Como una lágrima en el café

Miró la coronilla del último cliente que acababa de entrar en el cine; cada día eran menos. La película llevaba una semana en la cartelera y esa noche había vendido apenas una docena de butacas. A pesar de todo la última sesión era la que tenía más afluencia, siempre solitarios, de vez en cuando alguna pareja madura, casi nunca gente joven. Esos no vienen a cines de barrio como éste, pensó. A algunos clientes los conocía desde hacía años, la saludaban por su nombre y le pedían opinión sobre la obra que proyectaban; no eran muchos, esa era la verdad. A la mayoría les bastaba con un gruñido a modo de saludo y después una única palabra, y a veces ni eso; bastaba con el dedo índice extendido, tan solitario como su dueño. Una entrada. Una.
A pesar de su mutismo, de su casi mala educación, sentía ternura por esos individuos que venían al cine sin compañía, seguramente para no tener que soportar el silencio de sus hogares. Les comprendía porque a ella le sucedía lo mismo. En ocasiones trataba de adivinar sus historias en sus miradas esquivas, en las comisuras de unos labios deformados en la mueca de un payaso triste, en las arrugas de eterna sorpresa cinceladas en frentes más o menos despejadas. También los puños de sus camisas le hablaban cuando la mano se extendía para pagar y recoger la entrada. Puños desgastados, puños sucios, puños sin abotonar, puños almidonados, y muy de tarde en tarde, puños con gemelos. Sí, los entendía muy bien porque cada uno construía la rutina que mejor le permitía huir de la propia amargura. Dos horas de evasión, dos horas de libertad a cambio de unas pocas monedas.
Esa noche, cuando comenzó la última sesión, cerró la ventanilla y apagó la luz del pequeño recinto donde había pasado la tarde. Le dio las buenas noches a José, el acomodador, y se sumergió en la oscuridad de la sala. Se hundió en una butaca cerca de la puerta y se olvidó de lo que ya no le aguardaba en casa. Las voces graves, pausadas y serenas de William Hurt y Harvey Keitel se enredan con las volutas de humo que salen de entre sus labios. Cada poco, un sorbo de café oscuro ahoga el gris de sus frases. Ambos fuman, beben y charlan sentados a la mesa de una cocina mientras hojean un álbum de fotos. Harvey vive solo, con una afición cuyo resultado muestra orgulloso a su amigo. Harvey es propietario de un estanco y cada mañana a la misma hora coloca su cámara delante de la puerta del local y captura el instante. Le enseña las fotografías a Hurt, le explica cómo muchas caras se repiten todos los días, con diferentes expresiones a partir de las cuales Harvey arma en su cabeza las historias de las vidas de sus propietarios. Como hacía ella misma cuando se fijaba en los puños de las camisas y en las manos que recogían las entradas. Las manos, los dedos, cómo se movían sobre la pulida madera para atrapar su pase al olvido le contaban más de aquellas personas que sus rostros. Unos se posaban con suavidad, otros pellizcaban, los más rascaban y pataleaban nerviosos y apresurados hasta que atrapaban el cartoncillo. Solo algunos rozaban sus dedos, acaso con intención, no sabría decirlo. Él era alto, de pelo rubio que comenzaba a encanecer, atractivo a su manera aunque triste, tanto que es como si un halo oscuro opacara su belleza. Él sí solía rozarle los dedos, pero nunca la miraba; le murmuraba un gracias y se fundía con la negrura de la sala. Ella sabía dónde se sentaba, siempre lo hacía en el mismo sitio. Muchas noches había estado tentada de hacerlo a su lado y saludarle, entablar una breve conversación antes de que la proyección se iniciase. Nada tenía que perder, pero era consciente de que se sentiría ridícula. Julián le hubiese dicho que eran los resabios de su moral de colegio de monjas. Pero Julián ya no estaba y aquel hombre sí. Y los dos estaban solos. Ella, al menos, sí. Y sí, él se parecía a William Hurt, su gesto de pena y dolor cuando Harvey pasa una nueva página de su álbum los convierte casi en gemelos. Esa era la parte de la película que más le gustaba. Solo por ese ceño fruncido, esos ojos entrecerrados de dolor, solo por la furtiva lágrima que cae dentro de la taza de café merecía la pena ver aquella obra una y otra vez. Las ondas en el café le hacían pensar en lo de siempre, en el gesto banal que cambiaba una vida; en una mañana, en un beso algo más largo de lo habitual; en un tren perdido… Cuando las lágrimas empañaban las gafas del actor, ella también lloraba. Entendía el dolor que debía sentir. En una de las fotografías que le muestra su amigo acaba de ver a su esposa. Comprueba la fecha, es la del día que la mató una bala perdida en un atraco; él se había despedido de ella unos minutos antes y nunca más la volvió a ver. Y en ese momento mágico la recupera, un instante, un fragmento de vida, su melena agitada, la mirada sorprendida hacia el objetivo de la cámara, una leve sonrisa en sus labios, su propio beso aún en ellos. Camina ajena a la muerte que la aguarda unos metros más allá, a esa gota que amarga un café para siempre. El fotógrafo no comprende las lágrimas de su amigo —ellos se conocieron después de la tragedia—, y se queda desconcertado en su pequeña cocina cuando Hurt lo abandona sin explicarle nada. Entendía su dolor porque una mañana también ella se despidió de Julián y cuando lo volvió a ver apenas fue capaz de reconocerlo. Aquellos ojos desconcertados, aquellos labios fruncidos en una mueca de asco eterno, aquel cuerpo roto ya no eran él. En su caso fue una bomba, pero ya qué más daba. A ella también se le nublaba la vista con su dolor. Con eso le bastaba, en ese punto de la película siempre se aferraba a su bolso, se ponía en pie, se alisaba la falda y abandonaba el cine. En las calles oscuras, solo el sonido de sus tacones la acompañaría. Sin embargo, esa noche decidió quedarse hasta el final. Había creído ver unos hombros agitándose varias filas más allá, escuchar unos sollozos, y pensó que le gustaría sentarse al lado del hombre triste y ver cómo sus lágrimas caían en una taza de café.

 

Roberto Sánchez