Soldaditos

La mesa de formica verde, lisa y pulida, es un inmenso campo de batalla. En cada uno de sus extremos se alinean ejércitos de todas las naciones, ejércitos a cinco pesetas el sobre de veinte soldaditos, pequeños soldaditos de plástico de colores, un color para cada país. Los americanos son verdes y es imposible colocarlos en filas, rebeldes, cada uno con su postura particular, apuntando con sus fusiles hacia el margen enemigo. Los franceses, marrón clarito, con abrigos de largos faldones, un poco encorvados y con caras de señores mayores. Los franceses siempre detrás de los americanos. Los rusos son rojos y tengo muchos. Son pequeñitos y casi todos llevan mochila a la espalda. En el borde donde forman siempre hay un poco de harina esparcida. Y enfrente, al otro lado de la mesa, los japoneses, amarillos; los italianos, de color naranja; y los alemanes, grises, congelados en un perpetuo gesto de arrojar una granada. Los españoles son marrón oscuro y pequeños y suelen andar perdidos sin saber quiénes son sus aliados. Pero los más gallardos, erguidos, hermosos y valientes son los soldados de la Legión Extranjera, azul oscuro, con sus sombreros con visera y faldilla para cubrirse la nuca, sus bayonetas caladas y sus capitanes a caballo. La Legión Extranjera siempre ataca en oleadas que baten las posiciones alemanas. Surgen de entre unos montoncitos de arena que cada verano me traigo de la orilla del mar; avanzan con paso firme, envuelven la parte gris del campo mientras el verde se mezcla con el amarillo y el rojo inunda al naranja. Con los franceses nunca sé qué hacer, me olvido siempre de ellos, apenas son quince pesetas. Los españoles suelen acabar envueltos en harina. Y al final de la batalla, sobre el centro de la mesa, una caja de zapatos vieja, una enorme fosa común donde todos, vencedores y vencidos, muertos y supervivientes, amarillos y azules, verdes y rojos, naranjas y marrones, acaban despeñados, unos encima de otros, sus colores mezclados hasta fundirse en el negro que todo lo inunda cuando los cubro con la tapa de cartón.

 Roberto Sánchez