CANCION EN LA SANGRE II

 

 

CANCIÓN EN LA SANGRE

 

I. LA LUZ

¡ Ya amanece ! El grito del alba
ha despertado al bosque virgen,
dormido en el silencio vegetal,
íntimo y verde, de la tierra en calma.
¡ Ya amanece ! Es el beso de Dios
penetrando a través de las ramas,
envuelto en paz y dulzura joven
en los rayos, ¡ tan blancos !, del alba.
¡ Ya amanece ! El triunfo de la luz
se impone tibio, desperezando
un sueño eterno de semillas verdes,
una verde ilusión que nunca acaba.
Los árboles gigantes ya no sueñan,
elevan al cielo sus frondosas ramas
y se mueven, tímidos de espacio,
tremolando la fuerza de sus savias.
¡ Qué himno al Creador están cantando
los árboles gigantes con sus ramas !
En la tierra, las sombras de los cuerpos,
crecen aun más y aun más se alargan,
buscando un horizonte de infinitos
al infinito temblor que hay en sus ansias.
¡ Pobres sombras rebeldes de los bosques,
cómo besan sus labios la  hojarasca !
¡ La luz ! La luz se vierte y se desliza
como una catarata de plata enfebrecida
hasta la íntima entraña de los seres
que besan temblorosos la luz que se aproxima,
la luz que se aproxima, que todo lo rodea,
que todo lo convierte en blanco resplandor
y que lleva en su fuego la pupila ardiente
y el  beso divino del Dios Creador.

 

II. LOS PÁJAROS

De pronto, todo el bosque da un grito,
y pisando la luz recién nacida,
rompiendo la pureza del silencio,
un pájaro lanza su canción de vida.
¡ El milagro de Dios se ha realizado !
Estalla en promesas la armonía
mientras los hombres lloran y se matan,
tan lejos, Señor, de la paz que Tú les pides,
esta paz del bosque virgen, puro,
esta paz que amanece cada día.
Ya no es uno, son miles los que cantan,
los que hablan contigo y con los ángeles,
en el lenguaje del pico y de las alas
que cruzando los espacios vivos
conocen el secreto de las almas.
Ya no es uno, son miles los que vuelan,
los que trinan y caen desfallecidos.
¡ Tanto amor, tanto, que ya no cabe
en la enorme pequeñez de sus pechos henchidos !
¡ Oh, los pájaros libres en el bosque, cantando !
Qué pura filosofía tienen
estos pequeños corazones pardos.
¡ Cantar, cantar delante de la vida,
cantar hasta caer desmayados !


III. LAS FLORES

El bosque se agita ya. Uno a uno
van todos los seres despertando;
ahora es la gacela rubia y leve,
ahora es la hierba de los prados,
ahora es el alma de las fuentes,
y el insecto pequeño  y el lagarto.
¡ Todo el bosque se crece y se levanta
en una lujuria inmensa de sonidos
y un palpitar vehemente de esperanzas !
Y las flores, ¡ las flores se arrebatan !
Una rapsodia sin fin de tierra y cielo
cubre los capullos sedientos de miradas,
y generosa para insecto y nube,
en una tormenta de perfume estalla.
¡ Qué terrible dilema el de las flores,
místicas de amor en su carne profana !
Sienten tibias las raíces que las unen
a la tibia tierra que a la tierra llama,
y se yerguen, libertas, al espacio
por la escalera sin fin de la mañana.
¡ Cómo tiemblan las flores sorprendidas
en la dulce inquietud de su pujanza !
Las lágrimas vegetales del rocío
poco a poco se apartan de las hojas,
llegan hasta el sol,y , ante su brillo,
lágrimas vuelan como mariposas.
¡ El amor ha cuajado sobre el bosque
y lloran juntos los pinos y las rosas !
¡ Qué ternura se deshace en dolor
en el milagro de la virginidad intacta
que, a fuerza de crear y sentir amor,
sube hasta Dios y a Dios alcanza !


IV. LAS AGUAS

Las aguas del bosque nunca duermen.
Centinelas de Dios, siempre vigilan
los tensos latidos de la almas
innumerables que en ellas se confían,
pero ¡ qué pena enorme hay en las aguas,
qué tristeza constante las anima !
Tan sólo son del bosque unos minutos,
después se pierden eternamente en busca
de un amor que las aguas nunca hallan,
el amor de la paz del bosque virgen
que siempre se olvida a sus espaldas.
Místicas aguas del bosque en la espesura,
arterias vivas de la vida ardiente,
calladamente vuestra sangre vierte !
Y sois vosotras, espejos de distancias,
las que hermanáis el tiempo y el espacio
en el correr eterno de las aguas
que nunca en el correr sienten cansancio.
Y sois vosotras las que sentís el beso
de los seres que en el bosque habitan,
y son los cauces los que se sienten presos
los tiernos corazones que palpitan,
los tiernos corazones que derraman
al misterio rebelde de la esencia
la alegría del grito con que llaman
y atestiguan su vida y su presencia.
Y os aman, aguas de libertad fingida
la mariposa y la tierra junto al pino,
porque sienten vibrar en nuestra vida
el aliento místico del ser divino.
Riachuelos y fuentes de las peñas,
rocas vivas abiertas a las aguas,
estanques y rocío y lluvia hermana,
se esparcen generosas por el bosque
y besan en el bosque a la mañana.

V. LAS SOMBRAS

La luz rinde tributo a las estrellas,
y el día declinando ya se apaga,
y surgen las sombras en el bosque
y se sienten las sombras en el alma.
Las sombras se acercan temblorosas de vida,
queriendo burlar al pájaro y al río,
y en el campo inmenso del espacio
se presencia cada día el desafío
de la luz que se aleja mansamente
y las sombras que nacen con más brío.
¡ El reino de la luz ha terminado
y se acogen los seres en sus nidos !
Dulcemente la noche se apodera
de la silueta confusa de los árboles
y del margen oscuro de los ríos.
Las estrellas se agolpan indecisas
para ver el silencio de las plantas,
y sólo oyen el ruido de las brisas
que juegan como niños con las ramas.
¡ Sombras niñas de la noche en germen,
no se encuentran compañeras en su danza !
Quieren correr, persiguen a las luces,
y las luces se pierden al hallarlas;
sólo la luna jugará con ellas
cuando pinte de plata las hojas y las aguas.
¡ Y ellas quieren jugar con las estrellas,
con pájaros enanos y con ramas;
ellas quieren jugar como en el día
jugaban en el bosque sus hermanas !
Se acerca la quietud, y lentamente
el sol se pierde en la montaña;
mira un momento al bosque que se
duerme, y presto empieza a batir
las alas, que pronto irán a despertar
a otro bosque dormido, con el alba.
.  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  . 
¡Qué ternura, Señor, necesitaste,
para crear el bosque, que nace y se desmaya,
y la eterna sinfonía del pájaro y las flores,
y la dulce inquietud que nunca acaba !
¡ Qué amor, Señor, el que nos diste
en la emoción que vemos cada día,
en este bosque virgen y puro,
con la pureza, Señor, que nos pedías !

La muerte del pájaro

¿Qué puedo yo decirte de ti mismo,
viejo sabio, pensador de los árboles?
¿Cómo te explicaría tu gesto inmóvil
recostado sobre la tierra humedecida?
Si un impulso me salta es de llorar
¿qué otra cosa puede hacer un hombre
ante el limpio misterio de tu tránsito?
Pero tú has sido fiel a la idea de Dios
y se diría que entre tus alas tenías
como una aureola de sus palabras.
Breve ha sido tu vida como tu cuerpo.
¡ Qué pureza de líneas la armonizaba !
A ti no puede importarte mucho
lo que los hombres llamamos tiempo,
porque lo has conocido en el aire,
condensado en tu propio sufrimiento.
Ahora yaces aquí, junto a mis ojos,
y, ¿ves?, no me atrevo a tocarte.
Es como si quisiera tocar el más allá,
como si quisiera hacer palpable
la terrible realidad de la muerte.
Tus hermanos te han visto y han huído.
¿Sufrían acaso, o quizá te temían?
Yo he cerrado los ojos para no verlo,
para que no me doliese tu paisaje,
únicamente tuyo en tu indiferencia.
Quizá me has conocido antes, cuando
todavía me llegaba verde y suave tu voz,
y doblabas la fuerza de mis ojos
en el constante nevagar de tus sentidos.
¿Qué puedo decirte de entonces y de ahora,
viejo pájaro, sabedor del silencio,
si tú ya conoces todo lo que nos rodeó,
todo lo que sin sentir, presintiendo apenas,
flotaba inquieto en nuestra sangre?
Si un impulso me salta es de llorar,
¿Qué otra cosa puede hacer un hombre
ante el puro misterio de tu tránsito?


Elegía de los ciegos

¡ Oh, vosotros, de los grandes paisajes interiores,
de los grandes paisajes luminosos !
Tenéis razón de la existencia
en no ver lo que lloran vuestros ojos.
Creadores constantes en la noche,
borráis la duda de la nube y de la sangre
plenamente vertida en los ocasos rojos.
¿ Qué os importa el momento,
si tenéis la eternidad en la presencia
desgarrada de vuestros nervios rotos ?
Sois niños siempre, en la ignorancia
de la forma y tamaño de las cosas,
en la plenitud del valor de las manos
y de las voces que los labios rozan.
Gigantes de vosotros mismos,
abarcáis en la noche el universo,
y el tacto del nombre de la amada
tiene el lirismo más puro del verso.
Podéis creer que las rosas son verdes,
y que el color es la forma y tamaño;
pensar que la luna es un ciervo,
que el corazón y la sangre son blancos.
Acaso vosotros tengáis la razón
y nosotros vivamos engañados
en una falsa geometría de nombres
y en un cielo pesado de años.
¿ Existe en la mirada esa realidad
de lo absoluto, de lo netamente puro,
como en vosotros que palpáis
con vuestros cerebros de tacto ?
Nadie os teme, y, sin embargo,
cuando se pasa a vuestro lado
se dice tibiamente : "Mira, es ciego",
y parece que algo hace daño,
nos apretamos los ojos para ver
y sentimos temor de cerrarlos.
¡ Ciegos ! ¿Sabemos lo que es ser ciego?
Más cerca nos encontramos de la ceguera,
nosotros, los que contemplarnos
en los bosques jugosos del alma,
del interior, al que llega una luz
de bosque joven, recién iluminado.
Vuestros paisajes se abren en sonrisas
que puramente saben condensar
lo que los nervios presienten.
¡ Ciegos ! Creadores de mundos en la nada,
salpicadores de las fantasías, abiertas
en la absoluta noche que os habla
de lo que vosotros mismos sospecháis
con temor a fundir en palabras.
¡ Vosotros !,  portadores de mensajes,
vigías de eternidad y de esperanza.
Ciegos, ciegos que nunca veréis,
que nunca habéis presenciado
lo que lloran nuestros ojos
y han matado nuestros labios.
Sí, habéis gustado lo cierto,
lo auténticamente puro, el valor
de las cosas en el abismo
para vosotros luminoso del alma.
¡ Oh, vosotros, negadores de niebla,
portadores de la luz a los grandes
y umbrosos paisajes interiores !
¡ Qué terrible, ¿verdad?, pensar que nunca
lograremos comprendernos,
que nunca hermanaremos nuestras voces,
en un mismo dolor y pensamiento !
¡ La frontera de los ojos nos separa !
Mirar hacia dentro y hacia afuera,
es el límite extenso, sin sonidos,
que separa a los ciegos de los ciegos.
¡ Oh, vosotros, constantes creadores,
vertiginosos de luz de amaneceres
en los grandes paisajes interiores !
¿Qué os puede importar el momento,
si gustáis la eternidad en la presencia
desgarrada de vuestros ojos nervios?

Elegía de tu muerte falsa

Todos los muertos tienen algo que decir,
y tú, muerto, tan apasionadamente joven,
tienes aún palabras en la boca
y sentimientos extraños en el corazón.
Aun le roza la presencia de las cosas,
de las inumerables cosas tuyas,
presentidas, que no te conocieron.
Por eso flotas dulcemente muerto
en tu propio paisaje luminoso
y te rebelas contra la muerte
que te llegó sin desearla apenas,
sin que tú fueses deseado por ella
para su limpia fantasía de niebla.
Ahora tu corazón aprende a llorar
cuando apenas empezaba a sonreír.
Tu muerte, la que dentro llevabas
sin pensar siquiera, sin querer saberlo,
se ha convertido en imagen y norma
para la muerte que te arrebató,
y te hundió suave, blandamente,
en el perfil sin miradas que te posee.
Yo te conocí cuando tu carne
podía aún apretarte los sentidos
y rasgarte las venas azuladas
en cada nueva armonía de besos.
¿ Los guardas aún para tu recuerdo?
¿Conoces todavía la palabra
que dice, rezando, amor y pensamiento?
¡ Oh, qué tortura tu muerte de sangre,
tu sangre de muerte en la nada !
¡ Cómo se arrebataría tu joven alma
por salir airosa de la carne
y volver, ella sola, a la vida !
Se te negó cruelmente la rosa
cuando la rosa te hacía más falta,
y luego  te cruzaron las manos
para que fueses aprendiendo a morir.
Tú les dejaste hacer, porque soñabas
que fingían la forma de tu muerte,
y de pronto tus ojos se abrieron asustados
al saber que jamás podrías separarlas.
Te dolió la mirada del hermano
y el espanto del niño que lloraba,
y entonces te aterraste de tu muerte
que también a los niños aterraba.
Empezaste a creer que habías muerto
no con tu muerte, sino con una
que usurpaba los derechos de aquella
que tenías para ti mismo reservada,
y que ahora va junto a tu sangre
sin querer comprender que no es a ti
a quien busca, que es otro cuya muerte
haya sido, como la tuya, arrebatada.
Puede que sea yo el buscado, el que
encuentre sin querer lo que en ti falta.
Pero tú te has sacrificado ya.
Dulcemente, aunque con vivo dolor,
vas sabiendo, segundo a segundo,
algo de esa rigidez, de esta frialdad
que, poco a poco, se te echó encima,
tan inesperadamente, que no sabías
si soñabas o todo aquello era verdad.
Entonces, para engañarte, hiciste poesía
con tus sentidos elocuentes
y dejaste que se fuesen muriendo
para entrar, tú solo, en el más allá.
Yo lo comprendí inmediatamente,
pero recé con los tuyos una plegaria
mientras en tu cara aparecía, leve,
la mancha morada de tu decisión.
¡ Qué heroico fuiste con la muerte,
sabiendo que aquélla no era la tuya !
Eras demasiado joven para pensar
la trágica imposición que se te hacía,
y por ello supiste sonreír, ya muerto,
cuando tu corazón no podía sonreír.
Lo que más te dolió, ¡ mi pobre muerto !,
fue  el sentir que los niños te temían.
¡ Los niños, locos como tú de amor,
inconscientemente niños, te temían !
Yo sé que lloraste un poco por dentro,
pero nadie lo notó y se los llevaron
a jugar. Les dieron un libro tuyo
para que les sirviese de recuerdo.
Hubo un momento en que creí
que te ibas a  alzar, duramente, del lecho.
Fue cuando aquellos hombres escogidos
te dieron tu ataúd de cedro. Pero tu decisión
había sido sido ya, plenamente tomada,
y más manchas surgieron de tu pecho.
Entonces lloraron todos. Yo sonreí,
porque yo sólo sabía tu secreto.
Tú y yo nos comprendemos ¿verdad,
hermano, que tan bien haces tu muerto?
La tierra no podía importarte gran cosa.
Te acostumbraste a ella, como a todo
lo que en ti se iba naciendo,
originando en tu nueva soledad,
en tu nueva poesía de silencios.


Alba dolorosa

CAÍDA

No supe de las flores amigas
en el correr exhausto de  mis venas,
hasta que Dios me trajo las espigas
repletas de amor y de esperanza llenas.
Aprendí entonces el habla de las rosas,
del pájaro en el aire, del rayo en la tormenta,
y me sacudió el cerebro un gusto blanco
de hombre que calma su boca sedienta.
Corrí alocado por orillas y aguas,
temblando en mis pies el latido del suelo,
y bebí triunfante el delicado orgullo
de sentir mis pupilas como espejos del cielo.
Mi cuerpo, tierra inmensa del espacio,
llegó jadeante a la emoción primera,
desnudo de nieblas, tardío de silencios,
erizada a flor de piel la primavera.
¡ Cuánto corrió mi nombre desatado !
Galopó mi inquietud por la acera del viento
y se hundió en la calle en sombras del pecado.
Y fueron las sombras las que jugaron
a tenerme en su seno sensual y ardiente,
y fueron dudas las que atormentaron
corazón con corazón, mente con mente.

SOMBRAS

Qué angustia sentir que mi figura
encierra sólo un hombre destrozado
de odio, ausente y rival de la hermosura,
enemigo y puñal en mí clavado,
hundido en el  vacío del abismo
rojizo del reflejo de mi sangre,
forjado en le yunque de mí mismo,
gozoso en la culpa y el pecado.
¿ Qué esperas, Señor, que no trituras
uno a uno el latido que me salta
desde el árbol sin frutos de mi mente
al túnel sin voz de mi garganta ?
Mis ojos vivos se quedaron yertos
y olvidaron el mar y la montaña,
volvieron sus pupilas hacia adentro
y quisieron mirar a mis entrañas.
¡ Qué terrible infierno el que sintieron
ciegos de luz, presentes en mi sombra !
¡ Qué huracán de tejidos desbordados
salpicaron de sangre hasta mis ropas !
Negué el viento, la caricia, el árbol,
fui matando mi edad año tras año,
y empecé a caminar un angustia de bronce
sobre un suelo de nieve y mármol.
El cielo perdió para mí su  sentido
azul, de un paraíso eterno y soñado,
abrí las vértebras del tiempo antiguo
y dejé deslizar hasta el camino
el peso de un libro y un rosario.
El libro llevaba impreso un nombre : Dios.
¡ Y tuve el valor de abandonarlo !

ALBA DOLOROSA

Me duelen ahora los pájaros tendidos
en el verde silencio de un campo atormentado,
y veo con dolor su corazón herido
y sus ojos abiertos, y el trino desgarrado
con que llamaban a la vida que huía,
y la angustia del eco, y el alma de la tierra
esperando el beso del pulso que caía.
¡ Pobres pájaros muertos, en el vuelo quebrados !
Así me contemplé. muerto en el paisaje
de una nación loca, desconocida
para el hambre del recuerdo, muerta
en mi carne aun hambrienta de vida.
¡ Qué dolor sentir el alma derribada
cuando empieza el alma su carrera,
y contemplar y ver que la alborada
tampoco cree en su primavera !
¡ Qué dolor sentir entre los huesos
el peso furibundo del pasado,
y el camino que llega al horizonte
y encuentra otro horizonte ante sus pasos... !
.  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .
De pronto el dolor se hizo paisaje,
se cerró de un golpe mi cintura,
sentí un fuego enorme entre mis labios,
y empecé a encontrar en el Amor
el libro abandonado y el rosario.
¡ Fue el amor del Dios Humano
el que hizo que mis ojos se volvieran
y miraran al cielo sollozando !
¡ Arriba los pájaros muertos, en el vuelo quebrados !
¡ El espíritu de Dios también alienta
en la muerte callada de los pájaros !
Un dulce dolor me atormentaba,
sentí en el alma un ansia ya encendida,
hablé con las rosas y las nubes,
hundí en las aguas mis pupilas,
y llorando el peso de mi carne
empecé a cruzar el Alba de mi vida.


Acaso jamás...

Acaso jamás hayamos sentido
y nuestro sentir haya sido unicamente
lo que queda en la fiebre del deseo.
Pero, entonces, ¿ es que podrías saber,
medir y calcular conscientemente
lo que quiero decir y no comprendo?
La muerte puede, ¡ oh sí !, alejarnos
de un mundo antes desaparecido,
y hacernos olvidar que hemos vivido?
Es como un niño que no sabe hablar
y nos tiende sus manos vírgenes,
llegando a nuestro propio corazón
en un temblor nuevo y deseado.
¿Es esto en realidad el sentimiento,
un perseguir las cosas y dejarlas
porque otras nos llaman en secreto?
Yo te veo como una rama pura,
o violenta como un canto salvaje,
inquieta en la propia espesura,
ardiente y audaz como la sangre.
¿ Eres tú, sin embargo, la bebida
o acaso no soy el cristal que te abrace?
Cuando canta la alondra del destino,
¿quién puede impedir que se lance
apasionadamente a su nido?
Yo he sentido, levemente primero,
la fuerza capaz de su canto;
luego,  me arrebata ágilmente
y  me lleva hasta ti en un abrazo.
¿Es esto únicamente un deseo,
o es propio sentir lo que me lleva
a liberarme bruscamente de mí
y dejarme crecer en tu pradera?
No hay misterio mayor que el encerrado
en un sentimiento que aparece
en nosotros con la fuerza de la luz
que deja los ojos deslumbrados.
Es inútil buscar y decir : "¿ Qué es,
qué palabra guarda el corazón,
que así nos cambia, transformados
en una consciencia de existir,
en un forzar la boca hacia el milagro?"
¡ Nosotros somos el milagro nuestro !
¿ No eres tú más que un pájaro o que
el espejo de una idea indiferente?
Si los topos hablasen. quizá ellos
podrían decir algo de mi muerte,
de ésta que me vive por los dedos,
dejando tu nombre entre mis sienes.
Este saber del morir en ti,
¿no puede ser ya la propia muerte?
Te pretendo encontrar y no te alcanzo.
¿No logro fundirme en tu deseo?
Quizá el terrible viejo de los años
no quiere hablarte desde dentro,
y por ello existes todavía fuera
del ardiente misterio del secreto.
¿ Existe en realidad este perderse,
este no ser y existir a un mismo tiempo?
Pero tú, ¿no has llegado hasta mí
tímidamente, no has deshecho tu fuerza
y has quebrado, libre, tu cuerpo?
Es inútil insistir. Si las nubes,
¡ los violentos paisajes derribados !,
me hablan de ti, es que te llevo
vorazmente en mi camino,
haciéndote ligera, flexible y abierta
para mi muerte, hermana a tu destino.
Persecución y fuga. Encontrarme,
¿no es ya un poco morir en ti
y reencarnarme? ¿ O es sólo en apariencia
nacimiento y muerte en el amante?
Yo la siento real, desorbitada, audaz
y decisiva en la vida de mi sangre.
¿Puede ser un deseo tan sólo, sólo
un anhelo en tu nombre, ¡ oh muchacha !,
que me llegas en el nacer de mi amante?
.  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  . 
Cuando canta la alondra del destino...,
¿quién puede impedir que se lance?


Silencio amante

El amor es terrible. Yo buscaba las palabras
que podrían relatarte mi silencio,
el que nace apretado entre mis sienes
y se esparce lentamente por los dedos.
¿Qué es el silencio, di, para tu nombre?
Acaso lo hayas sentido ya, como yo
lo besé en la mañana apenas nacida,
y te turbaste de ti misma, en la enorme
sinceridad que de tu sangre venía.
Acaso lo palpaste aquella ínfima
en que se cruzó con tu boca, después
de haber, dulcemente, mordido la mía.
Lo pudiste comprender cuando lloraba
el peso de unas voces no existidas,
o cuando se turbó en el pensamiento
y te rozó bruscamente las pupilas.
Entonces sí, el silencio era necesario
porque era puro para nosotros,
los que tanto vivimos en la vida;
pero ahora todo cobra un valor nuevo
en el constante batallar de la palabra
que lo  desprecia, porque no sabe aún,
porque aun es joven para medirnos
la fuerza del amor en la mirada.
Yo buscaba un silencio que explicara
la existencia del grito y de las aguas,
que midiese uno a uno, sin rozarles,
a los hombres que lloran y se llaman.
¿Conociste tú ese silencio, amor, amante
del no ser de todas las palabras?
Yo te lo hubiera explicado, rendido,
en la nueva comezón que me llenaba,
y hubiera vertido ese silencio, joven
con brusquedad, en el borde de tu alma.
Pero ahora el pájaro y el objeto
sienten la tortura que al nombrarlos
producen en su esencia nuestro nervios.
Por esto el amor es terrible, por el querer
expresarlo y sentirlo con el verbo,
cuando sólo el ser sin sonido de la sangre
hubiera ya calmado nuestro anhelo.
¡ Los amantes ! Ellos pueden comprender
lo duro del amor sin el silencio.
El amor es terrible porque tiene
el esqueleto de la voz, que le tasa
y, sin saber lo que es, le pone precio.
.  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .
¿Es que hay alguien capaz de comprendernos
en la canción exacta y muda del amor,
en el gozo palpitante del silencio?
Yo busc el retenernos, el decirte en un no ser...

Canción apasionada

A veces ocurre que la sangre no puede
resistir el peso de las cosas vivas;
entonces se vierte sobre sí misma, adolescente
en un nuevo temblor de poesía.
Bandadas de pájaros silvestres
suben la caricia por las manos,
estrechando el corazón que los presiente.
Los pájaros, hermanos del amor,
con lentitud en sangre se convierten.
Entonces todo emana un calor
de tierra joven, recién humedecida,
y sentimos como en el pecho,
temblorosas y nuevas, las espigas
de la realidad que se hacen vida.
Esto ocurrió ayer, cuando soñabas
con tus ojos apoyados en los míos
y crecían pulsos que enlazados,
fugitivos de mí, besaban las palabras
que en tu boca amanecían.
Esto ocurrió ayer, cuando tu mano
empezaba a decirme en su silencio
lo que śolo comprenden los amantes,
las hierbas, los pájaros y el fuego.
Yo lo entendí, porque aprendía
el lenguaje de tu nombre, recién
abierto, deslizado en mi alma herida;
yo lo entendí, porque el secreto
del amor se va haciendo maravilla
que discurre lenta entre los labios
y recorre  amorosa las pupilas.
¡ El  secreto del amor ! Casi rezando
voy midiendo tu imagen en el alma,
recorriendo los segundos de tu vida,
celoso de la sangre que te llama
y te hace esencia de mí mismo
convirtiendo mis noches en el alba.
¡ Celoso de mí mismo ! Ya el amor
se me alcanza apasionado,
pisando mis arterias con su planta,
buscando un horizonte en que tú sola
te fundas en el fuego de mi alma.
¡ No puede vivir de razón y norma
quien siente, como yo, que se adelanta
el torrente de luz que ya se ha encontrado
el cauce que le lleva hasta la amada !
¡ Oh, mujer, muéreme a tu lado,
que sienta que renazco en tu mirada,
haz de mi muerte dolor y lejanía,
resurrección de mi carne en el paisaje
luminoso de mi amor y de tu vida !


Merecerte

Vivir para ti, para quererte,
buscando en mi vida el merecerte
y hacer tuya mi alma en tu presencia.
¡ No puedes borrar lo que ya salta
en el nuevo corazón de mi existencia !
Como un trigo joven va creciendo
mi cariño en la impaciencia
de las manos que te buscan
y el ardor de los ojos que te sueñan.
Ya voy presintiendo en mis pupilas
el roce de tu sangre desbordada
en la ternura que te busco y pido,
como un mar que se vence y que se alza
hasta mí, que en mí renace creando
emoción de eternidad en la dulce
plenitud con que me abraza.
¡ Merecerte ! Merecer de tu mano la caricia,
de tus ojos la ayuda y la llamada,
merecer la sonrisa de tus labios
y el roce de tu boca apasionada.
¡ Merecerte ! Hacer de mí el trabajo lento
donde sueñan la luz y la armonía,
y oírte decir en tu silencio que
llegas a mí por el amor vencida.
¡ No dudes, mujer, y en mí renace ;
el que vence mejor es el vencido,
el que sabe plegarse entre tus manos
que piden amor en sus latidos !
 

Presentimiento de tu hora

Desnudo de clarines, con la fe desnuda,
presintiendo la sangre en el sonido,
bebiendo la luz del horizonte
que canta el temblor de haber vivido.
Y la fe, con la dureza entera
de la arista de roca que se alza
buscando en la tierra primavera,
tallo verde y fruto que no alcanza.
La tierra se prepara,  se abren las grietas
ausentes de las huellas de tus pasos,
y el clamor de las gargantas prietas
se estremece, febril, en los abrazos
que las nubes blancas del recuerdo
cercan del trigo y del placer logrados.
La tierra se prepara. Las voces de los niños,
mezcla de savia y miel, se han destrenzado
en los valles que alargan sus quimeras
como labios que besan sobre labios.
La tierra se prepara. Mi ser de polvo y alma
mira las estrellas;  te ha soñado,
y en su sueño ha visto un corazón
y una espiga de amor a su costado.
El corazón como una voz se desmayaba
en la palma abierta de tu nombre
que en la espiga de amor precisaba,
como un grito que salta las riberas
buscando la muerte sobre el agua.
Se acerca la hora. Sobre los ojos
nacen oraciones, semillas de esperanza,
mensajes para el pájaro y la nube,
¡ alabanza de amor  en la alabanza !
El ángel del sonido ya desciende
en el fragor profundo de sus alas,
y en palabras de ti ya se presiente
el vuelo del saber en la mirada.
¡ El vuelo del saber ! Junto a la playa
rebelde al dolor que ahora rechazo,
en tormenta de amor hacia ti estalla
tu imagen soñada entre mis brazos,
y mis brazos, con lentitud de sauce,
se cierran rn tu forma imaginada
y crece en el ansia del triunfo
la fuerza de la luz en tu palabra
como brota en la tierra humedecida
la fértil semilla germinada.
¡ Oh, canción del amor en sementera,
fruto del corazón, tierra del alma,
espíritu agreste de la ardiente espera
en la dulce y mortal incertidumbre
de tornarse el dolor en primavera !
Se acerca la hora. Como un busto
de plata atormentado se adelanta
el cincel del espejismoy se alzan
hasta ti, como soñando, los ojos
que te han visto y lloran en silencio
su falta de razón para el milagro.
¡ Todo el campo iluminado clama,
todo el viento en  mi canción se cierne,
toda mi locura se derrama
en el hambre de ti que en ti se pierde !
¡ Es el amor !, rezan los tiempos
que laten la razón de su inconstancia
¡ Es el amor !, ríen los niños,
y los niños no saben por qué aman.
¡ Es el amor ! y de los dientes apretados
surge el placer de la sonrisa
y se abren de gozo nuestros labios.
¡ Es el amor!, y al fuego de su llama
se estremece el niño como el hombre
y los pájaros sueñan en las ramas.
¡ Es el amor! La tierra se goza en sus gemidos
y apresta la sangre de la alondra
para el hombre que muerde sus latidos.
Y así, ferviente en la ilusión postrera,
se hacen amor todos los gestos,
todos los ojos que te buscan ciegos
en la fiebre tenaz de  mi quimera.
Los pájaros conocen en su vuelo tu tardanza
y se acercan a mí para besarme
canciones de ilusión y de esperanza.
¡ Canciones de ilusión ! Y ya mi carne
presintiendo tu hora se desgarra
en la lengua del beso y la paloma,
que me guía hasta ti y en ti descansa.
¡ Oh, canción del amor en sementera,
fruto del corazón, tierra del alma,
espíritu agreste de la ardiente espera
en la dulce y mortal incertidumbre
de tornarse el dolor en primavera !

                       * * *
¡ Es el amor!, canta la aurora.
El silencio se funde con tu sueño.
¡ Y mis ojos te sueñan y te lloran !

A través de ti

¡ Qué maravilloso mundo nuevo
me estñas abriendo en tus ojos !
El pájaro y el fruto alcanzan
ahora su sentido pleno, maduro,
de cosas plenamente halladas,
conquistadas, nuevamente vivas
para el nacer de los labios.
¡ Oh, manzana, verde, suave y limpia,
puramente partida por la caricia
de tus dientes ! Tu  boca da tibieza
y sabor de luz a la fruta jugosa,
y hace del tacto una esperanza
para los días que vendrán.
Recobrado en el aire, el mundo
nace en tus ojos para los míos
y un inmenso latido nuevo, profundo,
empieza a sacudirme, libre,
como si por vez primera viese,
palpase, el color del cielo
y encontrase húmeda la tierra
bajo mis plantas.
                       Tantos pájaros
han cruzado por mis deseos,
que la imagen se turba recordando
y ahora renacen todos, uno a uno,
en escalas de un trino inacabado.
¡ Nuevo ! Todo es nuevo, como si fuese
la vida un inmenso tablero de feria
y me asomase a su borde con una
alegría de niño en las manos.
Destruyes y creas, otra vez, el mundo
como si a tu capricho se alzasen
legiones de árboles y pájaros
para cambiar un paisaje, bruscamente
perdido sin desearlo.
                                Y ahora,
ahora soy un torrente iluminado,
como el sol en el fondo de un pozo,
como un grito resonando eterno
en la caverna jamás presentida,
como un chorro de agua fresca
en párpados sin caricias.
Sí, ahora aprendo, medito, de la luz
y rozo las estrellas con los dedos,
y adoro a Dios con la oración muda,
nuevamente recobrada y tibia
en el cuenco de las manos vírgenes.
El mundo nace a cada instante
en el mundo, y se hace paisaje
nuevo y eterno en tu pupila.

¡ La bendición de Dios, eternamente
exacta, derramándose en la vida!

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