El corralín de Botín

En los viejos tiempos, durante las noches de primavera las inquietudes y los pesares de la vida diaria se disolvían en los relatos de las aventuras de los héroes de antaño, proporcionando una paz interior a las gentes sencillas que los escuchaban, que les permitía dormir plácidamente y despertarse felices tras soñarse protagonistas de aquellas maravillosas hazañas.

En estos tiempos nuevos, durante las noches de primavera las gentes sencillas se sumergen en la búsqueda de amistades virtuales en las redes sociales, enviando mensajes instantáneos de texto con guasa y sin gracia, llenando el hiperespacio de aburrimiento. Lector, abandona tu red social y sal de tu habitación, ve a la sala y descubre que tienes padres, hermanos, esposa, hijos... todos reales.

Don Euristeo gobernaba el Valle con mano firme, esperando a diario una llamada desde el Consejo Nacional del Movimiento. Una llamada que le sacaría del Valle y le llevaría a una capital de provincia para hacerse cargo de un gobierno civil o, mejor aún, a Madrid para una secretaría en un ministerio. Por esta razón, siempre cogía el teléfono tras superar un ligero azoramiento y carraspear un par de veces para aclararse la voz.

Aquél martes de primavera, la primera llamada del día se produjo casi inmediatamente después de que llegara a su despacho en el ayuntamiento, por lo que se dijo que esta debería ser la llamada definitiva, por lo que se azoró, carraspeó y levantó el auricular, respondiendo al teléfono con voz firme, pero dulce:

- ¡Diga!

En un instante, la expresión de Don Euristeo mostró una enorme sorpresa y se levantó de su asiento con el auricular en la mano.

- ¡Don Emilio! ¿Qué puedo hacer por Ud.?

Don Euristeo permaneció unos segundos de pié y, ya más tranquilo, volvió a sentarse, mientras asentía con la cabeza, tomaba notas en su agenda y alternaba preguntas y explicaciones.

- En su finca de Puente... ¿Mañana?... Entonces debe hacerse hoy mismo... El transporte puede ser un problema si se desea comenzar inmediatamente... Eso sería fabuloso... Entonces esperamos el coche en media hora... No se preocupe... y, por favor, transmítale mi más cordial saludo a Dª Ana... ¡Es un placer! ¡Adios, buenos días!

Don Euristeo colgó el teléfono. Reflexionó durante un minuto y llamó a voces:

- ¡Merino, que venga el de Cos!

Poco después, Casimiro se encontraba frente al escritorio de Don Euristeo quien, recostado hacia atrás, y juntando las manos por la yemas de los dedos, le explicaba:

- Tengo un nuevo trabajo para tí. Un trabajo más modesto que los demás, pero importantísimo para demostrar que tu adhesión al Movimiento es verdadera. He recibido una petición de una persona importantísima, alguien que puede hacer que tu vida y la mía cambien radicalmente... tanto para bien como para mal.

Casimiro, pensó que lo peor de su situación era atender a las arengas de D. Euristeo, que eran, entre las muchas que había soportado, las más aburridas de todas. Afortunadamente, hoy parecía tener prisa y fue al grano:

- Tienes que limpiar el corral de D. Emilio, el banquero, en su finca de Puente.

Casimiro puso cara de fastido y pensó.

- Lo que me faltaba. Me paso el día entre la “moñiga” de mis vacas y ahora tengo que retirar la de otro. En fin, por lo menos es algo sencillo. No necesitaban a nadie especial.

D. Euristeo sonrió maliciosamente , escrutando la expresión de Casimiro.

- No te fíes. Hay mucha mierda y tienes que hacerlo hoy mismo. Te está esperando el chofer de D. Emilio para que empieces inmediatamente.

Casimiro salió mascullando.

- ¡Joder que prisas!

Y encontró aparcado un SEAT 1400 negro, reluciente de chapa y cromados, a cuyo volante estaba un chófer con traje cruzado azul, camisa blanca, corbata negra y gorra de plato, que se quitó cuando abrió la puerta trasera para que entrara al coche.

Casimiro, le ignoró y se sentó en el asiento del copiloto diciéndole:

- Mariconadas: las justas. Vamos.

El chofer ocupó su lugar y arrancó el haiga dirigiéndole a la salida de pueblo, mientras Casimiro le daba convesación.

- ¿Como te llamas?

- Crisógono.

- ¡Ya!, de Valdeprado.

- Sí, de Aroco, ¿cómo lo sabes?

Casimiro se rió un poquito y dijo, de carrerilla.

- “Los de Aroco: poco”. Todos los de ese valle teneis nombres muy raros.

Crisógono se relajó y explicó, locuaz:

- Tenemos la costumbre de poner a los hijos el santo del día y no el más común. Aunque ahora se está perdiendo esa tradición, pues cuando casas te con una mujer de fuera del valle prefiere nombres más populares, ya sabes: José Antonio, Francisco, Pelayo... ¡imagínate!.

Crisogono acabó de liar un cigarrillo de caldo y se lo acercó al chófer para que le pasara la lengua, cosa que Crisógono hizo con su mano derecha, sacando, después, un ZIPPO del bolsillo de la pechera, dándose fuego y acercándoselo a Casimiro, que encedió su pitillo y comentó:

- Material americano, pero el coche es español: es muy bonito.

Que más quería Crisógono que más conversación.

- SEAT 1400 B. Recién fabricado. Le he hecho 500 Km. escasos. Velocidad máxima 135 Km/h. Tracción trasera. Motor delantero de 4 cilindros en línea. 58 caballos.

Ya se nota que trabajas en una casa de buena posición.

- Y que lo digas, la frase favorita de D. Emilio es: “Ricos, lo que se dice ricos, somos muy pocos”.

- Así será, pero en lo que a mi me toca, me parece que es un poco rácano por que: ¿qué pinto yo limpiándole el corral? ¿no tiene personal?

- Es un asunto de impuestos, ya que una casa tan grande estaría sujeta a pagar altas sumas por patrimonio o sabe Dios. El caso es que, manteniendo una vaca en un pequeño redil, la tiene inscrita como finca rústica y así incluso recibe ayudas del ministerio. Pero claro, el trabajo lo tiene que hacer alguien y solo tiene a un jardinero que ordeña a la vaca y nada más.

- De casta le viene al galgo, pues de su madre, doña María, dicen que era una persona muy ahorrativa. Todavía recuerdan en el pueblo que cuando el hijo del carnicero le llevaba la carne, la pesaba y si estaba muy justa la devolvía. Pero siempre fue una señora, pues allí los necesitados siempre encontraron comida caliente.

- ¿Y a santo de que viene tanta prisa para limpiar el estiércol?.

- Es que mañana hay una reunión muy importante. La finca siempre ha sido un lugar muy principal. Allí acudió el profesor Cartailhac de la Universidad de Toulouse a disculparse, en 1905, ante doña María por haber cuestionado la autenticidad de las pinturas de Altamira. Ya sabes que las descubrió don Marcelino, el abuelo de don Emilio. En realidad, fue doña María, que era muy niña, quien le dijo: "¡Mira, papá! ¡Bueyes pintados!" ... Menudo elemento ese francés, pero hay que reconocer que se portó como un caballero.

- Coño, Crisogono, eres enciclopédico.

- ¡Bah! Callando mucho y escuchando más... algo aprenderás. Charlas de salón para animar el viaje. Uno es un profesional. Mira ya hemos llegado.

El coche entró a la finca por debajo de un precioso arco de sillería de arenisca roja, sobre el que estaba el escudo de armas de la familia, dividido en cuatro cuarteles, con dos leones por soportes y abundante adorno de lambrequines, rematado por un gablete con una cruz en el vértice y acróteras cónicas; para avanzar por el jardín que rodeaba la casa: un lugar delicioso con caminos suaves y paseos ondulados, flanqueados por gran cantidad de árboles, algunos de los cuales Casimiro identificó fácilmente como hayas, tilos, castaños y tejos, y otros que no había visto nunca y que le parecieron magníficos.

Crisógono rodeó la casona y aparcó en el patio trasero, donde un caballero, espléndido con un traje blanco de lino y un bastón ribeteado en plata, y un rústico, humilde con un buzo azul de mahón y un gario de puntas de acero, discutían amistosamente.

- Mire, don Emilio, que por mucho que doña Ana haya traido de Londres la “metayosueca” en una sombrerera no se puede transplantar tan pronto, que tiene que aclimatarse y tendrá que quedarse en la dichosa sombrerera hasta que haga más calor.

- Pero que tozudo eres Abelardo, he leido en los Análes del Jardín Botánico que se tiene que transplantar a principios de primavera.

- ¿Y qué saben esos de un árbol que no lleva ni diez años plantado en Europa? Mire que después se muere y pintan bastos. Don Emilio, que aquí y en Lima hay que transplantar con calor y luna llena. Ud. verá...

Don Emilio calló al ver a Casimiro bajar del coche, echándole un vistazo de arriba a abajo y preguntándole sécamente:

- ¿Te manda Euristeo? ¿Eres el de Cos?

- Casimiro, para servirle a Dios y Ud.

- Me han contado historias impresionantes sobre tí. ¿Serás capaz de resolver el problema que tengo?

- ¿Ud me dirá? Parece algo sencillo.

- Sí y no. Sí, por que es una simple labor de limpieza. No, por que debe ser muy rápida y efectiva. Mañana vendrán a visitarme los colegas: Valls, Garnica, March, Ybarra... y quiero impresionarles. Entre ellos tengo fama de tacaño, pero la realidad es que casi nadie gasta de acuerdo con lo que tiene. Unos viven por encima de sus posibilidades y otros por debajo. Pero dejemos las divagaciones, necesito que limpies el corral: rápido y bien. Abelardo te mostrará donde está.

Y sin una palabra más se retiró a la casa entrando por la puerta de la cocina. Abelardo le dió el gário y comenzó a andar hacia el fondo del jardín, mientras decía.

- Un hombre interesante, ¿verdad?. Yo solo hablo con él de plantas, es lo único que le hace sentirse bien. Bueno, este es el corral.

El redil no era muy gran, poco más de un carro de tierra, pero había una cantidad descomunal de estiercol. Casimiro se echó una mano a la cabeza y exclamó:

- ¡Santa Madre de Dios! Toda esta “moñiga” no puede haberla cagado solo una vaca.

A lo que Abelardo contestó sonriente:

- ¡Si, hombre! El tiempo todo lo puede.

Casimiro estaba atónito.

- ¡Pero si hay mierda del año que la pidan! ¡Qué tiempo ni que niño muerto! ¿No has limpiado esto nunca? Me parece que podrías trabajar con el traje blanco de tu amo y devolvérselo sin necesidad de tintorería.

Abelardo salió por peteneras:

- Parece que la vaca se acostumbró a cagar aquí, como si fuera un gato, por que bajo el techado no lo hace nunca.

Casimiro comenzó a mirar a su alrededor, desesperado. ¿Sería este su primer fracaso? Cuando al levantar la vista hacia el cielo, algo llamó su atención.

- ¿Qué es eso?

Abelardo siguió su mirada y respondió:

- El depósito de agua de la General: la fábrica de neumáticos.

- ¿Tienes una manguera? Bien larga.

Abelardo le miró extrañado.

- Sí, en el tinglado de herramientas. ¿Para qué la quieres?

Casimiró se limitó a tomarle por el brazo y decir.

- ¡Vamos!

En poco tiempo, Casimiro había cogido la manguera, subido al depósito elevado, la había conectado y comenzado a retirar el estiercol con el agua a alta presión de manera que poco después del medio día había terminado su labor y avisado a D. Emilio para que diera el visto bueno.

- ¡Caramba muchacho! Un trabajo trabajo magnífico, limpio y rápido. Estoy muy satisfecho. ¿No te gustaría trabajar para mi? Necesito personal con iniciativa y que resuelva problemas.

Casimiro calló unos instantes y respondió amablemente.

- Se lo agradezco, pero no estoy acostumbrado a trabajar por cuenta ajena y espero que este sometimiento a la voluntad de D. Euristeo será provisional.

D. Emilio iba a comenzar a discutir para salirse con la suya, cuando de la casa salió un joven que se acercó a ellos con paso rápido y se detuvo junto a él, tras dirigirle una mirada de soslayo a Casimiro, lo que le obligó a interrogarle.

- ¿Qué pasa Emilito?

- Tiene que acompañarme, padre. En el salón está Isaac Ezquerra, el director de la General, dice que le hemos dejado sin agua y que la fábrica está parada.

D. Emilio frunció el ceño y acertó a mascullar:

- ¿Eh?

Mientras seguía a su hijo hacia la casa, con lo que Casimiro aprovechó para despedirse.

- Visto que está ocupado y no necesita nada más, con su permiso vuelvo al Valle.

- Sí, sí. Ya hablaré con Euristeo.

Casimiro subió al coche con el chófer y emprendieron el viaje de regreso al Valle en animada conversación.

- ¡Oye Crisógono! D. Emilio es un tipo impresionante, pero he sentido un escalofrío cuando me ha mirado el chaval.

- Te creo, Sila hubiera dicho de él que en ese muchacho encontraríamos a muchos D. Emilios.

- Afortunado Sila por su conocimiento de la condición humana. ¿Quién era? ¿Otro francés?

 

Miguel San José