Lascia la spina, cogli la rosa

Lascia la Spina,
Cogli la rosa,
Tu vai cercando,
Il tuo dolor.

G.F. Händel

 

La voz del castrato Balatri volaba sobre su cabeza; le golpeaba con la soberbia nitidez que él nunca pudo alcanzar; conseguía que sus hombros se elevaran y su cuello se encogiera vencidos por la humillación. En realidad no la oía; detrás de su frente bullían la ira y la vergüenza, en sus oídos no bailaban las palabras de cristal del cantante sino los gemidos de las damas que se retorcían las manos a su alrededor, las toses quebradas por deseos inconfesables de algunos de los caballeros que las acompañaban. Hinchó el pecho con todo aquel aire cargado de deseo y admiración, lo sazonó de envidia y entonces él también suspiró cuando el corpiño comenzó a herirle la carne.
Miró de soslayo a su acompañante, Don Álvaro; admiró por unos instantes su perfil poderoso y no se sorprendió por el brillo de las lágrimas en sus ojos. En ellos nunca había visto la pasión obscena que tantas veces padeció en las miradas y en las manos de su tutor; el hombre que se sentaba a su lado temblaba solo por la hermosura de aquella mágica garganta, no por la ambigua belleza del cantante que esa noche a todos convertía en sus esclavos. Incluso a él, que sólo debería tener razones para odiar a aquel que ya triunfaba con los versos finales del “Lascia la spina, cogli la rosa”. Unas filas más tras una voz de hombre irrumpió, salvaje y grasienta, entre los aplausos: “Evviva il cotellino”, repitió varias veces, y con cada una volvió a sentir el filo del pequeño cuchillo penetrando en su carne dormida por el opio, sajando su futuro; la sangre bulló de nuevo entre sus piernas, asomó delante de su pecho formando esotéricos laberintos en el agua tibia de la bañera en la que le habían sumergido. Cerró los ojos y reprimió el llanto, el recuerdo del dolor que durante las semanas siguientes estuvo latiendo bajo los apósitos que cubrían el destino que su tutor había decidido para él, un destino que acabó en el albañal donde se levantaba la casa de Maese Molineri, el barbero que le había arrebatado todo a cambio del fracaso. Al final, una sola lágrima resbaló por su mejilla, lo hizo aprisa, como si quisiera huir y ocultar así los reproches de que iba cargada porque el fracaso le dolió más que la pérdida de su condición de hombre.
Don Álvaro le tomó la mano y se la besó. Sus ojos, aún vidriosos, se pasearon por los suyos y persiguieron la lágrima que ya alcanzaba el inicio del cuello. Los labios de él se abrieron y bebieron sin saberlo la frustración que estaba a punto de evaporarse sobre aquella piel blanca y delicada. En ellos vibró un mudo, te amo. Después, ambos se pusieron en pie para otorgar su tributo al dios que se paseaba triunfante por el escenario, a aquel ser poderoso, incompleto, y a pesar de ello, perfecto, dueño del don que a él le había sido negado.
Las lágrimas por fin se liberaron y resbalaron hasta sus labios, rabiosas y derrotadas a un tiempo, amargas e hinchadas de asco y desprecio por el hombre que le había transformado en lo que era. Don Álvaro se inclinó hacia él y con delicadeza empapó su pañuelo en lo que pensó que era simple emoción. No quiso mirarle, no quiso enfrentar el sentimiento que ascendía desde lo más profundo de sus pupilas. Cambió el peso de una pierna a la otra sin pensarlo, sin haber pretendido acercarse al ardor de aquel hombre que extendía el brazo por detrás de su espalda y se engarzaba en su talle, sin el deseo de provocar esos dedos que tamborileaban inquietos sobre su corsé. Esa tibieza no le incomodó, sin embargo; por un momento creyó que sería posible si no el amor, sí el cariño; si no la pasión, sí la placidez entre los brazos del caballero que se apretaba contra su cadera. Inclinó la cabeza y buscó con su mano la pierna de él, rozó la seda de sus calzones, apenas la insinuación de una caricia. Su otra mano se la llevó al pecho y los dedos juguetearon con las piedras del collar que esa misma noche le había regalado. Un humor negro y destructivo oscureció su sonrisa cuando se imaginó desnudo delante del espejo, los diamantes resplandeciendo sobre su piel lampiña, sus destellos resbalando por su vientre plano y enroscándose en torno a sus delgadas caderas, azotándole las nalgas duras y jóvenes, tropezándose con la sorpresa que lo destruiría todo.
Las manos expertas de los lacayos amortiguaron la oscilante luz de los candelabros de la sala; la música y la voz de Balatri regresaban. En la penumbra naciente los labios de Don Álvaro se aproximaron a su hombro desnudo, lo rozaron apenas, ascendieron hasta sus mejillas como un sabueso a punto de abalanzarse sobre los suyos. Abrió la boca y permitió que la lengua del hombre le penetrara por primera vez. El aliento le olía a mandarinas, la piel a cuero y almizcle con un punto de mar. Cerró los ojos porque no quería que la calidez que se extendía por su vientre se helara con el recuerdo de su tutor. La boca de su antiguo dueño no era como la que ahora se apretaba contra la suya; en sus besos cargados de saliva nadaban las espinas de alguna flor pestilente; sus manos ávidas eran puñales que violentaron su cuerpo durante muchas noches; su sexo, un dolor duro y babeante que se introducía en su carne hasta extinguirse en obscenidades que nunca lo abandonaron del todo. Había sido su dueño desde que sus padres lo vendieran a cambio de humo, el humo en que se había desvanecido la promesa de su voz. Él no pudo convertirse en un dios, pero su cuerpo, su belleza, acabó compensando las pocas monedas que había pagado por él. Lo vistió de niña, después de mujer, lo presentó como su sobrina y durante años la piel áspera y el sudor de viejo no lograron oscurecer la suya, joven y hermosa.
El caballero le acarició la nuca y entonces él enrojeció ante la sorpresa que crecía bajo las capas de seda su sus enaguas. Bajó la mirada, asustado por la vida que nacía allí donde siempre pensó que no habitaba más que el vacío de una vida hueca. Ahora, el vacío se hinchaba de gozo y algo parecido a la felicidad aleteó en torno a su cintura. Por eso mismo, por ese leve atisbo de esperanza que se había permitido, el dolor que le rasgó el vientre fue mucho más terrible. Se imaginó la escena que sucedería esa misma noche, poco después de que el prolongado melisma que ahora le erizaba el vello sucumbiera al estruendo de los vítores. Volvió a llorar sin saber qué tanto había en sus sollozos de anhelo por el placer carnal que jamás había conocido, de emoción ante la música y de miedo. Quizá lo mejor fuese que su pretendiente descubriera el secreto, la mentira con la que su dueño le había vestido; morir por aquellas manos, atravesado por su daga en un intento de lavar con sangre la vergüenza y el agravio a su orgullo castellano. Acaso la muerte fuera preferible a los prostíbulos en los que sabía sería bien recibido; incluso las babas y el semen de decenas de desconocidos serían mejores que acabar en los coros de mendigos, fracasados como él, torturando con sus voces quemadas los oídos de los ciudadanos de Nápoles. Esa noche, al menos durante unos minutos, los que las manos suaves del hombre que tenía a su lado tardaran en librar su cuerpo de lazos, gasas y envolturas, al menos durante esos instantes los leves roces de sus dedos le harían sentirse amado por una vez. Después, cuando esos mismos dedos tropezaran con la espina de la verdad, todo acabaría por fin y ya sólo restaría un suspiro antes de coger la rosa que su amante le haría crecer en el pecho.

 Roberto Sánchez