El desfile

- Desde aquí se ve muy bien el desfile nocturno. En pocos minutos aparecerá, creo que lo encabeza el mismísimo Mickey Mouse con una chaqueta iluminada. Es espectacular, le va a gustar.
Resultaba amable ese jovenzuelo, empalagosamente amable como todos aquí, sin embargo la chaqueta le quedaba insospechadamente grande, como aquellas del listo de los Tonetti del Circo Atlas. A Julio le pirraban los payasos, sobre todos los de la cara blanca. Los tontos le sacaban de quicio, decía. Y también Mickey. Yo le echaba en cara que Donald era mucho más franco y divertido, el ratón me parece sibilino, ambiguo incluso falso, con aquella vocecita inocente y esa sensatez impropia de un ratón animado. Donald fanfarrón, juerguista, irónico pero franco y campechano… ¡dónde vas a parar! Bien pensado Julio también era un poco como Mickey, interesado. Cuando montamos el negocio de clínicas dentales, lo pensé y hasta me dieron ganas de llamar al abogado aquel grasiento y decirle que rompiera los papeles pero Julio se mostraba tan brillante en todo lo que hacía, habilidoso y discreto que me dejé llevar. Nos conocimos bíblicamente hablando durante el bachiller. Le llamaban “el muerto”, pálido, alto e inexpresivo. Yo tampoco era muy popular, la verdad, bajito y con sobresalientes, ya se sabe, “cara buñuelo” me coreaban cuando no había balón para entretenerse. La vida y los patios se encargaron de asociarnos, amigos nos considerábamos en la intimidad. Inseparables en clase, inseparables los fines de semana. Julio fantaseaba con la dependencia de un anciano y su cachaba, el uno sin la otra cae y la otra no existiría, así era Julio imaginativo… Creo que yo era consciente que aquello acaparaba más sociedad que sentimiento, pero preferí ignorarlo. Siempre he sido vago para los sentimientos. Mi abuela sostenía que hay dos tipos de personas, los que se preocupan de las cosas y los que se preocupan de las gentes, yo creo que soy de los primeros. Mi abuela que pertenecía al segundo grupo era muy lista y todo lo que decía rezumaba sentido. Volvíamos de un viaje de esos de veranito, un periplo por el levante para ver playas y chicas imposibles. Llegamos a casa pronto y preferí apurar el tiempo junto a Julio, lo pasaba bien con él o eso creía entonces y desde que dejé los coches y los indios, en casa me aburría soberanamente. Julio lucía ya coche, su padre no conducía, estaba muy gordo para hacerlo en condiciones -no le gustaba, mentía- y el automóvil familiar lo acaparaba él, único con permiso. Fuimos a su casa, siempre me acercaba a la mía antes y allí dejamos pasar el tiempo delante del televisor hasta que empezó a anochecer y le pedí que me acercara. Se negó. Ya me lo había advertido, alegó. Lo olvidé pronto, por mi culpa, ya se sabe…Meses después me facturó unas vueltas que di en aquel Talbot enorme en concepto –textualmente- de consumo de gasolina y gastos de mantenimiento. “En una autoescuela te hubiera salido el doble”, canturreó según se embolsaba los billetes que confuso le había entregado. Sin estridencias y sin pausa fuimos distanciándonos, hasta casi desaparecer. Me sorprendió que me llamara años después. Acababa de terminar mis estudios de economía y me propuso lo de las clínicas dentales, así en plural. No abundaban en aquella época y lo tenía bien estudiado. “Nos vamos a forrar. Yo como sabes ya soy dentista y tu economista, una pareja perfecta”, decía y como siempre acertó. Nunca supe a ciencia cierta por qué me eligió a mi.
Ya se aproxima la caravana, efectivamente como dijo el Tonetti el ratón encabeza el tropel y le han pertrechado con una americana iluminada como un belén. Me recuerda a un cantante de Eurovisión, uno belga que quedó ultimo y que loaba a su madre en francés. A Julio le hubiera gustado esté alarde lasvegasiano con el ratón a la cabeza, resulta más vistoso que interesante. El dinero nos llegaba a raudales. El grasiento no daba abasto para blanquearlo, compraba pisos, planes de pensiones, cuentas en no sé qué paraíso fiscal y algunas maniobras que preferí ignorar. Mi mujer se hinchó como un pavo y en silencio reclamaba mas, como una cría en plumón. Y yo que nunca supe negarme le pasaba la vez al grasiento. Se hizo bola y transcurrieron años, casi una década, sin desearlo, sin descanso. Julio mantenía las formas conmigo, el se ocupaba de llamarme, de organizar reuniones de trabajo, sociales, familiares y desparramar una cordialidad exagerada, casi televisiva.
Por ahí viene Baloo, me gustaba el oso feliz, me relajaba y enternecía al mismo tiempo. Su busca lo más vital ha acabado por convertirse por motivos obvios en mi axioma vital. Así todo lleno de luces, subido a una carroza y bailando un foxtrot no parece que busque nada vital. Pobrecito mi oso amoroso…Debo reconocer que Julio se portó muy bien conmigo. Le invité a que se instalara en mi casa y no lo dudo. No tenia cargas familiares y la empresa avanzaba sola sin necesidad de ojos que engorden caballos. No me sorprendió que se acabara casando con mi mujer que no soportaba las incomodidades ni los contratiempos en los que yo me había convertido. Mi vida se derrumbó en pocos meses de los que esta vez sí fui totalmente consciente. El viaje a Paris (que casualidad, Paris otra vez), el divorcio, mis hijos que ni si quiera me llamaron, la ruptura de la sociedad de las clínicas dentales (al parecer el grasiento había incluido una clausula en el acta de fundación donde daba poderes a Julio para tomar un decisión terminal y ejecutarla unilateralmente). Me pasaron una generosa jubilación, me retiraron e incapacitaron. Lo cierto es que me dolió mas el dinero de las clases del Talbot que todo esto con la que cerraba mi vida digamos social… Parece que ya se acaba esto, Minie la concubina sosa del ratón me saluda compadeciéndose…Ya oigo al Tonetti acercarse.

- Espectacular y emocionante a la vez, ¿verdad?...Déjeme que le limpie esta babilla que le moja la barbilla seguro que de la emoción…Le llevo a la cama o prefiere ver alguna película en el salón común. Creo que hoy toca El Libro de la Selva.

Joseba  Molinero