8-2006)

El próximo octubre, o ahora ya, se publicarán artículos, quizás también aparezca algún libro, sobre el más gran escritor español del siglo pasado: Pío Baroja y Nessi. El 30 de octubre se cumplirá medio siglo de su muerte. Ahora, mientras escribo estas líneas, tengo a mi lado un ejemplar de la primera edición de “Zalacaín el aventurero “(1902), que fue mi inicio en la larga aventura barojiana. Al poco de su muerte colgué en mi rincón de trabajo la fotografía del escritor. Y aquí está, con su ancianidad de blancura a la barba, con su mirada chispeante y socarrona, con su boina decantada con esa sabiduría vasca de una sola mano...

De este gigante de las letras ya se ha dicho todo lo bueno y todo el malo que se podía decir. Baroja no era amigo de centenarios ni de conmemoraciones. Si pudiera leer el que ahora se escribirá sobre él, quizás se rascaría algo la cabeza y diría: “ ¡ Caray! ¡ Cómo es la gente, qué individuos!». Y puede que con una risita disimulara su emoción, como tantas veces hizo en vida.

¿Qué puedo decir yo ahora de *Baroja, del escritor que levantó una obra densa, cuajada de ideas, turbulenta, grandiosa, sombría y vital? Don Pío fue en su obra un testigo de la vida, del sufrimiento, del acción, de la crueldad y también de la ternura por defenderse de él mismo. En Baroja late la fuerza del 98, la conciencia del 98 que, podría decirse, es el patriotismo del dolor. Y todo el mundo se sentía capaz de rechazar o aceptar Baroja: las derechas y las izquierdas, las Hijas de María y los sindicatos obreros, los jesuitas y los ateos, los comunistas y los requetés, los republicanos y los monárquicos... Es un espíritu libre, sincero, descarado y luminoso, un hombre de acción, así lo dijo él, que no tuvo valor por serlo en la vida real y se contentó de serlo en la literatura.

Como es obvio no «descubriré» a Baroja, el escritor que estuve a punto de conocer personalmente. En los primeros años cincuenta fui en Madrid y llegué a la calle Ruiz de Alarcón, número 12. Sbí hasta la puerta, derecha, del cuarto piso, vacilé y mi mano no se atrevió a tocar el timbre... Como lo he llegado a lamentar desde entonces! Porque Baroja era un hombre educadísimo y cortés, amable y acogedor. Aquello hiriente, sombrío, lo dejaba para sus libros. ¡ Cuánto podría ahora escribir sobre él!...

Dos veces, y de la mano de su sobrino, el etnólogo Julio Caro Baroja, visité, como en peregrinaje barojiano, Itzea, la casa que Don Pío compró -un gran cortijo vasco- en Vera de Bidasoa, en Navarra, aunque muy cerca de la guipuzcoana Donostia, la ciudad donde nació el 1872. Julio Caro me permitió sentarme en la butaca de Baroja, ante la mesa de trabajo, e incluso tener a la mano la última estilogràfica con la cual escribió el escritor en Itzea. La última vez que fue allá fue en el verano anterior a su muerte. El 20 de mayo del 56 se fracturó el fèmur derecho. Ya era un anciano que perdía la memoria... En la ambulancia que lo traía a la clínica le comentó a su sobrino: «Estos coches-cama de ahora son muy extraños». Baroja ya estaba lejos de él mismo. Un día, patéticamente, le preguntó a su sobrino: «Y yo, ¿cuándo me he muerto?». Julián Marías escribió: «Lo recuerdo ahora muerto, sereno y blanco, recogido en sí mismo, ganado por la muerte. Con un puñado de tierra no había suficiente para cubrir con ternura este tierno y arisco gorrión, el menos cursi de los pájaros».

Y más de cien libros y una proclamación personal de independencia. Y yo, con dolor, me pregunto: ¿quién lee hoy a Baroja?

 


 

Paréntesis hospitalario (14-9-2006)
 

Aun cuando alguna de mis colaboraciones de agosto las envié con antelación, lo cierto es que, cuando se publicaron, un servidor se encontraba hospitalizado. La causa fue una urgente intervención de vesícula. Pero, claro está, no se trata ahora de hablar de mi accidente, sino de la experiencia que representa para un escritor y periodista una larga estancia hospitalaria, y ¡ durante el mes de agosto! Las horas se traducían en observaciones con respecto al funcionamiento de un gran centro sanitario al cual, como todo por todas partes, llegaba la fiebre vacacional. Bien, sabemos que es una mala ventura ponerse enfermo durante el mes de agosto. Un período que no todos, pero sí muchos médicos están, y lo cito como símbolo, «en Cadaqués», lejos de sus habituales centros de trabajo. Después de una seria intervención quirúrgica, va haber periodos de más de dos días en los cuales ni siquiera ningún médico sacó la cabeza por mi habitación... Y además una muy precaria información a la cual, como paciente, tenía derecho.
Y un hecho decepcionante, que uno ya conocía por «incultura general», se me hizo evidente: la relación comunicativa entre médico y persona enferma se ha convertido, excepto en algún caso y momento, en relación médico-historia clínica. Digo con todas las palabras: la práctica médica se ha tecnificado de tal manera, en muchos aspectos memorablemente, que mucho ha contribuido a la deshumanización en los grandes centros hospitalarios.
Recordaba un día las palabras de un ya lejano médico francés en las cuales se resume cuál debe ser el comportamiento básico de los profesionales de la ciencia médica. Son unas palabras que todos los médicos, sin excepción, deberán tener bien grabadas al cerebro y al corazón: «Curar, cuando se pueda; aliviar, casi siempre; consolar, siempre». Qué bello criterio del ejercicio de la medicina! Bello, ético, vocacional y altruista porque significa aquella, no tan lejana, comunicación entre médico y persona enferma, ser humano que necesita ayuda física, médica y espiritual, sin llegar a convertirse en una ficha de ordenador, en un archivo de resultados de múltiples pruebas analíticas. Si es así, no siempre pero sí que en muchísimos casos, el enfermo, además de sus dolencias patológicas, acumula un creciente sentimiento de lejanía, de soledad y también de tristeza. Sentimientos estos que todavía más entorpecen la añorada, directa y sentimental relación entre el médico, que el paciente idealiza siempre, y el ser humano que sufre. Me recuerda, en éste y otros sentidos, la tarea pionera que hizo la doctora, suiza de nacimiento y americana de adopción, Elisabeth *Nubbler *Ross, cerca de enfermos terminales en un hospital de Chicago. Toda una lección de humanismo y humanismo médico!
Creo que los que entre ustedes hayan vivido, y sufrido, alguna experiencia parecida a mi, deberán estar de acuerdo con lo que expreso en mi colaboración de hoy. Se trata, me temo, de algo rigurosamente irreversible. Pero también creo que no está de más recordarlo de tanto en tanto. Por otra parte, casi les pido suplicando, que procuren no caer enfermos, aunque tan difícil sea evitarlo si se presenta una sorprendente y seria dolencia, durante el mes de agosto, mes tantas veces de inútiles fugas vacacionales.
No, no lo hagan porque, queda claro con toda la carga de ironía posible, son muchos, quizás la mayoría, los médicos que están «en Cadaqués»...
 


 

Fulgores  (29-6-2009)

No tuve tiempo de escribir algo, en mi colaboración del pasado lunes, sobre Vicente Ferrer, el gigante del amor y la ayuda a los más pobres entre los pobres, los más miserables entre los miserables, a los más desamparados entre los desamparatdos. El lunes pasado se entregó a la tierra el cuerpo físico, material, orgánico, de este titán de la más efectiva misericordia. No quiero, pues, cuando en gran parte del mundo se glosa su vida y su obra en el lejano Anantapur de India, insistir en estos aspectos ya tan divulgados y conocidos. Tanto que estoy seguro de que la Fundación Vicente Ferrer, el héroe del amor y la entrega, cobrará con la muerte de este catalán de dulce y misterioso sonrisa mayor colaboración para que continúe su colosal obra, esta obra que es un fulgor en la oscura y siniestra parte de la sociedad global de nuestros días y de siempre. El mismo Vicente Ferrer, que ya tenía nombre de santo, era un resplandor de luz en aquella parte triste y abominable en la sociedad de la violencia, crueldad, indiferencia, insolidaridad e injusticia social. Sólo quisiera añadir a tantos comentarios y glosas mi sorpresa ante el hecho de que nuestro presidente, señor Montilla, se contentara con enviar al entierro de Ferrer una vicepresidenta del Gobierno catalán. ¿Qué urgente, importante, imprescindible tarea justifica su ausencia del sepelio de nuestro barcelonés Vicente Ferrer? ¡Y ni siquiera una corona de flores o de laurel! Y otra pregunta que me hago: ¿cómo, hasta donde yo sé, la Conferencia Episcopal española no ha dicho nada de Ferrer? ¿Por qué fue jesuita y salió del orden? Me parece que este hombre delgado y humilde al que cientos de miles de parias, intocables, de India llamaban Father, Padre, y que se dice que unos 300.000 pasaron por la capilla ardiente para despedirse de él con un profundo agradecimiento , respeto y estimación, fue mucho más cristiano, que es algo tremendamente difícil y arriesgado, que fuerza cardenales, obispos y sacerdotes de mayor o menor rango. Y lo digo desde mi sentimiento de católico que ni siquiera ha soñado, al final de su vida, llegar a ser un poco cristiano. "Obras son amores, y no buenas razones".

Algo todavía. Me sorprende que a Ferrer se le haya calificado como cooperante, que es una expresión burocrática y fría, en lugar de titularse lo humanitario, que es el que mira al bien de los seres humanos, lo que para humanitarismo siente y vive compasión por las desgracias ajenas y se entrega a ellas en cuerpo y alma.

Bueno, el caso es que la muerte de Vicente Ferrer me ha llevado a evocar otros fulgores, lejanos o cercanos, que entregaron sus vidas a la ingente aventura de ayudar, con incalculable amor y desprendimiento, los más necesitados. Bien sé que dos o tres artículos no son para recordar estos hombres y mujeres de excepción. Se necesitarían, y en muchos casos están, libros enteros para glosar cumplidamente vidas y obras. Sin embargo, ni siquiera sé por qué he sentido el impulso, creo que no estaría de más en estos tiempos de ira y miedo, cuando la labor de unos pocos, aunque sean muchos, apenas es nada ante las voces, hambrunas, lágrimas y derechos que levantan en el mundo millones y millones de seres humanos. Me propongo, pues, en unos artículos más, recordar algunos de estos gigantes que nada, por supuesto, tienen que ver con los personatgets que llenan las páginas y las imágenes de las comerciales chismes en todo el mundo y que en nuestro país se desbordan estúpidamente. Hasta el próximo lunes, por tanto, que iniciaré este, al menos para mí emocionante, recorrido de evocaciones de fulgores a la noche. Todos ellos se unen ahora en el fulgor de Vicente Ferrer.

 


 

Fulgores II (6-7-2009)

El pasado miércoles se celebró en Barcelona una misa por Vicente Ferrer. Mejor templo no podía encontrarse en: Santa Maria del Mar. En la iglesia no cabía ni un alfiler. Las autoridades, muy puestas en primera fila, asistieron a la ceremonia, lo que era mucho más fácil que desplazarse a la India para asistir al entierro de Ferrer. También se pedirá el premio Nobel de la Paz para su fundación. Está bien, pero todo esto no enmienda las ausencias en la India. Bueno, así es el país y los políticos del país. Que con su pan se lo coman.

Sigo hoy el recorrido de evocación de fulgores, hombres y mujeres que lo dieron todo para los más necesitados que siempre están ahí, donde sea. Quizás a muchos lectores, si los tengo, les sorprenderá que empiece prestando en la figura, tan lejana en el tiempo, de Francisco de Asís. Lo hago por varios motivos: mi fascinación hacia este personaje, su vinculación a Cataluña, lo que muchos catalanes ignoran, una pintura que lo representa y que preside mi mesa de trabajo, bellísimo cuadro del siglo XVII o XVIII, una talla de Francisco admirable, quizás de la misma época que el cuadro y que he tenido cerca toda mi vida ...

Il Poverello llegó a Barcelona en 1211-que me perdonen los que ya lo saben-y estuvo allí dos años. Siempre mendigaba para los pobres en esa ciudad medieval asediada por hambrunas y mil calamidades. Predicaba con la palabra y con las obras y pronto su fama de santidad se extendió por toda la urbe. Recibió la protección de Jaime I y de algunas adineradas familias barcelonesas, lo que le permitió edificar un convento que se levantó entre el actual paseo de Colón, la plaza del duque de Medinacelli y la Puerta de la Paz. Este convento de Fra Menors se mantuvo hasta la desamortización de Mendizabal, a mediados del siglo XIX.

Libros enteros se podrían dedicar al recuerdo de anécdotas y leyendas de aquellos dos años de dedicación total, en cuerpo y alma, los pobres, por parte de Francisco de Asís y de sus discípulos. Recordemos, sí, que Francisco fue a pie a Montserrat, que ya era, desde 1025, monasterio benedictino. Sabían ustedes que en Barcelona se modeló, por San Francisco, el primer belén, o pesebre de la historia? Con arcilla lo hizo Il Poverello y lo dejó a sus discípulos como recuerdo cuando decidió volver a Italia.

¿Qué queda hoy de la estancia del santo en mi pueblo, Barcelona? Además de los muchos conventos de franciscanos y capuchinos que hay en toda España, aquí recuerdan dos calles: la calle Nou de Sant Francesc, que se inicia donde hubo el convento, y la calle De los Pájaros. Esta calle corta, estrecha, relativamente próxima a la otra, se llama así, los Pájaros, por una leyenda de la cual, claro, fue protagonista Francisco, tan amante de los pajaritos, tibios corazones voladores de dulce compañía-siempre en libertad, por supuesto-.

En el Borne se encontró Francisco un hombre que vendía jilgueros que previamente cegado con un cuchillo calentado a la llama de una vela. Decía que así cantaban mejor ... Francisco -comienza el milagro, según la leyenda- se horrorizó ante aquella crueldad y propuso al hombre un pacto: si su padre, ciego, recuperaba la vista, él no volvería a cegar jilgueros. Dicho y hecho: el padre de aquel hombre, al que fue a ver Francisco, recuperó la vista y su hijo no sólo no volvió a cegar jilgueros, sino que dejó en libertad a todos los pajaritos que tenía enjaulados. A veces, al pasar al lado de esta calle ...

Anécdotas, leyendas, misterios ... No importa, lo que sí importa es recordar que el santo de Asís estuvo en Cataluña dos años en los que, se dice, no dejó ni un día de pedir limosna y de ayudar a los pobres como había hecho y seguiría haciendo durante toda su vida. En mi próximo artículo, las evocaciones serán más breves, pero la de la estancia de Il Poverello en Cataluña ... ¡ qué gran fulgor fue el de Francisco de Asís!

 


 

Fulgores III  (13-7-2009)
 

Quiero decir, en meterme en este resplandor de fulgores humanos humanitarios, que no tengo Internet y que, en general, escribo de memoria, con lo que me excuso de que algún dato pueda no ser rigurosamente exacto, si bien procuraré que tal cosa no pase. Bueno, sigo la evocación.

El vizconde francés Charles de Foucauld, oficial del ejército que, después de un relámpago de conversión, se hizo trapense y, posteriormente, se dedicó en los pocos y muy intensos años que le quedaban de vida a ayudar física y moralmente los altivos tuaregs, los "hijos de la nube". Se instaló en el oasis argelino de Beni-Abbé y fundó una limitada comunidad de religiosos agrupados bajo el expresivo nombre de "Fraternidad".

Allí, y también en otros lugares del gran desierto, se entregó con sus compañeros a cuidar los nómadas orgullosos y miserables que iban a aquel lugar donde se alzaban unas precarias construcciones de piedra y viejos troncos de palmeras. Se extendió, como siempre ocurre en casos similares, su fama de santidad. Estamos en los primeros años del siglo pasado, en 1901. Charles de Foucauld sufrió la picadura de una serpiente venenosa y entonces fueron aquellos nómadas quienes le atiendieron y lo curaron con sus tradicionales y primitivos métodos.

De Foucauld, cuya salud ya era muy débil, vivía en condiciones de suma pobreza porque todo se destinaba a los más pobres y necesitados que él. Era una época de revueltas y conflictos y algún eco de la Guerra Mundial de 1914 llegaba hasta ese apartado lugar donde se ofrecía bondad, ayuda, paz. En 1916, el abnegado Charles de Foucauld fue asesinado por un fanático ... Pocos e intensos años ya se habían transformado en destellos de luz en la noche del desierto.

Albert Schweizer era médico, teólogo protestante, filósofo, excelente músico organista ... Un día lo dejó todo y pensó que su vida no tendría sentido si no la dedicaba a los desamparados y sufridores. Y tenía que ser en un lugar difícil, áspero, tal vez agresivo. Schweitzer se fue nada menos que a Lambarené, en 1913, y allí fundó un hospital para atender a los enfermos y pobres que pronto desbordaron la capacidad de ese centro sanitario al que llegaban más y más enfermos. Lambarené, hoy en el Gabón, pertenecía entonces, 1913, en el Congo. Está situada esta población, de poco más de 20.000 habitantes, a las orillas del río Ogoqué. La verdad es que no sé si ese hospital continúa "vivo" actualmente.

El doctor Schweitzer, al que se le concedió en 1952 el premio Nobel de la Paz, murió en Lambarené los 90 años, en 1965. Era el final de otro de estos resplandores, fulgores, que nunca se apagan. No era fácil mantener la actividad de ese hospital al que tantos enfermos acudían, pero Schweitzer fue un hombre que no se paraba ante nada y, como además era un buen músico, de vez en cuando volvía a Europa en hacer una serie de conciertos de órgano para recaudar fondos para el hospital. Aunque yo no lo recuerdo, creo que estuvo en Barcelona para la Exposición Internacional de 1929 y que hizo un concierto de órgano en el gran salón del Palau Nacional de Montjuïc.

Y algo respecto a este hombre-fulgor que merece ser recordado. Cuando le concedieron el Nobel de la Paz, un periodista, durante una entrevista, le pidió que resumiera cuál era el sentido básico de su filosofía, de su labor humanitaria a Lambarené.  Albert Schweitzer respondió con unas palabras breves y aparentemente sencillas: "El respeto a la vida". ¿Qué más se puede decir que se traduzca en amor, entrega y ayuda a los otros, a la legión de los parias del mundo, de la famélicos legión, como dice "La Internacional"?

 


 

Fulgores IV (20-7-2009)

 

Seguimos este breve y, al menos para mí, emocionante recorrido de nombres y obras, de personalidades del bien y de la ayuda. Casi estoy por asegurar, o sospechar, que ninguno de mis lectores ha sentido nunca el nombre de Eva Lavallière, brillante actriz francesa de principios del siglo pasado. En el teatro, en el cabaret, en la ostentación y la frivolidad, Eva fue una estrella de éxitos y aplausos.

Bien. Esta mujer, que en realidad se llamaba Eugenia María Fenoglio Ardonuet, y que escogió primero, como nombre profesional el de Eva La Vallière y, posteriormente Eva Lavallière, tuvo una infancia desdichada: su madre murió asesinada por su marido y éste se suicidó. Pero ella, Eva, con el tiempo, se abrió camino en los escenarios y los más selectos salones de París, que entonces era la capital del mundo.

Y un día-nadie sabe dónde empieza y acaba el misterio-recibió el rayo de su conversión. Y entendió que su vida de lujos y frivolidades no tenía el más mínimo sentido. Se dedicó, después de vender todos sus bienes, los pobres de París. Vivió tan austeramente que su salud se fue debilitando hasta que murió, en 1929. Por amor fue dejando en el camino el don más preciado: su vida.

Ahora bien, lo curioso es que de Eva tengo dos versiones. Esta segunda me la explicó mi padre hace muchos años, cuando yo era un adolescente. Según esta versión, Eva, o Eugenia María, fue a la India en viaje turístico y allí se inició su radical cambio de vida. Lo vendió todo y se entregó a la India al cuidado de los leprosos, muy numerosos en aquellos años. Cierto tiempo más tarde varios de sus antiguos amigos de París fueron a la India ya encontrarse a ella. La encontraron limpiando las llagas de un leproso. Uno de los amigos no se pudo contener de exclamó: "Yo no haría esto ni por un millón de dólares!". Eugenia María respondió con sencillez: "Yo tampoco". El amor abnegado no se entrega por dinero. Cualquiera de ambas versiones tiene, claro, el mismo significado.

Y así lo entendió Raoul Follereau, a quien conocí y con quien compartir pan y palabra en casa de mi padre. Follereau fue desprendiendose de su fortuna para ayudar a los que padecían la enfermedad de Hansen, la lepra. Se le llegó a llamar "el apóstol de los leprosos" y fundó una asociación, también aquí, con la única misión de ayudar, en todos los aspectos,a estos enfermos. Esta asociación, JAL, sigue con su misión capitaneada por Claudio Satorre. Mucho podría ahora hablar de la otra gran obra realizada, antes y ahora, para JAL, Jóvenes Amigos de los leprosos.

Ya que de la enfermedad "maldita" trato hoy es necesario que recuerde una religiosa, sor Laura, que desde jovencita se entregó a estos enfermos en el viejo Hospital de Sant Llàtzer, en el barrio barcelonés de Horta. Yo, con trece años apenas, la pude conocer en una visita en este hospital antes de la guerra civil. Fue una profunda impresión de que nunca he olvidado. Sor Laura era una señora mayor contagiada de la lepra. En la cama ya siempre. Era increíble ver como aquella mujer, sin apenas labios, comidos por la enfermedad, era capaz de sonreír. Era la sonrisa del final de una larga entrega, silenciosa, humilde, amorosa, a los enfermos. Esa sonrisa casi sin labios no ha dejado nunca de acompañarme ...

Ahora me doy cuenta que me vienen a la memoria, la del corazón, que es la mejor de las memorias, otros nombres y vidas de sacrificio y entrega total a los miserables, sufridores y desamparados. Por mucho que procure abreviar, algunos más serán huellas en el recuerdo, de agradecimiento, en mis próximas colaboraciones. Suficiente empacho de políticas tenemos como para no recorrer estos caminos de luz, de amor en su más alto sentido, y de esperanza. 

 


 

Fulgores V (27-7-2009)
 

Escribo estas líneas cuando se conmemora a bombo y platillo la llegada del hombre a la Luna. Fue, sin embargo, un gran triunfo de la ciencia y de la técnica. Sin embargo, y por favor, que nadie me tache de demagogo, me pregunto cuando se conmemoró el haber erradicado el hambre de estos mil millones de seres humanos que actualmente viven y mueren de ella. Y ahora, vamos a los fulgores de estas semanas.

Por cierto, en mi anterior artículo se me olvidó, al hablar de Raoul Follereau, recordar una curiosa y triste anécdota. Lo hago hoy.

Cuando se encontraban en el poder en Estados Unidos y Rusia, respectivamente, Eisenhower y Kruschov, Follereau los envió varias cartas en las que les pedía la caridad del importe de un avión de bombardeo. Con este dinero se hubiera podido atender, y en muchos casos curar, los quince millones de leprosos que entonces había en el mundo. Los mandatarios citados ni siquiera se dignaron a contestar a estas peticion.

Seguimos con los entregados a cuidar leprosos. Otra religiosa, Sor Gabriela, italiana, dedicó su vida a ellos. En Uganda. Su fama hizo que se la conociera como "Madre de los leprosos". Sor Gabriela Menegón fundó una de las más importantes leprosería de África. En 1928 entró en la vida monacal, en Verona, y cuatro años más tarde fue a África, a trabajar en un pequeño lazareto creado anteriormente por un cura. Gabriela se hizo cargo de una cincuentena de niños enfermos. Pero esta dedicación no le era suficiente: escribió miles de cartas pidiendo ayuda económica. No sé qué debería decir, pero el caso es que empezó a recibir dinero, mucho dinero, y pudo construir un importante hospital en el que llevó adelante su gran obra de atención, ayuda y amor a los enfermos. Sor Gabriela murió, curiosamente, en 1965, el mismo día en que murió Albert Scheweitzer. Fulgor más fulgor.

¿Qué podría decir ahora, tan reciente su vida y su obra en la India, de la madre Teresa de Calcuta? Sólo que comenzó recogiendo moribundos en las calles de la gran ciudad y ayudándoles a morir, ya que, entonces, no podía ayudarlos a sobrevivir al hambre, la enfermedad y la miseria. Así inició su titánica obra Teresa de Calcuta. Después llegaron los hospitales, escuelas, centros de acogida, ambulatorios, y recibió el Nobel de la Paz en 1979 y murió en 1997.

Esta mujer de origen albanés fue, ustedes ya lo recuerdan, beatificada hace seis años.

Para terminar hoy, sólo un apunte centrado en la doctora inglesa Frances Wakefield. Apenas terminados los estudios se marchó a África y consumió su vida cuidando y ayudando a los tuaregs de Temanrasset, en el desierto argelino, a 1.300 km de Argel. No se necesita mucha imaginación, para "verla" allí en el corazón del Sahara, atendiendo a los tuaregs que llegaron a venerarla. Era una mujer fuerte que incluso en su juventud fue campeona de natación en Gran Bretaña. Dicen que vivía en una cabaña de barro rojo, junto a una de estas raras figures del desierto. Cada mañana iba a visitar los nómadas enfermos a sus tiendas. ¡Y aún le quedó tiempo para traducir al árabe la Biblia protestante!

Ahora, porque a uno le agrada soñar, tal vez en la inmensa noche del inmenso desierto, se une a las estrellas el fulgor de esta inglesa heroica con el mejor y más digno de los heroismos, el del amor a los sufrientes.

 


 

Fulgores VI (5-8-2009)
 

Aunque con el riesgo de cansarse un poco mis lectores con esta ya larga sombra de recuerdos de abnegados hombres y mujeres, sigo creyendo que este recuerdo es conveniente airearla muy de vez en cuando.
Quizás, en el misterio de su muerte-la muerte siempre es un misterio-Vicente Ferrer me ha ayudado a escribir unos artículos que no tratan de sucias políticas, guerras y violencias sin suelta. Bueno, seguimos puestos en esta larga evocación de fulgores más o menos cercanos en el tiempo.
¿Recuerdan ustedes el abad Pierre? Era el ángel de los marginados de París, de los mendigos que, tópicamente, vivían bajo los armoniosos puentes del Sena. El abad Pierre inventó la organización altruista denominada Los Compañeros de Emaús, dedicada, eso sí, atender, en todos los aspectos a los numerosos pobres de la capital francesa. Fueron miles los arraigados que se salvaron gracias a este hombre, delgado, de barba espesa y ojos brillantes. Alguien dijo de él que era un hombre puro, pero que era una lástima que se rodeara de licenciados de presidio. Aquel gigante de la bondad replicó: "Reprochar esto es tan estúpido como reprochar a un médico que viva entre sus enfermos".
Sus primeros compañeros, ¡lo que son las cosas!, eran sí, gentes salidas de la cárcel, licenciados soldados de la Legión, obreros sin trabajo ni esperanza. Sé muy bien estas cosas porque mi padre, que ya se había carteado con el abad Pierre, fue a París con el objeto de conocer personalmente este hombre de una increíble fuerza espiritual.
Más de una hora estuvieron hablando y después mi padre tuvo ocasión de conocer in situ las diversas obras creadas bajo el impulso del Abad Pierre y la colaboración de sus "compañeros de Emaús". Conservo la fotografía que dedicó a mi padre. Abad Pierre Otro fulgor entre tantos otros. Recibió, ya propagada su fama de santidad, la ayuda de gentes poderosas y sensibles. Con ellas llegaron la compra de terrenos, la edificación de pisos prácticamente gratuitos para las gentes de la calle, albergues, orfanatos, enfermerías, guarderias. Todo ello se agrupó bajo el nombre de "Comunidades de la esperanza". Detrás de ellas un sayal viejo y una voz clamando solidaridad humana, fraternidad. Fueron muchos los corazones que en Francia y en otros lugares del mundo supieron responder a esta voz y recibieron un poco de aquella luz, de ese fulgor.
Y otro sacerdote, también podría ser un seglar, el padre Pire, que tuvo, en 1958, el Nobel de la Paz, y consagró su vida a otro tipo de pobres: los desplazados, refugiados sin norte ni camino, lejos de sus patrias y hogares. Su obra se prodigó en África, en Oriente Medio y en Asia. Fue, como tantos otros, un inmenso vagabundo del amor a los desarraigados, a los hambrientos sin rumbo de la Tierra.
Y deberíamos también recordar Pedro Casaldáliga, que lleva ya más de cuarenta años haciendo el bien día tras día a la dura región brasileña del Matogroso. Y Francesc Corbadella, en Chad, ayudando a un médico en un pobre hospital de Goundi. Y Ángel Olaria, de la orden de los Padres Blancos, dedicado en Wukivo, Africa , a los niños de la calle, niños abandonados, tuberculosos, enfermos de sida. "Sólo" lleva allí más de cuarenta años de incesante reinado.
De todos ellos podría y quizá debería, de hablar largamente de su obra, de su generosidad, de su capacidad de sacrificio, de su grandeza de amor.
Dejémoslo por hoy. Mi próximo artículo será ya el último, aunque podrían sucederle muchos más centrados en tan singulares y portentosos seres humanos de la más o menos lejana historia humana, conocida o anónima.

 


 

Fulgores VII  (10-08-2009)
 

Quisiera terminar estas breves y justificadas evocaciones con otro catalán, mossen Ángel Carbonell, que fue muy amigo de mi padre y a mí me bautizaron en la iglesia de Jesús, en el barcelonés barrio de Gracia. Era un sacerdote de la parroquia de Santa Mónica, al final de la Rambla, y con olor a mar, en la esquina misma del mal llamado, tópicamente barrio chino, este barrio que antes y después de la cruel Guerra Civil era, y en parte todavía lo es, rincón de miserables, prostitutas, emigrantes sin papeles, desarraigados y vagabundos de calle y colilla ajena a los labios.
El padre Ángel vivió siempre dentro de una austeridad que rayaba la pobreza. Todo lo que ganaba con sus trabajos intelectuales, como colaborador de algunas revistas, lo destinaba a los pobres de este barrio. Era amigo de gente sin pan ni techo, de calle y de revisión. Y de prostitutas. Esto es algo que parece increíble en un sacerdote: Ángel Carbonell frecuentaba los prostíbulos del barrio y no "predicaba conversión", sino que hablaba dulcemente con aquellas mujeres, los comunicaba dignidad, esperanza, y alguna prostituta, gracias al padre Ángel, abandonó el burdel porque pudo encontrar trabajo para salir adelante sin la esclavitud de la venta barata de su cuerpo. En los burdeles se burlaban de él al principio y después terminaron venerandolo. Esto que digo es insólito, y más aún lo era en aquellos años. La santidad, religiosa o laica, es siempre insólita.
El padre Ángel murió en noviembre de 1940. Vivía muy cerca del popular mercado de Sant Antoni. Con mi padre fui al entierro, al que asistió mucha gente, no precisamente de la que sale en las revistas y los programas de TV centrados en el escandaloso chismorreo social, de amplitud estatal. Bien. El cortejo fúnebre-caballos negros estirando el carruaje con el ataúd, negro también-entró en el barrio chino, recorriendo sórdidos callejones camino de la parroquia de Santa Mónica. A mis 18 años, me impresionó mucho aquel entierro. Era emocionante ver como los portales de algunos prostíbulos había mujeres, con las que quizás había hablado Ángel Carbonell, que miraban fijamente el féretro o inclinar la cabeza con respeto hacia aquel capellán que les hablaba, en los mismos burdeles, de luz y esperanza, de amor y fortaleza.
¡ Cuántos fulgores en la noche de la crueldad, del hambre, de la pólvora, del miedo y la desesperación! Todos formaban parte del misterio de la vida y la muerte, del gran Misterio. Entonces, ante estos fulgores, uno casi se avergüenza de haber sido injustamente privilegiado, como injustamente son todos los del "otro lado": los pobres, la legión de los miserables, los enfermos solitarios, los 30.000 seres humanos que diariamente mueren de hambre, los que hoy forman parte de los que, según el último informe de la FAO, 1.000 millones de personas hambrientas.
Y yo creo, pienso, siento, que todas ellos, las víctimas, también son destellos de fulgor que se unen al de Vicente Ferrer-lo que me dio pie para escribir estas colaboraciones-en una constelación de amor, de agradecimiento, de lágrimas, de miserias y también de esperanza hacia un llunyaníssim futuro para los habitantes de nuestro pueblo cósmico en el que ahora conviven víctimas y verdugos. Y allí, entre los fulgores con nombre y apellido, los muchos miles que son anónimos, que nadie conoce excepto los que de ellos reciben el pan del cuerpo y del alma. ¡Benditos sean todos los fulgores del amor y de la esperanza!

 

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