La ciudadela interior

El estoicismo es una de las reglas de vida dominantes entre las clases ilustradas del Imperio medio y tardío, y se cuenta entre las fuentes principales del cristianismo primigenio. Los estoicos y, en general, las escuelas filosóficas del período helenístico, en el que conviven Epicuro, los cínicos y los cirenaicos, tienen un enorme atractivo para nuestra época que, como la de ellos, bien podría calificarse de alejandrina. Como nosotros, sus maestros piensan obsesivamente en lo más íntimo y, fieles a su representación del mundo, en la totalidad; y en las muchas maneras en que la intimidad y la totalidad han de ponerse de acuerdo. Muchos tienen para enseñar, pues, a nuestras consciencias presentes : tan cosmopolitas, escépticas y desarraigadas.
Paradójicamente, la filosofía que se aprende en los institutos y en las universidades no suele dedicar mucha atención a los filósofos del llamado helenismo y en cambio da preeminencia a los de "la historia de la filosofía" (los presocráticos, Platón, Aristóteles, Plotino y a sus respectivas tradiciones; y, ya al final de la Antigüedad, a Agustín de Hipona), quizá porque en ellos se encuentranuan buena parte de las referencias principales de los grandes sistemas, desde la democracia al arte, hasta la naturaleza y los grandes principios (el Bien, la Belleza, lo Verdadero) y, en buena medida, el vocabulario original que más tarde  desarrollarán la ciencia y la técnica modernas. Lo que es una lástima, porque la inmensa sabiduría de la vida de los filósofos del helenismo serviría para sustraer a unos cuantos pobres de espíritu de caer en las manos de los mercaderes de felicidad, los coaches de la autoestima, los psicólogos de pacotilla y muchas variedades de gurúes más o menos orientalistas o exóticos, que andan por ahí haciendo el agosto.
Pierre Hardot se ha servido de un texto fundamental de la tradición estoica, las Meditaciones del emperador Marco Aurelio, para intentar una especie de compendio del estoicismo medio. Su trabajo , fruto de más de veinte años de estudio, es una exégesis eshaustiva en toda regla; y aunque por su prolijidad y detalle resulta un tanto abrumador y algo repititivo - por momentos, la acumulación de escolios y comentarios recuerda la edición de Jiménez Redondo de la Fenomenología del Espíritu, que casi cuatriplica el texto de Hegel-, Hadot consigue desentrañar todo lo que Marco Aurelio debe a Epícteto y a los grandes estoicos : Cleantes, Zenón, Crisipo. Su comentario quita frescura al texto original de Marco Aurelio pero, en compensación, arroja luz sobre los aspectos más oscuros de esa obra a la vez que intenta abrir nuevas vías de interpretación sobre la experiencia del yo  en la cultura antigua.
Las Meditaciones son un compendio de hypommémata, es decir, anotaciones personales que el emperador hizo probablemente durante el tiempo de su reinado, entre 161 y 180, transcurridos entre las intrigas y las luchas políticas de la corte en Roma y las muchas campañas militares que Marco Aurelio hubo de emprender para defender las fronteras del Imperio de la amenaza de germanos y partos. Es un texto asombroso por su refinamiento y su ascetismo y, como bien observó Renan, tiene la virtud de no envejecer : mantiene intacto el drama personal de un hombre extraordinario, atrapado en su doble condición de pequeña alma que busca la armonía con el mundo a través de una estricta disciplina moral y la que imponíal la investidura imperial : vivir como un dios en la tierra.
Hadot entiende que las Meditaciones son ejercicios espirituales en los que la individualidad del emperador nunca entra en escena y, sin embargo, hace girar las reflexiones de Marco Aurelio en torno a su imposible libertad toda vez que, para el estoico, no hay posibilidad de restablecer la necesaria armonía con el Todo sino por la aceptación de la hegemonía del Destino. Y no solamente para los estoicos : la libertad es impensable para la mentalidad antigua, incluso para un hombre como Marco Aurelio, que fue elevado al poder absoluto sobre la totalidad del mundo, una dimensión de la experiencia mundadn que ninguno de nosotros puede represantarse. En la lectura de las Meditaciones que hace Hadot, sin embargo, el drama del hombre libre reaparece una y otra vez detrás de las pródigas referencias eruditas y los escolios. Quizá haya aquí un ejercicio espiritual empático, sí, pero parecería que es del propio Hadot, que escribió un tratado de estoicismo que se lee como el diálogo entre dos melancolías unidas a través de los siglos.

Enrique Lynch

 

 

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