Carta a Juan Larrea


 
“El hombre más poderoso es el que está más solo.”
Henrik Ibsen
 
Querido Juan :
 
Hace mucho que ya no nos vemos porque me mantienen eternamente ocupados estos tiempos veloces que pasan por encima de nosotros sin dejar apenas nada que nos podamos llevar a nuestro interior. He decidido escribirte esta epístola, sin apenas haberte conocido pero habiéndote llegado a conocer muchos relojes líquidos antes de que tu memoria se evaporase (todavía no se ha evaporado). He de contarte que te escribo con una estilográfica : se desliza mucho más suavemente y no presenta ningún impedimento al conectar espada y pensamiento mediante hilo directo. Te fuiste en enigma en el año 1980 desde tu Córdoba querida de la Pampa, allí donde te acogieron calurosamente y te dieron el pan y el sustento. Hace escasas fechas, supimos de tu legado a punto de ser despedazado por tus variopintos herederos; nuestra alta institución foral no ha tenido a bien comprarlo – ¡tal vez diera para montar un humilde museito!- porque estaba carísimo. Cómo se puede tal cosa decir de un legado infinito, tan eterno y quebradizo; y es que para las cosas del Espíritu ni tiempo ni dinero hay. Ni espacio ni nada lo que demuestra que el Espíritu sopla por donde quiere mas no en estas tierras azotadas por los idiotas del horror. Viniste al mundo supongo que en enigma y te nacieron en el número dos de la bilbainísima Henao, joya del Ensanche; pues tal poeta precursor, tan vívido personaje nace una vez entre un millón en una ciudad de provincias habitada por oficinistas, negociantes y mercaderes, lugar en el que quien más y quien menos hace florecer el capital. Valgan para tu presentación unas líneas que manaron en el París de los años veinte, cuando por allí deambulabas deambulas portando una imagen de Cristo en medio de una negra crisis espiritual, en una atroz atmósfera de búsqueda delicuescente :
 
Un día, por fin, llegué a darme cuenta del vidrio medianero que existía entre los otros y yo, vidrio más o menos transparente según los agentes psíquicos, de manera que en ciertos claros instantes podía creerme a su lado y hasta formar parte de su tiempo. Entre todos constituíamos un solo ramillete mas contemplado por dos ojos de diferente color. De este modo, siendo el que miraba oscuro, era explicable lo turbio y parcial de mis sensaciones. Porque sentía no SER sino en una global ausencia, la ausencia de algo difícil de concretar, y experimentaba el deseo de romper el vidrio, convirtiéndome yo mismo en esa ausencia después de hacerla idéntica a mis anhelos.
Pero a veces el vidrio estaba empañado ̶ se hubiera dicho el fin de todo ̶, y yo encerrado a solas con el deseo de escribir en él mi nombre con el dedo. Angustiosos instantes, porque hacerlo equivalía a decretar mi muerte, redactando mi epitafio. Equivalía a dar un nombre a la muerte, llamarla Juan o Pedro o Nicomedes. Por eso una vez me decidí : deseo, y oí un pequeño crujido como un pétalo que cayera mientras que, como si formase parte de una balanza, se elevaba un suspiro. A través de esas letras me era dado contemplar.
Y así vi que había un lugar y en él un hombre, uno solo, habiendo todos los demás desaparecido. Un hombre que nunca antes de entonces había visto. Y comprendí que debía ser yo mismo.
 
Pero antes, en tu vida íntima equiparable a la de cualquier mortal, habías comenzado con la desazón y querías ser poeta : me imagino de tu brazo escarpado de poeta y quizá de profeta, como si tú fueras mi guía en el Madrid de los veinte, cuando tu amigo del alma, un tal Gerardo Diego, sale a recibirte y ambos acudís tiritando de ansias y de juventud al encuentro de Rafael Cansino-Assens con afanes de publicar tus iniciales poemas, poemas que decían y dicen algo así como :
 
 
Yo clavé mis ojos en los por venir
Y una voz oculta me dijo: ̶ Serás...
Cerré yo mis ojos, no quise ver más,
Cerré mis oídos y no quise oír.
 
Voló mi esperanza que dio en perseguir
Lo que en este mundo no ha de ser jamás
Y el corazón dentro, con triste compás;
̶ Has de ser... me dijo y rompió a reír.
 
Y hoy que sepultada mi esperanza fue,
Sabiendo que en polvo me convertiré
Vuelvo atrás los ojos con sed de dolor.
 
Soy un pobre diablo lleno de inquietud
Que ha vivido esclavo de una esclavitud.
¡ He sido un iluso que murió de Amor !
 
Bilbao, noviembre de 1916
 
Estos tus embriones espirituales, clásicos y la vez dignos de una nueva estética que se madura con la lectura de unos cuantos poemas del chileno Vicente Huidobro, vate de acendrada vanguardia por aquellos tiempos en los que el siglo veinte alboreaba. Cómo quedaste deslumbrado por las nuevas ideas creacionistas del chileno. En toda tu corta vida de poeta y longeva de místico y profeta, llegaste a caligrafiar apenas unos doscientos poemas. Ese viaje a Madrid, que te alejaba de tu provinciano y sofocante Bilbao de comerciantes, significó la publicación de unos pocos versos en dos revistas bautizadas como Grecia y Cervantes. Después vino un segundo encuentro en el Ateneo más frío pero que afortunadamente desembocó en una relación epistolar con Huidobro el cual te hizo madurar hacia el horizonte de huida que intuías, ese oscuro y promisorio horizonte de París; incluso empiezas a escribir tus versos en francés. De la mano de Vicente entras en el sagrado círculo de artistas : Juan Gris, Tristán Tzara, Jacques Lipchitz y más tarde haces de esta ciudad tu lugar de vagabundeo metafísico y lugar de residencia. En el París de los artistas también trabas conocimiento con otro profeta que venía de las altiplanicies peruanas, un tal César Vallejo. Y escribes, y aún cruje el papel cuando leo este poemita con un comienzo tan vallejiano :
 
 
EVASIÓN
 
Acabo de desorbitar
al cíclope solar
 
Filo en el vellón
de una nube de algodón
a lo rebelde a lo rumoroso
a lo luminoso y ultratenebroso
 
Los vientos contrarios sacuden las velas
de mis carabelas
 
¿Te quedas atrás Peer Gynt?
 
Las cuerdas de mi violín
se entrelazan como una cabellera
entre los dedos del viento norte
 
Se ha ahogado al primavera
mi belleza consorte
 
Finis terre la
soledad del abismo
 
Aún más allá
Aún tengo que huir de mí mismo
 
Querido Juan, qué lejanos los recuerdos y qué cercanos a un tiempo. Acudo con asiduidad a la calle donde naciste y cada día renaces (por allí camino esperando no sé qué señales de ti) : la placa conmemorativa que nunca aparece con una simple frase para tu recuerdo (la que una vez hubo alguien se la llevó para venderla a algún chamarilero). Sí, hay una sala de exposiciones con tu nombre en la Gran Vía pero nada más... ̶ yo te estoy viendo ahora, hablo contigo y no sólo palpo tu viva faz sino que la contemplo ̶. Leo tus escritos de profeta; he de reconocerlo aquél que escribiste en Nueva York que descubrí hace tantos años y aún sigue reverberando en mi alma : se titulaba “La espada de la paloma” y hablaba sobre “El apocalipsis de san Juan” y tu hermosa e increíble teoría del velado mensaje de repudio a la iglesia de Roma que Juan de Patmos le enviaba. Un silencio y un vacío repentinos ... y en esto conozco que viene un poema de los que te ganaron para la vida y el espíritu. Por el bien nuestro y el de los futuros poetas del deshumanizado arte, para que nos quede bien claro por toda la eternidad de qué hablamos cuando calibramos un poema :
 
RAZÓN
 
Sucesión de sonidos elocuentes movidos a resplandor, poema
es esto
y esto
y esto
Y esto que llega a mí en calidad de inocencia hoy,
que existe
porque existo
y porque el mundo existe
y porque los tres podemos dejar correctamente de existir.
 
 
Tras ese salto elegíaco que no puedo dejar de permitirme, querido Juan, hemos de recordar aquella inesperada herencia familiar que te sirvió para comprar una fenomenal colección de arte Incaico en tu visita al Perú del año 1931. Viajas acompañado por tu esposa, Guite, y guiado por la corazonada del descubrimiento de un nuevo mundo, la América de la que hablaba Ruben Darío. Después la guerra y de nuevo París donde muere en tus brazos el gran amigo y poeta César Vallejo un viernes santo de 1938. La gestación del “Guernica” que tú pediste a Pablo en nombre de la República : tú le indicabas donde colocar las figuras simbólicas al genio. Cierta noche llovió en París y una gotera cayó en una esquina del cuadro. Al día siguiente aquel borrón pasó a ser la cola del toro y por consiguiente el toro fue desplazado a aquel área del lienzo por tal azaroso contratiempo. De todo esto hay escritos, mi muy estimado Juan. Pero no se acuerdan de ti que exiliado mantenías estrechas relaciones de amistad con el poeta León Felipe, el filósofo Juan David García Bacca y tantos y tantos. Nuevo silencio, nueva llegada de un poema esclarecedor, escuchemos Dios mío :
 
EN LA NIEBLA
 
En la niebla raza de nuestra raza domicilio
de las faltas de convicción de nuestros fantasmas
desde los gendarmes hasta las hipótesis más atrevidas
hasta los almendros obligados a presagiar el porvenir de
[nuestra Europa
la nuestra la de los diplomáticos
que subordinan las flores a las secretas inclinaciones de
[nuestra piel
guardando un equilibrio exento de ociosidad
occidente bello occidente
antes que el sol se encuentre la máscara que busca
entre las ramas y que ya se inclina a recoger
 
El hombre es la más bella conquista del aire
 
...y exiliado te marchabas de este mundo, para habitar otro, sin despedirte casi a los 85 años en la Argentina de los Comandantes. Pero apenas te has ido, es sólo un hasta luego pues los profetas habitan los siglos y las premociones a largo plazo y su presencia se abriga en el Espíritu. Tu denso aliento que Bilbao vio nacer en la calle Henao y miró después para otro lado como un madre que amamantó y ya no recuerda... En ese nueve de julio hace paisaje el poema de Huidobro ̶ que para mí tengo como secreto epitafio ̶, abunda y certeramente te hace durar en la eternidad :
 
[...]
Va rápido
Va rápido impulsado por los suspiros
El mar está cargado de naufragios
Y yo he alfombrado el mar para su paso

Así es el viaje primordial y sin pasaje
El viaje instructivo y secreto
En los corredores del viento

Las nubes se apartan para que él pueda pasar
Y las estrellas se encienden para mostrar el camino

Qué buscas en los bolsillos de tu chaqueta
Has perdido la llave

En medio de ese zumbido celeste
Vuelves a encontrar en todas partes tus horas envejecidas

El viento es negro y hay estalactitas en mi voz
Dime

Juan
Has perdido la llave del infinito

Una estrella impaciente iba a decir que hace frío

La lluvia aguzada comienza a coser la noche

 
Tanto te echo a faltar que tu imagen viva está en mí. Nadie puede dudar de este vivencia que tengo. Mis pasos diarios por la ciudad de tus recuerdos son pasos cansados y melancólicos, pasos de aprendiz de versos y de humanidades. Deseo profundamente indagar en tu recuerdo aunque no te tenga en presencia. Prefiguro tu voz y los movimientos de tus labios, y tu sonrisa como la de uno que hubiera dado con el secreto de la humanidad, con la un Cristo verdaderamente resucitado. “Larrea es el genio joven ̶nos dice Vicente Huidobro ̶. Todo en él es extraordinario”. Adiós y hasta pronto Juan, cuídate que ya hablaremos de nuestro territorios en la siguiente epístola que sin prisa te haré llegar a la eternidad, qué digo : estamos ambos en la eternidad por lo que simplemente me acercaré a la Plaza Nueva y daré allí a una paloma hermana mi pequeña carta enrollada y atada con un pedazo de tela; y le diré : “A volar hasta donde Juan mora. Sí, Juan Larrea, poeta y hombre, hombre y profeta, la más bella conquista del aire”.
 
 
Dedicado a Javier de Bengoechea,
también conquista del aire.
 
 
 
Ambientación y fuentes :
 
Versión celeste” Juan Larrea. Edición de Miguel Nieto. Cátedra Letras Hispánicas 1989.
Juan Larrea : Cartas a Gerardo Diego 1916-1980” Cuadernos Universitarios Nº2. Mundaiz 1986
Orbe” Biblioteca Breve Seix barral 1990.
Angulos de visión” Juan Larrea. Marginales Tusquets Editores 1979.
Juan Larrea : versiones del poeta” Juan Manuel Díaz de Guereñu. Universidad de Deusto 1995.
Al amor de Larrea” Edición a cargo de Juan Manuel Díaz de Guereñu. Pre-textos 1985