Derivada de la soledad de latón y terciopelo respecto del tiempo

Vengo de la oficina con traje liso y chaleco, ambos color azul caballería de la Unión, y con camisa corbatera azul. Me he cruzado con muchachas marcianas con moño Winehouse; jovenes cabohorneros que llevan el pelo cortado como los iroqueses y una ensaladilla de negros e indios. Todos tocando la pantalla de sus esmórfones.

Compro el cuarterón de tabaco en el estanco, donde la estanquera me saluda atenta, mientras una promotora de tabacalera me quiere vender una cajetilla de cigarrillos industriales, que rechazo graciosamente.

En el Café, el maitre de cartón ya no me recibe en la entrada principal. Miro el toldo y compruebo que ha perdido la lona y que el mecanismo tiene el aspecto del esqueleto abandonado de un animal mitológico. Dudo que sea capaz de cumplir su función y le deseo que siga sin llamar la atención pues, en caso contrario, pronto formará parte de las exportaciones de chatarra a Turquía.

Dentro, las columnas de fundición están pintadas de un amarillo viejo y las paredes enfoscadas en verde pastel sin rastro de humo, pues el local fue repintado después de que los puritanos del tabaco prohibieran fumar en los establecimientos hosteleros. Los carteles de antiguas ferias taurinas y fotos de la época de inaugural, que se calentaban con la luz naranja de los enormes apliques de latón, fueron descolgados el año pasado para darle al local un aspecto más moderno. Tristes apliques, tan fielmente reproducidos, indefensos sin la protección de los carteles taurinos, aún pasan totalmente inadvertidos, salvo para mí que me baño en su luz latonada. Baño que me limpia de cortes de pelo iroqueses, de moños Winehouse y de esmórfones.

Los escaños tienen forro de tartán de terciopelo, del clan Stewart, y las mesas, la mayoría tullidas, cuadradas y para dos personas, soportan una chapa de melamina parda y barata. Las viejas mesas de placas de marmol blanco más afortunadas han emigrado al café hermano mayor; el resto fueron arrojadas a la oscuridad con el maitre, la lona del toldo, los carteles taurinos y los platillos que querían ser ceniceros, insuficientemente camuflados para evitar las iras de los meapilas del tabaco.

Los espejos alargados compiten con los percheros de latón por el territorio abandonado por los carteles taurinos en una guerra multiplicada por el aumento de tamaño que tendrá el botín, pero que, de momento, no se decanta de uno u otro lado.

Me sacan el cortado de oficio y espero. Observo a un anciano elegante, bajito, calvo, con los pelillos de la nuca blancos y con grandes orejas provistas, cada una de ellas de un sonotone modelo 1980. Mira feliz, con sus ojos azules de niño, el café con leche y el bollo de mantequilla que le sirven de merienda. Me saluda con su mano artrósica y hablamos un minuto de fútbol y del tiempo. Es difícil la comunicación entre sordos, pero es posible cuando estos desean entenderse. Le dejo esperando a su soledad y yo vuelvo, esperanzado, a esperar la mía.

Las muchachas también han llegado hasta aquí y muestran orgullosas sus moños Winehouse. Los cabohorneros se han dejado crecer el pelo en las sienes y se han puesto americana y corbata.

No fumo y miro la esquina donde la máquina tragaperras le confesaba su amor lésbico a la máquina de tabaco, ahora ha sido ocupada por un tenderete de comida rápida autóctona que deja un tufillo a chorizo muy poco adecuado para un local de tanto abolengo. Solo yo veo a la lotera y a la cigarrera que se resisten a abandonar el refugio de su amor, aunque sea arrumbadas en el sótano con el maitre, la lona del toldo, los carteles taurinos y los platillos que querían ser ceniceros.

El teléfono público que albergaba al botones, también ha acabado en el sumidero de los trastos. Sus plegarias para no ser desconectado fueron infructuosas ya que ahora ocupa su lugar un sistema inalámbrico güifi. Esta güifi que enloquece a las muchachas de moño Winehouse que se comunican con guasa, mediante sus esmórfones, con los cabohorneros con corte de pelo iroqués, con los que comparten una red social, solidaria y sostenible.

Tras la barra, las estanterías de madera han aborrecido a las viejas botellas de fino y vermut, con mugre de lustros que fueron rescatadas de la bodega en la penúltima remodelación del local. Triunfo vano, ya que la última remodelación les llevó al lúgubre mausoleo del maitre de cartón, la lona del toldo, los carteles taurinos, las mesas de mármol, los platillos que querían ser ceniceros, la máquina de tabaco, la tragaperras y el teléfono público. Tristes botellas que se han llevo a la oscuridad el misterio de su contenido.

No fumo y encuentro al pianista en el piano, recuperado del local padre que ahora ha sido cerrado. Arrumbado junto a la puerta trasera pues los camareros se negaron a subir a pulso sus doscientos kilos a su tarima original.

El pianista, cristalino, toca de piés y mira los soportes de los calabrotes, de terciopelo verde, que protegen a la cantante de cartón, llegada de quién sabe de donde, que ahora gobierna el local a su antojo, cantando swing, arrastrando las palabras, simulando el acento de Queens. Mira de soslayo al limpiabotas, que se queja de la falta de una máquina de limpieza de zapatos que le sirva de morada. Si llegara ese dispositivo, él podría salir del paragüero que le sirve de último refugio después de que arrancaran los cortinones, también de terciopelo verde, con argollas y guías, también de latón, que cubrían las ventanas de la pared del fondo y que ahora tapan, misericordiosamente, todos los cadaveres de los habitantes del Café, que reposan en la fría oscuridad del sótano.

El estraperlista y la encargada consuelan al limpiabotas mostrándole al chico de la tienda de ultramarinos y al afilador que, en las escaleras de la puerta trasera, están condenados a esperar eternamente el permiso de la cantante de swing para entrar al Café.

Y el permiso no llegará, pues la cantante de swing tiene miedo de acabar bajo los cortinones ya que la caprichosa gestión del Café solo atiende al presente y le importa una higa el maitre de cartón y las botellas de fino amontillado.

No fumo y miro al presente: esmórfones y olor a chorizo, cuando el limpia me despierta con su voz animada:

- Buenas tardes, Don Miguel, ¿lo de siempre?.

- Lo de siempre, Cotidio.

Cotidio despliega su industria y sentado en el taburete procede con mis zapatos y comenzamos lo que quiere ser una conversación inteligente.

- ¿Cómo va el negocio?.

- Mal. En solo diez años la realidad ha desaparecido. Los vivos solo atienden a los fantasmas de sus esmórfones de forma que si apareciera Nuestro Señor Jesucristo anunciando el Jucio Final, en el medio de este local, todo el mundo consultaría su red social y, al comprobar que no existía ningún mensaje instantaneo sobre el asunto, volverían tranquilamente a sus paranoias.

Asiento en silencio y pago a Cotidio, que se mete malhumorado en el paragüero, sin clientes reales ni virtuales, reflexionando en la conveniencia de acompañar, en la oscuridad del sótano, al maitre de cartón, la lona del toldo, los carteles taurinos, las mesas de mármol, los platillos que querían ser ceniceros, la máquina de tabaco, la tragaperras , el teléfono público y las botellas de amontillado.

No fumo y miro el espacio vacío, antes ocupado con los carteles de fiestas taurinas, esforzándome por recordar los nombres de bombitas, caganchos y mazantinis, pensando que no habrá un hueco para mí, para cuando llegue mi turno. Que, tarde o temprano, todo será olvido, cuando veo a los intelectuales de la Villa analizando la obra de Remarque y otros autores de su actualidad. No es la primera vez que los veo y exclamo en voz alta:

- ¡Caramba! Siguen los de la tertulia.

Y oigo la voz de Edi, el camarero disfrazado de dependiente de ultramarinos de la posguerra, a mi espalda.

- No te sorprendas, siguen reuniéndose los terceros sábados de mes pero hoy han cambiado el día porque presentan su primer libro o algo así, son majos chicos pero un poco raros.

No fumo y pienso que la luz latonada ya le ha afectado a Edi, que la luz latonada es una especie de radioactividad que protege de esmórfones y cortes de pelo iroqueses, que pronto Edi hablará con Cotidio, que pronto el afilador y el chico de los ultramarinos podrán entrar al local, que pronto las muchachas con moño Winehouse se pondrán falda de tubo y se embarcarán con los cabohorneros hacia el Pacífico Sur y todos ellos arrojarán sus esmórfones por la borda, y que pronto ocuparé mi lugar en el Café, latonado y aterciopelado, quizás en el paralelogramo del toldo…

No fumo y miro el cigarrillo que me está diciendo que ya es hora de marchar, de fumar tranquilo en la puta calle... de echarle el humo en la cara a los meapilas modernos: sociales, solidarios y sostenibles.

COROLARIO:

La soledad no existe, el problema del ser humano es el olvido de sí mismo que se manifiesta cuando el valor absoluto de la derivada de la soledad de latón y terciopelo respecto del tiempo es igual a cero.

Miguel San José