La princesa azteca

Los ideogramas chinos que se utilizan para escribir la palabra crisis también significan oportunidad. Esto es lo único que saqué en claro de la conferencia a la que asistí aquella mañana. Los chinos son unos maestros de la hipocresía y el conferenciante un auténtico sinvergüenza porque en dos horas de charla no fue más allá de esta simpleza oriental, un pan de gambas del pensamiento. Eso sí, me aligeró cincuenta euros del bolsillo, lo que costaba la entrada. Ese era el asunto, no había crisis solo nuevas oportunidades, es decir, yo no acababa de perder mi trabajo, me había topado con la ocasión para mejorar profesionalmente, o acaso cambiar de rumbo mi vida. Bien mirado lo primero podía ser cierto porque el puesto del que me habían despedido era una mierda. Lo segundo era más complicado; para cambiar el rumbo es necesario tener uno y yo iba a la deriva desde hacía meses, cuando Silvia me plantó y se fue a dar la vuelta al mundo con un piloto de Iberia. Después de seis años de relación una buena mañana me encontré una carta suya encima de una tostada a medio comer. Allí lo decía bien clarito: yo era un triste, un menguado y un sosainas, y conmigo sus proyectos vitales no podrían salir adelante. Aún en la puerta de la sala de conferencias saqué la nota de la cartera, donde siempre la llevaba, y la releí una vez más. Sí, razón ya tenía.
Después de abandonar el auditorio me dirigí hacia La Granja; detrás de la barra se movía Pablo. A veces me resultaba un poco cargante, pero ese día necesitaba una dosis de su perpetuo buen humor. Le pedí un café y me acodé sobre la madera pulida dispuesto a gastar allí lo que quedaba de mañana.
—¿Cómo va eso, majo salao?
Me sonreí, no pude evitarlo. Majo salao. Se ve que no llevaba muy buena cara porque lo habitual era que me llamase maestro. Era mi profesión, maestro en un colegio privado, de los jesuitas por más señas. El colegio de donde me habían echado el día anterior. Es la crisis, me explicó el padre don Teodosio mientras fruncía el entrecejo y arrugaba la nariz como si inminente condición de parado llevase añadido algún tufo. Estaba muy compungido por la decisión que las circunstancias le habían obligado a tomar, me aclaró; y es que el tío tenía clase al hablar. Probablemente ninguno de los borregos que allí estudiaban llegaría jamás a elaborar una frase con más de cuatro palabras. El pobre don Teodosio sabía que me ponía en un brete, que llenaba mis mañanas por venir de angustia, y mis pensamientos de tribulaciones, pero que sin duda sería capaz de superar aquel trance y de salvar todos los escollos y bla, bla, bla. Casi si me echa a llorar el muy cabrón después del recitado. Claro, un pusilánime como yo se despidió de él como era de imaginar, consolando al hombre en vez de soltarle un puñetazo en los morros.
Entre sorbo y sorbo de café le conté todo aquello a Pablo. Me palmeó el brazo mientras se alejaba para servir unos pastelitos de arroz a unas monjitas alborotadas.
—Emigra —me dijo cuando dejó a las religiosas bien servidas—. Ya me ves a mí, de pequeño correteando medio en pelotas por una aldea de Las Hurdes, y ahora aquí, jefe de camareros con pajarita y todo.
Esa tarde, ya en casa, reflexioné seriamente sobre la idea de tirarme por la ventana. Una forma expeditiva de eliminar la angustia, el trance, los escollos y las tribulaciones, pero, claro, yo era un pusilánime. Escribí una carta de despedida de para el cabrón de don Teodosio, la metí en un sobre y la eché al correo de inmediato. Pensaba meter la cabeza en el horno y abrir el gas, le decía, y todo gracias a su falta de caridad cristiana. Cuando la recibiese, yo ya no estaría y esperaba que el muy baboso tuviese unas cuantas mañanas de angustia. Consulté el saldo de mi cuenta a través de Internet y a continuación compré un billete de avión y reservé hotel. Calculé que podría estar alojado casi seis meses antes de que se me agotaran los ahorros. México me pareció un lugar perfecto: hablaban castellano, estaba lo suficientemente lejos como para que nadie me encontrara en bastante tiempo y era un país en vías de desarrollo donde alguien como yo tendría grandes oportunidades. Eso me dije. En realidad, desde que en la adolescencia leí El dios de la lluvia llora sobre México de un húngaro llamado Passuth, uno de mis mayores deseos había sido recorrer los pasos de Cortés y su amante Malinche; subir a las pirámides aztecas, acariciar los altares donde arrancaban los corazones a sus prisioneros, tocar las piedras aún teñidas de sangre herrumbrosa. De tirarme por la ventana siempre había tiempo.
Veinticuatro horas más tarde estaba sentado en la parte trasera de un taxi en México, D.F. Olía a sudado y Oscar, el taxista, se dedicaba a saltarse todas las normas de tráfico que yo conocía mientras se empeñaba en preguntarme sobre la vida de Rocío Dúrcal y Julio Iglesias; casi cuando llegábamos al hotel me habló de las tres veces que había pasado la frontera como ilegal a los USA. Aquello me pareció interesante y quedé con él a la mañana siguiente para que me explicase aquella historia.
—¡Órale, patrón! ¡A sus órdenes!
Sí, los mexicanos siempre se ponen a tus órdenes, lo cual no quiere decir que las vayan a cumplir como comprobé cuando no volví a verle.
El hotel era estupendo, mucho mejor de lo que prometía su página web trufada de faltas de ortografía. Me dieron una habitación en el piso 34 con un enorme ventanal que se abría hacia el bosque de Chapultepec. Una caída gloriosa.
Después de la primera mañana y el plantón de Oscar, me dediqué a explorar la ciudad. Caminé por la avenida de la Reforma, que era como la Castellana de Madrid, hasta la calle Madero, que era como la calle Arenal, también en Madrid, pero repleta de voceadores que anunciaban toda clase de negocios, sobre todo ópticas y oftalmólogos. Me encogí de hombros ante aquella feroz competencia comercial que era incapaz de entender. Me entretuve con uno de los jovenzuelos anunciadores y le pregunté sobre las razones de tanta publicidad. El chaval se me quedó mirando como si yo fuese bobo, me entregó un papelito y rezongó algo acerca de que lo mirara en la Wikipedia. Al final de la calle estaba la Plaza del Zócalo. En la verja que rodeaba la catedral plomeros, escayolistas, carpinteros, albañiles y miembros de otros muchos y variados gremios anunciaban en carteles manuscritos y llenos de faltas de ortografía sus profesiones. Bueno, pensé, aquí hay una oportunidad, un nicho de negocio como explicaba el conferenciante gilipollas de dos días antes, siempre puedo montar una academia de gramática. Esa tarde, fatigado, me senté en un restaurante de la cadena Sanborns a comer algo y tomar un café. Sentí una punzada de tristeza al acordarme de Pablo; tenía que enviarle una postal. Cogí una de las muestras gratuitas que ofrecía el local, una bonita imagen de un mural de Diego Rivera. Escribí un par de simplezas apresuradas y la dirección de La Granja y me la guardé en el bolsillo. La echaría al correo cuando regresara al hotel; no me fiaba nada de aquellos camareros desdentados que pululaban a mi alrededor. Y es que los empleados de aquel lugar no tenían nada que ver con mi cónsul de Extremadura; éstos parecían todos necesitados de unas cuantas sesiones de ortodoncia. O les faltaba alguna de las paletas o ambas. Quizá los eligieran con algún criterio desconocido para mí o cualquier occidental, tal vez fuese algún tipo de automutilación de origen azteca. Desde luego entre los voceadores no había ninguno que anunciase dentistas. En fin, todas estas inanes reflexiones no me llevaban a ninguna parte así que extraje mi lectura del momento de la mochila y me sumergí en ella. A las pocas páginas atisbé por encima del borde de las gafas una mujer que se sentaba en la mesa de al lado y encargaba una cerveza y un tequila. Posé el índice en el puente y empujé los vidrios hacia arriba; sí, la señora era una auténtica mexicana, morena, de pómulos marcados, de enormes ojos negros y rotunda en sus formas. Inalcanzable para un tipo como yo por lo que me zambullí de nuevo en las aventuras de Fabricio del Dongo, personaje, por cierto, que me estaba pareciendo un perfecto imbécil. Unas páginas más tarde creí ver una mano que revoloteaba entre la niebla de mi miopía. Levanté la vista y me topé con los ojos de la diosa azteca. Me sonrió con una dentadura por fortuna inmaculada y después de echar una mirada misteriosa a su alrededor, me dijo:
—Esta situación me recuerda a una película de Buñuel…
Dejó la frase flotando en la nitidez más allá de mis gafas recolocadas. Compuse un gesto de incomprensión, lo cual no me supuso demasiado esfuerzo porque excepto El perro andaluz, no había visto jamás una película de Buñuel.
—Sí, yo aquí, tomando sola; usted ahí, solo, leyendo… Sí, es como esa película de Buñuel… No se acuerda usted…
No, no me acordaba, pero eso no importó demasiado porque ella continuó con su monólogo.
—Qué sensación de dejà vu, señor… Este lugar tan elegante, los camareros de uniforme, nosotros dos solos… ¿Viridiana? No, no —negó aleteando con una mano mientras con la otra acoplaba el vaso de tequila entre sus labios y lo vaciaba de un trago—. No, Viridiana no, que la pobre se muere en noche de bodas sin haberlo probado… ¡Uy!, perdone, le estoy interrumpiendo en su lectura… Siga, siga…
Después de la mirada que me había echado por encima del borde de sal mientras se trasegaba el tequila era difícil que me volviese a concentrar en el alelado de Fabricio. Sonreí, me encogí de hombros y dejé el libro sobre la mesa. Ella agarró la botella de cerveza y se sentó a mi lado. La mezcla de los aromas de ambas bebidas en su aliento me sugirió ideas algo más que lascivas. Me puso una mano ardiente sobre el brazo y quiso sabe si me estaba molestando. Negué con la cabeza en tanto trataba de encontrar algo inteligente que decirle. Perdí unos segundos preciosos tratando de recordar títulos de películas de Buñuel. Suspiré y confesé mi incapacidad para ayudarle a encontrar la obra del artista.
—No importa, lo que cuenta es esto —con un gesto del brazo abarcó el local—. Usted, yo, su café, mi cerveza, este libro, nuestra soledad… Tantos millones de personas en esta ciudad, y aquí estamos nosotros dos, platicando, cuando hace unos minutos no sabíamos nada el uno del otro… ¿De verdad que no le estoy molestando?
Llegados a aquel punto me pareció oportuno presentarme, aunque no tanto hablarle de las razones que me habían llevado a parar a aquel sitio. Mentí y le expliqué algo confuso que no recuerdo acerca de un viaje de trabajo. Ella se llamaba Sandra y tenía muchos amigos, pero aquel día estaba sola y no había querido quedarse en casa a llorar, prefirió sentarse allí a tomar hasta emborracharse y después volver la oscuridad de su lecho, frío y desolado. En fin, ¿qué podía responder a aquella declaración?
A la mañana siguiente tenía un terrible dolor de cabeza que se explicaba por la botella de tequila vacía que dormía entre Sandra y yo. Yo no había tomado tequila nunca, es más, no me había emborrachado en mi vida, algo, por cierto, que Silvia me echaba en cara muy a menudo. Si me hubiese visto en ese momento… Lo peor es que no recordaba nada. Extendí la mano y rocé la suave piel desnuda de la mujer, lo cual me tranquilizó, más aún cuando con un ronroneo se acurrucó bajo mi axila y su leve respiración se deslizó sobre mi pecho. He triunfado, pensé, y una vez formulada la frase me sentí perfectamente estúpido. Ahora entrará el marido, me sobresalté, un mexicano con un bigote enorme, y me pegará dos tiros. Aunque bien pensado tampoco era una forma tan mala de abandonar este mundo… En realidad, ésa —la de si tenía marido— era una pregunta más que interesante en aquellas circunstancias. Mientras desayunábamos, ella no paró de lanzarme miradas rebosantes de intención. Cuando se me sentó encima de las rodillas y sentí sus nalgas desnudas al otro lado de su bata de seda, el fuego prendió en ciertas partes de mi anatomía hasta el punto de no saber ni lo que hablaba.
—Eres mi princesa azteca… Me vas a arrancar el corazón… —o palabras similares pasaron de mis labios a los suyos.
Sandra apoyó su mano sobre mi pecho palpitante y me clavó las uñas en torno al corazón como si de verdad desease penetrar en mis entrañas y arrancármelo. Di un bote en la silla y la aparté.
—Joder, tía, me has hecho sangre.
—Tú lo has dicho, soy una princesa azteca… —sus labios se curvaron en una sonrisa que pretendía ser maligna.
Hice caso omiso de su comentario mientras me frotaba la tetilla herida. El ardor guerrero se me había enfriado un tanto así que aproveché para sacar el asunto de su esposo.
—No te inquietes, pichulitas, mi marido se fue con otra y no va a volver. Y si lo hace, me lo cargo.
—Ah —contesté, pero no me pareció suficiente—. Lo siento.
—No mientas, pichulitas, no lo sientes para nada. Además, es un cabrón… Tiene gracia, resulta que se largó con una española, así que ayer, cuando te vi tan solito… Y en cuanto noté que eras español… Justicia divina…
La miré perplejo. Me había quedado en lo de española.
—Sí, no sé dónde la conoció. Él es piloto de aviación y ahora está dando la vuelta al mundo con la guarra esa.
Ya no la escuchaba. Lo que me estaba contando…, ¿cuántas posibilidades había de que la guarra fuese mi mujer? Las leyes del azar decían que ínfimas, pero allí estaba yo, componiendo un gesto de gran interés y comprensión y tragándome mi nerviosismo. Sandra se inclinó sobre mí y me lamió la tetilla izquierda; la dejé hacer mientras calibraba la posibilidad de confesarle la fuga de mi esposa. Hice memoria y traté de recordar sus palabras en la carta de despedida. ¿Cómo se llamaba el jodido piloto? Esa sería la prueba definitiva de…, ¿de qué? Atisbé por encima de la cabeza de Sandra, aún ocupada en chupetearme. Mi ropa había acabado hecha un montón informe a los pies de la cama. Coño, tenía que echar un vistazo a la carta y comprobarlo para después tratar de sonsacarle algo a ella. La cartera asomaba por el bolsillo interior de la chamarra, inalcanzable en aquel momento. De un brinco que hizo tremolar todas sus turgencias, Sandra se plantó delante de mi rostro su vientre terso y torneado.
—Hoy nos vamos a las pirámides, pichulitas.
Conseguí olvidarme de mis inquietudes maravillado por la fastuosidad de las construcciones de Teotihuacán hasta que en la cima de la pirámide del sol, Sandra se empeñó en que me tumbara en el altar de los sacrificios para explicarme el ritual de los antiguos aztecas. Cuando me habló de lo de arrancar los corazones en vida, me llevé la mano a las marcas de sus uñas, gesto que a ella no le pasó inadvertido. En sus ojos brillaba la crueldad del gato.
—Después arrojaban los cuerpos escaleras abajo donde el pueblo los descuartizaba y los devoraba —dicho lo cual se inclino para besarme.
Tuve la precaución de no introducir mi lengua en su boca. Se separó un instante para tomar aliento, jadeante, con los ojos brillando de excitación; de pronto se abalanzó sobre mí y me clavó los dientes en el labio inferior. Varias gotas de mi sangre cayeron sobre la losa mezcladas con unos cuantos improperios. Absorta, pasó un dedo por la piedra, lo mojó en mi sangre y se lo introdujo en la boca con un mohín de placer.
—Esta noche voy a ser yo la que te devore…
A la mañana siguiente desperté de nuevo al lado del magnífico cuerpo desnudo de Sandra, con el mismo dolor de cabeza del día anterior y otra vez sin acordarme de nada. Se estiró como un jaguar —¿por qué se me ocurrió aquella comparación? —, y se me montó encima.
—Buenos días, amor, aún tengo ganas de seguir devorándote.
Le hurté los labios doloridos y traté de incorporarme.
—Oye, Sandra, ¿qué me diste anoche? No recuerdo nada…
Su tono meloso se transformó en un ronroneo. Su mirada, oculta a medias entre su melena negra, pareció clavárseme en el pecho.
—Tomas demasiado, pichulitas —se levantó después de robarme un beso.
Ella ignoró mi protesta y se metió en la ducha tarareando una canción de Maná. Las dudas del día anterior regresaron. Me arrojé sobre el fardo de mis ropas y rebusqué hasta encontrar la cartera casi debajo de la cama. Allí estaba, Marcelo Cifuentes, ¡qué nombre tan ridículo para un piloto! Sí, lo reconozco, lo único ridículo en aquel momento eran mis celos, pero ya les dije que era un pusilánime. Valiente, me animé, tienes que ser valiente. Todo aquello no era más que una casualidad, improbable pero no imposible, ¿no? Cuando regresó de la ducha, me lanzé.
—Pues se llama Marcelo nosequé, pichulitas, pero, ¿qué más te da? Ahora ya solo me importas tú, vamos a estar juntos para siempre. Te voy a devorar cada día un poquito…
Me escabullí en el baño bastante asustado. Allí había algo que no cuadraba y aquella tía empezaba a acojonarme. No me lo pensé demasiado; esa misma mañana regresé al hotel y a última hora de la tarde ya estaba subido en un avión rumbo a Madrid.
Pasé la semana siguiente recuperándome del jet-lag y tratando de entrar en contacto con mi esposa para aclarar lo de su piloto y la princesa azteca. Tarea imposible: mi mujer estaba ilocalizable en la selva de Borneo. Ojalá que un tigre la devorara, a ella y al hijoputa de Cifuentes por abandonar a la pirada de su mujer.
Una tarde me dejé caer por La Granja; tuve suerte porque Pablo andaba por allí. Me saludó con la efusividad de siempre y me sirvió un café. Todavía llevaba en el bolsillo la postal que nunca llegué a enviarle. No me pareció el momento.
—¿De vacaciones?
—No. Me exilié.
—Pronto regresaste —repuso mientras servía una caña a un parroquiano. Después se acodó en la barra y me palmeó el brazo. Su mano se detuvo en el aire de pronto y sus ojos orbitaron hacia la puerta giratoria de la entrada.
—Joder, ¡qué pedazo de mujer!
Levanté la mirada desde el fondo de mi taza hacia donde la suya se había quedado clavada. La verdad, nunca hubiese creído que un escalofrío pudiera ser tan intenso y prolongado.
—Te has quedado alelado, maestro… Y no me extraña.
La princesa azteca barrió el local con el aleteo de sus pestañas hasta que comenzó a caminar hacia mí. No había escapatoria. Se me colgó del cuello y entre beso y beso no dejaba de decirme, “pichulitas, mi amor” y afearme mi huida. Justo cuando Sandra comenzaba a mordisquearme los labios le oí decir a Pablo:
—¡Qué suerte tienes, majo salao!

 Roberto Sánchez