Calles de lluvia

CAPÍTULO I

―¡Ave María Purísima!
―¡Sin pecado concebida!
―Hace treinta y cuatro años que no me confieso.
―¿De qué te acusas, hijo mío?
―He quebrantado todos los Mandamientos, salvo el quinto, aunque de esto último no estoy muy seguro.
―…

El silencio del párroco me confunde, hubiera preferido una explosión de justa indignación por su parte, algo que diera pie a comenzar mi defensa, que permitiera el desahogo de mi alma torturada, sin embargo sólo hay silencio. ¿Se habrá muerto de la impresión? Desde luego no parecía tan viejo cuando, saliendo de los sótanos más profundos de mi memoria, le ví entrar en la Iglesia de…
…¡Sí, joder! Esa de ladrilllo rojo con esquinas de sillería blanca que está en Alameda de Urquijo, encajonada entre el Corte Inglés y la Casa del Libro…
…Y debe ser casi un anciano, pero al verle con la sotana de invierno y el alzacuellos; los puños de la camisa doblados hacia atrás y sujetos con gemelos de laca negra; la calva reluciente, con el pelo remanente cortado a cepillo; la nariz enorme, soportando unas gafitas doradas, muy poco masculinas, y la barbilla levantada, como si aún tirara de ella, hacia arriba, el barboquejo legionario; pensé que era el mismo D. Teodosio de mi infancia, que era una señal para resolver el entuerto en el que estaba metido.
Le seguí al interior de la iglesia, sorprendiéndome por las pinturas tan alegres de las columnas y paredes, que le dan al edificio neogótico un aspecto más acogedor. A pesar de ello, no había gente dentro y él había desaparecido por detrás del altar, o eso me pareció. Me acerqué a los confesionarios de roble, observando que indicaban el nombre de los confesores y el horario en el que atendían a los feligreses y, sí, en uno de ellos encontré:

P. Rementería, T.
Lunes a viernes de 18.00 a 18.30

Sí, era él. Sólo tenía que esperar unos minutos y podría hablar. Hubiera preferido un horario más amplio pues no estaba seguro de que mi historia pudiera ceñirse a un tiempo tan ajustado, pero mejor era eso que nada.
Me distraje mirando las agujas labradas que coronaban el confesionario, así como los cartelitos de aluminio que informaban al fiel sobre cómo podía elegir el reclinatorio o una sillita. Buena idea.
De pronto, apareció con un Kempis, de tapas negras y sobadas, y con una expresión de extrañeza por el cliente que le tocaba esa tarde, que, previsiblemente, le impediría realizar la meditación vespertina.
Seguro que ahora estará buscando la forma de desembarazarse de mí.
―Hijo mío, ¿por qué has vuelto a confesar después de tantos años?¿No crees que necesitas otro tipo de ayuda, distinta a la que pueda darte un sacerdote?
Lo que yo te decía.
―¿A qué se refiere D. Teodosio? ¿Sicólogos, abogados, periodistas? ¿Alguna ONG? Todos buscan lo mismo, ganarse la vida con la desgracia ajena y dormirse pensando que han ayudado al prójimo.

Su expresión muestra un cambio de actitud, no sé si ha sido porque he utilizado su nombre o porque está de acuerdo conmigo en la macdonalización de la caridad.
―Te escucho, ¿cuáles son tus pecados?
―¿Pecados?, ¡bueno!, deje que le cuente mi historia y ud. puede hacer una distribución de ellos.

Hace unos tres años, yo era una persona normal: rondando los cuarenta, casado, con dos hijos, con un buen cargo en una gran empresa, con segunda vivienda, coche, viajes a lugares exóticos. Tenía todo aquello que la mayoría de la gente desea conseguir, sin embargo sentía una desazón que no podía llenar con nada: comidas, juego, putas, drogas, iban llevándome hacia el borde del acantilado, hasta que en una cena con mis amigos más íntimos alguien propuso un acertijo: ¿Cuál es tu deseo secreto?.
Tuvimos que escribir nuestro caso en una cuartilla. Yo anoté cuatro patochadas, falsas obviamente, avergonzado por mis defectos y… ¡cual no fué mi sorpresa!… cuando mis amigos hablaron de homosexualidad, violación, fetichismo, sadomasoquismo, … Buf, ¡qué gozada!
Aquello me hizo reflexionar y, poco a poco, llegué a la conclusión de que me gustaría formar un club particular, en el que pudiéramos disponer de todas las mujeres que quisiéramos, montando las sucias orgías que habíamos destilado de los vapores del vino. Es cierto que el asunto era delicado. Una cosa es lo que piensas y otra lo que haces; además no sería fácil conseguir mujeres, no profesionales, que se plegasen a todas las perversiones que volaban entre nuestras cabezas. Porque lo que necesitábamos era una yeguada de hembras sumisas, a poder ser casadas, pues una vez que te las follas se marchan a casa a discutir con el marido.
Así que comencé a utilizar mi tiempo libre en el reclutamiento tanto de los miembros de la sociedad ― ¡ja! y ¡menudos miembros! ― como de las odaliscas de nuestro harén.
Los hombres nos organizamos bien. En poco tiempo teníamos una serie de normas no escritas de comportamiento: discreción extrema, nada de sexo fuera de la comunidad, (hhh, el de casa no estaba prohibido, como es tan raro), una cuota mensual, una casa de citas y un alcahuete, (yo obviamente), quien era el único que conocía las identidades de los componentes de la sociedad. Como ya habrá imaginado, acudíamos a las bacanales enmascarados. Sí, es un estereotipo pero admitirá ud, Don Teodosio, que es efectivo y muy, muy discreto.
Con las mujeres sólo tuve quebraderos de cabeza, al principio, pero en cuanto me dí cuenta de que tenía que tratarlas como a ganado, todo fue bien. Y no tuve escrúpulo en aplicar cualquier medio para corromperlas: promesas, amenazas, chantaje, secuestro… Fue un trabajo ímprobo, pero al cabo de un año contábamos con un rebaño de más de dos docenas de respetables señoras y señoritas, de todas las edades y condiciones sociales, que cuando recibían mi llamada se transformaban en las más viciosas feladoras, sodomitas, tortilleras, amas y esclavas, que ud. pueda imaginar.
Y hemos pasado los dos últimos años, viviendo una maravillosa doble vida, que ha hecho mejorar nuestro comportamiento y trayectoria en la sociedad, puesto que todos, incluidas las pedorras que se decían obligadas a limpiar los orinales, nos encontramos más relajados después de nuestras sesiones comunitarias y podemos soportar con mayor entereza los desaires del jefe o del cliente pejiguero.
―No alcanzo a ver…
―José Félix, José Félix Astoreka.
―… José Félix, ¿qué te ha traído hasta aquí? No veo en tu relato, que, a propósito, no me parece demasiado estimulante… si yo te contara lo que he oído en cuarenta y cinco años de confesionario…Vamos, que no estás arrepentido en absoluto de pensar en esa retahíla de cochinadas, que debes haber leído en una versión ilustrada de “Las peripecias de la virtud” y que te han secado el celebro, como al Hidalgo. ¡Reza, cinco padrenuestros y siete avemarías! Y…
―Don Teodosio, que no he acabado. Ya me imaginaba que no me iba a creer, así que le he traído unas pocas fotos para que se caliente un poco; espero que no esté ninguna de sus feligresas entre ellas…

Los ojos de Don Teodosio se agrandan detrás de las gafitas. Y, seguramente, otras cosas debajo de la sotana, porque la sucesión de polvos, mamadas, dobles anales, azotes y lavativas se la pondría dura hasta al presidente del gobierno.

―…y, en efecto, no estoy arrepentido. Mi problema es este otro.

Don Teodosio, algo aturullado, me devuelve las fotos y coge los recortes de periódico que le tiendo.
―Espera a que me ponga las gafas de cerca…

Que resultan ser la misma mariconada que las de lejos, pero con distinta graduación.
…la joven P.T.F, de 29 años, muere en accidente de tráfico en Apatamonasterio… violencia doméstica en Bilbao: I.M.C fue asesinada por su marido, mientras compraba puerros en el Mercado de la Ribera…una mujer es atropellada por el tranvía, a la altura del Guggenheim …vecina de Galdácano es atacada y semidevorada por sus propios perros…
―¡José Félix, no me enciendas!¡Qué cojones es esto!
―Ese puede ser mi pecado, don Teodosio.
―Pero, ¡qué pecado ni que ocho cuartos!, hijo mío ¡estás de atar!. ¿Qué relación hay entre estos accidentes?¡Por Dios!
―La hay. Todas formaban parte de mi cuadra, y como le he dicho antes, yo soy el único que conocía sus “actividades”. Admitirá que es extraño; en el último mes ha habido una mujer muerta, en accidente, por semana, en el Gran Bilbao, y todas ellas tenían algo en común: a mí.

 

 

 

CAPÍTULO II

D. Teodosio no respondió, ni realizó comentario alguno sobre el particular. Permanecía quieto, ensimismado, con la mirada perdida en la rejilla que separaba nuestras caras, como si en los agujeros romboides de la misma se abriera el horizonte inescrutable de un misterio, jamás concebido y ni siquiera sospechado por él. Parecía estar atrapado en el laberinto de algún pensamiento profundo o hipnotizado por alguna visión apocalíptica de mi futuro inmediato. Al menos así lo quise creer.
Me sentía incómodo y, peor aún, ridículo, en aquella situación tan embarazosa para los dos: para D. Teodosio que, mudo e inmóvil, y disipado en la penumbra de aquel cajón de santidad de madera noble rematada con fina marquetería, daba muestras de una insoportable estupefacción, y así lo denunciaba la expresión bobalicona de lamecharcos de su rostro; y para mí, que lo miraba, postrado de rodillas en el reclinatorio, soportando aquella penitencia anticipada y gratuita, mientras me las prometía felices, a la espera de obtener, por qué no, la absolución de mis terribles pecados o, en su caso, algún consuelo en el sabio consejo de D. Teodosio, a quien recordaba por la magnanimidad, piadosa disponibilidad y diligencia en la dirección de la formación espiritual que me profesó en otro tiempo.
De pronto, D. Teodosio pareció sobreponerse a la impresión que le había causado mis últimas palabras y, como si despertara de un sueño perturbador en el que yo había sido el infausto protagonista, clavó en mí su mirada. Mostraba un gesto de incredulidad y de asco. Yo diría que lo que él percibía al otro lado de la rejilla del confesionario era un repugnante sapo, y no un hombre apesadumbrado y contrito, como yo pretendía aparentar. Por supuesto que no estaba arrepentido de los actos que le había revelado a D. Teodosio; aunque, es justo reconocerlo, sí que me preocupaba el cariz que iban adquiriendo los acontecimientos. ¡Cabronazo de cura! Ya desde niño me tenía cogida la medida, y no se le escapaba ninguna de mis miserias. ¡Jodé con el padre Rementería!
D. Teodosio alargó el brazo, con un movimiento torpe y brusco, de tal suerte que tiró al suelo el pequeño devocionario que guardaba en la esquina de la repisa que le servía de improvisada mesa, así como la perilla de la luz del flexo que había utilizado para alumbrar el confesionario. En su mano sostenía los recortes de periódico que yo anteriormente le había pasado. Los cogí, no de muy buena gana. Él retiró inmediatamente la mano, y la ocultó debajo de la repisa. Supuse que este automatismo no era más que un pueril mecanismo de defensa, una expresión de su miedo a contagiarse de mi ignominiosa maldad, evidenciada en aquellos papeles. Y, cuando se sintió liberado del peso de la carga de mis pecados, intentó pronunciar alguna palabra.
―Ejem...― carraspeó―.
―Sííí..., D. Teodosio.
―Hum, hum...
―¿Quiere usted decirme algo?
―¡Ay, ay, mi pobre José Félix!
―¿Eh?
―¿No tendrás tú nada que ver con esas muertes, no?
―Pues...
―¡Calla! ¡Calla! ¡Desgraciado! ¡No quiero saberlo!
―Pero, ¡padre!
―¡Nada! ¡Nada, hijo! No te puedo dar la absolución.
―¿Cómo?
―Eso mismo. Ya lo has oído. Ahora, vete. Y vuelve otro día.

Cuando José Félix salió de la iglesia, en su “Rolex” de oro las agujas marcaban las seis y treinta. “para que luego digan... ― pensó―. ¡Mira tú, el clero...Estos sí que son listos. D. Teodosio me ha despachado justo a la hora establecida, ni un segundo más. Profesional que es uno. ¡Viva el amor al trabajo!”
Tomó dirección al Corte Inglés. Precisamente, cerca de los escaparates de estos grandes almacenes que dan a la Gran Vía, junto a la boca de metro de Abando, esperaba encontrar a la joven alta, delgada y morena que había conocido hace mes y medio, en ese mismo lugar en medio de la vorágine navideña. Era su última presa.
No se equivocó. Estaba allí. La vio desde lejos. La reconoció enseguida por su vestimenta, que era siempre la misma: un pantalón beige claro, un jersey color caldera de cuello vuelto y una pelliza tres cuartos. “Seguramente es su uniforme de postulanta ― se autoconvenció―. Eso sí, de postulanta tramposa para una causa ficticia”. “¡La muy puta!” ― exclamó por lo bajo, esbozando una sonrisa de complacencia―.
Avanzaba hacia ella con paso firme, seguro de sí mismo. Erguido, escondiendo tripa y sacando pecho. Se había soltado los botones del gabán, y mostraba un seductor traje raya diplomática gris marengo, una camisa blanca y una corbata de seda de color rosa palo adornada con una aguja de oro y brillantes, a juego con la insignia con el escudo del Athlétic de Bilbao que lucía en el ojal de la solapa de la chaqueta.
Ella también se percató de su presencia. Le impresionó el porte y la elegancia de aquel hombre extraño que en cuatro ocasiones había atendido a su demanda entregándole un billete de cincuenta euros. Cuando lo tuvo a su lado, repitió la cantinela de siempre: “Una ayuda, por favor. Colabore en la lucha contra la droga”.
José Félix esbozó una sonrisa benevolente, y se detuvo. Introdujo la mano en el interior de la chaqueta y extrajo una cartera de piel de serpiente. Sacó un billete de cincuenta euros, nuevo y bien doblado, y se lo entregó.
―Muchas gracias, acertó a decir la joven, mientras le ponía una minúscula pegatina en la pechera del gabán.

José Félix volvió a sonreírle, pero no le contestó. Y se alejó sin despedirse. No giró la cabeza hacia atrás, para ver qué hacía la aturdida postulante. Sentía la mirada de perplejidad de ésta perdida en los pliegues de su gabán. Sabía que la chica estaba ya a punto de caramelo. Lo advirtió en el brillo apagado de sus ojos azules, casi deslavados en un fulgor ceniciento. Así, le consumiría la intriga por saber quién era aquel generoso señor que por quinta vez le había donado la cantidad de cincuenta euros, y qué motivos le movían a hacerlo. Y la intriga derivaría en una curiosidad mórbida, que la llevaría indefectiblemente a él. No en vano había tomado la precaución de guardar en el doble de ese último billete una tarjeta en la que rezaba un nombre, Juan Romeo Tenorio y un número de teléfono móvil al efecto. En este punto era muy meticuloso y metódico: siempre utilizaba un nombre falso y disponía de varios teléfonos celulares con tarjeta que se podían adquirir en cualquier establecimiento de telefonía sin necesidad de formalizar ningún contrato, con lo cual se aseguraba el anonimato de su propietario. Por lo general asignaba un número de teléfono a cada seis mujeres, a las que daba un mismo nombre falso. Este modo de organizar los contactos con las integrantes de la yeguada de acuerdo a comunicaciones a listas estancas e independientes entre sí le resultaba muy eficaz, porque le facilitaba la discrecionalidad de las operaciones con las mujeres de cada grupo y, además, le permitía controlar de manera precisa sus movimientos. En el caso de la postulanta, había a actuado de la misma forma que procedió para la captación de la ”potranca” (así llamaba a las mujeres jónenes) número trece de su especial harén, y esperaba que ésta respondiera tal y como lo hizo aquella. Por un momento, experimentó cómo un escalofrío le recorrió la espalda, al recordar que Leticia, éste era el nombre de la ”potranca”, estaba muerta, tras sufrir el ataque de tres perros en su chalet de Galdácano. Pero se sobrepuso al instante.
“Esto va bien. ¡Cojonudo! Otra que está en el bote. ¡Y menudo polvo que tiene! A ésta me la pienso tirar yo el primero”, se decía, relamiéndose los labios, mientras cruzaba el puente que da acceso al parque de “El Arenal”, para dirigirse al café “El Boulevard”.
Era viernes. Como decía él “día de cascajos”, “día de juerga , libre de esposas y cadenas”. Los viernes acostumbraba a tomar una copa de cava en este café. Le gustaba sentarse en un apartado, desde donde ultimaba los detalles de la orgía semanal del club de los cascajos. Para aquel día había organizado una fiesta especial. La ocasión lo merecía. Y es que ese viernes era viernes flaco de carnaval. Realizó varias llamadas telefónicas, ojeó la sección de necrológicas del “ABC”, releyó algunas notas del dietario y, cuando dio culo a la copa de cava, se levantó y se marchó.
A las diez en punto de la noche comenzó la cena. Alrededor de la mesa se sentaban trece personas. Todas ocultaban el rostro con una máscara que representaba algún personaje fantástico de la factoría Walt Disney. José Félix lo había organizado todo a la perfección: un menú extraordinario (Colas de langosta marinadas al Armagnac, Vol au vent con langostinos al Champagne, Entrecôtte grille, Biscuit de piñones con frambuesa y Tarta de hojaldre con merengue, acompañadas con vino Marqués de Murrieta, Gran Reserva del 81, y excelentes licores), música romántica y ...sorpresa erótica.

La cena era servida por tres señoritas, ataviadas exclusivamente con un delantal rosa y enmascaradas con caretas que reproducían los rostros de los tres cerditos, a las que los hombres manoseaban a discreción.
La fiesta marchaba a pedir de boca. Y ya estaba el pastel de hojaldre y merengue servido en la mesa, cuando Pluto se levantó del asiento y ordenó callar a todos.
―¡Silencio! Ahora viene la sorpresa de la noche, anunció con tono solemne y actitud de sacerdote hierático bufo.
―Los comensales comenzaron a gritar, silbar y aplaudir. “¡Qué venga, qué venga!”
―¡Callaos, y escuchadme! Os tengo que decir...
―¡No queremos discursos! ¡Queremos acción! Que esto parece la Última Cena, gritó el Tío Gilito.
―¡Que os calléis de una puta vez! ¡Jodé! He de explicaros en qué consiste la sorpresa.

Pluto esperó un poco a que se calmaran, y prosiguió.
―En primer lugar, todos nos quitaremos los pantalones y los calzoncillos. Yo los recogeré y los guardaré en el armario del recibidor. Nadie debe empezar a comer el pastel, ni moverse de su silla, hasta que yo vuelva.

Dicho, y hecho. Los trece fantásticos de Disney comenzaron a desnudarse, entre risitas de complicidad y gritos de alegría.
―¡Hostia! ¡Esto promete!, exclamó Donald.
―¡Ya lo creo! Sólo de pensarlo estoy empalmado, añadió Sirenita.

Cuando Pluto regresó, los encontró sentados, cada uno en su sitio, tal y como les había ordenado. Él también tomó asiento. Los miró con maliciosa indulgencia. Luego dió dos palmadas, y el murmullo de voces nerviosas de los presentes se apagó súbitamente.
―Bueno... En segundo lugar, quiero anticiparos lo siguiente: ¡Que el primero que se corra, paga la cena!
―¡Yujuuuuu!, chilló Mickey Mouse, que andaba salido de madre después de haberle propinado dos lametazos en la nalga a una de las chicas cerdito.
―Entonces... Todo está en orden. Yo no digo nada más. ¡Comamos la tarta! Y, ¡cuidado!, que a nadie le resulte indigesto el merengue, concluyó Pluto.

Los tres cerditos presentaron a los comensales los cafés y los licores, además de descorchar seis botellas de champagne. Mickey Mouse volvió a darle un lametazo en la nalga a uno de ellos. Los hombres comían el hojaldre con merengue, aunque permanecían expectantes, envueltos por el halo de curiosidad premonitoria, propia en los prolegómenos de todo acontecimiento importante.
Inesperadamente, la voz sensual de Liza Minelli retumbó en el comedor, dando paso a los acordes de la música de Cabaret. Al mismo tiempo se abrió la puerta doble, y entraron los siete enanitos, que no eran sino siete potrancas mulatonas enmascaradas, totalmente desnudas. Gruñón y compañía se metieron debajo de la mesa...

 

CAPÍTULO III

Seguidamente y sin tiempo para reponerse de las emociones de los pequeños mineros, por una puerta lateral irrumpió una pequeña orquesta de cámara con sus violines, violas, violonchelos, una acordeón y el añadido picante de una pareja de timbales.
Una vez acomodada la orquesta, Pluto volvió a dirigirse a los presentes:
―¡Compañeros! Escuchadme con atención y procurad mantener la compostura de vuestros miembros. Hoy nuestro club quiere prestar un merecido homenaje a Onan el judío. Si amigos, Onan aquel que prefirió fecundar la tierra con su semen que cohabitar con su cuñada tras la muerte de su hermano. Onan el rey de la paja, el príncipe de los ahorcados, el one and only…

En ese instante toda la sala profirió un grito unánime de aprobación y nocturnidad. Peter Pan y Garfio se abrazaban fraternalmente sin imaginar las tenebrosas consecuencias que el arpón del pirata pudiera desencadenar mas adelante.
―¡Silencio! Me explicaré. Nuestra cuchipanda de hoy presenta tres pieles viciosas. La primera: nuestros enanitos sodomitas nos van a procurar el paraíso por la puerta trasera. Provistos de sus picos consoladores nos abrirán minas de placer en nuestra cavidad anal. Tranquilos, camaradas, no os tendréis que incomodar, las sillas en las que reposáis vuestras adiposas posaderas disponen de un agujero ad hoc.

Un alarido indefinible acompañó a la explicación de Pluto. Wendy se frotaba compulsivamente su entrepierna.
―La segunda: asiremos el miembro de nuestro vecino de la derecha y me da igual que seáis zurdos y procederemos a manipularlo con intención.

La cátedra ya no aguantaba más. Empezaron a golpear la mesa y las botellas de champán espumaban por la boca su liquido estimulante.
―La tercera. La orquesta El Sitio nos regalará con la marcha Radedski que nos servirá de ritmo para adaptar nuestros movimientos masturbatorios. Los timbales indicaran desplazamiento descendente del pellejo y los violonchelos el ascendente. Y recordad que el primero en desahogarse pagará el ágape.

Coincidió el rugido carnal del patio de butacas con las primeras penetraciones de los enanitos y con los primeros timbales acompasados.

oooOooo

“RMT vecina de Bilbao y de 34 años de edad falleció ayer al precipitarse al vacío en los acantilados de Punta Galea, mientras practicaba ejercicios gimnásticos. Parece ser que la falta de visibilidad provocada por la niebla fue la causante fortuita del accidente” rezaba un suelto del Correo aquella inoportuna mañana. José Felix palideció mientras su mente convertía RMT en Raquel Mendiola Tomas, el Perezoso sodomizador. La había fichado para la yeguada acudiendo día tras día a su gimnasio de Mazarredo a practicar “spinning”. “Pachi, sudas como nadie” recordaba Astoreka que le dijo la finada el día que supo que la jaca número 16 estaba ya en la alforja.
Era un sábado extrañamente luminoso del mes de Marzo y Hurtado de Amezaga bullía con un tráfago de africanos, caribeños y magrebies que buscaban mercaderías imposibles. Nada, ni siquiera la cuarta muerte de la yeguada podía arruinar el momento mágico del aperitivo sabatino. En el Rimbonbin, una luz gris precedía a una puerta carcomida por años de sed. José Felix se sacudió unas motitas que se habían apostado en las solapas de su americana de espiga y se dispuso a entrar en el templo de las ostras y el quisquillón, del Albariño y del champán francés.
Sin saber cómo y todavía con el calor arrebolado de un Chardonai del Penedes en su espíritu, se encontraba en el pórtico de la única iglesia que le podía procurar respuestas.
Alcanzó la sacristía y como su intuición suponía, allí estaba don Teodosio escribiendo en un cuaderno de napa.
―Don Teodosio, ya son cinco los cadáveres. Necesito que me ayude y no espiritualmente.

El sacerdote levantó una mirada asesina. Cerró cuidadosamente su cuaderno. Se limpió con un pañuelo las comisuras de los labios y carraspeó.
―¡Váyase de esta casa, lascivo sinvergüenza!

El eco del exabrupto se mantuvo en el aire interminables segundos.
―No don Teodosio, no me voy. Le juro que nada me sacará de aquí hasta que no me ayude. Usted es el único que puede hacerlo.

Algo en la mirada de Astoreka le confirmó al cura que cumpliría lo prometido, así que plegó velas.
―No nos pongamos nerviosos, José Félix. Analicemos el asunto con calma y pongamos los datos sobre la mesa. Te propongo que nos reunamos el próximo lunes a las 8 de la tarde pero no aquí… Nos veremos en el vestuario de los boinas rojas de San Mamés, tribuna este. Mi hermano es responsable de ese cuerpo y no pondrá pegas para que celebremos una “confesión privada”.

Mientras Astoreka trasponía el umbral de la sacristía un brillo inteligente y animal iluminó la mirada del sacerdote.

 

 

CAPÍTULO IV

Caía una lluvía fina y persistente sobre la urbe a orillas de la ría del Nervión y bajaba ésta turbia, achocolatada, envuelta en la escueta luz del día lunes. Los paraguas, parapeto de tela de los viandantes, brillaban húmedos y se movían a pequeños saltos como hechizados y ornando los rincones y las aceras en la gran avenida. Era hora de ires y venires de gentes de oficinas, de mercaderes y mercachifles, maestros en el oficio de la palabra. El gran saldo, como medio de vida, y la eterna juventud de un ya revenido sueño de los tiempos modernos, que penetraba en numerosos ambientes y estamentos de la ciudad, capitalina a duras penas. Imperdonables teléfonos celulares sonando en estruendo o en salmodia electrónica, a todas horas, síntoma de intercomunicación plena y del más molesto “en―el―momento―justo” de invención anglosajona adobado de folclóricas corbatas y apabullantes telas cortadas para el lucimiento y la mejor presencia; excelentes fachadas físicas ― daguerrotipos calcados al por mayor ― para dar salida a las mercaderías y, a lo menos, ensayar la venta de los propios cuerpos, en la nocturnidad, cuerpos baqueteados a deshoras en gimnasios céntricos y silueteados por zumos y pócimas denigratorias para un boticario de antaño.
Hay remolinos de paraguas, como digo, copando los quioscos, ávidos de noticias como cada mañana. Nada es nuevo y mejor que ayer, leído, se sobreentiende, en la prensa, ya que las noticias mayormente se repiten con febril exactitud y banal efervescencia. La puerta giratoria del gran café no da abasto. La barra está feroz, casi hace falta pedir turno para hacerse un hueco y poder desperezar la mente con ese oscuro fluido llamado café, para que resista las inclemencias de las horas de trabajo hasta el lejano almuerzo. El estribo de latón no hace distingos entre unos lustrosos Martinelli de señor y unos tacones de aguja de una linda ejecutiva o postulanta, a cualquier empleo que se tercie, revolviéndose ― taconeando nerviosos ― unos y otros mientras sus dueños desayunan.
Entra un hombre de gabardina oscura con aires de discreción. Fuma picado y mira lentamente, sin prisa, buscando una mesa, dado que la barra está imposible. Se ubica en una esquina, en un butacón verde que ni pintado para observar el tráfago del local :
―Elías, por favor, ¿ me pones lo de siempre ? ― hace saber al camarero con el acompañamiento de un chasquido de dedos.
―Sí, en un momento le atiendo ― con un bizqueo rápido repartiendo miradas entre la barra y el cliente recién apoltronado.

Se quita la gabardina y la sacude un tanto con, al parecer, cara de contrariedad por la finísima lluvia que se ha adherido al gabán, a modo de enanas liendres de agua. Mientras espera, se distrae observando. Saca el picadillo holandés y se fabrica un fumable. Afuera la ciudad se despereza de a pocos tal que si no hubiere relojes ni tiempo; hay a cada momento más ruidos de bocinas que se unen en concierto infernal ante la parada improvisada de un taxi o un autobús cualquiera entorpeciendo la circulación. Las volutas de humo son como pensamientos que salen de la pausada cabeza de Arsenio, el hombre que espera plácidamente su desayuno. Al levantar el cortado que le acaban de servir, no le tiembla el pulso; secciona, entonces, el pastelillo de arroz en pequeñas porciones con artes de forense que repite jornada tras jornada la misma operación con pareja exactitud. Un hombre jovial, con cara de llevar alguna musiquilla en los adentros, traspasa la puerta giratoria y se aposenta frente a la barra. Tiene bigotes, fuma en pipa y al apoltronarse parece pensativo con su vista fijada en algún lugar indefinido de la enorme cafetera brillante, la que provee del preciado líquido estimulante a los clientes. Al verlo Arsenio, dejando taza y pastel en la mesa, se acerca a la concurrida barra, y toca la espalda del hombre de la cachimba, éste se gira y le da la mano calurosamente al hombre que le ha sacado del ensimismamiento diciendo :
―¡Hombre, tú por aquí ! Parece que no ha pasado el tiempo por esos ojos.
―No me cuentes cuentos, Alberto. Uno ya va para la antesala y no le dejan de enviar cadáveres ― contesta Arsenio, con vivos ojos llenos de nostalgia. Sólo estoy esperando al momento de abandonar las calles para siempre.
―¿Cómo estás, querido maestro de horas y horas de cavilaciones?
―Bien ... pero siéntate conmigo a la mesa. Esto de desayunar en soledad ya me aburre ― apunta Arsenio.

Se van ambos hombres al escaño donde han quedado el café humeante y el dulce pastelillo desmenuzado. Arsenio posa la gabardina en el colgador de latón para hacer sitio a su invitado. Éste hace un nuevo pedido, copia del de Arsenio, al camarero que bizquea, quien esta vez parece realmente alterado.
―¿Qué tal te trata la vida, compañero? ― pregunta Arsenio.
―Pues bueno, ya sabes, sigo con los casos extraños que otros no pueden resolver, allí en Ibarrekolanda. No lo paso mal. Además, ultimamente los asuntos criminales me hacer ir mucho a la Meseta y me encanta. El sol, la comida y las averiguaciones entre esas gentes curtidas, dejadas de la mano de Dios. ¿ Y tú, cómo te defiendes por las calles ?
―Ahí arriba continúo un tanto cansado de ver cosas terribles. El caletre me sigue funcionando bastante bien y, además, ahora no se mata como antes, es todo más sencillo, sin imaginación. Tú lo habrás podido comprobar ¿no? ― asevera Arsenio.
―La verdad es que a mí me tocan rompecabezas adecuados para mi majín y fíjate que disfruto. Es que tuve buena escuela contigo, Seni. Mi rodaje fue fabuloso. Hubo momentos en que te idealicé como un Poirot o un Maigret.
―No jodas, Alberto. Que soy un mero inspector con los cojones pelados y cierta inspiración para esto. Nada más ― sentencia Arsenio.
―Sí, pero tu manera de mirar es única. Eres un rumiante perfecto y no se te escapa nada. Tarde o temprano se te incendia el caletre y asustas, Seni, porque unes detalles prodigiosamente y te llevas el gato al agua, joder, que es de lo que trata ― apostilla Alberto ardorosamente.
―Bueno bueno Alberto, es muy amable de tu parte ... aunque la verdad, ya le tengo a ganas a las vacaciones de por vida, tanto andar entre asesinos y maleantes de mirada negra me acaba afectando. No tengo el estómago de cuando empecé.
―¿Y qué tal la familia? ― interroga el de la pipa.
―Se casaron mis dos hijas y lo demás igual. Mi mujer sigue distrayéndose con lo de la peluquería y yo con este oficio de tinieblas. Cada vez hay menos trabajo ...

Un coche ha parado frente al café, tras la marquesina del autobús con chirrido de neumáticos. El conductor, con gafas oscuras, ha bajado y ha franqueado la puerta giratoria. Ahora se acerca a la mesa de los dos que dialogan :
―Arsenio... , que han encontrado una mujer en Galdácano ..., y han llamado para que vayamos a reconocer el terreno, ... pura rutina según parece ― habla casi sin aliento el conductor.
―Tranquilo, toma aire. Este es Joseba, mi ayudante ― le mira a Alberto ― .... ¿cuchillo o arma de fuego? ― pregunta Arsenio.
―Se la han merendado sus propios perros ― dice a “soto voce” Joseba Ruiz, el mozo de espadas policial.
―La madre de Dios, y lo que nos queda por ver. Alberto, te tengo que dejar ... A ver si otro día podemos charlar con más calma. Toma mi número de teléfono ― se despide Arsenio al tiempo que extiende un papelillo garabateado al otrora discípulo.
―No te preocupes, Seni. Ya te llamaré para comer juntos un día de éstos ― dice a modo de despedida el tal Alberto.

Se apresuran los dos hombres, jefe y subordinado, hacia el coche y, con un nuevo chirrido de ruedas, dan una vuelta entera a la Plaza Circular ante la mirada impasible del broncíneo caballero que todo lo controla allá en lo alto. La estatua del fundador, don Diego López de Haro, de este enclave que hoy amontona hombres y vehículos en este hondonada rodeada de montañas. Qué pensamientos ocuparán al broncíneo caballero, qué mirada tendrá para su ciudad así como ahora se la ve bajo el manto gris del eterno sirimiri.
El tráfico se ha puesto insufrible en el Arenal; Joseba se desespera al volante mientras su jefe, mirando por su ventanilla, se fabrica un cigarrillo entre una revuelta y otra de subida a Begoña, desde el Ayuntamiento, que para esas horas está rodeado por enjambres de transeúntes. Fuma lentamente Arsenio Vigalondo, inspector de la comisaría de Zabálburu, sesentón y curtido en numerosos asesinatos acaecidos en la zona del Gran Bilbao. Echa el humo con profundo placer y se concentra en el hecho mismo que sus ojos y su obligación contemplarán en breve, cuando venzan los semáforos y las columnas de coches en enfebrecida carrera a todas partes y ninguna. Los paraguas parecen nenúfares sobre el húmedo firme que vagan ocultando anónimos personajes, hambrientos de vida y de sucesos especiales, mas él, Arsenio, ya conoce cuál es el siguiente suceso que llenará su vida las próximas horas. Piensa en los peripuestos, divinos y milimétricos investigadores de la televisiva CSI y que con menos de la mitad de sus medios le gustaría trabajar a él. Aunque bien mirado, el caletre es la herramienta más potente y más importante, y según comentaba hace un rato Alberto Fernández, la suya, que a él mismo no se le aparece así y la quisiera más rápida y certera, podría pasar por una fina máquina contracriminal.
Cuando consiguen llegar al lugar, se descorren los cortinones de un nuevo suceso sangriento ante la vista de los dos policías. En la finca, ubicada en las estribaciones de Archanda, hay una mujer con el rostro desfigurado y el cuerpo desagarrado, cubierto de sangre. Hay regueros rojos como de huida a lo largo y ancho de la finca. También hay tres o cuatro perros de presa muertos a su alrededor, todavía calientes, con las fauces abiertas.
―¿ Quién se los ha cepillado ? ― pregunta Arsenio a un policía municipal.
―Un compañero nuestro, inspector. Lo han llevado al hospital con una pierna hecha puré ― contesta el municipal.
―Buen trabajo ― dice el inspector mientras se agacha y observa con detalle el cadáver de la mujer. Piensa para sí que con lo poco que disparan los municipales, éste ha sido capaz de dejar tiesos él solito a los canes de esta jauría de Rottweiler sin control. ¿Sin control? ― se interroga a sí mismo el inspector. Algo no casa : ¿cómo unos perros pueden ajusticiar a la dueña, a la mano que los acaricia y los alimenta? Se agacha, toca el cuerpo, toma muestras para el atestado profundamente ajeno a las sirenas y las decenas de ávidos curiosos, eminentemente jubilados, que miran desde detrás del murete de la finca. No hay prisa hasta hacerse con todos los detalles. Fuma uno, dos y hasta tres cigarrillos. Cuando cree que ha husmeado suficiente:
58 ―Joseba, quiero la autopsia de los animales también ― ordena el inspector Vigalondo, haciendo hincapié en la palabra autopsia como quizá la pronunciara en su primer caso, ya mansamente perdido en la memoria. Pues si algo ha aprendido es el saber olvidar. Sin saber a qué atenerse comienza a elucubrar, a tironear del hilo que otros han dejado tendido para él, hilo finísimo que ahora todavía está urdido con humo y detalles. ¿Un accidente con las mascotas o algo más ?

 

 

CAPÍTULO V

El viento arremolinaba algunas hojas de periódico en el rincón. La imponente arquitectura de San Mamés a mi espalda me hacía sentir amenazado e incómodo. No transitaba nadie por la zona. Pese a lo moderado de la hora, pocos minutos antes de las ocho, era noche cerrada. El suelo refulgía por las últimas lluvias y el ruido del aire al azotar las farolas era el único sonido del entorno, con un fondo de tráfico de la avenida cercana. Miré el reloj inquieto, temiendo que Don Teodosio no acudiera a la cita. El minutero se acercaba al mediodía cuando un taxi entró por detrás y se detuvo en la acera. Así permaneció unos segundos, al cabo de los cuales se abrió la portezuela trasera y emergió de ella la calva del padre Rementería. Le reconocí de lejos a pesar de su ropa seglar. Empujó la puerta y el coche arrancó despacio hasta perderse de la vista en la siguiente esquina. Don Teodosio se acercó a buen paso, protegiéndose del frío con un gabán oscuro, con las solapas levantadas en la nuca y las manos hundidas en los bolsillos. Apenas se detuvo al llegar a mí, solo dijo “vamos” y continuó la marcha. Le seguí obediente, confortado por su presencia, y juntos alcanzamos sin cruzar palabra una puerta metálica en la fachada del estadio. Nadie hubiera creído que tras ella hubiese vida, pero tras golpear don Teodosio quedamente con los nudillos, pude escuchar unos ruidos metálicos, al cabo de los cuales la hoja se abrió mostrando un rostro levemente abotargado, apenas iluminado por la luz que llegaba de algún lugar profundo. La íntima quietud del interior contrastaba con frenética danza del periódico, que parecía querer advertirme de algo.

―Buenas noches padre Rementería― susurró el portero mientras se hacía a un lado franqueándonos el paso.
―Buenas noches Xavier― respondió don Teodosio sin mirarle. Entramos a un pasillo que inmediatamente giraba hacia la izquierda. En una de sus paredes se perfilaba una abertura de la que salía la luz. El tal Xavier cerró con estrépito, hecho lo cual avanzamos los tres uno tras otro en dirección a la estancia iluminada. Entramos en ella y, como si repitieran un acto habitual, el portero sacó del cajón de un escritorio un manojo de llaves, escogió una de entre ellas y le ofreció el conjunto a don Teodosio.
―Gracias, Xavier― aceptó el cura sin emoción, tras lo cual salimos del lugar y continuamos por el pasillo oscuro. Cerrando éste había una cancela que no había distinguido anteriormente. Don Teodosio manipuló la cerradura y entramos a un espacio lleno de taquillas metálicas. Un par de bancos circundaban otras tantas paredes y de unas perchas colgaban algunas prendas que no identifiqué. En la única pared libre se abrían otro par de puertas, tras una de las cuales había una ducha. Don Teodosio abrió la otra y entramos a otra pieza mayor.

Empecé a pensar que debía haber marcado el camino como Teseo en el laberinto, ya que me iba sintiendo por momentos desorientado. Todavía caminamos un rato entre sombras hasta que don Teodosio consideró que habíamos llegado. En un pequeño cuarto repleto de sillas, el cura escogió un par de ellas y las colocó enfrentadas en el centro. Se sentó en una y me invitó a hacer lo mismo en la otra con un gesto. Una vez situados, con los abrigos todavía puestos, don Teodosio inquirió con violencia:
―¿Qué quieres de mi? ¿Por qué has venido a buscarme?

Miré a mi interlocutor a los ojos mientras crecía en mi interior la incómoda sensación de estar en desventaja. Traté de aparentar aplomo:
―¿Está usted en este acto sometido al secreto de confesión?
―¡Déjate de gilipolleces! ― bramó don Teodosio.

No sabía si este exabrupto era una respuesta afirmativa o negativa. Detestaba haber acudido a este hombre, pese a intuir que el asunto que me llevó hasta él no le era desconocido, y que su agitación obedecía a eso precisamente. Decidí entrar a fondo.
―Como le dije el primer día, estas muertes tienen un denominador común, que soy yo. Pero en realidad eso no es del todo cierto. Hay otra circunstancia que hermana los crímenes y es que el mismo día que se producía cada uno de ellos, yo recibía en mi domicilio una carta certificada con este contenido.

Saqué del bolsillo interior del abrigo un sobre y se lo ofrecí. Don Teodosio dudó unos instantes y finalmente lo cogió con cierto temor. Extrajo su contenido, colocó en su nariz las gafas, y leyó para sí. Al terminar me lo devolvió inquiriendo:
―¿Qué significa esto?

Volví a guardar el sobre y recité de memoria:
― “El pecado de ellos se ha agravado en extremo” Génesis 18:20. I.M.C. in memoriam. Descanse en paz.
―Eso ya lo había leído― reprochó molesto don Teodosio.
―¿Reconoce la cita?― proseguí indiferente.
―Por supuesto, pertenece al pasaje de la destrucción de Sodoma.

El padre Rementería iba perdiendo la compostura. Con su enojo creciente pretendía aparentar dignidad, pero algo en su expresión dejaba ver que estaba a la defensiva:
―No quiero continuar con esto, ¿qué quiere insinuar con lo de la cita?
―La cuestión es la siguiente: se han producido la muerte de una serie de mujeres en circunstancias aparentemente accidentales, pero el autor ha querido dejarme constancia de su acción mediante estas cartas. Con cada muerte he recibido una idéntica excepto, lógicamente, en las iniciales de la víctima...
―Tal vez se trate de una broma de alguno de sus amigos de francachelas― interrumpió nervioso.
―No lo creo, sólo yo conozco la identidad de las mujeres, puede creerme.Pero eso no es todo. Lo más sorprendente es que cuando me he dirigido a Correos para interesarme por las cartas, he sabido que han sido enviadas la víspera de las muertes.
―Prefiero no saber nada más de este asunto― interrumpió don Teodosio ―No sé que tienen que ver conmigo.
―Eso se lo aclaro yo enseguida ―saboreé lentamente cada palabra. ―El remitente era un tal padre Teodosio Rementería.

 

CAPÍTULO VI

Don Teodosio siempre fue un hombre recio, de ademanes bruscos, con mucho más de capataz de obra ―gritón y adicto a los tacos― que de sacerdote pausado y ecuánime. Me barruntaba alguno de aquellos estallidos a los que tan acostumbrado me tenía durante mi infancia. Sin embargo allí seguía, con la boca abierta, con la mirada perdida en algún rincón de su conciencia.
Unas gotitas de sudor refulgían en su calva. Durante unos segundos pensé que le había dado un síncope. De repente, con movimientos descoyuntados, como si su cerebro fuese incapaz de sustraerse a la impresión que le habían causado mis palabras y no pudiera controlar sus miembros, extrajo de uno de los bolsillos de la sotana un pañuelo blanco, arrugado y con sospechosas manchas amarillas. Se frotó la calva con él con violencia, como si quisiera sacarle brillo.
Sus ojos inyectados en sangre se clavaron en los míos.
Esbocé una sonrisa burlona y eludí el efecto intimidatorio de su mirada. A mi vez paseé la vista por la media docena de calendarios Pirelli atestados de hembras desnudas. Las pobres llevaban años marchitándose sobre las paredes mugrientas de aquella sala. A aquellas alturas la mayoría de ellas habrían dejado ya los prostíbulos de lujo. La tos del padre Rementería me obligó a mirarle. Me puse en pie y estiré el torso mientras me acomodaba el abrigo y ajustaba la corbata.
―Y bien, padre? ¿Qué tiene que decirme? —pregunté mientras recogía de la punta de la lengua una imaginaria brizna de tabaco.

Don Teodosio iba recuperando la compostura. También él se puso en pie, se sacudió el abrigo y dio una vuelta en torno a la silla. Caminaba con la cabeza baja. Parecía rumiar algo en su interior.
―Nada, José Félix, no tengo nada que decirte ―me respondió desafiante ―.
―¿Cómo que nada? —inquirí un tanto irritado.
―Como que nada —repitió Don Teodosio con tono infantil.

Estiré el cuello y me ajusté la corbata de nuevo. Saqué un paquete de Camel de la faltriquera del abrigo y cogí un pitillo. Ni me molesté en ofrecerle al cura, quien me continuaba mirando sin parpadear y con gesto de enfado. Lo prendí con mi mechero Dupont de oro y exhalé el humo hacia el techo en un suspiro que quería reflejar mi enojo. Es esta una pose que tengo muy ensayada.
―A ver, padre. Parece que no se da Vd. cuenta de la situación —inicié mi discurso, amenazador.
―A ver qué —persistió en su actitud Don Teodosio—. Me doy perfecta cuenta.
―No, padre. Le recuerdo que las cartas me las ha enviado usted —aquí hice una pausa que pretendía ser dramática—. Y siempre antes de los asesinatos…
―Yo no te he enviado ninguna carta —aseveró Don Teodosio. Quiso parecer firme, pero detecté un atisbo de vacilación en su voz.
―Ya, bueno. Mire, padre, yo no creo ni por asomo que usted haya asesinado a esas mujeres, pero está claro que algún papel juega en toda esta historia…

Di una calada al cigarrillo y le miré. Esperaba algún comentario suyo, sin embargo permaneció con los labios apretados.
— …Así que —proseguí— antes de ir a la Ertzaintza pensé que sería mejor que habláramos sobre el asunto. No sabía que estaba usted de párroco en el centro de Bilbao… Fue una auténtica casualidad que le viera el otro día cuando entraba en la iglesia…
―¿A la Ertzaintza, desgraciado? —ladró el cura—. Con la que tienes montada te atreves a venirme con esas…

Arrojé la colilla al suelo. Levanté el pie para pisarla, pero lo dejé caer con un golpe breve a un lado. Las volutas de humo fueron testigos de lo que siguió.
―Quizá yo sea un crápula y un sinvergüenza. Puede ser. Pero yo no he matado a nadie, ni hago nada ilegal —levanté la voz—. Sin embargo me da que la Ertzaintza va a estar muy interesada en ver la carta que le acabo de enseñar.

Me giré y caminé hacia la puerta. Lo hice despacio, dándole tiempo para que meditara las palabras que, con toda seguridad, llevaba un buen rato masticando en la boca. No negaré que me sorprendió.
―José Félix, tú eres bobo, hijo mío. Tú eres bobo y parece que no te das cuenta.

Mis cejas se arquearon, mis ojos se abrieron y no me cabe duda de que mi rostro expresó la estupefacción que me causaban aquellas inesperadas frases.
―Pero…¿Qué coño dice? Ahora mismo voy a… —no terminé mi amenaza. Elevando la voz, don Teodosio se impuso.
―Tú no te vas a ningún sitio, ¡joder!

En ese instante, imagino que alertados por las voces del cura, penetraron en la estancia cuatro individuos. Entre ellos creí reconocer a Xabier, el portero. Los otros tres me parecieron hechos como por encargo debido a sus enormes y similares dimensiones de pectorales. Un minuto más tarde estaba sentado de nuevo, con las manos atadas a la espalda y con dos zarpas gigantescas que me empujaban hacia abajo y hacían que mis nalgas se clavaran en los afilados listones de la silla cervecera sobre la que me habían depositado.
―Lo tenía todo preparado —dije con voz temblorosa.

Don Teodosio me miraba ahora con rostro compungido, como si sintiera una pena infinita. Una pena que no era tanto por mí o por mi situación como por mi propia estupidez. Así me lo hizo ver.
―Decididamente, José Félix, tú eres bobo.
Miré a un lado y opté por un silencio ofendido.
―Tú por qué te crees que fijé este lugar para nuestra reunión.
―Pues no sé. Tampoco íbamos a hablar de todo esto en La Granja, digo yo.
―No, claro que no, pero con la encomienda con la que venías, la verdad, me sorprendí de que aceptaras —me sonrió—. Así ha sido mucho más fácil.
―Bueno, déjese de intrigas. No sé a que viene esto.
Reconozco que en aquellos momentos sentía una cierta inquietud. El cura levantó la vista hacia los gorilas que tenía a mi espalda. No pude evitar pensar de dónde coño los había sacado. Joder, no dejaba de ser un sacerdote. Hizo un gesto con la cabeza y al momento una cuerda atrapó mi torso y lo estrechó contra el respaldo de la silla. Rebullí unos segundos, pero un doloroso pescozón me dejó claro que sería mejor no oponer resistencia.
― ¿Qué coño va a hacer? —grité.
―Es por tu bien, hijo. Por el tuyo y por el de esas pobres mujeres —susurró.

Se me cayó la mandíbula. Cuando la recuperé le volví a gritar:
―O sea, que ha sido usted. Las ha matado usted, viejo cabrón. Que hijo de p... —de un bofetón arrancó de mi boca la última palabra.
―Mira que eres corto. Es que hay que explicártelo todo. Yo no he matado a nadie, pero sé quien lo hizo.

Desde luego aquella era la noche de las sorpresas. El aspecto apenado del padre Rementería me hizo envalentonarme.
―Ahora me va a decir —me burlé— que se ha enterado bajo secreto de confesión.

Una nueva bofetada me hizo ver que sería mejor cambiar el tono
―No bromees con lo sagrado, infeliz.

Dudó unos instantes. Noté en sus ojos que se debatía en la duda sobre si debía confiarse a mí.
―Así fue, José Félix —se decidió—. Por eso no puedo ir a la policía. Llevo semanas sufriendo, hijo. Cada vez que mata a una mujer viene a confesarse. Y yo no puedo hacer otra cosa que absolverle. Tú has sido algo que no me esperaba.
―¿Yo? ¿Por qué? —exclamé. Según pronuncié estas palabras me di cuenta de cuál sería la respuesta.
―Las cartas. Él quería que vinieras a mí.
―Pero yo no sé quién es el asesino —les prometo que en otras ocasiones suelo ser más lúcido. La situación no era la óptima para seguir elaborados senderos deductivos. Ni siquiera rectilíneos senderos deductivos.
―No, pero sí sabes quiénes son las mujeres —proclamó Don Teodosio triunfal.
―Sí, pero no pienso decírselo bajo ninguna circunstancia —dije, contumaz en mi estupidez.
―Sí… Sí que me lo vas a decir… —sonrió mientras, a mi espalda, crujían unos nudillos.

A Arsenio Vigalondo le gustaba leer en el Metro. El trayecto que cada mañana le llevaba desde Sestao, donde vivía, hasta la parada de Abando, le permitía abandonarse a su principal afición y perderse en mundos mucho más interesantes que éste en el que le había tocado vivir. Aquella mañana desabrida de invierno —lejana, ahora que corría por los amplios túneles del Metro bilbaíno—, Arsenio apenas consiguió reprimir una carcajada mientras leía las desopilantes aventuras que se narraban en su última adquisición: “Ocaso en Barnaul”, obra de un misterioso autor local que atendía a las iniciales LTLG, según decía la solapilla del libro. Y tan misterioso, meditó Arsenio, porque siendo de Bilbao le costaría horrores reprimir su natural fanfarronería y mantenerse en el anonimato. Más aún si cabe con el éxito que estaba consiguiendo la novelita. Experimentó una punzada de envidia. Y es que a Arsenio le hubiera gustado ser escritor. Conocía bien las calles y sus habitantes, y casos criminales que plasmar en los papeles no le faltarían. Treinta años de oficio eran muchos. Sin embargo la vida te lleva por donde ella quiere y son pocos los que se rebelan contra esa imposición. Arsenio nunca se había rebelado contra nada.
Sofocando la risa con una mano sobre la boca levantó la vista de las páginas y posó sus ojos en las dos mujeres que se sentaban frente a él. Ellas le devolvieron la mirada con un rictus de asco en la comisura de unos labios recubiertos de carmín rojo, claramente inadecuado para sus provectas edades. Estaba claro, un tipo que lee —y se ríe mientras lo hace— no es de fiar. Muy posiblemente será un peligroso degenerado. Esto era lo que se retrataba en sus rostros amojamados. Agitó la cabeza desechando la idea y se giró hacia la ventanilla de la izquierda: acababan de entrar en la estación de Sarriko. Las dos momias se apearon y a cambio ocuparon sus asientos dos jovencitas. Arsenio olfateó su frescura. Casualmente una de ellas llevaba en las manos un ejemplar de “Ocaso en Barnaul”. Su mirada se cruzó con la de la propietaria de la novela; en esta ocasión se estableció entre ambos una corriente de complicidad y simpatía. Mantuvieron una conversación breve y trivial sobre lo leído por ambos mientras el convoy se aproximaba a su destino. Al llegar a Moyúa la chavala se despidió y se desearon mutuamente una feliz lectura. Mientras la estudiante se apresuraba hacia la salida, Arsenio se recreó la vista con su trasero. Lanzó un suspiro de frustración. Tal vez pudiera acabar con el capítulo en el que navegaba antes de llegar a su destino. Sí, aún le restaban unos minutos de evasión de la realidad.
La disminución de velocidad del convoy hizo que Arsenio ojeara su reloj de pulsera. El tren se estaba deteniendo en la parada del Casco Viejo. Un cartel color naranja le indicó la salida de San Nicolás. Llegaría a tiempo a su cita en el café Boulevard.
La tarde anterior Joseba, su ayudante, le había entregado los resultados de la autopsia a los rottwailer que se habían merendado a su propietaria en la finca de Galdácano. Al leer aquellas líneas frías y asépticas confirmó su primera impresión. Los chuchos habían sido drogados. Aquella mañana quería intercambiar inquietudes con Alberto Fernández, el responsable de la oficina de Casos Extraños de la comisaría de Ibarrekolanda. Quizá pudiera ayudarle.
Arsenio empujó las puertas batientes del local y se adentró en la penumbra amarilla del Café Boulevard. Eran las nueve de la mañana y apenas unas pocas mesas estaban ocupadas. Se encaminó hacia el fondo, donde unas escaleras llevaban a una especie de entresuelo desde el que se accedía a una pequeña sala. Había quedado con Alberto en aquel lugar; allí estarían mejor, más tranquilos y fuera de la vista de posibles curiosos. Se acomodó con lentitud. Depositó gabardina y paraguas sobre una de las sillas de madera y mientras liaba un cigarrillo de picadura se entretuvo curioseando en los arabescos de estuco del techo. Así le sorprendió Alberto, con la mirada perdida, cuando apareció por las escaleras que venían de los aseos.
―¡Arsenio! ¡Buenos días! —saludó efusivo Alberto.
―¡Coño, Alberto! ¡Qué susto! No sabía que ya estuvieras por aquí.
―Sí, sí. Andaba apurado. Joder, me estaba meando. ¡Qué mal lo he pasado! Creí que no llegaba… —continuó Alberto—. Bueno, ¿qué es eso que me tenías que contar?

En ese momento apareció un camarero de chaquetilla blanca y tez cetrina. Sus rasgos le identificaban como descendiente de Moctezuma a pesar de su acento, más propio de algún caserío perdido en los montes de Markina. Ordenaron un par de cafés con leche, sin bollería, por favor, y se pusieron a lo suyo.
―Verás, Alberto —comenzó el comisario Vigalondo—, ya tengo la autopsia de los perros de Galdácano. ¿Te acuerdas?

Alberto asintió sin quitar los ojos de los labios de Arsenio.
―Drogados, ¿no?
―Sí, drogados hasta las patas. Lo extraño, sin embargo, es la sustancia que emplearon —Arsenio tomó aliento mientras arrojaba el pitillo a medio consumir sobre el cenicero—. Verás, se trata de un producto de muy poca circulación en el mercado ilegal de estupefacientes. De hecho, en principio, en el informe, el forense lo define como medicamento. Se trata de feniciclidina, también llamado polvo de ángel…

Alberto compuso su rostro para demostrar que no tenía ni asomo de idea de qué tipo de producto se trataba.
―Pues no me suena de nada. Y mira que ando siempre entre casos extraños —terminó la frase con una carcajada.
―De hecho se trata de un anestésico que se comenzó a fabricar allá por los años 50 —prosiguió Arsenio—. Por lo visto a mediados de los 60 se dejó de utilizar debido a que producía en los pacientes intervenidos agitación, estados de delirio y conductas irracionales.
―Me imagino lo que le puede pasar a un animal si se lo endosas…—apostilló Alberto.
―Sí, eso es. El caso es que en los últimos diez años no hay registro de su uso o adquisición en ningún hospital del Estado, como era de suponer. Sin embargo hace unos meses se detectó un alijo en el sur de Francia, de este polvo de ángel; al menos es lo que he encontrado en la base de datos de la Guardia Civil.
―¡Qué casualidad! Sin embargo me dices que no se emplea en medicina y que no parece una sustancia que abunde en las calles —se interesó Alberto mientras miraba a Arsenio por encima del borde de la taza.
―¡Ajá! Pero es que no acaba aquí la cosa. En aquel alijo, además de feniciclidina encontraron restos de otro anestésico: ketamina.
―Ketamina… No sé, me quiere sonar de algo —agitó la cabeza Alberto tratando de recolocar las piezas de su memoria.
―Claro que te sonará. Fue bastante comentado por lo chusco del caso. Escucha, te leo: “ …Y a dosis altas puede producirse un viaje psicodélico muy fuerte, pudiendo aparecer delirios y pseudoalucinaciones, perdiéndose la noción de quién se es y de dónde y con quién se está, con pérdidas de la noción del tiempo y del reconocimiento de lo que pasa alrededor. Algunas personas se ven fuera de su cuerpo o piensan que han muerto o van a morir.”
―¡Joder, claro! —exclamó Alberto, mientras un brillo de satisfacción aparecía en sus ojos.
―Eso es, Alberto.
―Sí, coño. Recuerdo que me lo comentó Uxue, la de Tráfico. Se refería a la mujer que atropelló el tranvía hace un par de semanas. Parece que el conductor iba hasta el culo de éxtasis —cruzó una mirada de inteligencia con Vigalondo.
―Pero no era éxtasis. Al final resultó que no lo era. Éste no veía elefantes azules, éste se empeñó en que la pobre mujer aquella era una reencarnación suya de otra vida y que no debía estar aquí…
―Eso era. Ocurrente el tipo. Pero tienes razón. De los análisis que le hicieron en Basurto llegaron a la conclusión de que había tomado ketamina… Lo recuerdo porque me preguntaron que si me sonaba de algo la droga esa de marras. Ya sabes, Casos Extraños igual a chico para todo —se quedó pensativo.
―Querido Alberto, pero es que te falta la última. Ayer mismo el forense me dijo que había habido otro crimen con la misma sustancia de por medio. Un caso de violencia de género, un hombre que se lió a hachazos con su señora en el Mercado de la Ribera. El tipo declaró en Comisaría que había confundido a su mujer con un manojo de puerros y que, a él, los puerros le gustaban picaditos. En fin… —enarcó las cejas Arsenio con excepticismo—. Los de Homicidios no le dieron demasiada importancia a la droga, porque el tipo debía llevar encima un cóctel de ellas. Pero… Al Dr. Lavín estas, llamémosle casualidades, no se le escapan.
―Vaya, vaya, inspector Vigalondo, sí que ha hecho usted los deberes —le alabó el agente de Ibarrekolanda—. Ahora me contarás que es lo que te ronda el caletre y en qué quieres que te ayude, ¿no es así?
―Así es, amigo mío —sonrió triunfal Arsenio mientras hacía un gesto al camarero de Markina—. La cuenta, mozo, que llevamos prisa.

 

 

CAPÍTULO VII

Charlotte está en La Catedral tomando un café con leche mientras José Felix espera en la zona peatonal entre la Escuela y San Mamés.No ha tenido dificultades para seguirle desde el aparcamiento del Conde Aresti, donde su amo aparca habitualmente cuando baja a Bilbao. Piensa que le conoce bien y se siente orgullosa por haberle adelantado, a gran velocidad por la Avanzada, ganando el tiempo suficiente para situarse en las cabinas telefónicas de la entrada del garaje, desde donde le ha visto entrar con el coche y al poco tiempo salir hacia la Gran Vía, por donde le ha seguido, a una distancia prudencial por la acera opuesta, hasta Moyúa, Ercilla y, por último, Alameda de Urquijo. Se siente la alumna aventajada del “Manual del perfecto detective” que compró hace varias semanas en la “Tienda del Espía”: ha elegido la ropa más horrorosa y vulgar que tenía en el armario, unos zapatos bajos y una gabardina impermeable, que nunca se pone y odia a muerte, pero que hoy le ha servido para completar su disfraz que, junto a la peluca caoba corta y un macuto viejo, le asemejan a una tortillera “borroka”.

Ahora, en el bar, recuerda como comenzó su relación con J. F., o ¿debiera decir con las paranoias de José Félix?. Fue hace dos veranos. Ella estaba pasando unas cortas vacaciones, con Paola y Sheng Cheng, en una ciudad perdida del norte de España en la que habían construido el edificio más extraño de la historia y que su profesor de Arte de la Universidad Miskatonic, de Arkham MS, les había recomendado visitar como complemento a su licenciatura en arquitectura. El viaje estaba siendo un éxito, habían visitado el Guggenheim y el Casco Viejo, comido hasta hartarse y bailado en los locales nocturnos hasta la madrugada. La última mañana decidieron dedicarla a conocer un transbordador de estructura metálica existente entre dos lugares de nombre fascinante: Portugalete y Las Arenas. Para ello tomaron un metro abarrotado, en un mediodía sofocante.
Charlotte se sentía observada: 1,75, tipo irlandés, blanca como un ángel con pecas, pelo rojo, liso y hasta el hombro, cejas amarillas, nariz de pajarito, ojos cobalto, delgados labios de sangre, pechos pequeños y duros, culo respingón. Estaba envuelta en una camiseta blanca, de tirantes, con rosas silvestres fucsia cosidas con torzal amarillo a la pechera, rodeando el cuello de nata con un festón rojo, y en unos pantalones Capri de algodón blanco, sujetos con un cinturon rosa nacarado con pedrería en la hebilla, bién metidos entre las nalgas, merced a su tanga, también blanco por supuesto, con claveles bordados. Completaban su atuendo unas sandalias rosa y un bolsito blanco.
Se sentía observada por un hombrón latino, algo entrado en años, pero aún atractivo, que miraba sus ojos, su cuello y sus brazos. También miraba a Sheng Cheng, pero menos. Decidió acercarse a él y colocar su mano en el mismo barrote al que se agarraba el moreno canoso, impecable con su americana de verano príncipe de galés pistacho, pantalones prato de pinzas, de lana mezclada, y camisero avellana.
Poco a poco sus manos se rozaron. Era inevitable con tanta gente. Él bajó la mano, por el barrote, hasta la altura de su vientre desnudo y adelantó el dedo meñique. Charlotte no perdió la oportunidad de acercarse a aquella uña que hizo arder su piel cuando la alcanzó. El la miraba y sonreía con colmillos afilados.
El tren se detuvo y sintió una mano muerta en el pandero, se dio la vuelta y apartó de un codazo a un baboso viejo y feo, que le produjo una enorme repulsión. Afortunadamente, Paola y Sheng Cheng salieron del vagón y élla las siguió un poco azorada, cuando, en el andén, notó una ligera presión en su antebrazo izquierdo y se encontró con una mirada negra y una voz profunda, que la hipnotizó:

―Buenos días. No piense que todos los hombres somos iguales. Me llamo Juan Romeo y estoy a su disposición. ¿Necesita ayuda?

Completamente trastornada, allí cayó en sus manos. Primero una jornada romántica junto al mar; después un final, de fuegos artificiales, en la cama de su apartamento de soltero. Al día siguiente la convenció para quedarse en Bilbao una temporada, luego definitivamente: la buscó trabajo, vivienda y, a la par que organizaba su vida, la fué introduciendo en un mundo de fantasía sexual impensable para una señorita católica del Medio Oeste. Finalmente, llegó el sexo con extraños y el servir de añagaza para embaucar a otras mujeres. Todo lo soportó y lo soporta por esa atracción que J.F. ejerce sobre élla; una atracción que no puede explicar.
Es cierto que hubo una ocasión en la que Charlotte quiso abandonar a José Félix, pero él se limitó a poner un vídeo, en el que media docena de negros se turnaban en llenarle la puerta trasera de carne en barra mientras se la chupaba a J.F, y a darle una relación de los nombres y direcciones de todos los habitantes de Carrollton KY... Sus padres se hubieran muerto de vergüenza y ella asumió que sería su esclava, para siempre.
A su pesar, tenía que reconocer que la vida no le trataba mal, tenía trabajo y casa propia, amigos e incluso un novio al que Charlotte podía hacer una pajita de vez en cuando, con el permiso de J. F., obviamente. Además, la doble vida le gustaba; sí, le gustaba ser una chica mala, y a veces J. F. le dedicaba atención particular y le hacía reir, diciéndole que el color de sus ojos era como el del sulfato que se echa a las patatas; y también reía cuando José Félix le llenaba de calor el cuerpo. Solo él le hacía reir así.
Pero, desde hacía algunas semanas, las cosas habían empeorado. Varias mujeres de la cuadra habían muerto en extrañas circunstancias. José Félix quería creer que era el único que conocía a las yeguas y a los jinetes, pero Charlotte no era tonta, podía ser un putón, pero no tonta. Además J. F. parecía trastornado y más desde que entró a la Iglesia del Sagrado Corazón, para hablar con aquél cura tan raro. Charlotte tuvo miedo y decidió no separarse de J. F., pero de forma discreta y sin llamar su atención.
Sí, llevaba casi un mes siguiéndole. Al principio le costó un poco pero pronto encontró donde proveerse de todo lo necesario, y todo es todo: desde información a ...todo. Por que José Felix necesitaba que cuidasen de él, y para eso estaba élla.
La llegada del odioso sacerdote hace que vuelva al presente, pague el café y atraviese la calle hacia la portilla en la que han desaparecido los dos hombres y que encuentra cerrada, con lo que puede deleitarse con los ejercicios correspondientes al capítulo: “palancas y ganzúas”, pero poco tiempo, pues es una simple cerradura “yale” que abre según el método de la radiografía.
En el interior del estadio la cosa se complica, J. F. y el cura han desaparecido en un laberinto de puertas y corredores; pero, en la panoplia de la joven detective no puede faltar el aparato GPS que rastrea el emisor camuflado en el Dupont de regalo por el Día de las Esclavas Enamoradas, verbigracia cualquier día.
Siguiendo la señal, llega a un cuartito decorado con unas mujeres en cueros que anuncian neumáticos, donde el cura cabrón y cuatro energúmenos están inflando a hostias a su dueño y señor. Y Charlotte se hubiera alegrado de haberse provisto de todo lo necesario, especialmente cuando todo lo necesario es una SIG ― Sauer P230 9 mm, de fabricación suiza en aluminio, reglamentaria en el Tercio de Armada e ideal para jovencitas “irishamerican” que quieren estar debidamente protegidas, que su novio guarda en el cajón de la mesita de la izquierda. Pero, Charlotte es una sencilla esclava paranoica, por que su amo se muestra distante con élla, y lo único que ha hecho es gastarse ciento cincuenta mil pesetas en cacharros que no sirven para nada; ahora que es más necesario. Solo le queda su coraje y con él defenderá a su dios. Sin más dilación entra en la habitación gritando:
―¡Yo te voy a decir quienes son las mujeres y cuatro cosas más! ¡Hijo de la gran puta!

CAPÍTULO VIII

La irrupción en escena de Charlotte sorprendió a los hombres. El tono seco y enérgico de sus palabras dejó paralizados a los matones, que miraban a la mujer con un rictus de incredulidad y estupefacción en los rostros. D. Teodosio, que había levantado instintivamente los brazos y se había separado de los demás protagonistas de aquella escena rocambolesca retirándose a una esquina de la estancia, estaba lívido, con el rostro desencajado y los ojos fuera de las órbitas. José Félix, por su parte, intentaba sobreponerse a las consecuencias inmediatas de la paliza que le habían propinado: al dolor que le producía la herida abierta en sus labios, a la sensación de asfixia que le causaba la fuerte hemorragia nasal que sufría y que le impedía respirar con normalidad, y al escozor que sentía en los ojos, bañados por las gotas saladas que afluían a ellos en hilos de sudor provenientes de la frente.
―¡Vosotros, al suelo!, ordenó resuelta Charlotte, aprovechando el desconcierto de los boinas rojas convertidos en hampones. Éstos obedecieron. Y, cuando consideró que habían concluido la operación, añadió: ¡Boca abajo! ¡Con los brazos extendidos! ¡Y mucho cuidado! ¡Al que se mueva, le frío los huevos!
Después, apuntó a D. Teodosio con la pistola, y le indicó:
―¡Usted! ¡Baje los brazos! ¡Despacio! ¡Sin malos rollos! ¡No quisiera tener que cargarme a un cura! ¡Ande, suéltelo!

D. Teodosio temblaba visiblemente. Nervioso, casi sobrecogido, dio varios pasos, pero tropezó con la silla que hasta hacía poco tiempo le había servido de escaño en su labor de inquisidor, y estuvo a punto de caerse encima de uno de los fardos humanos tirados en el suelo.
―Pero...¡qué hace! ¿A qué juega? ¡Menos payasadas, eh! ¡Que no tengo el potorro para ruidos! ¡Muévase! ¡Y suéltelo de una puta vez!, amenazó Charlotte, enfadada y algo excitada.

El cura sorteó, no sin dificultad, los cuerpos de dos de sus compinches, y llegó a la altura de la silla en la que permanecía el hostiado José Félix. Como pudo, procedió a soltar los nudos de las cuerdas que lo ataban a ella. Y, a pesar de la crisis de pánico que estaba sufriendo, así lo evidenciaban los movimientos torpes e imprecisos de sus manos y el jadeo entrecortado de su respiración, no tardó mucho tiempo en liberar al cautivo de las ataduras.
Cuando se vio libre de aquellas cuerdas que le oprimían el pecho y le quemaban la piel de las muñecas, ya en carne viva, José Félix se incorporó, lentamente. Se encontraba débil y muy aturdido, como si acabara de salir de una larga convalecencia. Presentaba un aspecto lamentable: los ojos semicerrados, hinchados y enrojecidos; la nariz amoratada e inflamada; y la boca, la barbilla, las mejillas, el cuello de la camisa y las solapas de la chaqueta, manchadas con sangre. Lo veía todo borroso. No sabía muy bien qué debía hacer. Así que buscó en el interior del bolsillo del gabán, y de él extrajo un pañuelo, con el que comenzó a limpiarse la cara. El Padre Rementería continuaba a su lado, inmóvil, con los ojos abiertos como platos, en pose de estatua. Ambos miraban derrotados a la mujer que seguía empuñando el arma, y que dominaba la situación. Uno y otro mostraban similar expresión de perplejidad. Esperaban alguna orden o instrucción suya; pero ésta, a su vez, parecía no tener claro cómo debía proceder. Aunque, solventó de un modo ciertamente expeditivo cualquier atisbo de duda.
―¡Usted!, apuntó al sacerdote. ¡Póngase ahí, junto a sus amigotes!

Éste vaciló.
―¡Jodé! ¿no me ha oído?¡Al suelo! ¡A compartir cemento con esa morralla!

Ordenado. Y cumplido. D. Teodosio se acomodó en medio de sus secuaces, boca abajo y con los brazos extendidos, al igual que ellos.
Charlotte entonces se dirigió a José Félix.
―¡Tú! ¡Coge ese manojo de llaves!, señaló el lugar con un leve movimiento de la cabeza. Y ¡dámelo!

―Eran las llaves que había utilizado D. Teodosio para abrir la puerta de la cancela que daba acceso a los vestuarios. Estaban en el suelo. El cura las había tirado, cuando tropezó con la silla. José Félix cogió el manojo, y se lo entregó a su desconocida y providencial salvadora.
―Y ahora ¡sal de aquí!, le ordenó ésta.

José Félix se mostró indeciso.
―¡Vete ya! ¡La fiesta se ha acabado!,insistió un tanto irritada.

El hombre no se hizo repetir la orden, y se marchó. Charlotte esperó unos minutos apostada en el quicio de la puerta de la habitación. El cura y sus cuatro ayudantes permanecían tumbados boca abajo, pegados al cemento. Estaba convencida de que ninguno de aquellos mequetrefes iba a moverse de allí, hasta que se viera seguro. Aún así, les recordó con tono intimidatorio:
―¡Como alguien mueva un dedo, le agujereo la tripa!

Charlotte miró el reloj. “Nueve minutos”, pensó, “José Félix ya estará lejos de San Mamés”. Cerró la puerta, y salió corriendo en dirección a la entrada de la zona de vestuarios. Cuando llegó al vestíbulo, se percató de que la puerta de acceso a la cancela tenía cerradura. Probó varias llaves. A la séptima fue la vencida. “Ya no hay peligro”, se dijo, “esos idiotas no pueden salir”. Arrojó el manojo de llaves a un cajón que hacía funciones de paragüero. Observó que José Félix había dejado abierta la puerta metálica de la salida. Se encaminó hacia allí, y abandonó el lugar.

 

CAPÍTULO IX

La Sacristía reposaba en silencio tras la espasmódica rapsodia del ultimo rosario recién terminado. Don Teodosio repasaba una y otra vez la lista que Astoreka le había pasado no sin esfuerzo.. Dudaba cristianamente entre acudir inmediatamente a la policía o consultar con el coadjutor. El obsceno sonido del teléfono le arranco bruscamente de sus cavilaciones.
―¿Don Teodosio Rementeria?
―Sí, yo mismo.
―Llamo en nombre de José Felix de Astoreka que le solicita una entrevista privada esta misma noche.
―Pero, ¿quién es usted y por qué no me llama él sin intermediarios y qué coño me tiene que decir que no me haya dicho ya?

―Permítame que conserve el anonimato. José Felix esta realmente muy afectado por el ultimo encuentro con usted y quisiera aclarar algunos extremos de su ultima conversación.

Don Teodosio dudo por unos instantes si mandar a este pajillero a freir espárragos o aceptar la invitación para partirle la cara a ese degenerado de Astoreka, que parece mentira que haya sido su alumno.
―De acuerdo. Dígame donde y cuando y concédame la gracia de no tener que escuchar más su empalagosa voz.
―En un Bar llamado Lamiak a las 20,45h de esta noche.
―Dígale a su patrón que allí estaré.

No le costó mucho dar con el lugar. El paseante que le guió hasta casi la puerta del bar se mostró sorprendido de que “un hombre de sus características se interese por un bar como ese”.
El sacerdote se precipitó dentro del bar sin consideraciones previas. El efecto que su veterana sotana causo en los espíritus de los parroquianos que allí apaciguaban sus inquietudes, es sólo comparable al efecto de un desagüe en un barreño. Todas las mustias luces de aquel coqueto bar de ambiente parecían iluminar al Padre Rementeria.
Una de las tres camareras se dirigió a él en un tono agrio.
―¿Qué quiere?

En ese preciso momento Don Teodosio bajó del limbo de sus pensamientos y se encontró con una joven tísica, con el pelo color zanahoria, recorrida por varios piercing y media docena de tatuajes, que le amenazaba tras unos ojos minúsculos circundados por unas ojeras color malva.
―Una copa de cazalla.
―No hay.
―Pues aguardiente.
―¿Blanco, de hierbas o de te?
―Blanco.
―¿Chupito o copa?
―Oye eres una joven muy simpatica, así que seguro que me vas a poner el aguardiente sin volverme loco ¿verdad?

Aprovechó el desconcierto de la muchacha para echar un vistazo por el bar y entendió. Recordó instintivamente aquella máxima de uno de sus maestros del seminario de Salamanca “un cura sin sotana es como la trinidad sin espíritu santo”.
Cogió la copa y se sentó. La silla y la mesa resultaron ser mas incómodas que el local; bajas, ásperas y duras. Se concentró en su cometido y pudo asegurarse que Astoreka no estaba allí. Apenas tres parroquianos en la barra y una pareja de jóvenes amables en una mesa cercana. Se preparó para esperar en aquel lugar de pesadilla. La camarera de color zanahoria no le quitaba ojo mientras mordisqueaba lo que parecía un alfiler.
Llevaba ya media hora larga y se le estaba empezando a dormir la pierna, le dolían los riñones y la mirada de la zanahoria se le clavaba dentro, ayudada ahora por una compañera de pelo amarillo y larga y picuda como una cigüeña.
Cuando cumplida ya una hora se le había acabado el aguardiente, los jovenzuelos habían pasado a mayores y se había unido una tercera camarera, gorda y renegrida, decidió que ni el sentido común ni su paciencia le podían obligar a esperar mas. Salió del bar y creyó oír aplausos a su espalda. Fuera, la noche, una densa niebla y un persistente sirimiri conformaban un mosaico nervudo.
Decidió acortar por los cantones. Caminaba rápido a pesar de que la fina lluvia y la niebla le cubrían los ojos. Estaba empapado y sintió un escalofrío. Se giró, pero no vio ni un alma en aquella calleja. Siguió y oyó unos pasos y un bastón. Volvió a girarse. Nadie de nuevo aunque quizá en la esquina contraria, la sombra de un ciego que vendiera cupones. “No puede ser a esta hora y con este tiempo” pensó. Volvió a mirar y efectivamente no había nadie. Siguió y otra vez los pasos y el bastón. Esta vez no se volvió, aceleró el paso. Llovía más. Más pasos y más bastones. Más deprisa, sudaba bajo la lluvia. Le quedaban apenas dos manzanas para llegar a casa. Estallaron con fuerza los pasos y el bastón y supo que alguien estaba a su espalda echándole el aliento en la nuca. Comprendió que debía volverse pero un instante antes sintió un pinchazo en la espalda, quizá un bastón y todo se apagó.

―Coño, Alberto ¿cómo tu por aquí?
―Ya sabe inspector que me gusta estar en el lío. En realidad quería hablar con usted y me dijeron en Comisaria que estaba aquí en el levantamiento de un cadáver.
―Un cura. Teodosio Rementeria de la Parroquia de…. No me acuerdo. Esa que está cerca de El Corte Ingles. Ha aparecido degollado esta madrugada en un recodo de la ría sobre un montón de mierda de marea baja. Cuando llegamos las ratas estaban dando cuenta ya de sus ojos.
―¿Un cura? ¡Qué raro! Con la escasez que hay de ellos, ya casi nadie los mata.
―Hay varias cosas raras, le azotaron fuertemente las nalgas y las palmas de las manos con algo parecido a una palmeta de madera.
―Como un castigo escolar.
―Si, puede ser algo así. Y aun más, estaba drogado antes de morir.
―¿Con ketamina?
―Todavía no lo sabemos está el laboratorio en ello. Pero, no creo es solo un cura no una mujer.
―Yo de eso te venia a hablar. He estado haciendo algunas averiguaciones y la ketamina y el polvo de ángel sólo han podido entrar por Francia. Un amigo de la Gendarmeria me asegura que aprehendieron una partida de esas drogas hace pocos meses. El material lo introducían en lanchas rápidas por la costa de los corsarios cerca de Hendaya en el Dominio de Abbadie.

―Conociéndote estarás deseando darte una vuelta por allí.
―Estoy algo descargado de trabajo y no te oculto que ardo en deseos de perder de vista a mi jefe por una temporada.

―Bien, si te parece elevaré una petición oficial a tu comisaria y espero que en un par de días puedas hacer las maletas.

Al fondo, por el embozo de una camilla una sotana sucia y conocida asoma sin esperanza.

 

 

 

CAPÍTULO X

Sumergido en la bañera notaba como el agua dibujaba pequeñas olas sobre el contorno de su cuerpo. Con un dedo trataba de escribir una palabra en la espuma, pero el primer trazo nunca sobrevivía al segundo. Tampoco lo había hecho su madre pues les dejo demasiado pronto: él tan solo contaba con 18 años y su hermana apenas había cumplido cinco.
Algún día se podría leer venganza y ya nada la podría borrar. Si hubiera podido sonreírse lo habría hecho pero su expresión era inerte, porque así había nacido, marcado.
Una rubéola durante el embarazo de su madre, le dejo de herencia el Síndrome de Guillan―Barré, causándole una parálisis facial. Desde siempre sus sentimientos se escondieron tras una máscara de carne muerta por la que susurraba palabras desprovistas de sentimientos.
Sus años de juventud no le fueron bien, causaba pena entre los mayores y burla en sus compañeros, pero siempre tuvo la convicción de que algún día llegaría a tener el control, el respeto de los demás, y él mejor que nadie, sabía que generar miedo era un camino, el otro, la determinación.
Solo en casa, junto a su madre y su hermana, pudo encontrar sinceridad tal vez amor.
Al recordar se tensaron sus abdominales sobre su tersa piel. Su cuerpo era fuerte, lo había trabajado con el mismo tesón que su carrera de médico. Su éxito profesional le había concedido el pase de entrada en la selecta élite bilbaína. Todo lo que no tuvo cuando era un niño le había sido concedido al asumir la dirección de una de las clínicas de cirugía estética más prestigiosas del país. Había llegado su momento.
Se incorporó y el agua desnudó su cuerpo. Alcanzó la toalla, la abrazó a su cintura y se situó frente al espejo situado sobre el lavabo de mármol de Carrara. Con la mano retiró el vaho del cristal. Allí estaba él, concentrado en engañar a los músculos de la cara para que esbozaran cara de satisfacción, pero su reflejo permanecía impávido. Con resignación se metió el dedo índice de cada mano en la boca, y estiro los labios hacia las orejas a modo de sonrisa macabra.
“No hay nada después, tú ya lo sabes, Don Teodosio. Para ti todo se ha acabado”― y recordó como el puñal se hundía en la carne hasta alcanzar el hígado sin oponer mucha más resistencia que la sotana. Sus intentos por gritar fueron vanos.”
“Tu asquerosa cara de horror cuando ahogabas en sangre tus últimos suspiros desde el suelo sin poder encontrar en mi rostro resquicio alguno de sentimiento. ¿Tuviste tiempo para arrepentirte por el infierno que me hiciste pasar o tu fe se quebró en el último momento?”
En su piso de la Gran Vía todo era blanco y negro, minimalismo sobre los suelos de roble gastados por el paso del tiempo y vacío sobre los altos techos victorianos. En su habitación, una cama japonesa con sábanas de raso le aguardaba para acogerle en su descanso. Un último pensamiento antes de cerrar los ojos :“José Felix te van a follar”.

 

CAPÍTULO XI

La tarde era soleada. Soplaba un fresco aire primaveral que hacía mecerse a las hojas de los plátanos del Campo de Volantín, la gran muralla verde refugio de gorriones de la margen derecha del Nervión. Bajaba el cauce verdoso y en apariencia viscoso; los lentos y oscuros mubles, como oscuros seres misteriosos, ondulaban la superficie del agua a la salida del desagüe a la altura de Uribitarte. Buscaban la pitanza como cualquier especie animal que medra en este mundo, en los desechos de la civilización humana. Mientras, los paseantes caminaban y charlaban en número nutrido repartidos por el paseo pavimentado. Nada desentonaba en la calma de la luz naranja de ocaso que marcaba el final de aquella benigna tarde primaveral y por ello podría intuirse una paz gratuita y efectiva entre los viandantes del paseo.
José Felix acostumbraba a pasear por el muelle de Uribitarte cuando se le hacía tarde en el trabajo. Para retornar a casa, en vez de callejear como era lo usual, los incipientes rayos de sol vespertinos le empujaban a lugares abiertos donde relajarse tras un día entero sentado en su despacho de la Gran Vía, en el edificio de un importante banco, como gestor de cuentas y asesor de riesgos financieros. Se dirigía a la zona de Mazarredo donde le esperaba el hogar familiar. E iba pensando para sus adentros en la cita mensual de la Sociedad Bilbaína ― de la que era socio por obra y gracía de su padre ― que tendría lugar esa noche con el inocente pasatiempo de charlar mientras picaba algún canapé en el cóctel habitual con que eran agasajados los reunidos. Tenía el tiempo ajustado pues, para ducharse, cambiarse de ropa y llegarse a la parada de tranvía más cercana. No tenía grandes ilusiones puestas en los diálogos triviales que frecuentaba noches como ésta pero para él significaba un dejarse llevar y un divertirse sin pretensiones llegando a la paz que proporcionan un poco de alimento y un tanto más de vino tinto bien criado en barrica. Eran encuentros intrascendentes ― algunos lo veían como importantes ecos de sociedad de obligado cumplimiento, otros hacían incluso negocios en aquellas reuniones cargadas de etiqueta ―, amenos ... que le hacían olvidar las horas grises pasadas a refugio en su oficina y además quebraban la rutina familiar de bandeja y televisión. Un poco de aire fresco para su alma oscurecida por el aburrimiento rutinario al abrigo de los teóricamente círculos más selectos del Bocho.
Iba sumergido en sus pensamientos cuando algo le impulsó a sentarse, fuera quizá un presentimiento, una imagen ahora casi borrada tras un duro día de trabajo. Tomó asiento en un banco mientras el tranvía se acercaba flotando sobre el césped del paseo y los viajeros con prisa correteaban hacia el andén. Se colocó el maletín de cuero sobre los muslos y sacó El Correo para empezar a hojear sin un fin concreto; las páginas locales, la sección de política local, las necrológicas ... la de política internacional, ... las centrales hojas de opinión, ... y volvió rapidamente a las esquelas : había varias fotos pero sólo una se le había quedado en el trastero de su cerebro, raramente fija y flotante. El rostro tenía cierta mirada conocida; dirigió la vista hacia la derecha : rezaba SJ ― sacerdote jesuíta. Volvió la mirada hacia la pequeña foto en blanco y negro y finalmente su atención quedó clavada en el apellido Rementeria. “Era ... ― un escalofrío le recorrió las tripas y el espinazo ― don Teodosio, aunque ... la fotografía no le hacía justicia debido a su antigüedad” pensó para sí en una mezcla de oscuridad mental y naciente tristeza. No sabía que hacer ni pensar. Se quedó frío repentinamente. El funeral había sido celebrado esa misma tarde en la iglesia que tan bien conocía, en esa de ladrillo rojo que se yergue cercana al antiguo teatro Coliseo. El templo de sus confesiones extemporáneas, de sus indagaciones criminales y por qué no de sus revisitaciones del ya lejano pasado infantil.
“¿Qué le había ocurrido al vehemente miembro del sanedrín local? Apenas habían caído unas pocas hojas del almanaque desde el último ― ciertamente tenso ― encuentro en La Catedral” ― elucubró José Felix. Instintivamente, imaginando extremos en principio cinematográficos, buscó en las páginas de sucesos locales : una foto en blanco y negro de un muñeco inerte ataviado de negro, izado de la Ría por los bomberos llevaba el siguiente pie :
“Encontrado el cadáver de un hombre de setenta años que responde a las iniciales de T. R. en el muelle de la Naja”.
El rostro lívido de Astoreka fue una completa mueca de estupefacción. Manoteando rebuscó la cajetilla de Winston y una vez acertó con el chisquero, pudo tragar una bocanada de humo para sosegar su ritmo mental, sus manos temblorosas y su repentina urgencia por caminar ...

oooOooo

Arsenio Vigalondo había puesto en orden unos papeles que reposaban tiempo ha en la mesa de su despacho. Se quitó los lentes y frotó sus ojos. Eran las siete y media, una muy buena hora para regresar a casa. Cesó el universo de horas interminables. En vez de tomar el metro, tras haberse dejado caer por Hurtado de Amezaga, plagada ya bien entrado el crepúsculo de hombres de color, de rostros indistinguibles, subió las escaleras mecánicas del gran hall de Abando y tomó el tren destino a Santurce, que salía en pocos minutos. Le gustaba variar azarosamente de medios e itinerarios para dar un aliciente más al retorno a casa. Sacó la novelita fantástica y se pusó a leer; los ojos se le cerraban y se volvieron a abrir en hecho providencial cuando los vagones del convoy entraban en La Iberia. Bajó agarrándose al estribo y tras pasar las ruletas metálicas, comenzó a ascender la cuesta que lo separaba del casco urbano de Sestao, ese lomo agreste que daba la espalda a las aguas de la Ría. Pronunciaba para sí el nombre de la estación, distinguido, huecamente lejano : “La Iberia”. El río humano se disgregó a pie de cuesta para tomar mayoritariamente dirección hacia arriba. Su impronta policial le hizó echar una mirada circular a la gente que caminaba cercana a sus pasos. No había tenido nunca un percance fuera de servicio pero los tiempos no se prestaban a tener confianza en los de cierta ralea y el hierro había que llevarlo dispuesto y en ristre para defenderse si era llegado el caso.
Giró la llave de la puerta y oyó voces de mujeres en alegre conversación ...
―Buenas noches, aita ― saludó incorporandose Amaia, hija mayor del comisario, y estampando dos besos en los papos del progenitor, antes que policía e inflexible brazo de la ley.

En curioso cuadro costumbrista estaban tomando café y pastas las hijas y la esposa ― sus tres mujeres ― del comisario con un cuarto acompañante de característico runruneo, la televisión.
―¡ Qué reunión más pizpireta ! ¿Tienen ustedes permiso de la autoridad? Pues de lo contrario les pongo las esposas ― bromeó burlonamente Arsenio.
―Sólo hablaré en presencia de mi abogado ― dijo Maite, la hija menor a la vez que daba dos ósculos al “pater familiam”.
―¿Mucho trabajo, Arsenio? ― pregunta la esposa, Conchita de nombre.
―Bueno y ¿cómo te contó tu marido que se iba de casa?” ― decía el televisor que decía la presentadora bombón del reality show vespertino.

Arsenio se quitó la gabardina, se pusó ropa de casa y se sentó en su sillón dejándose caer como dando a entender que estaba horriblemente cansado o simplemente abrumado por las tareas del día.
―Siempre hay lugares por los que merodear, papeles que cumplimentar y pistas en las que reflexionar. Que os voy a contar que no sepáis ya, queridas. ¡ Eso sí ¡ En cuanto me abran hueco los dejo más colgados que un cuadro ― desveló Arsenio.
―Traerás hambre ¿ no Arsenio? ― interrogó conociendo la respuesta de antemano, la esposa del policía.

―Me dijo un día : adiós, cariño, lo nuestro se acabó ― continuaba la caja de radiaciones en abierto testimonio de un ser de carne y hueso, una fémina, cediendo la palabra a la presentadora ávida de saber.

Le gustaba a la esposa cuidar del estómago del diligente gendarme que no sólo rumiaba informes, pistas y rastros, sino que además también necesitaba alimentos terrenales para seguir rumiando también al otro día. Habitualmente Arsenio malcomía entre horas y era en la cena, cuando su mujer le presentaba la comida sobrante del mediodía, el momento en que dejaba a un lado su madeja de pistas inacabadas en la recámara de su mente y disfrutaba de la necesaria tranquilidad de espíritu para gozar de unos alimentos bien cocinados.
―¿A qué se debe este encuentro familiar, hijas mías? ― preguntó Arsenio.
―Ya sabes aita que nos gusta visitaros de vez en cuando ... además hemos coincidido mi Maite y yo sin previo aviso ― añadió la primogénita.
―Ama también ha llegado antes de tiempo aburrida de tocar pelucas de arpías... ― acabando en una risa contenida.
―Oye hija que sus duros les saco por unas migajas de belleza . Mientras me paguen, eso que entra en la economía familiar. Ahora que ya sólo somos dos en la casa ― con resignación apuntó Concha.
―Pero te daría alguna explicación ¿no? ― la presentadora televisiva.

La esposa ofreció cena sus hijas y ambas rechazaron la oferta pretextando tener la cena lista en sus casas. Arsenio acució a su mujer y ésta le calentó unas vaínas con patatas que le sirvió en una bandeja coloreada junto con un currusco de pan y un vasito de vino tinto.
―Y a vosotras ¿ cómo os marcha la vida, hijas? ― pregunta el polizonte ahora en pantuflas, batín y bandeja en ristre.
―Ya sabes, como siempre, aguantando mecha pero no nos podemos quejar, ¿verdad ama? ― dijo la mayor hablando en nombre de las dos hermanas.
―No hijas no. Mientras haya qué vestir y qué comer, no hay que pedir demasiado a la vida . No nos podemos quejar. Yo rezo por todos y no nos va mal. La Providencia nos tiene bajo su manto ― periclita la madre con ojos húmedos.
―Bueno ... me da bastante vergüenza decirlo ... parece que se ha liado con uno del trabajo. Vamos, como que ha salido del armario tras quince años de matrimonio ― contesta la abandonada esposa, televisiva también.

Se cuela entonces en la conversación un elemento más : el teléfono de la misma sala donde se encuentran charlando, que queda cercano a la guardiana de la casa. Y lo hace con un zumbido suave pero perentorio, inaplazable :
―Dígame ... ― contesta doña Concha.
―Sí ... ― y tapando el auricular ― Arsenio, es uno de tu oficina. Creo que es ese ayudante tuyo, Joseba. Dice que acaba de llamar de la prefectura de Abbadie un tal Julien Bederatsi o algo así.
―Baja la tele, por favor, Maite, y perdonadme un momento― ataja Arsenio mientras le pasan el inalámbrico ...

 

CAPÍTULO XII

Agarra el auricular sin poder disimular la ansiedad y responde enérgico:
―Dime, Joseba..., si...si..., entiendo..., si, en diez minutos.

Las mujeres observan la escena algo sobresaltadas. Cuando Arsenio devuelve el teléfono a su mesita, su mujer pregunta con un deje de disgusto:
―No volverás a salir a estas horas.
―No tengo más remedio, Concha. Espero regresar en un par de horas. ―responde Arsenio mientras se encamina a su cuarto para volver a cambiarse de ropa.
―No entiendo que no haya otra persona en Vizcaya a la que recurrir más que a ti. ¿Qué piensan hacer cuando te jubiles?. Me parece fatal que a estas horas de la noche...
―Concha ―zanja Arsenio con delicada firmeza― no merece la pena que te enfades. Tengo que marcharme. Estaré en casa antes de que te acuestes.

Doña Concha quisiera preguntar qué es eso tan urgente que tiene que atender y que no puede esperar hasta mañana, pero sabe que Arsenio nunca la habla de las investigaciones que están abiertas, y muy raramente de las que están resueltas. Y menos aún delante de las hijas. Así que parece conformarse con la intención de su marido de volver al trabajo.
―¿No vas a cenar siquiera? ― pregunta en un último gesto de reproche.
―No puedo, mujer, van a venir a buscarme en un momento ―concluye Arsenio, y a continuación, como queriendo desagraviar a su esposa, pincha algunas vainas con el tenedor, las mete en la boca y las mastica mientras ajusta el nudo de su corbata. Mira el reloj, da un trago de vino y suspira:
―Bueno, hijas, siento tener que marcharme. ¿cuándo volveréis por aquí?.
―¡Para el caso que nos haces! ― dice la menor, fingiéndose ofendida. El padre la mira con cariño, pues sabe que su familia comprende las servidumbres de su trabajo, y que con todos estos mohines no pretende sino demostrar que se preocupa por él. Arsenio abre la puerta acompañado por las tres mujeres y las besa en el umbral. A continuación baja andando las escaleras como tiene por costumbre y sale a la calle. Unos metros a su izquierda, apoyado en un coche aparcado, un joven fornido le mira y le hace una señal con la mano. Arsenio reconoce a este agente de la ertzaintza que llevará licenciado apenas un par de años. Le saluda mientras el muchacho abre la portezuela del coche y franquea el paso a Arsenio, que se acomoda en su asiento. El agente arranca a callejear por Sestao, y por la soltura con que lo hace parece conocer bien el pueblo. En un momento enfila la autopista dirección a Bilbao, y como siempre que pasa por aquí, Arsenio mira la fachada del hospital de Cruces y piensa en cuánta gente albergará ese instante el edificio, hombres y mujeres que sufren y esperan, que pierden la esperanza o la recrean con los nuevos seres que entregan a este mundo. ¡Qué paradoja! En el mismo lugar se juntan sucesos tan contrarios, se ríe y se llora todas las horas del día, todos los días del año.

Con estos pensamientos el viaje se ha hecho breve y cuando vuelve a tomar conciencia de la realidad, el automóvil está saliendo de la autopista para adentrarse en Bilbao.

―Coño, como corre este chaval― piensa el inspector y observa la destreza con que maneja el vehículo. Arranca y frena por las calles de la ciudad a medida que los semáforos cambian de color mientras Arsenio contempla el deambular de los transeúntes, cada cual a su paso, probablemente todos menos él camino de sus casas. Uno de ellos nota la mirada y siente que un pequeño calambre recorre su espalda. Desde que empezó a “suceder eso” de las chicas y las cartas, José Félix Astoreka no deja de sentirse observado.
―¿Me estará mirando a mí?― se pregunta aprensivo mientras nota como, con cada paso, el calor le sube por el cuello y el sudor empieza a aparecer en su frente.

Sólo cuando el coche arranca y se pierde en la distancia, Astoreka vuelve a sentirse aliviado. ― Creo que me estoy volviendo un poco neurótico ―piensa y recuerda los detalles sospechosos que ha venido observando en Vicente, el aparejador del despacho de arquitectura que dirige. Dirigir, qué palabra tan ajena a José Félix. El despacho lo fundó su padre y Astoreka recuerda a Vicente trabajar en él desde siempre. Ya de niño, en las contadas ocasiones en que don Iñigo Astoreka le llevó con él a conocer sus posesiones, Vicente le saludaba y le hacía alguna garatusa, probablemente con la intención de agradar a su jefe. Cuando se fue haciendo adulto, don Iñigo le exigió que estudiara arquitectura, de modo que algún día pudiera hacerse cargo de este pequeño imperio. El firme carácter de su padre, junto a su falta de determinación y total ausencia de vocación para cualquier cosa que no fuera la diversión y las mujeres, fue conduciendo a José Félix a través de los cursos hasta licenciarse con una calificación aceptable. Trabajó desde entonces en este lugar, preguntándose cómo había llegado hasta ese despacho en el que probablemente pasara la mayor parte del tiempo de sus próximo cuarenta años. Los primeros, junto a su padre, fueron los más duros debido a la constante exigencia de éste. Pero desde que se jubilara, José Félix había descubierto que podía sobrellevar esta tarea sin mayores sobresaltos. El último día que don Iñigo trabajó en el despacho ―al que de todos modos volvería con frecuencia― encargó a Vicente que vigilará a su hijo estrechamente. Astoreka no tenía ninguna duda de que su padre tenía más confianza en el aparejador que en él mismo, y que en su interior le irritaba que aquél no fuera su propio hijo. José Félix se fue dedicando de forma creciente a buscar contratos, lo que le permitía hacer vida social y, sobre todo, no estar encerrado demasiado tiempo entre aquellas paredes que parecían amonestarle constantemente en ausencia de su padre. La expansión urbanística de los últimos años le había venido como anillo al dedo para lograr sus fines, a la vez que conseguía para el negocio réditos desconocidos hasta ese fecha.

Cada vez que don Iñigo se dejaba caer por el despacho, preguntaba a Vicente “qué tal se portaba” su hijo y éste respondía con un leve cabeceo. Tras esta humillación pública, a la que invariablemente seguía el abrazo y las palmadas en la espalda, y que le enfurecía especialmente cuando lo contemplaba su secretaria, el patriarca charlaba quedamente con el aparejador, mirando de tanto en tanto a su alrededor con desconfianza. Astoreka sabía que hablaban de él y sufría aquel calvario con la esperanza de en adelante se irían espaciando cada vez más aquellas visitas. Y secretamente se regocijaba pensando qué sentiría su padre si supiera en qué otros negocios empleaba buena parte del tiempo de trabajo, reclutando chicas, organizando orgías, edificando en definitiva en el solar secreto de su verdadera condición, una realidad más gratificante.
José Félix había sentido desde el primer día de su trabajo la mirada inquisidora de su padre primero y de Vicente después, llegando a habituarse a aquella situación con el paso de los años. Pero en las últimas semanas había percibido que se estrechaba el cerco en que el aparejador le tenía recluido. Una tarde, cuando llegó a la oficina, creyó verle salir apresuradamente de su despacho. Otro día le pareció extraño el orden en que estaban dispuestas las cosas en su cajón. Otro más encontró su ordenador encendido, cuando él juraría haberlo dejado apagado la víspera. Astoreka sabía que aquello, de ser cierto, excedía de las instrucciones que pudiera haberle dado su padre, y se debatía entre la incredulidad y la desconfianza. Se preguntaba qué podía buscar ―y sobre todo qué podía encontrar― y pensaba que tal vez había actuado hasta entonces con demasiada ligereza. En las facturas del teléfono que archivaba el contable y que estaban al alcance de cualquiera debían figurar algunas llamadas que podían comprometerle. Y desde su ordenador había enviado mensajes electrónicos a algunos de sus amigos. José Félix ordenaba estos pensamientos mientras abría la puerta de su casa exactamente al tiempo en que Arsenio Vigalondo hacia lo propio con la del despacho de Joseba Ruiz en una curiosísima sincronía que pasaba desapercibida a los ojos de todos los habitantes de este mundo, pero que, en el inexplicable orden que encierra el cosmos, necesariamente debía tener algún significado.
―Buenas noches, Joseba, espero que lo que me vayas a contar merezca la pena. ―saluda Arsenio
―Estoy seguro que sí ―responde el aludido― la diligencia que cursamos a INTERPOL ha tenido respuesta. Nos ha llamado un tal Bederatsi, de la prefectura de Abbadie, y nos ha informado que en una pequeña clínica de Bayona se denunció hace unos meses el robo de cierta cantidad de ketamina.
―¿Y qué más?― inquiere Arsenio impaciente.
―El responsable del robo fue un enfermero, que asegura habérsela vendido a un español, y nos ha facilitado su descripción.
―¿Y encaja con la de alguien conocido?
―Sí. Le hemos traído y al final ha terminado “cantando” que él no ha hecho más que de intermediario. Pero cuando le he explicado en qué se ha usado la ketamina y hasta donde le puede salpicar este asunto, ha jurado que está dispuesto a colaborar. Si es cierta la cantidad que dice que le pagó, su cliente debe tratarse de un “pez gordo”. Sin embargo parece sincero cuando asegura que no le había visto nunca y no ha vuelto a verle. Si quiere hablar con él lo tenemos encerrado abajo.

 

 

CAPÍTULO XIII

LA MUERTE DEL PADRE TEODOSIO REMENTERÍA

Cuando el fuego de la consciencia prendió en las yescas aletargadas del cerebro del padre Teodosio Rementería, lo hizo de súbito, sin apenas transición entre el sueño negro en el que había permanecido desde hacía unas horas y la oscuridad que ahora le atenazaba.

Los pasos cada vez más rápidos; el sonido de un bastón golpeando los adoquines en una cadencia que se aceleraba con el ritmo de las pisadas que le perseguían; y un pinchazo en la espalda. Sí, el pinchazo. Era lo último que recordaba. Todo empezaba a aclararse en su mente confusa: la llamada telefónica en nombre de José Félix Astoreka y la supuesta cita en aquella extraña taberna del Casco Viejo… Pero… ¿Dónde estaba ahora?… ¿Por qué José Félix le había drogado? Una sutil duda se abrió camino entonces entre la selva de sus incertidumbres. Sigilosa al principio. Brusca a continuación. A machetazos después, desbrozando las trochas de sus pensamientos, convirtiéndose en seguridad. No, no era José Félix quien le había secuestrado.

Inspiró profundamente. Al hinchar el pecho se percató de las ligaduras que sujetaban su torso al respaldo de un duro sillón de madera. Este descubrimiento se mezcló con el incongruente olor a incienso que llenó sus fosas nasales. Trató de empujar su cuerpo hacia delante; el sillón se inclinó ligeramente y al retornar a su posición inicial las patas traseras golpearon el suelo de piedra. El sonido reverberó, tímido, en las paredes que abarcaban la negrura de su prisión. Los gruñidos que salieron de su boca amordazada se fundieron con los restos del eco que danzaban por el aire perfumado del lugar.

Don Teodosio percibió la calidez de un cuerpo a su espalda. Un brusco tirón ladeó su cabeza y la mordaza cayó sobre su regazo. El cuello del sacerdote giró a un lado y a otro, sus ojos tratando de perforar las tinieblas.

—Buenas noches, Don Teodosio —le saludó cortés y suave una voz opaca.

El prisionero intentó reconocerla, aunque el momentáneo caos de su cerebro drogado se lo impedía. No obstante algo había en ella que le resultaba familiar, a pesar de que no era capaz de discernir si se trataba de un hombre o una mujer.

—Para la edad que tiene se conserva usted muy bien, padre —habló la sombra mientras unos dedos recorrían el pecho del sacerdote.

Rementería notó su suavidad directamente sobre su piel. Bajó la cabeza y de nuevo quiso taladrar el pozo que lo envolvía en busca de una gota de luz. La mano invisible descendió por su vientre hasta llegar a sus genitales. Los acarició con delicadeza, como si se trataran de una valiosa pieza de porcelana. La desnudez de su cuerpo se le volvió aún más patente al padre Rementería. La humillación que le cubrió de rubor el rostro creció a medida que su pene despertaba con el roce de aquella mano desconocida. Las lágrimas acudieron a sus ojos. Reprimió un sollozo, mezcla de asco, miedo y placer cuando su cuerpo de independizó de su voluntad y un calor viscoso rebaló por su vientre. Sobre las serpientes blanquecinas llovieron gotas saladas.

—Vaya, vaya, Don Teodosio —se burló la voz—. Parece que sus cositas todavía funcionan. Y muy bien, por cierto. Se ha puesto usted perdido…

El miedo cedió ante la ira. El cuerpo del padre Rementería se tensó y agitó en un intento de ahuyentar la mano que seguía acariciándole. Sus modos de sacerdote se evaporaron en aquella extraña atmósfera de terror y sarcasmo. A gritos le espetó a su captor:

— ¡Cabrón, hijo de puta! Suéltame de inmediato que te voy a moler a hostias. ¿Quién cojones eres? ¿Dónde me has traído? ¿Qué es lo que quieres?

Escupió las frases entre babas de rabia, como un chorro de odio y desesperación. Las últimas palabras regresaron en forma de eco a sus oídos.

—Por Dios, por Dios, padre. Modere ese lenguaje —le escarneció la voz adoptando un tono exageradamente escandalizado.

—No utilice ese tipo de vocabulario en la casa de Dios. ¿No se da cuenta de que es pecado y que se va a condenar? —continuó en tono burlesco—. Fíjese, si muriera ahora iría al infierno de cabeza.

—Me cago en tu puta madre, malnacido —se arrancó a voces el prisionero mientras continuaba su forcejeo con las ataduras.

La voz habló ahora seria, grave, cubierta de hielo.

—Le he dicho que no se exprese así. Está en la casa del Señor, ¿o es que no me ha oído? —acompañó la pregunta con una sonora bofetada en el rostro del cura. Regresó al falsete burlón—. ¿Qué van a pensar sus feligreses?

Un poderoso destello de luz obligó al padre Rementería a cerrar los ojos, escamoteándolos de aquel dolor blanquecino. Quizá hubiera preferido continuar en la oscuridad. Uno de los focos laterales que coronaban el ábside de la iglesia le iluminaba de pleno. Delante de él, el altar de mármol desnudo brillaba frío e indiferente bajo aquel sol artificial. Don Teodosio reconoció el retablo de madera tallada recubierto de pan de oro. Desde la hornacina central el Sagrado Corazón le contemplaba con gesto de reproche. En un nivel inferior un pequeño Cristo de metal volvía sus ojos ofendidos hacia el techo azul de la nave. Entre las sombras, las columnas multicolores danzaban enojadas. Un escalofrío nació en el estómago del padre y se extendió en oleadas por sus venas y arterias hasta helar su piel desnuda. Era su propia iglesia… Aquel demente le había llevado a su propia iglesia. A su lado, arrugadas en un montón informe y oscuro, sus ropas sacerdotales le contemplaban con mudas recriminaciones ocultas entres sus pliegues.

Unos labios exhalaron un ligero aroma a tabaco cerca de su nuca. Despacio, remarcando cada una de las palabras que se precipitaban en sus oídos, la voz silbó con rencor.

—Mire bien su iglesia, padre, porque desde aquí se va a ir directo al puto infierno. Se lo juro por Dios…

Dos pinchazos simultáneos, como dos banderillas, atenazaron los músculos de sus hombros. La agitación del prisionero al tratar de liberarse de sus ataduras —y de las palabras de su secuestrador— fue atenuándose hasta dejarle convertido en una marioneta descoyuntada. Sólo el parpadeo estroboscópico de sus ojos delataba que el padre Rementería aún continuaba con vida.

Las órdenes iniciaron su llegada como ecos de frases distorsionadas por chirridos metálicos. Una porción del cerebro de Don Teodosio era consciente de lo que le estaba sucediendo. De dónde se hallaba. De lo absurdo de aquella pesadilla en la que se había visto atrapado. Sin embargo pronto se percató con horror de que su cuerpo era propiedad de la voz que parecía flotar en algún punto indeterminado en la oscuridad. Como un estridente graznido de gaviota, las palabras volaban por las naves en penumbra de la iglesia.

Don Teodosio se vio a sí mismo poniéndose de rodillas en el suelo y extendiendo sus brazos con las palmas de las manos hacia arriba. Los azotes en las manos con una palmeta de madera se iniciaron sin preaviso. Por cada uno de ellos un murmullo húmedo flotaba hacia él desde el techo de la iglesia; durante su vuelo se transformaba en un ladrido, un ladrido cada vez más débil, más gañido de dolor que rugido de furia, un jadeo que era generado por su propia garganta.

Las palmas le escocían. Las lágrimas difuminaban en contornos imprecisos la imagen que una y otra vez hacía descender la regla de madera hasta convertirla en un remolino de negrura.

Una nueva orden y su pecho y vientre se enfriaron en contacto con el mármol del altar. Extendió los brazos en cruz y posó su mejilla sobre la piedra. Los pies, apoyados en el suelo apenas por las puntas de los dedos, temblaban como peces moribundos en la arena de una playa. Cerró los ojos cuando el primer impacto señaló con un rectángulo rojizo su nalga izquierda. Pronto la frecuencia de los golpes creció tanto que pareciera como si una enorme lija le arrancase la piel. Cada palmetazo venía acompañado de un gemido de su torturador en el que se mezclaban el esfuerzo y el placer.

Con un grito final los azotes cesaron. La respiración agitada de la sombra resonaba en la nave desierta como las olas rompiendo sobre un acantilado lejano. Una mano de tacto suave le sujetó afectuosa la cabeza. El padre Rementería vio algo brillante pasar ante su rostro en un movimiento rápido y decidido. El frío que al principio notó en su cuello se transformó pronto en calor y en humedad. Intentó levantar la cabeza, separar su cuerpo del mármol. Fue en vano: cuando un velo rojo empezó a teñir el altar ante su vista, el sacerdote supo que estaba muriendo. Quizá en su último segundo consiguió contemplar el rostro de su asesino, pero ya no le pareció algo importante.

oooOooo

Un vehículo de gran cilindrada se detuvo en el puente de San Antón aquella noche. Una persistente llovizna difuminaba la luz pálida de las farolas. Reflejos dorados parpadeaban como luciérnagas agonizantes sobre los charcos de la calzada. Los focos del automóvil se apagaron y los limpiaparabrisas detuvieron su danza ritual. Se abrió la puerta del conductor y una figura vestida con un abrigo oscuro descendió; en rápida carrera rodeó el coche hasta la puerta del acompañante. La abrió y a trompicones ayudó a descender al pasajero. Introduciendo los brazos debajo de las axilas del cuerpo —inane en apariencia— logró arrastrarlo hasta el pretil del puente. Por un instante apoyó su brazo sobre el hombro de la forma desmadejada y se inclinó sobre ella, como si tratara de convencerla de algo, quizá de consolarla. Se irguió y miró hacia los dos extremos del puente; a continuación se agachó, la sujetó por los tobillos y con un impulso le levantó las piernas. El cuerpo pareció resistirse durante unos segundos, pero, resignado, optó por resbalar sobre el murete y zambullirse en la oscura humedad de la Ría.

A resguardo de la lluvia bajo el arco del puente, un vagabundo creyó ver un cuerpo vestido con sotana pasar ante sus ojos y después chapotear en el río. Los ropajes negros se fundieron con las negras aguas. Flotaron lánguidos durante unos instantes. Después se resguardaron de la lluvia en el légamo del olvido.

El vagabundo chilló entre las nubes de su ebriedad. Apenas un aviso que nadie llegó a oír. Se encogió de hombros y elevó su botella brindando por la sotana que se alejaba hacia el mar.

Arriba, en el puente, un motor se puso en marcha. Con un suave siseo el coche se deslizó por las calles solitarias de la ciudad.

oooOooo

José Félix saludó con una inclinación de la cabeza al portero que le franqueaba la entrada en la Sociedad Bilbaína. Mientras se dirigía hacia las escaleras alfombradas que conducían al salón principal, contempló a hurtadillas su imagen en los espejos del pasillo. Confirmó que su porte era espléndido a pesar de las preocupaciones que le acosaban; a pesar de la espantosa noticia de la muerte del padre Rementería; a pesar de la tormenta interior que barría los páramos de su conciencia. El pelo engominado lanzaba destellos multiplicados bajo la luz ambarina de las arañas de principios de siglo. Su perfecto bronceado —fruto de sus paseos domingueros por la playa de Larrabasterra y de sus sesiones de cuidado corporal— resplandecía reforzado por efecto de la indumentaria que había seleccionado para la ocasión: un traje gris oscuro de tres botones; una camisa blanca con gemelos a juego con la corbata azul celeste que acariciaba su cuello. Unos zapatos negros impolutos resumían su atuendo. En su muñeca derecha aquel día le tocaba lucir a su Hublot de oro.

Su entrada en el salón le llenó de una avalancha de voces, tintinear de copas y fugaces desplazamientos de gasas y sedas. Se detuvo durante unos instantes en el umbral de la estancia y observó a los asistentes a la velada mientras encendía un cigarrillo. Regresó el mechero Dupont de oro al bolsillo interior de su chaqueta y se adentró en la marea de perfumes de marca. Fue saludando con sonrisa displicente e inclinaciones de cabeza a algunos de los miembros de aquella reunión. Su cabeza se movía a izquierda y derecha inquieta, buscando alguna presa sobre la que hincar sus encantos. Aquella noche le apetecía jugar a la seducción, le apetecía conquistar a alguna hermosa hembra. Sus ojos se cruzaron con los de Vicente y su naciente excitación se apagó como una colilla en el fondo de un retrete. Qué coño hacía allí, exclamó para sus adentros mientras le saludaba con un gesto desvaído de la mano y se giraba de inmediato con el fin de evitar cualquier contacto más con su cancerbero. Bastante le soportaba en la oficina como para tener que darle conversación ahora. Lo único que me faltaba es que también anduviera por aquí mi puñetero padre, se inquietó.

Decidió que era hora de tomar una copa de champagne. Se dirigió a las mesas de bebidas y le ordenó al camarero que le sirviera un Moêt-Chandon seco. Era infalible. El cosquilleo de las burbujas en su nariz bastaría para recuperarle del bajón que le habían producido la mirada escrutadora de su empleado. Levantó los ojos hacia la lampara de cristal y agitó la cabeza con desesperación. A veces no sabía bien quién era empleado de quién. Una mano pequeña y huesuda le apretó suavemente el codo. Disimuló el sobresalto y se encaró con quien fuera que perturbaba sus reflexiones.

—Hola, José Félix. Buenas noches, cariño.

Marisol García Elexpuru cargada con sus ochenta y cuatro años le sonreía jovial. Marisol la verbofágica, según la acertada definición que en su día estableció Gorka Landa, miembro honorario de la Logia. Astoreka se imaginó el rictus incontrolado de horror que se le debía estar pintando en la cara en aquellos momentos. La palabra “cariño” en los labios de aquella urraca resabiada siempre se teñía de tonos ominosos. Y es que a veces era mejor quedarse en casa. Primero Vicentito, ahora la vieja loca de Marisol dispuesta a contarle los chismes más hirientes de Neguri y aledaños. Un rápido giro de cabeza mientras se inclinaba para besar la mejilla amojamada de su interlocutora le permitió entrever la figura de Juanito Zabala entrando en los servicios al otro extremo de la estancia. La grosería siempre es una defensa válida y éticamente utilizable cuando uno se ve entre la espada viperina en forma de lengua de una tiparraca como aquella y la pared de la maledicencia. José Félix iluminó el salón con los reflejos de su dentadura y le espetó a la vieja antes de que ésta pudiera comenzar su ataque:

—¡Qué sorpresa más agradable, Marisol! Pero me vas a tener que disculpar porque me estoy cagando por las patas. ¡Cuánto lo siento! Deben ser estos canapés de mierda del catering de elcorteinglés. Luego hablamos, ciao…

La última palabra se quedó flotando delante de la jeta ofendida de Marisol. Astoreka no llegó a escuchar lo gruñidos de la vieja loca, aunque no le cupo duda de que aquella noche la muy zorra se iba a dedicar a despellejarle en todos los corrillos en los que no consiguieran evitar su presencia.

Sus pasos se encaminaban hacia los baños a la búsqueda de Juanito cuando se le echó al cuello la joven y bella y suculenta Susi Garay. Le estampó un sonoro beso en los labios mientras trataba de quitársela de encima. Aquella niña estaba loca por él. Y desde hacía varios meses. Faltaba poco para que entrara a formar parte de la yeguada; con las bajas más recientes iba haciendo falta carne fresca.

El contacto con aquel cuerpo cálido y flexible le produjo una erección tremenda. Susi era hija de Felipe Garay, empresario de éxito y burukide del partido. Y tenía veinte años. Aquellas efusiones públicas podían ser peligrosas; el padre se había convertido en alguien poderoso, muy poderoso y potencialmente peligroso. Pero el riesgo que implicaba aquel aldeano encumbrado le daba mucho más morbo a la niña; quizá aquella noche fuera la indicada para desfogar a la potrilla y hacerla ingresar en la cuadra. Anotó mentalmente que debía reservar una habitación en el Sheraton para aquella misma noche.

—Hola, bonita —le saludó José Félix mientras aproximaba sus labios al oído de la joven y le susurraba su propuesta nocturna. Los ojos cegadores y rebosantes de cocaína de la niña le respondieron sin palabras. José Félix le acarició con disimulo las nalgas desnudas bajo el leve traje de tul que cubría su marfileño cuerpo. Concertaron la hora de encuentro con unas palabras y se despidieron, esta vez con un casto beso en la mejilla.

La euforia de Astoreka cedió pronto el paso a la inquietud cuando sus ojos toparon con la persona más desquiciante de Bilbao. Desde una de las esquinas del gran salón, Juanma Unzueta se dirigía a su encuentro sonriente y con la mano derecha extendida, presto a saludarle. Juanma Unzueta era un simple, un triste y un insustancial.

Agitó la cabeza en un intento de espantar el torrente de imágenes que la visión de aquel pelma le había desatado. Compuso una disuasoria sonrisa de compromiso y se preparó para soportar los embates de la mentecatez.

―¡Qué tal, qué tal, José Félix! ¿Cómo estás? Bienvenido —le saludó sonriente y efusivo.

“Dios mío, este tipo es increíble. Cualquiera diría que la fiesta la ha organizado él o es en su honor”, rumió Astoreka mientras respondía ofreciendo su mano flácida.

—Bien, Juanma, bien. Ya veo que tú presentas una forma excelente —respondió José Félix mientras sus ojos se paseaban por la sala a la búsqueda de carne fresca—. ¿Y tu familia?

—Muy bien, gracias a Dios, José Félix. Muy bien.

—Me alegro, hombre. Me alegro —respondió Astoreka mientras golpeaba el brazo de Juanma con la mano izquierda y se desasía del apretón inacabable que ya le estaba reblandeciendo la derecha.—. Por cierto, ¿no ha venido tu hermana? La vi la semana pasada y cada vez está más guapa.

Una sombra se paseó por la frente de Unzueta, inadvertida para José Félix, quien continuaba oteando las posibilidades de aquella noche.

—Gracias… No, no está aquí hoy… Un tiempo horrible, ¿verdad?

—Una lástima, una lástima —dijo Astoreka sin escuchar, con una leve sonrisa y ojos soñadores. Aquella niña era una de las joyas de su yeguada y una de las que más gozaba en las performances, como le gustaba decir.

—Una lástima —repitió distraído mientras se daba la vuelta y dejaba a Unzueta con la palabra en la boca.

Juanma atrajo de nuevo la atención de José Félix elevando ligeramente la voz, lo suficiente para que sólo él pudiera oírle. Éste se giró en redondo. El corazón le golpeaba el pecho y parte de su bronceado desapareció de súbito arrasado por una marea de palidez.

—Oye, por cierto, ¿te has enterado ya de lo de Don Teodosio?

Intentó disimular su sorpresa; al punto se tranquilizó. Estaba demasiado susceptible. Don Teodosio había sido profesor de ambos y era posible que Juanma hubiera mantenido algún tipo de relación durante estos años con el cura. No tenía nada de extraño que supiera de su muerte. No obstante decidió hacerse el desentendido. Nadie conocía sus recientes contactos con el sacerdote y menos aún las razones. Le devolvió la mirada a su interlocutor y más relajado y le respondió:

―¿Don Teodosio? ¿Qué Teodosio? No conozco a nadie…

―Sí, hombre, sí —le interrumpió Juanma—. Nuestro profesor en el colegio. Aquel que me molía siempre a collejas… ¿No te acuerdas…?

Le observaba expectante, ansioso de que José Félix compartiera con él algo de su excitación. Éste decidió que ya era el momento de hacer algo de memoria.

—Sí, creo que sí… Pero hace casi treinta años que no he sabido nada de él… Ya será muy mayor, ¿no?

—No, ya veo que no te has enterado. Ha salido en los periódicos— le cortó de nuevo Unzueta, casi aturullándose—. Resulta que le han asesinado…

La voz de su antiguo compañero de internado se fue perdiendo en la niebla que de pronto pareció invadir el salón. Le sobraban las aclaraciones que aquel bobo le pudiera dar. Se frotó la mejilla derecha irritado y se acomodó el nudo de la corbata: los fantasmas le perseguían y esa noche se encontraban allí.

Ya estaba bien así. En apenas media hora se había topado con dos de los seres más insoportables de Bilbao y la niña Susi había puesto en peligro su entrepierna con aquel beso fuera de lugar. Era el momento de largarse. Una rápida llamada le confirmó la reserva de una habitación en el Sheraton con unas espléndidas vistas a la Ría. Se refugiaría allí hasta que llegara Susi acompañada de su fogosidad. Debía despejar su mente de todas las preocupaciones que los sucesos de aquellas últimas semanas le estaban causando. Pensar en los juegos que iba a practicar con la joven hija de Garay aquella noche le distraería. Pensar en los juegos que todos iban a practicar con ella en la próxima cita de la logia le aliviaría del peso que lastraba sus días últimamente. Sí, iba siendo hora de convocar una nueva reunión.

Buscó con la vista a Susi y la encontró acorralada por Unzueta contra una mesa de canapés. Sus miradas se cruzaron y una sonrisa irónica acompañada de una sugerente caída de párpados de la joven le dieron a entender que la pesadez de Juanma trataba de hacer presa en ella. Astoreka le devolvió la sonrisa y agito su mano en gesto de despedida. Con una ligera inclinación de la cabeza en dirección a la salida le indicó que abandonaba la fiesta y que la esperaría en el lugar acordado. Un guiño de la niña por encima del hombro de Unzueta cerró la noche en la Bilbaína para José Félix.

 

CAPÍTULO XIV

―Bueno, Joseba, y ¿quién es ese pez gordo?.
―No sé si debo decirlo … puede que haya sacado una conclusión errónea.
―¡Sin misterios!, que no he podido cenar las vainas.

Joseba saca un cuaderno de tapas negras de hule, tamaño A6, con hojas cuadriculadas y se limita a leer.
―Varón. Estatura media ― baja, algo cheposo. Pelo oscuro, con tonsura en la coronilla, ojos oscuros y pequeños, nariz grande pero estrecha, orejas picudas, cejas de percha…
―¿Estás de broma?.
―Nagusi, le juro que es lo que ha dicho el belga.
―¿¡Qué belga!? ¡Joder! ¡Joseba, no me toques más los cojones!

Los gritos de Vigalondo resuenan en los pasillos de los calabozos de la comisaría de Zabalburu como si se encontraran en la cripta de la catedral, despertando a una sombra mastodóntica que se separa de la pared izquierda y salva al azorado ertzaina de ser despedazado por su famélico y encolerizado superior, hipnotizándole con un perfecto castellano aderezado con el acento híbrido del otro lado de la muga.

―Bon soir, Seni. Como siempre, vehemente cuando no has cenado.

Arsenio se vuelve hacia la sombra y se encuentra a un levantapiedras rubio, con los ojos azules más saltones del universo y una boquita muy pequeña, que está encendiendo un cigarrillo corto y grueso.

―¡Julién le “Neuf”!

Arsenio se relaja, sonríe y sus ojos negros se pierden en el iris raso del elefántico representante de la Sureté, quién le abraza con alegría.

―Ayer hablé con un compañero tuyo: Alberto ... ¿Rodríguez?
―Fernández.
―Oui, y me explicó el caso tan extraño que tenéis entre manos. Cuándo le comuniqué que habíamos trincado a un atorrante que distribuía esa mierda y que debía entregarle, mañana, en la central de Europol, me convenció para que hiciera escala en Bilbao esta noche. Este camello es el belga: Guy Van der Voos, del que te habla tu compañero y que está aquí de estrangis, pués, como te he dicho, le llevo extraditado a Bruselas, vía Bilbao. Ya veremos como se lo explico a mis jefes; de cuaquier manera, la conversación, que no interrogatorio, que mantengas con él no es del todo oficial.
―¡Caramba!, Julien, los años han hecho de ti una perita en dulce. ¿Qué te ofreció Alberto para conseguir tu colaboración?

La voz de éste, acercándose, a su espalda le contesta, poniendo una sonrisa beatífica en la cara del Vercingetorix de Iparralde, quién espachurra la mano de Alberto como si fuera el buzoneo diario.
―Galampernas rellenas y estofado de rabo en el Zortziko, a su regreso de Bruselas. Ningún vascofrancés puede rechazar una oferta de este tipo, más aún cuando sigue una dieta de mules carajoneros. Encantado de conocerle M. Bederatsi.
―Enchanté aussi.
―¡Fascinante encuentro entre gastrónomos! ¿Qué? ¿Estamos con ese Van der Voos? Harás de interprete, ¿no?, Julien.
―Il ne faut pas. Habla bién el castellano.

Los cuatro policías entran en la sala de interrogatorios, que más parece un aula de formación con mesas modulares grises, donde está sentado un rubio de pelo inflado, escondido detrás de unas gafas de sol graduadas, modelo Jonh Lennon, que se entretiene atusándose el mostacho con sus manos esposadas.
Sin preámbulos, Arsenio comienza el interrogatorio:
―Sr. Van der Voos. Nos ha dado una descripción un poco pintoresca del español que le compró la ketamina el ...

Joseba echa el capote de tapas de hule a su jefe.
―20 de septiembre.
―... 20 de septiembre pasado. Quizás, no le recuerde bien y haya confundido alguna característica.
―Mais no! Me llamó la atención su aspecto. No es el habitual en el ambiente.
―Estoy seguro de ello. Y ¿no recuerda algún otro detalle de su encuentro? ¿Cómo contactaron?
―Un amigo mío le dirigió a mí. Tenían negocios... legales, en marcha y hablaron de la posibilidad de conseguir ketamina sin receta.
―¿Quién es su amigo? ¿A qué se dedica?
―Je ne peut pas parler sur lui, il serait dangereuse pour moi, M. le Commisaire.

Bederatsi asiente y se revuelve incómodo en la sillita escolar en la que está sentado.
―Es mejor que sigas por otro camino, Seni.
―¡Ya! Díganos, al menos, cuales son los negocios... legales, de su amigo.
―Se dedica a la construcción.
―¡Bueno! ¿Dónde se encontraron? ¿Cómo llegó nuestro hombre? ¿Estaba acompañado?
―Nos reunimos en Biarritz, bajo le Rocher de la Vierge, llegó solo y a pié, bien sur!.
―¿Qué hicieron entonces?
―Él dijo el nombre de nuestro contacto y yo su apellido. Intercambiamos nuestros “paquetes” y se marchó.
―Así, sin más. Sin comprobar nada.
―Nuestro contacto era de total confianza.

Arsenio comienza a levantar los hombros y baja la cabeza dirigiendo sus cuernos imaginarios hacia las gafas de sol, al tiempo que se le avinagran las vainas en la boca.
―¡Pues vaya! Esto que me está contando y mis cojones: primos carnales.
Esfuércese por recordar algún dato más que nos ayude en la investigación o le aseguro que lo único positivo que resultará de esta reunión es el rabo de toro que comerá le “Neuf”.

El belga se separa de la mesa y coloca sus manos abiertas sobre la mesa, mientras, callado, mira a Bederatsi, que le azuza con un gesto de su mandíbula.
―Conocía su aspecto físico, que ya se lo he adelantado y como vendría vestido: traje príncipe de gales y camisa corbatera gris confederado, corbata de seda rosa chicle con cuadraditos negros y un pasador de oro.

Arsenio, fuera de sí, se incorpora dando gañafones.
―¡Cojonudo! Un tipo elegante...

Van der Voos busca el burladero y gime.
―Tenía un pin de oro en la solapa. Un... je ne sais pas la mot... armes.

Julien tranquiliza al belga.
―Un escudo.
―¡Descríbalo! ¡Dibújelo! ¡Joseba! Dale papel y boli.

Joseba le entrega, ufano, su cuaderno A6 de tapas de hule y un bolígrafo de gel. Van der Voos, rodeado del silencio de los policias, dibuja, con la mano temblorosa, una línea recta; luego, desde su extremo derecho, una curva hacia abajo y a la izquierda; después, otra curva que forma un triángulo, con dos lados convexos, invertido. Se detiene y completa otro triángulo, igual y de menor tamaño, con los lados paralelos al primero, en el interior de este. Levanta el bolígrafo del papel y traza una recta desde el vértice superior derecho, del triángulo pequeño al lado opuesto, a un tercio de su longitud desde el vértice superior izquierdo. Piensa un momento y rellena el triángulo inferior e interior, con bandas verticales. Decide que ha acabado y muestra el resultado a Arsenio, que abriéndose la gabardina y mostrando la solapa de su americana, le dice.
―¿Cómo esta?

Van der Voos se levanta, tirando la silla, y retrocede hasta golpearse la espalda con la pared.
―Sacrebleu! Es exactamente igual.

Arsenio muge de satisfacción, se levanta y supira amistosamente.
―Muchas gracias, Sr. Van der Voos, ha sido de gran ayuda. Solo le incomodaremos unos minutos más para que repase un album de fotos, hasta que encuentre al individuo que buscamos. Esté seguro de que contará con una recomendación de la Ertzantza por su colaboración.

Joseba, prepárale al Sr. Van der Voos una colección de fotos de los socios del Aleti con más de 50 años de antigüedad.
―Pero Arsenio, si es casi medianoche. Las oficinas están cerradas y...
―¡Coño! Joseba, que eres ertzaina y de Bilbao, seguro que tienes un archivo completísimo del Aleti en el ordenador central y si nó: llama al juez de guardia y pídele una orden para que Lamikiz te dé su album particular ahora mismo. ¡Ah! Escribe una declaración y que la firme antes de marchar. Dale una copia a Julien, por si acaso.
―¿Y, si por casualidad, no aparece?.

Arsenio, que ya había agarrado el picaporte para marcharse, se vuelve pálido, como quién ha escuchado la más horrorosa blasfemia.
―Joseba, ¿no estarás insinuando que alguien que no merece llevar la insignia de oro del Aleti por méritos propios, lo está haciendo, únicamente, para que un camello belga se fije en ella y despiste a la policía en caso de que le trinquen? Llámame al móvil cuando hayas acabado. Ahora me voy a cenar algo. ¿Venís?
―No, mon amie. Me quedaré con Guy y lo llevaré pronto a la cama. Estoy seguro de que ha tenido la misma experiencia que si hubiera corrido el encierro, Estafeta arriba, por primera vez.

Julien abraza a sus colegas que salen apresurados por la puerta de la comisaría que da a Autonomía.
―¿Dónde podemos comer algo Seni? Es tarde.
―Vamos hasta Correos, allí el servicio es permanente y único en el mundo.
―¿En Correos?
―Vamos, hombre de poca fé. Que hoy te has ganado una buena cena y no esas frivolidades que le has prometido a le “Neuf”.

Arsenio y Alberto bajan por Alameda de San Mames, dejando atrás las obras de Zabálburu y a la izquierda el solar de los Ideales, que se gana una mirada de nostalgia de Arsenio.
―¿Sabes que ahí le dí el primer beso a Conchita? Yo no sé si esta es mi hoja roja.
―No te entiendo.
―Es una novela de Delibes. Te la recomiendo.

Mientras hablan han girado a la derecha por General Concha, ganándose la sonrisa de las morenitas que están a la entrada del club de alterne. Giran a la derecha en Alameda de Urquijo y según se acercan al edificio de Correos: un aroma de mostaza y fritango les llena de saliva la boca, haciendo que Alberto reconozca el lugar en el que va a cenar.

―Acabáramos: el Salchichauto.

La vieja DKW verde de las salchichas, remozada en su parte de cocina y comercio, pero con la misma cabina con los cuatro círculos, que había hecho las delicias de miles de bilbaínos, en los recreos del instituto, ahora sufría el olvido del pueblo al que había alimentado. Sola en la calle Bertendona.
―Buenas noches Seni y compañía.
―Buenas noches, Evaristo. Dos blancas. ¿Cómo va el negocio?
―Normal. El gobierno se empeña en decir que la comida rápida es nociva. El público solo piensa en ir a cenar al Zortziko: galampernas y estofado de rabo. La OTA me acosa como si la DKW fuera la culpable de los atascos en Bilbao. ¿Y tu?¿Cómo estás?. Cada vez que leo El Correo hay otro cadaver en la ría. Me dio pena lo de D. Teodosio. Era un tipo bragado.
―¿Le conocías?
―Sí, era el párroco del Sagrado Corazón, pero había sido capellán castrense en el Tercio y decían que daba buenas hostias tanto en misa como fuera. Ya sabes, un cura de los de antes. Dio clase en los Jesuitas, o sea que muchos de sus antiguos alumnos se habrán alegrado de su muerte. ¡Que te voy a contar de la condición humana!

Aquí están las dos blancas, con mucha mostaza.
―¿Qué te doy?
―Nada. Hoy invita la casa. Para ayudar a que encontréis al que se ha cargado al cura, me caía bién.
―Gracias, Evaristo. Hasta la vista.

Vamos a sentarnos a los bancos de piedra de al lado del quiosco.
―Bien. Así podremos hablar de alguna cosita sobre el caso de la ketamina.
―¡Vaya! Ahora tú eres el que se pone misterioso.

Sentados junto a la verja del instituto, acaban sus salchichas y Arsenio saca su cuarterón de caldo holandes y el librito de papel de fumar, que le informa con una hoja de color verde de que le quedan cinco hojitas para acabarlo.
―Mira, la hoja roja otra vez.
―Pero si es verde.
―A Delibes le salían rojas.
―No me líes Seni y déjame que te cuente lo que he averiguado.

Arsenio asiente mientras dobla longitudinalmente la hoja de papel y la agarra con los dedos pulgar, índice y corazón de la mano izquierda, depositando el pellizco de tabaco sobre ella, alargándolo y enrollándolo con esos tres dedos, de las dos manos, hasta conseguir un cilindrín que cierra de dos lengüetazos. Saca el mechero austríaco de gasolina y lo enciende. Aspira el humo y pone cara de atender las explicaciones de Alberto.
―Ayer, además de contactar con le “Neuf”, apliqué los métodos tradicionales de correlaciòn de datos a las cinco muertas, ya sabes: trabajo, amistades, estudios, llamadas…
―¿Y?
―Las cinco recibieron un esmese…
―Un ¿qué?
―Esmese, un mensaje de móvil
―¡Ah! S_M_S
―Venga, Seni, ¿no serás de los que llama a la Renfe: RENFE?
―¡Bueno, bueno! Vamos al grano, Alberto.
―Recibieron un S_M_S desde el mismo teléfono, a la misma hora, en las mismas fechas, aproximadamente, cada dos semanas, durante el último año. La propietaria de este móvil es una americana: Charlotte Flanaghan, 27 años, lleva casi dos en Bilbao, un bombon: arquitecta; trabaja en un estudio de decoración, en el edificio Albia; tiene un novio, alférez de fragata, destinado en la Comandancia de Marina y es clienta de La tienda del Espía.
―Tampoco es un delito, yo mismo le compré allí un espantador de perros a Conchita.
―De acuerdo, pero la buena de Charlotte se ha gastado más de 1.000 pesetas nuevas…
―De euros.
―¡Ya estamos otra vez!, Seni; no me interrumpas más, por favor. Más de 1.000 EUROS, en todo tipo de chichiribuchis sin sentido en el último mes. La opinión de la dependienta es que le falta un tornillo.
―Me lo imagino, ¿le has puesto sombra?
―A cinco relevos

La cabalgata de la Walkyria comienza a sonar en el bolsillo interior de la americana de Arsenio.
―Diga … Espera un momento, Joseba, que pongo el altavoz.
―Efectivamente, Arsenio, Van der Voos ha reconocido al comprador. Se llama Vicente Latatu Amondo, vive en José Mª Macua 23, bajo, Arrigorriaga; es aparejador, trabaja en Promociones Astoreka (Gran Vía 25) y le aseguro que es clavado a … al Doctor Spock. ¿Qué hacemos? ¿Vamos a despertarle?
―No, Joseba. Ve a dormir, mañana nos organizaremos. Buen trabajo. Gaupasa.

―¿Has oído, Alberto? Tenemos cinco mujeres y un cura muertos en circunstancias extrañas, con una droga rarísima por medio en todos los casos; un camello, que es el doble de Ibarretxe; y una gringa paranoica, que se cree Mata Hari. Enseguida empezaremos a consumir ketamina y a aporcularnos en los calabozos de la comisaría.
―¿Qué te pasa Seni? ¿Te ha sentado mal la salchicha?
―¡No!, me estaba acordando de una novela que estoy leyendo. No, esta no es de Delibes, ni por asomo.
―¿Quieres que te lleve a casa?
―No, gracias, vé tranquilo. Tomaré un taxi. Hasta mañana, Alberto.
―Buenas noches, Seni.

Arsenio marcha, calle abajo, hacia la parada de taxis de Mazarredo, frente al Corte Inglés. Silencioso. Meditando si hay uno o varios asesinos; que ha sido muy fácil encontrar a estos dos sospechosos y, sobre todo, que no existe un móvil para los asesinatos.
Al pasar por la puerta de la iglesia del Sagrado Corazón no puede reprimir el deseo de persignarse.

 

 

CAPÍTULO XV

La noche era desapacible. Un leve sirimiri embrumaba el callejón de salida del aparcamiento privado de “La Bilbaína”. Charlotte lo vigilaba desde el parking de la estación de tren de Abando. Era el sitio ideal para la observación del movimiento de los vehículos que abandonaban el Club, y también para iniciar su persecución, ya que éstos sólo contaban con la posibilidad de incorporarse a la Gran Vía, avenida que distaba unos cincuenta metros del lugar en el que ella se hallaba, y a la que podía acceder fácilmente por la calle Hurtado de Amézaga. Llevaba más de media hora dentro del coche, casi el mismo tiempo que los dos ocupantes del Audi 3 negro estacionado siete coches a la derecha del suyo, cuya presencia no había advertido debido a la escasa visibilidad que tenía desde los cristales laterales, empañados por la pertinaz lluvia. Permanecía alerta, con la mirada fija en el callejón, atenta a lo que allí pudiera ocurrir. Por enésima vez accionó el interruptor de la palanquilla del limpiaparabrisas. Y nada. La situación no había variado: el callejón se desdibujaba entre las sombras, la luz titilante de dos farolas se desvanecía entre cortinas de agua de lluvia y los destellos espasmódicos del letrero de neón que adorna la entrada del casino de Bilbao refulgían en los peldaños mojados de la escalinata que se abría un metro delante del coche. Eso era todo.
El tiempo corría lento, desplegado en losas de incertidumbre, para Charlotte, que deseaba entrar cuanto antes en acción. “¡Una hora! Ya ha pasado una hora”, pensó. Y las cosas seguían igual, salvo el hecho de que en ese momento precipitaba un intenso aguacero. Comenzó a impacientarse. “¡Calma, calma!”, se dijo. “No te pongas nerviosa, Charlotte, ¡que es peor!” Puso de nuevo en marcha el limpiaparabrisas. Vio el callejón anegado de oscuridad. “¡mierda! ¡Cómo tira! ¡No se ve nada!” En esto, sonó el móvil. El bolso estaba en el asiento trasero, y no le resultó fácil hacerse con él, y para cuando cogió el teléfono, éste dejó de sonar. No habían dejado ningún mensaje. Buscó el número de teléfono en el menú de llamadas perdidas. Allí estaba, el primero de la lista. No le resultó conocido. “¡Bah, alguien que se ha equivocado!” Entonces recordó que tenía que realizar una llamada. Sin dilación repasó la lista de direcciones, y marcó un número directamente. Respondió una voz metálica de señorita, que le avisó que el número marcado estaba ocupado. “¡Jodé! Siempre igual. Nunca le pillo!” De pronto, oyó un ruido. Se sobresaltó. Era un transeunte que pasaba junto a su puerta, rozándola. Se protegía de la lluvia enfundado en su gabardina y oculto bajo un enorme paraguas. Una nueva vuelta del limpiaparabrisas, y Charlotte pudo verlo mejor. Se entretuvo mirándolo. Andaba con paso inseguro, como quien teme resbalar y caerse al suelo. El extraño descendió despacio por la escalinata y se perdió en la callejuela adyacente al aparcamiento de “La Bilbaína”. Charlotte volvió a marcar el número de antes. Le contestó de nuevo la voz gangosa del registro del buzón de llamadas, indicándole que podía dejar grabado su mensaje. “¡Mierda!”

José Félix por fin se encontraba en el baño. A la entrada del mismo se había cruzado con Juanito Zabala, con quien se citó para tomar una copa de champagne y charlar un rato. Se estaba limpiando las manos, cuando percibió la primera vibración del móvil. No se inmutó. Dejó que siguiera temblando, y continuó con la operación de lavado de manos. Después de ocho sacudidas, cesaron las descargas, aunque al cabo de unos segundos se repitió el tamborreo del móvil en el bolsillo de la chaqueta. Ya se había secado las manos, así que la segunda vez atendió la llamada.
―Diga...
―¿El señor Juan Romeo? El mismo, confirmó José Félix sorprendido.
―Soy Margarita Cifuentes. Usted me conoce de verme postulando cerca de “El Corte Inglés”, en favor de la lucha contra la droga.
― ¡Ah, sí!
―Usted me dio su tarjeta, y...
―¡Sí, sí! Ya lo recuerdo, le interrumpió el falso Juan Romeo.
―Yo querría..., insistió ella.
―Mira Margarita, me vas a disculpar; pero ahora estoy ocupado, y no dispongo de tiempo para hablar contigo, largo y tendido como quisiera, le cortó nuevamente. Mañana te llamo yo. ¿Vale el número que figura en el móvil, no? Cuenta con que iremos a cenar a algún restaurante.
Dicho esto, sin esperar la respuesta, José Félix cerró la tapa del móvil y lo guardó.

Charlotte miraba el móvil que aún tenía en la mano. “¡Tanto adelanto, tanta era de la comunicación, y aquí no hay dios que consiga hablar con nadie!” Enfadada, lo dejó en la bandeja del salpicadero, y apoyó la nuca en el cabezal del asiento, y se estiró. Su mirada se extravió ahora en la contemplación de los hilos de agua que serpenteaban de una punta a otra del parabrisas. Pero esta lasitud momentánea duró poco, porque seguidamente llamaron su atención los dos haces de luz que iluminaron el callejón. “¡Un coche!” Se incorporó rápidamente. “¡A ver!”...El limpiaparabrisas dio tres barridos seguidos al cristal. “¡Bah! No es el coche de José Félix”, se lamentó decepcionada.
En efecto, se trataba de un coche oscuro de gran tamaño, cuya marca no podía distinguir, pero que en ningún caso era el que ella esperaba, y que tan bien conocía. Era el Mercedes Benz de Juanma Unzueta, quien había abandonado apresuradamente “La Bilbaína”.
Pasaron quince minutos, que a Charlotte se le antojaron lustros, hasta que de nuevo dos cañones luminosos albearon el callejón. Otro toque al interruptor, y comenzó a funcionar el limpiaparabrisas. Percibió con nitidez dos faros de xenón. Contuvo la respiración. Luego vio el brillo argentino del felino insertado en la parte delantera del capó y la palidez cenicienta de la pintura gris metalizada de su lateral derecho, fenómenos producidos por el tenue reflejo de la luz de una farola, y finalmente el coche entero. No había duda. Era el Jáguar de José Félix. “¡Ya era hora, cabrón!” Excitada, arrancó el motor. “¡Ahora verás! ¡Te voy a comer el culo, y ni te vas a enterar!” Tampoco ella se percató de que unos metros más atrás los ocupantes de un Audi 3 negro no perdían detalle de lo que hacía. Charlotte aguardó a que el Jáguar alcanzara la Plaza de España. Cuando lo hizo, se colocó detrás de un taxi que circulaba a una distancia prudencial de aquel, y lo siguió. Los cuatro automóviles, interpuestos entre otros, recorrieron varias calles de la Villa. La procesión se detuvo cuando el Jáguar accedió al parking del hotel Shératon. El taxi se paró frente a la entrada principal del hotel. De él se bajó un hombre, que escondía la cara en los cuellos levantados de la gabardina. Era Vicente Latatu, que se había convertido en la sombra oculta de José Félix. Charlotte estacionó el coche en la calle. A poca distancia de allí, aparcó también el Audi 3 negro.
El hall del hotel estaba muy concurrido, y la cafetería abarrotada de gente. Se celebraba una gala de recepción a los participantes en el Congreso Internacional de Medicina Rural y de Asistencia Primaria. Un cuarteto de jazz amenizaba la reunión. Tocaban en un escenario improvisado al efecto, situado justo en medio del espacio abierto que adorna el claustro futurista del hotel. Charlotte entró y se mezcló con los invitados a la fiesta.
La velada transcurría animada. Los invitados parecían disfrutar del excelente ambiente que reinaba en la planta baja del Shératon. La alegría se expandía en burbujas de champagne y canapés de caviar, y la felicidad se propagaba en volutas de humo, palmadas en la espalda, apretones de manos y desinhibidas carcajadas. Sin embargo, un acontecimiento extraordinario y espeluznante acalló las voces, desdibujó las sonrisas de las caras, apagó los sonidos de los instrumentos musicales y paralizó por unos instantes el pálpito de los corazones de los allí presentes, cuando de súbito alguien se dio cuenta de que una mujer desnuda se subía a la barandilla de una de las balaustradas que piso sobre piso jalonan el perímetro interior del hotel. “¡Se va a tirar, se va a tirar!”, gritó aterrorizado un joven congresista, al mismo tiempo que apuntaba con el dedo al lugar donde se encontraba la suicida. Todos se quedaron atónitos, petrificados de impotencia y horrorizados ante la tragedia que se presagiaba. Todos asistieron, a su pesar, al vuelo en caída libre que protagonizó aquella Venus de la muerte. “¡Soy un ángel! ¡Soy un ángel!”, exclamaba en su viaje al vacío, mientras abría los brazos, como si fueran alas que le facultaban para volar. Y todos vieron como aquel infausto ángel se estampó contra el piano de cola.

Los dígitos del reloj de la valla publicitaria que Arsenio contemplaba marcaban las 21.45 h. Era un gran panel informativo perfectamente iluminado, en el que se exponían el plano de la villa, el plano de las líneas de metro, los recorridos de las distintas líneas de autobuses urbanos y provinciales, y algunas fotografías de los monumentos más distinguidos de la capital. “¡Jodé! Hoy en día el que se pierde es tonto”. Atravesaba el amplio pasillo de la estación de Termibús, para llegar a la boca de metro que se abría al fondo. Andaba con paso cansino. “¡Qué ganas tengo de sacudirme el día tirado en el sofá de casa! ¡Estoy baldado! Se disponía ya a tomar la escalera mecánica que servía para introducirse en el subsuelo de la ciudad. “¡De aquí a la gloria!” Mas todo su gozo se ahogó en las notas de la melodía wagneriana que comenzaron a sonar en el bolsillo de la gabardina, cada vez con mayor estridencia. “¡No!¡No es posible!” Cogió el móvil.
―¿A ver?
―Lo siento inspector. Sé que es tarde. Pero tenía que avisarle.
―Dime, Joseba, ¿qué ocurre ahora?
―Ha sido en el Shératon. Una mujer se ha quitado la vida.
―¡Tócate los...! ¿Y por qué me llamas a mí? ¿Es que no hay nadie más en todo el Cuerpo?
―No es eso. Le llamo porque ya han identificado a la víctima, y...
―¿Y?
―Se trata de Charlotte Flánagan.
―¡Putos locos!
―¿Quiere que vaya a buscarle?
―No. Estaré en el Shératon dentro de veinte minutos. Espérame ahí.

 


 

CAPÍTULO XVI

Cuando Arsenio Vigalondo consiguió atravesar apresuradamente la barrera de curiosos, empleados, policías y personalidades, su existencia se paralizó ante la visión espeluznantemente hermosa del cuerpo desnudo de Charlotte “el ángel del Sheraton” asaetada como un San Sebastián de alabastro por las cuerdas tensas del Steinway. Blanco y negro, como un tablero de ajedrez. Al menos, la muerte tuvo la delicadeza de no emborronar de rojo aquella partida.
―Es Charlotte Flanagan. La de los esemeese.
―No, yo creo que es Loles Leon, la de las tetas gordas. Anda, Joseba mira si encuentras el móvil de esa infortunada.

No era capaz de dejar de mirar y admirar la blancura antigua de la piel de aquel cuerpo sutilmente ondulado, coronado por el fuego de un cabello imposible.
―Jefe, el móvil no aparece y el juez quiere levantar el cadáver ya mismo para hacerle la autopsia. Parece que el forense ha observado algo raro en el fondo del ojo de la americana.
―Que espere un momento. Dile que quiero echarle un vistazo. Espera, también llama a Alberto Fernández y convócale mañana temprano en Zabalburu.

Lo que quedaba de la cara de Charlotte recordaba lejanamente a alguna actriz de cine mudo lívida y frágil, con la música de Chopin segando sus gestos. El ojo derecho, intacto aun, resultaba inquietantemente ajeno.
En la calle seguía lloviendo y Vicente Latatu envuelto en una gabardina gris marengo se alejaba en un taxi con la mirada perdida mas allá del brillo húmedo del asfalto.

―Amigo Alberto creo que es tiempo de inventarios y perretxikos. Así que si me haces el favor, tu que tienes buena letra, ponte a los mandos de esa moderna pizarra que hace hasta fotocopias.
―De mil amores, Seni. Bien veamos. Tenemos siete cadáveres que no son pocos, a saber:

Patricia Tobias Fernández, accidente de trafico en Apatamonasterio
Itziar Malo Cercas asesinada por su marido. Violencia domestica
Lourdes Lekuona Irizar, atropellada por un tranvía
Leticia Sabater Senda, devorada por sus perros
Raquel Maldonado Tomas, accidente mientras practicaba footing.

―Jogging, Seni .
―Potorring, Alberto. Sigamos:

Teodosio Rementeria Albisu, sacerdote, degollado.
Charlotte Flanagan O´Grady, americana supuestamente suicida.
―También sabemos que en todas las muertes excepto, por el momento, en la de la americana, tenia algo que ver la ketamina, una droga rara que compró el tal Vicente Latatu Amondo que vive en Arrigorriaga y trabaja en Promociones Astoreka, un estudio de Arquitectura.
―Es curioso, Seni, pero ese tal Latatu vive muy cerca de un buen amigo, aficionado a la buena literatura como yo. Le llamaré por si le conoce.
―Pensemos en el móvil. ¿Qué relación puede haber entre las cinco mujeres? Dejemos fuera por el momento al cura y a la americana.
―Hemos cruzado los datos que están en nuestro poder de los informes de cada uno de los fallecimientos y no hemos encontrado ningún asomo de relación entre las mujeres.
―Esa es la única relación.
―¿Cuál?
―Pues eso, que son todas mujeres, relativamente jóvenes y a juzgar por las fotografías, de bastante buen ver.
―¿Sexo?
―No sé, quizá. En cualquier caso, no tenemos mucho más y por esa línea no vamos a avanzar mucho. El caso del cura es más difícil de entender, quizá una venganza escolar, acuérdate de los azotes. Pero por ese camino también nos va a ser difícil progresar, ese Don Teodosio ha dado clase a medio Bilbao. Y por ultimo el Spock que es nuestra única pista coherente en todo este maldito asunto.
―El tal Latatu parece desaparecido. Hemos llamado a su domicilio y nadie contesta. En su trabajo me han dicho que se ha cogido unas semanas de vacaciones y se ha ido al pueblo de sus padres…, aquí lo tengo, Alar del Rey en Palencia.
―Entonces esta claro. Tu te vas a Alar a buscar a Spock. Yo trato de averiguar la conexión telefónica de la americana y mientras sabremos si le habían esnifado ketamina. A Joseba le pondré a tirar de archivo y buscar relaciones entre los muertos y los vivos, principalmente Latatu y la americana con las muertas. Al cura le dejaremos de momento criando malvas.

Las calles que te introducen en Alar del Rey son amplias, rectas, solitarias, como su carácter de ciudad fronteriza, recién nacida por y para el Canal. El Canal y la Vía del Ferrocarril dos mundos que disputaron la salida de Castilla y sus cereales al mar. Venció el ferrocarril y eso salvó a Alar de un seguro y conocido abandono. En la cabecera del canal el agua verdea junto a las dársenas y los muelles y fluye a través de las argollas en una suerte de nostalgia romántica. Aun se pueden apreciar los lóbregos almacenes como dientes de sierra del muelle, las renegridas fabricas de galletas con un aroma a vainilla, limón y orín, las estacas del puerto apuntando a un cielo buscado.
Alberto decidió almorzar en Casa Marcos, que también hacia las veces de Hostal improvisado, de discoteca nocturna, de casino electrónico, todo ello dentro de un local grande, casi desproporcionado y con un olor a repollo cocido.
―Buenos días, que ¿hay hambre?

Un hombre grueso, de cara sonrojada y con una nariz agarfiada que luego supo formaba parte de lo que llamaban “fenotipo alariense”.
―Pues sí, un poco.
―¿Hace una menestra de guisantes de aquí y una trucha con jamon?. Es de confianza, la trucha digo, porque las pesco yo mismo.
―¿En el canal?
―¡No, por Dios! En el Pisuerga que es río aguoso, casi europeo y suele traer mucho pez.
―Me parece bien, pero sería aún mejor si me lo aliñara todo con un clarete de la zona, fresco y cantarín si puede ser.
―Eso está hecho.

El tal Ramón Marcos resultó cordial y decidor. Desgranó la corta historia de Alar entre idas y venidas.
―¿Quedan ganas para postre?
―Seguro que algo queda.
―Un quesuco de Prádanos.
―Suena bien. Pero póngase usted también y siéntese conmigo.
―Eso esta hecho― reiteró.

Llegaron raudos el quesuco y el alariense y se acomodaron los dos al tiempo.
―¿Conoce usted acaso a los señores Latatu?
―¿Los de Bilbao, esos que son orejipuntos?
―Supongo que sí. ¿Sabe donde viven?
―Claro. Viven al lado de la Iglesia del Carmen, ya sabe esa que parece catedral y se quedo en revoltijo de querencias nobiliarias. Aquí todo se hizo con las voluntades foráneas. Fíjese que hasta el santo patrón del pueblo es San Luis, el rey de Francia, porque así lo quisieron los ingenieros franceses que vinieron a hacer el Canal. Pero no se crea aunque el pueblo sea postizo, los alarenses somos naturales y muy de aquí.

La madre de Spock resultó ser una anciana enjuta y amable. El señor Latatu se asomó por la sala y cuando me presenté emitió un gruñido gutural y se largó por el pasillo con la vara de avellano en ristre.
―Discúlpele usted. Es muy mayor y está mas allá que aquí.

La señora Encarnación, que así se llamaba la madre, me miraba profundamente desde el fondo de unas cuencas redondas y nervudas donde brillaban unos ojillos vivarachos de un azul acuoso. Dispuso encima de la mesa braserona, unos tortos y una botella de anis. Bebimos y comimos ambos.
―Estoy buscando a su hijo Vicente. Me dijeron en su oficina que estaba por aquí de vacaciones.
―Me dijo que era usted de la policía. ¿Ha hecho algo malo?
―No. No se preocupe. Necesito de él algunos datos para una investigación rutinaria.
―Mi hijo llegó esta madrugada en el coche del panadero que suele ir mucho a Bilbao por una medio novia que tiene allí. Pero al poco de llegar le llamaron por el teléfono ese pequeño que lleva a todos sitios y nos dijo que debía volver a Bilbao con urgencia para no sé que asunto de la oficina.
―Ya. Y ¿sabe como volvió a Bilbao?
―Pues supongo que en el coche de línea, el no sabe conducir. Se fue tan rápido que no dio tiempo ni a preguntarle, ni siquiera le pude preparar una tartera de cangrejos que tenia preparados para él. Le gustan mucho, sabe usted.

El panadero se trabucaba cuando mencioné a su novia, pero me confirmó todo lo que me dijo la señora Encarnación.
―Piiiiii…Seni. Aquí Alberto desde Alar. Spock se nos ha escabullido. Parece ser que ha vuelto a Bilbao por un asunto inesperado en la oficina. Ya he llamado allí y no saben nada. Así que nuestro gozo en un pozo. Vuelvo si no me dices otra cosa. Corto. Piiiii….

La autopsia de Charlotte estuvo acabada aquella misma noche. Por la mañana el conocido impreso con el informe del forense descansaba inquieto sobre la mesa de Arsenio Vigalondo justo debajo de un informe de la patrulla 18 de la Comisaria de Zabalburu en el que se notificaba la aparición del cadáver de una tal Susana Garay Alonso. Parece que fue asesinada en una habitación del Hotel Sheraton poco después del suicidio de la americana.
Arsenio se desayunó con la ketamina de Charlotte “grandes cantidades de Ketamina en sangre que pudieron conducirla a un estado de locura transitoria con tendencias suicidas” y almorzó con el cuello degollado de Susi.
―Piiiii… Margarita soy Juan Romeo. Teníamos una cita hoy pero me temo que vamos a tener que aplazarla. Asuntos de índole personal me obligan a tener que dejar Bilbao durante unos días. Espera mi llamada, princesa. Piiii…

Margarita Cifuentes escuchó el mensaje del doble de Astoreka mientras sus ojos incrédulos leían “Charlotte Flanagan fallecida ayer día…..”

 

 

CAPÍTULO XVII

Llovía mansamente. Las leves gotas eran movidas por el suave viento que soplaba Eolo por entre las calles de Bilbao. Esta humedad, junto al hecho de que el crepúsculo echase su manto cetrino sobre la urbe, hacía que la ciudad tomase un cariz opalino y desazonante. Las farolas, automática e inopinadamente, extremo del que ningún vecino había llegado dudar a lo largo de años e incluso lustros, se encendían dando una apariencia mortecina al suelo húmedo, a las fachadas y los bancos solitarios de la Gran Vía, dejando grandes áreas oscuras y obviando el dar luz sobre rincones y recovecos, y sobre todo acentuando la orfandad oscura de las callejuelas por siempre huérfanas de este bien municipal. Nadie sabía el cómo ni el porqué mas un dios en lo oculto vigilaba el horizonte y de acuerdo con la marcha del astro rey – antes de su ocultamiento total para ser exactos – ponía en marcha el alumbrado y las almas que recorrían las calles e incluso aquéllas que observaban desde los alfeízares de los despachos y las oficinas, gozando y quedando sorprendidos por el milagro a un tiempo, en un extraño momento de magía, veían como sus estados de ánimo cambiaban imperceptiblemente. El trabajo se hacía lento y daba en pensar que ya era el momento de volver cada uno a su hogar, a la holganza y al asueto del sofá y la mesa camilla.
Serían alrededor de las siete de la tarde, plena oscuridad en la Gran Vía, cuando del portal de uno de esos edificios antañones de la ciudad, de los que tienen araña luminosa en el alto techo, alfombra roja fijada con barras latonadas y grandes tiestos esfinge sobre el mármol – alguno de los que conservan conserje ataviado de alto copetín –, salió un hombre con los cuellos de la gabardina subidos, una gorra impermeable y una gran maleta de cuero negro, elegante maleta que gustan de llevar los ejecutivos de las grandes corporaciones con sede en Bilbao. Uno se mofaría si pudiere abrirla y acaso acertara a ver que sólo llevan alguna agenda electrónica, una o dos piezas de fruta, los periódicos del día incluído el “Marca” por supuesto, el último best-seller de moda y acaso un paraguas de mano.
Miró hacia los dos lados de la acera, en un gesto entre cinematográfico y adquirido con los años, e incluso, quién sabe, tal que el gesto de un hombre reservado, introvertido y secretista, que se dispone a realizar un recorrido inquietante por el dédalo de las aceras mojadas y en sombras, para vaya usted saber qué exposición de pintura, apartada taberna de reunión amigable o simplemente calleja triste donde aliviar su líbido y su bolsillo. Nuestro misterioso hombre se desvía a la derecha, fuera de la gran arteria principal para transitar calles secundarias, calles con el brillo de la humedad reflejando la luz arrojada por los faroles; entonces llega a unos hermosos jardines ornados con la escultura del poeta sedente, en esfinge, que mira hacia el frente mientras dan las siete en el campanario de la iglesia de su izquierda, iglesia de San Vicente Mártir que se levanta frente al vedado verde en un lateral entre dos edificios civiles. Es el literato Antonio de Trueba, eternizado ya para siempre en recio metal. Sus despojos están recogidos cerca de allí en la iglesia citada, la que resuena ahora con tañido de campanas. El hombre de la maleta negra empieza a descender dejando a la izquierda el edificio religioso y a la derecha los jardines guardados por el poeta, desiertos más que nada por el tiempo húmedo pues en otra tesitura serían la ilusión de niños repletos de energías y cuidadoras o madres más sedentes y tranquilas que sus retoños.
Ya contempla el puente del Ayuntamiento y la Ría en su ahora oscuro fluir, interminable fluir, más veloz si cabe en este momento de bajamar intenso, de fangos y pilotes desnudos recubiertos de berdín que dejan entrever un misterioso mundo de acuosa ultratumba tan sólo habitado por una misteriosa fauna depredadora en busca de pitanza, y lombrices y pequeños animalillos esperando el retorno de la marea. Bordea el agua sin cruzar el puente de forma que puede contemplar el otro lado, su oscuridad mal iluminada pero adornada por las luces móviles de los autobuses y autos que transitan de forma febril el crepúsculo capitalino. A la par que bordea la Ría asciende para cruzar de un lado al otro la calle que sube desde el puente del Arenal. La maleta brilla por la humedad que cae lentamente sobre los vivos y sobre los muertos como una bendición divina e interminable, una necesaria limpieza que trata de borrar los pecados de la grey. Calle Bailén hacia arriba, la gente se agolpa esperando subir a los autobuses o, a la derecha, concretamente, traspasando la férrea e inolvidable puerta de la estación ferroviaria de FEVE. Las fachadas se oscurecen, se hacen ciegas y la calle se hace más angosta y solitaria. Es el momento de bajar hacia la izquierda para encontrarse de nuevo con el agua que fluye ahí abajo en la densa oscuridad. Negra como la pez y con la consistencia del aceite, la gran masa de agua se hace presente de forma inconfundible por el olor que despide, un olor más de Bilbao que va cambiando levemente con los años y el decrecer de la contaminación. Hay soledad y silencio al lado del agua en la arcada que distribuye sombras por el suelo sucio y mal iluminado. Nuestro hombre, echado hasta ese momento hacia delante a causa de la inconsciente postura para protegerse el rostro de la lluvia, se yergue, se quita la gorra y la sacude para deshacerse de la cosecha de gotas que se han adherido a ella. Entonces se pueden apreciar sus pabellones auditivos rematados en punta hacia arriba y su estrecho y pálido rostro que contrasta con su pelo moreno zahino y brillante. Entre los arcos, en la oscuridad sólo rota por el murmullo de algún vagabundo o algún drogadicto dando estertores debido a la falta de droga, en una esquina oscura, la más cercana al puente del Arenal, abre una pequeña puerta que parecía cegada con dos tablones en equis claramente inhábiles. Se introduce en las tinieblas, la cierra tras de sí y espera a que sus ojos se acostumbren a la falta de luz.

Anda por un pasadizo que amortigua el eco de sus pisadas al final del cual se accede mediante unas escaleras de caracol a la antigua estación de la Naja, ahora cegada e inutilizada por el cambio de trazado en la línea de la margen izquierda. Allí hay cierta iluminación que entra por las cristaleras que iban a dar a la Ría. También hay murmullos o lamentos humanos como de gente inmóvil y acostada en el suelo. Alguna luz de linterna y pequeños sonidos audibles que pese a su inconcreción dan a entender que provienen de seres maltrechos, desechos de la gran urbe diurna y su ritmo infernal de dineros y posesiones. El hombre de la maleta de cuero, el del rostro huesudo y sombrío, otea en la penumbra intentando divisar y discernir los distintos seres humanos que, como en una leprosería, habitan la cripta ferroviaria, la cavidad del suelo que da cobijo a los desheredados y doloridos habitantes de este mundo, las huestes famélicas y dolientes que se recuestan en las colchonetas y mantas esperando a un nuevo día, menos esperanzado que el anterior.
―Zenbele, ¿cómo van esos dolores? ― interroga el hombre de la maleta a un negrazo que yace acurrucado a pocos pasos de la entrada.
―Muy malo, muy malo. Quiero dejar este mundo ― contestσ Zenbele con una grave voz de acento subsahariano.
―Ahí va tu “aspirina”. Ya sabes cuánto tienes que tomar cada día. Volveré pronto. Quédate con este alimento y esta botella de agua. Ah, y acuérdate de tu Guinea natal, del sol y del mar azul.
―Adiós, Vicente, nuestro hechicero.

Después se acerca a una mujer anciana forrada de ropas con el rostro arrugado y las manos sarmientos implorantes.
―Hola Juana, buenas noches. ¿Te sigue doliendo el alma?
― Sí, Vicente, sí. Me paso el día sentada en los bancos aguantando el dolor y la penuria. Sólo esas pastillas que me das hacen que vea el mundo de otro color. Esta pierna tullida parece que me mostrará el camino al otro mundo.
―Me alegro de que haya alivio para ti. Te dejo que tengo que seguir mi camino de reparto. Cuidado ahí fuera, que vienen grandes lluvias. Agur.
―Agur, agur.

Siguió su recorrido repartiendo “aspirinas”, como él las había bautizado tiempo atrás, por esta moderna leprosería, por los puntos de luz tenue y en algunos casos simplemente por lugares y los rostros que había memorizado tantos días visitando a aquellos seres olvidados. Allí había gentes de toda condición, que tenían en común el sufrimiento, la necesidad. Aquella medicina que les repartía hacía las horas más amables y tranquilas : descansaban del dolor y de la inclemente vida. Los tacones de Vicente resonaban en la cripta formando un sonido tranquilizador que ellos tomaban como la única visita que podían esperar del mundo exterior. Cuando bajó por las escaleras y arribó al quicio de la puerta, la maleta carecía de peso; la abrió, salió a la noche y se acercó a la baranda al borde de la Ría. Miró al cielo, se sintió sobrecogido y aliviado en su alma filantrópica.

oooOooo

Arsenio estaba en la Plaza Elíptica al filo de las seis de la tarde. Llovía quedamente. Acababa de salir del dentista para una revisión anual. Empezó a caminar hacia el Hotel Sheraton con el fin de hacer algunas pesquisas. Mientras pasaba por la calle Elcano en dirección a la Plaza de San José elucubraba sobre los crímenes que tenía bajo su responsabilidad. Detuvo sus pasos y miró hacia arriba y al otro lado del Palacio Chavarri, ahora reconvertido en edificio oficial, por sobre el patio trasero en el modo que lo hacía desde aquel lejano hallazgo de una tarde de sol. En la panorámica se podía apreciar la belleza del Palacio con sus remates en punta, sus ladrillos de colores y los múltiples arabescos de la fachada, y más al fondo edificios de oficinas de principios del siglo pasado : las torres rematadas en punta, el gran torreón de la esquina con el balcón de madera y las balconadas adornadas con brillantes bolas de latón, hacían pensar en una típica ciudad centroeuropea como Praga con su pasado milenario ―la había visitado con su mujer y estaba deseando volver allí, a orillas del Moldava, al eterno Puente de San Carlos ― y su historia antigua, más antigua que cualquiera de las vidas que se dirimían por las calles de la ciudad. Miraba y fumaba. Miraba hacia arriba deleitándose y fumaba el cigarrillo atenazado entre sus dedos. Si aquellas torres y ladrillos le pudiesen dar alguna pista para sacar la investigación adelante.
Se incorporó al tráfico de los viandantes que recorrían el piso encerado por la humedad. La plaza se abría ante sus pasos y ante él se levantaba, señalando al cielo, la nívea aguja de la iglesia de San José. Un hombre moreno, a las puertas de la ancianidad, en mangas de camisa y sin paraguas ni nada con que resguardarse de la lluvia, pasaba a su lado con una bolsa blanca de plástico cerrada con un nudo mascullando :
―…los papeles no eran de Arzalluz... aquellos papeles eran míos; ETA militar era mía.. – y se detenía mirando al vacío levemente hacia arriba.
Arsenio sabía por experiencia que mirar a un hombre así era requerir su atención y conseguirla de inmediato, así que le escuchaba sin dirigirle la mirada según pasaba y le rebasaba ahora para dejar de oír su letanía.
La lluvia, en ese preciso instante, disolvió los pensamientos de Arsenio, acostumbrado a tipos de esa hechura e incluso a peores ejemplares pues, como él sabía, aquél era un pobre ser inofensivo. Disolvió sus pensamientos y sus posibilidades de caminar por las calles sin quedar completamente mojado. Instintivamente, mientras volvía a dirigir su luz mental a su caso más complicado, se guareció en el pórtico de la iglesia. Se le pasó como un rayo la tentación de entrar de lleno en la protección de los bancos, al silencio de las velas encendidas y las viejecillas orando. Le gustaba la tentación de sentirse acompañado. Aguantó y se contuvo para intentarlo en otro momento de más serenidad de ánimo. Las walkirias comenzaron su cabalgata bajo el arco de entrada aquella tarde y el inspector Vigalondo, por una vez, se sintió interrumpido en su intimidad mental :
―Dígame ― urgía el polizonte.
―…
―Joder, vaya encontrada. Llevamos varios días para localizar a este tipo y te lo cruzas en Alameda de Recalde, así por las buenas.
―…
―Me dices que acaba de entrar en el Deportivo. Déjame a mí que estoy aquí mismo ―imploraba Arsenio, el inspector sesentón, esta vez con ganas de lío.
Gracias a la providencia la lluvia cesó y Arsenio pudo salir del bello pórtico de San José para adentrarse en Colón de Larreategui. Caminaba ansioso con ganas de conocer al tal Latatu y más que nada por saber qué información podría ofrecerle que le abriera el caletre y le sirviera en su investigación.
Ya en el Deportivo pudo ver el cuadro de los partidos. Acababa de empezar el de mano a parejas “Martínez de Irujo – Lasa II” versus “Titín III– Patxi Ruiz” … “Partido cojonudo” pensó para sí el inspector. El hombre de chaqueta azul que cuidaba la entrada puso cara de susto cuando Arsenio le enseño la placa. Era ya madurito y se quedó descolocado ante un hecho que quizá sólo había visto en las películas.
Entró en el frontón que estaba abarrotado y con la nube de humo de puro típica en estos eventos. El ruido de los corredores de apuestas se hacía escuchar y la gente estaba enfervorizada ya en los prolegómenos del partido. No fue sencillo localizar al cacareado Vicente Latatu pues estaba al fondo de la cancha. Afortunadamente había un asiento libre a su lado que fue el que eligió Arsenio para trabar contacto con su hombre.
―Cien “colorao” … cien “colorao” ― gritaba el corredor más cercano.

 

 

 

CAPÍTULO XVIII

Nada más tomar asiento, el inspector Vigalondo comenzó a estudiar los movimientos de Vicente Latatu, que observaba frío y absorto el juego que tenía lugar más abajo. Estudiaba Arsenio la mejor forma de entablar alguna conversación, cuando el otro se volvió y tras un par de segundos escrutándole, le espetó:

―¿No sigue usted el partido?

Vigalondo quedó momentáneamente mudo por la sorpresa, pero se revolvió:

―Tampoco usted parece muy interesado.
―Se equivoca –respondió Latatu- los deportes me apasionan. El culto a la fuerza, la búsqueda feroz de la victoria… no es casual que todos los regímenes autoritarios del siglo veinte hayan hecho de las competiciones internacionales una prueba con que demostrar la superioridad de su sistema político, cuando no de su raza. Y conviviendo con esto, el fanatismo del público. Observe este espectáculo: unos luchan en la arena y otros vociferan y apuestan. Han escogido a su paladín por algún motivo caprichoso y a partir de ese momento sufren lo indecible por su suerte. Convendrá conmigo en que es un comportamiento absurdo.
―Bueno, no todos los actos del hombre son racionales. ¿no cree? –contraatacó el agente.
―Es cierto, aunque deberían serlo. Los comportamientos irracionales son propios del instinto, es decir de nuestra parte más primaria. Yo creo que tenemos el deber de combatir este aspecto de nuestra naturaleza, que nos ata al origen y nos impide alcanzar la perfección.
―Puede que tenga razón. Yo sin embargo creo que el ser humano dejará de serlo si alguna vez alcanza esa perfección. Precisamente son nuestras limitaciones y la lucha contra ellas lo que nos hace humanos. Observe la violencia de este juego. ¿A usted le parece que la violencia es una imperfección?

Latatu fijó en Vigalondo sus ojos de rata, redondos y negros, incisivos e inteligentes y respondió despacio:

―¿Qué quiere decir con eso? La violencia es un medio. Por tanto la violencia sin objeto es irracional, pero si le empleamos para un fin elevado deja de serlo. Tiene sentido para los pelotaris, ya que está en juego su prestigio y sus ingresos, pero para el público que ni pierde ni gana con la victoria o derrota de los otros. Sin embargo usted tampoco tiene preferencias. Entonces, ¿a qué ha venido? Ha estado mirando a todas partes menos al terreno de juego.
―Tiene razón, no soy un entendido. Estoy esperando a un amigo- se zafó el inspector un tanto confuso mientras trataba de hilvanar algún pensamiento rápidamente. Por primera vez en su dilatada carrera profesional se sentía a la defensiva frente a un sospechoso.

―Observe la situación –continuó Latatu- cuatro hombres luchando y un millar observándolos. ¿Qué sentirán los jugadores? No ha de ser agradable actuar vigilado por decenas de ojos. ¿Cómo se atreverán todos estos individuos a juzgar lo que ocurre ahí abajo?

El inspector notaba que le sudaban las manos y su pulso se aceleraba. Dudaba entre desvelar su identidad y detenerle allí mismo o continuar la parodia. Parecía claro que el aparejador sabía que le seguían. Vigalondo descubrió a Joseba parado en el vano de la puerta y decidió iniciar la retirada.

―Ahí está mi cita. Que le vaya bien.- se despidió y se encaminó hacia su ayudante. Cuando llegó hasta él le hizo una señal para que se sentaran. Desde allí seguían viendo a Latatu.

―Maldita sea, este hijo de perra nos ha descubierto- masculló apretando los dientes.
―¿Está seguro? – repuso Joseba sorprendido.
―No estoy seguro de nada, no sé lo que pretende. ¿Han venido con usted los agentes?
―Si están afuera esperando instrucciones.
―Bien, vámonos. Dígales que no le pierdan de vista, aunque estoy seguro de que lo sabe. Nosotros nos vamos al Sheraton a continuar la investigación. Por el camino te lo voy contando.

Joseba cumplió las instrucciones, salieron juntos a la calle y se encaminaron al hotel. Vigalondo iba refiriendo a su ayudante el encuentro con Latatu, y mientras lo hacía la melodía de Wagner sonó quedamente en el interior de su americana. El inspector sacó el pequeño teléfono y miró el número que parpadeaba en la pantalla. Era el director general en persona. Vigalondo se lo enseñó a su ayudante y ambos hicieron un gesto de fastidio.

―Dígame, jefe.
―Vigalondo, me ha llamado el consejero de interior hace un momento, están encendidos con lo del Sheraton, ¿has leído la prensa de hoy? los periodistas ya saben lo de la ketamina, en “El Correo” decían que la suicida estaba hasta arriba de droga, y lo de la otra, la degollada, y que algunas muertes de apariencia accidental están relacionadas con ésta, alguien de casa se ha ido de la lengua, Arsenio, ¿tú sabes quien ha podido ser?, nos van a capar, a mi el primero, quiero que me digas algo hoy mismo, le tengo que decir al consejero que estamos a punto de coger a quien sea…

―Respire, jefe.
―Vigalondo, no me jodas, quiero que me llames cada hora y me digas que estás a punto de trincarle, y quiero que además sea cierto.
―¿Trincar a quien, jefe? La verdad es que no sabemos que está pasando, tenemos algún indicio, pero…
―No me cuentes tu vida, Vigalondo. –zanjó el director- Quiero soluciones, y las quiero ya. Espero tu llamada.

La voz se cortó bruscamente. El inspector devolvió el aparato a su bolsillo con gesto cansado, y se dirigió a su ayudante.

―Aquí hay algo que no encaja. El tipo este de Arrigorriaga está metido en algo pero creo que no es la persona que buscamos. La descripción que hizo el belga del comprador de la ketamina coincide punto por punto con él, y además es bastante rarito. Le podremos empapelar por traer sustancias ilegalmente, pero…, no sé. ¿Has leído el informe que te he dejado en la mesa? En la habitación había un cenicero con colillas de dos marcas diferentes. Los han analizado y en cada una había restos de una de las mujeres. O sea, que se conocían, y se confirma lo que parecía evidente: que ambas muertes están relacionadas. La más joven era hija de Felipe Garay, el del partido, y al parecer era de costumbres bastante disipadas. Ambas murieron prácticamente a la misma hora. Podían haberse matado entre ellas: la Garay le inyecta la ketamina a la gringa, y esta la pasa a cuchillo. Pero entonces, ¿dónde está el arma?. Y si lo ha hecho otra persona, ¿Porqué no las ha matado de la misma forma? ¿Formará la droga parte de algo ritual?

Enfrascado como iba en la conversación, Vigalondo no había reparado en que se encontraban ya ante el vestíbulo del hotel, bajo la imponente marquesina suspendida en una fachada que ahora se le antojaba color sangre. Se encaminaron al mostrador de recepción y preguntaron por el director. Los empleados, sin duda reconociéndole de la víspera, se mostraron diligentes y obsequiosos. Les invitaron a sentarse y les ofrecieron algo de beber. En un instante apareció el director por una puerta trasera y les sugirió pasar a su despacho. Era un hombre probablemente más joven de lo que aparentaba, de menor estatura que los agentes, metido en carnes y bastante pálido. Tomó asiento en el lugar de la mesa que le correspondía y se dirigió a Arsenio:

―Usted dirá en que puedo serles útil.
―Ayer le pedí que hablara con todos sus empleados, por si alguno había observado algo que nos pudiera ayudar. ¿lo ha hecho?
―Por supuesto, señor.
―¿Y bien? –insistió Vigalondo.
―No sé si es importante. Un camarero asegura haber visto a un hombre que se quedó mirando a la joven suicida, se echó las manos a la cabeza y salió corriendo hacia los ascensores.
―¿A dónde llevan los ascensores? –quiso saber Arsenio. El director pareció sorprendido por la pregunta.
―Pueden llevar hacia arriba o hacia abajo, hacia las habitaciones o hacia el aparcamiento.
―Ya- contestó Arsenio. -¿Podemos hablar con el empleado?
―Por supuesto, pero deberán esperar un rato. Hace más de veinte minutos que ha comenzado su turno, pero todavía no ha llegado. Mientras tanto voy a la caja fuerte a traer la película de las cámaras de seguridad que ayer me solicitaron.
―¿Hasta qué hora han estado grabando?
―Hasta las seis de esta madrugada.
―Bien- respondió Arsenio satisfecho.

 

 

CAPÍTULO XIX

La luz de los dos tubos fluorescentes encastrados en el techo de escayola rebotaba sobre el alicatado color lavanda de la habitación. El hombre miraba sin ver, sus ojos perdidos en algún lugar de su mente. La espalda recta se apoyaba en el respaldo de la silla. Las manos descansaban sobre la mesa de metal. Cada poco tiempo un ligero temblor agitaba la comisura izquierda de sus labios, como si estuviera reprimiendo el asomo de una sonrisa.

―Lleva así desde que le detuvimos —dijo el agente rascándose la oreja, nervioso ante la posible reacción de su superior.
―¿Quieres decir que no ha abierto la boca? —preguntó Arsenio.
―Nada. Ni una palabra. Nos hemos relevado toda la noche para interrogarle. Félix y yo. Y nada. No ha pedido un abogado, ni ha querido llamar a nadie. Ni ha respondido a ninguna de nuestras preguntas. Actúa como si estuviera en trance.
―Joder, pues sí que estamos buenos.
―Oiga, jefe, y si le afeitamos un poco…

Arsenio contempló de hito en hito al agente. Joder con los nuevos métodos para interrogatorios, y joder con los psicólogos de última generación.

―No me toques los huevos, Germán, que bastante en la picota estamos ya con todo esto como para que se nos vaya la mano. El mismísimo consejero de interior anda detrás del caso desde que se descubrió a la Garai degollada.
―Bueno, jefe, quizá lo de la chica esa no tenga nada que ver con toda la historia de la ketamina y las mujeres muertas… —la mirada asesina de Arsenio hizo enmudecer al agente Germán Salazar.

Vigalondo salió de la sala oscura desde la que se podía observar a un Latatu hierático, imperturbable. Ni siquiera le había visto pestañear. Se frotó la nariz y se giró hacia Alberto Fernández.

―No sé si será legal, pero voy a ordenar una analítica de este tío. Esto no es normal. Me debo estar volviendo paranoico, pero para mí que está puesto hasta las cejas —habló más para sí mismo que para su compañero.

Alberto asintió. Acababa de leer el informe de la detención y allí se reflejaba que le habían echado el guante en los servicios del frontón. Tuvieron que reventar la puerta del retrete. Le encontraron allí sentado, exactamente igual que ahora, sumido en un mutismo y atonía absolutos.

―Será lo mejor. De todas formas es cuestión de esperar. Si se ha metido algo, tarde o temprano se le pasarán los efectos y entonces le apretaremos las tuercas —le animó Alberto mientras se dirigían al despacho de Arsenio.

Lo había visto en muchas películas americanas. El panel de corcho con fotos, gráficos, flechas, muchos post-it amarillos, verdes, rosas punteando la superficie marrón del tablero. A él, sin embargo, no parecía servirle para nada. Aquel caso era el paradigma del caos y la confusión. Arsenio se sentó y apoyó la cabeza en las manos. Habían pasado gran parte de la noche interrogando al empleado del hotel sin ningún resultado. Lo único que fue capaz de asegurar es que una maciza impresionante y en pelotas se había tirado desde el séptimo piso gritando que era un ángel. ¿Y el tipo que ha dicho que se llevaba las manos a la cabeza? No sé, no llegué a fijarme mucho en él, es que la gachí me dejó sin habla, joder cómo estaba la piba, y claro, luego se tiró y, en fin, ya, ya, el hombre, pues no sé, de pelo canoso. Bien vestido. No, no sabría decirle si la conocía. Yo no les vi hablar. No, no tampoco llegué a ver de qué habitación salió la chica. ¿A la que degollaron? Sí, a esa la vi llegar con un plasta pegado a ella, pero cuando entró a la habitación estaba sola. No sé, parecido al otro, imagino. No, no le vi la jeta. Joder, usted es que no vio nada, ¿o qué? Lo siento agente, pero no, no vi mucho, mi trabajo no es vigilar a los clientes y aquí, la verdad, caballeros maduros con jóvenes de buen ver, qué quiere que le diga. No, no me lo diga. Bueno, pues no se lo digo, pero ya sabe, además con el Congreso éste y todo el jaleo. Ya me entiende usted. Ya, ya le entiendo. Le entiendo muy bien, Joseba, cógele los datos al lechuguino éste y que no se nos despiste, por si acaso. Vale, Arsenio. ¿Y con las cintas qué hacemos? Llévalas a la comisaría. Mañana las vemos que hoy no puedo con mi alma.

―Coño, coño y más coño. No he estado más perdido en un caso en mi puta vida. Te lo aseguro. No sé ni por donde seguir. Y el carcamal ese ahí, papando moscas, con la jodida insignia de oro y brillantes del Athletic en la solapa y hasta el culo de droga. Coño con el viejo…
―Tranquilo, Seni. Seamos proactivos…—las cejas enarcadas de Arsenio le hicieron medir sus palabras. No era lugar ni momento para pedanterías, bromas ni ironías.
―A ver, Arsenio, —continuó Alberto— lo primero, ya debería haber una brigada investigando la vida de la americana. Su relación con las mujeres muertas es tan evidente que por algún lugar terminará aflorando alguna vía de actuación…
―Ya, en ello anda Joseba, pero tampoco lo entiendo. Envió los SMS desde su teléfono móvil. Por cierto, de los de tarjeta; si llegamos a establecer la relación entre el número y ella es porque se le ocurrió pagarlo con tarjeta de crédito. Si no andaríamos aún más perdidos. El caso es que tengo el pálpito de que la relación entre los mensajes y las muertes es casual.

Alberto le miró incrédulo. El pobre Arsenio no regía.

―No sé cómo puedes decir eso. Recuerda aquello de la navaja de Ockham que estudiaste en el colegio —le espetó Alberto.
―No, no me he explicado bien —Arsenio agitó las manos, desechando las dudas de Alberto—. Es evidente que hay relación entre ambos factores; lo que quiero decir es que a esas mujeres las han matado por una razón común y esa razón no está relacionada directamente con los mensajes —Arsenio se rascó el cogote y se recostó sobre el respaldo del sillón.
―No te sigo —Alberto le miraba interrogante.
―Ya, yo tampoco me sigo. A ver. Creo que la yanqui tenía algún tipo de relación con las cinco fallecidas. Aún no sabemos de qué clase. Por otro lado alguien las ha asesinado, seguramente sin conocer esa relación entre Charlote y las mujeres. Sólo a posteriori el asesino lo descubrió, descubrió que Charlote las conocía y decidió cargársela. Quizá tenía miedo de que ella hubiera adivinado algo. Recuerda su afición a los artilugios electrónicos de La Tienda del Espía.
―Puede ser…—rumió Alberto pensativo.
―No sé, es una idea. Tengo la impresión de que hay más mujeres, de que ella conocía a más mujeres del mismo grupo a las que aún no han matado. Y que hay un nexo común entre todas ellas, más allá de su juventud y buen ver. Es como si pertenecieran a algún tipo de asociación…
―Suena interesante. Y factible —apostilló Alberto—. Es lástima lo del teléfono, el que sea de tarjeta, digo. Según tu teoría habría más SMS a más mujeres. Sin embargo las compañías telefónicas no almacenan información de las llamadas con este tipo de teléfonos más allá de un par de días.
―Bueno, podemos intentarlo. Dos días no son mucho, pero quizá nos ayude.
―Quizá —dudó Alberto—. En todo caso hemos de tener paciencia. Latatu saldrá tarde o temprano de su trance y nos explicará qué tiene que ver en todo este jaleo.
―¿Tú crees que es el asesino? Parece claro que el compró la ketamina, pero… No sé, no lo veo. No da el perfil de camello. Demasiado fácil. Además tampoco me lo imagino drogando a mujeres hechas y derechas… Esta claro que en algo anda con la puta droga de los huevos, pero no encaja con esta historia. ¿Hemos localizado ya a Astoreka?
―Sí, Seni. Nos espera en su despacho esta mañana.
―Quizá nos aclare algo acerca de Latatu, ¿no te parece?
―Seguro que sí, Seni, seguro que sí —respondió eufórico Alberto Fernández en un intento de levantar los ánimos del desmoralizado inspector Vigalondo.

Mientras se enfundaba en su abrigo, Alberto observó la novela que Arsenio había dejado sobre la mesa. Más por cambiar de tema y despejarse la mente y la de su compañero que por auténtico interés en la lectura de su amigo, la cogió y comenzó a ojearla.

―¿Qué tal está? Mmmm… Ocaso en Barnaul. Suena bien. ¿De qué va? —preguntó Alberto mientras echaba un vistazo a la contraportada.

Arsenio miró un instante por la ventana del despacho. En la calle los viandantes se apresuraban en un vano intento de huir de la lluvia pertinaz. Ráfagas de viento azotaban las marquesinas y empujaban a los peatones contra los portales. Los paraguas se agitaban casi histéricos, como si desearan escapar de las manos que los aprisionaban, rebeldes. Como si desearan volar lejos de aquella mezcolanza de gases de escape, cláxones berreando y motores rugiendo.

―¿Eh? ¡Ah, sí! No es nada. Un divertimento. Un montón de marcianos locos que se dedican a darse por el culo unos a otros por todo el Sistema Solar. Y además están todos drogados. Como las tías estas…—se fue apagando la voz de Vigalondo—. Y el cura. Joder. Y el cura. ¿Qué coño pinta el cura en toda esta historia? —murmuró el inspector mientras salía por la puerta del despacho acompañado por Alberto Fernández. Éste meneó la cabeza, entristecido. Su amigo comenzaba a desvariar, sin duda.
―Por cierto, Seni, las cintas de video del Sheraton. Aún no las hemos visto.―No te preocupes, los de la brigada de tecnología andan con ello. A ver si encuentran a alguien entrando o saliendo de la habitación de la putilla esa... —una tosecilla de Alberto le interrumpió.
―Seni, cuidado, ya sabes de quién era hija —aconsejó Fernández.
―Sí, sí, vale. Lo tendré en cuenta. Imagino que llamarán dentro de poco.

No bien hubo terminado de hablar la pantalla del teléfono móvil se iluminó. La voz que le saludó desde algún lugar en los sótanos de aquel mismo edificio le infundió una leve esperanza.

―Úbeda, dime algo bueno, por tu madre.
―Hola, inspector. Tengo buenas noticias, creo —dudó en última instancia el interlocutor de Vigalondo.
―A ver, dispara de una vez —se irritó el inspector.
―Las cámaras del séptimo piso han captado a alguien en el pasillo. Por la cara que pone me da que el vuelo de la americana le impresionó bastante.
―Cojonudo, Úbeda, o sea que se le ve la cara.
―Claro, jefe, eso he dicho.
―¿Alguna idea de quién puede ser?
―Sí, jefe.
―¡Nomejoda, Úbeda, nomejoda! —gritó el inspector Vigalondo fuera de sí—. ¿Qué está esperando para decírmelo?
―Es que creí que ya lo sabría. Es el tipo ese que tienen detenido.
―¿Latatu? —preguntó atónito Arsenio, sin creerse lo que estaba oyendo.
―Sí, ése, inspector. Vicente Latatu.

Vigalondo se mesó el cabello con la mano libre. Alberto le observaba intrigado sin entender muy bien lo que sucedía. El inspector le tranquilizó con un movimiento de la mano. Inspiró un par de veces y preguntó al agente Úbeda.

―¿Algo más?
―Sí, jefe —aceleró el agente Úbeda—. Las cámaras filmaron a alguien saliendo del cuarto de la Garai justo cuando se inició todo el alboroto. Parece que el amante de la chica, visto la que se estaba armando, decidió poner pies en polvorosa.
―¿Se la ve a ella? —preguntó con la esperanza de tener entre sus manos al asesino de la joven.
―Sí, jefe, se despiden con un beso y…, bueno, ella le toca el paquete a él y luego…
―Déjelo, Úbeda, no son necesarios los detalles.
―Vale, jefe. También le hemos identificado —en este punto, recordando los berridos anteriores, Úbeda decidió continuar, sin aguardar la siguiente pregunta—. José Félix Astoreka, el dueño de un estudio de…

Vigalondo ya no escuchaba a su colaborador.

―Joder —la letra e se alargó en un grito de incredulidad. Atendió sin mucho interés al resto de las explicaciones de Úbeda y a continuación le aclaró la conversación a Alberto.
―Hostias, esto parece el camarote de los hermanos Marx —apostilló, cinéfilo, Fernández.
―Sí. Por desgracia estos del Sheraton sólo graban hasta las seis de la mañana. El turno de noche. El resto del día los de seguridad no guardan nada, así que seguimos sin saber quién entró en la habitación de la put…, de la chavala esa y se la cargó —se lamentó Arsenio.
―Bueno, menos da una piedra —Alberto palmoteó el hombro de su amigo.

Media hora más tarde ambos policías entraban en el despacho de José Félix Astoreka. Amplio, luminoso, con unos enormes ventanales desde los que se disfrutaba de una espléndida vista de la ciudad. De diseño minimalista, el lugar aparecía adornado por unos pocos muebles de líneas estilizadas y un par de cuadros de estilo indefinido. Una poco estimulante confusión entre un exquisito buen gusto y una extrema simpleza. Astoreka se puso en pie al entrar en su lugar de trabajo los dos agentes y acudió a saludarlos con la mano extendida. Su temblor no pasó desapercibido para ninguno de los policías.

―Tomen asiento, por favor. Ustedes dirán qué es lo que desean de mí —la voz vibró con unas sacudidas incontrolables.
―Tranquilícese, señor Astoreka. Esta no es más que una visita rutinaria —habló afable Alberto mientras Arsenio escrutaba el rostro de José Félix.
―Bueno, Alberto, en realidad algo más que rutinaria, ¿no es cierto? —corrigió Arsenio a su compañero.
―Sí, sí, tienes razón inspector Vigalondo.

José Félix notó como sus intestinos se llenaban de una sustancia líquida. Joder, encima vienen en plan poli bueno, poli malo. ¿Qué coño querrán?

Arsenio y Alberto se cruzaron una mirada de inteligencia y el segundo inclinó ligeramente hacia delante el cuerpo. Tamborileó con los dedos sobre la mesa de Astoreka y le preguntó a bocajarro.

―¿Suele acudir con regularidad al Sheraton, señor Astoreka?

La palidez que se había instalado en la tez de José Félix desde que tuvo conocimiento de la visita de los policías aquella mañana se acentuó más aún, si es que ello era posible.

―¿Có… Cómo dice? —balbuceó.
―¡Hostia puta! —gritó Arsenio—. La pregunta está clarita, ¿no? Le está preguntando qué coño hacía en el Sheraton la noche que mataron a Susana Garai. Más exactamente qué coño hacía con ella en su habitación. ¿Entendido?

Astoreka juntó las piernas y apretó los gluteos. Unos extraños sonidos como de cañerías de hotel decimonónico irrumpieron por entre las vueltas y revueltas de sus intestinos. El gorgoteo llegó a ser audible incluso para los dos policías. Con gesto de estupefacción se les quedó mirando durante varios segundos. Los ojos abiertos, la boca apretada, las aletas de la nariz pareciendo que querían hacer volar la completa cabeza de José Félix y separarla de su cuerpo. Se puso en pie de un salto y con pasitos breves corrió hasta la puerta de madera que se camuflaba en la pared de la derecha. Cerró con un golpe tal que uno de los cuadros —un lienzo blanco con una línea negra quebrada en uno de los laterales— se desenganchó de su alcayata y quedó descolgado como un brazo roto. Amortiguados por el espesor de los nobles materiales que adornaban la habitación, ambos policías se sonrieron cuando les llegaron unos sospechosos petardeos desde más allá de la puerta del servicio.

―Vamos bien, Seni, vamos bien —se regodeó Alberto mientras unos tremendos suspiros acompañaban a unos cada vez más esporádicos chisporroteos.

Astoreka regresó con el nudo de la corbata aflojado, colgando casi a mitad del pecho; los faldones de la camisa por fuera del pantalón y con la bragueta abierta; unas sospechosas manchas marrones en los zapatos denunciaban lo que acababa de suceder. Se derrumbó en el sillón y miró con rostro desencajado a los dos policías.

―Yo… Yo no la maté. Se lo juro. Cuando la dejé estaba viva.

Arsenio decidió dar otro capotazo, pero en sentido contrario.

―Y de su colaborador Vicente Latatu, ¿qué tiene que contarnos?

Más desconcertado que antes, la mirada de Astoreka se movía de uno a otro, sin entender nada.

―No… No sé. Nos odiamos, es verdad, pero tampoco le maté.

Alberto le guiñó un ojo a Arsenio. Un gesto de complicidad que incidía de nuevo en aquel vamos bien de unos momentos antes. Vigalondo no era tan optimista, pero sentía que había hecho presa y no estaba dispuesto a soltar el bocado.

Astoreka, encogido en su asiento, se retorcía los dedos de las manos. Como un niño entonaba como un rezo su último deseo. Que no sepan nada de lo mío con Charlote, por favor, Señor, que no sepan nada…

 

oooOooo

El vehículo se detuvo con un chirrido de los neumáticos. El conductor se apeó y con una pulsación de su dedo pulgar ordenó el cierre de las puertas de su automóvil. Dos pitidos retumbaron en la nave semivacía y le indicaron que podía abandonar el parking. Se dirigió hacia la salida del aparcamiento subterráneo de la Herriko Plaza que daba a la calle Elkano. En su dedo índice hacía girar un llavero del que pendía el rectángulo brillante de color plata que jugaba las veces de llave.

Una vez en la superficie respiró una bocanada de aire fresco y húmedo. Barakaldo era una ciudad que detestaba. Oscura, grisácea, plagada de gentes oscuras y grises que correteaban de aquí para allá, como hormigas. Sus vidas no valían nada, no tenían sentido. Si la mayoría de ellos desaparecieran no cambiaría nada. Lo mismo que si pisara un hormiguero. Insignificantes seres que se creían algo en este mundo. En una plaza pequeña al final de la calle alcanzó la boca de metro. Enfrente una fuente de hormigón y ladrillo lanzaba sus chorros raquíticos de agua hacia un cielo indiferente. Un par de crías de aquellos seres prescindibles daban vueltas en una carrera sin final a la circunferencia de la fuente. Con un profundo gesto de desagrado pintado en su cara el hombre esquivó a los niños y se sumergió en la gruta que le llevaría hacia su destino. Bajó lo más rápido que pudo hacia los andenes. A la izquierda una máquina expendedora de billetes le reclamó con su pantalla multicolor. Andén dirección Sestao. Estación de Urbinaga. Dos paradas.

Cuando salió de la oscuridad de los túneles encaró la prolongada pasarela de vallas azules que llevaba más allá de las depuradoras de Galindo. El olor a aguas fecales era insoportable. Eso era aquel mundo extraño. Mierda y seres anodinos. Se tapó la nariz con el pañuelo perfumado que llevaba en el bolsillo de la americana. Al fondo la decrépita factoría de Babcock Wilcox elevaba sus melladas e impotentes naves industriales hacia unos montes que hace tiempo dejaron de ampararla. Un poco más allá los centros comerciales se veían repletos de vehículos y hormigas ansiosas por aplacar su voraz fiebre consumista. Dos al precio de uno, pensó el hombre con un rictus de desprecio en los labios mientras llegaba a los arrabales de Sestao. Infelices. Todo ello una droga a la que se veían abocados sin remedio y sin saberlo.

El hombre se internó entre unos bloques de viviendas de color marrón. Bajo el revoque asomaban los ladrillos desportillados. En las ventanas, colgadores cargados de ropas ajadas daban un toque de color a aquella monotonía repleta de ruina. Unos críos de poco más de siete años salieron corriendo al verle doblar la esquina y desaparecieron por un boquete abierto en la pared de uno de los bloques de pisos. En el portal que se abría —oscuro, profundo, cargado de presagios de corrupción— a su derecha le aguardaba un individuo de aspecto sucio y maloliente. El hombre se llevó de nuevo el pañuelo a la nariz. La transacción fue rápida. Un sobre y una bolsa cambiaron de manos con rapidez.

―Señor, esta será la última entrega —dijo el tipo de vestimentas astrosas cuando el hombre iniciaba su retirada.

El hombre le contempló con una pregunta muda en sus ojos.

―La cosa está muy alborotá.

La pregunta persistió. El tipo, nervioso, carraspeó y escupió en el suelo.

―Digo que la poli anda detrás de lo de las mujeres asesinás. Ya sabe, con la ketamina de por medio. Como la que lleva en la bolsa —señaló con la cabeza al pequeño paquete que el hombre aún sostenía en su mano. Aguardó un gesto de complicidad en su interlocutor.
―Tu fuente de suministro ya no es segura, supongo que es lo que me quieres contar —dijo el hombre, inquieto por el rumbo que tomaba la conversación con aquel delincuente.
―Eso es, jefe —pareció tomar confianza el individuo—. El menda que la repartía parece que está ahora mismo en el talego. Y no creo que vaya a salir en mucho tiempo. Y los desgraciaos de La Naja a los que les regalaba las pildoritas están ya más muertos que vivos. Los que se la tomaron, muertos. Los demás se deshicieron de ella con rapidez. Para eso ando yo por ahí, jefe, para eso estoy al loro. Parece que no tienen mucha prisa por abandonar esta vida. El muy cabrón ha estado a punto de mandarlos a todos al otro barrio.
―Ya.
―Digo que, ya sabe usted, las píldoras están un poco cargadas. No sé si me explico. Como andes un poco mal de la patata te vas para el otro lado; eso sí con un viaje cojonudo.
―Ya —repitió el comprador de la ketamina.

El hombre le sostuvo la mirada, impasible ante las insinuaciones del otro. Se llevó la mano con el paquete de droga al bolsillo del gabán. Al sacarla un brillo metálico resbaló le resbaló por la palma.

―No entiendo adónde quieres ir a parar.
―Coño, tío. Está claro, ¿no? El pirao que repartía estas golosinas está trincao. Iba de buena gente, de tío enrollao y si no llega a ser por este menda se apiola a dos docenas de infelices.
―Ya. Resulta que él no era un filántropo. Y tú, en cambio, sí.
―Eso es, tronco. Vas captando. Yo les requiso las pastillas a los pringaos aquellos, bueno, a los que me dio tiempo, porque unos cuantos ya han cruzao la raya, y así les salvo su puta vida, por lo menos durante unas semanas, porque tampoco es que estén muy para acá, el que menos tiene sida o qué se yo, y luego apareces tú.
―Y luego aparezco yo —repitió las últimas palabras el hombre mientras se abrochaba el último botón de su gabán.
―Eso es. Y luego las tipas van palmando. Y ayer dicen en los papeles que no se qué de ketamina. Y claro, puede haber sido el viejo, pero entonces me pregunto yo, ¿y el elegante? ¿Para qué quiere ése la droga? ¿No le basta con la coca? ¿Para qué coño puede querer esta mierda?
―Y, ¿a qué conclusión has llegado? —preguntó el hombre mientras echaba un rápido vistazo a su alrededor.
―Ahí quería servidor llegar. El que se ha cargao a las niñas has sido tú. Fijo.
―Sí, ¿eh?
―Sí, tío. Está claro. Así que me vas a dar un poco más de pasta, que veo que te sobra. Y yo, ya ves donde vivo. Si no quieres que hable de ti por ahí. ¿Captas?
―Capto —la última letra de la palabra se alargó en un gruñido. El traficante empezó a resbalar por la pared aún con un gesto de sorpresa en la cara. De su corazón asomaba un elegante bisturí. Apenas un delgado hilo de sangre serpenteaba por la mugrienta camisa del moribundo.

El hombre se inclinó sobre el cuerpo derrumbado. Le posó los dedos en el cuello y una mueca de satisfacción le deformó el rostro. Con un movimiento rápido extrajo el fino estilete del cuerpo del cadáver y lo limpió sobre la camisa. Tanteó el bolsillo del pantalón y recuperó el sobre con el dinero. Una pena. La avaricia había acabado con aquellas relaciones comerciales tan ventajosas para ambos. Tampoco importaba demasiado. Con la cantidad de ketamina que le acababa de suministrar aquel infeliz tenía de sobra para finalizar su trabajo. Con una sencilla adulteración de la droga tendría material suficiente para programar unos cuantos cerebros más. Los justos para culminar su venganza.
Sin embargo un leve atisbo de inquietud anidó en su estómago. No sabía que habían cogido al repartidor de aspirinas, como le llamaban los habitantes de la oscuridad y la miseria. Se lo había descrito en alguna otra ocasión el traficante asesinado y creía saber a quien se refería. Vicente Latatu. Puto viejo loco. A saber lo que terminaría por contarle a la policía. De todas formas ahora ya no había forma de que les relacionaran. De que le relacionaran a él con la droga. Estaba limpio. Pero tendría que habérselo cargado también la otra noche, en el Sheraton.

 

CAPÍTULO XX

La puerta del despacho de Astoreka se abre con una ligera brisa de Nº 5, tras la que aparece una hembra de verdad: 45 años; latina; 1,70; ojos alargados de color naranja; media melena castaña, con brillos de farandol violín, planchada y ahuecada como una palmera de fuegos artificiales que deja ver, de vez en cuando, los lóbulos con dos perlas grises; nariz cóncava y respingona; tez aclarada con meteoritos arcilla; labios carnosos sin silicona, con carmín y glos, que protegen dos ringleras de dientecillos disciplinados y limpios. Viste un traje sastre de cheviot gris verdoso con puntitos negros, de solapa doble, que a duras penas impide, con la ayuda de un pañuelo de seda en tonos calabaza, que su busto 100 salga en un somatén de blonda negra de la americana entallada y corta; bajo la cual, los pantalones, sin pinzas ni raya, luchan denodadamente por contener las nalgas, dignas de Venus Calípega, y los muslos, duros como los de la Noche. Con todo esto, los zapatos de aguja, el bolso , ambos de CH, y la cazadora de visón hembra claro, que lleva en el brazo, pasan desapercibidos para los tres hombres, que se han quedado pasmados.

Astoreka se levanta y la besa las mejillas con un:

―Buenos días, Julia. ¿Cómo estás?.

―Bastante mejor que tú, José Félix. Esta mañana he tenido el presentimiento de que te encontrabas en una situación delicada y he decidido hacerte una visita profesional.

―¿Y podemos saber cuál es su profesión? - Pregunta Alberto con cierta ironía.

―Creo José Félix que tienes que presentarme a estos caballeros, por denominarlos de alguna manera. - Responde Julia con dos relámpagos de miel que carbonizan, los ya oscuros iris de Alberto, quién comienza a experimentar una erección involuntaria como hacía años que no le ocurría.

―Los inspectores Vigalondo y Fernández … Julia Caminero. Es mi abogada.

La media sonrisa de Julia contrasta con las miradas de estupor que se intercambian los dos policías, que comienzan a levantarse y a alargar la mano, cuando el tono frío de Julia los vuelve a paralizar.

―¿Ya se marchan? Excelente. Así podré charlar un ratito con mi cliente.

La erección de Alberto desaparece como por encanto mientras Arsenio levanta sus hombros y hunde en ellos su cuello, preparándose para embestir a la pedorra que se interpone entre él y su presa.

―Mire, Señora, estamos interrogando al Sr. Astoreka a cerca de los sucesos del Sheraton de ayer noche y…

―Mire, inspector: interrogar es un verbo que no puede conjugarse fuera de las dependencias policiales. Si desean una declaración de mi cliente, pidan al juez que lo cite como imputado o testigo y, mientras tanto, dedíquense a buscar a los asesinos que están llenando Bilbao de cadáveres, en vez de jugar a Starsky y Hutch, amedrentando a los ciudadanos honrados.

Arsenio se traga su ira y le hace un gesto a Alberto, quien le sigue fuera del despacho sin volverse ni despedirse.

Julia les sigue y cierra la puerta, tras ellos, suavemente. Se vuelve hacia Astoreka y cierra su bragueta, recoloca su nudo de corbata y mete los faldones de su camisa por dentro de su pantalón. Después, saca un pañuelo de su bolso, se arrodilla y limpia los zapatos de Jose Félix. Una vez ha acabado, levanta el rostro hacia Astoreka y sonríe.

―El Pato Donald me ha comentado que esos dos vendrían a visitarte. Creí conveniente actuar con rapidez.

Astoreka acaricia el mentón de la mujer que apoya la mejilla en su mano.

―Gracias Julia, estoy en deuda contigo. De verdad que necesito mucha ayuda. Hay alguien empeñado en matar a todas las mujeres que me follo, y no es precisamente ese idiota de Vicente. Es un hijo de puta que sabe pegar donde duele: ha asesinado a Charlotte y a la Garai en la misma noche; liquidó a Don Teodosio y no me extrañaría que tu estuvieras en su lista. Tiene que ser alguien que me odia profundamente; algún cornudo que por fin se ha mirado al espejo, alguien que me conoce bien y que dispone de tiempo y dinero suficientes para organizar esta carnicería sin que los maderos puedan inculparle y, encima, me carguen a mi el muerto… nunca mejor dicho.

Julia, ¿te has fijado en ese Vigalondo? Quería arrastrarme por los cojones hasta la comisaría.

―No te preocupes, José Félix, encontraremos a ese individuo y le daremos por el culo. ¿Por qué no le pides ayuda al Pato Donald?

―No quiero implicar a los cofrades. Además, él no me aprecia demasiado, ya lo sabes, solo ve en mí a alguien que le proporciona coños gratis. Imagino que quiere evitar cualquier investigación que pudiera llevar hasta él y deteriorar su carrera política.

Julia se abraza a las piernas de Astoreka y musita.

―¿Por qué no me acompañas a casa, te das una ducha y me agradeces lo que he hecho por ti?

―¿Y el Pato Donald?.

―Está en Madrid, con un asunto del Cupo. Tengo todo el día libre.

José Félix sonríe y se baja la bragueta.

 

CAPÍTULO XXI

Malhumorados, los agentes regresaron a la comisaría. Arsenio se interesó por el estado del detenido.

―El murciélago de la ketamina sigue en trance -le informó solícito el agente Ubeda-.

―¡Cojonudo! Las dos únicas personas que pueden facilitarnos alguna pista importante para poder tirar adelante en este puto caso están indispuestas. Una, chutada hasta las patas; y la otra, con trastornos esfinterales. Y, para colmo de tocabolas, aparece esa abogaducha que nos las ha meneado bien. ¡Así no se puede trabajar! ¡Y como no nos demos prisa, los jefes van a acabar cortándonoslas! -gritó excitado Arsenio-.

Joseba miró a Alberto con gesto de extrañeza, y dubitativo preguntó:

―¿A qué se refiere? ¿Qué es eso de la abogaducha?

―Nada. Una tía de escándalo que nos ha tirado del despacho de Astoreka -se atrevió a decir Alberto-.

―¡Dejaros de chorradas! ¡Hay que mover el culo! -les cortó Arsenio-. Tú alberto consigue una orden judicial para detener a Astoreka; y tú Joseba encárgate de espabilar al murciélago del calabozo. Yo me largo. No me esperéis hasta la tarde.

Efectivamente, cuando Arsenio regresó a su despacho eran ya las cuatro de la tarde. Traía los faldones de la gabardina y los zapatos completamente empapados. “¡Cómo llueve!” –se quejó, mientras se quitaba la prenda para colgarla en el perchero-. Después se sentó en el sillón de trabajo y estiró las piernas, acomodó la espalda en el respaldo, cruzó los dedos y llevó las manos a la cabeza, apoyó la nuca en las palmas, cerró los ojos y se relajó por unos instantes. El ejercicio de rearme físico duró un minuto. “¡Como nuevo!” –se dijo complacido-. Ahora, a atrapar delincuentes toca”.

Sobre el secreter negro de imitación a cuero del escritorio encontró un sobre cerrado. Ya se había percatado de su presencia nada más entrar en el despacho. Lo abrió. “Lo que imaginaba” –comentó para sí mismo una vez que lo leyó-. Se trataba del informe de la analítica realizada a Vicente Latatu. En resumidas cuentas confirmaba su sospecha de que actuaba bajo los efectos de una sobredosis de ketamina. “¡Putos locos! Van a acabar conmigo” – masculló con desprecio-. Quedó pensativo. Al cabo de diez minutos sonó el pitido del intercomunicador, que lo despertó de su ensimismamiento. La voz de su ayudante atronó en el despacho.

―¡Jefe! El murciélago está despertando.

―Cuando esté preparado del todo, me avisas. No me apetece tener que vérmelas con un imbécil balbuceante -repuso Arsenio-.

Cinco horas más tarde, Vicente Latatu estaba en condiciones de afrontar con ciertas garantías el interrogatorio al que iba a ser sometido; aunque cualquiera lo diría viendo el aspecto patético que presentaba: estaba en mangas de camisa, con los puños mal recogidos, con el pelo mojado, con manchas de vomitona en los pantalones, con unas ojeras que se prolongaban hasta el declive de los pómulos, con el rostro demudado y con un temblor ostensible en las piernas. Por añadidura, dos potentes focos lumínicos apuntaban directamente a su cara, y el calor que desprendían le irritaba los ojos, de forma que lagrimeaba copiosamente. Y No podía rascárselos ni secárselos, debido a que estaba esposado con los brazos a la espalda. Se hallaba sentado en la única silla que había en la sala donde la sesión de preguntas se llevaría a efecto. Frente a él, en el otro extremo de la estancia, tres hombres lo contemplaban. No los distinguía. Sólo alcanzaba a discernir la silueta de unas sombras, porque le habían desprovisto de las gafas y, además, se lo impedían Los haces de luz que se proyectaban en el iris de sus ojos y le cegaban casi por completo.

Arsenio dio comienzo al interrogatorio.

―¡Bien, Sr Latatu! ¿Qué tal el viaje psicotrópico?

Latatu no se inmutó.

―¡Mire! Es evidente que usted tiene relación con el mundo de las drogas, concretamente con el tráfico y por lo que hemos comprobado con el consumo de ketamina. ¿Le importaría hablarnos del asunto?

Latatu no abrió la boca.

―Su actitud no le favorece en nada Sr Latatu. Responda a mis preguntas, porque si no me voy a ver obligado a recurrir a otros métodos disuasorios. Se lo repito: ¿trafica usted con ketamina?

Latatu siguió guardando silencio.

―¡Colabore Sr Latatu! ¡Colabore! –levantó la voz Arsenio, cambiando de tono-. ¡Me estoy cabreando! ¿Lo entiende?

Latatu cerró los ojos. Por las mejillas le serpenteaban hilos de lágrimas. Bajó la cabeza. Y pareció querer balbucear alguna palabra. No era un hombre valiente, y bastó con el aviso de Arsenio para que le entrara el canguelo.

Arsenio continuó.

―Sabemos que el día 20 de septiembre se reunió con Gui van der Voos en La Rocher de la Vierge de Biarritz, y que usted adquirió una gran cantidad de ketamina. ¿Para qué la quiere? ¿Dónde está? ¿A quién se la ha suministrado?

 

Latatu permanecía callado.

―¡Vamos a ver, mamón! –intervino exaltado Alberto-. O empiezas ahora mismo a largar, o te cuelgo del techo por los cojones.

Latatu levantó la cabeza. Sollozaba. Las lágrimas ahora le corrían en regueros por la cara. Estaba llorando.

―¡Tu puta madre! ¡Por mis huevos que vas a cantar! –le agredió verbalmente Alberto, fingidamente encolerizado-.

Latatu temblaba. Oía las voces, pero no apreciaba a quienes las proferían. Las lágrimas le empapaban el cuello de la camisa. El escozor de los ojos, el hedor de sus ropas, el frío que le entumecía los músculos, el cansancio que le embargaba el ánimo y el irrefrenable pálpito del miedo le resultaban ya insoportables. Y, cuando advirtió que una sombra con figura humana se aproximaba a él, se meó a los pantalones.

Era Arsenio que se acercaba pañuelo en mano para secar las lágrimas y limpiar la cara del infortunado detenido, y aligerar algo su padecimiento, a la vez que inspirarle cierta confianza y quebrar así su resistencia a hablar.

―¡Venga, venga! No sea usted cabezota, y haga caso a Alberto, que es muy capaz de cumplir con su amenaza. Facilítenos las cosas, y será mejor para todos –le tranquilizó Arsenio, mientras procedía a la operación de limpieza-.

Latatu se dejó hacer. Y Arsenio acabó pronto.

―¿Ve? ¿A que se siente reconfortado? –preguntó retórica y maliciosamente Arsenio-. Hágame caso. Suelte prenda cuanto antes, y acabaremos con esta desagradable situación.

Latatu esbozó algo parecido a una sonrisa. No podía negar que su malestar había experimentado un gran alivio.

Los tres policías comprendieron que habían doblegado la voluntad del detenido y que éste de un momento a otro abriría la espita del chorro de sus secretos. Así que decidieron relajar la presión sobre él.

―Bueno Sr Latatu. Voy a ordenar que le den una buena ducha y le pongan ropa limpia. Luego continuaremos. ¿Le parece bien? –le propuso Arsenio en tono amistoso-.

Latatu asintió con la cabeza.

Los policías aprovecharon el tiempo para tomar un tentempié. Tres cuartos de hora más tarde volvieron al escenario del interrogatorio. Allí les esperaba Latatu. Mostraba un aspecto bastante amable. Parecía otro, con el pantalón y la camisa nuevos, las gafas puestas y bien peinado. Su mirada, libre de la claridad cegadora de los focos, que habían sido retirados, recorría nerviosa y bailarina los rostros de los agentes.

 

―¿Y bien? Usted dirá –abrió el fuego Arsenio-.

Latatu carraspeó.

―¿Estuvo en Biarritz el día 20 de septiembre?

Latatu asintió de nuevo con un movimiento de barbilla.

―Pero hombre. ¡Diga algo! ¿Acaso le ha comido la lengua el gato?-insistió Arsenio-.

Latatu calló.

―Entonces, admite que trapicheó con Gui van der Voos un alijo de ketamina, ¿no?
-prosiguió Arsenio-.

Latatu musitó un “Síí” entrecortado.

―¿Para que necesita usted la ketamina?

Latatu vaciló. Parpadeó varias veces, arrancó con un golpe de tos la flema que le constreñía las cuerdas vocales, rebañó los labios con la lengua, y respondió.

―Para cumplir con mi misión.

―¿Qué misión es esa?

Latatu se enderezó. Su rostro se iluminó inesperadamente. Parecía transfigurado. Daba la impresión de que meditaba la respuesta, como si de lo que dijese o no dependiera el mantenimiento del orden cósmico. Y de súbito disparó una ráfaga de palabras.

―Librar del sufrimiento a los ángeles caídos y a los mordidos por la miseria y limpiar la ciudad de la escoria e inmundicia que se genera como consecuencia de su debacle.

―¿Qué cojones cuenta éste? –interrumpió Alberto indignado-. ¡Si va a resultar que es un cachondo o, peor aún, un iluminado!

―Tranquilo –atemperó Arsenio-. ¡Deja que se explique!

Latatu narró su relación y actividades con los parias que habitaban la abandonada estación de La Naja.

―¡Me cago en…! ¡Jodé con el angelito!
-exclamó Alberto-. ¡O sea, que la media docena de fiambres de tirados y vagabundos que han aparecido los últimos meses por las calles de la villa son responsabilidad de este salvamierdas!

―¡Muy interesante, Sr Latatu! ¡Muy interesante! –le animó Arsenio-. Pero, dígame, ¿no ha suministrado a nadie más la droga?

―No. ¡Jamás lo he hecho.

―¡Sr. Latatu, Sr. Latatu! Usted sabe que la ketamina es una droga en desuso y muy difícil de conseguir.

―Sí.

―¿Y cómo se explica entonces que en el transcurso de unos pocos meses en la provincia hayan muerto varias mujeres, todas ellas de forma violenta, en extrañas circunstancias y que precisamente o ellas o quienes las asesinaron estuvieran chutados con ketamina hasta el carnét de identidad?

Latatu abrió los ojos como platos, sorprendido por aquella información. A los policías no se les escapó este detalle.

―No sé de que me está hablando –aseveró intimidado-.

―¡Ya lo creo que sí! –reaccionó Arsenio-. Usted fue testigo de la muerte de una de ellas.

Latatu se asustó de verdad. Le reapareció el tic de la comisura de los labios.

―No sé adónde quiere usted ir a parar; pero creo que se equivoca –consiguió decir-.

―Nada de eso –replicó Arsenio-. Usted estuvo hace cuatro días en el hotel Sheraton. ¿No es así?

Latatu miraba a Arsenio expectante. Tragaba saliva con dificultad. No respondió.

―Le voy a refrescar la memoria. A eso de las nueve y media de la noche, las cámaras del hotel grabaron su cara de susto y sorpresa, ante el espectáculo de una mujer desnuda que se encaramaba a la balaustrada que recorre el séptimo piso con la intención de suicidarse.

Latatu palideció.

―¿Conocía a la chica? ¿O pasaba usted por allí como quien va a coger el autobús?

―Sí.

―Sí, ¿qué?

―La conocía. Si bien sólo la había visto algunas veces en el estudio de arquitectura en el que trabajo. Colaboraba con nosotros. Aunque despachaba exclusivamente con el jefe. Eso es todo.

―¿Todo?

―Sí.

―¿No le proporcionó usted la droga?

―No. Ya se lo he dicho.

―¿Y no le parece demasiada casualidad?

―Puede… Sin embargo yo no tengo nada que ver con la muerte de esa mujer ni de ninguna otra. Es más, nunca había hablado con ella. Esto era prerrogativa exclusiva del jefe.

―¡Bien, bien! ¿Y qué hacía usted allí? ¿No me dirá que estaba invitado a la gala del Congreso de Medicina Rural y de Primera Instancia que se celebraba en el hotel, no?

―No. No estaba invitado.

―¿Y?

―Fui a espiar a mi jefe.

―¡A su jefe! ¿Y por qué?

―Porque es un hijo de puta.

―¡Ya! Como todos los jefes, ¿verdad?

Latatu enmudeció.

―No obstante, convendrá conmigo en que la gente normal no anda espiando lo que hacen sus jefes, por muy hijos de puta que sean. Usted, ¿por qué lo hace?

―Su padre me lo encargó.

―Sr. Latatu, ¿me está tomando el pelo? –inquirió molesto Arsenio-.

―Es cierto. Cuando mi jefe, hijo del dueño de la empresa, entró a trabajar en el negocio familiar su padre me encomendó esta labor.

―O sea, es usted la niñera de José Félix Astoreka.

―Si quiere llamarlo así…

―¡Muy interesante! ¡Muy interesante! ¿Y qué puede contarme acerca de su niñito?

―Pues… No sé.

―Yo le ayudaré. Por ejemplo, ¿qué hacía su jefe en el hotel Sheraton esa noche?

―Seguramente follar con una puta. Es un hijo de perra que se tira a mogollón de tías. Y además todas están de mil pares de narices.

―Con que un putero, ¿eh? ¡Y de boca fina!

―Sí. Y no respeta a nadie ni nada.

―¿Qué quiere decir?

―Que el hijo de puta no descansa hasta conseguir la mujer que desea. Mire, yo sólo he estado enamorado una vez en mi vida. Fue de una delineante que trabajaba en el estudio. Pues bien, el mal nacido de mi jefe la conoció, y en dos días se la folló en el baño de señoras de la oficina técnica. ¡hijo de puta! ¿Hijo de puta! No me cansaré de repetirlo. Le odio con toda mi alma.

―¿Conoce a más mujeres que él se haya tirado?

―No.

―¡Vaya! ¿Y cómo sabe que se las folla?

―¡Usted me dirá para qué se cita con las mujeres!

―¿Tiene pruebas de lo que dice?

―No. Pero, en varias ocasiones he oído conversaciones telefónicas cerrando estas citas. Incluso una vez hurgué en su ordenador, con la intención de averiguar algo.

―¿Qué averiguó?

―Nada. Porque para cuando abrí el primer archivo apareció en el despacho su padre. Le gusta realizar visitas sorpresa al estudio, y desgraciadamente ese día tocó visita. De modo que tuve que atenderle. Y, fíjese, se me olvidó apagar el ordenador. Al día siguiente creo que el jefe lo encontró encendido, y desde entonces no me he atrevido a aventurarme a husmear en sus cosas. Estoy seguro de que sospecha de mí.

―Ha dicho que su jefe acudió al Sheraton a retozar con una mujer. ¿La vio usted?

―No. No tuve tiempo. Únicamente le vi entrar a él solo en la habitación 717. Queda cerca de donde la amiga de mi jefe se lanzó en pelotas al vacío. Cuando ésta apareció en la balaustrada de esa planta, me asusté y me largué de allí cagando leches. Me marché convencido de que la mujer que se iba a trajinar era la que se suicidó delante de mis narices.

―¡Pues no! No era esa. Las cámaras de vigilancia de la planta, además de a usted, grabaron la despedida amorosa de José Félix Astoreka y la señorita Susana Garai, quien más tarde apareció degollada en la habitación 717. ¿Qué me dice?

Latatu se estremeció.

―¿La conocía?

- Sí. De vista.

―¿Dónde la veía?

―Algunas veces en la fiesta mensual de “La Bilbaína”.

―¿Qué fiesta es esa?

―Una que los socios de esta Sociedad celebran todos los últimos martes del mes.

―¿Los últimos martes del mes! ¿qué casualidad! ¡Justo el día de autos!

―¿Es usted socio? ¿Estuvo ese día en “La Bilbaína”?

―No soy socio. Mi jefe y su padre lo son. Y como algunas veces he solido acompañarles, pues los encargados ya me conocen, y no me ponen impedimentos para entrar a los locales de la sociedad. El martes estuve en ella.

―¿Estuvo también su jefe?

―Sí. Y Susana Garai. Les vi a los dos dándose un beso en la boca.

―¿Qué más vio?

―Nada extraordinario.

―¿Hasta cuándo permaneció en “La Bilbaína”?

―Hasta que me percaté de que mi jefe se marchaba. Salí detrás de él. Mi jefe fue a coger el coche al aparcamiento de la sociedad, y yo pedí un taxi. Lo seguí hasta el hotel Sheraton.

Arsenio entendió que para aquella sesión era ya suficiente. Estaba fatigado. Miró el reloj. Faltaban pocos minutos para que dieran las doce de la noche.

―Gracias Sr. Latatu. Mañana continuaremos –le dijo al detenido a modo de despedida-. Aguarde aquí un rato a que vengan a buscarlo para conducirlo al calabozo.

Los tres policías salieron de la sala de interrogatorios y se dirigieron al despacho de Arsenio. Éste les comunicó el plan de actuación a seguir en el caso.

―Mañana hemos de recabar toda la información necesaria referente a la muerte de indigentes en la villa estos últimos meses, así como interrogar a los habitantes nocturnos de la estación de La Naja. Con ello comprobaremos si Latatu nos ha dicho la verdad y, quién sabe, quizá nos encontremos con alguna sorpresa. Además hemos de obtener la relación de los socios y las personas que asistieron a la fiesta de “La Bilbaína” el martes pasado, enterarnos de cuándo entraron y salieron y, si es posible, conocer qué hicieron. Y finalmente hemos de hacerle una visita a José Félix Astoreka. Me da en la nariz que ese sabe algo de las mujeres asesinadas. Pero todo esto, mañana. Ahora vámonos a casa.

Luego, Arsenio dio su última orden.

―Joseba, llama al agente de guardia, y que se encargue de Latatu.

Así lo hizo. Y los tres agentes abandonaron la comisaría.

 

CAPÍTULO XXII

Deusto es un barrio fronterizo, lejos de la famosa Universidad y más lejos aun de su padre putativo, Bilbao. Deusto se levantó sobre un enjambre de huertas de tomates, separado de Bilbao por la ría y por un puente levadizo de vocación inglesa y con arrebatos infantiles. Deusto creció de espaldas a la ría, al puente –ya nunca más levadizo-, a la Universidad, a las huertas y reconcentrado en sí mismo, mirándose en el espejo odiado de la burguesía del ensanche bilbaíno.
En Deusto, mas concretamente en el portal numero diecisiete de la antigua Avenida del Ejercito –hoy, más correcta, lehendakari Aguirre- (portal otrora de barrotes de forja recia y oscura con portero castellano en un escabel de anea, hoy de skay rematado con tachuelas lejanamente doradas y espejo con manchas de azogue) la mañana lluviosa de un Miércoles gris, asomaron dos piernas rotundas y conocidas, envueltas en gasa de cristal y precedidas por un par de zapatos de aguja negros y luminosos. Julia Caminero salía de la antigua casa de sus padres, heredada –tras un acuerdo beneficioso con sus dos dóciles hermanos- y que le servía de refugio para sus encuentros sexuales cuando el Pato Donald se ausentaba de Bilbao por asuntos –cómo dudarlo- de alta trascendencia política. José Félix -ya repuesto de su entrevista policiaca- había decidido madrugar. Un taxi –flamante Mercedes clase S automático- le esperaba enfrente del diecisiete de la antigua Avenida del Ejercito –hoy, más correcta, lehendakari Aguirre-.

―Gardoqui 6, por favor y rápido, tengo que estar allí en diez minutos.
Sssssss

Julia se inquietó ligeramente con el siseo baboso del chofer. El taxi demarró con un chirrido desconsolado, destrozando la aleta izquierda de un turismo que aguardaba el verde del semáforo. Julia consiguió incorporarse en el mullido y amplio compartimento trasero del Mercedes cuando volaban cerca de la Plaza San Pedro.

―Oiga, buen hombre, que no hace falta que sea tan rápido…

Nadie contestó a la súplica y en el retrovisor aparecieron un par de ojos vidriosos e infinitos. Se incorporó y pudo comprobar como el conductor, hecho un ovillo, babeaba con sus pies y manos fuera de los mandos del coche. Se acercaban dramáticamente a la rotonda del puente. Julia se abalanzó sobre el asiento delantero, se sentó encima del espectro de taxista y trató de frenar aquello sin éxito, un artefacto presionaba el pedal del acelerador hasta el fondo. Giró el volante bruscamente hacia la izquierda, el vehículo derrapó, se accionó el control automático de suspensión y frenada que redujo la velocidad- ahora lateral- del coche y se estrelló por su costado derecho contra la masa de hormigón de la rotonda al mismo tiempo que un numero indeterminado de airbags se desparramaron.

oooOooo

―Vigalondo, acabo de leer el informe y se me acaba de abrir la ulcera. ¿Me puede explicar quién coño está matando a todas estas mujeres en mi ciudad y a un cura y a unos vagabundos y drogados? ¡Pero qué es esto Vigalondo!
―Todo es tal y como se indica en el informe.

Seni trataba de mantener la calma y ganar un poco de tiempo.

―Me voy a tranquilizar y vamos a hablar razonadamente. Bien, empecemos ¿quién mató a las mujeres?
―No lo sabemos. No presentan una relación concreta entre ellas, sólo su edad y belleza. Sabemos que todas conocían a otra de las asesinadas, una tal Charlotte que tiene que ver con un panoli dueño de un estudio de arquitectura, un tal Astoreka.
―Pues deténlo, criatura.
―No puedo, no dispongo de una triste prueba contra él y esta misma mañana el juez me ha denegado la orden de detención.
―¿Qué juez?
―Pérez Terruelas
―La jodimos. Y este Latatu ¿qué pinta en esta historia, ha podido matar él a las tias? Porque si no he leído mal, el compró la jodida droga esa, ketatrena
―…mina
―¡Ketahostias! Contéstame y deja de joderme.
―Nos hemos hinchado a hacer autopsias pero sabemos que Latatu se ha cargado a ketaminazo limpio a una partida de vagabundos, maleantes y drogatas. Se cree un salvador del mundo, un ángel exterminador o algo así, pero no creo que tenga nada que ver con las mujeres. Odia a su jefe, el tal Astoreka y quiere vengarse de alguna manera de él a través de sus novias. Hemos comprobado sus coartadas en cada uno de los asesinatos y no pudo matar a ninguna de las mujeres. Él es testigo de cómo se suicidó la americana esa y de cómo su jefe se folló a la Garay pero también es testigo de que Astoreka no la degolló.
―¿Y, el cura? ¿Qué coño pinta en todo esto?
―No sabría decirle pero pensamos que es una de las claves de este asunto
―Mira Vigalondo o me empiezas a hablar claro o te envío a Hernani a clausurar Herrikos.
―En realidad yo creo que el Astoreka no ha matado a nadie. No es capaz. Se cagó en cuanto fuimos a verle Alberto y yo, ent…
―¿Quién coño es Alberto? ¿No será el Alberto Fernández ese famosito que trabajó en Sarriko en aquello de asuntos No Resueltos y luego acabó en Arkaute haciendo fotocopias?
―Sí. He solicitado que me ayude en este caso.
―Joder, Vigalondo, pero si es un inútil, pero como se te ocurre…
―Decía, si me lo permite señooor, que Astoreka no puede ser el asesino pero es el único que nos puede llevar hasta él. Estoy seguro. Le hemos puesto vigilancia día y noche y estamos investigando la posible relación entre el cura, Don Teodosio y Astoreka. También sabemos que en la fiesta de la Bilbaina del pasado martes estaba el asesino y todos los que saben algo de este caso. Estamos revisando todos los datos sobre esa fiesta.
―Dime, Vigalondo, por favor ¿quién ha matado a todo este personal?
―Un psicópata que odia a Astoreka y al cura.
―¿Por qué les odia?
―Seguro que por lo mismo que odian todos los psicópatas, por niñerías.
―No me cuentes más tonterías porque me agobio. Tengo al Director, al viceconsejero y a su puta madre encima de la chepa, eso sin contar con los periodistas carroñeros y demás fauna, así que espabílate y mañana me llamas a la misma hora y me dices despacito el nombre dos apellidos, direccion, DNI y aficiones del hijo puta asesino. ¿Queda claro, Vigalondo?
―Sí, jefe.
―Y mira si te puedes deshacer del Alberto ese que como se enteren en el cuerpo voy a ser el descojono. Agur.

Tras un rotundo “clonk”, Vigalondo se quedó observando fijamente el auricular durante unos instantes para acabar convencido. “Este es imbécil, esféricamente imbécil”

oooOooo

La irrupción de Julia en el estudio de Astoreka levantó tras de sí una ráfaga de aire que nada tenia que envidiar a las más conocidas tormentas tropicales. Cayeron papeles, búcaros con flores de plástico, ceniceros, el abrigo de María Luisa y una botella de Rioja semivacia.
Tras el consiguiente portazo, Astoreka se quedó atónito contemplando un esperpento vendado que lejanamente se parecía a Julia Caminero, su espléndida abogada.
―Astorekita, empiezo a ponerme muy nerviosa y ya sabes lo que pasa cuando eso ocurre. No hay nada que me irrite más que me quieran asesinar y sin avisarme. ¡Eso no lo tolero!
―Pero, Julia, –una sutil sonrisa pugnaba por poseer los labios de José Félix- ¿qué te ha sucedido? Pareces una…
―No sigas, bonito mío, no lo pongas peor. Esta mañana tu psicópata misógino ha tratado de asesinarme con un taxista repleto de la ketaprisa esa de marras…
―Ketamina
―Ketapotorros. No me interrumpas. Me he pasado media mañana en el hospital, del que por cierto casi no me dejan salir, querían ingresarme en el Pabellón Gandarias pero no han podido –malditos matasanos- y he venido aquí directamente, eso sí en Metro, nada de taxis por una temporada. Por cierto allí en el hospital me han ametrallado a preguntas un par de policías municipales. Les he dicho que pregunten al taxista que yo no sabía nada. Luego me he enterado de que el taxista seguía inconsciente en la UVI y que no habían encontrado ni gota de alcohol en sangre. Lo que te he dicho, estaba drogado por tu amigo el mataniñas.

Astoreka continuaba en la misma posición y sosteniendo el mismo libro –un grueso tomo sobre la Arquitectura en el siglo de oro español- desde el comienzo de la escena, sólo un ligero temblor en el labio inferior denotaba que estaba asimilando la información apresurada y urgente de Julia.

―Pero, Julia, corazón, como va a querer nadie hacert..
―Mira, Jose Felix, no me toques más los.., las narices. A veces pareces bobo o quieres hacérnoslo creer. Está claro que el psicópata ese que tratan de pillar tus amigos los policías ha decidido eliminarme y ¡eso sí que no! Vamos a empezar a movernos de verdad, quizá nos convenga colaborar con la policía…
―Pero… Julia si ya me están siguiendo a todas horas, además de esa manera descubrirían.., digamos, mis pequeñas aficiones y las del Pato Donald
―Entonces, mi valiente amigo, husmearemos por nuestra cuenta. Empieza escribiendo en un papel todo lo que sabes de las mujeres muertas y no te olvides del cura. Escribe también los nombres de los conocidos que asistieron a la fiesta de la Bilbaína del martes pasado. ¡Ah!, y nos daremos una vuelta por tu antiguo colegio de Escolapios donde tan buenos recuerdos dejaste.

Una lluvia terca golpeaba los cristales del estudio de Astoreka.

oooOooo

 ―¿Seni, como te ha ido esta vez con Astoreka?
―Más de lo mismo Alberto. La Venus de Milo esa se pone en medio y no nos deja ser persuasivos con él. Repite el mismo relato: no sabe nada de las muertas, Charlotte era solo una asesora estética de algún proyecto del estudio, no sabe que es la ketamina y Latatu es un descerebrado que le odia. ¿ Y, Latatu?
―Poco más de lo que nos dijo. Es un animal que se cree un superman beatificado. Yo lo empapelaría por lo de los vagabundos y lo dejaría marinando hasta que sepamos algo más y nos pueda ser más útil.
―No sé que voy a decirle hoy al jefe. ¿Qué sabemos de la fiesta de la Bilbaína?
―Joseba ha traído la lista de invitados y estamos procesándolos. Difícil porque estaba todo Bilbao en la fiesta: Astoreka, la Garay, Latatu -éstos son los conocidos- luego una larga lista de amigos de Astoreka: Elexpuru, Zabala, Unzueta, Arana, Saez de Garmendia, Urrutia, Martianez…
―Vale, vale, Alberto. Para ya. ¿Tenéis algo concreto?
―No, mucho no, la lista de amigos de Astoreka es de unas 34 personas. Además las cámaras de la Bilbaína recogieron la imagen de Charlotte rondando las calles adyacentes al local. Otras tres mujeres del tipo de las asesinadas pulularon el día de autos por la Bilbaína y estamos tratando de identificarlas y comprobar si tienen alguna relación con Astoreka o Charlotte o Latatu. Desgraciadamente el teléfono de Charlotte desapareció el día de su vuelo y no disponemos de registros telefónicos de entonces.
―¿El cura?
―Por ese lado tenemos algo más.

A Vigalondo se le encendieron las ojeras, pasaron de un color gris marengo a uno malva pálido. Alberto se apercibió del cambio y se gustó esperando la impaciencia de Arsenio

―Venga, suéltalo ya Alberto que como sigas así voy a tener que hacer caso al jefe.
―¿Cómo? No me jodas, Seni, que me abro a Arkaute a la voz de ya.
―¡Di lo que tengas que decir, coño!
―Parece ser que Don Teodosio fue profesor de Astoreka en Escolapios y hemos podido saber que era algo así como su preferido, ya sabes, el pelota.
―Bueno, parece algo. Id al colegio y preguntad por el cura y por Astoreka. Cotejad las listas de alumnos y los amigos de Astoreka y tambien de Latatu. Aunque no creo que haya ido a ese colegio. Cruzadlas también con las listas de asistencia a la fiesta de la Bilbaína.
―Vale, pero ¿qué es eso que te ha dicho el jefe sobre mi?
―Que eres maricon y que tenga cuidado al agacharme.
―Va tener razón tu santa madre con aquello que repetía: ¡Ay que gracia tiene mi Arsenin!

Antes de que Vigalondo pudiera contestar ya estaba Alberto tres mesas mas allá, mascullando no sé que retahílas y empujando a empellones a Joseba que venia reconcentrado con un hatillo de papeles bajo el brazo.

―Jefe, esta mañana la abogada despampanante del Astoreka ha tenido un accidente de aupa cuando iba en un taxi.
―¿Y?
―No mucho, ha sufrido sólo contusiones pero lo que si resulta interesante es que el taxista conducía drogado…
―¿Por ketamina?
―Estamos en ello
―Osea nuestro jodido psicópata ha querido poner en su lista a superJulia y no ha podido. Esta claro que la clave es Astoreka. José Félix Astoreka.

 

CAPÍTULO XXIII

Alberto bajó del coche en la esquina de Alameda Recalde con Henao, aprovechando el disco rojo del semáforo, cerca del acceso al Colegio de los Escolapios. Joseba y Arsenio fueron hacia la oficina de Astoreka, en la Gran Vía Bilbaína, para morderle un poco y ver si sacaban bocado limpio. Sacudió Alberto la cachimba contra un papelera y se internó en el patio de honor del colegio, ocupado en aquellos momentos por la alegre algarabía de los niños en su tiempo de recreo. Los alaridos rebotaban en las fachadas del patio interior y le recordaban al polizonte sus años infantiles, sus ilusiones sencillas de las tardes al sol y de los viernes eternos, cuando a la carrera, abandonaba el colegio e iba a casa en busca del pan con chocolate. Tras una puerta con el letrero de “Secretaría”, descubrió a una joven tecleando en un ordenador y a un sacerdote, ya provecto, en traje “cleryman” negro bajo la chaqueta de lana negra, que le dió la bienvenida con una sonrisa beatífica. El lugar olía a antiguo, a baul y a incienso quemado en la lejana antigüedad.

—Buenos días ¿ es usted el padre de algún alumno?
—Buenas, soy Alberto Fernández. Pues no ... padre — rompió el fuego Alberto
—Sí perdone, padre Ortiz, Patxi Ortiz.
—Verá usted, padre, vengo de la comisaría de Zabálburu ... bueno en realidad estoy ayudando a un colega en un asunto de poca importancia y ... es que tenemos una indagación rutinaria entre manos y necesitábamos algunos datos sobre gente que estudió aquí.
—¿Algo serio? — preguntó con profundo sentido de lo angelical el padre Ortiz.
—Necesitaba algunas informaciones sobre algunos antiguos alumnos. De momento nada serio ... estamos cotejando algunos datos para ver si nos conducen a algo concreto —albardó la cuestión el colega de Arsenio.
—Yo no trabajo ya aquí pero Kontxita le ayudará en lo que pueda — dribló el sacerdote como quien entorna una puerta lentamente o cierra una ventana en presencia de aires de tormenta.
—Según nuestras informaciones se trataría de alumnos de la promoción de 1961 — adelantó Alberto el cebo al religioso.
—Estupenda promoción si no la mejor, los chavales que entraron a esta santa casa en el año 61; pues vamos a ver ... yo estaba de profesor en aquellos tiempos y podría quizá rememorar algo de los niños y los adolescentes que luego llegaron a ser. He tratado con esos chavales durante bastante tiempo y creo que podría recordarlos. Pero venga, vayamos a sentarnos a la sala de visitas — el anciano sacerdote se animaba por momentos y creía tener en sus manos la sagrada reputación de los Escolapios.

Sacó una llave de las grandes con brillo del uso continuado durante años, de esas que abren armarios y puertas de las de antes y que resultan de un bruñido oscuro, de metal manoaseado y probado por el paso del tiempo y de las sucesivas manos, y con ella sacó unos libros de registro de antiguo y los dispuso sobre la amplia mesa de la sala. Sacó unos lentes de monturas doradas y carraspeó como haciéndose el hombre imprescindible en la investigación. Como si el tiempo no hubiera horadado sus recuerdos, abrió el libro de registro en una página titulada “Párvulos del 1961” con una gran foto en la que estarían algunos de los hombres que moraban la Villa actualmente.

—Y bien ... estos son los angelitos que aquel año pisaron por primera vez esta santa casa — apuntó el sacerdote, quizá emocionado o puede que ya repentinamente rejuvenecido por el poder de la remembranza.
—Sí ... necesitamos saber de las amistades de una tal José Felix Astoreka.
—Ah, José Felix Astoreka, chaval inquieto y fiel exponente de la promoción : buen alumno y carrera prometedora la suya
—¿ Y sus amigos? ¿Son los que están a su lado? — requirió Alberto Fernández.
— Pues vamos a ver, aquí a su derecha están los Elexpuru, Juanito Zabala, Luisillo Saez de Garmendía ...todos chavales brillantes y orgullo de los Escolapios. Y al otro lado están los Echevarria, Urrutia, Martianez, Arana… etcétera — buceando y poniendo a prueba el mar de caras que debía ser su memoria.
—Algún chaval próximo a Astoreka ... o alguno del que recuerde algo especial — recalcó el colega de Vigalondo.
—Pues la verdad ...— se bajó un poco las gafas hacia la punta de la nariz y se acercó la foto de los párvulos para, al parecer, hacérsela más vívida— en la fila de atrás está Miguelillo Santurtún ... éste puede ser un amiguillo suyo de la niñez ... Juanmita Unzueta ... una delicia de niño ... hoy día reputado cirujano. Aquí está Pepillo Azcárate — señalando un niñito cabezón que sonreía como si se hubiera caído de una gran nube de algodón de feria — abogado reconocido en la ciudad ... éste otro, déjeme que piense, puede ser Emilín Santiago, ... también decente hombre de negocios.
—Padre Ortiz, ¿qué me puede decir de don Teodosio Errementería?¿Ejerció de profesor de estos chavales?
—Dios mío, qué muerte la del pobre Teodosio ...rezo mucho por él. Fue el tutor del curso durante varios años y se ocupó de inculcarles Matemáticas, Historia y Religión — pasó unas hojas y aparecieron en formación una escuadra de sacerdotes de todas las edades. Todos ataviados con sotana oscura : los más cercanos y más ancianos, sentados y sonrientes, y las filas posteriores, una cerrada formación de curas maduros salpicados por jovencísimas promesas de la iglesia local, futuros sacerdotes escolapios que andarían ahora cerca de la edad de don Teodosio.
—Si no le resulta doloroso, ¿qué recuerda del padre Teodosio? ¿Algo en especial con respecto a sus alumnos? — indagaba o divagaba Alberto en busca de algún detalle revelador sin saber muy bien dónde se ocultaba la pista buena.
—La verdad — el sacerdote sacó el pañuelo y se secó el moquillo que le colgaba — ... que era un poco el modelo de cura antiguo : severo, que exigía disciplina a los chavales y les inculcaba valores, valores para la existencia que les tocara vivir. Nada de reglas caducadas sino valores eternos, duraderos y verdaderamente útiles. Aquí en esta foto el padre Teodosio, que en paz descanse, es éste de aquí, el de las lentes. Pobre hermano y pobre alma y vaya manera de morir, asesinado y arrojado a la Ría, Dios mío pero dónde vamos a ir a parar. ¿No estará usted indagando algo sobre su muerte?
—Bueno, para que le voy a engañar ... algo hay ... ya sabe hemos de dar con la verdad — decíale Alberto al sacerdote apenado con cara de perplejidad fingida. Y después : —Padre Ortíz, si no es molestia, podría disponer de este album un tiempecillo. Se lo devolvería lo antes posible. Ya sabe debemos analizar ...
—No pensará usted que hay entre estos niños algún asesino ¿ verdad? —con una dureza ignaciana como en aras de preservar el honor de su orden, los Escolapios.
—No sabemos nada por el momento ... esta es la única vía de investigación que puede dar algún fruto. Prometo informarle confidencialmente si encontramos algo, padre Ortiz, delo por hecho.
—Bien, confío en su palabra. Este album no debería salir del archivo pero haremos una excepción ... sea por el bien de la verdad .. y por el padre Teodosio que en gloria esté — sentenció, mirando hacia arriba, el religioso como haciendo preces a Dios.

Antes de cerrar el registro fotográfico, Alberto echó una ojeada a la foto del parvulario preguntándose que rostro infantil llevaba un alma asesina detrás si aquellas indagaciones tuvieran acaso sentido. La imagen de los niños, circunspectos muchos y sonrientes una minoría, esa imagen en sepia que daba testimonio de otros tiempos, de otras vidas pequeñas, tan lejanas de la atribulada vida actual, hablaba también de las excursiones multitudinarias de estos mozalbetes a los humedales de Uribitarte para hacer cacerías de “zapaburus” y confinarlos en botes de cristal; de riñas y de cacerías vespertinas de tritones y salamandras, víctimas mudas de la naciente ferocidad infantil; tardes al sol de risa manantial, disputas y regreso final a casa con los zapatos embarrados y húmedos. Alberto llevaba el album bajo el brazo tras haberse despedido reverencialmente del cura. Era ajeno a las múltiples historias que aquellas pequeñas vidas habían dado de sí como aquel acoso con trampas de palitroques a los gorriones de la estrada de doña Casilda, que acabó con dos pajarillos atrapados y los alumnos de los escolapios en debandada al grito de un sacerdote que por allí pasaba. Uno de los chavales, escondido en los matorrales, en la más paciente y despiadada soledad pinchó con un alfiler los ojos de una de las avecillas y después remató la faena ahogándolos en el arroyuelo cercano.

 

CAPÍTULO XXIV

La joven agente siente cierto nerviosismo cuando, con su compañero, deja atrás el cálido laberinto del casco viejo para cruzar el puente de la Merced. Frente a ellos se alza la antigua iglesia del mismo nombre, ahora convertida en espacio cultural; pero antes de llegar a ella deberán girar a la derecha y descender al muelle de la Naja como quien lo hace a los infiernos. Es este un espacio porticado e inhóspito, en vano mil veces repintado, que ya ni pretende esconder el hedor a miseria que su simple visión ya de lejos desprende. La chica camina por la rampa tratando de fingir aplomo mientras decide donde posar cada pie entre el mosaico de basura que alfombra toda la superficie. Alcanzan la puerta insertada en el muro que cierra el horizonte y el compañero la empuja con cautela, mientras ella desea en realidad que no se abra. Pero no tiene suerte, y la hoja cochambrosa, cruzada de esquina a esquina por un aspa de madera (no se sabe si con la intención de clausurarla o de evitar que se deshaga) gime y bascula sobre sus goznes sin resistencia, ofreciendo su interior hediondo y opaco. Los agentes se miran y sacan de algún lugar de su cintura sus armas reglamentarias; él pasa primero cauteloso, mientras ella mira por última vez a sus espaldas.

El torrente de luz que entra desde fuera tan solo alumbra los primeros metros, en cuyo confín no hay más que una cortina de oscuridad amenazadora y espesa. La joven apenas avanza en espera de que sus ojos se habitúen, tras los pasos de su compañero un ápice más decidido. No podrían explicar por qué, pero se saben observados. Y no les falta razón. Cuando sus pupilas se acostumbren a la falta de luz, descubrirán tendido en el suelo a un pequeño ejército derrotado de rostros macilentos. Han dejado de huir porque saben que nada les espera al final de la escapada.

El más próximo a la puerta yace recostado contra la pared derecha, rodeado de restos de comida y envases de vino barato. Los agentes se aproximan a él, se acuclillan y el joven susurra, como temeroso de provocar con su voz un cataclismo:

―¿Conoce usted al hombre de las pastillas?

El mendigo le mira con los ojos acuosos y la boca entreabierta. Las palabras parecen haberse extraviado en algún lugar de su cerebro. Aguardan un poco, esperando encontrar en su mirada amarillenta algún atisbo de inteligencia, pero al poco le dejan y se acercan a otro. El agente repite la pregunta:

―¿Conoce usted al hombre de las pastillas?

Tampoco éste parece interesado en responderle. Los agentes se miran preguntándose en silencio si merece la pena seguir intentándolo. Escrutan la oscuridad de este inframundo con la esperanza de hallar algún habitante que pudiera responderles, pero del fondo apenas emerge un coro de toses y un ruido de aleteo de paloma. Penetran un poco más en las tinieblas, hasta que de allí emerge un hombre de edad indefinible arrastrando los pies y les responde:

―¿Qué quieren saber de ese hombre?

Los agentes se dirigen a él y vuelven a insistir en la pregunta:

―¿Conoce usted al hombre de las pastillas?

―Sí, claro que le conozco, casi todos le conocemos aquí.

―¿Me puede decir si es este hombre?- pregunta el agente, mientras le ofrece la foto policial de Vicente Latatu.

―Sí, es él- responde sin dudar el mendigo.

―¿Sabe cuántos de sus compañeros tomaban esas pastillas?

―Comprenderá usted que no llevamos un inventario- responde soberbio el indigente. –Aquí la gente va y viene, nadie conoce a nadie. Algunos marchan y no vuelven y a ninguno nos interesa si han cambiado de ciudad o están en una cámara frigorífica de Basurto. Le puedo decir que yo nunca las he tomado, los hombres generosos me dan muy mala espina. Además he visto a un par de ellos morir unas horas después de tomarlas. No sé si les ha matado la pastilla o la miseria, pero yo no me fío.

―¿Y qué hacía usted con las pastillas?

El hombre les mira con dureza, y comienza a arrastrar los pies en dirección a la luz:

―Tengo el estómago vacío desde ayer y necesito salir a buscar algo de dinero, así que si me permiten...

Los agentes comprenden la intención del mendigo. La joven saca de su monedero un billete de cincuenta euros y se lo ofrece. El hombre lo coge, lo dobla despacio y prosigue:

―Al principio no hacía nada, las guardaba por si más adelante las necesitaba. Regalé un par de ellas a compañeros que me las pidieron.

―¿Y después?

―Después empezó a venir por aquí un gitano que las compraba. Una tarde llegué y me estaba esperando. Los compañeros le habían vendido algunas de las suyas, y le habían dicho que yo tenía más. No me gustó su propuesta, pero el precio que ofrecía por ellas no me dejó dudar mucho. Ha venido un par de veces mas, la última... no sé, la semana pasada.

―¿Podría describirme a ese hombre?

―No sé, ya le he dicho que era gitano, no recuerdo nada peculiar en él.

El agente le ofrece otro billete igual que el anterior y le pide:

―Haga usted un esfuerzo, es importante para nosotros.

―Pues era panzón, llevaba siempre un chaleco que a duras penas le abrochaba. También llevaba sombrero de fieltro y una vara en la mano. Tenía en los dedos al menos tres sortijas, ¡ah! Y un diente de oro, este de aquí –explica, y se señala un incisivo- En la oscuridad brillaba. Pero lo más llamativo era la cicatriz en el ojo izquierdo, así, desde la oreja al labio.

Los agentes se miran y concluyen:

―Nos ha sido usted de gran utilidad, no sé como podemos agradecérselo.

―Consíganme un puesto de subalterno en el Gobierno Vasco.

―No sé si podremos hacer eso- sonríe la joven- pero lo intentaremos. Ya sabemos dónde encontrarle.

La pareja se encamina hacia el recuadro de luz de la entrada y lo atraviesa saliendo al exterior. Una vez fuera, la muchacha observa que durante todo este tiempo apenas si ha respirado. El joven le dice:

―El comprador de las pastillas es el fiambre de Galindo. Esto va a alegrar al jefe...

 

CAPÍTULO XXV

El cielo y el mar se confundían en un único tono negro, vasto y eterno, hasta donde la vista alcanzaba. La línea del horizonte se perfilaba, más intuida que percibida, en la mente del hombre que, sentado sobre la hierba, contemplaba el lejano misterio que se ocultaba más allá del final del mundo. O tal vez del final de la vida. Sí, quizá del final de la vida. De eso, del final de la vida, él sabía. Se inclinó y abrió la bolsa de deporte que descansaba a su lado. Una ráfaga de aire agitó la prenda de mujer que acababa de sacar. La blusa, sus colores y dibujos ahora fundidos en un monótono azul oscuro, danzó como uno más de los flecos de las nubes. Un etéreo rayo de luz de luna bañó los atrevidos estampados de la prenda. El hombre la volvió a meter en la bolsa. Se puso en pie y se aproximó al acantilado. A la derecha, el espigón de Punta Lucero apuntaba indiferente hacia la oscuridad. Giró unos grados el cuello y consiguió atisbar parte del despliegue de luminarias de la refinería que se agazapaba como una fiera maloliente en el valle. El hombre parpadeó un par de veces y arrojó de su pensamiento aquellas imágenes.

De un bolsillo lateral de la bolsa extrajo un teléfono móvil. El teléfono de la puta de Astoreka. Como en tantas ocasiones durante los últimos días se preguntó que se traía entre manos con las mujeres de José Félix aquella norteamericana chiflada. No conseguía siquiera intuirlo, pero el hecho cierto es que había establecido contacto con algunas de ellas. Pero de todos los números de teléfono que habían asomado entre la lista de últimas llamadas, había uno que le había helado la sangre. No podía estar seguro, claro. El hecho de que Charlotte la hubiera telefoneado unos días antes no quería decir que la propietaria de aquel número fuera una de las furcias de Astoreka. No, no era necesario que fuera de aquella manera, pero, en lo más íntimo de su alma, sabía que era así: ella también había caído en las garras de aquel cerdo.

El hombre inclinó la cabeza y observó la pantalla iluminada del móvil. Con un gesto brusco lo arrojó más allá de las rocas, en un arco cadencioso y lento que parecía no terminar. En silencio se sumergió en el mar. A pesar de todo ella también debería sufrir su venganza. La haría confesar y después se reuniría con las otras en el infierno. Podían ir preparando los aposentos de su odiado enemigo. La bolsa con las ropas de Charlotte voló en pos de su teléfono móvil. El hombre se mesó los cabellos y gritó a una luna ahora invisible, oculta más allá del cielo negro y nublado. Gritó una palabra, sólo una, alargada en la última vocal, hasta que la voz se le rompió en un nuevo grito en el que el nombre de su enemigo descendió por el acantilado, destrozándose en las afiladas crestas de las rocas.

— ¡Puta! —y después—. ¡Astoreka!

oooOooo

El ulular de la sirena acompañaba el baile del vehículo policial entre el denso tráfico que a primera hora de la mañana atoraba la autopista A-8. Arsenio Vigalondo contemplaba meditabundo los rostros irritados de los conductores que aquel amanecer lluvioso se veían atrapados en una trampa de asfalto y acero imposible de evitar. El corazón le dio un vuelco cuando un Audi A4 realizó una brusca maniobra y estuvieron a punto de colisionar con él. Un ágil volantazo de Joseba les libró de terminar envueltos en chatarra sobre la cuneta. Desde el asiento trasero Alberto Fernández dejó oír su voz mientras le daba un ligero golpe a Joseba en el hombro.

— Ya vale, hombre, ya vale, que no estamos en una película americana, coño. Que sólo vamos a interrogar a una viuda.

— Joder, a ver si nos aclaramos. Primero que a toda hostia a Sestao, sin perder ni un minuto, y ahora que despacio…—se iba mosqueando Joseba a medida que contestaba a su compañero.

Arsenio giró la cabeza y observó el perfil poderoso y concluyente de su subordinado. Cerró los ojos y se llevó las puntas de los dedos a las sienes. Empezó a masajearlas tratando de que los baches y volantazos no le hicieran perder el ritmo. Aquel ligero ejercicio le ayudaba a pensar, aunque aquel par de idiotas le estaban jodiendo la concentración.

— Bueno, ya basta —finalizó la discusión el inspector de la Ertzaintza—. Quita ya la puta sirena y afloja, que nos vamos a terminar partiendo la crisma…

Un nuevo golpe de volante interrumpió la bronca. Vigalondo se agarró al asiento y prefirió dejarlo estar. La salida de Sestao ya se anunciaba a pocos metros y aparecía despejada. Él mismo pulsó el botón de desconexión de la sirena. Bajó la ventanilla unos centímetros, los justos para sacar la mano y recoger la lámpara, y de paso calarse medio brazo y el hombro.

— ¡Qué asco! ¡Qué forma de caer agua! —rezongó mientras se sacudía las gotas grises que se habían quedado prendidas en su ropa.

El vehículo recorrió varios kilómetros más entre inmensos esqueletos de hormigón en los que pronto abrirían sus puertas múltiples centros comerciales. Consumismo y sólo consumismo, pensó el agente con resignación. Al fondo, recortándose sobre un cielo plomizo, se asomaba como una vieja desdentada la barriada de Galindo. La vista oprimía el corazón. Las calles mezclaban el marrón del óxido de hierro con el gris del polvo acumulado durante lustros; un polvo que ahora se había convertido en un barro ceniciento que parecía adherirse al parabrisas del coche y a su propio espíritu.

— Esto sí que es asqueroso, Seni —suspiró Alberto.

— No te voy a quitar la razón, la verdad. Aunque no te lo creas hacía años que no me acercaba por aquí. Desde que estaba en la Brigada Antidroga. Es un barrio peligroso, Alberto.

El coche se detuvo delante de un portal oscuro. La cortina de agua que se derramaba desde el cielo no consiguió evitar que un espeso olor a orines y moho les asaltara nada más abrir las puertas del vehículo. Joseba comprobó la dirección. En un gesto de incongruente eficacia, algún responsable municipal había decido que se repusieran la placa con el nombre de la calle y las numeraciones de los portales; aún brillaban, casi inmaculadas.

— Vamos bien, jefe. García Lorca, 27. Aquí es.

Pobre Lorca, meneó la cabeza Vigalondo. Subieron cuatro pisos por una escalera de madera quejosa y esquiva. La altura parecía abrevar de los olores del portal y condensarlos sobre las paredes desconchadas. A su paso unas puertas se cerraron de golpe y otras se abrieron con sigilo. Detrás de unas, murmullos y bisbiseos; de las otras escapaban miradas inquisitivas y, a veces, desafiantes.

Joseba golpeó con fuerza la madera. Más fuerte aún, gritó:

— ¡Abran! ¡Ertzaintza!

Arsenio se llevó la mano a la frente mientras inclinaba la cabeza y trataba de fijar los ojos en algún punto de la apolillada tarima sobre la que se apoyaban. Una mujer de unos 40 años, morena, completamente vestida de negro, abrió la puerta. No pudo evitar un ligero sobresalto ante la belleza de la viuda. Quizá, en un reflejo inconscientemente racista, esperaba a una mujer entrada en kilos y años, de piel ajada y vestida con ropas de segunda mano. Sin embargo ante ellos tenían a una señora que a buen seguro haría girar la cabeza a más de uno. Dio un paso adelante y después de las formalidades rutinarias, respondió a la muda pregunta que se dibujaba en el rostro de la gitana.

— Señora Lucía Pontejos, sentimos molestarla en estos momentos que seguro son de gran dolor, pero es necesario que la interroguemos sobre las actividades de su difunto marido, el señor José Antonio Gómez Píñones.

— ¿Otra vez? ¿Es que ustedes los payos no nos van a dejar en paz? —se quejó con voz susurrada la mujer.

Joseba sacó pecho y se encaró con la viuda.

— A ver, señora, que aquí no hay ni payos ni leches. Aquí lo que hay son unos agentes de la autoridad que lo único que tratan es de desentrañar el asesinato de un inmigrante…

La mujer apretó las mandíbulas tratando de reprimir su indignación. Arsenio y Alberto contemplaban a Joseba con los ojos muy abiertos, incrédulos ante el estrambótico discurso de su colega. Lucía Pontejos fue la primera en reaccionar.

— Oye, gilipollas, que mi marido era de Munguía…

— ¿Pero de qué coño vas, Joseba? Anda, larga de aquí y espéranos en el coche —ordenó Vigalondo furioso y un tanto desquiciado.

— Pero, jefe, es que la tipa esta nos ha insultado. Es una jodida racista y yo sólo quería…

— Como digas una puta palabra más te meto un expediente que te cagas, anormal, que eres un anormal —los ojos del inspector lanzaban dardos hacia el rostro pétreo y cubierto de incomprensión de Joseba. Aquello era indignante. Parecía que en Arkaute se limitaban a impartir mucho de doctrina nacionalista y poco de técnicas policiales. Si además tenías carné del Partido, ya no era necesaria más acreditación para que te dieran una txapela roja.

Alberto se disculpó con la mujer. A continuación él y Arsenio la interrogaron sobre el asesinado. Su sorpresa fue mayúscula ante la claridad de las explicaciones de Lucía Pontejos.

— Pues verá usted, agente. Mi difunto era un hijo de puta, para qué le voy a decir otra cosa. En el fondo tuvo lo que se merecía y no crea que no me alegro, porque ya le digo era un auténtico cabrón y me tenía amargada. Se dedicaba a vender droga al primero que se pusiera a tiro, y lo que fuera, ya sabe papelinas con coca, heroína, pastillas, ya le digo, lo que fuera. Y además, ¿sabe usted?, los colegios eran su lugar preferido. Lo que no sé es como lo conseguía con la pinta que llevaba… Si es que daba el cante a la legua…

— Perdón señora, ¿pastillas dice usted? —se alertó Arsenio.

— Sí. Me habló alguna vez de ellas, de cómo las conseguía en Bilbao y de cómo había encontrado a un pavo al que se las colocaba a precio de oro.

— Quizá le contó algo sobre ese individuo —interrumpió Alberto.

— Algo sí… Él le llamaba “El Elegante”, ya sabe, algún ricachón que no sabía en qué gastarse la pasta.

Alberto y Arsenio intercambiaron una mirada de esperanza. Éste preguntó:

— ¿No le daría a usted alguna seña personal sobre ese tipo, verdad?

— No, bueno, tampoco hacía falta. Lo vi varias veces mientras mi difunto trapicheaba con él. Es que paso mucho tiempo en casa de Juliana, justo en el portal de enfrente y coincidió un par de veces que él vino a comprar cuando yo estaba allí, donde Juliana, ya le digo. Somos muy buenas amigas, ¿sabe usted? —la mujer sorprendió un gesto de impaciencia en los rostros de los policías—. Bueno, el caso es que era un tío guapo, eso hay que reconocerlo, con clase, no como el guarro de mi José, que no se había vuelto a duchar desde que salió del talego en el 96.

Una sonrisa iluminó el semblante de los dos agentes. La luz comenzaba a rasgar el velo de niebla que hasta entonces les cercaba. Una hora más tarde Lucía Pontejos se hallaba sentada en una dependencia de la comisaría de Zabalburu. El rostro del asesino del traficante y tal vez de las mujeres se iba perfilando poco a poco en la pantalla de un ordenador. Las precisas indicaciones de la viuda iban poniendo cara a la pesadilla de las últimas semanas en la vida de Arsenio Vigalondo.

oooOooo

El vehículo camuflado se detuvo con suavidad. Los dos agentes atisbaron por los retrovisores nublados la escena que se desarrollaba a sus espaldas: un poderoso Mercedes oscuro, conducido por una atractiva mujer, acababa de estacionarse delante de un salón de juegos en la calle General Concha. El acompañante besó en los labios a la mujer, abrió la puerta y con una breve carrera cruzó la acera hasta alcanzar la entrada del salón.

— ¿Qué hago? ¿Le sigo? —preguntó el agente Llosa a su compañero.

— Pues no sé qué decirte. Tampoco se trata de olerle el culo, ¿no? Además, el Mercedes continúa ahí. Vamos a esperar un rato a ver si sale. Tendrá ganas de hacerse unas maquinitas…

Astoreka saludó efusivo al camarero sudamericano que atendía la barra del local.

— ¿Cómo va eso, Fermín? ¿Hay alguna mesita libre?

— Buenas tardes, Sr. Astoreka. Pues ahora mismo no, pero creo que no se demorarán mucho los señores de la mesa cinco. Si tiene la bondad de esperar un momento…—se ofreció el camarero mientras cogía el teléfono.

— No hace falta, Fermín. Ya bajo yo y me entero.

José Félix avanzó por el estrecho pasillo que asomaba más allá de las cantarinas máquinas tragaperras. Al final del mismo, unas escaleras descendían hasta una estancia rectangular desde la que un nuevo pasillo serpenteaba hasta una salita amueblada con un par de sofaes y una mesita baja. A la izquierda una puerta daba paso, según anunciaba un cartel rotulado atornillado en su superficie, al Club de Billar Privado “Martín Piélagos”. Astoreka ignoró esta posibilidad y con una llave que extrajo del bolsillo de su gabardina abrió la puerta de la derecha. Encendió la luz, cruzó la estancia sin mirar las taquillas y colgadores que flanqueaban las paredes. Se detuvo un instante y volvió a la entrada de los vestuarios. Cerró por dentro, regresó al fondo de la estancia y empujó uno de los armarios; detrás se escondía una puerta desvencijada. Una llave oxidada apareció como por ensalmo en la mano de Astoreka. Unos minutos más tarde, después de atravesar un corredor mohoso repleto de restos de obra y algunos muebles arrumabados, José Félix se encontraba en un portal veinte metros más abajo en la misma calle. Se asomó con disimulo y comprobó que el vehículo camuflado seguía aparcado en doble fila. Un poco más abajo el coche de Julia aguardaba con los intermitentes conectados. Marcó un número en su teléfono móvil.

— Julia, amor, ya estoy. Nos vemos esta noche.

— Está bien. Ciao, querido —respondió Julia Caminero.

El agente Llosa se enderezó en el asiento, súbitamente tenso cuando vio por el retrovisor que el Mercedes giraba las ruedas y se incorporaba al tráfico. Abrió la portezuela y, mientras se bajaba, habló con su compañero:

— Unai, tú pégate a la tipa esa, que yo me quedo aquí hasta que salga el pipiolo de la sala de juegos.

Desde el portal José Félix comprobó cómo el automóvil de la Ertzaintza arrancaba y comenzaba a seguir a distancia a Julia. El otro policía deambuló unos momentos por la acera hasta que decidió resguardarse de la lluvia bajo la cornisa del edificio. Cuando le vio entrar en la sala Astoreka se subió el cuello de la gabardina, abrió el paraguas y salió del portal. Con paso ligero pronto se perdió calle abajo. Al llegar a Alameda de Urquijo giró a la izquierda y caminó con una sonrisa de triunfo hacia Indautxu.

Aquella misma mañana Julia y él habían trazado el plan para librarse de la vigilancia de la Ertzaintza y poder visitar con comodidad a las yeguas supervivientes. De algo le había de servir ser el director de un estudio de arquitectura y haber reformado una antigua sala de juegos recreativos para chavales convirtiéndola en un moderno y lucrativo salón de máquinas tragaperras. Lo del Club de Billar se le había ocurrido a su padre. Y lo de no cegar el pasadizo a él. Lo había empleado en alguna otra ocasión comprometida. Y ésta de ahora no lo era menos: no era cuestión que la policía, con su estrecho marcaje, terminara por descubrir las direcciones e identidades de las mujeres. No por hora, al menos. No estaba seguro de descubrir nada, pero trataría de ponerles al corriente del peligro que podía estar acechándolas. Quizá alguna se hubiera percatado de algo, hubiese recibido alguna amenaza.

Decidieron comenzar por la única que vivía en Bilbao en aquellos momentos, Patricia Unzueta. La niña aún no se había emancipado. José Félix permitió a su mente unos devaneos rijosos al percatarse del término que acababa de emplear para referirse al estado de la yegua. Era una forma de hablar. Es verdad que vivía con su madre, Doña Patricia y con su hermano, Juanma, pero la joven estaba muy, pero que muy emancipada. Se suponía que era una aplicada estudiante de veinticinco años de último curso de Derecho en la Universidad de Deusto. Y lo era. Pero también era una de las más activas, experimentadas y originales participantes en sus orgías. Entornó los ojos, soñador, al recordar algunas de las cosas que ambos habían hecho el verano pasado en el encuentro de La Guardia. Seis veces había conseguido la muy putilla que se corriera… José Félix decidió concentrarse en la conversación que habían de mantener dentro de pocos minutos. La erección que abultaba su bragueta no sería una buena tarjeta de presentación para la beata Doña Patricia ni para el meapilas de su hermano. Precisamente a través de él había trabado conocimiento con aquella joya del sexo y la perversión. Juanma y él se conocían desde la infancia y jamás había podido librarse de la devoción perruna de aquel individuo. Aunque durante muchos años aquel aprecio inmotivado le había resultado una carga difícil de soportar, al final su paciencia había dado sus frutos. En una de las fiestas de la Bilbaína había aparecido acompañado por el bellezón de su hermana. Y lo primero que había hecho, el muy incauto, era presentársela. De todas formas no lo entendía; se sentía incapaz de asimilar la, en todo momento, obsequiosa actitud de Unzueta para con él. En especial desde que rechazó sus insinuaciones e intentos de convertirse en miembro de su selecto club —muchas veces se había preguntado cómo había llegado Unzueta a saber de su existencia—, y aún más por la forma poco elegante en la que él mismo expresó el rechazo: llamarle maricón quizá fue excesivo. Sí, siempre le podía su carácter sádico con seres tan apocados como aquél. El muy infeliz pensaba que por el hecho de poseer una más que notable fortuna personal y una carrera profesional de éxito —era un reconocido traumatólogo deportivo—, estaba ya cualificado para gozar de su institución. Pero Unzueta era un triste. En las ocasiones en que diferentes amistades habían recabado su opinión sobre él, éste era el único adjetivo que se había permitido emplear, aunque quizá calificarle de insustancial se hubiera ajustado más a la realidad. Qué se podía esperar de un alguien que con cuarenta años aún vivía con su madre y con su hermana, cuando hubiera podido comprarse una mansión. Su vida social conocida se resumía en el acto mensual en la Bilbaína, y en acudir a misa de diez con su madre los domingos y fiestas de guardar. Y pensar que aquel capullo podría haber llegado a tirarse a su hermana sin saberlo... Se pasó la lengua por los labios saboreando aquella posibilidad; cuando todo se arreglara quizá se replanteara la admisión de Juanma Unzueta en la Logia.

 

CAPÍTULO XXVII

Julia sabe que la siguen y no le importa. Está acostumbrada a que los hombres anden detrás de ella y sabe como darles alas y también esquinazo. Primero unas vueltas en coche para poner nervioso a su perseguidor: Giro a la izquierda por Fernández del Campo. Giro a la izquierda por Hurtado de Amézaga. Media vuelta alrededor de la estatua de Don Diego. Recto hasta el cruce, izquierda e izquierda y al aparcamiento del Corte Inglés.

Busca tranquila una plaza libre y ve como un coche con el parabrisas tintado aparca en zona prohibida un poco más allá y piensa que los de la pasma son unos infelices: solo sus vehículos pueden llevar los cristales delanteros oscuros, consiguiendo que todo su afán de secretismo se desvanezca a los ojos del ciudadano observador.

Sube hacia la tienda y comprueba que su sombra es un pipiolo que se hace el distraido. Atraviesa los puestos de perfumes saludando a las dependientas y sale a la Gran Vía, bañándose en las miradas de deseo de los hombres. ¡Pobres capullos! En seguida abre su paraguas con expresión de fastidio. La humedad le quita volumen al peinado y no ha podido estrenar sus botas de ante.

Agarra fuerte su bolso mientras camina entre el gentío que curiosea las baratijas que venden los ecuatorianos y se detiene en el semáforo frente a la estación de Abando. El pipiolo se parapeta tras el quiosco de la ONCE.

Cruza la carretera y entra en la estación. Toma las escaleras mecánicas y aprieta el paso dirigiéndose hacia la izquierda. El pipiolo vuela tras élla, chocando con la oleada de gente que acaba de vomitar el tren de Orduña. Julia gira el rostro hacia la vidriera con motivos vizcaínos que adorna el frontis de la estación. Siempre le ha gustado esta cristalera, piensa que le da un aspecto sagrado a la gran nave de estructura metálica del desarrollismo franquista.

Abre de nuevo su paraguas y da un ligero trotecillo hasta un pequeño utilitario, que ocupa plaza de abonado en el aparcamiento de la estación. Urga un momento en su bolso. Saca la llave y abre la puerta. Se vuelve hacia el pipiolo que se ha quedado arritutá. En el fondo le da un poco de pena. Por esto, le guiña un ojo y arranca.

Ahora a casa de Charlotte, en frente de la Comandancia de Marina. Tendrá que dar un rodeo no sea que se encuentre con el pipiolo. Bilbao es un pueblo y por eso hay que tener cuidado, a menudo te encuentras media docena de veces en una tarde con la persona que no quieres.

Mientras conduce piensa en Charlotte.

“¡Pobre niña! ¡Con la cantidad de hombres que hay en el mundo y tener que enamorarte de este desgarramantas de José Félix! ¡Pero que tonta soy! Si yo podría haber sido tu madre, Charlotte, y cada vez que José Félix me mira con esos ojos negros se me ponen las bragas como si las hubieran echado una chorrostada de anís del Mono. Y fíjate en que líos me mete: esta mañana casi me mata el único taxista sicótico de Bilbao y por la tarde me convence para que vaya a husmear en tu piso, mientras el visita a las otras chicas. ¡Ya! ¡Seguro que lo que quiere es follar con esa potrita!.

Y teníamos que haber pasado por los Escolapios en primer lugar. Se lo dije. Seguro que la muerte del cura... ¿D. Telesforo?... bueno... del cura, es la más particular de todas... salvo que J.F. se lo hubiera follado también, con lo que todos los cadaveres tendrían un miembro común... ¡ja, ja,ja!. Mira que soy cochina, solo pensando en la picha de José Félix. Bueno ya estoy llegando. Voy a dar la vuelta a la plaza por si hay un sitio en superficie. Ahí.

―¿Qué hora es? Las siete y cuarto. No voy a poner la papeleta de la OTA, además no creo que pase mucho tiempo en el piso, por qué, ¿qué coño voy a buscar? La Ertzaintza habrá hecho un registro. ¿O no? No creo que al Inspector Vergalongo.. ¡Por Dios, Julia!... pareces una cría...

―No, no le resultará fácil abrir una investigación de asesinato, sobre todo con doscientos testigos del salto del angel que hizo Charlotte.

―¡Ah! Es aquí, al lado de “La Goleta”. Es una lástima que ya no esté abierto este local. Recuerdo muchas juergas, después de los examenes, que acababan con unas cuantas copas de agua de Bilbao y un sopapo a algún salido de Ingenieros.

―¿Donde está el llavero?. Aquí. Vamos adentro. Era el tercero derecha. Sin ascensor. Por esto tenías los muslos tan duros, ¿verdad Charlotte?.

―Escalones de madera. ¿Cómo los limpiarán ahora?

―Primero.

―Recuerdo a mi pobre madre arrodillada sobre aquella almohadilla: mitad de goma negra, para apoyarla en el suelo, mitad de espuma amarilla para mayor comodidad... ¡ya! ¡comodidad!

―Segundo.

―Y la arena. Frotando con la arena, frotando con la arena.

―Tercero...derecha.
―Espero que no haya nadie. ¿Habrán venido sus padres? Han pasado tres días. ¿Que hago? Llamar... y dar el pésame, si están. Fisgar y marcharme... si no.

..... ...... ......

―Vamos adentro. Dos vueltas de llave. Nadie. ¿Qué busco? ¿Dónde? La cocina...Aquí no.

―El baño...Margaret Astor...Ponds. Desde luego no te cuidabas mucho el cutis. Aunque con veintipico años el mejor maquillaje es agua limpia... compresas... pinceles. Sombra de Dior... la favorita de Jose Félix.

―El dormitorio... la mesita... recuerdos... fotos... todo bién ordenado. El armario... mucho Zara... El cajon... bragas... un corpiño...los juguetes de José Félix ...

―¿Pero qué coño estoy haciendo aquí? Me marcho...

―Venga Julia, solo un vistazo a la sala. Bién, pero solo para poder decir que he buscado en todas partes.

―Dos sofas. Una mesita de los traperos de Emaús. La tele. El equipo de música. La librería... “Ocaso en Barnaul” ... “Las 120 jornadas de Sodoma”... ¡Joder! José Félix, estás en todas partes... ¿Y estos? 1,2,3,4,5,6,7,8,9,10,11,12... Tapas de cuero azul, sin título...

Year 1993

January 1

Dear diary:

This is the first time I meet you...

―¡Jesús bendito!

Year 2005

Dear Diary:

J.F. has wanted to celebrar el fin de año dándome un azote con cada campanada...

―¡La hostia santa!”

Julia coge el diario del último año, de sexo e infierno, de gozo y paraiso, lo mete en su bolso de CH y sale corriendo, con ese pasito corto de las mujeres con tacón de aguja.

No olvida las dos vueltas a la cerradura. Nadie sabe quién puede entrar en casa y baja, cuidadosa, las escaleras. Sin ruido llega al portal y gira a la derecha hacia los jardines de Albia. Vuelve la cabeza y se encuentra sola en la calle.

―“El Iruña, sí. Calma Julia. Ya está. ”

Con la mirada fija en el viejo café, Julia cruza a degüello la carretera y atraviesa el parquecito, sin fijarse en las estatuas de Trueba y del Lenin local, quienes, disimuladamente, vigilan con sus pupilas de bronce el subir y bajar de nalgas hacia la puerta giratoria del Iruña.

En el salón abencerraje la clientela es la de siempre a esta hora: el Frente de Juventudes de la Sección Femenina cotorrea sobre la basura rosa semanal, sentadas en los escaños de terciopelo verde; hombres de mediana edad beben en la barra vino de crianza, aguado de lágrimas de desesperación por las desventuras del Aleti y algunas parejas de turistas, gringos de mediana edad, se atiborran de pinchos mientras comentan la filigrana del artesonado.

Julia busca una mesa libre entre las viejas parlanchinas y se sumerje, sin ningún pudor, en la desventura de Charlotte. ¡Que interesante es la vida privada del más gris de los seres humanos!. Sus inquietudes, sus miedos, sus esperanzas, son comunes a toda la humanidad, pero las circunstancias de Charlotte eran bastante ... particulares. Julia va saltando de un párrafo a otro, ávida por encontrar algún indicio que ayude a esclarecer la muerte de la joven.

“... la única solución para acabar con esta situación tan humillante es separar a J.F. de su harén. Entonces lo tendría solo para mí...

.........

... no encuentro el modo de destapar el pastel sin destrozar su vida: su familia, su trabajo, su reputación, todo sería destruido...

Te entiendo bién, Charlotte, cuando deseas aquello que no puedes alcanzar acaba convirtiéndose en el objetivo de tu vida y lo antepones a todo.

... las orgías son cada vez más frecuentes... J.F. solo vive para aumentar el número de yeguas, parece que disfruta corrompiendolas, corrompiendonos...

Bueno, la verdad es que yo también disfruto bastante y creo que no soy la única.

... He comenzado a acudir al sicoanalista. Es un hombre de mediana edad, con la cara deformada por alguna parálisis, pero esta fealdad hace que me sienta menos desgraciada que él y le confíe todas mis desdichas...

.......

... las sesiones con el doctor U. son cada vez más beneficiosas para mí; está de acuerdo conmigo en que la mejor forma de que yo consiga una mayor estabilidad emocional es separar a J.F. de las otras mujeres...

.......

... el doctor U. se ha ofrecido a hablar privadamente con cada una de las esclavas de J.F. para convencerlas de que no tienen que verle más. Le he entregado la dirección de I.M. y P. F y pronto conseguiré los datos de todas las demás...

.....

... algo no ha ido bién: una serie de accidentes está acabando con mis compañeras de esclavitud. He tratado de comunicarme con el doctor U. pero me ha resultado imposible...

...

... debo avisar a las chicas de que están en peligro y proteger a J.F...”

―¿Qué vas a tomar cariño?

La llegada de la camarera, delgada y pizpireta, saca a Julia del encantamiento que le ha producido la lectura del diario de Charlotte.

 

CAPÍTULO XXVIII

El agente Llosa miraba a un lado y otro del recinto del salón de juegos. Tenía forma rectangular y ocupaba una superficie de dimensiones considerables. A la derecha había una cabina acristalada que hacía las veces de mostrador de recepción y de ventanilla de cambio de dinero y fichas, y a continuación se levantaba la pared en la que se hallaban las puertas de acceso a los baños. A la izquierda se desplegaba una cantidad ingente de máquinas tragaperras de todo tipo y tamaño, alineadas a lo largo de las paredes, unas, y otras agrupadas en tres bloques de máquinas adosadas al dorso en filas de a dos y separadas por sendos pasillos. Llosa buscó a Astoreka primero en el que se abría junto a la puerta de la entrada, luego en los intermedios y finalmente en el que moría en el ángulo frontal izquierdo de la sala. Y nada. No lo vio. Desanduvo entonces sus pasos y remiró en los pasillos para cerciorarse de que no se equivocaba. Y no. No se equivocaba. Ninguno de los jugadores que compulsivamente introducían monedas en las insaciables bocas de las máquinas, manipulaban sus palancas o aporreaban sus botones y teclas era su perseguido. Instintivamente fijó la vista en las puertas de los baños. Estaban cerradas. Pensó que Astoreka ocuparía uno, “¿dónde iba a estar si no?”, y se dirigió a ellos. Se situó entre las dos puertas que diferenciaban el baño de caballeros y señoras, y allí esperó a ver qué ocurría.

Pasaron cinco minutos, y Llosa no advirtió ningún movimiento. Pegó la oreja a una y otra puerta, y tampoco apreció ruido alguno en el interior de los baños. Comenzó a ponerse nervioso. Pero, como no se atrevía a entrar en ninguno de ellos por temor a que al hacerlo Astoreka saliera del otro y se le marchara a la calle, se mantuvo quieto en su sitio. Enfrente, todo un mundo de deseos, frustraciones e ilusiones se insinuaba en los destellos espasmódicos de las pantallas de las máquinas y en la suerte de sonidos y voces metálicas que reclamaban la atención de los potenciales usuarios. El encargado del salón de juegos se le acercó.

―¿Busca a alguien?, le preguntó.

―¿Cómo?

―Desde que ha entrado en el salón de juegos no ha hecho otra cosa que merodear por los pasillos y observar a los clientes, y ahora permanece apostado aquí vigilando las puertas de los baños. ¿A quién busca?

―A un tipo que ha entrado en este garito.

―Cuidado con la boquita, que éste es un lugar decente y un negocio legal. Así que o me dice qué hace aquí, o se pone a jugar a las tragaperras, si no ya se va largando.

―El tipo que busco es alto, moreno y traía una gabardina color beige oscuro. Ha entrado en el salón de juegos hace unos veinte minutos. Lo he visto con mis propios ojos. Y estoy seguro de que no ha salido de él. No es ninguno de los que están jugando en las máquinas, de manera que usted dirá… Sólo puede estar en el water.

―Se equivoca. Al salón no ha entrado nadie que tenga esas características, y los baños están vacíos. Puede comprobarlo usted mismo. ¡Mire! –le dijo, franqueando la puerta de entrada al baño de caballeros-. Se introdujo en él y abrió también la puerta del excusado que había en el interior. Nadie. Nadie. ¿Lo ve?

El encargado repitió la misma operación en el baño de señoras. Allí tampoco había nadie.

―¿Qué le decía?

―¡No puede ser! Si yo le he visto entrar, y por mi madre que…

―Bueno, ¡basta ya! Déjese de cuentos. Aquí no está el tipo ese que usted busca, así que ¡a la puta calle!

El agente Llosa no daba crédito a lo que le estaba sucediendo. Astoreka había entrado en el salón de juegos. No albergaba dudas. Se apostaría el cuello. Juraría también que no lo había abandonado. Pero no lo encontraba allí. Volvió a mirar en los baños y después a recorrer de nuevo los pasillos entre máquinas. “¡Hostia! No está. ¿Dónde se habrá escondido el puto mamón este?”, masculló malhumorado. Y se encaró al encargado.

―Oiga, ya está bien, ¡no me toque los cojones! Soy ertzaina. Y vigilo al tío que le he dicho. Tiene que estar aquí. No se puede haber esfumado, como por arte de magia.

―Pues no está. ¿No lo ha comprobado usted mismo?

Llosa no respondió. El encargado tenía razón. Astoreka no estaba en el salón de juegos. ¿Cómo se le había despistado? Era todo un misterio. Y el agente, un tanto avergonzado, balbuceó algo parecido a una disculpa, y se despidió.

Ya en la calle, sacó el teléfono móvil del bolsillo de la chamarra y marcó el número de su compañero.

―Síí. Dime Víctor.

―Unai, ¿dónde estás?

―Aquí, entrando al parking de “El Corte inglés”. ¡No te jode! La pava del Mercedes me ha dado esquinazo. Y además se me ha descojonado a la puta cara.

―Pues coge el coche y ven a recogerme cagando leches. A mí también me ha dado plantón el puto Astoreka.

―¡No me jodas! Menuda la que nos va a caer.

Unai Arrospide recogió al agente Llosa, que se guarecía de la lluvia bajo los soportales de las viviendas aledañas al salón de juegos “La Timba”. Ambos agentes se encaminaron a la comisaría. Cuando llegaron, preguntaron por el inspector Vigalondo. Les informaron que había salido hacía un cuarto de hora, acompañado por Alberto Fernández y Joseba Ruiz. Víctor Llosa decidió entonces llamarle al móvil, para darle cuenta de la nueva situación.

―Sííí.

―Jefe, soy el agente Llosa. Le hablo desde la comisaría.

―¿Qué ocurre?

―Astoreka y la abogada se nos han escapado.

―Me cago en… ¡Vaya par de inútiles!

―Sí, jefe. Se separaron. Yo seguí a Astoreka y Unai a la abogada. Astoreka ha desaparecido en un salón de juegos y la abogada le ha tomado el pelo a Unai.

―O sea…, que sabían que les vigilaban.

―Eso parece.

―Pues vamos a trincarles. Encargaros de encontrar toda la información que podais, referente a la señora Julia Caminero. Creo que la pájara sabe más de lo que aparenta. Os doy media hora, el tiempo que tardaré en llegar ahí.

―Sí señor.

Cuarenta minutos más tarde, Arsenio Vigalondo entraba en su despacho. Se quitó la gabardina y, como siempre, la extendió para que escurriera el agua de lluvia en el perchero. Acto seguido llamó a los agentes Llosa y arrospide. Éstos acudieron solícitos a la llamada. La cosa no estaba para bromas. Seguro que les iba a llover una de órdago.

―¿Qué habéis averiguado de la abogada?, les preguntó sin mayor miramiento.

―Aquí tenemos un informe exhaustivo de los detalles más relevantes de su vida privada, social y laboral.

―¿Un anticipo, Llosa?

El agente carraspeó.

―Mira Llosa, no me …

―Llosa sabía lo que venía después, y se dio prisa en hablar.

―Señor, la abogada es una persona muy bien relacionada y goza de una situación económica y profesional envidiables.

―Pero… ¿Con quién cojones crees que estás hablando?

―Yo, señor…

Unai Arrospide anduvo listo, y prosiguió largando lo que él creía que iba a ser una bomba.

―Señor, Julia Caminero está casada con el Consejero de Sanidad del Gobierno Vasco.

―¡Tócate las pelotas! ¿Con Germán Arrien?

―Sí señor.

Bien, bien. Con que esas tenemos… Si va resultar que…

―¡Qué, señor?

―Nada, agentes. Nada.

Y añadió, esbozando una leve sonrisa, como muestra de su ostensible cambio de humor:

―Ir a la “chivata” – se refería a la computadora central- y traerme todo lo que cante del pollo.

Los dos agentes no se hicieron repetir la orden, y marcharon corriendo.

Regresaron al despacho de Vigalondo al cabo de diez minutos.

―Aquí lo tiene todo.

El inspector Vigalondo abrió el dossier que le entregaron los subordinados. En la segunda página del mismo destacaba una gran fotografía de germán Arrien. La observó detenidamente y, sin saber por qué, la puso al lado del retrato robot del hipotético comprador de ketamina que trapicheaba con el gitano Gómez Píñones.

―¿No tienen un aire?, preguntó retórico a los agentes Llosa y Arrospide.

―Sí, señor. Se parecen. El de la foto de verdad tiene más cara de talo; pero, sí, se parecen, corroboró Arrospide.

―Y mirad qué casualidad. El Señor Consejero de Sanidad presidió la Gala de Medicina Rural y de Primera Instancia que se celebró en el Sheraton el día de la muerte de las señoritas Susana Garai y Charlotte Flannagan. Sí. Sí. ¡Toda una casualidad!

De pronto, Alberto Fernández irrumpió en la reunión con cara de circunstancias.

―Pero…, quiso protestar Vigalondo, aunque Alberto Fernández le interrumpió.

―Arsenio – dijo- ha ocurrido algo muy grave. Esto va de mal en peor.

―¿Qué ha pasado? ¡Dilo de una puta vez!

―El detenido. Latatu, ha aparecido muerto en su calabozo.

Arsenio Vigalondo se derrumbó. Dejó caer la cabeza sobre la mesa escritorio, y repetía con voz trémula, como si de una letanía se tratara: “Susana Garai, hija de un gerifalte del partido en el poder, Germán Arrien, Consejero de sanidad, que casualmente es el marido de Julia Caminero y que estuvo en el Sheraton el día de la Gala de los médicos y se parece al que supuestamente compraba ketamina al gitano, la cadena de asesinatos y ahora Latatu, un muerto en periodo de detención”.

Finalmente, se levantó, y aseveró: “Sí, Alberto. Esto va de mal en peor. Esta vez nos van a follar vivos.

 

CAPITULO XXIX

Una indefinida vocación inglesa rezumaba por los ladrillos de la manzana de los chalets de Iralabarri. Palacetes de tres alturas, abuhardillados, serios, formales. Faltaba la niebla y sobraba la cuesta empinada para imaginar al autentico estrangulador o a los inspectores de Scotland Yard.
Durante aquel Domingo de lluvia tenaz y oscura, se hacia más patente el abandono a que se había visto abocado aquel rincón de Irala tras los vientos de recesión que surcaron Vizcaya después de las sucesivas crisis del carbón y del acero. La zona baja del barrio –proletaria y emigrante- contemplaba con satisfacción la decadencia de su orgullosa hermana mayor.
El silencio resacoso de la tarde dominical se vio rasgado por el sonido metálico de las cuatro vueltas de la cerradura del numero 32 de la calle Zuberoa. “Smith and Sons Import & Export” britaneaba un pretencioso rótulo metálico en el templete de la puerta. El hombre de las llaves la atravesó. Después, un zaguán con una escalera de madera húmeda enroscada en si misma y tras ella una habitación amplia con aroma a recepción en un ambiente minimalista blanco y negro. Dos sofás imposibles y una mesa voladera con portafolio, ordenador y teléfono completaban la decoración. En una esquina achaflanada iluminada por una ventana que asomaba a un patio umbroso, una coqueta placa anunciaba “Estudio Astoreka Julio 2001”.
El hombre de las llaves abrió una puerta situada detrás de la gran mesa transparente que conducía a un pequeño archivo de documentación. Abrió la puerta de un armario, apartó una ringlera de ropa que colgaba de perchas y tras manipular un mecanismo oculto en la balda superior, el falso fondo del ropero se abrió dando paso a un habitáculo del tamaño de un bar chiquitero.

El hombre de las llaves se acomodó en una butaca orejera frente a una mesa de buró en aquel garito maximalista. Enfrente de la mesa un panel blanco ordenaba cronológicamente una serie de fotos. Fotos de rostros identificados con sus nombres. En la fila superior, las caras de hermosas de mujeres, la ultima Susi Garay. En la inferior, Don Teodosio Rementeria, Charlotte Flanagan, José Antonio Gómez Píñones y Vicente Latatu. En una esquina, marginados, los rostros de Julia Caminero y Germán Arrien. Unos trazos gruesos de rotulador exageraban los rasgos mas característicos de la cara de éste ultimo.

El hombre de las llaves rebuscó en un cajón y encontró lo que parecía ser una grabadora de bolsillo. Comprobó que funcionaba correctamente y presionó con decisión la tecla roja.

“…de 2005. Domingo. Cuarta cinta del asunto Astoreka:
Caso Germán Arrien. Informes de mi contacto en la Comisaria de Zabalburu me confirma que han picado la añagaza. La caracterización ha resultado un éxito. La mujer del gitano describió el aspecto artificial de German Arrien que desde la distancia resultaba más fácil de creer. El gitano nunca se creyó mi aspecto, además me trató de chantajear. Tenia que deshacerme de él.

Caso Vicente Latatu. La presencia del imbécil de Latatu en el calabozo podría acabar siendo incomoda. Él me vio en varias ocasiones comprometidas: en el Sheraton, en la Bilbaina, siguiendo a Astoreka. Tenia que deshacerme de él. La circunstancia de su permanencia en el calabozo dificultaba el asunto. Pedí información a mi contacto interior en la Comisaria de Zabalburu y me confirmó que Latatu seguía siendo clave en la investigación y que era diabético y por tanto llevaba un régimen alimenticio especial. Mi contacto también me informó del nombre de la empresa que lleva el Cattering de la Comisaria, Gastronomía Baska. No fue difícil introducirme en su sistema operativo y cotejar qué delegación se encargaba de la preparación de la comida de Zabalburu y qué manipuladores de alimentos se encontraban de baja. Tuve la fortuna de localizar a uno que vivía en Miranda de Ebro y que sufrió quemaduras en cara y manos por “salpicaduras de sopa hirviendo”. Encontré su fotografía y me caractericé con un vendaje que no me tapara toda la cara pero que al mismo tiempo dificultara mi identificación. Fingí una ronquera persistente provocada por los vapores del brebaje hirviente. Me las apañé para alcanzar la comida para diabéticos en la Comisaria y tuve la fortuna –o quizá alguien la tuvo- de que solo hubiera una ración para diabéticos dispuesta para Zabalburu. Introduje la cantidad adecuada de cianuro inyectándola en el cogollo de las alcachofas a la riojana y todo los demás fue inevitable.

Caso Julia Caminero. Después del fallido intento del taxi, esta calientapollas se ha vuelto peligrosa. Ha estado metiendo las narices en el domicilio de la entrometida de Charlotte. Lo que no sabe es que la policia la ha grabado en plena accion porque habían dispuesto cámaras de vigilancia. Una triquiñuela fallida. Esos pazguatos pensaban que iba yo a acudir a casa de Charlotte a rebuscar entre sus bragas. ¡Menudos inoperantes! Esa maldita americana amante de Astoreka casi me descubre. Era inteligente. Cuando empezó a investigar entre las mujeres de Astoreka comenzó aproximarse peligrosamente a mi y tuve que mandarla a criar malvas. Se resistió mucho en aquel baño del Sheraton pero al final le apliqué el remedio infalible, una dosis cumplidita de ketamina y a volar. Hasta una mejor ocasión espero que la policía sospeche de la Caminero y se alejen de mi. Fin de la grabación….”

El pitido electrónico del ingenio se diluyó en el sonido inextinguible de la lluvia sobre el tejado inglés.

 

 

CAPÍTULO XXX

Llenó de Wagner la pequeña estancia al activar el reproductor de discos compactos mediante un pequeño y de diseño futurista mando a distancia. La cabalgata de las Walkirias le enardecía como ninguna otra pieza, y enmarcaba todos sus actos pasados y servía de preámbulo para los futuros; las ideas, los bosques de posibilidades, acudían al centro de su ojo mental con facilidad. La música pedía un güisqui —había un recoleto mueble-bar en una esquina de la habitación —y un purito de falsos sabores orientales. La mano, con el tábaco estrenado, dirigía la orquesta imaginaria que interpretaba a Wagner. Wagner mismo participaba de sus elucubraciones fantásticas y de sus disecciones de escalpelo. “Gran tipo este alemán de los cojones” murmuraba entre dientes, saboreando los acordes llenos de grandeza. “Es que no me extraña : después de oir unas cuantas veces esto, el bigotitos vería claro sus pasos y se merendó Polonía y todo lo demás de corrido” pensó para sí. “Esto es grandioso ...oyendo esta música uno es capaz de cualquier cosa ...” mientras una visión se abría paso en sus cabeza, primero en nebulosa, arrastrándose, y poco después imaginando enteramente confirmada y lista para su ejecución la próxima víctima propiciatoria.
El rostro que se le presentaba era el de José Félix, al que habia visto hace dos días, tomando un café con su hermana en su propia casa. Las sonrisas fingidas y hasta cierto punto melosas, le habían dejado perplejo. Aquel enérgumeno del sexo había entrado en su casa y había puesto sus ojos sobre la belleza y la juventud de su hermana Patricia. Llegó acompañado de una tal Julia, que tuvo que marcharse al poco de llegar porque le habían llamado por el teléfono celular. Su madre, que siempre estaba en casa, se había ido al ropero de la parroquia a hacer un poco de labor. Lo último que hubiese esperado es ver a aquel personaje, que no le desagradaba e incluso en tiempos envidió con exageración, pero que había ido demasiado lejos en sus escarceos carnales. Y la cara se contento de su hermana Patricia, como si le hubiese ido a visitar el mismo rey don Juan Carlos. Y los dedos nerviosos de José Félix agarrando la lechera y los azucarillos tomando café y más café, mientras se le iban los ojos por el escote de mi hermana, que todo hay que decirlo, está como un bombón-glace. Este José Félix ... y volvió a concentrarse en la cabalgata de las ménades germánicas.
Repitió una vez y otra la pieza musical para terminar con un aria adormecedora de Tristán e Isolda, dulce sosiego para su pulso ligeramente acelerado por la batuta espasmódica de la cabalgata y, claro está, por el manso güisqui “on the rocks” bajando cuello abajo. Mientras, fuera la pertinaz lluvia amainó y el hombre que gozaba con la música, relajado y con los párpados entrecerrados, quizá con un punto febril y nebuloso, se levantó y salió del gabinete cerrando tras de sí el acceso.

Tiros largos en el Palacio de la Diputación para los ecos de sociedad que en fragor se esperaban; había una fuerte representación de la casta política local en forma de consejeros, directores y prominentes secretarios, y lo más granado del Bilbao conocido en uno y otro confín con presencia de prebostes municipales y, al frente, su laureada y bien ventilada cabeza visible. Allí están el Consejero de la cosa sanitaria, Germán Arrien, y su gloriosa beldad y cónyuge, expectantes y contentos por tener la posibilidad de dar brillo a tan cacareada ceremonia. Habiéndose colado en virtud de su renombre ciudadano, —el despacho de Astoreka venía estando bien comunicado con los poderes forales y municipales— oteaba el ambiente en solitario nuestro ínclito José Félix, adormecido por las curvas ahora distantes de su en secreto amante y esposa al mismo tiempo del Consejero de Sanidad. Y se preguntarán a qué viene tanta boato presidido por el Diputado General, el que pone los chines para el evento con coro de voces mixtas y ágape incluido. Pues no es sino la entrega de los “Premios Euskadifrenia 200?” que este año han quedado en manos de dos prominentes valores de nuestra cultura :

―Don Pío Ganibeta, anciano estudioso y galardonado por su impagable esfuerzo cultural al haber salvado en prometeico esfuerzo del olvido del aire páginas y páginas de versos en un volúmen titulado “Nuestros bertsos; itinerario oral de Euskalherria (1975-2000)”.
―Aitzol Baroja, joven filósofo y pensador de la escuela de Wittengenstein, que tiene el mérito de haber realizado una obra monumental titulada “Euskal filosofiko bademecumea” actualizando y aportando nuevos conceptos y algunos tradicionales que faltaban, extraídos de la Historia de la Filosofía desde las civilizaciones antiguas hasta el día de hoy. Esta tarea ingente la ha completado en diez años de trabajo que ha pasado encerrado en su buhardilla del Casco Viejo becado por la Fundación Ignacio de Loyola.

Estos eran las personas premiadas y el evento que las iba a agasajar estaba cercano a comenzar. El orfeón de voces mixtas “Txipli-txapla-pum”, originario del barrio de la Peña, entonaba el “Agur Jaunak” del padre Madina que engrandecía el corazón de los asistentes e incluso la cavidad vestibular del Palacio Foral. Delante del púlpito, el maestro de ceremonias con el diputado general, y más atrás los premiados arropados por el selecto público invitado para la ocasión. José Félix oteaba, henchido por la música, la concurrencia y más fijamente, pero sin delatarse, la imagen algo lejana de Julia Caminero, la esposísima, con lío de trastienda en su corazón y en sus carnes, compartidas casi equitativamente por dos de los presentes, encorbatados y trajeados, compañeros de ceremonia por una noche.
Finalizada la pieza musical, encogido y en un puño el corazón de los oyentes, el presentador hizo un panegírico del denso trabajo de las dos figuras premiadas, texto que se demoraba en detalles interminables y en aburridas y fatales enumeraciones sin fin. Cuando la concurrencia estaba más amansada y nuestro José Felix tenía la testosterona en su culmen, más que nada por las miradas de reojo que le dedicaba la mujer del político de la sanidad vasca, finalizó la enumeración de los trabajos de estos esforzados hombres de la cultura.
José Felix, entonces, aplaudió aliviado como muchos de los presentes más por el final de los currículos que por los méritos flagrantes que atesoraban los agraciados con los Euskadifrenia del año. El diputado general y sus apoderados se fundieron en un abrazo con don Pío y el jóven filósofo de quevedos dorados y de nombre Aitzol, hecho que hizo saltar más de una lágrima; item más, una elegante anciana de la burguesía bilbaína, ataviada para la ocasión, se echó a los pescuezos de ambos prodigios de la cultura con la sola excusa del aprecio espontáneo pues es seguro que la buena señora no había pasado de las revistas de la víscera cordial llegando como muy lejos a la serie rosa “Clavel y Jazmín”, y acaso en un vahido lector extraterráqueo, hubiere empezado ”El Código da Vinci”. Los collares de perlas de la anciana repiqueteaban cada vez que movía su anatomía y achuchaba una y otra vez a los homenajeados.
El diputado tuvo que hacer un gesto a su secretario con el objetivo de bloquear en la zona a la señora de los abrazos y los cariños. En este instante, una mirada del coordinador del evento al director de coro, con barba y circunspecta pajarita, hizo que éste diera el tono y comenzara la eterna melodía de “Maite” del maestro Sorozabal. Comenzaban las voces en un dulce “piano´” a contar en voz euskérica la desdichas del fiel amador. Después de la obra musical debía producirse la despedida y el paso al ágape. Era martes y José Felix pensó que era el momento de abandonar el Palacio y, como cada martes, acudir a la reunión social en el club de la Bilbaína a mojar sus miedos en champán y a distraer su mente con la vista de gentes y con la conversación desenfadada. Discretamente, como corresponde a un caballero capitalino, se desvaneció tras las lustrosas columnas de mármol de Carrara y en la puerta el saludo a los dos ertzainas le franqueó el paso a la rampa que bajaba a la calle.
Lloviznaba y apenas un puñado de estrellas se podían apreciar espolvoreadas en el cielo de Bilbao. Miró hacia la derecha y a lo lejos pudo atisbar, como hacía desde sus tiempos de colegial, a la diosa Atenea erecta, con su lanza en ristre, oficiando de centinela de la noche. Ella miraba fijamente al frente y de alguna forma hubiera detectado con su mirada fría pero divina, la presencia del elegante hombre de negocios, del caballero listo para vivir la noche, esa noche que invita a congraciarse con la diversión y con las sombras del mundo también.
Atenea, en su hornacina de piedra, lanzó sus buenos deseos al hombre en efigie que la miraba parado al pie del palacio; no podía sino velarlo pues sus poderes, de otro tiempo y de otra magnitud, habían quedado muertos como pregonó aquel filósofo alemán llamado Friedich. Por ser diosa y por ser mujer, no le pasó desapercibida la sombra que se agitaba en la adoquinada calle trasera del edificio foral. Una auténtica sombra de enigmática intuición.
La efigie del caballero, traje príncipe de gales y camisa corbatera ambos gris confederado bajo flamante gabardina forrada por dentro, comenzó a caminar por la calle desierta hacia Atenea y la diosa agradecía los ecos de las pisadas en el enorme silencio y la soledad de la noche. Se sentía acompañada en su atalaya. Pasos y golpes de la punta del paraguas en el pavimento. Al llegar frente a la hornacina, José Félix miró a la mujer armada que había turbado de algún modo sus sueños infantiles, sus timoratos sueños infantiles. Llenos los ojos de agradecimiento por su presencia tan antigua, viró hacia la calle Gardoqui, penumbrosa de día y de noche tranquila, sólo avivada por los sonidos de algún bar frecuentado por oficinistas, ejecutivos y gente de paso que busca descubrir la ciudad y sus calles, entre pequeños recados y compras más serias.
La calle estaba mansa y el paseo era ideal. Los sonidos de músicas amortiguadas por las puertas de algún bar o expenduría de comida rápida. La sombra también parecía ser atraída por el corto pasadizo de la calle Gardoqui.
Delante y a la derecha la iglesia que tan negros recuerdos le traía : la mirada y el temblor imposible de controlar de don Teodosio, sus diatribas como dedicadas a un blasfemo, a un hereje de la carnalidad. Y después, el trombo radical que hinchara sus sienes y frente cuando lo de los recortes de los asesinatos. “Lástima ... haber significado la ruina del padre Teodosio Rementeria” pensaba distraído en su lejanía Astoreka sin apreciar las pisadas que calcaban las suyas pero más sigilosas, algodonosas, pisadas entrenadas en el acecho.
Cardenal Gardoqui se abría a la transitada Alameda Urquijo con la iglesia del Sagrado Corazón, la Casa del Libro, Correos y, a la izquierda, el Corte Inglés iluminado con luces incansables. Mientras caminaba hacia la Gran Vía, y quizá implorando ayuda, protección, José Félix dirigió su mirada hacia el dios alado Mercurio, siempre allá arriba en un escorzo infatigable vigilando el desaforado tránsito diurno de la gran arteria de Bilbao; el ir y venir de las gentes que compraban en los grandes almacenes y frecuentaban las sedes bancarias. Las columnas robustas sostenían, el edificio hoy del viejo Banco Bilbao, el tejado cuya esquina daba morada al grácil Mercurio, dios que ahora también había fijado su vista en el hombre trajeado que fumaba pensativo abandonado a su deambular dromómano en busca de un alivio, una pequeña distracción. Las orgias habían finalizado ante el temor de nuevos asesinatos, la diversión había sido sajada por el rastro ensangrentado de las víctimas, mujeres todas con el sacerdote, el hombre santo, a la cabeza de su quizá deambular celestial. El llanto y el vagar de los espíritus parecían concentrados como tomando vida en la pesadumbre de José Félix.
El dios Mercurio, con sus ademanes inmortales, parecía iluminar por un momento la faz de nuestro hombre deambulante que con desvaimiento apartó sus ojos de las alturas del Olimpo bancario, cruzó la calle y retomó el gran río pavimentado de la Gran Vía. La sombra que iba tras él, con un sombrero impermeable calado con intención, no perdía paso y seguía las huellas de José Felix como flotando y sin apenas peso, las manos en los bolsillos de la gabardina y la mirada fija en el suelo.
De la protección del dios Mercurio pasó, sin apenas mirar hacia arriba a su altar aéreo de arriba, bajo la égida de Minerva, diosa de la sagacidad y de la sabiduría, también atenta al nocturno paseo de este hombre que concitaba la mirada de las féminas de la casta divina. Como Mercurio, esta diosa sustentaba sus pies sobre el tejado de una central bancaria que tras diversas fusiones habría de acabar llamándose Central Hispano. Sobre su mano derecha sostenía a otra diosa minúscula en representación pero de nombre grandilocuente, la diosa Victoria, largamente emparentada con los humanos y su eterna sed de triunfos. El olivo, sinónimo de paz, es el símbolo vegetal de Minerva y la lechuza, ave de la noche, su estandarte animal.
Y la noche y la paz es lo que parece buscar Astoreka en su paseo nocturno pero él no está en paz; su alma está agitada aunque los dioses del Olimpo bilbaíno, en sus secretas azoteas se hayan apiadado de él y lo hayan tomado en cuenta para sus plegarias futuras. Pasa por los dominios de Minerva y llega a la Plaza Circular donde el broncíneo caballero no deja de señalar la actual parada del tranvía en la calle Navarra, recuerdo del único antiguo reino de verdad que existió por estos andurriales. Luz difusa y amarillenta sale del café La Granja. Hay todavía ciudadanos ocupados en la charla alrededor de unos cafés o unas copichuelas de anís. La atracción que ejerce la luz sobre Astoreka es irrefrenable; siempre las conversaciones y reuniones de gente le privan. La sombra, diligente como sólo un sombra puede ser, se ha quedado rezagada ante la luz del café o quizá ante la presencia del caballero que guarda la plaza, vaivén glorioso para los pasajeros de los grandes autobuses capitalinos, rojos por más señas. Ha pensado que un cortado con la espuma que ponen en La Granja puede ser una buena excusa para retardar su entrada en el coso social de la Bilbaína. Lo del coso lo pensaba por las féminas elegantes y bien armadas que andaban sueltas por aquellos salones y por lo que le gustaría ser empitonado y zarandeado por una de ellas ...

 

CAPÍTULO XXXI

Astoreka empuja la hoja de la puerta giratoria, que cede a la presión de su brazo, ofreciéndole franco el espacioso local. A la izquierda, dispersos por las mesas de mármol y los escaños de terciopelo trasnochan algunos jóvenes. A su derecha se extiende la larga barra, interrumpida de tanto en tanto por columnas de forja. Se acerca al mostrador y un joven solícito con chaquetilla blanca le saluda profesional:

―Buenas noches, ¿qué desea?

―Buenas noches, un café cortado por favor.

―Enseguida.

El camarero se vuelve hacia la cafetera y la manipula con habilidad. Astoreka se gira a su vez y recorre el vasto espacio con la mirada. Los detalles de latón y la madera añeja confieren al lugar un ambiente antiguo, cálido y confiable. Al llegar a la puerta descubre como se aparta un rostro que parecía observarle tras los cristales. Un escalofrío recorre su espalda.

―Aquí tiene caballero.

El joven de blanco ya ha posado la taza sobre el mostrador. Astoreka nota los golpes de la sangre en sus sienes. La frente se cubre de minúsculas gotas. La ansiedad le paraliza a la vez que un impulso le llama a asomarse a mirar Abre el sobrecillo de azúcar, lo vierte en la taza, y casi sin revolverlo se bebe el café de un trago.

―¿Cuánto es? – pregunta al mozo de la barra.

―Un euro quince, señor.

Astoreka deja una moneda de dos euros y sale a la plaza circular. Espera descubrir al propietario del rostro que le espiaba, pero no encuentra a nadie en la noche fresca. La plaza está vacía, a excepción de una pareja que, por la derecha, parece dirigirse a la estación de Abando. Cruza la calle Buenos Aires, apresurando el paso camino de la Bilbaína. El joven que marcha hacia la estación saca su teléfono del bolso que lleva en bandolera.

―Dígame inspector.

―¿Dónde estáis?

―En la plaza circular.

―¿Qué hace el pájaro?

―Está bajando por la calle Navarra, seguramente se dirige a la Bilbaína.

―Bien, ¿habéis visto algo raro?

―Si, que no éramos los únicos que le seguían.

―¡Qué me dices! ¿sabes de quien se trata?

―No, inspector, era solo uno, un tipo un poco raro. Karmele le ha sacado alguna foto con película ultrasensible. Veremos qué ha salido.

―¿Por qué dices “era”? ¿Le habéis perdido?

―Estaba asomado por los cristales del café La Granja pero de repente ha salido pitando por Buenos Aires y ha bajado hacia Ripa. Karmele le ha seguido un rato intentando no dar mucho el cante, pero se ha evaporado.

―Bien, dile a tu compañera que espere allí hasta que llegue otra pareja a relevarla. Tú mientras tanto acércate al juzgado de guardia. Allí te darán una orden de detención para Julia Caminero. Después os reunís de nuevo y vais inmediatamente a detenerla. Y lleva la cámara al laboratorio.

―Sí, inspector.

Arsenio Vigalondo cuelga el auricular, se pasa la mano por el cabello y sonríe satisfecho.

―Seni, ¿te parece lo más inteligente? ¿no será mejor dejarla un poco de cordel y ver hasta donde llega? –le sugiere cauteloso Alberto Fernández.

―Alberto, o entregamos alguna pieza en las próximas doce horas o vamos a empezar a tener problemas. Con el vídeo que nos han traído de la casa de la yanqui, tenemos más que suficiente para hacerle algunas preguntas. Además quiero ver qué pone en el libro que se ha llevado.

―No hace falta que te recuerde que es la mujer de un consejero, o sea, compañero de nuestro jefe. Como nos columpiemos, vamos a saber lo que son problemas.

―Yo me hago cargo, Alberto, no te preocupes. A esa se la tengo jurada desde que la vi entrar en el despacho del arquitecto. Si no es por un lado es por otro, pero esta tía está metida en esto hasta las trancas.

CAPÍTULO XXXII

Agitó la cabeza de una manera acelerada y compulsiva; el sudor que teñía de brillos nacarados sus cabellos mojaba la funda de raso de la almohada. Le faltaba el aliento, era como si un gran peso descansara sobre su vientre y le impidiera respirar; parecía que la lucha por cada bocanada que aspiraba hubiera de resolverse en un último golpe de agonía y después ya sólo quedara el silencio y la asfixia. Con un sonido gorgoteante manando de su boca Astoreka se incorporó en la cama; intentó que el aire le llegara a los pulmones con un ansia desesperada. Después de varias inspiraciones se sintió algo más calmado. Se llevó la mano al corazón y pudo percibir el golpear desbocado y errabundo de su víscera. Miró a su alrededor y no vio nada ya que la habitación se estaba sumida en la más absoluta oscuridad. Le extrañó porque él nunca bajaba la persiana del todo, y menos aún atrancaba la puerta del dormitorio. Le gustaba que una mínima línea de luz creara una sensación de penumbra y que al despertar no le rodeara una negrura amorfa sino un mundo desvaído, tan etéreo como él mismo se sentía en aquellos momentos de despertar y reinvención. Poco a poco la angustiosa pesadilla que ya no recordaba se disolvió en algún recóndito pozo de su cerebro. La oscuridad. La extraña e inquietante oscuridad seguía allí. Accionó el interruptor de la luz, pero no sucedió nada. Una vez. Otra. Una serie de diez pulsaciones y empezó a notar que el color negro se adhería a su piel y se introducía por sus fosas nasales. Y el olor. Qué extraño aquel olor a perro mojado. Pero, ¿cómo olía un perro mojado? ¿Por qué se le había ocurrido aquella comparación si él no había tenido un perro en su vida? Y mucho menos había estado cerca de uno mojado. Sin embargo tenía la absoluta seguridad de que allí olía a perro mojado. En algún lugar de la habitación algo despedía aquel extraño tufo. Elevó ligeramente la cabeza y olisqueó a su alrededor con su nariz de patricio romano. Sí, el olor provenía de la cama. Extendió la mano presto a tocar aquello que fuera estaba asfixiándole, porque el hedor se había intensificado repentinamente y se estaba volviendo insoportable. Una orden de su nublado entendimiento paralizó su brazo en el aire. Pero, ¿qué coño estoy haciendo? Retiró la mano y escurrió su cuerpo hacia el borde de la cama como si alejarse unos centímetros de lo que fuera que allí habitaba pudiera protegerle. Con un gesto de pasmo que nadie pudo contemplar Astoreka se percató de que el olor provenía de un ser vivo que poco o nada podía tener que ver con su amante de aquella noche o, al menos, de algo que era capaz de emitir unos inquietantes gruñidos. Ya sin ningún tipo de recato salió de la cama. Unos ojos le observaban. Estaba seguro de ello. A pesar de las impenetrables tinieblas que todo lo anegaban, tuvo una intensa sensación de desnudez. Se palpó el cuerpo y en efecto estaba desnudo. Todo era extraño, muy extraño. Recordaba que al acostarse se había vestido con su pijama de seda preferido, el que le regaló la Garai. El gruñido creció y se transformó primero en un rugido y después en un remedo de voz humana, en un fragor que parecía estar generado por el roce de de un millar de piedras al precipitarse por un acantilado. El chirrido era insoportable. José Félix se llevó las manos a los oídos. Y cuanto más se los apretaba más se le desorbitaban los ojos; la forma que se ocultaba en la cama había empezado a emitir una fosforescencia de color rosa. Desde algún punto aún oculto debajo de las sábanas una leve humareda de color anaranjado se iba enroscando en torno al cuerpo brillante de aquel monstruo. Astoreka no lo dudó. Estaban allí, habían venido. Todo era cierto. Y sin embargo, ¿cómo había llegado a su cama aquel…? Aquel… No, no podía ser. La palabra le vino a los labios sin saber de dónde la había sacado. Un miorita. Un enorme fogonazo le cegó; en su cerebro se confundieron dos destellos: el de la iluminación interior de la revelación y el exterior que había sustituido de golpe la negrura por un blanco cegador. Cuando abrió los ojos, el ser había desaparecido de la cama, pero a cambio percibió una humedad viscosa sobre su espalda. Dos manos verdosas se posaron en su pecho. En su oreja el aire se movió impulsado por el susurro cavernoso de la voz del miorita. ¿Miorita? Una mano se posó sobre la cabeza de Astoreka. La otra le apretó el bajo vientre. Te amo Astoreka, rata de mi corazón, te amo hasta el yurumi. José Félix sofocó un grito cuando se vio sentado sobre la cama, empapado en sudor. De un salto salió de entre las sábanas y giró la vista hacia el lecho. Un suspiro de alivio escapó de sus pulmones y una sonrisa de alegría se insinuó en su rostro. Todo había sido un sueño. Oculto entre los ropajes asomaba su portada el libro que había estado leyendo antes de caer dormido. “Ocaso en Barnaul”. Mierda hostia puta joder coño me cago en todo lo más barrido cagondiós y la virgen. Qué acojono. Mierda de libro. Quién le mandaría leer aquella porquería. Claro, Susi. Y por qué hostias tenía yo que hacerle caso a la putilla esa. Quién me mandaría. Quién. José Félix se fue tranquilizando, aunque la paz le duró poco. Se pellizcó un brazo. Sí, era un método infalible para saber si se estaba despierto o dormido. Eso le contaba de pequeño su abuela allá en el caserío familiar de Lúzaro. Le dolió, luego estaba despierto. Pero… Sí era inconfundible. Detrás de la puerta podía oír una respiración profunda y acelerada como de quien acabara de realizar un tremendo esfuerzo y intentara disimular su agotamiento. Dio dos pasos hacia el umbral de la habitación. Al caminar su miembro le golpeó el vientre. Meneó la cabeza en un intento de disipar su sorpresa porque su polla presentaba unas dimensiones inusuales y un estado de erección que no recordaba desde sus quince años. ¿Qué era aquello? Un pollón le dijo rebelde y burlesca su propia mente. No se detuvo. Continuó avanzado sin echarse por encima el batín de raso que se acurrucaba arrugado a los pies de la cama. Otro regalito de Susi la hortera. Su mano sujetó el picaporte y en ese instante dudó si sería prudente salir de aquella manera de la habitación. Quizá siguiera sumido en el sueño y todo aquello no fuera más que una elaboración pesadillesca de su cerebro torturado. Las últimas semanas habían sido muy duras. Había estado sometido a demasiada tensión. Una voz sumergida en un murmullo contenido musitó una especie de letanía justo al otro lado de la hoja de madera. Astoreka dio un respingo. Qué sueños ni qué cojones. Ahí había alguien, algún ladrón seguramente. Un escalofrío le barrió desde las raíces del cabello hasta las uñas de los pies. Recordó de pronto la extraña figura que le había parecido ver durante el día anterior en diversos lugares. No, qué tontería, negó con la cabeza. Respiró profundamente tratando de calmarse. Todo eran imaginaciones suyas, tanto el furtivo perseguidor como los sonidos al otro lado de la puerta. La extraña persecución no había sido en realidad más que una serie de casualidades que su mente había reelaborado de una forma paranoica, y lo de ahora nada más que alguna ventana abierta. Seguro. Sujetó con fuerza el metal de la manija en su mano y dio un brusco tirón no muy convencido, a pesar de sus reflexiones y razones, de que no hubiera nada al otro lado. El corazón se le paró. Latió una vez y después ya no bombeó más sangre. Una figura embozada, vestida completamente de negro le observaba desde el umbral. Sólo los ojos destacaban en la penumbra del pasillo y sobre la negrura de los atuendos de aquel individuo; de un color azul intenso parecían las luces estroboscópicas de un vehículo policial. Con un golpe que quiso quebrarle las costillas, el corazón arrancó de nuevo a latir y ese golpe se confundió con el empujón que recibió del extraño. En dos zancadas se plantó en medio de la habitación y empezó a mirar en todas direcciones como si la estuviera inspeccionando, memorizando todos y cada uno de los detalles que adornaban la alcoba. Astoreka siguió la mirada azul y se quedó clavada en su propia cama. El intruso se dio media vuelta y con otros dos pasos se lanzó sobre la ventana. José Félix parpadeó y esa mínima fracción de tiempo en que sus párpados ocultaron el mundo sirvió para que la forma de negro se desvaneciera. Tuvo la impresión de que había atravesado el tabique de alguna manera, como un fantasma. Tembloroso levantó la persiana y se asomó al exterior. Se apretó las sienes con las manos sudadas cuando vio la figura embozada corriendo calle arriba; de vez en cuando miraba hacia donde él permanecía congelado. Al doblar la esquina le pareció que le saludaba con la mano. Con la cabeza gacha Astoreka regresó a la cama. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Se estaba volviendo loco? ¿Seguía sumido en un sueño espantoso? Se sentó sobre las sábanas arrugadas y miró a su izquierda. Allí dormía apaciblemente Julia. Aquella noche su marido había partido de viaje hacia algún país de los Balcanes en búsqueda de trazas y pruebas que pudieran servir para justificar la independencia del país. De este país, le canturreó alguien desde alguna circunvolución cerebral escorada. Eso estaba bien. Hay que pelear por la patria. Ya se encargaba él de guardar los muros del castillo. Se recostó y aproximó su cuerpo al de Julia. Introdujo su mano por debajo de las sábanas y acarició el vientre de la mujer. Esta vez no fue un escalofrío lo que le atenazó los músculos. Esta vez el frío se limitó al fluido viscoso que se le adhería a la mano. La retiró con un espasmo y la plantó delante de los ojos, aunque prefirió no mirar. ¿Para qué? Era sangre. Giró con delicadeza el cuerpo de su amante. El pecho y el vientre aparecían maquillados por una capa brillante que lanzaba destellos yermos al jugar con las luces que entraban por la ventana. Un enorme tajo le había seccionado la garganta, una segunda sonrisa si dientes, una vagina yerta. La cara de Astoreka se volvió de cartón, aunque sólo unos instantes porque los ojos de Julia se abrieron como accionados por un resorte. El grito de José Félix fue tan agudo que tuvo la impresión de que le llegaba desde muy lejos, como si él mismo estuviera en otra habitación chillando de horror y a la vez allí, en compañía de su amante degollada. Saltó de la cama y caminó de espaldas hacia la puerta sin dejar de contemplar el cuerpo exánime de la mujer y perseguido por su mirada acusadora. Joder, ahora sólo falta que me hable. Pisó algo blando que estuvo a punto de hacerle caer. Dio otro paso más hacia atrás y resbaló de manera que de pronto se encontró recostado sobre una masa de carne cálida y húmeda. Esto tiene que ser un sueño, no puede estar sucediendo de verdad. Jose Félix apoyaba su espalda sobre el pecho de Susi Garai. Ésta tenía su cabeza ensangrentada; reposaba encima del vientre hinchado del Padre Rementería; el rostro de este último mostraba una tonalidad verde, de sus ralos cabellos colgaban mechones de algas y de otras sustancias espúreas; sobre su calva se dibujaban docenas de pequeñas cicatrices de color morado rociadas de pus blanquecino. Astoreka giró la cabeza tan rápido que oyó mas que sintió un chasquido en su cuello. Dios, qué espanto. ¿De dónde habían salido todos aquellos cadáveres? Julia, Don Teodosio, Susi. De nuevo quedó prendido de los ojos de Julia. Se movieron con un salto y él siguió la dirección que le señalaban, exactamente hacia el silloncito que ocupaba la esquina próxima al cabecero de la cama. Charlotte. Charlotte. Era ella, pero un aire extraño la acompañaba de forma que más que el horror de ver a la muerta lo que le reptaba por el estómago a José Félix era el desasosiego. Hostia, pobre mujer si resulta que tiene las piernas y los brazos cambiados de lugar. Ya decía yo. Que Charlotte abriera los ojos, como Julia, ya no le causó demasiada impresión. Que se pusiera en pie le incomodó algo más. Que en un parpadeo estuviera a su lado y le abrazara fue más de lo que pudo resistir. Ya no oyó su propio grito. De nuevo estaba acostado en la cama. Tardó unos segundos en abrir los ojos y asegurarse de que en el dormitorio no había ningún cadáver, que estaban sólo él y Julia. Retiró un tanto la sábana y se tranquilizó viéndola respirar, leve y distante, sumida en unos sueños que seguro no le estaban resultando tan espantosos como a él. Porque, ¿y ahora? ¿Estaba despierto de una jodida vez? Se pellizcó de nuevo, pero también antes lo había hecho, y le había escocido, y al final había resultado que estaba soñando. Menuda mierda los consejos de su abuela. Si es que tú eres bobo, José Félix, tú eres bobo. ¿Dónde había oído eso? En fin, es igual. Menuda mierda los consejos de su jodida abuela dignos de una novelucha del maricón ese de Baroja, porque seguro que era maricón y le iban los rabos. Pero, a qué viene pensar en estas chorradas sobre el maricón ese de Baroja, otra vez se me va la olla, si jamás he leído una puta novela suya, ni pienso hacerlo, porque yo no leo mariconadas. Sobre la sábana, entre él y Julia dormitaba con sus páginas arrugadas “Ocaso en Barnaul”. Joder, otra vez no, el bicho ese no. Vamos, que sigo dormido y esto continúa siendo un sueño reputo. ¿Y ahora qué va a pasar? La respuesta a su pregunta vino en forma de timbrazo en la puerta. Unos destellos azules entraban por la persiana semilevantada. Otra vez los destellos, ¿no he soñado ya con eso? El timbrazo se transformó en aporreo impertinente de la puerta del piso y sonido de voces confusas. Julia ni se había enterado, pero, claro, con la dosis de Dormidina que se había metido entre pecho y espalda unas horas antes, a ésta no la despierta ni un concierto de campanas y badajos. Se miró la entrepierna. Su miembro viril ofrecía un estado tumescente que avanzaba con alegría hacia la erección y no se explicaba muy bien la causa, porque aquello, de erótico, no tenía nada. En un par de saltos —¿por qué todo lo hacía en dos saltos, dos pasos, dos zancadas? Qué raro— se plantó en la puerta de la calle y echó un vistazo por la mirilla. Su glande rozó la fría superficie barnizada de la madera. Esta sí que es buena. Son los maderos del otro día, el tal Vigalondo y el tarado ese que le acompañaba, Gutiérrez, Pérez o no se qué otra maketada de apellido. La mandíbula se le comenzó a aflojar a Astoreka en forma de carcajada. Claro, ahora vendrán a detenerme por la muerte del cura o la de Charlotte o por pederasta o vaya usted a saber. Y cuando abra la puerta lo más probable es que al Vigalondo se le caigan las orejas y los ojos, o que tenga tetas. Y al anormal que le acompaña le saldrán cuernos. La risa crecía como una marea de nieve durante el más espantoso de los temporales. Se reía, pero él mismo percibía la histeria y falsedad de su alegría porque quería estar seguro de que aquello seguía siendo un sueño, pero no lo conseguía del todo. De un tirón hizo girar la hoja de madera sobre sus goznes y les escupió su risa malsana a los dos agentes de la Ertzaintza.

—Pero jefe, no le parece que deberíamos esperar a mañana. Se va a montar una escandalera de tres pares de cojones.

—Ni mañana ni pollas. La puta esa duerme esta noche en comisaría como me llamo Arsenio Vigalondo.

—Joder, jefe, pero es que la tía está con Astoreka, poniéndole los cuernos a su marido el consejero.

—Y a mí que huevos me importa, ¿me lo quieres explicar, Alberto?

—No, si yo lo digo porque al consejero, que su mujer ande metida en el lío este de los asesinatos, pues bueno, me imagino que no le hará gracia, pero que le ponga los tochos…

Arsenio hizo un gesto con la mano desechando los argumentos de su colaborador.

—Ya basta de cháchara. Venga, vamos a por ella. Vamos a echar la puerta abajo. Llama a los beltzas.

—Arsenio, cálmate, por favor. Mejor llamamos a la puerta primero y si no nos abren, pues luego procedemos. Tampoco se van a escapar por la ventana… Son siete pisos.

Arsenio se rascó la cabeza y asintió dándole la razón a su compañero.

—Bueno, vale, pero como la furcia esa se me escape te corto los huevos.

Primero pulsaron el botón del timbre con discreción. Ante la tardanza en recibir respuesta, Vigalondo empezó a perder la compostura. Los golpes con los que agredió la madera labrada de la puerta del piso de Astoreka parecía que iban a demoler el edificio entero. Las voces con las que conminaba a los ocupantes de la vivienda a que se rindieran se mezclaban con el aporrear en unos ecos que bailoteaban por las escaleras y trepaban de rellano en rellano alertando a todos los vecinos del inmueble. Alberto intentaba tranquilizar a su superior con voz susurrada y sujetándole por las mangas de la chaqueta. Arsenio trataba de quitárselo de encima cuando la puerta se abrió de golpe. Atónitos contemplaron la imagen desnuda, poderosamente erecta y carcajeante de José Félix Astoreka.

—En pelotas, nos abre en pelotas el muy hijo de puta, riéndose de nosotros —los ojos de Vigalondo percibieron un movimiento cimbreante a la altura de la cintura de Astoreka—, y empalmado. ¿Será posible? Encima está empalmado el muy cabrón. Yo le mato a hostias…

Alberto seguía prendido de la figura estrambótica e irreal de Astoreka. El anuncio acerca de su polla erecta que hizo Arsenio desvió su mirada en aquella dirección; esto le impidió ver cómo el puño de su jefe impactaba sobre la inmaculada dentadura de José Félix.

CAPÍTULO XXXIII

El aroma de Chanel es heraldo de la llegada de una mujer. Ahora los hombres han perdido práctica en el manejo del sentido que avisa de la proximidad de la presa camuflada o del enemigo cauteloso, pero los reflejos condicionados siguen funcionando a pesar de los siglos de achorramiento tecnológico... y oler Nº 5 siempre provoca la misma respuesta: deseo sexual. Incontenible. Inexplicable.

Los tres hombres vuelven la vista hacia la fuente de lujuria que acaba de salir del dormitorio como si hubiese pasado dos horas en el cuarto de baño, aunque solo se ha tomado el tiempo necesario para atusarse un poco el pelo y echarse encima una bata japonesa de seda azul con pavos reales rojos, cuyas cabezas coinciden, casualidades de la vida, con los pezones de la diosa de ojos naranja, que sonriendo le acerca los calzoncillos al desventurado Astoreka.

―¡Qué sorpresa tan agradable! Los hermanos Tonetti de la investigación policial representando el episodio de la sardinera con Jose Félix. ¡Bienvenidos!.

Alberto solo presta atención a las cabezas de los pavos reales y al delicado corte de pelo a tijera de la entrepierna de Julia. Arsenio, más profesional, trata de centrar su mirada entre las cejas de aquélla,

―Sra. Caminero, queda detenida por obstrucción a la justicia y ocultación de pruebas.

―Inspector Vigalondo: es ud. patético.

―Tenemos un video de su entrada en el domicilio de la Srta. Flanagan y de su salida del mismo con un objeto.

―Desde luego, fuí a casa de Charlotte y cogí un libro que le presté... y asunto concluido. ¿No se da cuenta de que no cometí delito alguno y que en cuanto se sepa todo esto en la Consejería de Interior, les van a poner un par de lavativas de ácido nítrico que les producirán pirrilera de por vida? ¡Por Dios! Consulten con la fiscalía antes de jugar a Sherlock Holmes.

Adelantándose a cualquier reacción violenta de su compañero, Alberto avanza hacia Julia y le toma la mano, atrayendo hacia sus agujeros negros las dos puestas de sol de la leona, que está dispuesta a defender su camada hasta la muerte.

―Julia: tienes que ayudarnos. Hay un asesino loco en Bilbao y todas las pruebas nos dirigen hacia este mentecato. Si es él: estás en peligro y si no lo es: estamos seguros de que podeis orientar la investigación en la dirección correcta.

Como un toro que ha recibido una larga cambiada, Julia dirige su atención hacia el policia tranquilo.

―¡Qué voz tan bonita tienes, Alberto! Y pareces un hombre equilibrado y sensato, cosa que no podemos decir de este matarife con placa.

Arsenio desea estrujarle el pescuezo a la pedorra que que le recuerda, una y otra vez su falta de capacidad, pero es gentilmente apartado por Alberto, que comienza a pensar que obtendrá de Julia todo lo que necesita para resolver el caso y su vida sentimental.

―¡Julia! No busques camorra y explícanos que hacías en el piso de Charlotte. Si como supongo no tienes ninguna relación con los asesinatos, podemos ser muy discretos en lo que se refiere a la forma en la que aprovechas tus momentos de asueto.

Julia cambia su actitud y se dirige a Jose Félix, al que se le han ido hinchando los labios a la par que su miembro perdía presión.

―José Félix, ¿por qué no nos preparas unas copas mientras hago pasar a estos caballeros al salón?¿Que quereis tomar?

―Yo nada. Gracias.

―Seni, no seas rancio, hace muchas horas que hemos acabado nuestra jornada laboral, y es un detalle encantador por parte de Julia. Yo tomaré un orujo de hierbas.

―¡Qué decisión tan acertada! ¿en vaso de chupito frío? Yo tomaré lo mismo, José Félix. Acompañadme, por favor.

En la sala de la familia burguesa, Arsenio ocupa uno de los sillones de brazos y Alberto el extremo del sofá de tres plazas. Julia, se sienta junto a éste último, que medio se desmaya al notar el calor del muslo de la anfitriona, que le dedica una sonrisa de teclado de piano sin sostenidos al que le bajan la tapa cuando llega Astoreka con las bebidas y se sienta en el sillón libre, frente a Vigalondo, aún cuando tendría espacio de sobra en el sofa. Una forma infantil de protestar. Sim preámbulos Julia comienza su narrración.

―Hace un par de años Jose Félix, aquí presente, puso en marcha un proyecto de asociación secreta cuyo fin era organizar las orgías más escandalosas que podais imaginar...

―Julia... nos estás buscando la ruina...

―¡Calla, tonto! Esta es la única forma razonable de salir de este atolladero. Como decía, José Félix fué reclutando un selecto grupo de hombres y mujeres, que reuniéndonos periódicamente, animábamos nuestra vida follándonos hasta las patas.

Todo fué bién hasta hace unas semanas, cuando empezaron a morir en accidentes muy extraños varias de las mujeres que firmaban lo que José Félix llamaba su yeguada. Esto, que en principio podría tomarse como una desgraciada serie de casualidades, le trastornó mucho, ya que he olvidado decir que practicábamos todos nuestros ejercicios enmascarados, sin conocer ninguno la identidad de los demás, salvo nuestro querido alcahuete.

José Félix, que siempre ha sido un poco raro, en vez de acudir a la policía, vosotros, o a un abogado, yo misma, quiso desahogarse confesando sus culpas a un antiguo maestro de los Jesuitas, donde estudió: Don Telesforo...

―Don Teodosio... y no soy raro, tengo ideas propias e iniciativa... además ¿quién prestaría atención a nuestra historia? Y ¿qué pasaría con mi reputación?...

―¿Tu reputación? Tu reputación siempre ha sido reputísima querido...

Alberto rie con fuerza la gracia de su ya futura amante imaginaria, aprovechando para pasar su mano izquierda por la espalda de la supermujer, dejandola caer, tonta, hasta sus nalgas, comprobando que son tan duras y voluminosas como había calculado. Arsenio, algo más relajado, esboza una media sonrisa, sacando la petaca y el papel con un gesto de permiso hacia la dueña, que con una mirada y un adelantar de menton le indica a Astoreka que le dé un cenicero; además aprovecha para emparedar la mano de Alberto contra el respaldo del sofa, confirmando los pensamientos de éste con un morderse, levemente el labio inferior.

―En fin, Don Teodosio también falleció, con lo que la pista Astoreka iba haciéndose cada vez más clara para el más torpe de los investigadores. No me refiero a vosotros, hablo en general.

Paralelamente, Charlotte había comenzado a seguir a José Félix, ya que temía por su seguridad y al poco, se suicidó de forma aparatosa junto al cadaver de otra amiga de José Félix, de manera que le podríamos llamar Azrael... el Ángel de la Muerte, inspector Vigalondo, ya sabe.

Las razones por las que Charlotte se preocupaba por José Félix estan muy claras en su diario: el libro que me llevé de su domicilio y que José Félix les traerá inmediatamente, ¿verdad amor?... y llénanos los chupitos, lastana.

Astoreka se va hacia el dormitorio, mientras Alberto se familiariza con la anatomía de Julia, que le facilita el trabajo inclinando, ligera pero suficientemente, el cuerpo hacia la izquierda. Arsenio, lo ve todo y sonríe abiertamente, encendiendo su cigarrillo y llenando la habitación de niebla gris azulada, perfumada de tranquilidad.

―En resumen, Charlotte había contactado con un conocido de José Félix: siquiatra, que le ofreció ayuda para que aquél abandonara su vida de calavera y se dedicara totalmente a élla. La pobre chica estaba enamorada hasta las cachas y se hubiera agarrado a un clavo ardiendo para salir del infierno donde la había arrojado su J.F. Charlotte comenzó a indagar hasta que descubrió la identidad de sus compañeras y se la comunicó al doctor U, como se refería a este individuo, quién las convencería de que no deberían ver más a José Félix. Desgraciadamente, no volvieron a ver a José Félix ni a nadie más.

Evidentemente, Charlotte no era tonta y comenzó a atar cabos: nos mandó mensajes de móvil pidiendo que no acudiéramos a las citas de la asociación...

―Esto explicaría el asunto de los SMS, ¿no? Alberto...

―Aceptamos pulpo... etcétera.. Seni.

―Perdón pero no os sigo.

―No te preocupes, cosas de pasmas. Continúa.

Alberto saca los dedos del cuerpo de Julia y coge el diario que le tiende Astoreka, que ha llegado a tiempo para apreciar el trabajo de doma que ha estado realizando el nuevo jinete de su mejor jaca.

―...y trató por todos los medios de encontrar alguna prueba que inculpara al Doctor U del que básicamente sabía:

a) Conoce a José Félix.
b) Tiene la de edad de este.
c) Es siquiatra.
d) Tiene la cara desfigurada.
e) Es de la Bilbaina.
f) Está como un cencerro.
g) Odia a José Félix.

Arsenio, apura el cigarrillo y manda callar con su mano abierta a Julia.

―Es su turno, Sr. Astoreka. ¿Quién es su amigo secreto?

―¿De mi quinta, en la Bilbaina y que tenga la cara descojonada? solo se me ocurre Juanmita Unzueta, pero no es siquiatra: es fisioterapeuta...

―¿El del Aleti?

―El mismo. Es un poco tontodeloscojones, pero creo que no haría ninguna locura; además, le conozco desde el colegio y era el carrito de las ostias. Tenía menos pegada que la coz de una gallina. Pienso que no tiene cojones para matar una mosca... Deberían buscar en otra parte y no considerar los desvaríos de la pobre Charlotte... élla sí que estaba loca.

Seni se levanta de improviso y conmina, con un girar de ojos, a Alberto para que haga lo propio.

―Muchas gracias, Sra. Caminero, por su colaboración y la del Sr. Astoreka. Es una lástima que hayamos tenido que llegar hasta aquí por un camino tan tortuoso como el que hemos seguido, pero, estoy seguro, de que su ayuda será decisiva para atrapar al asesino. Por supuesto, como bién ha dicho Alberto, su vida privada está completamente a salvo de cualquier comentario... secreto profesional.... Estaremos en contacto.

―Sí, Julia, te llamaré mañana para repasar algunos temas pendientes.

―Será un placer Alberto.

Ya en la escalera, Arsenio saca la petaca y se lía otro caldo, mientras, con un poquito de cariñosa sorna, le repite a Alberto:

―“... es un detalle encantador por parte de Julia ...”. ¡Serás cabrón!.

Alberto sonríe y se lleva los dedos hasta la nariz.

 

CAPÍTULO XXXIV

Sonó el timbre del videoportero. En la pantalla se distinguía la imagen de dos hombres. El portero de la casa de los Unzueta los miraba con curiosidad. No recordaba haber visto antes a aquellos individuos engabardinados y con cara de pocos amigos. Al menos él nunca los había recibido en la cabina de la portería. De eso estaba seguro, porque a otra cosa no, pero a quedarse con las caras de la gente no le ganaba nadie. Esperó a abrir unos segundos. Aunque pronto se cercioró de que uno de los visitantes alargaba el brazo y pulsaba de nuevo el botón del portero automático. Parecían impacientes, así que no se demoró más y activó el micrófono de recepción de llamada.

―Dígame -contestó-.
―¿Nos abre, por favor? -pidió el más joven de los dos hombres-.
―¿A qué vivienda van? -preguntó diligente el portero-.
―A la de el señor Juan María Unzueta -respondió el mismo de antes-.
―¿Les importa darme un nombre? -requirió protocolario el portero-.
―¡Jodé! ¡Vale ya! ES la policía –gritó irritado el mayor de los dos sujetos que deseaban entrar en el edificio-.

El portero, un tanto sorprendido, accionó el mecanismo de apertura de la puerta. El más joven de los dos hombres la empujó, y ambos pasaron dentro. Cuando llegaron a la altura de la portería, después de atravesar un pequeño porche decorado con extraordinario lujo, subir los diez peldaños de la escalera de mármol que remataba el vestíbulo, franquear una segunda puerta y recorrer un pasillo alfombrado, los policías saludaron al portero. El más joven le mostró su placa. El portero les correspondió educado y, sin darles tiempo a decir nada, les previno: “El señor Unzueta no ha pasado por aquí, pero puede que no se encuentre en casa. Muchas veces baja en el ascensor directamente al garaje”. Los policías le agradecieron la información, y se dispusieron a continuar el recorrido del pasillo, al final del cual se hallaban las puertas de dos ascensores, como habían podido comprobar en la rápida composición de lugar que se habían hecho de un simple vistazo, haciendo gala de su pericia profesional. El portero, incomodado, quiso protestar: “Pero…” Los policías le dieron la espalda. El portero insistió: “Oigan. Ustedes ya…” El mayor de los policías no le dejó terminar la frase. Se giró y con prepotencia dijo en tono desdeñoso: “Tranquilo, hombre, que sabemos a donde hemos de ir. No nos vamos a perder”. Luego indicó a su compañero con un leve movimiento de cabeza que le siguiera. Y ambos avanzaron por el pasillo.

Nada más entrar los policías en el ascensor, el portero marcó el número de teléfono de la familia Unzueta. La chica interna que trabajaba en su casa atendió la llamada.

―¿Quién es? -preguntó la chica, con voz ronca y un marcado acento sudamericano-.
―Berta, soy Tomás, el portero. Avisa al señor de que la policía va para su casa. Y date prisa, que ya está en el ascensor -le advirtió el portero, excitado y nervioso-.
―Ahorita mismo. Gracias Don Tomás –dijo la muchacha, y colgó el teléfono-.

El ascensor se paró en el cuarto piso de la vivienda. Los policías se bajaron allí. La planta era amplia y espaciosa. Enfrente de la puerta del ascensor, unos cinco metros al fondo, había una pared que acogía un enorme cuadro que representaba una imagen de El Arenal bilbaíno de principios del siglo XX. Debajo del cuadro destacaba una consola de mármol, con patas de madera tallada, alargada y de grandes dimensiones, que estaba flanqueada por sendos butacones de cuero marrón. El techo era muy alto. Lucía un bello rematado en barrocos de escayola. De él colgaba una lámpara de araña, cuya luz trémula confería a aquel ambiente un aire acogedor. Dos puertas, una a la izquierda y otra a la derecha, jalonaban el espacio de la planta. Ambas eran de roble macizo, y presentaban un aspecto imponente. En la parte superior de la de la derecha había una placa dorada en la que se podía leer esta inscripción: “Sres Unzueta y Amilibia”. Los policías se acercaron a ella y llamaron. La chica de servicio abrió la puerta.

―Buenos días. ¿Qué quieren? -les saludó ceremoniosa-.
―Buenos días. ¿El señor Unzueta está en casa? Quisiéramos hablar con él -le adelantó el policía más joven-.
―¿De parte de quién? -quiso aclarar la chica-.
―Los inspectores de la Ertzantza Arsenio Vigalondo y Alberto Fernández-contestó este último-.
―Pasen -les invitó la chica-.

Una vez dentro, la doméstica les condujo a una pequeña salita, y les rogó que aguardasen en ella al señorito. La estancia era agradable. La adornaban un tresillo y dos butacas de estilo victoriano, todas ellas tapizadas con tela ocre con motivos de flor de lis y con posabrazos y patas de caoba, una mesita de cristal biselado, un mueble-bar también de caoba y con puertas de cristal policromado, una alfombra persa con tonos pasteles apagados, una lámpara de bronce con plafón de alabastro y dos cuadros: un Botero y un Arteta. La espera no fue larga, porque al cabo de cinco minutos apareció en el umbral de la puerta de la salita Patricia Unzueta, como siempre flamante, exuberante y magnífica. Al verla, los dos hombres se pusieron en pie.
Tras los saludos y las presentaciones, Patricia fue directamente al grano.

―Ustedes dirán… ¿Qué desean?
―Queríamos hablar con su hermano -anunció Vigalondo-.
―Ya lo siento. Juanma no está en casa -mintió Patricia-.
―¡Vaya mala suerte! -acertó a decir Vigalondo, visiblemente disgustado-.
―Si les puedo ayudar en algo… -contemporizó Patricia-.

Alberto Fernández no quitaba la vista de la pechera y de las piernas de la hermosa mujer. También Vigalondo había dado cuenta visual de aquellos senos que se insinuaban debajo del suéter que vestía Patricia, sobresalientes e hipnóticos, y de las formas perfectas de aquellas largas piernas, auténtica carne de lujuria. Viéndola así, tan de cerca, los policías se sentían apocados. Y Vigalondo no pudo evitar pensar que la beldad que tenía ante sus ojos sería probablemente una integrante más de la “yeguada” de Astoreka. Así había denominado Julia Caminero al singular club de mujeres que aquel vicioso lascivo había organizado para satisfacer el imperativo de sus más bajas pasiones y, de paso, las de sus pervertidos amigotes. El nombre tenía gracia, pero era ciertamente adecuado y significativo, porque hembras como aquella que ahora tenía delante invitaban irremediablemente a una galopada de mil pares de leguas y lunas. Imaginó lo que muchos hombres serían capaces de hacer por “montar” aquella extraordinaria “pura sangre”. Y estos pensamientos le proporcionaron la idea de por dónde debía comenzar la conversación.

―Señorita Unzueta, ¿le importaría contestar a algunas preguntas? Propuso el inspector Vigalondo, algo turbado-.
―¡Cómo no! –aceptó la mujer-.
―¿Conoce usted al señor José Félix Astoreka? -soltó sin ambages el policía-.
―Sí. Me lo presentó mi hermano hace algún tiempo. Creo que fue en la Sociedad Bilbaína –reconoció Patricia-.
―En La Bilbaína… Ya, ya -Vigalondo interrumpió a posta la frase, queriendo darle a sus palabras cierto aire enigmático; luego prosiguió-. ¿Frecuenta usted ese club?
―No mucho –confesó la mujer-.
―Quizá conozca usted a algunas personas que van por allí o, mejor, que iban por allí. Por ejemplo, ¿a Susana Garai? –insistió el inspector-.
―Sí la conocía; aunque sólo de vista y de oídas –admitió la mujer-.
―Ya… Sabrá que murió asesinada en el hotel Shératon, ¿no? –informó el policía-.
―Sí. Lo dijeron en todos los periódicos –aseveró la mujer-.
―Entonces no ignorará que el mismo día en ese hotel se suicidó una mujer –continuó Vigalondo, incisibo-.
―¿La conocía? –inquirió el inspector-.
―No –aseguró taxativa la joven-.
―¿Sabe que ambas pertenecían a un club muy peculiar y exclusivo? –le reveló el policía-.
―No sé a qué se refiere- reconoció la mujer-.
―Enseguida se lo explico. Pero antes dígame, ¿conoce a Julia Caminero? –preguntó Vigalondo-
―Sí. Durante un año y medio estuve de pasante en su despacho de abogados -confesó la mujer-.
―¿Sabe que Julia Caminero forma también parte de ese club tan especial? –añadió el inspector-.
Le repito que no sé de que me habla –manifestó la joven, con un ritus de irritación en la cara-.
―Se lo aclaro ahora mismo. Se trata del club que ha montado José Félix Astoreka, un puticlub privado compuesto por señoritas y señoras muy selectas, como usted misma, y de señores con gran solvencia económica, que tiene como objetivo el fornicio puro y duro en todas sus variantes -afirmó el policía-.

Al inspector Vigalondo no le pasó desapercibido el impacto que sus palabras habían producido en el ánimo de Patricia Unzueta, toda vez que su rostro se demudó, que tragó en dos ocasiones saliva con dificultad y que sus ojos azules se cubrieron con un velo lacrimoso. Sus ojos… Hasta entonces no se había fijado en aquellas albercas de un azul imposible que por instantes iban engriseciendo, el mismo azul intenso que fulgía en los ojos de la fotografía que sus ayudantes habían sacado al misterioso sujeto que vigilaba a Astoreka la noche anterior en los alrededores del café La Granja, que por otra parte era lo único en claro que había revelado la película ultrasensible, el mismo azul que presentaban también los ojos de Germán Arrien, el Consejero de Sanidad, y el mismo azul que seguramente lucirían tantos y tantos bilbaínos y bilbaínas.

Patricia Unzueta guardó silencio. Era consciente de que su mutismo la delataba, pero no tenía fuerzas para hablar, y no le quedó más remedio que rendirse a la evidencia de los hechos. Su situación era comprometida e incómoda. Estaba segura de que aquel hijo puta de policía lo sabía todo y que sería una estupidez negarse a colaborar. Además, si ya estaba al corriente de su vida privada, que podía perder ella. Por su parte, Vigalondo adivinó los pensamientos de la mujer, y aprovechó el momento de debilidad que sufría para volver a la carga.

Desde una estancia del office, en la habitación contigua, Juanma Unzueta escuchaba atónito las explicaciones que su hermana iba dando al policía. Era increíble lo que oía. “O sea que… también mi hermana…” –pensó-. “Yo me cargo al hijo de perra de Astoreka”. Decidió que debía acelerar el plan que había concebido unos meses atrás. Así, haría intervenir en la acción de modo inminente a Margarita Cifuentes, que en realidad era un peón que él había introducido en la vida de Astoreka para obtener información privilegiada sobre las fechorías y bacanales que llevaban a cabo los miembros de su club, y la obligaría a concertar una cita erótica con aquel repugnante crápula, a quien pillaría desprevenido y en pelotas en su propia salsa. Sí, eso haría.

Después de diez minutos de escucha, Juanma Unzueta no quiso saber nada más. Con sigilo, abandonó las dependencias del office y salió a la calle por la puerta del servicio.

 

CAPÍTULO XXXV

La puerta de servicio –ya en desuso- comunicaba con una escalera que se descolgaba por un patio interior estrecho y oscuro, en cuya esquina norte se levantaba una portezuela –desvencijada- por donde se accedía no sin dificultad a un pequeño almacén de vinos y licores eternamente en venta.

Unzueta salió por un portón de madera apolillada situado en la esquina contraria de la manzana de su vivienda. Atisbó a lo lejos dos policías acodados en el cielo de su portal y sonrió con complacencia. “La policía siempre piensa poco y más tarde” pensó mientras se apresuraba calle arriba alejándose de la zona vigilada.

Unos minutos mas tarde descorría el compacto cerrojo de “Smith and Sons Import & Export” y unos instantes después se acomodaba en el orejero que ya desde muy pequeño le proporcionaba la paz espiritual necesaria para poder pensar correctamente. Odiaba a Astoreka con la frialdad de un odio reposado y veterano. Todas sus frustraciones pasaban por su asquerosa cara desde sus primeros recuerdos en el colegio. Astoreka lo había adoptado como su protegido –apenado por su defecto de nacimiento, decía- y le prometió que siempre estaría a su lado. “No te preocupes, Juanmita, yo me encargaré de que todos te admitan y te respeten” le dijo con ese modo de hablar afectado y grandilocuente con el que siempre empezaba sus cacerías. Unzueta se pegó a él. Había encontrado la solución a sus problemas. Se acabarían las burlas de los demás por su cara “de Frankestein”, se acabarían las palizas de Don Teodosio cuando comprobara que era “el mejor amigo” de su preferido, se acabarían el desprecio de su madre “de ningún Unzueta, desde tu bisabuelo el capitán de fragata Shanti Unzueta, se ha burlado jamas nadie. Hijo mío, eres un apocado y un perdedor. Espero que estemos aun a tiempo para cambiarte”, se acabarían las sesiones con aquel sicólogo que le martirizaba con sus continuas preguntas sobre sus inclinaciones sexuales, se acabarían las pesadillas diarias e incluso la cama mojada noche si noche también, todo iba a cambiar gracias a su amigo Astoreka. Una tarde lluviosa a la salida del colegio, Astoreka le propuso una aventura sexual. “Con quince años ya va siendo hora que te desvirgues, Juanmita. Hoy iremos a un local de unos amigos donde vas a ver las estrellas.” Unzueta aceptó temeroso. En un chaflán de la calle Cristo, en la subida para Uribarri, el bar Urbión les abrió las puertas. En la trastienda tres hombres les invitaron a pasar y les ofrecieron licores y tabaco. Unas hipnóticas horas mas tarde, Unzueta sufrió todo tipo de vejaciones con cada uno de los tipos mientras Astoreka se masturbaba exultante en el quicio de la puerta. “Es mejor que nadie se entere de esto, Juanmita, sería peor para tu fama de amanerado”.
Unzueta recordaba fotográficamente aquel día y aquella noche mientras sus lagrimas de rabia, impotencia y tristeza eterna mojaban sin cesar la funda de hilo holandés de su almohada. Nunca contó nada.

Al fin se decidió a encender el ordenador. Se fue sin dudar a la carpeta “Charlotte”. Sabia por intuición que la clave de este asunto se escondía detrás de esa puta entrometida. Nunca entendió como por amor pudo caer en las garras de ese degenerado. Tan pronto como supo a través de Marga Cifuentes de las investigaciones celosas de Charlotte, decidió instalar varias minicamaras en su apartamento. “Probablemente la policía no las haya detectado y me puedan dar información sobre lo que realmente saben” pensó mientras abría el programa automático que almacenaba las grabaciones periódicamente. Tras un repaso detallado de las imágenes, encontró lo que buscaba: Julia Caminero leyendo lo que parecía ser un diario de la Flanaghan. Ajusto el zoom y amplió la imagen hasta que pudo leer con claridad la fina caligrafía de esa zorra.
“El Doctor U. parece mas implicado de lo necesario en ayudarme a deshacerme de José Felix. Hablamos mas de Astoreka que de mi misma. Debo ser precavida aunque reconozco que me ayuda a olvidarme de ese degenerado”
“Estoy convencida de que el Doctor U. no es siquiatra. Me he informado y no lo conoce nadie en el colegio de médicos. Cuando habla de Astoreka, le palpita el ojo de la parte paralizada de la cara y toma un brillo verde inquietante. Conoce a José Felix, lo sé. Cuando entramos en materia y se emociona, habla de él con la naturalidad de la costumbre y me propone cosas que poco tienen que ver con mi curación sicología sino con una venganza contenida. Creo que el Doctor U. tiene mucho que ver con las muertes de las yeguas de Astoreka y voy a tratar de averiguarlo mas por mi que por José Felix del que –gracias al falso siquiatra, todo hay que decirlo- me siento mas desapegada”.

Unzueta no se movió durante largos minutos tras leer estas confesiones. “Las mujeres te acaban obligando a hacer y decir lo que no quieres ni debes. Charlotte a su manera resultaba atractiva y me sentí débil ante su dulce sonrisa. Fui mas Unzueta que el Dr. U. y cuando se cometen errores, se pagan” estas y otras cosas pensaba Unzueta mientras decidía como solucionar definitivamente este asunto. Escribió en la pizarra blanca una secuencia cronológica de tareas concretas con detalles y nombres. Llamo a Marga Cifuentes.

―¿Marga? Soy yo Unzueta.
―Hola Juanma. ¿Qué tripa se te ha roto ahora con la que está cayendo?
―Marga, tienes que convencer a Astoreka para que monte una nueva reunión con las yeguas. Búscate la vida. Es preciso.
―Pero, querido, ¿tu sabes en el lío que estas…estamos metidos? No quiero saber mas sobre este asunto. No quiero ir a la cárcel o aparecer degollada en alguna esquina. Así que ¡olvídame!

Unzueta sudaba. Sujetaba el teléfono con ambas manos.

―Marga, recuerda lo que el cerdo ese de José Felix hizo con tu hermana. Recuerda que la preñó alevosamente y que la dejó tirada. Recuerda como se suicidó. Recuérdalo.

Al otro lado del auricular solo una respiración casi jadeante y un silencio oscuro.

―¿Qué pretendes?
―Vengarme definitivamente de ese hijo puta y largarnos. Tengo dinero en un paraíso fiscal de las islas Caimán. Mucho dinero. Nos vamos tu y yo, sin compromisos pero con dinero. Lo tengo todo preparado.
―¿Cuándo y cómo?

La iglesia de la Encarnación no se ve si no se quiere ver. La iglesia de la Encarnación es amarilla. Gloriosamente amarilla. La iglesia de la Encarnación es hermosa, extrañamente hermosa en un Atxuri olvidado y primigenio. Un Atxuri estafado con un tranvía anoréxico. Dentro de la iglesia de la Encarnación anida un silencio y una paz que te empujan a pensar y conversar sobre la trascendencia humana.
Dentro de la iglesia de la Encarnación conversaba Unzueta con una hermosa mujer sobre turbios asuntos.
―Nekane, necesito que me proporciones urgentemente este material.

Juanma resbaló en la larga y proporcionada mano izquierda de la mujer una nota manuscrita. La mujer –Nekane Urbiona, morena, ojos color de miel de romero, dos perlas y una hoja de albahaca en una cara inteligente- la leyó con rapidez a pesar de la oscuridad.

―Es complicado y caro, Juanma.
―Por eso he acudido a ti, Nekane. Eres una conseguidora nata.
―Mañana te lo haré llegar a tu dirección. Ingresa esta cantidad.

La mujer anotó en el mismo papel una cifra larga y la dejó en el banco piadoso que ocupaban. Unzueta la recogió y leyó en un suspiró y cuando levantó la parte inmóvil de su cara con intención de replicar columbró como el hermoso culo de la mujer desaparecía por un recodo de la anteiglesia.

Marga Cifuentes, espléndida y nerviosa, esperaba sentada en una silla de anea en el ambigú del Lamiak. Bebía a pequeños sorbos espasmódicos un brebaje rojo, frío. A su alrededor nada, nadie. Cuadros de una arte incierto, de pose moderna. La barra y algunas camareras aburridas en el filo de la modernidad. Fuera, llovía gris.
JuanMa Unzueta entró en el local observando a su alrededor por costumbre o por necesidad. Se sentó junto a Marga que apagaba las ultimas brasas de su licor.

―¿Otra copichuela, Margarita?
―Sí, por favor.
―¿Qué era?
―Granadina con Bifeeter.

Juanma se acercó a la barra y le llevó algunos minutos que alguna de las atrabiliarias camareras le hicieran caso. Pagó y volvió a la mesa con dos vasos repletos de hielos y licores.

―¿Y, bien?
―Será mañana a las ocho de la tarde en la casa de Alameda Mazarredo.
―Bien. No acudas. Espérame esa noche a las once en Bermeo. En el faro. Adiós.

Apuró la bebida y dejo a la mujer sorbiendo la suya.

Atravesó el antiguo Seminario –hoy hotel, campo de Golf y algún otro negocio moderno. Las vocaciones se debilitan según proliferan las tecnologías del vicio y la prohibición de los condones- en su automóvil negro, veloz y opaco. Llegó al nuevo y flamante aeropuerto de Loiu -La Paloma. Así le llamaban por expreso deseo de uno de esos gurus del diseño arquitectónico, pretencioso y caro-. En el amplio y limpio vestíbulo del aeródromo le esperaba un hombre con aspecto de piloto bruñido por el sol y protegido por unas eternas gafas oscuras. Intercambiaron unos minutos de conversación y un par de sobres y Unzueta abandonó el edificio.

La Gran Vía, centro nervioso del Bilbao comercial, financiero, postizo; vía hermosa, amplia, finisecular, liberal y ahora peatonal presentaba un aspecto sombrío y solitario bajo la lluvia incesante y fría de aquella noche de presagios. Unzueta, empapado, se plantó delante de Mercurio, el dios alado, el dios mensajero, el rápido emisario de velocidad sin rostro ni deformidades. Levantó la cabeza y la luz de los faroles deformaron aun más su parálisis mojada y juró la venganza antigua y justa.
Al volver a su casa, paró delante de la iglesia del Sagrado Corazón, la patria de Don Teodosio, la vergonzosa confesión de José Felix. Escupió saliva de ira en su puerta tratando de evitar un par de mendigos que allí dormitaban.

―¿Alberto Fernández? ¿Inspector Alberto Fernández?
―Sí. ¿Quién es usted?
―Soy Julia Caminero. Recuerda soy…
―Sí me acuerdo perfectamente y es un intimo placer volver a hablar con usted. Confiaba en volver a verla.
―Tutéeme, inspector. Le,.. Perdón, te llamaba para advertirte de que José Felix va a organizar una nueva…”cita” en la que creo que quizás os interese estar presentes. No sé porque intuyo que no va a ser una cita rutinaria.
Gracias, Julia. Si te parece bien quedamos en un café discreto y me cuentas los detalles sin que nadie nos moleste. ¿Conoces El Piropo?
―Sí lo conozco y me parece apropiado.
―Pues bien, allí en una hora. Advierte a José Felix que no podrás acudir a la …”cita”. Invéntate cualquier excusa razonable.
―Adiós, inspector.
―Adiós, Julia.

Llovía. Llovía sin descanso. El edificio de Mazarredo donde se iba a festejar una nueva reunión del Club de yeguas de José Felix presentaba un aspecto sombrío, imponente, casi faraónico. Una casa moderna de diez alturas que ocupaba una manzana completa repleta de burgueses adinerados. Arriba una azotea como un barbecho que se utilizaba como solarium de las mujeres de los prohombres.
Decenas de agentes de policía vigilaban discretamente el edificio desde primeras horas de la tarde. Vigalondo y Fernández instalaron el cuartel general del operativo en el ala derecha del segundo piso del edificio, una oficinas ofrecidas en alquiler.
Fueron llegando los invitados como en una romería ansiosa. Apareció sigilosamente el viceconsejero Germán Arrien –el pato Donald-. Arsenio esbozó una sardónica sonrisa cuando le vio aparecer en la pantalla de las cámaras de circuito cerrado que habían instalado por todo el edificio.
La orgía comenzó como acostumbraba. Las yeguas disfrazadas con mascaras infantiles y completamente desnudas. Los asociados con mascaras similares pero vestidos y escandalosamente erectos.
En esta ocasión se eligió la modalidad “libación de almejas”.
Pocos minutos después de que comenzaron las actividades, un silencioso helicóptero descolgó una larga escala de cuerda sobre la azotea solarium. La lluvia y la neblina que cubría el cielo de Bilbao aquella noche ayudó a ocultar esta maniobra. De la escala descendió con pericia un Unzueta enfundado en un traje negro y ajustado y con tres escopetas de cañones recortados en bandolera. Llevaba también una mochila repleta de cartuchos.
Astoreka, con la careta de Bambi, tras haber sorbido el jugo de su cuarto molusco, se sintió indispuesto –nunca le sentaron bien las balbas- y se ausentó en busca del retrete.
Instantes después un cañonazo deshizo el ventanal del quinto piso del edificio donde se libaba sin parar. Unzueta salto dentro desde la escala con la escopeta en la mano y sin solución de continuidad empezó a descerrajar disparos por doquier, abriendo boquetes donde no los había y completando algunos solo esbozados.
Para cuando los quince invitados –yeguas incluidas- se habían apercibido del asunto ya estaban rodando por el suelo con los intestinos y las trompas de falopio colgando. Unzueta siguió disparando durante un eterno minuto.
Vigalondo y Fernández corrían ya escaleras arriba –no quisieron apostar a ningún policía en el rellano para no ahuyentar al asesino- en busca de respuestas. Cuando llegaron Unzueta se disponía a volver a saltar a la escala. Fernández desenfundó su arma reglamentaria y disparó, impactando de lleno en la zona paralizada de la cara de Unzueta que aun pudo agarrar la escala mientras esta se elevaba por el impulso del helicóptero. Fernández se asomó para seguir disparando y pudo ver como el cuerpo de Unzueta caía para luego hacerse pedazos entre las flores artísticas del Puppy, frente al milagroso Gugenheim.
En ese preciso momento, Bambi –Astoreka- con un rollo de papel higiénico en la mano, se asomó al apocalíptico salón.
―¿Qué…pero qué ha pasado? Yo estaba en el water y…

Fuera seguía cayendo una lluvia negra y sin perdón sobre las calles de Bilbao.