El silencio de la caracola

El sol languidecía. Segmentado en un semicírculo por la línea del horizonte, declinante ya, proyectaba un haz de luz sobre la superficie de la mar. Y el resplandeciente azul celeste que había iluminado la tarde se difuminaba en un lienzo de tonalidad violácea salpicado por cúmulos rubescentes. En la lejanía se divisaban algunas barquitas diseminadas en las aguas, inmóviles en sus posiciones, como chinchetas de colores clavadas a una lámina recubierta con papel arrugado de celofán verde oscuro.

Renata observaba la mar en calma, el flujo irregular de las olas que alcanzaban agonizantes la playa, los destellos argentinos que delataban el leve y casi imperceptible movimiento de las aguas y las barquitas en su quietud. Estaba sentada en el banco corrido de piedra que remataba el cabo del rompeolas. Llevaba allí bastante tiempo, vigilante, ansiosa por apreciar en la divisoria de la mar y el cielo la silueta de la barca de su abuelo que venía de vuelta al hogar surcando el listón dorado que nacía en el poniente y se quebraba en el arenal. En su regazo guardaba una caracola de gran tamaño, blanca y lustrosa, que un día, hacía ya mucho tiempo, le regaló el abuelo.

- Para ti, Renatita –dijo-. ¿Ves esta caracola? Es mágica. Escucha, escucha –añadió, acercando la pieza a la oreja de la niña-, ¿no oyes el sonido de las olas? Pues, cuando esté en la mar y quieras enviarme un beso, deposítalo en el fondo del vientre de la caracola, y las olas me lo traerán.

El abuelo era un pescador impenitente. Todos los días, cuando despuntaba el alba, acudía al embarcadero a poner a punto su barca, el utillaje para la navegación y los aparejos de pescar. Se entretenía en esta tarea durante una hora más o menos, tras la cual se hacía a la mar. Aquel viernes no fue una excepción. Las mujeres que reparaban las redes en un almacén a pie de puerto y las que limpiaban las lonjas destinadas a la venta de pescado - ya sin género para esas horas- fueron testigos de la partida. La mañana era brumosa y el ambiente ingrato. La mar rizada picaba en olas de marea creciente y no invitaba a salir a faenar. Era un presagio de la tormenta que se desencadenaría al mediodía y sorprendería a la gente lugareña y visitante del pueblo costero; pero el abuelo no pareció darle importancia, y las trabajadoras del puerto vieron cómo su barca abandonaba la rada y desaparecía en la calígine.

Los minutos discurrían presurosos. Renata, un tanto intranquila, avizoraba el confín marino, ahora de pie y apoyando los brazos en la barandilla de protección del espigón. Sostenía la caracola con ambas manos. La mar, más allá de donde abarcaba la claridad que producían las farolas del puerto, se extendía en una inescrutable oscuridad. Solo a lo lejos, muy lejos, la luz tenue del último rayo solar esbozaba el límite entre las sombras que la ocultaban y las tinieblas que borraban el cielo. Las barcas que hasta hacía un rato adornaban la faz marina se habían convertido en parejas de puntos de luces rojas y verdes que titilaban y se desplazaban acercándose poco a poco al abra.

- Venga, venga, abuelo, date prisa, que es muy tarde -le animaba hablando a la boca de la caracola-.

En ningún momento había distinguido su barca, pero en su ingenuidad presumía que algunas de aquellas luces debían ser las de la embarcación que aguardaba ansiosa.

Las dos primeras en arribar avanzaron por delante del rompeolas y se dirigieron a la ensenada que escoltaba el puerto. Ni una ni otra era la que esperaba, y se desilusionó.

- Abueeelooo. Abueeelooo -le llamó a través de la caracola, como si le alentara a dar señales de vida, y luego pegó la concha a la oreja para oír su respuesta, si bien lo único que escuchó fue el eco cadencioso de un oleaje remoto que no supo cómo interpretar-.

Una tercera txalupa se aproximó al dique. Renata aguzó la vista, y cuando la tuvo más cerca, se percató de que no conocía a quien la gobernaba.

- Abuelo, ¿dónde estás?, ¿dónde estás? -se quejó desesperada por el repetido fracaso, al tiempo que abocaba de nuevo la caracola a la oreja, comprobando que emitía la misma eufonía del flujo de las olas de antes-.

Le resultaba incomprensible que aún no hubiera regresado. Nunca se había retrasado tanto. Y eso que ya había ido a su encuentro docenas de veces.

Sí, el verano anterior adquirió la costumbre de ir a saludar al abuelo a su paso por el morro del malecón. Ver la llegada a puerto de su barca le producía una extraordinaria emoción e inmensa alegría, sentimientos que compartía también el abuelo, que no disimulaba su felicidad al advertir su presencia en el rompeolas. “¡Abueeelo! ¡Abueeelo!” le solía gritar Renata, loca de contenta. Y este le correspondía levantando el brazo izquierdo y haciendo sonar una ruidosa bocina.

Siempre iba sola a la cita. Su madre la cuidaba desde el balcón de la vivienda familiar de veraneo, que se ubicaba en el paseo del puerto a unos pocos metros de donde ella se hallaba y a la que rretornaba bajo su atenta mirada una vez que tenía lugar la reunión. Pero aquella tarde todo era extraño. Se había hecho de noche y el abuelo no aparecía. Jamás había ocurrido. Tampoco le cuadraba que, para la hora que era, su madre no hubiera ido a buscarla; aunque en esto se equivocaba, porque se encontraba a poca distancia del banco corrido donde ella se desmoronaba por instantes.

No se había ocupado de ella hasta entonces debido a que tuvo que permanecer en casa aguardando noticias de la cofradía de pescadores. A eso de las siete de la tarde le informaron de que habían avistado la barca del abuelo a la deriva, volcada panza arriba. Fue la tripulación de los botes que acababan de entrar a puerto quien confirmó los peores augurios. Después de mucho trabajo y no menos esfuerzo habían conseguido reflotar la barca siniestrada. No localizaron al abuelo y lo dieron por desaparecido. Según manifestaron, lo tragó la mar, esa mar que él tanto amaba, esa mar que llovía sal y caricias de espuma, esa mar que a veces se encrespaba colérica y que trágicamente se había arbolado en olas gigantescas impulsadas por la furia del viento que propició la tempestad desatada en las horas centrales del día.

Su madre se le arrimó, sorprendiéndola.

- ¡Renata! ¡Vámonos, cariño! -le requirió-.

- ¿Y el abuelo? -preguntó angustiada la niña-.

No va a venir -le respondió sin poder contener las lágrimas-.

Renata, al verla, sintió que el mundo se le caía encima y la abrazó por la cintura. Apoyó la cara en su vientre, cerró los ojos, agarró con fuerza la caracola y lloró a moco tendido. Su madre le acariciaba el cabello.

- Preciosa, no, no. Tú no… -acertó a decir entre sollozos-.

Renata permaneció callada, inundándose en su llanto. Su madre le pasó el brazo por el hombro y ambas se encaminaron a casa. inconscientemente adosó la caracola a la oreja. No percibió sonido alguno en su interior. Y el silencio de la caracola la desoló.

Madre e hija llegaron exánimes al portal. Y al franquear la puerta oyeron cómo en el campanario de la iglesia las campanas tocaban a muerto.

Nicolás Zimarro