Acta octubre 2007

OBRA: LAS HERMANAS COLORADAS
AUTOR: Francisco García Pavón

PONENTE: Joseba Molinero

PRESENTACIÓN

Francisco García Pavón, hijo de Francisco y de Isidora, nació en Tomelloso, provincia de Ciudad Real, España, el 24 de septiembre de 1919. Curiosamente este año ocupó la alcaldía de la localidad un personaje verdaderamente singular, Don Francisco Carretero Cepeda, que al parecer fue un hombre muy ilustrado e hizo mucho bien por Tomelloso, político en el que se inspira y de quien toma incluso el nombre para crear el personaje que en la ficción literaria sacará a Manuel González (Plinio) de los campos de vides para convertirlo en el jefe de la policía municipal de Tomelloso, forjándose así el personaje que protagonizará las novelas policíacas escritas por García Pavón. La figura de Carretero Cepeda aparece, nada más ni menos, que en las novelas El rapto de las Sabinas, Las hermanas coloradas y Una semana de lluvia.

Su infancia constituye una parte muy importante en su biografía, como él mismo reconoce (De hecho, escribió multitud de cuentos referenciados exclusivamente a este periodo de su vida). Está marcada por dos figuras centrales: su madre y su abuelo. La madre, Isidora, padeció desde los siete años una dolencia cardiaca que le condujo a una muerte prematura a la edad de treinta años. La pérdida de la madre, con la que estaba muy unido, le creó un dolor insufrible, una carencia y un vacío desgarrador, que se reflejan en el otro tema remanente y obsesivo, junto al de la propia infancia, que aparece en todas sus obras: la muerte. Infancia y muerte son los polos dicotómicos de su realidad existencial, en la que la infancia es el principio y la muerte el final. Ambas constituyen los ejes de un dualismo femenino: la infancia, como la madre que ha dado a luz; y la muerte, como la madre de amplio pecho que lo acogerá para siempre en su seno amoroso. Es en Cuentos de mamá donde mejor recoge las vivencias íntimas en su mundo infantil. En un relato de la obra describe la circunstancia dramática que vive un niño en el momento de la muerte de su madre. Obviamente este pasaje es un trasunto de su propia experiencia. Dice así: “Y aquel jueves, cuando llegué a casa, vi que estaba la puerta abierta, de par en par, y en el portal estaban las vecinas, y el médico, Don Domingo, estaba cerrando su maletín. El papá y los abuelos estaban en la alcoba de mamá, y cuando llegué todos me empezaron a acariciar y hablaban entre sí, pero ninguno me decía nada. Yo tampoco dije cosa alguna, pero enseguida comprendí que había pasado algo de pena. Sí recuerdo que Tala estaba sentada en la escalera, con cara de haber llorado, y que tenía sobre las rodillas a mi hermanito, que dormía como un lirón, con la cara coloradota, la melena rubia envuelta y como siempre los dedos dentro de la boca. La Tala, en su congoja, y como distraída, de cuando en cuando le acariciaba los murillos a mi hermano. Y como de pronto empezase a llorar, y dijese que quería ver a mamá, todos empezaron a hablar entre sí con misterio, y al oírme papá salió, me tomó de la mano y me llevó a la alcoba para que la viese, según pedía”. El Abuelo, Luis García Giner, era un liberal y republicano y, como García Pavón lo define, un amigo de sus amigos. De él mamó el talante liberal que impregna toda su obra, y que puede resumirse en esta máxima: “Piensa por ti mismo, sin dejarte influenciar por nada ni nadie”. Y en verdad que siguió a pies juntillas dicho imperativo, pues nunca permitió que ni la religión, las ideologías políticas, los dogmatismos, ni tan siquiera la represión policial socavaran sus más profundas convicciones y sus sólidos principios existenciales. J. F. Colmeiro (1) afirma lo siguiente: “Las claves ideológicas de García Pavón y de su mundo narrativo seguirán claramente estos mismos modelos liberales. Su visión del mundo va a estar marcada por un sentimental apego a los principios liberales básicos de libertad, propiedad individual y democracia, un notable escepticismo frente a las grandes narrativas totalizadoras (llámense Iglesia o partido), un poderoso sentimiento de nostalgia por un pasado, tanto histórico (liberal, republicano) como personal, que no es posible realizar en el presente, y una inclinación natural hacia la honda lamentación más que la denuncia estricta.” (xxiii). Claro está, teniendo en cuenta las circunstancias históricas que le tocaron en suerte, no tuvo más remedio que adaptarse a aquellos tiempos de la dictadura franquista, y hubo de adoptar las prevenciones necesarias y guardar las formas oportunas para mantener el tipo. Probablemente estas dos razones, la decisión radical de ser siempre él mismo y la obligación de capear los embates del medio sociopolítico de la época, confieren a su narrativa un carácter peculiar: Por un lado, una, la primera produce en el lector una sensación de sosiego inigualable, de relajación, de remanso y tranquilidad, que lo liberan de cualquier tensión, ansiedad o angustia; y por otro, la segunda inunda sus textos de un sorprendente humor, que García Pavón derrama por doquier, un humor irónico, en ningún momento sarcástico, que no pretende hurgar en la herida de las personas, un humor que no pocas veces se explicita en situaciones, escenas, personajes o actitudes absolutamente grotescas, un humor, que si se analiza en profundidad, se descubre en algunas ocasiones incluso doliente para los afectados, como por ejemplo en la novela Las hermanas coloradas cuando alude a las mujeres pensionistas de la guerra y afirma que unas cobran por derecho propio y otras no se sabe muy bien por qué, en clara alusión al favoritismo del que eran objeto las viudas afines al régimen franquista. En fin…, un humor natural, muy de pálpito, que contagia al lector y lo encandila. Véanse por ejemplo estas humoradas sacadas de “Las hermanas coloradas”: “El español tiene mucha imaginación para salvar el momento, ninguna para variar el camino”, “La guerra no produjo un millón de muertos; dejó un millón de enterrados y nadie sabe cuántos millones de muertos andando, agonizantes o sin hombre dentro”, “Los pueblos son libros, las ciudades periódicos mentirosos”, “Cuando llega uno a cierta edad, ya no ve lo que tiene delante sino lo que vio en los tiempos que veía”, o la lapidaria “Al llegar al ayuntamiento, el guardia de puerta te saludaba militarmente, pero en flojo”…

De su abuelo aprendió también a considerar el valor de la amistad (tema que trata magníficamente en la novela El rapto de las Sabinas) y, sobre todo, a respetar los principios republicanos. Fue en el taller de muebles propiedad del abuelo, lugar en el que el pequeño García Pavón pasó muchas tardes, después de salir del colegio, donde aquel celebró el nacimiento de la República. El taller de muebles se llamaba “El infierno”. García Pavón explica el por qué de este nombre en este texto: “Mi abuelo Luis fue el primero que llevó un motor de vapor al pueblo. Cansado de mover las máquinas de pie, la serradora, el torno y no sé qué otras, se trajo de Valencia aquella pequeña locomotora de la industria. Y las gentes, cuando pasaban por la portada de la fábrica, al oír el pistoneo, ver los vapores y el humo se decían: ¡Esto es un infierno! ¡Pues coño, “El infierno” se va a llamar! Y desde entonces, hasta que medio siglo después se vendió la finca, se leyó sobre la portada “EL INFIERNO, FÁBRICA DE MUEBLES Y DE CARPINTERÍA MECÁNICA DE LUIS GARCÍA GINER”.

Realizó los estudios primarios en el colegio de La Reina Madre de Tomelloso y el bachillerato en el instituto público que en tiempos de la República se inauguró en la localidad. Él fue uno de los alumnos que lo estrenaron. En el instituto tuvo un profesor, Eduardo Díez del Corral, aficionado a la poesía, que le influyó. Según cuentan, en cierta ocasión ordenó a los alumnos un trabajo de creación poética, y García Pavón le entregó un poema titulado “Tierra negra”, que mereció este comentario del profesor: “No es muy bueno el poema, pero se ve que tienes vocación”. Sus palabras le animaron a considerar la posibilidad de dedicarse a la creación literaria. Siempre se ha dicho que García Pavón es un escritor de impulsos, de pálpitos, o sea, un narrador intuitivo, por lo que no es difícil imaginar el impacto positivo que tuvo en él el elogio de su profesor.

La Guerra Civil le sorprendió en Tomelloso, que permaneció fiel a la causa republicana a lo largo de toda la contienda. Comentaba García Pavón que, al acabar la guerra, los nacionales entraron en Tomelloso y que sus habitantes les recibieron con vítores y con gran alegría. “Habéis tardado mucho” gritaba la muchedumbre, a lo que un mando de las tropas victoriosas respondió ufano: “Hemos venido por la gracia de Dios”. A nadie se le escapa que esta revelación es una más de sus humoradas, porque lo que pensaba realmente de las guerras es que eran una necesidad de los individuos humanos para poder destripar los terrenos de los contrarios y para poder robar los hollejos del amigo de al lado. Sea como fuere, el caso es que la irrupción de dicha guerra en su vida, cuando estaba a punto de iniciar los estudios universitarios, tuvo una gran incidencia en el devenir de su formación literaria. Él, junto con autores como Camilo José Cela y Carmen Laforet, se encuadra en ese grupo de escritores que se denomina “La Generación de la Guerra Civil”. Todos ellos soportaron el trauma de esta guerra, que de una manera u otra abortó sus expectativas creativas, por cuanto el aislamiento cultural al que se vieron abocados les privó del conocimiento de las nuevas corrientes de pensamiento y tendencias literarias que se desarrollaban en el resto del mundo.

Prácticamente fueron autodidactas y, no pudiendo participar en las vanguardias del momento, se posicionaron en una suerte de realismo, que en el caso de García Pavón se dirigió hacia los temas rurales y costumbristas. Acabada la guerra, va a Madrid, donde estudia Filosofía y Letras. Finalizada la carrera se traslada a Asturias a realizar las milicias universitarias. Vive en casa de una tía carnal. Según confesó García Pavón, esta experiencia le marcó para toda la vida. Llegó a afirmar que Asturias y, cómo no, La Mancha son los ámbitos geográficos que más le influenciaron. Allí escribió su obra Cerca de Oviedo, que publicó en una editorial madrileña con la financiación de su padre. Tuvo mucho éxito, y prueba de ello es que quedó finalista del Premio Nadal; aunque en Asturias no fue muy bien recibida, porque en varios relatos de la obra se hablaba de Oviedo como de una ciudad de provincias que había perdido la importancia que tuvo desde la Reconquista encabezada por Don Pelayo.

A finales de los cuarenta vuelve a Tomelloso, en donde trabaja de archivero y bibliotecario durante unos años. Luego vuelve a Madrid. Allí trabaja como profesor en varios colegios privados (los Padres Escolapios, los Padres jesuitas). Columbra que puede dedicarse a escribir. Empiezan a publicarse sus primeros cuentos y posteriormente, en torno a 1969, las primeras entregas de la serie de Plinio. Toma parte en varias tertulias literarias, entre las que destaca la tertulia del Café Gijón, a la que asisten José García Nieto, Ramón de Garciasol, Rafael Morales, Gerardo Diego, Jesús Acacio, César Manrique, Jesús Juan Garcés, Juan Pérez Creus, Luis López Anglada, Manuel Álvarez Ortega, Eladio Cabañero, Antonio Buero Vallejo, Leopoldo De Luis, Antonio López Torres, Ignacio Aldecoa y Francisco Umbral, entre otros. Este último describe así a García Pavón: “Francisco García Pavón, también de Tomelloso, era rubio y señorito, de ojos claros y cara melancólica, un poco sosa; aunque fácilmente se animaba de mueca y aspaviento, en un conversar también un poco cervantino, plástico y arcaizante. Francisco García Pavón insistía, por ademán y la vida, en su condición de señorito de pueblo, haciendo de ello una personalidad literaria…” En Madrid dirigió la editorial Taurus, y tras doctorarse consiguió una cátedra en la Escuela de Arte Dramático.

Escribió crítica teatral, principalmente en los periódicos “YA” y “ARRIBA”.

En su carrera literaria destacan los siguientes reconocimientos:
Premio Nacional de la Crítica en 1969, por El rapto de las Sabinas.
Premio Nadal en 1969, por Las hermanas coloradas.
Finalista del Premio Nadal en 1945, por Cerca de Oviedo. Finalista del Premio Nadal en 1968, por El Reinado de Witiza.

También obtuvo un gran éxito la serie televisiva que presentó los casos del detective Plinio, basados en sus novelas. En ella participaron las figuras más importantes del momento, así: el director Antonio Jiménez Rico, los guionistas Jose Luis García Sánchez y Jose Luis Garci, el músico Carmelo Bernaola, el fotógrafo Jose Luis Alcain, los actores Antonio Casal (en el papel de Plinio), Alonso Del Real (en el papel de Lotario), Antonio Gomero Y Antonio Vidaly las actrices María Isbert y Lola Lemos. Todo un lujo…

Los últimos años de su vida fueron difíciles, debido a los graves problemas de salud que padeció: varias apoplejías y una enfermedad hepática que le llevó a la muerte. El también tomellosano Valentín Arteaga, poeta y sacerdote, de quien García Pavón afirmaba que era el único cura bueno que conocía, describió de esta forma los últimos instantes de su vida: “”Podía cortarse el silencio extraño de la casa. Paco García Pavón agoniza despacio. Veo su rostro, toco ligeramente su mano derecha, la de escribir, esta gloriosa mano suya apenas ya sin calor y explicándole ese instante irrepetible que La Mancha general de Tomelloso se emociona y tiembla conmigo... Me trató sumamente amable. Ahora en su lecho de moribundo, mientras musito una plegaria, noto sin poderlo apenas remediar un fuerte y poderoso acercamiento a sus sinos de terco escritor manchego que nos abandona este sábado del 18 de marzo de 1989, tan lenta y despiadadamente”.

Su obra es amplia. Fue ensayista, articulista, cuentista y novelista. Es un escritor de estilo clásico, muy cervantino que destaca por el humor y el retrato minucioso de ambientes y personajes. Sus libros de cuentos son: Cuentos de mamá (1952), Cuentos republicanos (1961), Los liberales (1965), Los nacionales (1977) y El tren que no conduce nadie (1979. En ellos recoge recuerdos y semblanzas de su vida. Su primer novela fue Cerca de Oviedo (1945), un análisis malicioso de esa capital de provincias. También escribió una novela de ciencia ficción, La guerra de los dos mil años (1967). Aunque el grueso de su producción es la serie de novelas, entre costumbristas y policíacas, protagonizadas por Plinio, el jefe de la policía municipal de Tomelloso. Ésta es toda la producción de la serie: De como el Quaque mató al hermano Folión y del curioso ardid que tuvo el guardia Plinio para atraparle (Revista Ateneo, 1953-relato), Los carros vacíos (Alfaguara, 1965 -novela corta), Historias de Plinio (Plaza y Janés, 1968 dos novelas cortas: El carnaval y El charco de sangre), El reinado de Witiza (Destino, 1968 -novela), El rapto de las sabinas (Destino, 1969 -novela), Las hermanas coloradas (Destino, 1970 –novela), Nuevas historias de Plinio (Destino, 1970 -ocho relatos), Una semana de lluvia (Destino, 1971 –novela), Vendimiario de Plinio (Destino, 1972 –novela), Voces en Ruidera (Destino, 1973 –novela), El último sábado (Destino, 1974 -diez relatos), Otra vez domingo (Sedmay, 1978 -novela), El caso mudo y otras historias de Plinio (Alce, 1980 -relatos), El hospital de los dormidos (Cátedra, 1981 –novela) y Cuentos de amor... vagamente (Destino, 1985 -incluye dos relatos de Plinio: Pan caliente y vino fuerte, mi muerte y El roncador).

En opinión de Colmeiro, la narrativa de García Pavón destaca por la originalidad de formas y planteamientos dentro de la novela española de posguerra. “Por un lado abre la puerta de un neocostumbrismo desusado al que se da nuevo empuje. No se trata ya de la simple búsqueda de tipismo y color local al punto decimonónico sino que hay un auténtico afán de sumergirse en la cultura popular, en la intrahistoria colectiva de su pueblo y rescatar los ecos del pasado.” (xxxvii). (…) “En su obra se da una mezcla muy personal de elementos heterogéneos, e incluso frecuentemente antagónicos, sin parangón en la narrativa española de posguerra. Así se yuxtaponen aspectos tan dispares como la descripción costumbrista y la reflexión metafísica, el tono lírico y humorístico, la memoria del pasado y la crónica del presente, la aflicción sentimental y la tendencia hacia lo grotesco, todos ellos a su vez en una rica mezcla de lenguaje popular y lenguaje educado, sin caer nunca en la vulgaridad ni en el pedante academicismo.” (xxxviii). La representación que García Pavón hace de la realidad española es de un realismo “sui generis”, como dice Salvador A. Oropesa U (2): “es de un realismo a ratos galdosiano a ratos con la belleza del realismo rural de Delibes y la brutalidad de Camilo José Cela, pero todo ello en un estilo personal que no es imitación directa de nadie. La percepción de la profundidad de los cambios es la que se encuentra en el Juan Marsé de Últimas tardes con Teresa. El cuidado estético de las novelas de García Pavón es por momentos exquisito, creando algo así como la agro-novela, en el sentido que se ha hablado de un agro-pop en música, por ejemplo. Es el ruralismo de Delibes sólo en parte, es más una estetización del slang rural y una crónica de testimonio antropológico de tradiciones seculares que se pierden y de nuevas tradiciones que se crean por el impacto de las nuevas tecnologías y el cambio a una agricultura industrializada. Serían los primeros cuadros de costumbres de la postmodernidad, por ejemplo, el culto a la cerveza de Plinio y don Lotario, especialmente en un pueblo vinatero. Plinio y Lotario son conscientes de que hasta cierto punto no existe la identidad cultural colectiva, o que ésta es una fantasía, que la sociedad española es plural. A ellos les gustan muchas cosas del pasado, pero del mismo modo aceptan las nuevas realidades culturales que van llegando a Tomelloso en particular y a España en general.”

En fin… Parece acertado determinar que las novelas de García Pavón representan la transición entre la modernidad, en este caso concretada en el género policíaco, y la tradición, reproducida en la realidad del agro manchego. Como asevera Colmeiro: “El misterio o caso policíaco es meramente el hilo central alrededor del cual se engarzan múltiples pequeñas historias y situaciones que constituyen la verdadera razón de ser de la obra. (…) Con esta fórmula García Pavón escribió ocho sólidas novelas de género1, algunas de ellas excepcionales. Lo que se consigue con este corpus es la creación de una auténtica novela policíaca española, autóctona y original, ya que no se trata ni de la novela sajona (Doyle o Christie) ni de la negra norteamericana (Chandler o Hammett), en todo caso el policía manchego se parecería más a la novela sociológica de Simenon (Ibid.” (pp. 152-153).

VALORACIÓN

Las hermanas coloradas es la única novela de la serie en la que la historia no tiene lugar en Tomelloso. En esta ocasión, Plinio y su Watson particular, don Lotario, son invitados a acudir a Madrid para investigar la desaparición de dos ancianitas de su mismo pueblo, dos mujeres casi anónimas, de costumbres regulares, muy metódicas y que siempre pasaban desapercibidas, que un día se esfumaron en la vorágine de la capital sin dejar pista alguna. En el curso de la investigación Plinio desvelará remotas historias de antiguos amores y frustraciones con el telón de fondo de la represión franquista. Plinio, este detective que rezuma raigambre manchega y castellana, de ademanes poco refinados, con acerbo propiamente aldeano, acaba descubriendo el escondite donde moraban las hermanas coloradas, y de paso rescata a un “topo” de la posguerra que vivía oculto en la misma vivienda que las ancianas. La novela nos habla de una España enmohecida y de un Madrid pueblerino y acartonado. Todos sus personajes rezuman a antiguo, están anquilosados en la burbuja putrefacta de la guerra civil. Y es que García Pavón nos quiere hablar de esto, y no tanto narrar una peripecia policíaca. De hecho éste es el verdadero propósito de todas sus novelas de la serie de Plinio. Y así lo admite en el Prólogo de Nuevas historias de Plinio, cuando dice: “Si yo tuviese talento para ello, me gustaría hacer de Plinio, no un exclusivo investigador de crímenes, robos y secuestros, sino de sucesos humanos no codificados, cuyo fruto, en lo bueno y en lo malo, conforma la convivencia humana…”

INTERVENCIONES

Jon Rosáenz :

En un pasaje de “Voces de Ruidera”, García Pavón pone en boca de Braulio ciertas ideas estéticas acerca del destino y la trascendencia de la obra de arte, sea ésta escrita, pintada o sonora, que pueden ayudarnos a entender su propósito al escribir esta obra. Dice así: “… Lo que los demás puedan pensar de nosotros después de la muerte importa tan poco como lo que pensaran antes de nacer. El verdadero valor de la obra de arte es para el propio creador, porque al releerse, mirar sus lienzos o escuchar sus músicas ve sus ideas y su sentir disfrazados, cosa que no podemos los que no trasladamos nuestras vivencias por el cable del pensamiento escrito, pintado o tocado. Todo se olvida menos los que “nos decimos por arte”. Pero el tiempo anula, y hasta nuestro cuerpo, como usted dice, se desmiente en cada jornada en su metamorfosis destructora, pero lo que se dijo, pintó o armonizó queda para el propio autor, que es el que importa…”. Y, a decir verdad, es esto lo que se desprende de las páginas de la novela: la sensación de que García Pavón se ha despechado a conciencia.

Carlos Fernández :

Esta obra es una auténtica sorpresa. Sorpresa, en primer lugar, por la excepcional maestría en el uso del lenguaje que hace García Pavón. Destaca sobre todo la riqueza del léxico que presenta. Es abrumadora. Utiliza vocablos ya casi olvidados, o palabras inventadas propias de una jerga, o se deforman las existentes para darles mayor expresividad, que en ningún caso produce sensación de pedantería y, en cambio, confiere al texto colorido y verosimilitud. Es un lenguaje sin figuras retóricas ni fulgurantes metáforas o una aturullante adjetivación, a través del cual García Pavón es capaz de expresar ideas muy profundas con suma sencillez. Valdrán estos dos ejemplos para ilustrarlo: “La vida en sociedad, en la sociedad que padecemos, es hierro, flojo, bajo, macho, duro, y a la postre todos quedamos forjados con iguales torceduras, como parejos esperpentos resignados y tristísimos” (p. 234), o cuando refiriéndose a la vida del pueblo dice: “Aquí he vivido frascado, casi sin accidentes, de quietud en quietud, sintiendo los días como una rueda de luces que ni pesa ni suena, todos los días la misma torre, el mismo poniente e igual música de saludos en cada esquina, todo quieto y lúcido; sólo la carne padece”. (p. 238). En segundo lugar, sorpresa por la propuesta del tema y su tratamiento: Llama la atención que este libro pasara la censura en 1970. Y es que el asunto de un republicano escondido durante treinta años, prácticamente sometido a los deseos libidinosos de una viuda de voluptuosidad rural, verdaderamente se las trae… Esto por un lado; y por otro, tampoco es baladí la descripción del personaje de Puchades ni el contenido de algunos comentarios sobre la guerra civil y los años posteriores a ésta que realiza García Pavón, los cuales parecen poner de manifiesto pocas simpatías del autor hacia el régimen vigente en aquellos años, por mucho que en la página 17 del Prólogo (3) se asegure que “...su obra no resultaba demasiado problemática, puesto que su crítica nunca es virulenta, más humanitaria que política, más comprensiva que combativa, más agridulce que ácida, y cuando hay queja, es más de lamentación que de denuncia”. Y sorpresa, en tercer lugar, por la presentación de Plinio, el jefe de policía de Tomelloso, un personaje ciertamente atípico en la literatura. Es habitual encontrar dos modelos de agentes: el duro y sagaz y siempre de vuelta de todo (p. e. Nick Charles en El hombre delgado de Dashiell Hammett) y el antihéroe aplastado bajo el peso de su terrible experiencia (p. e. Mike Hoolihan en Tren nocturno de Martin Amis). En contraste a ellos, aparece Plinio, un funcionario de la policía municipal de un pueblo de Castilla, puesto al que ha llegado con escaso mérito: “Manuel estuvo a punto de reengancharse en la mili para hacerse chusquero, pero al fin no se decidió. Lo de pasarse la vida poniendo quintos en fila no era su vocación. Volvió al pueblo con intención de irse a las viñas, estuvo un poco tiempo de bodeguero, pero al fin el alcalde Carretero le ofreció un puesto de guardia municipal.” (pág. 195) . Esposo y padre de familia en la que a menudo piensa con afecto, siente nostalgia de la placidez de la vida rural. Observador, intuitivo, sin mayor pretensión que vivir con la conciencia medianamente tranquila, nada ambicioso, conocedor de sus propias limitaciones y en general de su gente, humano, cercano y absolutamente entrañable, constituye eso que podríamos denominar la quintaesencia del español medio de la época. No es, ni mucho menos, un superpolicía, y a veces yerra en sus líneas de investigación, como ocurre en la reunión en que invita a todos a café para tomar sus huellas, tras lo cual reconoce no tener nada entre las manos, o con el hallazgo de las gemelas Peláez, las hermanas coloradas, que se produce como mezcla de una pista y de la casualidad. En definitiva, una persona corriente…

Miguel San José :

Las hermanas coloradas es memoria, es recuerdo de una España provinciana, que no pasa de ser un gran poblachón manchego, en la que los habitantes de los pueblos y ciudades eran personas, individuos con nombre y apellido, dirección, oficio y hábitos conocidos, y no mera gente, figuras sin rostro, vecinos anónimos o fantasmas que pululan por las calles. Es recuerdo de una España militarizada, que se refleja en los correajes de los uniformes de la policía o en el continuo saludo militar de los agentes a quien se tercie (por mucho que éste se haga “en flojo”). Es recuerdo de una España poco desarrollada, en la que los españoles viven una rutina diaria que navega en la precariedad económica y cultural, un día a día que tiene lugar en el ámbito reducido de los pueblos. Y es recuerdo de una España que va incorporándose poco a poco a los nuevos tiempos del progreso industrial, aparcando los carros y las mulas para sustituirlos por los tractores o los caballos y las calesas por el SEAT 600 (como es el caso de Lotario), esa España que se va preparando para el cambio que inevitablemente se produciría diez años más tarde de la publicación de la novela con el advenimiento de la democracia.

Roberto Sánchez :

Las hermanas coloradas es pura evocación. Sugiere el inmaculado cielo azul de La Mancha, ese azul de verano cegador; sugiere luz, sol, aroma a campos de trigo y a tierra caliente, olor a mies y a hierba seca, a sudor de faena de trillo; sugiere la humedad de los lagares, el tufo a hollejo, el aire impregnado de deje a vino y el misterio de las bodegas silenciosas y subterráneas; sugiere el olor a aceite caliente, a migas y manteca, a leña quemada y abrasa; y sugiere siesta, tranquilidad y paz.
Y sugiere todo esto, porque en realidad Las hermanas coloradas no es una novela esencialmente policíaca. La trama que en ella desarrolla García Pavón, aunque se enmarque dentro del género policíaco, significa más bien el armazón o la excusa en torno a la cual él participa al lector lo que en verdad le interesa, que no es sino hablar de sus reflexiones, de sus paisajes y vivencias, es el hilo conductor a lo largo del cual se van engarzando un sinfín de pequeñas historias que el autor cuenta, y que constituyen sin duda el auténtico valor de la obra. Prueba de ello, de la poca importancia de la peripecia policíaca es que, de hecho, la resolución del caso de las hermanas coloradas es de chirigota. Y todo porque Plinio, ese singular agente de policía”cachazudo” y tranquilote, por lo general, funciona y tira para adelante a pálpitos de intuición, y rara vez sigue un hilo deductivo. No hay método de investigación, sino más bien pesquisas a golpe de palo de ciego. Es como si García Pavón, toda vez que nos cuenta el entramado de historias que tiene en mente, decidiera cerrar el asunto policíaco sea como sea, incluso de una manera artificiosa o absurda.

Emilio Hidalgo :

Si hubiera que resumir el libro en una sola palabra, ésta sería “entrañable”. La novela apunta a policíaca, si bien está completamente impregnada de remembranzas y de nostalgia. Lo que podría considerarse como la parte policíaca es ciertamente original. García Pavón huye de todos los tópicos propios del género, desde la caracterización de los detectives, que no son ni héroes ni antihéroes sino personas normales y corrientes, gente sencilla, de pueblo, hasta la concepción del desarrollo de la investigación, la cual se lleva acabo sin la utilización de grandes medios, simplemente usando el ingenio y la lógica. Todo resulta natural y creíble. Así, los delitos que se producen no son truculentos, todo lo que ocurre le sucede a gente normal y siempre es fruto de la debilidad humana, que no de su maldad. García Pavón solía decir que la comisión de delitos generalmente estaba relacionada con la precariedad y la pobreza social y económica, no porque las personas que viven en precario o son pobres fueran malas “per se”, sino simplemente porque son más débiles.
La novela se cimenta sobre la vida de los personajes, los cuales están construídos, no con momentos o retazos vitales, sino con todo lo que han sido, de tal manera que, aun sin contarnos el autor nada de sus biografías, por cómo los presenta, por cómo hablan y se expresan, el lector llega a imaginárselos desde que nacieron hasta lo que han llegado a ser. Y es más, leyendo el tenor de sus conversaciones o el relato de sus vivencias comprende que García Pavón quiere ir mucho más allá de la propia desaparición de las hermanas Peláez y de la investigación policial de la misma, para ofrecerle su mundo particular, ese universo de experiencias y sentimientos siempre asequible y cotidiano. Todos los personajes son sublimes en su normalidad. Sus actitudes son contenidas, no hay aspavientos, no hacen grandes cosas, ni tampoco son sujetos de desmesuradas pasiones o sueños imposibles; son lo que suele denominarse el paradigma del españolito de a pie, el español corriente, en contraposición al prototipo del español épico. Incluso el desenlace de la obra es razonablemente comedido, produce una gran tristeza pero no es trágico. Aquí no ocurre lo que en tantas otras novelas en las que el dramatismo se anuncia desde el inicio, se va alimentando a lo largo de la narración de forma gratuíta y sin dar cabida a la esperanza, para finalmente eclosionar en una tragedia consabida. Muy al contrario, en la novela los hechos se producen de forma natural y acontecen tal y como son, sin alambicamientos ni magnificamientos, y con absoluto sentido del equilibrio.

(1) J. F. Colmeiro. “La novela policíaca española. Teoría e historia crítica”, ANTHROPOS, Barcelona, 1994.
(2) Salvádor A. oropesa. “Lorenzo Silva y su contextualización en la novela policíaca española, nº 22, Rev. ESPÉCULO, ucm.