Un encuentro casual

La vida es un cúmulo de responsabilidades donde el deber cristaliza en un prisma perfecto y centrado en las caras y yo queridos lectores no soy más que un típico exponente de ese aforismo.
Pensaran de mí que soy un maleducado que me pongo a hablar de mis cosas sin presentarme, ni decir hola, ni ofrecer café, ni nada. Pues bien si todavía siguen por ahí les diré que me llano Francisco, Francisco Egea Latorre para más señas. Soy dermatólogo y me dedico a lo que todos mis colegas, quemar papilomas, verrugas y demás seres inmundos que pueblan las zonas más transitadas de nuestros órgano más extenso, la bendita piel. Los de mas caché o relaciones sociales, vaya usted a saber, se especializan en las impurezas de la epidermis facial y se forran. Si por casualidad acceden a la consulta de un dermatólogo y no ven más que cuatro paredes mustias, un diván forrado de una sabana con un lamparon de pie y alguna foto sucia, tengan por seguro que es uno de mis colegas de la plebe. Si por el contrario se encuentran una Nespresso en el vestíbulo tóquense la cara y descubrirán que padecen de acné, manchas foliares o soriasis facial. Así es este negocio.
Pero me estoy disipando, que es otra de mis peculiaridades como la de la responsabilidad con la que abría mi relato. Decía que soy un exponente de la responsabilidad en el ser humano occidental y caucásico. Si me comprometo a algo lo cumplo por encima de todo. Tanto es así que una noche en el transcurso de una juerga de las denominadas guarras, de esas con pinchos morunos, partido de futbol en la calle con botes de suavizante y mucho alcohol de marca desconocida, juré amor eterno a una moza alta y bien armada. Ante la incredulidad por su parte, de la moza me refiero, rubriqué mi voto con la firma de un precompromiso matrimonial en el envés de una servilleta grasienta. Resultó que la moza en cuestión procedía de un perito agrónomo de Cuenca venido a menos. Y digo a menos porque era mas que palpable que ella ahora era menor en cantidad que lo que fue él antes. Cosas de la naturaleza y de la cirugía. Para satisfacer su curiosidad les diré que mi vida es razonablemente feliz porque resultó que el perito –que adoptó por gracia Mónica- es una mujer de su casa, atildada y cocinillas y me lleva como un brazo de mar. Respecto al resto de sus curiosidades permítanme que guarde un comprensible silencio.
Pero yo comparecía ante ustedes para referirles un sucedido que creo será de su interés. Todo ocurrió en el ambigú de un café rutilante de mi ciudad, que desde ahora es la suya y que no por nada es villa muy noble y muy leal y que para que no se crean que esto parezca uno de esos concursos cargantes, les diré que se trata de la villa de Bilbao. El café del que hablo señorea una plaza céntrica de mi ciudad que por razones espurias pasó de denominarse de España a tener por nombre el de su geometría infinita. En ella, en la plaza circular digo, el fundador de la villa mentada, dirige petreo el tráfico desde su mismo centro geométrico, un tal Don Diego Lopez de Haro. Es mi café de cabecera y reconozco que me sirve de terapia cuando el mundo de los papilomas satura mis meninges. Me relaja su aroma algo rancio, su decoración clásica, sus camareros de oficio y el aroma de los cafés que en el se sirven. He de confesar que en estos últimos meses ha sufrido ciertas transformaciones que podríamos denominar como un “aggiornamento” que me han producido autentica irritación. Ahora más que servir café en sus diversas modalidades (por cierto alguna vez habría que hablar de las infinitas variantes con las que se sirve el café en la piel de toro: partimos de los clásicos con leche, solo o cortado, introducimos la posibilidad del descafeinado de sobre o de cafetera, corto o largo de café, con o sin espuma, templado o acaso muy caliente, en vaso o taza, con o sin sacarina. Si se molestan en calcular observaran con horror que nos encontramos con ciento sesenta y ocho posibilidades que un camarero profesional debe manejar con fluidez. No valoramos en lo que se merece al gremio hostelero). Decía que más que servir café escudillan jamón, chacinería y hasta frituras en general. Lo que les decía, irritante.
Lo que, ahora sí, les paso a exponer me ocurrió una tarde de mucho trabajo tras despachar al ultimo paciente. Me estallaba la cabeza y corrí a mi café. Por el camino me propuse y ya les he contado lo que eso representa para mi, trabar conversación con el primer parroquiano que encontrase en La Granja (que así se llama el establecimiento y ruego me perdone que haya olvidado participárselo hasta ahora), sin ningún prejuicio, sin pararme a considerar su aspecto, condición o clase social. Y así lo hice. Permítanme que me tome la libertad de relatar en presente lo que entonces ocurrió. Así fue poco más o menos.

- Buenas tardes caballero, me llamo Francisco, Francisco Egea para servirle, me complacería sobremanera que me permitiera invitarle a un café o lo que usted guste tomar.
- Buenasss tardesss, caballero. Precisamente paraba en ese amable local para conocer a sus parroquianos y conversar con algunosss de ellosss de lo que gusten.
- Pues miel sobre hojuelas, señor mío. Usted y yo formamos un puzle de dos piezas que encajan a la perfección. Esto que no está ocurriendo es de una rareza singular.
- Sí que lo esss, coincido al completo con su atinada apreciación, mi buen señor. Y, dígame ¿qué le ha traído por este su café?
Pues se lo diré sin tapujos. Acababa de tratar a un sacerdote y necesitaba un periodo de expansión psicológica para lo que este café, se lo juro, está perfectamente dotado.
- ¿Qué cura?
- La piel, soy dermatólogo, amigo mío.
- No, me refería al sacerdote.
- Disculpe, creo que Vicario de Santos Juanes.
- ¿Qué especialidad?
- Supongo que la de todos los tonsurados, caridad, eucaristía…
- Me refiero a usted, señor mío, a la dermatología que ejerce.
- Disculpe de nuevo mi torpeza, caballero. Estoy especializado en la extirpación por calcinación de papilomas, verrugas y demás. Soy un hacha chamuscando esas pequeñas infecciones epidérmicas. Permítame la petulancia si le digo que me considero uno de los mejores, sino el mejor, de los dermatólogos incineradores de papilomas. Manejo la pistola de Nitrógeno como nadie y mi puntería es reconocida en el mundo mundial. Le diré y déjeme que abunde en este asunto que ostento el galardón del dermatólogo más rápido en desenfundar, apuntar y quemar con acierto un papiloma de 2 milímetros según el reglamento del concurso de dermatólogos diplomados. Ahí es nada, ¿no cree usted?
- Puesss me ha dejado usted patidifuso, señor mío. No doy crédito a mi fortuna al toparme con usted sin casi proponérmelo.
- Gracia que usted me concede.
- No hay por qué. Me encuentro algo sorprendido de que usted no me haya reconocido, caballero. Debo confesarle que soy un personaje muy afamado e importante si me lo permite.
- Déjeme que le observe con detalle. Hágame el favor de colocarse aquí debajo de la luz de este quinqué. Pues ahora que lo dice su porte y prestancia natural me quieren decir algo. Además esa barba que luce le aporta un prestigio que supongo se le debe. Dígame, ¿a qué se dedica usted, caballero?
- No me duelen prendasss al afirmar que en estosss momentos tan complicados para nuestro paisss me aplicó en cuerpo y alma en tareasss económicasss de enorme importancia. ¿Cae usted? No quisiera desvelar mi nombre porque transito por estas tierrasss de incognito y en tareasss de prospección.
- Sospecho que es usted el señor aquel de la mantita, Boyer creo que se llamaba.
- No, por Diosss no me ofenda, caballero.
- Le ruego que me perdone. Créame cuando le digo que nada más lejos de mi intención que zaherirle. No me atrevo a seguir probando suerte, así que le ruego sea franco conmigo y me diga su nombre así entero y sin ambages.
- Bueno, sea, pero le ruego discreción absoluta. (Susurrando) Soy Mariano Rajoy ¿Cómo se queda?
- ¿El actor de variedades?
- No, el Presidente del Gobierno.
- ¡Oh! Lo siento, no tenía el gusto. Y dígame, ¿qué le trae por estos lares, ilustrísima?
- Muy sencillo. Estoy tratando de pulsar la calle. Consulté con mi gabinete de expertosss en pulsaciones y me recomendaron encarecidamente esta villa y este café.
- ¡Esplendido! Y ¿ha pulsado mucho, ilustrísima?
- No acabo de empezar, en realidad para serle sincero es usted el primero que pulso.
- Pues le juro que me ha pulsado de primera, ilustrísima.
- Le agradezco el cumplido, caballero.
- No tiene por qué. No hago sino cumplir con la verdad como es de justicia, ilustrísima.
- Si me permite tengo que seguir pulsando, usted lo comprenderá.
- No faltaría más. Ha sido un placer, ilustrísima y que usted lo pulse bien.
- Muchas graciasss, caballero y hasta otra. (Se retira por la izquierda de la escena y se dirige a una dama a la voz de “Soraya ven que tenemosss que pulsar por otro lado”)

 Joseba Molinero