WC

Los servicios de diseño moderno de muchos locales de hostelería son minimalistas; tanto, que algunos, por no tener, no tienen ni receptáculos independientes para orinar. Los del Café La Granja son de esos: espacio amplio, lavamanos corridos encastrados en encimera de mármol, varios excusados y una enorme pared meadero, rematada en el suelo por una tarima acanalada por la que discurre la micción de los usuarios luego de caer en reguero mezclada con el agua que para mantener la higiene brota automáticamente de unos chorritos instalados al efecto. Todo inmaculado, aromático y reluciente…

A él no le hacía demasiada gracia excretar en aquel sitio tan poco reservado, en el que la parroquia estaba expuesta a las miradas de cualquiera y sus partes íntimas quedaban a la vista de quien quisiera curiosear. Le resultaba muy incómodo tener que adoptar esa pose de dignidad típica en esas ocasiones, sainetesca y ridícula, si bien necesaria para superar momentáneamente la sensación de indecoro y de desnudez gratuita y ominosa que le embargaba cada vez que se hallaba en aquella coyuntura. Y por si no fuera suficiente, le repugnaba sobremanera el sentimiento de impudicia que le asaeteaba la conciencia cuando tomaba entre el índice y el pulgar de la mano derecha su miembro viril, flojo y bamboleante, para expeler el líquido que rebosaba su vejiga y que, incontenible, al instante manaría con fuerza ante los ojos de quien tuviera a su lado. Pero no se libraba de ir a desahogarse a aquel acotado para las inmundicias, porque sus amigos tenían el hábito de reunirse en tertulia y tomar unas copas en ese establecimiento las tardes de los sábados y él no conseguía aguantar la sesión sin visitar el baño.

Y allí estaba, ante el muro urinario, flanqueado por otros dos meones, con la mirada extraviada en el frente alabastrino, con las vergüenzas entre los dedos, evacuando a discreción. Para disimular su embarazo, primero carraspeó y después tosió repetidas veces. Sentía a flor de piel la presencia de quienes lo acompañaban en aquella operación odiosa. Uno, el de su diestra, acabó pronto y, acto seguido, demostrando una grosería supina, expectoró, arrojó un esputo al conducto donde se sumían los fluidos residuales y se marchó sin decir nada; el que tenía a su izquierda, por el contrario, se demoraba mucho y parecía que nunca iba a completar la faena. Él terminó antes que este y culminó la maniobra rebañando con la palma derecha el agua que resbalaba por la superficie del tabique mingitorio y enjuagándose el glande para evitar el tufo a pis y los vestigios de la última gota en el calzoncillo.

¡Jodé! ¿De qué vas? – protestó enfadado el desconocido-.

¿Eeeh…? –acertó a decir él, sorprendido por los modales y el tono desabrido de las palabras de aquel individuo, mientras escondía apresuradamente la verga y abotonaba la bragueta-.

¡Hostia tío! Me has salpicado…

¿Ah… perdón! No me he dado cuenta… Lo siento, lo siento –se disculpó cabizbajo-.

Vale… vale… -atemperó el extraño, tras examinar las minúsculas manchas diseminadas por la pernera, al tiempo que guardaba sin recato el pene, que aún pingaba-. Bah, solo es agua. Agua… agua… Aunque puede que agua y… Vaya marranada macho, ¿cómo es que te limpias la polla de esa manera?

Bueno… Yo…

Qué, la quieres tener lista y a gatillo por si se tercia algún trabajito, ¿no? – le interrumpió el entrometido-.

¿Co… cómo? -balbució-.

Co… comiendo… Ya ves… Eso, tío… Lo que tú esperas es que te salga alguna pava y deseas estar aseado para la ganga, ¿eeeh? – insistió el sujeto-.

Oye, ¿qué te has creído, que puedes ir por ahí abordando a la gente y diciendo lo que te viene en gana? –le reprendió amoscado-.

¡Che, che! Para, para, que el que anda haciendo porquerías en los váteres y pringando al personal eres tú –se defendió el intruso-.

No me digas… ¿Y quién se dedica a fisgar el sexo del prójimo a la que tiene chance? ¿Yo? -le replicó con acritud-.

¿Me estás llamando mirón? – espetó beligerante el aludido-.

Tú dirás qué, si no…

Mira tío, yo no tengo la culpa de que tengas un pollón como una boa, que se ve aunque no quieras –le soltó el insolente-. Y… hablando de tu culebra… ¿Sabes a qué me recuerda? Pues al cuello y al coco de la cantante calva.

Pero… ¡tú estás loco! ¡Qué dices! Los tipos como tú no deberían circular solos por la calle.

Ay… ay… Tan decente y tan ignorante… -se burló el pajolero-. El respetable no tiene ni puta idea del tema… Claro… y tampoco sabrás de Manolo cabeza de bolo, ¿no? Qué cojones… Me apuesto lo que sea a que no has ido más allá que del calvo ese de los anuncios de atún de la tele. ¡No te jode!

Aquello era intolerable, un embate en toda regla que no estaba dispuesto a consentir. Por ello decidió esfumarse del lugar. Consideró que continuar el diálogo estúpido en el que se veía envuelto por aquel zumbado no le iba a reportar nada provechoso, en todo caso un altercado desagradable, y optó por soslayarlo. De este modo, le dio la espalda y enfiló hacia la puerta de salida. Sin embargo, se vio sorprendido por el movimiento felino del fulano, que se plantó en el umbral con los brazos abiertos en cruz y le impidió progresar.

No… no…, tú no te escaqueas… Todavía no me has cantado por qué te pules la chorra, cacho cabrón. Así que afloja… Desembucha… desembucha… Y no intentes darme el palo… Porque yo ya sé para qué… Es por si suena la flauta y tenemos fregado. A que sí… -arremetió el que se descubría como un agresor obstinado, que mostraba evidentes signos de estar bajo los efectos de alguna droga, con un brillo opalino en los ojos, una respiración convulsa y una risa sardónica.

Lo contemplaba entre azarado y atemorizado. Quién sabía… Aquel energúmeno podía ser peligroso y presumiblemente llegaría a mayores… Era consciente de que si se encaraba con un chiflado tendría todas las de perder, por lo que procuró expresarse con talante conciliador.

Creo que ya basta, ¿no? La broma no tiene gracia.

De eso nada, monada. Yo me lo estoy pasando de mil pares… O sea que… ya estás largando…

No le venía a la mente qué argumentar y guardó silencio.

Qué, ¿cuántas veces has bajado la bandera y te has llevado de extranjis un pimpollo al huerto? – porfió el hurón impertinente, frotándose las manos y carcajeándose como un chimpancé-.

Por favor… déjame en paz… no entiendo a qué viene todo esto.

¿Que a qué viene? Será hijo de… ¿Que a qué viene? Pues… a que no me da la puta gana de que pases de mí y te marches de aquí por la patilla… ¡Ni por el forro! ¿O qué te has pensado, perro, que eres más que yo? ¡No te jode con este meapilas de mierda! – bramó exaltado el camorrista-.

No se atrevió a abrir la boca. Estaba alucinado y presentía que en cualquier momento sucedería lo peor.

¡Oh!, el carroza hace mutis… Mira por dónde… ¿no será que en tu puta vida te has comido un rosco, aparte de echarle de vez en cuando un mal polvo a tu vieja? Ya quisieras tú, puto gazmoño… Si va a ser eso… Eso, que flipas imaginando que tienes potra con una tía guay, todo guarra, y te da una chupadita y otra y otra y, luego, te la tiras a quemarropa… A que sí… Y por eso quieres llevar la cola de punta en blanco, por si cae la breva… Eres un pardillo. Rulas de cráneo si te desfasas con ese desbarre… Todas las tías son unas zorras… no follan para hacer disfrutar, follan para joder… ¡Cuánto mejor los tíos! Estos sí que son de puta madre, puro vicio… Eso es lo que son, carne y solo carne y fornicio a manta…

Verdaderamente, la perorata de aquel pervertido le había dejado mudo y sin capacidad de respuesta. No hallaba forma de escapar de aquella absurda ratonera, a no ser que fuera arrostrando la situación arrancándose a golpes con el depravado que la había emprendido con él. Aunque esta no era la solución. No es que fuera un pusilánime, pero no era partidario de la violencia y, además, a buen seguro saldría escaldado de la pelea. Persistió por tanto en su actitud y lo fio todo a la suerte o a que algún cliente quisiera ingresar en el retrete, oportunidad que aprovecharía para escurrirse.

Escucha, panoli -prosiguió vehemente aquel pendenciero-. Los tíos… los tíos… Son los amos del cotarro… Catan de puta madre lo que nos mola a los hombres. Porque todos tenemos lo mismo, unos huevos y un nabo que quieren candela, todos somos unos salidos… y los tíos pergeñan como Dios el asunto. Mira, yo controlo unos antros cerca del puente de La Merced en los que te pones tibio por el morro. Sí macho, por el puto hocico… unos colegas te hacen unas pajas cojonudas y unas mamadas de la hostia para arriba. Sin ningún mal rollo… Nada de mariconadas ni mamonadas de esas… Tú descargas y, hala, a casa, más feliz que Don Turuta con su batuta. Hay que ir a esas cuevas para saber lo que es la repanocha. A que te priva… O qué… Ya puestos… ¿mismamente prefieres que te la pele aquí? “Nou problem”… Por mi…

En contra de su voluntad, se estaba exasperando. No sabía si reír o llorar, si apartarlo del paso de un empujón o permanecer a la espera de que algo o alguien remediara aquella circunstancia tan enojosa.

¿Por qué me miras así, con esa jeta de gilipollas? No te ha gustado ni pizca lo que has oído, ¿eh? Y estás ahí como un pasmarote… ¡Mojigato! Con la de pirulos que tendrás… ¡Eres un mojigato del copón! –le insultó aquel diablo tarado-. Será mejor que el menda se abra, que ya me he dado cuenta de que no vales ni para tomar por el culo.

Por fin una alegría. Parecía que, afortunadamente, la patochada concluía, que en breve se bajaría el telón del burdo esperpento que había protagonizado inopinadamente y que aquel incidente azaroso quedaría en poco menos que en una anécdota desgraciada. Mas el provocador no cejó en el empeño. Dio una zancada hacia atrás y salió al pasillo, y desde ese punto volvió a la carga.

Ah, por cierto, ¿cómo se llama usted?

El cambio repentino en el registro del lenguaje y la dicción fingidamente amable de su pregunta lo descolocaron en un principio. Tenía toda la traza de ser una nueva dimensión de su juego malévolo, sibilina y preocupante. Pero enseguida comprendió que los ademanes de caballero de su fatídico interlocutor no eran sino una estratagema para no despertar sospechas en la persona que parecía estar aproximándose. Desde su posición, aún dentro de los lavabos, no podía verla, pero percibía perfectamente el taconeo cadencioso de unos zapatos de mujer, cerca, cada vez más cerca. Se sintió a salvo, e instintivamente le contestó arrogante, haciendo alarde de un señorío insólito.

Mi nombre es Ernesto.

¿Ernesto? Será usted importante –comentó, para su asombro.

¿Cómo?

¿No conoce la importancia de llamarse Ernesto? Vamos… No es posible… Un dechado como usted… Todo un figurón… Sí señor, un pedazo figurón… A todo esto, ¿nadie le ha hablado de Figurón? ¿No? Mal, mal… Estas cosas hay que dominarlas. Es usted un inculto…Más le valdría informarse. Así quizá no le haría ascos a esos paraísos que le he mencionado.

No entendía ni un ápice de aquel dislate, de la última ocurrencia de aquel histrión de pacotilla. Tampoco iba a ningún lado. A esas alturas, carecía de relevancia, pero le hubiera gustado ser quien pusiera la puntilla, erigirse en el valedor del triunfo de la prudencia sobre la desfachatez y la ignominia. No tuvo éxito, porque se le adelantó el demonio de pega.

Es igual… Se lo explico otro día.

Zanjó así definitivamente la conversación, justo cuando apareció delante de ellos una joven que se dirigía a la zona reservada a las señoras y que le obligó a retirarse a una esquina para dejar expedito el acceso. Se trataba de una minifaldera que se contoneaba con voluptuosidad y donaire a la que le radiografió toda la geografía de las piernas y el trasero. Su mirada de lujuria contradecía la palabrería anterior acerca de sus apetencias sexuales. Se manifestó como un sátiro. Babeaba, se relamía los labios y meneaba la testa de arriba abajo en señal de aprobación. Libidinoso, se acariciaba sin rubor los genitales. Era patético. Y más, cuando comenzó a bascular la cabeza en dirección a la chica en un gesto de complicidad, como si quisiera insinuarle que fuera tras ella, y apresuradamente se bajó la cremallera del pantalón y penetró a trompicones en el WC. Él, por supuesto, no se dio por enterado. Respiró pausadamente hasta reponerse y, reconfortado, abandonó el área de sanitarios y se encaminó hacia las escaleras que lo llevarían a la paz de la estancia del café. Había aprendido que los servicios públicos son vedados de alto riesgo y que en el futuro solo debía mear en los inodoros a puerta clausurada con pestillo.

Nicolás Zimarro