El tenedor

Desde hacía un buen rato Helmut escuchaba los sonidos domésticos de un hogar que empezaba a amanecer. Tirado sobre la cama, con las ropas aún oliendo a tabaco, paseaba su mirada por una grieta en la escayola del techo; la perseguía desde su nacimiento, cerca de la lámpara, hasta su abrupto fin al llegar a la pared de enfrente. Así una y otra vez, intentaba concentrarse en aquella vacua singladura y huir de esa manera de las toses de su padre, del agua del inodoro arrastrando sus meadas, del tarareo de alguno de los conciertos de Brandenburgo —cada día uno diferente, proclama ufano— durante su rotundo desayuno alemán. Helmut se levantaba siempre después del puntual portazo de las siete horas y cincuenta minutos. Cada día a la misma hora. Se lo imaginaba en la puerta, aguardando a que la manecilla llegara al punto exacto para tirar de la manilla y dejar la impronta de su eco en la casa para todo el día. Él era el amo que reinaba en aquel hogar aun cuando no estuviese allí. No soportaba la energía exultante de su padre tan temprano. En realidad, no soportaba a su padre en absoluto. Prefería la lánguida y deprimida sonrisa de su madre, su inofensiva inocencia, su silencio triste, sus movimientos diluidos en la penumbra de su habitación.
Helmut ocultó la cabeza debajo de la almohada; odiaba aquella rutina de intimidades expuestas, de sueño quebrado por la impertinente realidad que su padre le imponía cada mañana, cada día. Pronto lo nudillos de la asistenta golpearían la puerta de la habitación y le requerirían inútilmente por orden de su padre. ¿Qué más le daba si no se levantaba? ¿Y qué si se escondía bajo las mantas y aquel día, uno más, no acudía a la facultad? Masculló un juramento cuando la madera sonó. Ya va, ya va, hija de puta, pensó. No, no recordaba el nombre de la chica, solo le importaban sus tetas grandes y su actitud esquiva.
Se levantó, abrió la puerta de golpe y salió del dormitorio dándole un empujón. Aprovechó para rozar sus pechos duros y, sí, grandes. Ni se molestó en saludarla, apenas sí entrevió por el rabillo del ojo el rubor en sus mejillas. Se encerró en el baño, el mismo que su padre había usado un rato antes; aún olía a la mezcla de su loción de afeitar y su mierda. Se miró en el espejo y no le gustaron sus ojos hinchados por el alcohol, las marcas en la piel que le bajaban desde la nariz hasta la comisura de los labios. Hubiese jurado que ayer no estaban ahí ni tampoco las arrugas que le nacían en los párpados y corrían hacia las sienes. Su cara era un mapa deformado por la bebida, la cocaína, la falta de sueño y el asco. Tenía treinta años y ya estaba harto de todo. Suspiró y se apartó del espejo. No siempre el despertar era tan repugnante como el de ese día, con la voz de barítono aguardentoso de su padre torturándole desde el amanecer. Si la noche anterior se había escurrido en la habitación lo suficientemente borracho y colocado como para no abrir los ojos hasta más allá del portazo, entonces sí, entonces las mañanas se le hacían soportables. Pero ya eran pocas; la asignación paterna era cada mes más exigua y la presión para que acabase los estudios y empezara a trabajar en la empresa familiar, mayor. La empresa de su madre, se corrigió. Su padre solo había aportado labia y apostura para encandilar a la pobre boba y después apropiarse de todo. Y ahora estaban condenados a sufrir su intolerancia, la zafiedad que consiguió mantener oculta el tiempo suficiente, sus crispantes manías teutónicas, las constantes monsergas recordándole su origen alemán (o halb deutsche, medio alemán, como le gustaba despreciarle con ese supuesto insulto), la eficiencia que corría por su sangre y que tenía que demostrar. Y todo ello aderezado por su estúpido nombre y apellido, de los cuales debía estar orgulloso.
Helmut se duchó, se cubrió con el albornoz y bajó al comedor. A un lado de la mesa aún permanecían los restos del desayuno de su padre, un mudo reproche a su molicie. Con un gesto de la mano le indicó a la chica que retirara los platos sucios. El se sentó en el otro extremo de la mesa. Al poco la joven colocó un servicio limpio delante de él. Cristina, se llamaba Cristina. La observó mientras regresaba a la cocina: tenía un culo respingón, tanto que tensaba la falda del uniforme hasta el punto de que se sorprendió expectante aguardando ver cómo se rasgaba la tela. Disimuló una sonrisa impúdica y manoseó los cubiertos. Los sostuvo unos segundos en la mano antes de arrojarlos al otro lado de la mesa. Que comiera con ellos el cabrón de su padre. Él quería los suyos y aquella estúpida se había vuelto a olvidar de ellos. Sus cubiertos, los que le regaló Hans, su hermano mayor, la mañana antes de morir. Una cuchara y un tenedor de plata algo más pequeños que los normales. Cubiertos de niño, en realidad. Fue hace casi veinte años, el día de su cumpleaños. Su primer desayuno con ellos y el último con Hans. Después se fue a trabajar con su padre, a la fábrica, un esclavo más del capataz alemán, y ya no volvió. Una cadena rota y quinientos kilos de barras de acero le reventaron la cabeza. Al día siguiente, después del entierro, él volvió a la fábrica. Y su madre, a cambio, se quedó perdida para siempre en los corredores de la casona familiar.
Helmut se levantó, fue a la cocina y mascullando un insulto hacia la incompetencia de la asistenta abrió uno de los cajones del aparador y cogió sus cubiertos. Regresó al comedor y aguardó hasta que la joven apareció con la bandeja. La miró a la cara y cuando empezó a sonrojarse bajó los ojos hasta sus pechos disfrutando del tono cada vez más encarnado que le teñía la piel de las mejillas. Al inclinarse a su lado para dejar el desayuno sobre la mesa, él acercó su rostro al cabello de la chica y aspiró su aroma sin disimulo. Tenía la oreja casi de un color púrpura. Los labios le temblaban cuando señaló con un dedo trémulo la nota sobre la servilleta. Helmut dejó a un lado el papel sin desdoblarlo y sujetó el tenedor; observó las púas, el desigual desgaste, las de los extremos algo más cortas y finas; el centro del mango sin brillo; las muescas y rasguños por el uso cotidiano repartidas por toda la superficie del cubierto; el dibujo del extremo apenas ya sensible al tacto. Una metáfora de su mierda de vida en aquella casa. Días opacos. Horas desgastadas. Minutos rasgados. Segundos hirientes.
Dejó el cubierto sin usar, recogió la nota y la desdobló. Los hombros se le volvieron de piedra. O finalizaba la carrera ese verano y comenzaba a trabajar en la fábrica o se iba de casa. El papel flotó desde sus dedos hasta caer sobre la tortilla en el plato; poco a poco el aceite lo empapó y el texto se fue diluyendo sumergido en una mancha verdosa cada vez más extensa. Le quería echar de su casa. A él. Su padre. Su padre que allí no era más que un intruso, un advenedizo. Dio un puñetazo en la mesa y el tenedor saltó hasta el suelo. Su tintineo sonó en sus oídos como el reverbero de una campana, un repique que no quisiera finalizar nunca. Ni siquiera se dio cuenta cuando la asistenta apareció a su lado y se agachó para recoger el cubierto. Giró la cabeza y con un movimiento rápido le sujetó la mano libre y tiró de ella obligándola a inclinarse hasta que apoyó la palma abierta en su propia ingle. La miró directamente a los ojos mientras apretaba contra su sexo los dedos de ella. En la otra mano de la joven brillaban los dientes del tenedor, tiraban de todo su cuerpo como si quisieran arrancarla de su presa. Estaba pálida, su mirada clavada en la de él, los tendones del cuello tensos como las cuerdas de un arco, las mandíbulas aplastando el vacío. De pronto la mano con el cubierto se movió por encima de la cabeza de la muchacha y las púas se giraron hacia la cara de Helmut. Él oprimió aún más los dedos de ella y los obligó a cerrarse sobre su pene. Por fin, la chica se dejó caer sollozando y soltó el tenedor. Una nueva campanada con un por favor empapado en lágrimas resonando a cada bote de la pieza de metal, a cada roce de sus dientes sobre la madera del suelo.
Abrió su garra y a asistenta corrió hacia la cocina; se inclinó y recogió el tenedor. Lo sujetó en alto como si fuese un puñal y comenzó a golpear con él la mesa hasta que las púas se doblaron espantadas, como si desearan huir lejos, muy lejos de aquel lugar. Lejos de todo.

 Roberto Sánchez