AMADO MUNDO PODRIDO (1976)

 

 

Nota preliminar

El año pasado trabé una relación personal y privada con Julio Manegat que tuvo como fruto, entre otros, el regalo de un ejemplar del libro Amado mundo podrido. Me lo ofreció con una viva recomendación. Según me confesó, esta novela es la que más le satisface de todas las que ha escrito, incluidas, como así me consta, sus dos últimas novelas aún inéditas. El respeto y cariño que le profeso a D. Julio me obligan a hacer extensible dicha recomendación a mis compañeros en lides literarias de la Tertulia de La Granja. Con la propuesta de lectura de este libro pretendo, en primer lugar, paliar el desencanto que produjo en algunos contertulios de La Granja la lectura del libro La ciudad amarilla escrito por el mismo autor que hice en abril de 2005, y especialmente la frustración de nuestro querido Profesor Molinero, quien manifestó su pesar por la inexistencia de una auténtica recreación de la vida de la familia de Eugenio Bonastre, la cual aparecía en la obra sólo tangencialmente, como basamento de una trama cuyo único objetivo era presentar la urdimbre del destino, la muerte y Dios. Por ello espero que, ahora sí, aproveche la oportunidad que nos brinda Julio Manegat, y disfrute de los pasajes de la vida de esta familia formada por Agustín Linares, su esposa Teresa Tapias, su suegra Juana Viu Tordesillas y sus hijos Marián, Rafael, Manuel y la niña que nace y crece a lo largo de la obra, Pilar.

En segundo lugar, pretendo rehabilitar a este autor desconocido en el panorama literario actual, hasta el extremo de que su nombre no suena demasiado en nuestros días, ni sus libros se venden en las librerías, y además romper una lanza en su favor y reivindicar el lugar que le corresponde, por derecho propio, en la historia de la Literatura Contemporánea española, rescatándolo del injusto olvido e inmerecido ostracismo al que ha sido sometido; y en tercer lugar, homenajear al autor y dar difusión a sus obras, las ya publicadas y las inéditas. Quiera Dios que estas últimas salgan pronto a la luz y engrosen su bibliografía, y que sirvan además para restituir la actualidad de un autor cuyos libros se pueden comprar hoy en día, a treinta años de la publicación de Amado mundo podrido, exclusivamente de segunda o tercera mano, eso sí, sin demasiada dificultad, lo mismo que las obras de su padre Luis Gonzaga Manegat, colega en tareas periodísticas y literarias.

Amado mundo podrido es una obra de madurez, obra llena de pesimismo que, según confiesa el autor, escribió “con amor, sufrimiento y bastantes gotas de amargo humor negro”. Se gestó cuando Manegat contaba con 52 años, después de una larga carrera literaria que comienza con un libro de poemas en el año 1947 y culmina con ésta, que es la última que conoció el tórculo. La obra estuvo a punto de ser llevada al cine, tal como ocurrió con “Spanish show”, aunque el proyecto no se materializó por el alto presupuesto que requería su filmación. Con todo, Amado mundo podrido es su novela más ambiciosa, oscura y quizá la más completa. En ella el autor hace gala de un perfecto dominio del oficio de escribir, y vierte todo su genio en la creación de un alegato de la miseria de la condición humana y de la mezquindad de la historia de nuestra civilización. No se salva nada ni nadie de la crítica, ni siquiera los credos religiosos, o por lo menos las actitudes de sus profesantes.

La novela está escrita con un estilo muy personal, ágil, redondo, sin abrupteces, con trazo homogéneo, poderoso y efectivo, profusión verbal y con una impronta que denota convicción y seguridad en el propósito, formalidad y materialización de la novela. Alterna sabiamente diálogos que van dibujando la vida e incertidumbres de los personajes con pura narración, en este caso menos poética que en otras novelas. Hay un enorme derroche de información que se le trasmite al lector, tanto histórica como metaliteraria, como si Manegat aspirara a crear una pátina de amargura conformada con el sustrato de todas las circunstancias desafortunadas, situaciones desgraciadas, actitudes miserables y todos los males habidos y por haber que enumera y describe, y que irremediablemente han dilapidado la felicidad de los seres humanos a lo largo de la historia, y como si aspirara también a dejar entrever sus múltiples lecturas de “lletraferit” y saberes vitales de búsqueda nunca satisfecha, abordando el misterio de la vida con disposición paciente, a la espera de una revelación.

En Amado mundo podrido el tiempo de la narración no es lineal. No hay una sucesión cronológica de los acontecimientos ni continuidad inmediata en el hilo de la trama. Esta distorsión temporal y argumental se lleva a efecto por medio de la inserción en el relato de los diversos listados de sucesos y personajes históricos, los roles descriptivos de circunstancias y eventualidades variadas y las múltiples enumeraciones de individuos relacionados en una especie, de objetos referidos a un mismo fenómeno y accidentes identificados en una categoría determinada que componen los textos de carácter informativo anteriormente mencionados, por una parte, y la inserción de textos con referencias explícitas de algunas lecturas del autor en clave de intertextualidad, por otra, entremezclados todos ellos con textos que cuentan la vida pasada y futura de los integrantes de la familia en el decurso de la aventura dominguera que se narra. Este juego temporal aparece ya en “Maíz para otras gallinas”, su anterior novela. En ella desgrana las vidas de los participantes en un banquete de empresa (“Mundiplast”), proyectándolas en el presente continuo del banquete y desarrollándolas en su contextura antero-posterior, haciendo coincidir cada plato de la comida con cada uno de los tiempos (pretérito y futuro) enumerados aparte del mero presente, el cual se hace visible a lo largo de la novela en el transcurrir del propio banquete. Manegat presenta una totalización o balance de la vida de los personajes, que se resuelve en una síntesis de la misma por cada personaje, incluso llegando en algún caso a la ancianidad. Se trata de un resumen de la vida, de ese instante de eternidad que tenemos el privilegio de disfrutar, algo así como la visión que Dios tendría de la biografía de cada ser humano desde un momento concreto del presente, al modo que dicen se muestra a uno su propia vida en el lance de la muerte. De esta manera, parece que Manegat quiere poner al lector sobreaviso del sentido de su vida, presentándole el resultado de la indagación del misterio de vidas ajenas, y obligándole a extraer conclusiones acerca de su propia vida, a partir del conocimiento de una o varias peripecias vitales. Este intento de ilustración o ejercicio pedagógico responde a la necesidad que siente el autor de formular una respuesta a la preocupación característica del ser humano contemporáneo, cautivo en el légamo del nihilismo y necesitado de una salida de emergencia a su zozobra existencial, preocupación que en los siglos anteriores sobrevenía sólo en la antesala de la muerte y no como en la actualidad, que se ha convertido en una obsesión. Así nos lo recuerda Ernst Bloch [“El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la Psicoterapia”, Víktor E. Frankl, Editorial Hérder, Barcelona 1987, p. 15] cuando dice: “Los hombres reciben el obsequio de aquellas preocupaciones que sólo se solían tener en la hora de la muerte”. En Amado mundo podrido el autor utiliza un recurso similar al de la obra Maíz para otras gallinas.. Así, el viaje a la playa introduce a la familia Linares en un apocalipsis existencial portentosamente doloroso, en el que una aventura dominguera deviene en el periplo vital de los miembros de la familia, jalonado por los hechos que concurren en la experiencia vital individual de cada uno de sus integrantes, principalmente los relacionados con el futuro; aunque también se explicitan algunas regresiones temporales, como las referidas a las vivencias protagonizadas por la anciana Juana Viu Tordesillas. Esta intertextualidad que, bien es cierto, provoca una distorsión en la sucesión temporal de los hechos, al mismo tiempo facilita una explicación de la identidad de éstos en las coordenadas de la unidad que presupone toda trayectoria vital y posibilita la indagación en el misterio de la existencia humana y en su envés, envés que en este caso sería la constatación de lo absurdo de todo proyecto de vida. En la novela el tiempo, en cuanto división designativa de la realidad, se ejecuta en una doble vertiente: La primera es la que comprende el transcurso del domingo eterno en el que acontecen los hechos más extraordinarios de la narración (el coche que cobra total autonomía, visita a lugares insólitos, irrupción en el habitáculo del automóvil de personajes anacrónicos y finalmente la muerte de todos los miembros de la familia Linares). Este tiempo se desarrolla en una continuidad inexorable y pasa vertiginosamente, lo cual explica que los chavales de la familia se vayan haciendo mayores y la anciana tienda a desaparecer, de suerte que acaba siendo algo indefinido, transparente y casi etéreo adherido al cristal de una ventanilla trasera del coche. La segunda, por su parte, es la que se manifiesta en digresiones y progresiones temporales que se concretan en los saltos al pretérito y al futuro de los personajes. Este tiempo también corre de forma rápida en lapsus temporales o retazos de vida, en apuntes escenográficos que reconstruyen las historias particulares de éstos en un todo discontinuo que contempla los diferentes estadios de sus vidas, así la juventud de Juana Viu de Tordesillas y la adultez de los hijos de Agustín y Teresa, con los problemas que deben, debieron o deberían encarar en sus existencias. La simultaneidad de ambos tiempos en el transcurso de la narración es patente en estos dos fragmentos: En la página 279, una amante de Marián, la hija díscola de Agustín y Teresa, hace mención a las imaginaciones de la mujer, y dice:
“Hablabas de mapas medievales que volaban, de manos cercenadas, de ciudades llenas de soldados, de valles de suicidas, de torturas, de palomas de picassos en el pico y de una tipa inglesa que se acostaba con Shakespeare”. Y en la página 122 Teresa Tapias comenta a su marido lo siguiente: “Porque ellos, y tienes que darte cuenta, hombre, no sólo hablan con nosotros, sino con otras voces que no son las nuestras, Agustín; voces que no nos pertenecen, o nos pertenecieron algún día, como la de María Castellet Dalmau, que se casó o se casará con nuestro Rafael”. Esta interrelación de los dos tiempos que concurren en el devenir de los acontecimientos prefigura la vida de los integrantes de la familia, vida que no conocemos si llegará a materializarse, a ser real. Además, la entrevisión de los dos hilos del tiempo en la novela, el del pasado y el futuro y el del presente de la pesadilla apocalíptica, es recíproca. Manegat utiliza esta técnica para hablar de la Vida, los problemas cotidianos y las cuestiones de calado existencial, sus amarguras y sus reveses, a través de los personajes que recrea, bien sean éstos los integrantes de la familia Linares, bien los personajes remanentes y arquetípicos en todas sus novelas, v. g. el sacerdote y el médico, o bien los pertenecientes a la galería de protagonistas absurdos y fuera de tiempo y lugar que acompañan a los Linares en su viaje fantástico, como son: Teobaldo “El Cojo”, cruzado cristiano que luchó en la toma de Jerusalén; Ramoncito y su señor, el coleccionista de víctimas; la niña eternamente violada, que seduce irremediablemente a agustín; Shanti “El Bonzo”, monje budista que intenta transmitir algo de paz a sus acompañantes; Elisabeth Brampton, actriz inglesa que participó en la compañía de Shakespeare; Sátiro, el sobón que magrea a Marian en el coche; el señorito inútil, etc… De este modo, los diferentes momentos cronológicos se entremezclan y se superponen para dar idea de una eternidad o continuidad temporal que no hace distingos entre las diversas estaciones de una vida, aunque tampoco perpetúa la supervivencia de la familia Linares más allá de su aventura dominguera, posibilidad que queda claramente desechada al final de la novela, cuando en la última página el narrador afirma que: “Agustín, entonces, con una íntima, acompañante y dolorida serenidad, supo que no se sorprendería lo más mínimo cuando al mirarse en el espejo retrovisor contemplase la imagen de su propia, vacía, amarillenta y resquebrajada calavera”.

Efectivamente, es así como concluye la aventura dominguera que protagoniza la familia Linares, aventura que consiste en una peregrinación en automóvil por un mundo extraño y alegórico, que lleva a dicha familia a su propio ocaso. La secuencia de los lugares que los Linares visitan despliega el rol temático que explicita el contenido ideológico y ético que el autor quiere transmitir. Los lugares que se describen, los hechos que en ellos acaecen y las consideraciones que se expresan tienen un trasfondo de crítica y de valor simbólico. La mayor parte de las situaciones que presenta son de la más portentosa actualidad, a pesar de tratarse de un texto escrito hace ya 30 años, por lo que además hay que reconocer el carácter profético de sus previsiones. Así, por ejemplo: el tráfico de órganos; las guerras injustas que asolan el planeta en nuestros días; las pretendidas cumbres de paz, que no son sino un chalaneo entre poderosos; el consumismo rampante de nuestro tiempo, en el que se vende hasta la dignidad de las personas; las plagas de la Humanidad, como el Hambre, la proliferación de cultos religiosos, la insolidaridad, las abismales diferencias sociales, económicas y culturales, el sometimiento a las ideologías, etc… Curiosamente, los lugares que visita la familia Linares se escriben con letras mayúsculas y son denominados con nombres grandilocuentes, que a la postre pretenden significar, uno a uno los ancestrales problemas que asolan a la Humanidad y preocupan al autor. Serían éstos: La Ciudad de los Soldados, que es una alegoría en la que Manegat denuncia la guerra, las guerras y la condición belicosa del ser humano, y en la que nos ofrece informaciones sobre el NAPAL, en clara referencia a su poder mortífero y a su empleo concreto en la guerra del Vietnam. La Residencia del Coleccionista de Víctimas, que es una alegoría del enajenamiento, la cosificación y deshumanización a los que se ve sometido el ser humano por parte de los poderes fácticos. La Ciudad del Gran Mercado, que contiene una crítica despiadada al capitalismo y al consumismo de la sociedad actual. En este lugar mítico se venden órganos humanos, armamentos y cargos políticos. Aquí da a luz Teresa Tapias a Pilar y se produce la detención de la familia. El Castillo y Alto Tribunal de los Hábiles Interrogatorios, que pone de manifiesto la arbitrariedad e impunidad con que los mandatarios ejercen el abuso de poder sobre los ciudadanos sospechosos de ser enemigos del sistema, que en la obra se plasma en la tortura inopinada a todos los miembros de la familia Linares, lo cual anticipa en pocas páginas la muerte de sus componentes. El Dulce Valle de los Suicidas, que simboliza una salida al sufrimiento y angustia de esta vida. Se nombran uno a uno todos los suicidas egregios que han existido en la historia. La Gran Avenida, ese lugar donde se agolpan las multitudes en interminables manifestaciones, que representa la escenificación millones de veces repetida de la rabia y la frustración por las exigencias no satisfechas. La Conferencia de Paz, que desvela el engaño que tilda de fraudes todas las cumbres de paz. El Museo Internacional del Hambre, que expone en toda su crudeza el gran problema de la canina en el mundo, imperdonable y acuciante hoy en día. Y finalmente La Ciudad de la Confraternización Universal, que presupone el último gran sueño de la civilización humana. Se trata de una ciudad de cartón-piedra con templos de todas las religiones y cultos del mundo. Sirve de decorado cuasiespiritual para el desenlace de la novela.

Paralelamente a la presentación y descripción de estos lugares, en la obra hay una rica amalgama de referencias que la fortalecen, y hacen de “Amado mundo podrido” una novela total y completa que abarca todos los órdenes de la vida, del espíritu y el arte. Se distinguen: las menciones musicales de compositores clásicos y alguna de sus composiciones, como Bach, Beethoven, Haendel, Corelli, Mozart, y enumeración de autores contemporáneos, como Beatles, Edith Piaf , …; las menciones a escritores y poetas, como : Pío Baroja y Rainer Maria Rilke, Federico García Lorca, Antonio Machado, Dámaso Alonso, Rafael Alberti …; las menciones cinematográficas, como : “El séptimo sello” (1956) de Ingmar Bergman, “Corpo d’amore” (1972) de Fabio Carpi; las menciones arbitrarias a hechos históricos del pasado próximo y lejano que son mostrados como boletines radiofónicos; y las menciones a hechos de la época, como el declive de Franco, lances políticos, etc… Por otra parte, también hay enumeraciones largas de elementos pertenecientes a una misma categoría, la mayoría de ellas llenas de imaginación y de humor negro. Quizá sea en estos interminables listados donde más evidente sea la ironía y ese matiz de humorada amarga que presenta al mundo como ya augura el título, en su completa y floreciente podredumbre, situación que no tiene ningún remedio o cataplasma mágica que pueda curarla o exorcizarla. Así lo entiende Agustín, quien al final de su trágica historia reconoce que sólo le queda el alivio del drenaje del amor arraigado en la pequeña comunidad familiar. Ocurre después de constatar que su familia duerme el sueño de la muerte en el SEAT 124 y tras un intento fallido de lograr la materialización de ese anhelo atávico de la Humanidad de una Confraternización Universal, cuando se topa con un hombre harapiento y desconsolado, un hombre al que está a punto de hacer culpable de sus desdichas y a quien va a increpar sin contemplaciones por la existencia de tanto sufrimiento en el mundo, un hombre con el rostro lloroso y doliente, un hombre anónimo que simboliza la angustia consustancial a todo ser humano, un hombre, en fin, al que acaba interpelando únicamente “¿puedo hacer algo por usted?” El hombre no responde, y entonces se da cuenta de que su vida se acaba y quizá lo único bueno que ha realizado haya sido haber amado entrañablemente a su prole, a su mujer y a sus hijos. En ese instante fatídico, Agustín siente en sus propias carnes el desgarro de la vida en forma de angustia existencial, esa vivencia lacerante de la realidad que afecta a todo ser humano y se agrava ante la constatación del fenómeno de la muerte como una estación necesaria e inapelable de la vida. En este trance el individuo humano, por lo general, se plantea los interrogantes acerca del sentido de sus acciones y de la esperanza en alguna suerte de salvación. Y verdaderamente, para no pocos esta salvación se convierte en la meta de la existencia humana, objetivo que es posible alcanzar, como creen, siguiendo la angosta senda de la fe, fe en las personas y, sobre todo, en Dios.

Dios es el gran “leiv-motiv” de sus obras, su tema preferido y recurrente. El autor en más de una ocasión ha admitido que se considera un hombre acorralado por Dios, y sometido irremisiblemente a los dictados de su imperio. Quizá por eso Manegat no duda en otorgarle un protagonismo relevante en todos sus libros. Basta recordar el broche con el que cierra la novela “La ciudad amarilla”, el auxilio espiritual labrado en una propuesta de esperanza y fe en dios que recibe la familia Bonastre como consuelo a su aflicción por la pérdida del padre; o también estos pasajes de la obra “Spanish show”: El primero lo protagonizan un sacerdote, un joven vicario que ha relevado a un párroco anciano y enfermo a quien visita en su casa, y el propio cura jubilado. Ambos departen, y en un momento de la conversación el joven sacerdote suplica al anciano una confirmación en la verdad de la fe. Es éste: “Se vuelve hacia la ventana y busca con la mirada el muro de la iglesia. – Pero la piedra, la piedra de Dios, permanece, ¿verdad, padre? El párroco, haciendo un esfuerzo, fatigado ya, responde : - Permanecer a pesar de todo, a pesar del río. Y nosotros, yo mismo, con este cuerpo enfermo, con este espíritu que pronto emprenderá la partida, ayudamos a afirmar la permanencia. Estamos en el centro de la corriente y debemos navegar con sabiduría y, sobre todo, con paz. No la pierda usted, hijo. Si nosotros perdiéramos la paz, ¿cómo podríamos dársela a aquellos que gritan creyendo que así se salvan del miedo?” [”Spanish Show”, Julio Manegat, Editorial Círculo de Lectores, Barcelona 1965, pp. 246-247]. El segundo recoge una reflexión del joven vicario:

“Jadeando , sudoroso, doliéndole sus anchos pies dentro de las gruesas botas de cuero, el vicario llega hasta la iglesia y recuesta su espalda contra el muro. Trémulo, presintiéndose también al borde del abismo, murmura : Pero la piedra, la piedra de Dios, permanece. Y se angustia. Porque no sabe si sus palabras son una pregunta o una afirmación” [“Spanish show”, Julio Manegat, Editorial Círculo de Lectores, Barcelona 1965, p. 318].

La angustia existencial y la incertidumbre por la salvación también hacen mella en agustín Linares, quien resuelve superar su agónica situación buscando a Dios, lo mismo que Max von Sidow, el protagonista de la película de Bergman “El séptimo sello”, que encarna al Caballero que juega al ajedrez con la Muerte y, mientras juega, busca algo a lo que aferrarse para no perecer de angustia. Este caballero afirma lo siguiente: “La fe es dolorosa. Es como amar algo que está lejos, oculto en la noche, y que jamás hace acto de presencia por mucho que se la llame. A veces creo que los que estamos fuera, en la noche, esperando inútilmente, somos nosotros. Porque lo peor es esto: que es inútil esperar” [“Spanish show”, Julio Manegat, Editorial Círculo de Lectores, Barcelona 1965, p. 233]. Agustín Linares hace suyo este pensamiento, y se refiere al abandono en que Dios ha dejado al ser humano en estos términos: “Porque no es que no creyese, definitivamente, en Dios, sino que empezaba a temer que a Dios no le importamos nada, como la individualidad, la vida personal de los virus, no nos preocupa a nosotros lo más mínimo en cuanto a su responsabilidad, culpa, inocencia y destino más allá de sí mismos”. (p. 212) Sin embargo, al final de la novela, esta apreciación pesimista de la realidad del ser humano, en completa soledad y desamparo, se desvanece en el fulgor de los destellos de la verdad del amor humano, la misericordia divina y la esperanza en la salvación. “Y sin saber qué impulso, qué fuerza le obligaba a ello, sacó la cabeza por la ventanilla y le gritó, con la alegría de la desesperación, que en algún sitio, por escondido que estuviese, habría hierba fresca, y piedra de Dios auténtica, y besos en los caminos”. (p. 340)

¿Dónde se hallará este lugar? ¿Quién lo conoce? Probablemente nadie. Porque no se encuentra en nuestro planeta, nuestro amado mundo podrido, ni en ningún otro lugar del universo. Es el Paraíso, la verdad oculta detrás del espejo de la vida terrenal, espejo en el que se refleja la podredumbre del mundo, al igual que en el retrovisor del SEAT 124 se proyecta la imagen de la calavera del infortunado Agustín Linares. Hay que trascender, por tanto, los límites del espejo, y mirar con los ojos limpios de la esperanza más allá de nuestro amado mundo podrido, porque allí, y sólo allí, reina la Verdad, como nos recuerda San Pablo en la Primera Epístola a los Corintios: “Ahora vemos por medio del espejo en enigma; pero después, cara a cara”. Manegat, a su manera, nos ha ayudado a afrontarlo y a desentrañarlo con su obra Amado mundo podrido.

 

LTLG

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