LOS EXTRATERRESTRES (1975)

Llevaba años investigando la posibilidad de existencia entre nosotros de seres extraterrestres. El problema se había convertido en la razón de su vida. Por fortuna, tenía medios económicos suficientes como para dedicarse en cuerpo y alma a su trabajo. Así pudo realizar viajes a centros especiales de diversos países, consultar archivos, mantener conversaciones, visitar laboratorios y conocer misiones de secretísima investigación. Gracias a su nombre, a la seriedad de sus ensayos, a la influencia que tenía en los medios internacionales, todas las puertas se le abrieron.
De cada uno de sus viajes regresaba con más seriedad en el rostro, con más inquietud en la mirada, con más tristeza en sus palabras. Ella, su mujer, apenas se atrevía a hablarle, a preguntarle cómo seguían sus investigaciones y si creía que más o menos pronto llegaría a algún resultado práctico. La verdad es que ella se encontraba inquieta y temía por la salud de su marido: aquella vocación de estudio, aquellos largos viajes le iban desmejorando visiblemente.
Ella estaba a punto de consultar con un buen médico: aquel progresivo agotamiento no podía seguir y era necesario tomar una determinación. Fue entonces cuando él una noche en que el otoño se desmayaba sobre los árboles de la avenida, frente al estudio, le habló con serenidad y tristeza.
- Tú sabes que a esto he dedicado casi toda mi vida. Son ya treinta años de ininterrumpido trabajo. Nadie mejor que tú conoce mis desvelos, mis consultas, mis estudios, mis investigaciones. Nadie mejor que tú puede comprender el dramatismo de mis conclusiones. Sí, creo que al fin he logrado llegar a un resultado práctico, a una espectacular revelación. Sé muy bien que nos movemos en un medio hostil, que apenas prestará crédito a mis palabras, a la veracidad de mis meditaciones acerca de la existencia de seres de procedencia extraterrestre entre nosotros. Incluso tú, puede que dudes de la seriedad de mis científicas deducciones. Ya sé que es difícil de creer, pero es la verdad, mujer: hay seres extraterrestres en la Tierra.
Ella le mira fijamente comprendiendo que vivía unos instantes solemnes al borde ya del asombro. Y él casi con lágrimas en los ojos contestó:
- Hay seres extraterrestres, sí, somos nosotros. No pongas esa cara de incredulidad. No estoy loco, al contrario. Al fin lo he comprendido: los extraterrestres somos nosotros, mujer, los que sentimos respeto por la vida, los que no creemos en el fútbol como se cree en Dios, los que no vamos por la calle dando codazos, puntapiés y mordiscos, los que pensamos que el hombre ha llegado tarde a su propia humana condición, los que hemos aprendido el nombre de los árboles y de los animales, los que leemos libros y no nos echamos a reir cuando se habla de poesía, los que confiamos en los demás, los que sufrimos con el ajeno sufrimiento, los que nos encontramos, por todo esto, sumidos en la soledad. Sí, mujer, somos nosotros, provenientes, en la cadena de nuestros antepasados, de otras galaxias de las que no conservamos memoria. Y los otros, los que son todo lo contrario a lo que te he dicho, y más cosas aún, son los terrícolas, los que no son extraterrestres, los que cantan las injusticias, los que poseen vocación de ignorancia, de fraude y de miseria.
Ella le observaba con fijeza y le comprendió. Y se tomaron de la mano y miraron sufrientes la luz de lejanas y extrañas estrellas que apenas se distinguían en la noche.

 

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