El café de una vida

Soy taxidermista pero no uno cualquiera, en mi ciudad soy considerado como un profesional de élite, soy la primera elección de mis conciudadanos para emparedar un singularis tras una montera de alcurnia. Cuando quieren tronear su salón con la cabeza de un animal respetable recurren a mi persona y a mi oficio y eso debo reconocer que me enorgullece. Pero todo cambió aquella tarde, para nada aciaga sino acaso promisoria.
- ¿Dígame caballero en qué puedo servirle?
- Pues siéndole sincero agradecería me sirviera un café cortado al uso tradicional pero con leche fría. Sabe usted los brebajes atufados nunca han sido de mi satisfacción.
- No hace falta que se justifique caballero, resulta sencillo compartir el placer por la temperatura corporal en un verano tan denso como el que estamos sufriendo.
- Y que usted lo diga que hasta las honestas tareas laborales acaban por resultar indeseables.
Sirve el café con el mimo indispensable.
- Permítame la impertinencia, caballero, ¿no suele usted frecuentar este local o mi memoria no es tan feraz como yo tengo a gala?
- No se sienta descortés señorita que su pregunta resulta pertinente. Es cierto que no está esta cafetería elegante por demás entre los establecimientos que frecuento, siendo sincero debo confesar que he modificado mi rutina vespertina por motivos que le juro desconozco. Dejé mi domicilio tras la pausa para el almuerzo con la íntima pretensión de tomar el mismo itinerario de todos los días y detenerme a tomar café en la cafetería en la que lo venía haciendo en los últimos años sin desmerecer a esta que por lo que puedo apreciar merecería haberla incluido en mis hábitos. Pero por razones que ni yo mismo soy capaz de percibir he cambiado de ruta y de expendeduría de café.
- ¿Acaso una afección inesperada o un despiste ajeno?
- No lo creo pero en cualquier caso debo alegrarme por haber conocido este local tan inesperado como exquisito y porque no decirlo una camarera gentil y dispuesta.
Se disculpa y se dispone a servir cafés e infusiones a un grupo de funcionarios de aduanas. Regresa presta y sonriente.
- Debo agradecer a ese grupo ruidoso y persistente que me requiriera para ocultar mi rubor por su galantería.
- No lo es señorita, sino sinceridad debida.
- Pues vaya lo uno por lo otro, debo confesar que me impresionó sobremanera el tono de su voz al solicitarme el café pero más aun con que confianza me rogó que la leche estuviera fría, que pronunciación mas varonil.
- Reconozco que entre los compañeros taxidermistas tengo el honor de ser considerado como el de poseer mejor entonación para pedir café. Permítame esa inmodestia. Déjeme que compense gentileza con gentileza tiene usted unos labios que me recuerdan a la melaza de mi abuela y en cuanto a sus ojos no se me ocurre nada ahora pero a poco que me permita fijarme en ellos durante algunos minutos sin tacharme de indiscreto estoy seguro que podre loarlas como a fuerza se merecen.
- Caballero es usted desconcertantemente encantador y no puedo sino atreverme a preguntarle su nombre y coordenadas, llegado a este punto. Y no me considere por ello desvergonzada.
- Nada más lejos de mi intención, señorita. Mi nombre es Federico soy taxidermista como le dije y habito un pequeño apartamento en la calle del Olmo número siete bis que ruego considere su casa a partir de ahora.
- Y yo que se lo agradezco, caballero. Déjeme que corresponda a su sinceridad con la mía, me llamo Consuelo, no hace falta que le diga a que dedico mi jornada laboral y creo poseer uno de los mejores puntos de cruz de la ciudad. Resido temporalmente en una modesta pensión de la calle del Oso diecinueve provisional.
- Rebasada la frontera de lo correcto, permítame que le pregunte a qué hora termina su turno de hoy.
- Me sería muy fácil satisfacer su pretensión si no fuera porque no salgo con hombres que solo persiguen mis favores.
- No es ese mi caso señorita, se lo juro y para que sirva de salvoconducto me comprometo a cualquier extremo…
- Solo el matrimonio me satisfaría.
- Pues siento ser descortés pero eso va a ser imposible, señorita.
- ¿Por qué?
- Porque ya estoy casado y creo que felizmente.
- Pues me ha chafado caballero si me permite la simpleza.
Cafés y tortitas a unas damas de beneficencia le retienen inoportunamente.
- Señorita Consuelo, he estado meditando sobre nuestro..digamos..conflicto estos minutos en que usted ha estado ocupado y creo tener la solución al dilema.
- Revélemela que no quepo en mi.
- Comparta con nosotros, con mi señora y yo quiero decir, nuestro modesto pisito.
- Usted cree que a sus señora no le resultaré un inconveniente.
- Creo no tomarme excesiva libertad si digo que no, más bien lo contrario. Me gusta presumir de una esposa más que prudente.
- Me llena de una alegría inmensa eso que me dice, Don Federico. No podría estarlo más.
- Excelente, certifiquemos este….contrato con una primera cita inmediata. Le esperaré sino tiene inconveniente esta misma tarde al final de su turno en la puerta de la cafetería y nos tomaremos un mantecado en el Real. ¿le gustan los helados?
- Me chiflan y perdone la grosería Don Federico. ¿Le parece bien a las ocho?
- Será a las ocho Consuelo. ¿Me permite llamarla así?
- Por favor hágalo.

Pasaron varias dulces semanas entre mantecados y sonrisas y ahora Consuelo vive con nosotros en la calle del Olmo, en el pasillo, donde duerme la siesta y todo.

 Joseba Molinero