El silencio

Cuando lo hirieron durante la lucha en los túneles, los ecos de la pelea hacían vibrar el aire con sus toques de muerte. Ahora sólo hay oscuridad y silencio, y el silencio le ahoga.
Tumbado sobre un jergón, ese silencio que le ha hecho recuperar la conciencia parece tan intenso y penetrante que ni siquiera su respiración contenida se atreve a profanarlo. Le recuerda al que había dentro del blindado, después de la explosión. Pero aquel silencio estaba dentro de él, no era como éste que le asfixia, negro y pesado. La sangre, el humo grasiento, el miedo y el dolor en los rostros de los camaradas después del tañido de campana rota que le arrancó la pierna, todo ello los hace diferentes porque ahora está solo, no hay fuego, no hay bocas abiertas vomitando gritos mudos. Todo eso sucedió hace meses, durante la última batalla de la guerra. Después lo trajeron a este lugar y le salvaron la vida, como si ellos mismos no hubieran intentado arrebatársela entre las llamas y el acero retorcido. Los vencedores sólo le arrebataron una pierna. Y luego la guerra terminó. Y perdieron. Perdió.
Tantea con la mano y por fin pulsa un interruptor; la luz fatigada de unas cuantas bombillas gotea desde el techo de la gruta. Ya no oscilan a causa de las explosiones como unas horas antes, o unos días, no sabe cuánto tiempo ha estado inconsciente. Contempla sus ropas cubiertas de costras de sangre seca. Es suya. Se da cuenta de ello cuando al tratar de incorporarse, una punzada de dolor en el brazo consigue que entre sus dientes se cuele una blasfemia. Mira a su alrededor aturdido aún, buscando algo que no recuerda hasta que lo ve: semioculta bajo la cama asoma un aparato ortopédico. Se sienta sobre el camastro y contempla sus piernas, la izquierda apoyada en el suelo de roca, la otra interrumpida en un grumo de carne rojiza. Los dedos se le crispan sobre le borde del colchón hasta clavarse en la madera que hay debajo; reprime sus lágrimas, las ha probado demasiadas veces durante su cautiverio y sabe que son como la hiel. Levanta los ojos hacia el cielo de la caverna para no ver lo que en verdad son las paredes de su prisión, este miembro artificial que cada día le recuerda la derrota. Ayudado de gruñidos y más juramentos, esquiva la procesión de dolores que desfilan por su cuerpo y se coloca la prótesis con la ausencia que otorga la costumbre, intentando no pensar en su anterior propietario y por ello mismo sin poder dejar de hacerlo. Resulta imposible, el desgraciado grabó su nombre y origen sobre la superficie mellada. Patrick Mondrian, de la ciudad de Genf. Apenas lo conoció, aunque era famoso entre las tropas, el único tanquista sin piernas. Siempre adelante, sin frenos contra el fanatismo. Fue más afortunado que él, murió en Mulhouse antes de conocer la derrota más absoluta. Por eso ahora él tiene una de sus piernas.
Mondrian era algo más bajo, no mucho más, lo suficiente para que a cada paso crea que va a derrumbarse como un árbol talado. Por eso no pudo pelear bien durante el levantamiento; un soldado ha de ser capaz de correr, de saltar, de matar…, pero para ello no es necesario ser soldado. Ya no. Quienes les han estado cuidando para el sacrificio no lo son; llevan sotanas y tienen el nombre de Dios en los labios en todo momento, pero matan igualmente.
Cojea hasta la entrada de la gruta que convirtieron en hospital improvisado durante el combate. Las luces parpadean en la galería y así ocultan piadosamente durante unos segundos los cadáveres que algo más adelante cubren el piso. Avanza hacia los cuerpos despacio, rasgando con sus pisadas la alfombra de sangre seca que se extiende hasta ellos. Algunos rostros le resultan familiares, le miran con ojos que ya no pueden huir de la luz. No le reprochan que siga vivo, quizá fue uno de ellos quien le llevó hasta la enfermería y lo atendió. El recuerdo de la lucha es confuso y fragmentario. Un poco más adelante, una vorágine congelada de extremidades muestra aquí y allá jirones de uniformes negros. Renquea hasta el montículo donde una docena de bultos se mezclan y abrazan para siempre. Se pregunta si fueron capaces de vencer, y al doblar un recodo de la galería y asomarse al lugar en el que con toda seguridad se produjo la última resistencia, sabe que sí, que vencieron, si es que se puede vencer después de la derrota. La cancela ha sido desgajada por varias explosiones y más cadáveres amontonados casi impiden el paso. Atrincherados en el área de control al complejo subterráneo, un grupo de soldados muertos le da la respuesta. Jamás ha contemplado en unos rostros tal torbellino de expresiones y tan contradictorias. En todos ve lo mismo, una mezcla de dolor, de terrible agonía perfilada por una sonrisa en la que asoma lo que no puede ser sino felicidad, acaso placer. Sus camisas negras, viradas hacia el color pardo de la sangre coagulada, dejan ver sus pechos desnudos y en ellos, como enormes vaginas desgarradas, los boquetes de donde sus corazones han sido arrancados. Uno de los soldados no presenta la mutilación que deforma a los otros. También sin vida, su cráneo reventado, aún se aferra a su arma. Él fue quien murió por sus compañeros, quien se arriesgó a perder su alma defendiendo la posición mientras los otros se aseguraban la vida eterna con el sacrificio ritual.
La angustia le golpea el estómago y se transforma en pavor cuando se da cuenta de que allí no está el cadáver del sacerdote, de que acaso aquel monstruo matarife aún esté vivo; eso querría decir que fueron ellos, los nuevos iluminados, quienes ganaron esta batalla absurda, tan absurda como aquel lugar, aquel mundo y aquel tiempo que se acaba.
Tiene hambre, se da cuenta de ello cuando el reloj incrustado en la roca le informa de que ha estado más de setenta y dos horas inconsciente. Un poco más abajo, el cronómetro que señala la cuenta atrás para la hora final está a cero. Aquello debería conmocionarle, debería caer de rodillas y levantar los ojos hacia el cielo de la caverna. Y después arrancarse el corazón, él también. Siete años de guerra contra el integrismo más salvaje y loco han acabado en esto, en un lisiado cubierto con su propia sangre y desfallecido de hambre. No le importa si Dios ahora está ahí fuera como han profetizado estos apóstoles del horror, sólo quiere comer, eso es lo único que le preocupa, eso y dónde puede estar el pastor de almas, ese fanático demente.
Rebusca entre los restos carbonizados. Algo más allá están las desiertas dependencias de los guardianes. Allí consigue comida. Devora los alimentos encorvado sobre ellos, como si estuviera evitando que alguien se los pudiera arrebatar. Cuando se da cuenta, endereza la espalda, mira los cadáveres que puntean los pasillos. Por un instante se siente culpable del delito de no haber muerto, culpable y aterrorizado.
Ya saciada su hambre, levanta la cabeza. El silencio es como un fluido denso que llenara cada rincón, cada oquedad en la roca. Afuera el silencio y en su interior el miedo, el mismo que le ha acompañado desde hace casi un año, desde que despertó en aquella cárcel donde les han estado preparando para la hora última, para el sacrificio sagrado con el que les sería otorgada su alma. Eso creían, eso temían, eso era lo que les había enloquecido hasta que tres días antes conocieron la verdad irracional e increíble, la verdad de la que habían oído hablar en los campos de batalla y no quisieron creer, la que les llevó a aquella última lucha en las cavernas, también irracional, pero sobre todo sin esperanza.
Tres días atrás habían descubierto el significado de aquellos cronómetros, qué señalaba la cuenta atrás que segundo a segundo, silenciosa, les había estado descontando lo que ya no les pertenecía, sus vida. Relojes omnipresentes en cada rincón, siempre restando, caminando hacia no sabían muy bien dónde. Hasta entonces algunos estaban convencidos de que lo único que les esperaba era la redención, el holocausto donde uno de aquellos sacerdote de pesadilla les arrancaría el corazón en la ceremonia en la que ganarían su alma. Sin embargo, aquel extraño honor estaba destinado a los creyentes, y ellos no lo eran. Ellos habían combatido contra la nueva fe y por tanto no tenían derecho a ganar un alma inmortal a través de su liturgia demente. Recuerda a los guardianes con sus pechos abiertos; en los meses que lleva en aquella mezcla de hospital y prisión, los vencedores se han asegurado cada día de que se repusieran de sus heridas, de que ninguno de falleciese si podía evitarse. Les han reservado para una locura mucho mayor, una locura que teme que ya se haya cumplido. Todos los relojes marcan la hora cero, y el silencio, ese silencio…
Llega al área de residencias de los oficiales. No hay signos de combates, sólo de una huida apresurada. Un poco más adelante, la capilla, su acceso todavía flanqueado por las banderas negras de la nueva fe. Los postigos han sido arrancados de sus goznes, y como los restos de un naufragio, sus astillas cubren la entrada a la pequeña iglesia. Un amasijo de bancos volcados sobre los que yacen los cadáveres de varios presos; sus graves heridas quizá no les permitieron ir más allá. Eso es lo que ve. Y es entonces cuando el miedo que hasta ese momento no le ha abandonado, se transforma en asco y hace que vomite lo que comió unos minutos antes. Al fondo, en la penumbra, el símbolo de la nueva fe preside el templo. Una cruz enorme y en el punto donde se unen los dos maderos, un corazón tallado de tal forma que es como si la propia cruz hubiera sido clavada en la imagen de la víscera. Allí está el pastor o lo que queda de él, crucificado, y sobre sus hombros la mitad de la cabeza. La mandíbula inferior muestra su media sonrisa y a partir de ahí, nada. El resto de su cráneo está esparcido alrededor de la cruz, los huesos incrustados en la madera, el cerebro dibujando extrañas figuras en los tapices que hacen las veces de retablo. Los otros presos no le dieron la oportunidad de conseguir su alma, el pastor no tuvo una muerte ritual, dolorosa, lenta, con su mente lúcida hasta el último momento. Los restos de jeringuillas y tranquilizantes le indican que lo drogaron lo suficiente como para que su cerebro adormecido no padeciera el espanto de la muerte que le aguardaba. Con toda seguridad para él fue mucho más horrible la aguja que le sedó, que la explosión que le arrancó la cabeza; fue la aguja la que le privó de la eternidad. Sin embargo esa aguja le dice por qué en verdad son ellos los vencedores de esta guerra, le habla de que ya no hay esperanza, porque los derrotados, ahora, también han hecho suya aquella extraña fe.
Sale de la capilla. Los cuerpos de los camaradas caídos le señalan el camino hacia la salida. ¿Cuántos habrán conseguido llegar al final? ¿Y para qué? Esa es la pregunta que no se hicieron antes de lanzarse a esa lucha suicida, atenazados de repente por un ansia salvaje por escapar de aquellas cavernas. No aceptaron convertirse en corderos para el sacrificio, el sacrificio universal que habían planeado aquellos locos. Únicamente eran carne para el matadero, o mejor, almas. Eso han dictado los profetas de la nueva fe en su absurda soberbia, que la muerte de toda la humanidad, de miles de millones, en el mismo instante, el nacimiento de miles de millones de almas en el mismo segundo, se transformaría en el nacimiento de Dios, que así le devolverían su creación a través de un dolor infinito. Ese segundo ya pasó, y después de meses atrapados en aquel laberinto de cuevas y pasadizos, nunca supieron si en algún lugar del mundo quedaba alguien capaz de luchar contra esa locura, alguien que no creyese en aquella aberración definitiva. Y a pesar de todo siente que también él empieza a creer; es más fácil que aceptar la inutilidad de un crimen tan monstruoso.
Por fin, la galería por la que camina desemboca en el exterior. El cielo es negro. No hay estrellas, ni luna. El silencio, el mismo silencio que le ha acompañado desde que despertó, se abraza ahora con la oscuridad. Ambos penetran su piel y ahora en su interior sólo hay negrura y silencio. Comienza a llover. Las gotas que le golpean son negras y caen en silencio. Quizá sean las lágrimas de Dios.

Roberto Sánchez