Café Tomás

Tomás bajaba la calle principal del pueblo montado en su bicicleta. El suave desnivel de la vía le permitía circular sin dar pedales, lo que aprovechaba para mirar a un lado y a otro y saludar a todo aquel que se encontraba a su paso. Vestía la ropa de limpio, la de los fines de semana: una camisa azul de manga corta, un pantalón de tergal beige claro, que recogía por los repulgos con sendas pinzas para evitar que estos se engancharan a los piñones de la catalina o se ensuciaran con la grasa de la cadena, un cinturón negro de cuero y unos lustrosos zapatos de cordones a juego. Se le notaba contento, con esa dicha propia de la inocencia, con esa felicidad que se bosqueja en la sonrisa franca de quien tiene la conciencia tranquila. Cuatro jóvenes que holgazaneaban arrellanados en el ancho lomo del muro que cerraba la plazuela que albergaba algunos bares de la localidad lo observaban entre extrañados y curiosos. No era habitual verlo por allí, menos aún un viernes por la tarde y de aquella guisa. Tomás detuvo la marcha cuando llegó a su altura, aparcó la bicicleta apoyándola en la pared frontal de la taberna más próxima, junto a la puerta de entrada, liberó los bajos de las perneras y se acercó al grupo.

- ¡Cómo tú por aquí! –le saludó el que parecía ser el más dicharachero de la cuadrilla, un tipo alto, con el cabello retinto y el cutis mantecoso, que se llamaba Alejandro-.

Tomás no contestó, simplemente se encogió de hombros.

- Hoy vienes a arrasar,¿ eh? ¡Guapo guapo, todo enfardado, hecho un figurín! ¡Sí señor! –añadió en tono guasón otro muchacho de aspecto inquietante que lucía un enorme mostacho y una incipiente calvicie, de nombre Javier-.

- Si hasta trae impecable el velocípedo, sin barro ni pegotes de boñiga en las ruedas y con el arcón vacío –continuó la chanza un tercero, Pedro, un larguirucho enclenque, narigudo y con ojos de culebra, haciendo alusión a la aparatosa parrilla de la bicicleta en la que Tomás trasportaba a diario su muda de trabajo y algunos utensilios que usaba en el tajo de las obras de construcción en las que se empleaba-.

- ¡Seguro que es para pasear a Mariluz! ¿Verdad pillín? No sabes nada. Espero que traigas la cartera llena… Porque, si no, a ver cómo la camelas y consigues llevarte el gato al agua –indicó Alejandro.

- ¡Eso eso! Y de paso pagas unas cañas a tus compadres. Que ya te vale, te vas a podrir de dinero –remachó Javier-.

Tomás sintió una vaharada que le subió del estómago a la garganta y afloró en un intenso sofoco que prendió sus mejillas. Aguantaba como podía el chaparrón de bromas de aquellos insolentes que ni tan siquiera podía considerar sus amigos, ya que no pasaban de ser antiguos compañeros de la escuela, conocidos con los que compartir un rato en las contadas ocasiones que se dejaba caer por el pueblo. De todas formas, tampoco disponía de muchas más opciones. Si quería tener con quien hablar o relacionarse, no le quedaba otro remedio que soportar sin rechistar ni enfadarse el cachondeo que estos se traían a su cuenta. Indefectiblemente se mofaban de él con las mismas gracias: “Te vas a quedar tonto de tanto trabajar. Vive Tomás, vive, que se te está poniendo cara de ladrillo”, “¿Para qué están los amigos, eh Tomás? Para convidarles de vez en cuando, ¿no?; agarrado, que eres un agarrado, un tacaño de órdago”, “No te enteras Tomás, más de una docena de chavalas andan detrás de ti; comentan que eres todo un macho, un “bollito” desaprovechado que cualquiera de ellas mordería a gusto”, “Mariluz no hace otra cosa que preguntar por dónde andas”…, solían vacilarle. Él embuchaba esta retahíla de chanzas resignado y displicente, sabedor de que era el precio a abonar por su compañía. Eso sí, le costaba bastante seguir el guión de un sainete que se veía obligado a protagonizar cada vez que se reunía con quienes se decían sus colegas. Sobre todo, había algo que era superior a sus fuerzas, algo incontrolable, sobrenatural, que le hacía perder los papeles ante ellos y que, para su desgracia, les proporcionaba un inmejorable argumento en el que justificar sus burlas. Era escuchar el nombre de Mariluz. La mera alusión a ella desplegaba en su entraña las alas de cientos de mariposas de sangre, rojas, muy rojas, que volaban atropelladas en su interior hasta desvanecerse en la piel de su cara en un arrebol que lo delataba y le dejaba inerme y a merced de aquellos caraduras. Como en esa oportunidad, en la que se hallaba desvalido, nervioso y avergonzado, con el rostro como un pimiento morrón, a expensas de que por el momento dieran por concluida la zumba y cambiaran de tercio.

Lo hizo el joven que hasta entonces no había abierto la boca.

- Nada Tomás, a estos “tocabolas” no les hagas el menor caso. Son una panda de “listillos” que solo saben descojonarse de la gente. Tú, a lo tuyo. A estos payasos, que les den. Venga, vamos a pimplar unos tragos –dijo con voz amable y expresión cariñosa-.

Tomás agradeció sus palabras. Confiaba en quien las pronunció, uno de los contados convecinos que jamás le tomó el pelo y que siempre le demostró afecto y respeto. Por eso, se animó y, para regocijo de los presentes, propuso comenzar la visita a las tascas cercanas.

- Vamos, que invita Tomás –exclamó Pedro, al tiempo que todos se levantaban del muro entre carcajadas, gritos de “Viva Tomás” y el canto de “¡Cerveza de balde, cerveza de balde, Tomás para alcalde!”-.

Anochecía ya cuando concluían el recorrido por los bares entrando en el que regentaba Mariluz. Tomás se paró en el soportal de acceso al mismo. Se encontraba torpe y falto de reflejos, con la lengua apelmazada, la vista borrosa, el equilibrio basculante, el pensamiento incierto y el flujo verbal entrecortado. Era como si estuviera borracho; pero no podía ser tal, porque solo había ingerido café, café con hielo. Lo había descubierto esa tarde, por sugerencia de Javier, quien le aseguró que aquella poción era lo mejor para refrescar el gaznate y estar espabilado. Y era verdad, la bebida no estaba mal y se tomaba fácil y a gusto, si bien en él no había obrado el efecto pretendido y, lejos de estimularlo y renovarlo, lo había llevado a un preocupante estado de perplejidad. Al menos así se percibía, como un pelele descoyuntado. No sabía qué pensar. Quizá la causa de sus impresiones no fuera el café con hielo, sino la tensión que había sufrido sobrellevando el pitorreo que sus amigotes eventuales se habían gastado a lo largo de una hora y media de ronda o tal vez la agitación que le producía la inminente aparición de Mariluz, la estrella fugaz que titilaba en su imaginación todas las noches en los instantes previos al sueño, su diosa del amor de carne y hueso. Con todo, fuera como fuera, finalmente ingresó en el local.

Su irrupción fue apoteósica: justo cuando arrancó a andar, tropezó en el escalón que remataba el umbral y perdió la estabilidad. Entre tumbos y trompicones, terminó cayendo de bruces a los pies de Javier, que se desternillaba a placer, como el resto de los congregados. Tomás no dejó que nadie le ayudara a incorporarse. Lo consiguió a duras penas, valiéndose primero del estribo y luego de la barra del mostrador. Cuando se irguió, apoyó el dorso en esta e intentó rehacerse secándose el sudor de la frente con el pañuelo y cepillando la ropa con la mano para quitar el polvo adherido a ella en el batacazo.

- ¡Jodé Tomás! No hacía falta montar este espectáculo para llamar la atención de Mariluz –le recriminó socarrón Alejandro, apuntalando su puya con una sonora risotada.

Tomás se puso lívido. Jadeaba y juraba. Se abatía en la pesadumbre de un lamento íntimo y callado. Y detrás de los cristales de culo de botella de sus gafotas se apreciaba la mirada de sus ojos llorosos extraviada en el ventanal que adornaba esa parte de la estancia.

- ¿Todo bien, Tomás? –le preguntó Mariluz, mostrando interés por su estado-.

Tomás guardó silencio. Permaneció inmóvil, como si estuviera atornillado al suelo. Lo había paralizado la brisa fresca convertida en la voz melosa de Mariluz que le acababa de recorrer el hombro, el cogote y la cabeza.

- Bueno, bueno… no te hagas de rogar, que aquí tienes a Mariluz esperando a que pidas la vuelta. Mira, mira con que carita de enamorada te obsequia –le apremió Alejandro-.

- Sí, sí… No te cortes… Sigues estando todo chulo. Ni te has manchado ni nada. A tu lado, Cantinflas… un aprendiz –le espoleó Javier-.

“Mariluz”, “Mariluz”, “Mariluz” era el sonido del martilleo que percutía en sus sienes y que estaba a punto de volverlo loco. La sentía a sus espaldas, a un metro de distancia, cautivadora, inevitable e imperiosa, hasta el punto de que se impregnó del aroma de su perfume y del calor húmedo de su respiración cadenciosa. Comprendió enseguida que no había escapatoria: una de dos, o continuaba haciendo el ridículo o afrontaba la situación con prontitud y determinación. Y no titubeó: se giró bruscamente y se posicionó frente a ella. Allí estaba: espléndida y bellísima, exhibiendo su escultural cuerpo, insinuado bajo una inmaculada camisa rosa de bordados y unos ceñidos “blue jeans”.

- Tú dirás… -le incitó a hablar la mujer-.

Tomás, aturullado e incómodo, balbució el nombre de las consumiciones. Por supuesto, para él pidió un café con hielo.

- Ahí ahí, Tomás… Con un par… ¡Leña al mono con el café! –se regodeó Javier-.

Mariluz sirvió solícita la comanda y se fue a atender a otros clientes que la reclamaban en la otra punta de la barra. Tomás no pudo reprimirse y la contemplaba absorto, con la vista clavada en su trasero.

- Menudo culo, ¿eh Tomás? Vaya meneo que tiene, ¿eh? -le comentó morboso Pedro-.

Tomás se desentendió de él y atacó el café con hielo. Ya en el primer sorbetón advirtió algo extraño. Imaginó que tal vez no tuviera suficiente azúcar y volcó al vaso el resto que le quedaba en el sobrecillo. Removió el líquido negruzco y volvió a dar varios sorbos. Se amoscó. Aquello no sabía rico, era agua sucia con hielo. Esa tarde había tomado tres mejunjes como aquel y ni por asomo se asemejaban a lo que acababa de probar. ¿Qué estaba sucediendo? ¿El café no estaba en buenas condiciones? ¿Acaso Mariluz se había equivocado y le había sacado otra clase de café? Seguro que era algo de eso y no había que buscarle más explicaciones. Así que, ni corto ni perezoso, la llamó para aclarar el particular.

- Este café con hielo está malo –protestó lacónicamente-.

- ¿Qué le pasa al café? –preguntó Mariluz con un mohín de disgusto, poniéndose a la defensiva-.

- Que sabe amargo –le respondió, un tanto intimidado-.

- ¿Amargo? ¡Mira a este Don Vinagres! ¡No te fastidia, si va a resultar que mi café es una porquería!! Pues…, que lo sepas, hasta ahora nadie se ha quejado jamás. Pero nada, le pondremos otro café al boca fina de Tomás, a ver si así se queda conforme el señorito –respondió Mariluz visiblemente irritada y, altanera y despectiva, se dirigió hacia la cafetera-.

- ¡Hostia Tomás! ¡Lo tuyo tiene pelotas! La has cabreado de cojones. ¡Con la mala leche que le canta! Así vas a ligar tú… –exclamó Alejandro-.

Tomás se contuvo y no abrió la boca, no fuera a ser que Mariluz se enojara todavía más. Con los brazos cruzados sobre el mostrador, aguardó a que esta le pusiera un segundo café con hielo. No tardó en presentárselo.

- Ahí está: por un lado, el café solo y el sobre de azúcar; y por otro, el vaso lleno de cubitos… Para que los mezcles como te dé la gana y no me vengas a mí con tonterías –le despachó de mal talante-.

Tomás procedió a la operación del preparado del café con hielo y, cuando lo tuvo listo, le dio un buen trago. Le supo a rayos. Y barruntó que lo que estaba ocurriendo no era casual.

- ¡Este café es un matarratas! –voceó sin miramientos, absolutamente indignado ante la posibilidad de que entre todos le estuvieran triscando de aquella manera infame-.

Mariluz, que manipulaba la caja registradora, al oír semejante exabrupto, se revolvió como una víbora y se encaró con él. El asunto había llegado ya a unos límites intolerables. Una cosa era que siguiera el juego de la coquetería y la seducción con aquel idiota para divertirse a su costa, pero otra bien distinta era tener que comulgar con ruedas de molino y consentir que el estúpido que le desafiaba pusiera en tela de juicio el buen nombre de su negocio.

- ¡Habrase visto! ¿Qué pega tiene el café? –chilló y, con rabia incontenida, le arrebató el vaso de la mano.

Después de oler y probar el contenido del recipiente, en un impulso que pilló desprevenidos a todos, se lo arrojó a Tomás.

- ¡Imbécil! ¡Este café está perfecto! Si lo que vienes es a tocar las narices, ¡ya te estás largando! –le despidió con cajas destempladas-.

Tomás no reaccionó al principio. Varias hebras de café le serpenteaban por las orejas y por los cristales de las gafas. Unas morían goteando en el cuello de la camisa y otras discurrían por el mentón salpicándole la pechera. Dos cubitos de hielo que se le habían colado por la abertura de la botonadura y se deslizaron hasta su ombligo se le escurrían en la bragueta y parecía que se había meado encima. En aquellas circunstancias era incapaz de articular gesto o vocablo alguno. No entendía a qué obedecía la actitud de Mariluz, su violencia, su desprecio, su asco y, lo que era más lacerante aún, la vejación a la que le había sometido delante de los parroquianos de su establecimiento, que celebraban lo acontecido con aplausos y vítores a la responsable de su desgracia. Aunque poco a poco adquirió noción de la gravedad de los hechos y reconoció que la actitud de Mariluz era inadmisible. ¿Qué había hecho él para merecer aquel trato? Nada. Entonces, ¿a qué se debía aquella agresión a todas luces abusiva y gratuita? Ella sabría por qué se había cebado con él de esa manera; pero, por todos sus muertos, aquello no iba a acabar así. De modo que se armó de valor y, para sorpresa de los concurrentes, les deseó buenas noches, se encaminó hacia la salida y desapareció en la oscuridad.

El viernes siguiente volvió al pueblo. Tomás bajaba la calle principal montado en su bicicleta. A pesar de que el suave desnivel de la vía le permitía circular sin dar pedales, él los volteaba con energía para ganar velocidad. De vez en cuando miraba de soslayo a un lado y a otro. Vestía la ropa de trabajo: un niqui gris, unos pantalones de mahón, que embutía en unas botas de plataforma gruesa y con las punteras reforzadas con metal, y un chubasquero que le protegía del calabobos que arreciaba a esa hora. Iba tenso, con semblante serio, concentrado en la conducción, con las mandíbulas apretadas y la vista fija en la calzada y la rueda delantera. No se veía a nadie por los alrededores. Detuvo la marcha cuando llegó a la altura de la plazuela donde se ubicaban la mayoría de los bares de la localidad y aparcó la bicicleta apoyándola en la pared frontal de la primera taberna, junto a la puerta de entrada, cogió de la parrilla el macuto donde guardaba los trebejos de faena y se introdujo en ella. Estaba abarrotada, con las mesas llenas de personas ociosas que jugaban a las cartas o visionaban la tele y con el mostrador completamente ocupado. En una esquina distinguió las fisonomías de Alejandro y Javier, que se distraían en una partida de mus. Ellos no se percataron de su presencia y continuó el trayecto hacia la barra. En ese instante, dos señores de avanzada edad la abandonaron y pudo hacerse un hueco en ella. Sin demora, el camarero le ofreció sus servicios. Tomás le pidió un café con hielo, que este le sirvió con celeridad. No tuvo necesidad de paladearlo siquiera, porque al chupar la cucharilla con la que diluyó los azucarillos constató que el café tenía el mismo sabor que el que una semana atrás Mariluz le vertió a la cara.

- Esto no es café con hielo –se quejó sin alzar la voz-.

- ¿Cómo que no? –repuso el barman-.

- El que me sacaste el otro día sabía distinto –le reprochó sin acritud-.

- ¡Aaah! Ahora recuerdo… Te puse carajillo con hielo, que es lo que me pidieron tus amigos. Y eso fue lo que tomaste –precisó el tabernero-.

- ¡Me cago en Dios! ¿Qué bebida es esa? -le espetó receloso-.

- ¿No la conoces? Pues… café con alcohol. A ti te lo mojé con coñac –matizó el buen hombre-.

Aquella confesión lo aclaraba todo: su embriaguez, la diferencia de sabor de un café a otro e, incluso, el enfado mayúsculo de Mariluz que, probablemente, sería ajena a las maniobras maquinadas por los canallas que lo acompañaron el viernes anterior. Desentrañado el misterio, se hizo cargo de la encerrona que le organizaron esos miserables y, encendido de ira, dispuso saldar la afrenta que le habían infligido correspondiéndoles con la misma moneda.

- ¡Hijo putas, hijo putas! ¡Os voy a matar! ¡Babosas de mierda! Os voy a destripar –maldijo en alto, enajenado y colérico, embargado por una crisis de nervios que le produjo un temblor en los brazos y un ostensible castañeteo de dientes-.

- ¡Tomás, Tomás! ¿Estás enfermo? –se interesó descolocado el tasquero-.

- ¡No no! ¡Déjame! Esto no va contigo. ¡Hijos de puta! Eso es lo que son, unos hijos de puta. Pero se van a acordar de su puta madre. Tú ponme cuatro cafés con hielo –le demandó.

Su interlocutor no dio crédito a la petición. Lo miró boquiabierto y con los ojos como platos, pero no se movió de su sitio.

- ¡Ea, arráncate! ¡Me cago en Dios! Has oído perfectamente. Quiero cuatro cafés con hielo. Y no tengas cuidado, que unos perros que yo me sé darán cuenta de ellos –insistió expeditivo, dando un golpe con el puño en el mostrador-.

Tres minutos más tarde tenía delante los cafés solicitados. Pero para asombro del camarero no degustó ninguno. Tomás se agachó, se descalzó, extrajo del morral una piqueta y unas zapatillas deportivas que se puso inmediatamente, cogió las botas sucias y malolientes y vació en ellas los cafés con hielo. A continuación, las sujetó con el índice y el pulgar de la mano izquierda y con la otra empuñó la picocha y enfiló hacia la mesa donde se hallaban Alejandro y Javier.

- ¡Hijos de perra! ¡Me la vais a pagar! No sois más que un par de gusanos de mierda. Ahí tenéis, sanquijuelas, café Tomás… –les provocó, poniéndoles en los morros los improvisados cuencos-.

Los aludidos, estupefactos, tragaron saliva con dificultad. El hedor que desprendían las mugrientas botas era nauseabundo, de una fetidez inefable, e instintivamente se echaron hacia atrás.

- ¿Qué, no os gusta? ¡Pues… os vais a joder, putos gorrones! ¡Bebed ese café o, si no, os parto en dos el cráneo, basura con patas! –les amenazó enarbolando la herramienta-.

El rictus acerado de sus facciones, la tensión de sus músculos y la regurgitación de baba que expelía por las comisuras de los labios manifestaban inequívocamente que no se trataba de una bravata y los concernidos tomaron en sus manos sendas botas y, entre bascas, espasmos y sacudidas de vómito, comenzaron a deglutir el repugnante cóctel. Javier no resistió y devolvió dentro del calzado. Alejandro, por su parte, se retorcía en medio de arcadas y convulsiones.

- ¡Hasta la última gota! ¡Potar hasta la última gota, cabrones! ¿no sois vosotros los amos de la chunga? Pues hala… A seguir pasándolo de puta madre –les amedrentó cascándole a Javier en la cabeza con el mango del picachón-.

Cuando concluyeron la ingesta, hasta la pizca final, extenuados, con los rostros desencajados, descarnados en un llanto mudo y conscientes del pozo ignominioso al que les había precipitado Tomás, después de engullir no pocos sapos de denigración, ambos sufrieron un vahído y se derrumbaron sobre el tapete de naipes. Nadie osó ni a chistar. Tomás, que era el blanco de todas las miradas, recogió sus bártulos, esbozó una sonrisa de compromiso y, engallado, salió del lugar.

 Nicolás Zimarro