Libro de los requiems

El que un libro publicado fuera de los circuitos del mercado y obra de un autor ajeno al estrépito mediático tenga algún recorrido, es tan raro como el socorrido perro verde, como una medusa bibliófila o un sapo con bigote. En espera de que la biología vaya abriendo curso a tales supuestos, daré paso a la historia: un libro que habla de elementos tan ajenos al hoy como Rilke, Lawrence, Lord Byron, Balzac o Puccini, salpimentado con algunas experiencias del autor en torno a sus paisajes vitales, publicado en una editorial semiartesanal que se ubica en un sótano barcelonés y del que se hace una tirada de cincuenta ejemplares, a través del boca a boca, llega a obtener un prestigio selecto que convence a Edhasa para hacer una nueva edición a los pocos meses. El libro aparece en diciembre de 2004 y, aunque los reseñistas siguen ignorándolo, se reproduce el mismo fenómeno, del boca a oído, hasta que, a los seis meses, los suplementos oficiales deciden recogerlo. Con cautela, claro, exceptuando el tino de la siempre aguda Anna Caballé.

Libro de réquiems en sus casi setecientas páginas contiene una ingente información pero también revela una admirable veta lírica. La capacidad del autor para integrar naturalmente imágenes y vivencias de su peripecia personal con la mostración didácticamente sutil de aspectos relevantes, pero frecuentemente poco conocidos, de los personajes y asuntos que trata se lleva a término con tanta elegancia como facilidad para el arrebato, con tanta pasión por la belleza como compulsión elegíaca.

Hay también en Wiesenthal un contenido gusto por la rareza, por la excentricidad, por las versiones menos populares de cada uno de los asuntos ofrecidos, sean grandes escritores, músicos o pintores o sean lugares-símbolo de la historia cultural de Occidente. Igualmente, hay cabida –y se agradece en un mosaico repleto de mitos- para nombres menos sonoros: Delmira Agustina, William Beckford, Edward James o la misma Lola Flores tienen su lugar –y no siempre para un réquiem- en estas páginas densas en contenido y ligeras para la lectura. Porque Mauricio Wiesenthal, este semidesconocido con más de cincuenta títulos publicados y cultura enciclopédica, escribe con fluidez, naturalidad y encanto y, además, se pirra por lo que no está en el manual, por ese mundo –en España, desaparecido- de la picaresca, de los extremos que se tocan, de gentes que arrastraban una historia grabada a buril en su rostro… Él lo dice bien claro: “El mundo de mi infancia y mi juventud estaba lleno de personajes pintorescos. Los seres humanos tenían personalidad, estilo, carácter (…) Ahora, quizás arrastrados por la estética de las rebajas, el mundo se ha llenado de clones anónimos (…) Preocupados sólo por el atuendo están todos estos narcisos posmodernos que se presentan hoy en sociedad como profesores de estética, diseñadores de sillas, poetas terribles, figurines tristes o filósofos del tercer milenio… ¡Que estupidez gastar tanto dinero en adornar tanto hueco y en peinar tanta muñeca!” (pp. 14-15).

Libro de réquiems nos conduce, con amor, ironía y erudición, a través de un viaje sin fondo por la cultura europea de los últimos siglos. La nostalgia de la belleza, de esa belleza -posible de imaginar e imposible de alcanzar- que dio lugar a muchas de las mejores páginas de genios, como Bécquer o Cirlot, descrita, sugerida o evocada, es el contenido del viaje. Pero todo ello ofrecido con una técnica caleidoscópica que nos va aportando enfoques, detalles, perspectivas, flash backs, incisos personales… de cada uno de los temas tratados y que hacen que la lectura progrese en espiral, llenando casillas, proponiendo sugerencias, viajes alrededor o al fondo del laberinto.

No sé si este es un libro para llevarse de viaje, sí que lo es, para tenerlo a mano, para abrirlo por cualquier parte y recrearse morosamente en su estilo clásico, en sus anécdotas impagables, en su alma de luminoso cristal. Repaso estas líneas y veo que no hay sombras en mi admiración por este libro. Nunca debe haber nada sin su contraprestación, sin su correspondiente fisura. Hubiéramos agradecido un índice onomástico.

 

Javier Barreiro

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