Un fin del mundo

El fin del mundo llegó a la vida de Samuel de puntillas, leve como un parpadeo. Todo estaba orden y un instante más tarde su vida había terminado. Poco tiempo después supo que solo hay un fin del mundo para cada persona, solo uno.
¿Cuánto tiempo había dedicado a preparar la fiesta? Durante las semanas que estuvo ocupado en ello creyó que demasiado. No tenía ninguna ilusión, no desde que Lourdes se fue para siempre. Prefería no pensar en las razones que le movían a hacerlo, es posible que no hubiese ninguna. En realidad todo le daba lo mismo. La ocasión señalada para la celebración giraba alrededor de su nueva vivienda, un chalet con piscina en la exclusiva urbanización Monteverde, a las afueras de Torrelodones. Casi mil metros cuadrados de tranquilidad dentro de un pequeño bosque donde los árboles dibujaban una perfecta barrera frente los vecinos más próximos y a la no muy lejana carretera de La Coruña. La idea había sido de ella, Lourdes la había modelado, había decidido el menú de la cena, las bebidas, la música y por supuesto, los invitados. Unas semanas más tarde se saltó un stop y nunca más volvió a verla. No, seis meses no podían ser tiempo suficiente para olvidarla, para renacer. Su muerte había sido el fin del mundo de Samuel, de su vida, del futuro.
Se lo debía, le empujaban sus amigos y familiares, pero no era así. Él no le debía nada a nadie, a ella tampoco porque ya no estaba, no existía. Lourdes se había convertido en el vacío más absoluto, en una sima repleta de negrura en la que él se había zambullido con la única esperanza de ahogarse. Pero después de un tiempo en que no fue capaz de ir más allá de llenarse el estómago de pastillas y el cerebro de estupor, empezó a salir de la fosa, mejor dicho, la oscuridad comenzó a rechazarle como la carne expulsa a la astilla que la lacera. La muerte es exclusiva y no acepta a cualquiera en su regazo. Se lo debía, le repetían con el ánimo de ayudarle y no se daban cuenta de que él prefería acabar de ahogarse. Se forzó a llamar a sus amigos, a proponerles fechas, a componer tablas con el objetivo de que todos pudieran coincidir como a ella le hubiese gustado. Entre la niebla de fármacos que día a día se iba disolviendo, Samuel se daba cuenta de que en verdad muy pocos de ellos tenían algún deseo de compartir su tiempo con él, con la muerte de Lourdes, con su tristeza, una tristeza a la que de alguna manera se había vuelto adicto.
Durante toda la tarde el tiempo fue agradable, una temperatura suave matizada por una brisa lenta que invitaba a tumbarse en el cesped del jardín y pastorear nubes en el cielo. Es lo que hicieron algunos de los invitados mientras se envolvían en conversaciones tranquilas e insustanciales. En la gran sala, sentado en su sillón, Samuel hacía girar los hielos de su copa de whisky acunado por el murmullo de la conversación de las amigas de Lourdes. Todos respetaban su silencio, su melancolía. Las horas fluían como un río ancho y cansado hacia la noche. Le hubiera gustado retirarse a su alcoba y acostarse bajo las sábanas de su desconsuelo, dormir y olvidarse de todo aquello durante unas horas que en el sueño podrían ser toda una vida.
Nunca supo si los destellos que iluminaron sus párpados se originaron en su somnolencia o en el cielo oscuro de la noche. Cuando abrió los ojos, las estrellas ocupaban el firmamento. Solo si miraba hacia el sur, hacia la capital, el refulgir de sus luces apagaba el brillo azulado de las sombras. Aspiró profundo el olor del cesped, del aire limpio, del silencio que lo envolvía todo. El silencio. Agitó la muñeca y consultó el reloj; eran poco más de las diez. Sin moverse volvió a cerrar los ojos tratando de hallar las voces de los amigos, el tintineo de las copas, el atenuado rumor del tráfico en la autovía. ¿Se habían ido y le habían dejado a solas con su pesar? No se estaba comportando como un buen anfitrión. Se levantó y encendió las luces del jardín y de la sala. Durante un buen rato permaneció congelado observando la estampa a su alrededor. Sobre la hierba, recostados en las hamacas, con las cabezas apoyadas en los respaldos de los sofás, todos parecían dormir un sueño quizá demasiado plácido. Agitó hombros, abofeteó mejillas, vertió cubos de agua sobre cabezas, tomó el pulso en muñecas y cuellos, inspeccionó pupilas, pinchó con agujas brazos que no sangraban. Estaban muertos, se dijo con una calma estúpida que solo presagiaba la necesidad de una dosis masiva de orfidales. Volvió a inundarse los pulmones de aire, pero en esta ocasión solo olía a muerte si es que la muerte tiene un olor especial. Pensó en bebidas adulteradas, en comida en mal estado, en un rayo, en una guerra bacteriológica, en el fin del mundo. El fin del mundo, claro, tenía que ser eso, se rió, y él continuaba vivo porque ya le había correspondido su ración seis meses antes.
Los doce estaban muertos. Joder, él era médico, tenía que saberlo. Sin embargo había bebido y comido lo mismo que ellos. Quizá el cóctel de medicamentos que aún corría por su interior le había inmunizado frente a lo que fuese que había matado a sus amigos. Aferró el auricular del teléfono y marcó el 112. Primero unos tonos, después un mensaje grabado, ahora no podemos atenderle, después un pitido de línea interrumpida. Y así una vez y otra. Se había producido algún tipo de emergencia, debía ser eso. Conectó la televisión y un ruido blanco y enfermizo invadió la habitación. Los juegos de sombras que arrojaba el televisor dibujaron muecas inquietantes sobre los rostros de los cadáveres de sus amigos. Samuel salió al sendero y corrió a través del bosquecillo hasta la casa vecina. Mientras trotaba, masticó dos tranquilizantes. ¿Cómo se llamaba él? Mario, gritó. ¿Y ella? No se acordaba, mierda. Daba lo mismo. Avanzó hasta la entrada y empujó la puerta. Allí estaban los dos, caídos en sobre la alfombra. Muertos. También muertos. Los árboles, los árboles mataban a los humanos, eso lo había visto en una película americana hacía poco, cuando Lourdes aún vivía. Una risa histérica que solo era señal de su inminente pérdida de control pugnaba por reventar su garganta. Masticó otro orfidal.
Fue directamente a la cochera y se sentó al volante de su automóvil. Condujo a toda velocidad hacia el pueblo, en el cuartel de la Guardia Civil sabrían lo que estaba sucediendo. Esa idea se le fue pronto de la cabeza. En la estrecha carretera que conducía hasta allí, uno de los vehículos de la policía aparecía volcado sobre la cuneta aún con las luces encendidas. No se detuvo, sabía lo que iba a encontrar en su interior. Aceleró y atravesó el núcleo urbano. Tenía que conducir hasta Madrid, hasta el hospital. Necesitarían su ayuda. Antes de llegar a Moncloa la carretera bordeaba el complejo presidencial. Se volvió a reír, seguro que allí sí sabían lo que sucedía, o al menos estarían a salvo. Maldito humor negro, pensó al segundo siguiente mientras esquivaba con un volantazo a otro coche atravesado en el carril de acceso a la autovía.
A medida que avanzaba tuvo que circular más despacio; a pocos kilómetros de la capital la aglomeración de coches estrellados taponaba todos los carriles. La imagen de Madrid al fondo tampoco era una invitación a continuar el camino. Negras nubes de humo crecían hacia el cielo en diferentes puntos del horizonte impulsados por fantásticos incendios. El fuego era lo único vivo. Tomó la primera salida y se dirigió hacia el Palacio de la Moncloa; la idea era absurda, pero tenía que confirmar si todo aquello era en verdad el fin del mundo. Las verjas de acceso estaban abiertas y en el camino que se adentraba en los jardines pudo ver un coche detenido; en la garita de la entrada varios cuerpos uniformados se intuían a través de los cristales blindados. Inmóviles como todo excepto el fuego, el humo y el viento que le acercaba el rugido de las llamas en la ciudad.
Samuel se permitió conducir hasta la misma puerta del palacio, la que siempre aparecía en los noticiarios; se apeó del vehículo y subió las escaleras. No sonó ninguna alarma, nadie trató de detenerle. Durante un rato deambuló por los salones desiertos y silenciosos hasta que llegó a una doble puerta entornada. Allí, derrumbado sobre la mesa, con la mejilla aplastada sobre unos papeles llenos de notas, el Presidente del Gobierno miraba con ojos opacos el cuadro de Goya que colgaba de la pared. En la mano aún sujetaba un teléfono móvil. Samuel se lo arrancó de entre los dedos y se lo llevó al oído; solo se escuchaba el pitido indiferente de una comunicación interrumpida. Buscó en la agenda del aparato y llamó a varios dirigentes europeos siempre con idéntico resultado, una señal de llamada que se detenia siempre al cabo de unos tonos. Después unos chasquidos y la misma voz cada vez informando de la obviedad de la incomunicación. Siguió recorriendo la lista y llamó a varios presidentes americanos; quizá al otro lado del mar algo fuese diferente, pero el resultado no varió. El mundo se había transformado en un pitido electrónico mudo e indiferente. Se sentó en un butacón, el mismo en que el Presidente recibía a sus invitados. Se fijó en el brazo del mueble, en la imperfección del desgaste de su tapizado, en una pequeña mancha de color marrón en su borde, en un roce blanquecino en la tarima del suelo. Quiso llorar, creyó que debería lamentarse por aquella catástrofe, pero le resultó imposible. Acaso estuviera en estado de shock, o se hubiese tomado demasiados tranquilizantes. Tal vez, sencillamente, le daba lo mismo. Sí, todo aquello parecía el fin del mundo; la sensación no era nueva para él. Echó un último vistazo al cadáver presidencial y regresó al exterior. El incongruente sonido de un avión le llenó la cabeza; con la misma indiferencia que había dejado solo para siempre al gobernante, contempló cómo pasaba por encima el aparato y se precipitaba en la hoguera que bullía en el centro de Madrid. El estruendo de la explosión le atravesó como un fantasma, frío y trágico.
Era la hora de volver, no tenía sentido ir más allá. Condujo despacio hacia Torrelodones; de vez en cuando miraba por el retrovisor las negras columnas de humo que extendían sus dedos hacia el cielo, como si quisieran arrebatarle las almas que ahora debían estar vagando por allí.
Las llamas tremolaban en la oscuridad, la retenían sobre la tierra con zarpazos histéricos, como si necesitaran de ella, de su negrura para sobrevivir. Se detuvo en el arcén cuando las manos comenzaron a temblarle tanto que ya apenas conseguía sujetar el volante. Apoyó la cabeza en el respaldo y de un golpe arrancó el espejo retrovisor. Todos muertos, todos muertos menos él, entonaban sus labios como un mantra, palabras que poco a poco fueron vaciando su cerebro y calmándolo aunque una minúscula luz en algún lugar de su interior se negara a aceptar que hubiese nada de apaciguador en tal idea. Más bien al contrario, quizá simplemente se estaba volviendo loco. Se palpó el bolsillo de la chaqueta y halló otro tranquilizante. ¿Cuántos se había tomdo ya?
¿Por qué él no estaba también muerto? Esta nueva oración sustituyó a la anterior, una secuencia lógica que servía de rúbrica a la constatación del final de todo. Nunca había sido creyente, pero aquello debía ser la prueba incuestionable de la existencia de Dios, ¿no era así? Un Dios salvaje y cruel. No, no era cierto. El final había sido plácido para todos, para todos menos para él, solo con él se estaba comportando como un ser de una maldad repugnante. Desde que murió Lourdes, él también había estado muerto, su alma lo había estado; entonces, ¿por qué lo había abandonado en aquel mundo de fuego y oscuridad?
Sus amigos continuaban inmóviles, mirando con ojos fijos las nubes negras que llegaban arrastradas por el viento, sus rostros pálidos, sus muecas finales comenzaban a cubrirse de cenizas. Revolvió en los cajones de la mesilla y volvió a salir al jardín. Hacía unos meses, el primer fin del mundo lo había sorprendido en forma de vehículo de la Guardia Civil avisándole de la muerte de su esposa. Ahora había tomado la forma de una cara tiznada de hollines entre los árboles. No aguardaría más, él mismo iría al encuentro de su particular fin del mundo. Se palpó los bolsillos para asegurarse de que tenía consigo todo lo necesario. Decidió caminar. A pesar de la ceniza aquel amanecer resultaba agradable. El cementerio donde estaba enterrada Lourdes no se encontraba muy lejos, le forzaría la mano al mismo Dios allí, recostado sobre la tumba de ella. Uno a uno fue masticando todos los somníferos y tranquilizantes que había podido encontrar en espera de la somnolencia que sería el preludio del final. Cuando tragó la última píldora, se miró incrédulo las manos vacías. En vez de la muerte lo que asomaba entre los cipreses era el amanecer, una nueva mañana después del fin del mundo, un día paradójico que no tenía razón de existir. Como él. Sin embargo seguía vivo, absurdamente vivo. Levantó el rostro hacia el cielo, hacia el ceniza negra que llovía sobre él y dejó que lo cubriera.

 Roberto Sánchez