Tenorio en la picota

El elegante señor puso un billete de veinte euros en el platillo al efecto, dejó su asiento, hizo un gesto de complicidad al camarero para advertirle del hecho y abandonó la cafetería del hotel Carlton. Ya en el exterior, se encaminó hacia la Gran Vía. Se dirigía a la boca de metro de Abando, donde esperaba encontrar a la joven que había conocido hacía un mes en ese lugar en plena vorágine navideña. Paraguas en mano, andaba ligero y, de tanto en tanto, observaba la capota celeste, densa y plomiza, que presagiaba una inminente lluvia. No tardó mucho en alcanzar las inmediaciones de los escaparates de El Corte inglés, desde donde comprobó con satisfacción que no se había equivocado. La muchacha estaba allí: esbelta, espléndida, exuberante… La vio desde lejos. La reconoció enseguida por su vestimenta. Lucía siempre el mismo atuendo: un pantalón beige claro, un jersey color caldera de cuello vuelto y una pelliza tres cuartos. Era su uniforme de postulante. “Fijo que la muy puta es una tramposa que pide para una causa ficticia”, pensó malicioso. Inconscientemente esbozó una mueca de complacencia y aceleró la zancada, firme, seguro de sí mismo: erguido, escondiendo tripa y sacando pecho. Se había soltado los botones del gabán y mostraba un seductor traje raya diplomática gris marengo, una camisa blanca y una corbata de seda de color rosa palo adornada con una aguja de oro, a juego con la insignia con el escudo del Athlétic que ostentaba en el ojal de la solapa de la chaqueta. Ella también se percató de su presencia. Le impresionó el porte y la prestancia de aquel señorón que en cuatro ocasiones había atendido a su demanda entregándole un billete de cincuenta euros. Cuando lo tuvo a su lado, repitió la cantinela de marras:
Una ayuda, por favor. Colabore en la lucha contra la droga.

- El hombre dibujó una sonrisa benevolente y se detuvo. Introdujo la mano en el interior de la chaqueta y extrajo una cartera de piel. Sacó un billete de cincuenta euros, nuevo y bien doblado, y se lo entregó.

- Muchas gracias- acertó a decir la limosnera, mientras le ponía una minúscula pegatina en la pechera.

El desconocido volvió a sonreírle, pero no le contestó. Y se alejó sin despedirse. No giró la cabeza hacia atrás. Sentía la mirada de perplejidad de su presa, perdida en los pliegues de su paretó. Sabía que estaba ya a punto de caramelo. Lo advirtió en el brillo apagado de sus ojos azules, casi deslavados en un fulgor ceniciento. No dudaba de que le consumiría la intriga por saber quién era el generoso caballero que por quinta vez le había donado la cantidad de cincuenta euros y qué motivos le movían a hacerlo. Y el misterio derivaría en una curiosidad mórbida, que la llevaría sin remedio a él. No en vano había tomado la precaución de ocultar en el doble de ese último billete una tarjeta en la que rezaba el nombre Juan Tenorio y un número de teléfono. En este particular era muy meticuloso y metódico: utilizaba un apelativo falso, al que asignaba un móvil distinto. Ese modo de organizar sus contactos, de acuerdo a comunicaciones a listas estancas e independientes entre sí, resultaba muy eficaz, porque posibilitaba la discrecionalidad y la impunidad en su oficio de castigador. En esta ocasión, había actuado de la misma forma que procedió en el cortejo de su conquista anterior y presuponía que la nueva promesa respondería tal y como lo hizo aquella. “Esto va bien. ¡Cojonudo! Otra que está en el bote. ¡Y menudo polvo que tiene! A esta me la pienso follar a saco”, se regodeaba, relamiéndose los labios, cuando ya accedía a la Sociedad Bilbaína.

Un cuarto de hora más tarde la chica siguió sus pasos, aunque enfiló por el puente de El _Arenal hacia el Casco Viejo. Recorrió sus calles con parsimonia, parándose ante las vidrieras de varias tiendas, fumando un cigarrillo tras otro, sin importarle empaparse por las hebras de agua que precipitaba un incipiente sirimiri. Cuando llegó a la altura del bar Lamiak terminó la marcha. Entró en el local, pidió la consumición en el mostrador y se acomodó en una silla de anea del ambigú. Parecía que estaba citada con alguien. Bebía a pequeños sorbos espasmódicos un brebaje rojo. A su alrededor no había nadie. Aprovechó el momento para fisgar los cuadros de estilo incierto que colgaban de las paredes. Miró varias veces al reloj. Habían transcurrido veinte minutos. Evidentemente, quien quiera que fuese la persona que debía venir se retrasaba. Con muestras de nerviosismo, dio culo al vaso, se levantó y solicitó otro combinado. Apuraba ya esta segunda copa cuando irrumpió en el establecimiento un individuo alto, de complexión atlética, ataviado con una gabardina negra y tocado con un sombrero de lluvia que se quitó al aproximarse a la esquina donde ella aguardaba.

- ¿Otro cacharro? –le preguntó, sin saludar siquiera. ¿Lo de la última vez, Granadina con Bifeeter, no? –añadió, sin darle tiempo a responder.

- El recién llegado se acercó a la barra. Le llevó algunos minutos que alguna de las atrabiliarias camareras le hicieran caso. Pagó y volvió a la mesa con dos vasos repletos de hielos y licores.

- ¿Y… bien? –inquirió, sin preámbulos ni palabras de cortesía.

Ella lo contemplaba absorta. Su cabello azabache cortado a cepillo, sus facciones apolíneas, su cutis marfileño y sus ojos garzos la tenían embobada. El magnetismo de aquel hombre, de quien nada conocía –ni su verdadero nombre-, era superior a cualquier resistencia que pudiera poner. Ante él, todo se derrumbaba: sus prejuicios, sus ilusiones, sus ideas, su dignidad; todo… No conseguía evitarlo, ejercía sobre ella un poder narcótico que la convertía en una marioneta que manipulaba a su antojo.

- ¿Te has quedado muda? –insistió impaciente el desabrido sujeto.

Salió de su ensimismamiento, carraspeó para disimular y con un débil hilo de voz balbuceó:

- Me… ha dado una… tarjeta de visita.

- Perfecto. Déjame ver…

Obedeció sin rechistar y se la entregó. Él la leyó de un solo vistazo. “¡Qué hijo de perra! El cabrón de mierda dice que se llama Juan Tenorio. ¡Puta alimaña!”, fue lo más comedido que se le ocurrió. Aquel endriago solo vivía para el sexo, sin importarle nadie un ápice. ¿Acaso creía que se podía tirar a todas las tías de Bilbao sin hacer frente a ninguna responsabilidad, como hizo con su hermana, a la que dejó embarazada y luego olvidó en la estacada? No, él no lo permitiría; no haría más de tripas corazón. “Esta es la última vez”, renegó azuzado por la inquina que le corroía las entrañas, aunque mantuvo la compostura y encubrió su indignación.

- Te pondrás en contacto con él la próxima semana –le indicó imperativo, mientras le devolvía la tarjetilla y deslizaba en su mano un sobre lleno de billetes de euros.

Guardó silencio. No era agradable estar forzada a concertar un encuentro erótico con alguien con el que no tenía relación alguna, menos aún, deber hacerlo por imposición de quien la ignoraba descaradamente como persona y la utilizaba como un mero objeto sexual y como peón de zapa en sus siniestras maniobras. Pero no se hallaba en situación de negarse a cumplir lo que le exigiera aquel monstruo. No. No quería perderlo, porque estaba enamorada de él de manera enfermiza. Antes de eso, haría cualquier barbaridad. Además, muy a su pesar, dependía económicamente de su dinero, que le era imprescindible para pagar los gastos derivados de su adicción a las drogas, por lo que no se planteó otra cosa que no fuera seguir sus instrucciones.

- Tómate la bebida y vámonos –ordenó taxativo su dueño y señor.

Y ambos vaciaron de un trago sus respectivos vasos y se largaron de allí.

Cuatro días después marcó el número del celular que figuraba en el tarjetín que le había facilitado el fulano de la cartera suelta.

- ¿El señor Juan Tenorio? Usted me conoce de verme postulando cerca del “fosterito” de Abando en favor de la lucha contra la droga. Me dio su tarjeta y… Bueno… yo querría, si es posible, quedar con usted para… Si le viene bien, podríamos citarnos en la parada de buses de la plaza Zabalburu pasado mañana a las ocho de la tarde… Todo de mi cuenta… Recójame, por favor, con un taxi.

El supuesto Juan Tenorio respiraba dichoso. Se consideraba un iniciado en esas lides y estaba convencido de que la aventura que daría comienzo en menos de cuarenta y ocho horas iba a ser una experiencia que jamás había vivido. La determinación de la joven le amoscó en un principio, pero con el discurso del tiempo fue tranquilizándose. Es más, la perspectiva de verse gobernado por una mujer le puso cachondo. “Con dos tetas, así las quiero yo”, se autoafirmaba prepotente. Nunca se había visto en una de aquellas y, a pesar de que contaba en su haber con infinidad de devaneos amatorios e historias de cama, la que se avecinaba era todo un reto sugerente y promisor. Así que preparó todo a conciencia para sortear cualquier sorpresa que pudiera echar al traste la noche de fornicio que saboreaba de antemano. Y a las ocho en punto del jueves se presentó en el punto convenido. Su partenaire tampoco falló. La distinguió detrás de los viajeros que se arremolinaban para subir a dos autocares que abrían sus puertas en esos instantes. Tres toques de claxon fueron suficientes para que se percatara de la posición del taxi que venía a buscarla. Permaneció inmóvil hasta que se libró la acera y, cuando partieron los autobuses, montó en el asiento trasero del vehículo.

- Por favor, ¿nos lleva a Iralabarri? –señaló al chófer, luego de saludar a los ocupantes del coche.

Al flamante galán le sorprendió el destino. Nunca había estado en esa área de Bilbao, que se le antojaba cutre y peligrosa, pero no puso objeción alguna. Se había propuesto dejarse hacer por el bombón que le había quitado el sueño los dos últimos días. Todo había empezado a pedir de boca y no iba a estropearlo ahora con remilgos de señorito. Decidió pues disfrutar del paisaje urbano que columbraba en el itinerario gracias a la luz mortecina que provenía de las escasas farolas que alumbraban la vía. Apreció que un indefinido ambiente inglés rezumaba por los ladrillos de la manzana de los chalets de la zona, la mayoría palacetes de tres alturas, abuhardillados, sobrios y vetustos. Faltaba la niebla y sobraba la cuesta empinada para imaginar a tantos y tantos personajes londinenses célebres. Con todo, era patente el abandono a que se había visto abocado el entorno tras los vientos de recesión que azotaron la provincia en las sucesivas crisis industriales.

Después de quince minutos de tránsito por distintas callejuelas, el automóvil se estacionó junto a la verja del número 32 de la calle Zuberoa. De él descendió la pareja de circunstancias. Aquella noche de lluvia persistente, la calma era sobrecogedora y el tórtolo se sintió obligado a salvaguardar a su dama: la cogió del brazo y la atrajo hacia sí, en un trasnochado y ridículo ademán de macho protector de señoritas.

- No te asustes princesa, que aquí estoy yo para librarte de cualquier peligro –fanfarroneó sin recato el burlador de pacotilla.

La aludida, molesta, se zafó del empalagoso supermán y buscó en el bolso el mando de apertura de la cancela. Lo encontró enseguida y lo accionó. La reja se abrió y ambos ingresaron en un zaguán de corte minimalista que albergaba la puerta de entrada a la vivienda, que franquearon sin mayor dificultad. . La conocía muy bien, puesto que era el escenario de sus escarceos amorosos con el adonis de su perdición. Condujo al invitado a la salita de té y le rogó que se pusiera cómodo y la esperara en la estancia. Este examinó la pieza. Era acogedora. La adornaban un tresillo y dos butacas de estilo victoriano, todas ellas tapizadas con tela ocre con motivos de flor de lis y con posabrazos y patas de caoba, una mesita de cristal biselado, un mueble-bar también de caoba y con puertas de cristal policromado, una alfombra persa con tonos pasteles apagados, una lámpara de bronce con plafón de alabastro y dos cuadros. No le dio tiempo a saber quiénes los firmaban, porque de pronto apareció en el umbral la beldad de sus anhelos, encantadora y magnífica. Cuando la tuvo delante, se puso en pie. La recorrió de arriba abajo. No quitaba la vista de los senos que se insinuaban debajo de su suéter, prominentes e hipnóticos, ni de las formas perfectas de sus largas piernas, auténtica carne de lujuria. Viéndola así, tan de cerca, sintió su animalidad a flor de piel y las vísceras que regían sus instintos primarios despertaron irrefrenables a la lascivia. “¡Vaya potranca! Hembras como esta incitan a una galopada de mil pares de leguas y lunas”, se dijo enardecido. Imaginó lo que muchos hombres serían capaces de hacer por “montar” aquella extraordinaria “pura sangre”. Y él la tenía a su disposición, lista para iniciar la más fascinante de las locuras, un repaso actualizado página a página del Camasutra. No dejó pues escapar la oportunidad y se arrojó sin miramientos al abismo de sus más bajas pasiones.

La orgía duró varias horas. Finalizó a la medianoche, cuando los dos únicos participantes se entregaron al sueño, que resultó ser el sueño eterno: el hombre, agotado por el cansancio y por el estado cataléptico en el que le abismó la mezcla de alcohol y cocaína que le suministró la mujer, conforme al plan establecido; y esta, afectada por los barbitúricos que ingirió siguiendo la recomendación de quien había organizado la bacanal, el propietario de la casa, que los inmoló como víctimas de un sacrificio ritual de odio y de venganza. Odio, sí, odio a las mujeres como aquella, memas, pusilánimes, obsesivas y enamoradizas, o como su hermana, pagadas de sí mismas, estúpidas, superficiales y con aires de muñeca de salón de entrepierna regalada; y odio a Germán Aperribai. Sobre todo, a Germán Aperribai.

Lo odiaba con la frialdad de una aversión reposada e inveterada. Todas sus frustraciones nacían del desprecio y el escarnio que padeció por su aspecto afeminado y melindroso desde sus primeros recuerdos del colegio. Aperribai, en su calidad de líder, lo había adoptado como su protegido- naturalmente, para reírse en exclusiva de él- y le prometió que siempre estaría a su lado. “No te preocupes, yo me encargaré de que todos te admitan y te respeten”, le aseguró, con ese modo de hablar histriónico y grandilocuente con el que empezaba sus cacerías. Él se arrimó a su salvador. Había encontrado la solución a sus problemas. Se acabarían las burlas de los demás por su cara “de niña, se acabarían las palizas del precepto cuando comprobara que era “el mejor amigo” de su preferido, se acabaría el menosprecio de su madre que lo consideraba un apocado y un perdedor, se acabarían las sesiones con aquel sicólogo que le martirizaba con sus continuas preguntas sobre sus inclinaciones sexuales, se acabarían las pesadillas diarias e incluso la cama mojada por las noches; todo iba a cambiar gracias a la amistad de Aperribai. Pero no fue así y quien pretendidamente se ufanaba de ser un compañero leal, se la jugó a traición y sin piedad. Aconteció una tarde lluviosa a la salida del colegio, cuando aquel miserable sin escrúpulos le propuso ir de jarana sexual. “Con quince años, ya va siendo hora de que te desvirgues. Hoy nos acercaremos a un local de unos colegas donde vas a ver las estrellas”, aventuró. Él aceptó temeroso. El sitio en cuestión era un bar que se ubicaba en un chaflán de la calle Cristo, en la subida para Uribarri. En la trastienda tres hombres les invitaron a pasar y les ofrecieron licores y tabaco. Bajo los efectos de los cubalibres, sufrió todo tipo de vejaciones con cada uno de los violadores, mientras aquel sátiro ominoso se masturbaba exultante en el quicio de la puerta. “Es mejor que nadie se entere de esto, sería peor para tu fama de amanerado”, le amenazó, una vez que concluyó el episodio más lacerante de su vida.

Recordaba fotográficamente aquel día y aquella noche con rabia, impotencia y tristeza infinita. No. Nunca contó nada. Portó la cruz de su tragedia en heroico secreto. Solo él tenía constancia del dolor íntimo y callado que lo acompañó hasta entonces. Pero por fin se había resarcido. Se la había jurado a aquel ser abyecto esa tarde en la que lo violentaron con un calvario de estupro y felaciones, y se la acababa de cobrar con creces. ¡Qué sencillo había sido dar cuenta de aquel “picha brava” pervertido y, de paso, deshacerse del moco pegajoso de su ramera, que le tenía hasta las narices con sus interminables ruegos y constantes quejas! No tuvo más que aguardar con paciencia a que el curso de los acontecimientos culminara en las condiciones adecuadas para la comisión del doble asesinato, esto es, que los amantes de Iralabarri cayeran en los brazos de Morfeo, enteramente enajenados del mundo por la acción de los estupefacientes que se habían procurado: él, sin saberlo; ella, adrede. Así, cuando constató que estos dormían profundamente desde su puesto de vigilancia en la habitación contigua, se presentó en el dormitorio donde descansaban desnudos tendidos en la cama y, en un santiamén, con una facilidad pasmosa, degolló a la mujer, que no emitió ningún sonido ni realizó movimiento alguno. “Muerte de coneja, limpia y rápida”, dictaminó. Pretendía hacer lo propio con el bello durmiente; pero, de súbito, este se levantó sorpresivamente y se recostó en el cabezal, en un impulso reflejo que ponía de manifiesto que despertaba de una horrible pesadilla. El resucitado agitaba la cerviz de una manera compulsiva; el sudor que teñía de brillos nacarados sus cabellos se le escurría hasta los hombros. Le faltaba el aliento, era como si un gran peso descansara sobre su estómago y le impidiera respirar; parecía que la lucha por cada bocanada que aspiraba hubiera de resolverse en un último golpe de agonía y después ya solo quedara la asfixia y el vacío. Se incorporó con un hálito gorgoteante brotando de su boca e intentó que el aire le llegara a los pulmones con un ansia desesperada. Después de varias inspiraciones se sintió algo más calmado. Se llevó la mano al corazón y pudo percibir su pálpito desbocado y errabundo. Miró a su alrededor y no vio nada. La alcoba estaba sumida en la más absoluta oscuridad. Se acogotó. En su casa nunca bajaba la persiana del todo, porque le gustaba que una mínima línea de luz creara una sensación de calígine y que al abrir los ojos no le rodeara una negrura amorfa, sino un mundo desvaído y etéreo. Pulsó el interruptor de la luz en busca de la perentoria claridad, pero no sucedió nada. Una vez. Otra. Una serie de diez intentonas y empezó a notar que el color negro se adhería a su piel, penetraba por sus fosas nasales y lo envolvía en una burbuja de crespones fúnebres. En medio de las tinieblas que todo lo anegaban, tuvo una intensa sensación de desnudez. Se sintió desvalido y precisó el calor de la mujer que reposaba junto a él. Espontáneamente aproximó su cuerpo al de ella, metió su mano por debajo de las sábanas y acarició su pubis. Un escalofrío le atenazó los músculos al advertir el fluido viscoso que se le adhería a la palma. La retiró con un espasmo. Era sangre. Meneó con delicadeza el cuerpo. El pecho y el vientre aparecían maquillados por una capa brillante que proyectaba destellos yermos al reverberar en ellos la llama de su mechero encendido. Un enorme tajo le había seccionado el cuello del que aún manaba un reguero rojo. Los ojos del cadáver se abrieron como activados por un resorte y recibió un susto mayúsculo. El grito que lanzó fue tan agudo que tuvo la impresión de que le llegaba desde muy lejos, como si él mismo estuviera en otro lugar chillando de pánico. Saltó del lecho para huir, pero no fue capaz de articular las piernas. Lo paralizó el ruido de la respiración honda y acelerada que percibía detrás de la puerta. Él también rompió en un jadeo perruno que le duró un buen rato. Aunque poco a poco fue reponiéndose y, cuando se le restablecieron las constantes vitales, progresó lentamente hacia la salida. Vaciló. ¿Sería prudente escaparse de aquella manera? La coyuntura no se prestaba a fluctuaciones y siguió adelante, si bien hubo de detenerse nuevamente, al oír una voz sumergida en un murmullo contenido que musitó una especie de letanía al otro lado de la hoja de madera. Allí había alguien acechando. Una sacudida le barrió desde las raíces del cabello hasta las uñas de los pies y, para no caer al suelo, tuvo que sujetarse al metal de la manija. ¿Qué estaba sucediendo? Todo resultaba muy extraño. No creía en los fantasmas ni en los fenómenos paranormales, pero lo cierto era que aquello apuntaba a un despropósito insólito. Ofuscado, titubeó: ¿y si desvariaba? Para cerciorarse de que no se trataba de una alucinación o algo así, se dio la vuelta y regresó a la cama. Arrastró hacia sí la sábana y salió de dudas. Su amante yacía muerta. La tocó. Estaba muerta, fría y rígida. La zarandeó. Estaba muerta, chorreando sangre. La soltó bruscamente. Estaba muerta, hedía a humores putrefactos. Muerta, sí. No desbarraba. Se notó débil, espeso y mareado. ¿Quién era el desalmado que la había matado y ahora jugaba al escondite con Él? La angustia lo venció. Irremisiblemente flaqueó y se derrumbó de espaldas sobre el fiambre. Cerró los párpados y vomitó. Y al abrirlos, el corazón se le bloqueó. Latió una vez y después ya no bombeó más. Una figura embozada, vestida completamente de negro le observaba a un metro de distancia. Sus ojos destacaban en la tenebrosidad del cuarto; con su color azul intenso parecían las luces estroboscópicas de un vehículo policial. Cuando superó la conmoción inicial, el ritmo sístole diástole le fluyó de nuevo. Ya, en balde. Porque el asesino le asestó una puñalada letal que quebró definitivamente su cadencia.

Nicolás Zimarro