C.A.F.E.

El Piyayo, Cary Grant y Javi Métal se despertaron simultáneamente aunque, en realidad, no habían estado durmiendo. Tras oir el pasador del cerrojo de la puerta de la mazmorra, donde el General les había encerrado, habían caído en trance de forma repentina, algo parecido a un estado de coma que comienza y termina abruptamente, sin causa aparente.

Javi Métal consultó su chirimbolo informático esmorfon y dijo:

- Es casi mediodía del jueves. Hemos estado sin sentido un día entero.

Mientras tanto, el Piyayo se había acercado a la puerta y había comprobado que no era posible abrirla desde dentro por lo que le contestó desesperanzado:

- ... Y estaremos aquí mucho más tiempo si no encontramos la manera de abrir esta puerta.

Cary Grant había aprovechado para para encender un cigarrillo y echarle un vistazo a su móvil.

- Pues no podemos llamar al 112. Aquí no hay cobertura.

El chavalote se acercó a la puerta, sacó del bolsillo de la pernera derecha un trozo de plastilina naranja, envuelta en un plástico para conservar alimentos, arrancó un pedacito y lo amasó, pegándolo contra la puerta, a la altura del cerrojo, y se guardó el resto en la pernera. Acto seguido sacó una USB de la relojera del pantalón, oprimió en ella un pequeño interruptor, que iluminó un LED azul Bilbao y la clavó en la plastilina. Se dió la vuelta y abrió los brazos, llevándose a los otros dos, que lo habían estado observando en silencio, hasta el extremo opuesto de la celda. Allí tomó su esmorfon y marcó un número de teléfono. A la segunda llamada el LED comenzó a parpadear e inmediatamente se produjo una explosión que abrió un boquete en la puerta, allí donde había pegado la plastilina. Sonrió beatíficamente, se dirigió a la puerta, introduciendo el brazo por el agujero, abrió la puerta y se justificó.

- ¿A qué viene esa cara? Todo el mundo lleva un poco de SEMTEX encima para evitarse problemas ¿no?

El Piyayo sonrió y le dió una palmada en las espaldotas, diciendo:

- No, hijo, todo el mundo no lo lleva, pero tu no pierdas esta costumbre.

Y, seguido por sus colegas, se dirigió a la escalera.

El Piyayo y su cuadrilla no tardaron en llegar a Hortaleza. Cary Grant, aparcó su Mercedes frente a la parroquia de San Marín de Porres y todos bajaron del coche, rodeando la iglesia, moderna de los años 60 y planta rectangular, para entrar en la sacristía.

Javi Metal estaba un poco mustio, ya que Yusuf le había robado el coche, pero no preocupado puesto que tenía instalado un localizador GPS que le había permitido comprobar que lo había aparcado frente a la tienda esotérica. En cualquier caso, hubiera preferido ir a recogerlo, pero entendía que la situación era grave y que debía presentarse, junto con sus camaradas, a Don Teodosio para informarle de la deriva que habían tomado los acontecimientos.

Le encontraron en su despachito del registro, compulsando una fe de bautismo.

Era casi un anciano, pero al verle con la sotana de invierno y el alzacuellos; los puños de la camisa doblados hacia atras y sujetos con gemelos de laca negra; la calva reluciente, con el pelo de la nuca cortado a cepillo; la nariz enorme, soportando unas gafitas doradas, muy poco masculinas, y la barbilla levantada, como si aún tirara de ella, hacia arriba, el barboquejo legionario, daba la impresión de conservaba toda la fuerza de la madurez.

El párroco dejó a un lado el documento y se quitó la gafas, dirigiéndose al Piyayo:

- ¿Como ha ido todo?

El hombrecillo arrugó la boca en una sonrisa sin dientes y respondió, dubitativo:

- Regular. El moro resucitó a la momia pero ... nos dejó encerrados y... no sabemos en que ha parado el asunto.

El sacerdote juntó los dedos de sus manos, apoyándolas sobre el escritorio y se humedeció los labios con la lengua, haciendo un ruidillo de insatisfacción.

- Ya me lo imaginaba. Durante todo la mañana se han oído noticias de extrañas apariciones en Palacio, en Capitanía y otros lugares... pero todo sigue igual... Era una apuesta arriesgada, por no decir una locura opuesta a la doctrina de la Santa Madre Iglesia y por ello hemos mantenido abierta una segunda línea de actuación menos esotérica y más científica ...

Don Teodosio se levantó y se colocó en el costado derecho de la mesa, oprimiendo un pulsador que se hallaba oculto bajo el tablero, para ver como una sección del suelo se introducía en la pared, dejando al descubierto una escalera que bajaba a la cripta de la iglesia.

El cura bajó las escaleras, seguido por sus tres acólitos hasta llegar al nivel inferior para avanzar por un corredor de paredes de hormigón que acababa en una sala amplia donde una docena de personas trabajaban en un laboratorio farmaceutico. El sacerdote se acercó a una mujer de mediana edad, alta y con formas neumáticas que a duras penas hallaban acomodo en una bata demasiado corta, a la que saludó con confianza y simpatía.

- Buenos días Doctora Threshold. Estos son los amigos de los que le hablé y que traen pésimas noticias sobre el resultado de la acción correctiva iniciada esta semana. Por tanto será necesario poner en marcha su línea de trabajo cuanto antes.

Con una ligera pausa se dirigió al Piyayo.

- La Doctora Threshold es una científica de primer nivel y, aunque británica, una católica a ultranza. Está comisionada por el Santo Oficio para la realización de exorcismos por vía bacteriológica y ha desarrollado la herramienta alternativa para reconducir la situación en este desdichado país. Ella les explicará en qué consiste el proyecto y como deben actuar.

El Piyayo estrechó la mano de la doctora tímidamente, Cary Grant le dirigó una inclinación de cabeza y Javi Metal procedió a un escáner completo de su fisonomía:

- Melena rubia cortada a flequillo, ojos verde hierba guarnecidos por unas finas patas de gallo, nariz estrecha y ligeramente aquilina, cuello largo con dos incipientes arrugas transversales, busto talla 105 que ofrecía la mitad de su volumen en el escote de la bata, sujetador de blonda blanca entre el primer y segundo botón de la bata, un vientre firme y blanco como una tabla de lavar entre los dos siguientes; tanga, a juego con el sujetador, entre el quinto y el sexto; y muslos de marmol entre los faldones de la bata.

La Doctora Threshold le sacó de su hipnósis con un mohín de las patas de gallo y comenzó su exposición con un ligero acento inglés:

- Hemos desarrollado una nueva cepa del rinovirus mediante la implantación en su ARN de una molécula de ARN mensajero que actúa sobre el ADN del huesped transformándolo física y mentalmente en un miembro de la F.E.T. y de las JONS. El proceso es sencillo, ya que toda la población ha almacenado en su cerebro el modelo que se desea obtener. El nuevo virus, al que hemos llamado C.A.F.E, actúa rápidamente en el individuo infectado modificando sus pensamientos y opiniones y sin ningún efecto secundario, salvo un dramático cambio de apariencia, por otra parte, muy adecuado a sus nuevas convicciones. El C.A.F.E se transmite desde los individuos infectados a través de gotas en aerosol, que son emitidas por la tos, los estornudos o en la simple conversación. Obviamente, aquellos que tenemos unas férreas convicciones nacionalcatólicas estamos inmunizados, por ello les hemos preparado unos esprais para que difundan la epidemia, digo la buena nueva con total comodidad.

Uno a uno, fué entregándoles los aerosoles, que los tres hombres cogieron con curiosidad, manifestada por Javi Métal:

- ¿Y qué tenemos que hacer con esto? Señora.

La Doctora Threshold se acercó al joven y le dijo, dúlcemente:

- Solo tienes que rociar a la persona que desees como si fuese un insecticida y esperar un momento. Es instantáneo... como el NESCAFÉ. Y llámame Beg, cariño.

Don Teodosio carraspeó, quién sabe si incómodo o celoso, y apremió a la cuadrilla para que comenzara su faena.

- Bueno, bueno, ya sabeis como se usa. Acordaos del dicho de Queipo y “Dadles C.A.F.E., mucho C.A.F.E”.

El Piyayo y su cuadrilla salieron por el corredor, volviéndose únicamente Jávi Métal para recibir un guiño de la pícara Doctora Threshold.

Ya en la calle, Cary Grant se dirigió a sus camaradas.

- ¿Por donde empezamos?

El Piyayo sonrió con todos sus dientes y señalando a una pareja que hacía botellón en los jardines de la iglesia dijo.

- ¿Qué os parece si probamos con esos? Si funciona con ellos, el resto será coser y cantar.

Eran dos poligoneros: él con camiseta ROTTWEILER, pantalón de chándal y deportivas con muelles, con el pelo cortado como los iroqueses y una verruga metálica sobre el labio derecho; ella con camiseta de tirantes todo pecho con el móvil en el sujetador y pantalones de campana y el pelo supernegro recogido con un moño Winehouse que mostraba sus superzarillos.

Cuando el Piyayo se acercó a ellos, el chuntero le espetó.

- “Acho calvo dame unoj euroj pa tabaco”

Por toda respuesta, el Piyayo le dió una rociado de C.A.F.E., lo que produjo el enfado del joven:

- “Que te reviento toa la cara, payaso”.

Y poco más, puesto que inmediatamente comenzó a sufrir convulsiones y súbitos cambios tanto en su físico como en su apariencia: reestructuración del peinado, desaparición de la verruga metálica, transformación del chandal en pantalón de golf y de la camiseta en una planchadísima camisa de algodón abrochada hasta el cuello, incluso las deportivas se convirtieron en unos zapatos de cuero (sí, sí de cuero marrón) con cordones.

Tras un momento de estupor, el muchacho se dirigió al Piyayo.

- ¿En qué puedo ayudarle? Señor.

Esto produjo una reacción histérica de la choni que le espetó:

- “Me vaj a comé la pipa der coño, Jonathan”

Jonathan la dirigió una mirada despectiva y estornudó con fuerza sobre ella que chilló.

- “¿A que me cagon tu parer calvo?”

Seguido de un alarido de profundo terror y las mismas convulsiones y transformaciones que había sufrido su amigo, que dieron lugar a una muchachita con una trenza, rebeca de hilo y una faldita plisada que, sosteniendo una hucha con la forma de la cabeza de un negrito, se dirigía sonriente al Piyayo.

- ¿Nos da una limosna para el DOMUND? Señor.

El Piyayo metió un euro a la hucha con una sonrisa de infinita satisfacción y se dirigió junto a sus compañeros a la estación de Hortaleza con destino a la Puerta del Sol.

 

 Miguel San José