EL COLECCIONISTA (1984)

Más que tocar, se diría que acaricia los relieves de la figura esculpida en marcil. Sus dedos, como poseídos del tacto de los ciegos, recorren pacientemente el rostro, los brazos en fláccida tensión, los músculos pectorales que se resaltan, el hundimiento del vientre, la inacabable largura de las piernas, los pies, uno encima de otro,  y los clavos que apenas se apuntan sobre las manos y los pies. El artista supo sin duda de los caracteres anatómicos del cuerpo humano. De otro modo no hubiese podido plasmarlos con tanta exactitud en la marfileña dureza que, al cabo de los años, ofrece una sombra amarillenta, envejecida por el tiempo o por los pensamientos de cuantos se postraron ante el crucificado, en quién sabe qué iglesia de pueblo, rincón familiar o capilla de catedral.
Apenas oye la voz susurrante, persuasiva, casi tediosa, del anticuario :
- Es una pieza magnífica. De fines del XVI o principios del XVII.
Y menos aún percibe su propia voz al comentar.
- Sí. Lo es. No obstante, me parece un precio un tanto elevado...
El vendedor se quita las gafas y con ellas en la mano izquierda pretende abarcar todo el local colmado de muebles, cuadros, mayólicas y porcelanas, espejos antiguos y docenas de objetos que pertenecientes a alguien que les comunicó un poco de su propia vida.
- Usted es un entendido y sabe que el precio se ajusta a la realidad de los tiempos.
Sí, de nuestros tiempos...  Pero, ¿qué son, dónde están, qué significan nuestros tiempos? Acaso antes fue distinto y era posible, como él hace ahora con la escultura de marfil, medir, aceptar el tiempo, incluso compartirlo con naturalidad...
- Lo cierto es que nuestros tiempos...
¿Por qué lo ha dicho? Quizás el anticuario crea  que se trata de una insinuación de peligrosas intenciones políticas...
- No lo digo, claro es, por las circunstancias del país, sino porque, a mi edad, las cosas se ven de muy distinta forma. Los años son como sus gafas y las mías : nos hacen ver desde otra dimensión y perspectiva.
El vendedor halagándole, el acompaña :
- ¡Cuánta razón tiene! Bueno, no es que yo presuma de viejo, pero ya sumo un buen montón de años y experiencias. También contemplo el mundo de una forma distinta de como lo veía y vivía, años atrás. Da gusto hablar con usted. He de atender a tanto nuevo rico que sólo tiene dinero...
¿Por qué le adula, si sabe que ya está decidido, que comprará ese crucifijo sea cual fuere la cantidad que le pida? El anticuario lo ha comprendido desde que él le ha solicitado que lo mostrase, mucho antes de preguntarle el precio. Sin embargo, insiste una y otra vaz  en el halago porque este forma parte de su profesión :
- No crea... Uno, ¿sabe?, acaba por tomarle cariño a ciertas piezas y le cuesta desprenderse de ellas. Pero, claro, se tiene que vivir...
¿Cuando comenzó él a vivir? ¿Tan solo hace sesenta años? Era un niño al iniciarse la guerra, y el tiempo transcurrió tan rápido.. Los juegos se confundían con el silbido de las bombas al caer sobre la ciudad, con la crispación asustada del padre, con las palabras que se ocultaban en la noche, en los silencios de la habitación compartida con su hermano mayor. Hasta que éste desapareció. Sus padres le ordenaron que no lo comentase con nadie, que Rafael se ido "a la otra zona" y que, de descubrirse, correrían grave peligro. La madre añadió : "Tenemos que rezar por él".
Rezar era un rito, una obligación que acabó por convertirse en una molesta regla, en un imperativo sin sentido, noche tras noche. Como las mismas bombas. Hasta que terminó todo, si es que algo puede concluir de una forma definitiva. Rafael murió en una cuaqluiera de las batallas. Los padres lo aceptaron resignadamente : "Tenemos que rezar mucho por él".
La ausencia del hermano formó parte del absurdo, o de la misma iniquidad. Unas voces sucedieron a otras voces, y unas banderas a otras banderas. Como los himnos y las canciones,  la cotidianeidad cambió de sentido, de intención, de impertinencia.
El  anticuario no muestra el  menor signo de impacientarse ante el silencio del cliente que, una y otra vez, deja resbalar sus dedos, un tanto temblorosos, sobre la pulida superficie del marfil. Sabe que la venta está hecha y se salda la jornada con el necesario beneficio. Para acabar insinúa :
- Tratándose de un hombre como usted, incluso le haría una rebajita...
¿Un hombre como yo? ¿Qué sabe de mí? Lo mismo que yo de él, o menos. Aquí soy cliente, sólo un cliente, y lo demás no cuenta. Tratándose de un hombre como usted... ¿ Cuándo nació aquello que él mismo nunca calificó de afición coleccionista? Sus padres le dejaron lo suficiente como para vivir sin estrecheces. Intentó  seguir diversas carreras universitarias, pero en ninguna hallaba el estímulo que le permitiera seguir adelante. Y todo por esa locura que se le metió dentro hasta convertirse en una obsesión. Renunció a la Universidad. Estudió mucho, sí, pero no en las aulas, sino en las bibliotecas y en los libros adquiridos en España o en los países qeu con mayor placer visitó: Italia y Grecia.
Pero entonces ya había madurado la semilla que, poco a poco, fue convirtiéndose en árbol rebosante de ramas que le envolvieron en una espesura de la que no pudo librarse. Al principio fueron láminas, reproducciones de lienzos famosos que iban desde el arte bizantino al Cristo de Dalí o de Gregorio Prieto, pasando por los frescos e imágenes del romántico, por las pinturas y tallas góticas, por la exaltación renancentista y la exhuberancia del barroco. Empezó a enmarcar copias de obras maestras y a comprar más o menos buenas imitaciones. Hasta que un día entró en el almacén de aquel comerciante, entre anticuario y chamarilero. Tenía varios crucifijos, producto sin duda del expolio de alguna iglesia de pueblo, sobre una restaurada consola isabelina. Los compró todos. Y después, anticuarios, tiendas, mercadillos, ocasiones...
Fue una pendiente que se desliza hacia un pozo interminable. Y ya no pensó en otra cosa. En definitiva, tras el fracaso de su matrimonio con Luisa y aquella, dijeron, amistosa separación, se encontraba de nuevo solo y los bienes que poseía eran únicamente suyos y bien suyos. ¿ A quién iba a importarle que se gastase los cuartos comprando crucifijos, o en delicadas y codiciosas amantes? Ni siquiera se inmutó cuando los vecinos, y la desagradable portera, comenzaron a murmurar y a extender la noticia, si de noticia podía calificarse, de su enfermedad o, como concedieron otros, de su manía. Incluso el vecino de su mismo rellano, un ingeniero de todos los caminos, canales  y puertos, le insinuó una tarde que no descuidase su salud : " El alma, ¿sabe?, también es del cuerpo. ¿Por qué no consulta a un psicólogo? Perdone que le hable con tanta franqueza, pero creo que, conociéndonos como nos conocemos desde hace años, puedo permitírmela. No es posible considerar, ¿cómo le diría yo?, normal, esa afición a coleccionar crucifijos... Rara es la semana, o el día, en que no viene con uno nuevo a casa..."
No le respondió descortésmente, pero sí dejo muy claro que a nadie debía dar cuenta de sus actos, y menos aún de gastarse su dinero como le viniese en gana. ¡Faltaría más!
Y de nuevo la voz insinuante, pero ya un tanto recelosa:
- Créame que lo siento... Es un poco tarde y debo cerrar. Así es que...
Respondió distraído, absorto en la finura de las líneas que como nervios mínimamente oscurecidos presentaba el marfil.
- Sí, tiene razón. Le ruego que me excuse. Me lo quedo, por supuesto.
Sin percatarse de la sonrisa de triunfo de vencedor, extrajo del bolsillo del pantalón los billetes de cinco mil pesetas y los fue depositando sobre una mesilla.
El anticuario, mientras los recogía y contaba como sin darle importancia, aún se atrevió:
- Si desea pagarme con un talón... Tratándose de usted...
La suma era considerable y supo que apenas le quedaban ya unos pocos billetes.
- ¿Quiere que se lo envíe a su domicilio o prefiere llevárselo?
Y ahora caminaba por las antiguas callejas de la ciudad apretando bajo el brazo aquel casi insignificante paquete que, sin embargo, tanto representaba para él. Sabía que era algo así como el punto final porque comprendió que sus recursos, sus bienes, la pequeña fortuna, eran ya menos que nada y se habían convertido en lo que hoy era su hogar, tan lejano de las canciones matinales de Luisa, de los oscuros rezos de la guerra, de las enfermedades y la muerte de sus padres. El ingeniero de todos los caminos, canales y puertos le dijo una noche que entró para llamar por teléfono por tener el suyo averiado: "¡Qué barbaridad! ¡Es un verdadero museo! ¡Aquí hay, sin duda, cuadros y tallas de gran valor! ¡Ahora lo comprendo! ¡Qué inversión, amigo mío, qué inversión más inteligente!"
¿Inversión inteligente? Sí, un museo repleto de ojos suplicantes, de párpados cerrados o semiabiertos, agónicos, de regueros de sangre que no cesaba de brotar de miles de manos, de cientos y cientos de pechos heridos por el cincel de los escultores, de incontables rostros torturados, o apacibles como sonrisa dibujada en niños de primera comunión... Desde todos los rincones, incluso en la cocina en la que él, en los últimos años, se preparaba las frugales comidas, le miraban ojos y clavos, manos y pechos tallados en madera, esculpidos, como el que llevaba bajo del brazo, en marfil, incluso en coral  jade, y también en cursilísimo alabastro, o en la fría elegancia del mármol, o moldeados en yeso, arcillas populares, cerámicas en bajorrelieve cocidas al fuego y procedentes de tan inesperados caminos...
¿Por qué pesaba tanto el paquete que el anticuario - "Para disimularlo" dijo - introdujo en una anónima bolsa de plástico? ¿Por qué se le hacían tardos los pasos y hasta el pensamiento parecía recoger, relámpagos de oscuridad en la luz, una cadena de recuerdos, de años, de niñeces y libros, de novias y amantes que desaparecían a la vuelta de la primera esquina?
Supongo que aunque no sea un viejo, viejo, los años empiezan a dar señales de vida, lo que es lo mismo, señales de muerte. Sí, claro, la muerte... Y Landsberg, Platón, Unamuno, Ferrater Mora, Richter, Moody, Kübbler Ross, Morin y toda esa panda.. ¿Es que alguien sabe algo de la muerte? Rilke habló de ella muy bien, muy lírica y rilquianamente... Más vale no pensar en ello. No saber qué haré mañana, suponiendo que esté en condiciones de hacer algo. Loco, naturalmente. El ingeniero dirá que me venda alguna de sus "piezas", que incluso haré un buen negocio y me será posible seguir, como él dice, con mi afición, mi hobby de coleccionista de cristos...
Levantó muy digno la cabeza cuando la portera se le quedó mirando con la sonrisa burlona, o tal vez piadosa, con que le saludaba diariamente.
- Buenas noches. Ya veo que se trae una nueva compra, ¿eh?
Respondió amable, pero escuetamente:
- Sí, gracias. Buenas noches.
Como  siempre, le tembló el corazón al encender la luz del recibidor. En un instante convergieron sobre él ojos, pechos salientes y abdómenes hundidos, regueros de sangre violenta o de ingenuo color rosado en dibujito en cromo. Con la mano que le quedaba libre trazó en el aire un movimiento impreciso de saludo, de recepción que al propio tiempo se siente tentada por la entrega. Fue encendiendo las luces del pasillo, de las distintas habitaciones que se abrian a él, incluso las de la cocina y el baño, hasta que llegó a su despacho, donde culminaba el delirio de lienzos y de imágenes crucificadas.
Lentamente extrajo el paquete de la bolsa, deshizo el nudo del cordel y fue separando los papeles de seda que envolvían aquel prodigio esculpido en marfil  y que reposaba sobre una cruz de ébano. Con delicadeza depositó el crucifijo sobre la carpeta de cuero y, después, se sentó en su sillón, frente a él.
Una vez más contempló en la habitación la revuelta presencia de músculos, de silencios que le acosaban desde tantos años atrás que apenas era posible recordarlo. Y de nuevo se dejó mecer por el miedo, por la soledad, por la tristeza. Sus ojos, inclinados a la ancianidad, se humedecieron levemente. Había realizado su última compra. A partir de entonces lo difícil sería sobrevivir, incluso con la mayor sobriedad. Su futuro se había concretado de un modo definitivo en la transacción con el ladino comerciante. "Tratándose de usted, que se ve que es un entendido en arte..." ¿En arte?
Miró con fijeza, buscando una expresión en los cerrados ojos de marfil. Y pronunció las palabras de súplica y de rebeldía : Ahora ya sólo me falta creer en ti.
 

 

 

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