LA CIUDAD AMARILLA (1958) Finalista Premio Planeta

 

 

El tema de La ciudad amarilla es el día de trabajo de un taxista, el 25 de marzo de 1955. La acción se desarrolla en Barcelona, urbe que ese día recorre varias veces de punta a cabo. El taxi aparece muy estrechamente unido a la ciudad, de tal manera que resulta ser un inmejorable escaparate de su auténtica interioridad. Es más, la ciudad misma se descubre y enseña en él de diferentes formas, con cada pasajero que monta en su habitáculo y con cada carrera que realiza por sus calles. El autor retrata la ciudad con tanta fidelidad como es posible. “Así, nos muestra la jornada, el tiempo, el tráfico en las calles, las masas de gente que abarrotan el subsuelo urbano en su ir y venir en el metro, las casas, talleres, locales, clínicas y fábricas. Y con esta multitud de variantes crea finalmente Barcelona, en una materialidad concreta, como un espacio completo, como un caleidoscopio urbano construido con un montón de piezas distintas”. (3) El propio Eulogio, el protagonista principal, al inicio de la novela apunta esta idea: ”Un taxi... es como una ciudad, con la diferencia de que nosotros pasamos por las ciudades y ésta de que yo hablo es una ciudad que se mete dentro del taxi; se puede decir que representa a toda Barcelona”.
A lo largo de la obra, Manegat va presentando a los miembros de la familia del taxista, cada uno en su entorno y con sus preocupaciones diarias, a saber: Mercedes, su mujer, que es una ama de casa que cuida de los suyos; Elena, joven y bella, hija adolescente de Eulogio que trabaja en un taller y tiene una relación sentimental con Vicente, relación que no ha consumado carnalmente; Martín, futbolista frustrado por causa de una lesión, que trabaja en un garaje mecánico y se relaciona fundamentalmente con Luisa (con la que mantiene relaciones sexuales), con Manolo (compañero de trabajo con el que elucubra acerca de Dios), y con “El Nanu” (joven huérfano de madre, sujeto insondable y misterioso, por un lado, y por otro, amigo tierno, cálido y digno de confianza); y finalmente Eugenio, niño que estudia Primaria, y llena su mundo infantil con las vivencias escolares y las fantasías propias de su edad, hechas realidad en sus juegos (guerras entre indios y vaqueros, paseos a lomos de un caballo de plástico, etc...).
Además, cabe reseñar, por su importancia en la trama, otros personajes tangenciales: “El Nanu”, amigo de Martín, que está enamorado de Elena, y representa la libertad, la alegría del que vaga por la ciudad silbando; Ricardo Rovira Rusiñol, un industrial textil que está preocupado por sus preparativos de boda y va en el taxi en el momento del accidente; Félix, chófer de camión, que colisiona con el taxi de Eulogio Bonastre en la última parte del libro.
Este accidente que provoca la muerte de Eulogio Bonastre es el punto de confluencia de todos estos personajes, los cuales se reúnen fatalmente en un encuentro circunstancial y aleatorio, respecto del propio devenir diario de cada uno de ellos, aunque inexorable y esencial para dotar de sentido la amalgama de vidas, situaciones, sentimientos e intereses que representan. Dicho de otra manera: La muerte de Eulogio, en accidente de tráfico, es el paisaje acabado de un puzzle, en el que cada personaje, con su vida propia, su proyecto vital y sus relaciones, cada circunstancia externa (meteorología, densidad de tráfico, afluencia de gente, diseño de las calles, etc...), cada inquietud, cada decisión y cada imprevisto es una pieza independiente y autónoma de dicho puzzle, con entidad e identidad propias, que cobra sentido pleno en el ensamblaje milimétrico y perfecto con las demás piezas que conformarán definitivamente el paisaje, explicitado en este caso en la causalidad inherente al trágico accidente automovilístico y a sus dramáticas consecuencias.
De todos modos, la temática que se desarrolla en la novela no se reduce exclusivamente a esta única cuestión de la circunstancialidad causal de los acontecimientos que concurren en la praxis de los seres humanos. Así, el contenido del libro se sustenta en la presentación de varios temas que mueven a la reflexión del lector. He aquí una relación de los más significativos:

LA AFIRMACIÓN DEL PRESENTE. La acción del relato está escrita predominantemente en presente de indicativo. Los hechos están ocurriendo en el momento, en el preciso instante en que el lector los descubre al leer. El presente, por tanto, se hace próximo, adquiriendo en cierto sentido una impronta de eternidad. La afirmación del instante se resuelve en una mezcla de elementos de realidad y de irrealidad que denota una evidente intencionalidad estética, manifestada en el tono poético de muchos de los pasajes del libro y concretada en la utilización de determinados recursos estilísticos, tales como la repetición de términos y la yuxtaposición de sintagmas que, al contrario de lo que pudiera pensarse, proporcionan al texto una frescura que se traduce en un fluir sin obstáculos de la acción. Es como si el autor pretendiera que la ciudad, las calles, el tráfico y las gentes que habitan la realidad, con su simplicidad y cotidianeidad, se desplieguen en un mundo transido de luz, en un presente esperanzador. Sirva como ejemplo este fragmento:

“Los niños, silenciosos y serios, apenas parecen niños; crecen en unos segundos de ansiedad, como si por ellos pasasen siglos de esperas y de promesas, de pasados y de futuros. Los niños sienten que también, en su interior, la pequeña e inmensa voz de sus corazones salta incontenible y alegre. Los niños, ahora, cuando Montserrat se acerca a la ventana y pone sus dedos sobre el pestillo, piensan que las clases terminarán pronto y que ya están en primavera”.
 
LA MALDICIÓN BÍBLICA DEL TRABAJO. En la tradición cristiana, la obligación de trabajar es entendida como una fatalidad derivada del pecado original. Esta perentoriedad queda de manifiesto en la interiorización del imperativo “Para vivir, hay que trabajar”, asumido por la cultura occidental. Manegat recoge este principio desde los primeros compases de la novela: “Él, sin saberlo, al vestirse cumplía un rito; el rito del hombre que se prepara para una nueva jornada de trabajo, porque en cada hombre se repite un esfuerzo milenario y oscuro”. El trabajo da sentido a la vida, es el contrapunto del aburrimiento y la insustancialidad propias de la ociosidad y, a veces, del tiempo de descanso. Así lo señala cuando dice: “Olor a cansancio y a trabajo, olor a tardes de domingo con los brazos quietos, sin saber qué hacer con ellos, con aquellas manos que durante una semana luchaban y sudaban acompasadas y rotas, sucias y abiertas, atrevidas y fáciles, para que el domingo todo estuviese bien”. Y tanto es así, que quien menosprecia el trabajo, por entender que es alienante y deshumanizante, por considerarlo la antítesis de la libertad, está condenado a ser una persona asocial, un iluso, un iluminado por luz de luciérnaga, o simplemente un extraño viento que silba al chocar contra la rémora de cualquier compromiso. Manegat personifica esta actitud ante la vida en la figura de “El Nanu”, un personaje rodeado de un halo de misterio, de excentricidad y de sabiduría oracular, esquivo, de apariencia quebradiza y “libre” de toda cadena, que en el fondo no resulta ser más que un pobre diablo. En estos pasajes podemos comprobarlo: “El Nanu” trabajó en una ferretería. Abandonó este trabajo, no sin antes avisar a la mujer de la caja: - Cadena perpetua, nena. Tú no sabes dónde te has metido. Cadena perpetua”. “Silbar. Silbar es vivir. Silbar era meter la vida hacia dentro, y luego sacarla; jugar con el aire arriba y abajo, y luego convertirlo en sonidos, en limpios sonidos que llenaban los labios y el paladar y los dientes”.
 
LA MUERTE. Es una constante que aparece a lo largo de toda la obra, bien sea de forma explícita, o bien de modo latente. Es como un ineludible recordatorio que nos previene de las veleidades de la “supervia vitae”. Al principio de la novela, hace acto de presencia con el óbito de un niño de cuatro años, hijo de unos vecinos de la familia Bonastre, los Planell. Después, con la asistencia de Eulogio al velatorio y funeral de un taxista que ha sido asesinado en un descampado. Duda Eulogio en ver o no el cadáver y en acompañar o no al cortejo fúnebre hasta el cementerio. Acaba marchándose. Y, finalmente, la muerte reaparece con la defunción de Eulogio, que da el cierre a la novela.
De todas formas, si bien la realidad de la muerte es una cuestión remanente en la novela, curiosamente el hecho biológico de la misma es minimizado en todo momento. Probablemente, la razón sea que el autor, formado en una tradición de honda inspiración cristiana, quiere presentar, el instante de la muerte como un tiempo crucial, necesario y trascendente, que supone el ingreso del individuo en otro orden de la persona, en una nueva dimensión de humanidad alejada de este mundo rutinario, prosaico y contingente. Por tanto, no es de extrañar que, ligado a este acontecimiento de la muerte, Manegat destaque el concurso de la providencia de Dios, como sujeto omnipresente durante y al final de la vida, para consuelo y bienestar del ser humano común, de los hombres y mujeres mortales sujetos a las determinaciones de su finitud, que se debaten irremisiblemente entre la angustia y la esperanza vital.
 
LA FELICIDAD. En la obra es definida como “Estar bien”. Estar bien con uno mismo, estar bien con el prójimo, estar bien con Dios.”Estar bien” es entender la vida y la muerte; es amar la vida, amar a los amigos, amar a la familia, amar a los demás; es entender la organización social, las leyes, las normas, entender nuestra naturaleza política; es, en fin, vivir un transcurrir del tiempo en calma afectiva, sosiego sociolaboral y paz espiritual. Manegat lo expresa así: “Estar bien era la palabra dicha con calma, sin mirar al reloj. Estar bien es saber en qué consiste eso de la vida y de la ciudad; saber que la ciudad es una catarata de hombres y mujeres con los que se puede hablar, con los que se debe hablar”.
EL MUNDO INFANTIL. Aparece representado en el personaje de Eugenio, el hijo menor de Eulogio. El pequeño Eugenio, como todos los niños, vive en un universo de fantasía e inocencia, un mundo en el que la vida es sólo vida, en el que la muerte y el dolor son como extraños nubarrones que precipitan angustia en el tiempo y en el ánimo de los mayores; pero que no le afectan a él directamente. A él, que cree que todo es factible: que los días son juegos y risas, que la realidad es mágica y que los caballos, los indios y los vaqueros forman parte de este universo infinito de posibilidades. A él, que nombra las cosas y las personas de acuerdo a las reglas de un lenguaje propio (Eugenio es el propiciador del único vocablo que se sale de la normalidad del vocabulario, cuando se refiere a su profesora utilizando la expresión “señoritamaestra”). A él, que vive embargado por una sensación de intemporalidad, de eternidad. El autor lo expone de esta manera: “Cuando recordaba algo decía “el año pasado” y en aquellas palabras se encerraba todo su concepto del tiempo, de lo que había transcurrido ya, de lo que no era presente porque el presente y el futuro eran una misma cosa llena de posibilidades y risas, de sorpresas y juegos”.
 
EL SEXO. En la obra, la preocupación por las cuestiones sexuales se formula como una de las constantes determinantes de los españoles de la época, aunque el tema del sexo no sea el tema importante de la misma. Es verdad que aparece como una preocupación de los jóvenes de la familia Bonastre, Elena y Martín, pero en ambos casos la llamada del sexo, se resuelve del mismo modo peculiar: dando rienda suelta a las exigencias del apetito sexual, a la vez que se entabla en sus conciencias una encarnizada lucha interior, mediatizada por el imperativo de los principios de la moralidad católica. El desenlace de sus respectivas aventuras amorosas, no obstante, es bien distinto. Así, Elena es presentada como una mujer joven y atractiva que vive en sus carnes los efectos del natural impulso del sexo, y le urge calmarlos, y se siente empujada “...a dejarse conducir por el torrente de luz, de nuevas y luminosas experiencias en su existencia, en su joven y pujante cuerpo, ya exigiendo vencerse tembloroso en la promesa irremediable de su cumplimiento, de su victoria”. Elena padece el conflicto interno que le crea el afloramiento del apetito sexual, debido al prejuicio moral que emana de los postulados de la ética católica, que sentencia el carácter sucio, degradante y pecaminoso de las relaciones sexuales no encaminadas exclusivamente a la función reproductiva, y más aún si estas relaciones se mantienen fuera del vínculo del matrimonio. Es por eso que ella, atormentada por los problemas de conciencia, decide no pisar la iglesia y proseguir su historia de amor con Vicente, su novio agnóstico. Por el contrario, Martín, que sufre un conflicto parecido al de su hermana, decide romper su relación con Luisa, con la que se citaba únicamente para hacer el amor, y busca refugio espiritual en el regazo de la fe.
Esta lucha interna, derivada de la antinomia apetito sexual-prejuicio moral, justifica gran parte del soliloquio de Félix, el camionero rijoso, que recorre las desastradas carreteras catalanas, en un ir y venir frustrante y tedioso, en un llevar y traer mercancías, sin otra satisfacción personal que la supervivencia. Félix rompe la monotonía de esta vida carente de perspectivas de futuro, si acaso la única que tenía era la del nacimiento inminente de su primer hijo, haciendo alguna que otra parada en los bares de carretera. En ellos, mantenía irregularmente relaciones sexuales con determinadas mujeres, circunstancia que le producía un inevitable cargo de conciencia. Este asunto, junto a la situación de su esposa gestante y la incertidumbre ante el nacimiento de su hijo constituyen los únicos temas que ocupan la mente de este personaje, elemental y primario, que se debate entre la duda y los remordimientos, plasmados en el texto en unos monólogos mentales, al estilo del Ulises de Joyce.
 
LA INSTITUCIÓN FAMILIAR. En la novela, se trasluce una concepción cristiana de la familia como universo íntimo de vida de los hombres. Como escuela de vida para caminar por el mundo. Martín, al darse cuenta de que no ha compartido con su padre ninguna conversación acerca de Dios, reflexiona gracias al autor como sigue: “ Martín estaba descubriendo que su familia era una familia de desconocidos y que él lo era para los otros, puesto que ni siquiera había hablado con su padre de algo tan importante”. Incluso se permite apostillar sobre la casa familiar: “ Y las huellas son ternura y abandono; las huellas son ellos mismo dando vida a los objetos, a los muebles, a las ropas, a las puertas y a las baldosas. Todas las habitaciones, ya un poco viejas y gastadas, se han ido llenando y robusteciendo con la vida de ellos”. (p. 166)
 
LA URBE, MADRE Y DEMONIO, LUGAR DE COBIJO Y DESHUMANIZACIÓN. La ciudad es lugar de encuentro y de oportunidades. Ofrece cobijo y medios para progresar. Pero es también, y sobre todo, el desierto de la incomunicación, la apariencia, la indiferencia, la deshumanización, la pérdida de valores, de fe y de confianza en el espíritu humano. Es el maremágnum en el que las personas naufragan, porque pierden su identidad. En un pasaje de la obra podemos leer esta consideración: “Los tres se creen más hombres porque fueron mineros pero la ciudad también va apoderándose de ellos y comienzan sentirse inseguros, débiles y poseídos de una fuerza llena de vacilaciones y locuras”.
 
LA LUZ, COMO CLARIDAD Y COMO METÁFORA DE DIOS. El tema de la luz aparece en numerosos pasajes de la novela; pero se hace especialmente presente en los tres interludios poéticos – en letra bastardilla - que se reparten entre dos capítulos: dos de ellos, en el último de la primera parte (páginas 149-174), y el tercero, en un segundo capítulo, que es en el que acaece el accidente fatal. El interludio abre el capítulo y, de forma premonitoria, la luz adquiere el significado de la muerte, Dios, el destino inevitable de Eulogio. El texto es el siguiente: “La luz se ha parado en la tarde y las nubes olvidan la fuerza de sus colores. La luz se aleja de la ciudad y espera ...” La culminación a estas menciones a la luz, sin duda una expresión de Dios, la encontramos en este fragmento que relata la situación anímica de Martín, cuando acude con “El Nanu” a visitar a su padre moribundo, en el que se acrisolan el fulgor amarillento de la ciudad, la idea de Dios y la luz, para reflejar el ingreso en otro orden de la existencia del taxista Eulogio, del hombre que sufre y va abandonar este mundo: “ Y la palabra Dios se hace amarilla y enorme, trepidante y mágica, escondida en el corazón que se oculta y en el borde de la piel que tensan el pensamiento y la proximidad de la mole oscura y rojiza del Hospital Clínico”.
 
LA FE Y LA PRESENCIA DE DIOS. Éste es un tema capital en la novela. La cuestión, que está latente en todas sus páginas con apuntes directos o indirectos, se plantea de forma clara a través de las reflexiones e interrogantes de Martín, que se pregunta acerca de su propia identidad y acaba haciendo explícita esa preocupación, al compartir sus inquietudes con Manolo, compañero de trabajo en el taller: “Creer en Dios era algo confuso y denso, como un largo paseo junto al mar en la escollera, de noche y solo. ¡ Creer en Dios ¡ Quizá nunca se lo había preguntado a sí mismo y ahora se sentía ante un concepto nuevo, ante un enigma recién hallado”. Más tarde la conversación se resuelve en otra reflexión enigmática: “- ¿Por qué dejaste de creer?
· Es una cosa estúpida, si tu quieres. Pero me sentí vacío, como si hubiese fallado algo muy adentro”. Este ecumenismo humano de la creencia en Dios se repite en este párrafo plagado de imágenes poéticas, que nos recuerda por su contenido (la dualidad fe/razón o fe/duda racional) el mensaje de las palabras de Miguel de Unamuno en sus obras “El sentimiento trágico de la vida” y “La agonía del cristianismo”: “Las manos llenas de grasa y reluciente, espesa y resbaladiza como una palabra, como una pregunta de Manolo. Las manos apretando tornillos y ajustando ejes. Las manos que acariciaban a las muchachas y temblaban, vivas e independientes. Las manos estaban allí hablando de Dios. Y estaban allí brillantes de grasa y de incredulidad y fe”.
· La omnipresencia de Dios se va haciendo cada vez más patente, hasta el punto de factualizarla en las sensaciones de Martín, cuando éste se acerca a una iglesia en su deambular por la ciudad. Le ocurre esto: “Unos niños salieron de improviso, corriendo y bordeando el muro de “Santa María del Mar”, y Martín se apoyó en él, vacilante. El frío de la piedra le produjo como una quemadura en la palma de la mano, que apartó enseguida.¿Dios estará ahí dentro? Bueno, si está ahí dentro, está en todas partes”. De hecho, la presencia de Dios en la obra, en un principio, brota como un riachuelo, para anegar finalmente el contenido de la novela: Martín habla acerca de Dios con su padre, a la hora de la comida; Mercedes, su madre, también reflexiona sobre el particular; la hermana de Martín, Elena, elucubra sobre la conveniencia o no de la práctica religiosa, en forma de trazos dispersos pero efectistas, como tejiendo un discurso de inspiración cristiana; el mismo “Nanu” llegará a decir, en respuesta a una pregunta de martín, referida a si cree o no en Dios: “yo sí. No me gusta hablar de Dios, ¿sabes? Hay cosas que los hombres no podemos, no debemos tocar”; la religiosa que vela las últimas horas de Eulogio está profundamente convencida de que éste verá a Dios en un breve lapso; y, finalmente, el médico que atiende a Eulogio tras su fatal siniestro opta por explicarlo todo, valiéndose del argumento de la voluntad de Dios para justificar la muerte de Eulogio, abandonando el academicismo/cientifismo que se le supone a un profesional de la medicina.

 

Fragmento (página 149) :

LA UNA. LA CIUDAD SE DESPEREZA DE LA MAÑANA transcurrida en el trabajo; la ciudad se levanta sobre su recuerdo y busca y consigue y se realiza despacio, preparándose para iniciar la tarde y en la tarde la promesa del descanso, del olvido en el silencio y en la noche. La una. Las puertas se abren y se cierran y por ellas pasa una muchedumbre de anhelos, de pequeños y apretados minutos de libertad, más libres en su limitación, en su ardiente búsqueda de continudad, de esperanza de romper con una cadena establecida día a día, sin descanso posible y sin posible interrupción. La ciudad se contempla a sí misma y se desarrolla y se complace y acoge a sus hijos que, en inmensas riadas, salen del trabajo y van la vida para, como los nadadores en el extremo de la piscina, dar un giro brusco y retornar al trabajo. Se abren las calles y las puertas y el sol, el sol del veinticinco de marzo, se apiada y se desliza hacia los hombres y todos se saben menos solos en las calles de sol, cuando la p, y se comunica. La una de la tarde; cruzan y cruzan los coches ambiciosos y rápidos, y en los estribos de los viejos tranvías se aprietan sueldos y nóminas, adelantos y pagos por vencer, nombres y citas, remordimientos y luchas.

 

LTLG

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