Acta enero 2007

OBRA: LA PESTE
AUTOR: Albert Camus

PONENTE: Carlos Fernández

PRESENTACIÓN

Albert Camus (1913-1960), novelista, ensayista y dramaturgo francés, nació en Argelia y estudió en la universidad de Argel. Sus estudios se interrumpieron pronto debido a una tuberculosis. Formó una compañía de teatro de aficionados; también trabajó como periodista. En 1939, publicó Bodas. En 1940, se trasladó a París y formó parte de la redacción del periódico París-Soir. Durante la II Guerra Mundial fue miembro activo de la Resistencia francesa y de 1945 a 1947, director de Combat, una publicación clandestina. Camus logró su primer éxito con El extranjero (1942) y en el mismo año El mito de Sísifo. Más tarde apareció Calígula (1945). En su novela La Peste (1947) Camus reconoce el valor de ciertos seres humanos ante los desastres. Sus obras posteriores destacadas son La caída (1956), El hombre rebelde (1951), Estado de sitio (1948); y El exilio y el reino (1957). Colecciones de sus trabajos periodísticos aparecieron con el título de Actuelles (3 vols., 1950, 1953 y 1958) y El verano (1954). En 1994, se publicó la novela incompleta en la que trabajaba cuando murió, El primer hombre. Sus Cuadernos, que cubren los años 1935 a 1951, también se publicaron póstumamente en dos volúmenes (1962 y 1964). Camus, que obtuvo en 1957 el Premio Nóbel de Literatura, murió en un accidente de coche en Villeblerin (Francia) el 4 de enero de 1960. Su obra refleja la Filosofía del absurdo, la sensación de alienación y desencanto junto a la afirmación de las cualidades positivas de la dignidad y la fraternidad humana.

VALORACIÓN

Mientras se lee La Peste se tiene la sensación de ser protagonista de un estudio biológico-antropológico: se toma una parte de tejido social, se aísla y se analiza cómo actúan sus individuos. La peste es un libro de personajes. El relato no solo es una hermosa forma de dar a conocer lo acontecido en el aciago año en que supuestamente ocurren los hechos que se narran, sino las circunstancias, los principios y el comportamiento de sus protagonistas.
Desde el punto de vista literario, la obra se construye con la mezcla de dos materiales que nunca llegan a confundirse: la narración y el pensamiento. La parte narrativa refiere los dramáticos sucesos con un lenguaje contenido y escueto que permite apreciar sin embargo la eficaz maestría del autor. Además se ofrece como el bastidor en que se sujetan tanto las reflexiones y observaciones de Rieux-Camus sobre la actitud de los personajes, como los diálogos entre éstos. Unas y otros conforman el corpus de pensamiento que el autor desarrolla a lo largo de la obra.
El libro presenta una explícita dimensión alegórica. Cuando se publicó por primera vez, en 1947, el mundo venía de conocer el horror que se había vivido en el corazón de Europa apenas unos años atrás. La ciudad de Orán cerrada y vigilada por guardias armados, sus habitantes soportando el encierro confiando en la supervivencia, o la poderosa imagen del tranvía cargado de cadáveres camino del horno de la página 168 (*), recuerdan demasiado a las escenas relativas al día a día de los campos de concentración nazis descritas por tantos y tantos autores. La enfermedad que ataca a los habitantes de Orán bien pudiera ser un trasunto del odio, el fanatismo, esa materia oscura que los hombres albergamos en nuestro interior, que expandimos y contagiamos en forma de ideas perversas, y a causa de la cual somos capaces de matar. Algunos párrafos de la página 275 son bastante ilustrativos:

“Negaban tranquilamente, contra toda evidencia, que hubiéramos conocido jamás aquel mundo insensato en el que el asesinato de un hombre era tan cotidiano como el de las moscas, aquel salvajismo bien definido, aquel delirio calculado, aquella esclavitud que llevaba consigo una horrible libertad respecto a todo lo que no era el presente, aquel olor de muerte que embrutecía a los que no mataba. Negaban, en fin, que hubiéramos sido aquel pueblo atontado del cual todos los días se evaporaba una parte en las fauces de un horno, mientras la otra, cargada con las cadenas de la impotencia, esperaba su turno.”

La tensión moral que late en todo el texto se construye a partir del doctor Rieux, convertido no solo en narrador sino en el fiel en contraste con el cual construyen su discurso los demás personajes. Es especialmente visible cuando el Padre Paneloux irrumpe en el relato, y lo hace “con una sola frase vehemente y remachada: Hermanos míos, habéis caído en desgracia; hermanos míos, lo habéis merecido.” (pág. 91) que destaca por lo abiertamente contraria al pensamiento de Rieux. Así, mientras el jesuita culpa al hombre de sus males, el doctor los exculpa, entendiendo que estos no hacen sino obedecer a su condición humana. Los párrafos en los que Tarrou se sincera con Rieux, cumplen el mismo papel, si bien de forma menos llamativa, dada la mayor cercanía entre el pensamiento de ambos hombres: “Yo sé a ciencia cierta (...) que cada uno lleva en sí mismo la peste, porque nadie, nadie en el mundo está indemne de ella. Y sé que hay que vigilarse a sí mismo sin cesar para no ser arrastrado en un minuto de distracción a respirar junto a la cara de otro y pegarle la infección. Lo que es natural es el microbio. Lo demás, la salud, la integridad, la pureza, si usted quiere, son un resultado de la voluntad, de una voluntad que no debe detenerse nunca.” (pág. 234). La misma idea subyace en los últimos párrafos, que son menos pesimistas de lo que aparentan, y constituyen más bien una advertencia que podía resumirse en el aforismo de que quien olvida su historia está condenado a repetirla. Historia que, curiosamente, en opinión de Rieux nos invita a contemplar la necesidad de la negación de la Creación. Así queda de manifiesto en el diálogo que protagonizan Rieux y Tarrou en las páginas 120-122:

“Pero que nadie en el mundo, ni siquiera Paneloux, que creía y cree, nadie cree en un Dios de este género, puesto que nadie se abandona enteramente, y que en esto por lo menos él, Rieux, creía estar en el camino de la verdad, luchando contra la creación tal y como es.”

Y más adelante:
“-(...) Si –asintió Tarrou-, puedo comprenderlo. Pero las victorias de usted serán siempre provisionales, eso es todo.
Rieux pareció ponerse sombrío.
- Siempre, ya lo sé. Pero eso no es una razón para dejar de luchar.”

En estos párrafos se entrevé un axioma que muchas personas se han resistido a atender en el transcurso de la historia, y que se traduce en la impostura de la verdad de la Creación y sus consecuencias para los seres humanos, impostura que presupone el reconocimiento del pecado original, esto es, la condición de ser miserable, limitado y finito consustancial a todo individuo humano, naturaleza que se hace patente en la perversidad inherente a tales individuos, así como en la realidad de la muerte. Precisamente la lucha titánica contra el ideal de la Creación ha permitido, por fortuna, a la humanidad conquistar el actual grado de desarrollo científico o redactar la Declaración Universal de los Derechos de los Seres Humanos. El esfuerzo, por tanto, ha merecido la pena.

INTERVENCIONES

Jon Rosaénz:

La peste es el símbolo de la muerte, esa realidad trágica de la que nadie está libre y cuya dictadura solamente puede paliarse con el amor (que en la obra se concreta en la relación entre el doctor Rieux y su esposa y en la angustiosa separación de la pareja que sufre el periodista Rambert, quien hace lo imposible para salir de la ciudad afectada por la peste para reunirse con su amada) y la amistad, o casi sería mejor decir la solidaridad entre los individuos humanos, que conduce a los protagonistas de la obra a enfrentarse codo con codo a la peste, renunciando incluso a sus deseos particulares, como es el caso de Rambert, que finalmente decide quedarse en la ciudad para prestar ayuda a los necesitados.
La muerte, la peste, sí, lo llena todo en la obra. Y lo hace hasta tal punto que los propios personajes se indiferencian como tales, constituyéndose en meras expresiones paradigmáticas de las diversas vivencias y actitudes de los individuos humanos ante la muerte. La conclusión a la que llega el lector es que sólo vence a la muerte quien sabe vivir la vida, quien la afronta con humanidad, sin prejuicios y con la libertad de quien se sabe finito.

Joseba Molinero:

ELa peste es una disección científica y objetiva del ser humano, de cada individuo concreto, en la que Camus pretende representar los diferentes comportamientos de los individuos humanos en una situación de grave adversidad. Por esta razón, si bien es un relato denso e intenso, es un texto frío en el que prácticamente no se describe la ciudad, el escenario principal donde se desarrolla la acción (sólo al principio Camus da algún detalle protocolario), ni se ofrece un perfil ajustado y singular de los personajes, ni se describen las costumbres de los ciudadanos de Orán y ni siquiera se especifica lo que comen o beben, ya que nada más se mencionan los términos genéricos de “alimentos” y “alcohol”, sin concretar de qué comida o bebida se trata en cada caso. Orán es el símbolo de la sociedad occidental, en la que los ciudadanos viven despreocupados de sí mismos y de los demás, inmersos como están en la alienante rutina abstracta de la existencia colectiva. En la ciudad suceden las estaciones, los eventos, las fiestas, los días y las noches, ante la indolencia de sus habitantes. Pero de pronto surge la peste, que es la metáfora de cualquier circunstancia que quiebra la hipotética estabilidad y confort que proporciona la ciudad (toda sociedad) a los conciudadanos, y éstos inopinadamente descubren que el envoltorio social que ocultaba la auténtica realidad individual de cada cual bajo el celofán de las ideologías, las creencias, las falsas teorías humanistas y la compleja parafernalia social se rompe en mil pedazos y que se hallan en completa soledad para hacer frente al insoslayable reto individual de la lucha por la vida. Vivir es la razón última y radical de los individuos humanos, y presupone la lucha particular de cada sujeto, conforme a sus capacidades singulares, en pro de la pervivencia personal, así como la lucha solidaria, en aras de la pervivencia de sus congéneres. Vivir es recomenzar, no abandonarse a la suerte de los designios dictados por otros, y significa ser uno mismo, autocrearse constantemente como ser humano, interiorizando que no existe nada después de la muerte. Nada. A los individuos humanos sólo les resta la vida, como el soporte exclusivo de su humanidad. Vida que les confiere dignidad y sentido existencial, vida que debe ser vivida lejos de corrupciones deshumanizantes, dependencias castrantes y filiaciones miserables (tal y como se desprende de la actitud reprobable del prefecto de la ciudad y de sus subordinados), lejos de religiones sustentadas en postulados catastrofistas (como ocurre en el primer sermón del padre Paneloux, que culpa a los propios habitantes de Orán de la desgracia que les ha sobrevenido), lejos de teorías científicas extemporáneas e interesadas que buscan obviar la realidad y minimizar o eludir las consecuencias de un fenómeno que altera el estado de las cosas (que es lo que hace el comité de científicos que se reúne para analizar las causas de la incipiente crisis sanitaria que afecta a los ciudadanos de Orán, sin querer admitir que se trata de una pandemia de peste), y lejos de cualquier hábito enajenante que los desanime a desear encarar la lucha misma por la vida.

Miguel San José:

La novela empieza siendo sencilla, agradable de leer e incluso optimista; pero cuando irrumpe en escena la peste todo cambia, el texto se hace hermético, árido y de difícil lectura, y lo que es peor aún: denota una inmensa amargura. Amargura que alcanza su cúspide en la muerte del hijo del juez protagonista del libro. Es una muerte descrita casi con la literalidad de un informe médico, que no atenúa la crueldad de Camus al concebirla. Camus ejerce de Dios malvado y vengador, un Dios que crea a un personaje literario, un niño, un ser inerme y desvalido, a quien de modo innecesario e inmisericorde destina a una muerte dolorosa y atroz. Esta muerte constituye el suceso que supone un punto de inflexión en el devenir de los acontecimientos, dado que todos los protagonistas reconsideran su comportamiento y disposición ante la crisis que asola la ciudad y, en general y por extensión, su actitud ante la vida. El propio padre Peneloux llega a dudar de su fe cristiana, y se plantea cómo se puede creer en un Dios que permite un sufrimiento tan arbitrario e injusto como el que padece el hijo del juez en su agonía, y mucho menos aún en un Dios que decide la muerte de un niño..

Roberto Sánchez:

El libro se puede entender como una historia más o menos lineal, en la que el autor tiene por objetivo contar qué es lo que ocurre en una ciudad atacada por una epidemia: cómo actúan las personas individuales, cómo actúan las autoridades, cómo transcurre la vida cotidiana, etc. Eso sí, de manera un tanto sesgada. Si no no se explica que en una historia cuya acción se desarrolla en una ciudad donde la mayoría de la población es de raza árabe no aparezca ninguna referencia a los individuos de esa raza. Aunque también puede ser leído como una alegoría. Así, si consideramos que Camus vivió intensamente los sucesos que tuvieron lugar en la Europa del segundo cuarto del siglo XX, ese periodo de la historia en el que se produjeron los acontecimientos más horribles que jamás haya vivido la humanidad, se puede colegir que intenta reflejar las consecuencias dramáticas resultantes de la factualización de la indignidad humana, bien sean fruto de la depravación ideológico-colectiva, bien sean fruto de la miseria del alma humana individual. La única respuesta válida a tal situación es la lucha contra la peste de las ideas. La superación de esta peste es posible, porque la peste siempre avisa su llegada: en Orán todos conocían la existencia de las ratas, cada vez más insistente y pertinaz, lo mismo que en la Europa de los años 1935-45 nadie ignoraba la aparición e implantación del nacional socialismo alemán y sus intenciones bélicas. Lo que ocurre en ambos casos es que los afectados, por un motivo u otro, no toman en cuenta el aviso, y entonces se desencadena la debacle. Camus nos advierte de esta contingencia. Y no sólo eso, sino que nos recuerda que la peste es inextinguible, igual que la miseria humana, que puede desaforarse en cualquier momento y circunstancia.

Emilio Hidalgo:

Albert Camus quiere hablarnos de la peste, o sea, de la maldad intrínseca a los seres humanos. Porque como dice Tarrous en un pasaje del libro: todos somos la peste, y todos llevamos dentro la peste. La pregunta que podemos hacernos es por qué elige un escenario asolado por la peste, y no otro, por ejemplo, un ambiente teñido por el horror de la guerra para tratar este tema. La respuesta a esta cuestión está en relación estrecha con la concepción del ser humano que defiende el autor. Para él, el individuo humano atesora muchas más virtudes que vileza. Y es esta naturaleza óptima de la esencia humana la que quiere subrayar ante todo. Si hubiera situado la acción de su historia en una atmósfera de guerra, no hubiese podido evitar tener que escribir sobre los vicios, la mezquindad y de toda suerte de miserias humanas que emponzoñan el espíritu de los individuos que contienden en un conflicto armado, personas cuyo objetivo es matar al enemigo y guardar no ser muertos ellos mismos, y no la lucha a ultranza por la vida, la propia y la de los otros, que es el fin que verdaderamente dignifica a las personas. Y no olvidemos que esto sucede en el mejor de los casos, puesto que en toda guerra siempre se producen hechos deleznables, tales como asesinatos salvajes, violaciones, violencia gratuita o muertes execrables de niños y niñas. ¿Cómo podría pues Camus obviar la naturaleza maligna de los individuos humanos y promocionar el espíritu de solidaridad que debe caracterizar a las personas cuando éstas se encuentran en una situación extrema, si no es recreando una hipotética pandemia de peste en una ciudad lejana? Pues es lo que ha llevado a término en este libro. En definitiva, lo que le interesa es realzar el valor fundamental de las categorías de vida y de las situaciones a las que tienen que hacer frente los individuos humanos ante las contingencias que atentan contra la vida. Camus describe a la perfección distintas formas posibles de entender la vida, a través de los diálogos, comportamientos y actitudes de los personajes. No se inclina por uno u otro talante personal o criterio de sentido existencial. Y en este afán de objetividad, se mantiene al margen de los acontecimientos y las opiniones de sus protagonistas, y la historia es relatada por un narrador en tercera persona, aunque sorprendentemente al final del libro se descubre que ese narrador no es sino el protagonista principal del relato, quien ha vivido los hechos en primera persona, lo cual concede un valor añadido al esfuerzo de objetividad realizado por dicho narrador. En fin… Cosas de los genios.

Nicolás Zimarro:

El verdadero propósito de Camus al escribir La peste no es propiamente componer una obra de literatura, sino novelar o, mejor dicho, recrear estéticamente una teoría filosófica, en general la teoría del pensamiento existencialista, y en concreto eso que se ha dado en llamar la “filosofía del absurdo”, corriente de pensamiento derivada de la ideología existencialista que expuso Camus en su ensayo El mito de Sísifo, publicado en 1942. En realidad todas las obras posteriores de este autor son una especie de versiones distintas de las teorías formuladas en el ensayo mencionado. En él, Camus reflexiona acerca del valor de la vida, utilizando el mito de Sísifo (que recoge de la mitología griega) como metáfora de esa vida. Sísifo, fundador de Éfira (nombre antiguo de Corinto), hijo de Eolo y Enarate, fue castigado por los dioses a transportar por la eternidad montaña arriba una pesada roca. Nada más alcanzar la cima, la roca se volvía a caer por su propio peso, de modo que debía llevarla de nuevo a la cumbre. Una vez en ella, la roca se despeñaba sin remedio. Indefectiblemente siempre sucedería así. Éste era el fatídico pago por la afrenta hecha a los dioses: primero, revelando sus secretos; luego, encadenando y secuestrando a Hades, en su afán de evitar la muerte; y finalmente, engañándolo para que lo devolviera a la vida. Camus desarrolla la idea del ser humano absurdo, ese ser insignificante condenado a sufrir la consciencia de la inutilidad de su vida. El esfuerzo incesante y baldío de Sísifo tiene un trágico parangón en las vidas de los individuos modernos, vidas que se consumen en trabajos estériles de toda índole. Claro está, estas vidas resultan tanto más infructuosas y fútiles cuanto más sean malvividas sin pasión de vivir o se sustenten en una predestinación a un más allá de la propia vida. Ahora bien, según Camus, de la misma manera que Sísifo comprendió que lo que constituía su tormento suponía también la infinita satisfacción de saberse dueño de su propio destino, nosotros hemos de persuadirnos del origen completa y exclusivamente humano de todo lo humano y de que es posible construir un mundo sin dioses, de que lo que realmente importa es el empeño por llegar a la cúspide de nuestra existencia, la lucha por la vida o la querencia por vivir, al igual que para Sísifo lo crucial es recoger la roca a pie de montaña y hacerla rodar hasta la cima. Él simboliza la incapacidad del ser humano para alcanzar el pináculo de la esencia de la realidad y de la vida y la ausencia de una naturaleza humana preconcebida, porque se presenta como un individuo humano desustanciado, cuya existencia se traduce en un continuo recomenzar y en una trágica lucha consigo mismo por llevar a lo más alto la pesada carga de su propia humanidad siempre en ciernes. Y en esta ascensión a la cumbre de la nada, en la consiguiente caída e ineludible vuelta al principio el individuo humano está solo, radicalmente solo.
El libro La peste versiona literariamente la ímproba lucha que los individuos humanos llevan a cabo en pro de la búsqueda del fundamento de su vida. Al respecto, la peste misma representa la soledad existencial intrínseca a todo sujeto humano, así como la vida de cada personaje la escenificación de un arquetipo de potencialidad de humanidad, en la que los propios personajes no son sino figuraciones de las variadas posibilidades y diferentes estadios de procesos de humanidad. El individuo humano, ese ser apestado, ese ser afectado de soledad existencial, es un ser arrojado a la existencia, un ser en el mundo, e irremediablemente un ser para la muerte. Jean Paul Sartre lo explica así: “El Existencialismo ateo, que yo represento (…), declara que si Dios no existe, hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre, o como dice M. Heidegger: la realidad humana. ¿Qué significa aquí que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y después se define. El hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Sólo será después, y será tal como se haya hecho. Así pues, no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla. El hombre es el único que no solo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia. El hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del Existencialismo. Es también lo que se llama la subjetividad, que se nos echa en cara bajo ese nombre. Pero, ¿qué queremos decir con esto sino que el hombre tiene una dignidad mayor que la piedra o una mesa? Pues queremos decir que el hombre empieza por existir, es decir, que empieza por ser algo que se lanza hacia un porvenir, y que es consciente de proyectarse hacia el porvenir. El hombre es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente, en lugar de ser un musgo, una podredumbre”. (1)El Existencialismo centra principalmente su atención en el ser humano en cuanto individuo existente, concreto y singular, en ese ser arrojado a la existencia, en ese ser que adolece de tutela cósmica o divina y que ha de existir en un mundo que, como él mismo, no posee objetivamente ningún significado, propósito o finalidad superior. Esta concepción del mundo y de la existencia humana es defendida también por el Nihilismo; aunque Camus va más allá en su propuesta de la Filosofía del Absurdo, que es un hipnotismo de la filosofía nihilista, y considera, por un lado, que la existencia o no existencia de Dios es una cuestión irrelevante para entender la existencia humana, porque, exista o no, en nada ayuda a resolver los problemas metafísicos del individuo existente; y por otro, que todos los esfuerzos que éste realice en la búsqueda de un sentido a su existencia dentro del universo serán baldíos, un absurdo, sencillamente porque no lo hay. Camus intenta explicar la realidad humana desde sí misma, en contra de todas las teorías humanistas anteriores que pretenden elucidar el sentido de la existencia humana desde otra realidad transcendente, y en La peste pone de manifiesto que la única salida factible que puede reconfortar la soledad existencial de los individuos humanos es la relación de amor, amistad, solidaridad, o mejor dicho de “simpatía” con los demás individuos, esto es, la compartición del sentimiento y la pasión por vivir. Cada personaje de la obra es una concreción de un comportamiento típicamente humano, de una actitud ante la propia vida y de un posicionamiento frente a la soledad existencial. Todos ellos buscan una escapatoria que los libre del hostigamiento de la peste, esa realidad invisible, poderosa y mortal de necesidad, como lo es asimismo la afección de la soledad existencial en los individuos humanos. Son muchos y singulares los caminos que recorren en su anhelo de vivir y de participar en la carrera común hacia la meta de la humanidad, pero todos confluyen en estas tres posturas preponderantes: la de quienes tienen la tentación de encerrarse en sí mismos, endiosándose y prescindiendo del resto de los seres humanos; la de aquellos que se abren a los demás y participan con todos su pasión por la vida, pero con amor inauténtico y amistad interesada, o sea, revistiendo su soledad existencial con clichés y modelos-máscara de comunicación, de ideología, de teorías de laia diversa, de relaciones formularias y de pautas de conducta meramente formales; y por último, la de los que apuestan por el compromiso consigo mismos, esos que entienden que son seres arrojados a la existencia y abocados a la muerte, y que contemplan que la única posibilidad de encontrar sentido a su existencia consiste en el desarrollo de un proyecto de humanidad propio y personal, un proyecto en el que el individuo humano es en sí mismo el punto de partida y el punto final de su humanidad, es decir, consiste en bregar por la vida con pasión de viviente y con el destino bajo el brazo, de igual modo que vive su triunfo, con alegría contenida y respetuoso silencio, ese Sísifo que alberga el corazón de cada individuo humano, y que en La Peste se encarna en el doctor Rieux.

(*) Todas las citas de la obra se refieren a esta edición: La peste, Albert Camus, Editorial Edhasa, Barcelona, 2004.
(1)El existencialismo es un humanismo, Jean Paul Sartre, Editorial Edhasa, Barcelona, 2004, pp. 2-3.