Acta diciembre 2007

OBRA: RETRATO DEL ARTISTA ADOLESCENTE
AUTOR: James Joyce

PONENTE: Nicolás Zimarro 

PRESENTACIÓN

James Joyce (Dublín, 1882-Zurich, 1941) es curiosamente un escritor irlandés en lengua inglesa. Nació en el seno de una familia de arraigada tradición católica. Así que estudió en el colegio de jesuitas de Belvedere entre 1893 y 1898, año en que se matriculó en la National University de Dublín, en la que comenzó a aprender varias lenguas y a interesarse por la gramática comparada.
En 1902 fue a París para estudiar literatura, pero regresó a Irlanda al año siguiente, donde se dedicó a la enseñanza. En 1904 se casó y se trasladó a Zurich. Allí vivió durante dos años, tras los cuales se instaló en Trieste, lugar en el que se ganó la vida dando clases de inglés en una academia de idiomas. A partir de entonces, su vida transcurrió mayormente en esta ciudad. En 1912 se desplazó nuevamente a Dublín para presentar el texto de su obra “Dublineses”. Y entre idas y venidas de Zurich a Trieste y a Dublín, llegó la Primera Guerra Mundial. La pasó con su familia en Zurich y Locarno. Y también llegó la Segunda Guerra Mundial, en el transcurso de la cual, mientras se hallaba en Zurich, le sobrevino la muerte.

Su primera obra, el volumen de poemas Música de cámara (Chamber Music) fue publicado en 1907. Dublineses (Dubliners), una serie de quince relatos dedicados a Irlanda, vio la luz en 1914. Retrato del artista adolescente (Portrait of the Artist as a Young Man) empezó a publicarse por entregas en 1914 en la revista The Egoist y se publicó íntegramente en Nueva York el año 1916. Y a en 1904 escribió un anticipo de lo que sería esta novela con el título de “Stephen el héroe”, libro que fue publicado como tal en 1932. La novela “Retrato del artista adolescente” le proporcionó cierto predicamento en el ámbito literario anglosajón, aunque la consagración definitiva como uno de los grandes de la literatura universal le llegó con la publicación en 1922 de su obra maestra “Ulises”, una novela experimental en la que profundiza en la técnica del “flujo de conciencia” que ya pusiera en práctica en “Retrato del artista adolescente”, además de utilizar diferentes técnicas narrativas en cada uno de los capítulos. En 1923 comenzó a escribir su última novela. Fue publicando extractos durante muchos años, hasta que en 1939 la publicó completa con el título de Finnegan's wake. En ella, Joyce lleva el análisis experimental del lenguaje hasta unos límites absurdos, amalgamando vocablos y formas gramaticales de hasta sesenta idiomas diferentes.

VALORACIÓN

La obra de Joyce no es extensa, pero sí compleja e insólita. La lectura de sus textos entraña cierta dificultad por la implantación de no pocas innovaciones narrativas, entre las que destacan por ejemplo el uso de lo que se ha dado en llamar “el flujo de conciencia”, el desdoblamiento del lenguaje convencional en uno propio, singular e íntimo, y la proyección de este lenguaje a un universo discursivo simbólico repleto de posibilidades interpretativas. Consagró su obra a Irlanda, a pesar de que mostró una nada desdeñable desafección respecto del conflicto político que vivía su país, llegando incluso a reivindicar su lengua materna, el inglés, frente al gaélico (Opinaba que esta lengua se había actualizado artificialmente para satisfacer los intereses de los nacionalistas irlandeses), y por supuesto, a priorizar la preservación de su propia experiencia lingüística sobre la indagación acerca de la esencia de su identidad irlandesa. Todo ello queda de manifiesto en la novela “Retrato del artista adolescente”, una novela semiautobiográfica que recoge las experiencias académicas, sentimentales, carnales y espirituales de un adolescente, Stephen Dedalus, el alter ego de Joyce.

El texto está estructurado en cinco partes perfectamente delimitadas que desarrollan el recorrido vital de Dedalus desde su ingreso en Clongowens Word, un colegio para hijos de gente pudiente dirigido por los jesuitas, hasta su paso por la universidad de Dublín. Las dos primeras partes se centran en el periplo de Dedalus en su estancia en Clongowens Word y su posterior traslado a Dublín por motivo de los problemas económicos de la familia. Las experiencias personales más destacadas en este periodo de la vida de Dedalus son su ingreso en el botiquín del colegio, tras enfermar a causa de la ingesta involuntaria del agua putrefacta de una fosa a la que cayó de forma accidental, el castigo injusto al que es sometido por el profesor de latín que le acusa de ocioso y mentiroso, cuando en realidad estaba exento del estudio porque tenía los lentes rotos (injusticia que denuncia al rector, quien le da parcialmente la razón, hecho que le granjea el reconocimiento de los compañeros), el primer acercamiento al amor , tras enamorarse de una chica que conoce en sus incursiones por las calles de Dublín, el ingreso en el colegio público Belvedere, también dirigido por los jesuitas, la obtención de un premio literario por un trabajo sobre la dramaturgia de Henrik Ibsen y las correrías por prostíbulos y antros, para satisfacer su incontrolable apetito sexual de adolescente con la sangre hirviendo de deseo por las venas. La tercera parte de la obra plasma la vivencia de Dedalus en unos ejercicios espirituales que se organizan en el colegio a propósito de la festividad del fundador de la Compañía de Jesús, San Francisco de Javier. Es tal el impacto que los discursos del predicador de las meditaciones que tienen lugar en el retiro espiritual produce en el ánimo de Dedalus, que decide cambiar por completo sus costumbres, contrito de arrepentimiento por su vida díscola de pecado, y seguir a rajatabla los preceptos del prontuario cristiano. Ascetismo a ultranza y mortificación son los principios que rigen su nueva vida. Este cambio drástico en su comportamiento no pasa desapercibido para el director de Belvedere, que le propone el ingreso en su Orden religiosa. Después de reflexionar sobre el particular, Dedalus descubre que su vida es pura insatisfacción, y comprende que la felicidad se halla lejos de la dictadura de la vocación religiosa, por lo que abandona definitivamente la religión. Las partes cuarta y quinta sitúan al protagonista en la universidad de Dublín. Hay un salto en el tiempo que se trasluce directamente en los pensamientos de Dedalus, propios ya de un universitario formado intelectualmente, y en su discurso expresivo, culto y crítico, aderezado de reflexiones profundas. El nacionalismo irlandés, el uso de la lengua gaélica, la religión, el amor y la literatura son la constante vital en esta etapa de su existencia. Todo finaliza cuando Dedalus supera sus complejos y reticencias y se convence de que su tarea en el mundo es ser escritor.

Precisamente es él quien soporta el peso de la narración en la obra, y lleva a cabo un descargo de pensamientos en un monólogo interior, que descubre al lector un intrincado laberinto psicológico en el que laten todas sus vivencias, contradicciones, anhelos, pasiones, creencias e inquietudes literarias a pálpitos de rebeldía contra las convenciones de la sociedad burguesa de su tiempo, sociedad polarizada en torno a dos cuestiones centrales: la sensibilidad nacionalista irlandesa y la preponderancia del sentimiento religioso católico en todos los órdenes de la vida. Ambas cuestiones están recogidas en diferentes pasajes de la obra, pero en la escala de intereses intelectuales de Joyce no son prioritarias y se hallan en un plano marginal. Su verdadero afán especulativo se proyecta en la creación de una arquitectura inédita del lenguaje. Pretende ser el constructor de una edificación lingüística que albergue el torrente de ideas y pensamientos que fluyen en cascada de la mente de Dedalus en su vuelo interior por la maraña de la conciencia. El propio apellido de Dedalus nos retrotrae al de su homónimo Dédalo, personaje de la mitología griega, padre de Ícaro, inventor y arquitecto, diseñador del laberinto de Creta. La coincidencia no es gratuita. Con ella, Joyce quiere simbolizar el auténtico propósito de su actividad literaria, que no es otro que reconstruir la realidad objetiva expresándola en un monólogo interior que reproduce el cosmos personal del protagonista. Esa realidad representada desde el discurso de su “yo” psicológico se concreta en historias absolutamente verosímiles que concentran los sentimientos, inquietudes e incertidumbres características de la adolescencia, tales como la caricia del primer amor, la llamada del sexo, la preocupación por el futuro y, como no, la incipiencia de las cuestiones religiosas, filosóficas y metafísicas; historias que, en ningún caso, subliman una teoría determinada, sino más bien al contrario, desarrollan la perspectiva del contrapunto tan típicamente adolescente, esa dialéctica continua e inexorable de la duda en el camino de la búsqueda del “yo”, que en el texto se explicita en un diálogo espontáneo entre los personajes, en un diálogo significativo y siempre con carga de profundidad, en el que la controversia acerca de los diferentes temas de interés se solventa en un ejercicio sincero de la libertad de opinión que trasciende cualquier ideología o dogmatismo.

INTERVENCIONES

Jon Rosáenz :

Cualquier persona que tenga inquietudes artísticas se siente identificada con Stephen Dedalus, quien después de no pocas peripecias metafísicas, estéticas y religiosas culmina su vocación artística convirtiéndose en un escritor. ¡Quién sabe! Quizá lo que Joyce pretende decirnos es que todo aquel que vive intensamente el rebato del arte acaba siendo artista. Sea como fuera, la cuestión es que Dedalus termina eligiendo en la vida lo que él quería. Y así se hace patente en las conversaciones que sostiene con sus amigos y conocidos en el campus de la universidad de Dublín. Los diálogos que cruza con ellos sobre diferentes asuntos de índole estética, filosófica y religiosa son sencillamente sublimes. El testimonio de Joyce es, sin duda, un canto a la esperanza

Carlos Fernández :

Joyce comenzó a escribir esta obra en 1904, esto es, a la edad de 22 años, que justamente se corresponde con la edad que tiene Dedalus al finalizar la novela, lo cual demuestra que la misma es en gran medida autobiográfica. Al terminar de leerla produce la impresión de que se trata de un ajuste de cuentas con una época determinada de su vida y con quienes le hicieron vivirla de una forma problemática. Da la sensación de venganza, de extracción, casi de vómito de lo que le había atormentado hasta poco antes de escribirla. Por lo tanto, la obra exige una cierta cronología, que en realidad, a los efectos del discurso narrativo, tiene poca importancia, puesto que no pretende ser un retrato de la vida social de Dedalus, sino de su vida interior. Así, los cinco capítulos en que se divide la obra no se justifican tanto en la variación de la edad del protagonista como en los distintos estadios en el desarrollo de su proceso espiritual. Dichos capítulos podrían haberse titulado: “INOCENCIA”, “PECADO”, “CONTENCIÓN”, “PENITENCIA” y “LIBERACIÓN”. De ellos, los dos primeros sólo son la introducción necesaria para abordar los dos siguientes, verdadera alma de la obra. En el capítulo uno, “LA INOCENCIA DE DEDALUS”, éste sufre la primera agresión, cuando es castigado injustamente, y ya pone de manifiesto su carácter inconformista, denunciando al prefecto de estudios ante el rector. En el capítulo dos, la inocencia de Dedalus se sigue debilitando, ahora porque el protagonista se encuentra con la llamada de la sexualidad. El capítulo tres es el principal de la obra. Está compuesto por la largísima prédica a la que se ven sometidos Dedalus y sus compañeros en un retiro espiritual. El predicador, de quien no se conoce nada, excepto su retórica, queda cruelmente retratado a través de sus propias palabras, por cuanto es presentado como un desalmado que parece disfrutar del temor que inocula a sus pupilos, mediante la introducción en sus conciencias de la idea de la muerte, con una descripción minuciosa de los terribles castigos a los que serán sometidos los pecadores tras ésta. Igualmente Joyce parece disfrutar de su venganza, regodeándose con la construcción de este ínclito personaje. A través de él, expone su crítica demoledora a la institución de la Iglesia y a los métodos de adoctrinamiento que utiliza. En el capítulo cuatro, Dedalus, atemorizado, trata de huir del castigo que le espera como consecuencia de los pecados que ha cometido debido a su debilidad carnal. Pero, tras una penitencia extrema, comprenderá que ésta no era sincera, y se sentirá libre de la culpa derivada de sus actos. Se inicia así su vida de adulto. El capítulo cinco es casi en su integridad una prolongación innecesaria de una obra que habría concluido de modo magnífico con las últimas palabras del capítulo anterior. En éste sólo tiene valor la conversación entre Dedalus y Cranli de las páginas 286-287, en la que el protagonista confiesa que, pese a haber perdido la fe, sigue teniendo temor de Dios. El resto se antoja un apéndice, un saco en el que volcar reflexiones, que a veces resultan bizantinas.
En fin, Joyce hace gala de una gran maestría en el uso del lenguaje. Despliega una prosa deslumbrante; a pesar de lo cual en ocasiones resulta exasperante, sobre todo cuando desencadena una cascada de palabras para describir con minuciosidad las reflexiones, impresiones, visiones y pensamientos espontáneos de Dedalus, a veces con una hondura que las hace inalcanzables.

Miguel San José :

Joyce, al igual que hiciera Dédalo construyendo el laberinto de Creta, construye su propio laberinto narrativo para que el lector se pierda en él sin remedio. Reproduce una novela escrita por un joven para jóvenes. Un joven que vive una vida oscura y carente de interés. Por ello, la novela resulta pretenciosa, sobre todo porque el autor intenta describir esta vida absolutamente anodina con un tono un tanto almidonado, que muchas veces roza la pedantería.

Roberto Sánchez :

La novela tiene valor exclusivamente en cuanto ejercicio literario de experimentación narrativa. La descripción de la realidad a través de un monólogo interior, así como la evolución del estilo narrativo conforme avanza la edad del protagonista-narrador es ciertamente interesante y denotan el loable esfuerzo del escritor; pero todo el mérito de la obra se reduce a eso, porque el texto es denso y farragoso, y cargado de contenidos especulativos que en nada facilitan su lectura.

Joseba Molinero :

Esta novela es un exponente de lo que los críticos denominan la “nueva narrativa”. La narrativa clásica se caracterizaba por consistir básicamente en una relación de peripecias, acontecimientos y sucesos de los cuales se extraían unas determinadas conclusiones. La nueva narrativa es algo más que esto. Es la expresión de sentimientos, de sensaciones, de reflexiones, de pensamientos y de ideas en la misma narración, o sea, en la trama de los hechos. La historia que se cuenta ya no importa tanto como la exposición del mundo interior del narrador que generalmente se lleva a término incorporándolo al texto a través de comentarios entre paréntesis, entre guiones o entrecomillados y de digresiones intertextuales. En este caso, se trata de una novela autobiográfica sui generis. La narración se transmite desde un “yo” que no ve, un “yo” que siente y que sufre. Así, la novela trasciende su propio género y se convierte en un relato poético cimentado en una adjetivación extraordinaria, en una propuesta de reflexión filosófica y en una suerte de ensayo de psicología.