El Angel

El autobús se detuvo en medio de la calzada al par del cruce con una pista que se abría en la parte izquierda de la carretera. De él se bajaron dos pasajeros, unos tipos altos y de complexión atlética. Cargaban con sendas mochilas, nuevísimas y muy aparatosas, ambas forradas con plástico transparente. Su aspecto era peculiar: lucían pelo trigueño cortado a lo cepillo, gafas con cristales oscuros de espejo y poblado mostacho; tenían la cara, los brazos y las piernas achicharradas por la acción del sol; vestían camisetas blancas y bermudas safari y calzaban zapatillas deportivas. Las camisetas eran llamativas: la que portaba el más corpulento estaba adornada con un corazón que le cubría todo el pecho junto a un slogan que rezaba “El corazón es tuyo. ¡Cógelo!”; la que llevaba el otro, por su parte, presentaba dos enormes alas abiertas y este mensaje: “Busco un ángel”.

En el cruce, a pie de carretera, dos mujeres con sus respectivos niños y un hombre les observaban entre curiosos y divertidos. Su baja estatura, la piel cetrina, el cabello negrísimo, ondulado en rizos indómitos en la cabeza del hombre y de los niños y recogido en una trenza en el caso de las mujeres, la vestimenta multicolor de combinaciones en tonos de gamas cromáticas y, sobre todo, la profunda mirada de abismo inescrutable de sus ojos de ágata les delataban. Eran nativos que se trasladaban de una parte a otra del territorio, libres de alforjas, con el único objetivo aparente de viajar y no el de llegar a algún sitio en concreto.

Cuando se hallaron a la altura de los lugareños, el más espigado y que parecía ser el más joven de los forasteros les preguntó:

- ¿Pára aquí el autobús que va a oco?

- ¡Cómo no!-contestó el hombre.

- ¿Sabe a qué hora hay uno?

- Ahorita –se apresuró a decir una de las mujeres con voz siseante, como si entre los dientes se le escurriera una culebra de letras.

- ¿Ah sí? ¡Menuda suerte! –exclamó satisfecho el turista. Y se despidió dedicándoles una sonrisa bobalicona y agradeciéndoles la información.

Los dos gigantones bigotudos se apartaron del grupo familiar. A unos veinticinco metros se desprendieron de los mochilones, se sentaron en el suelo al borde del camino y se dispusieron a esperar al autobús.

Cincuenta minutos más tarde continuaban en el mismo sitio. El hombre, las mujeres y los niños aguantaban de pie en el cruce. No les perdían de vista, en especial los cuatro pequeños, que sin ningún disimulo seguían todos sus movimientos. Los singulares viajeros estaban algo amoscados. Desconocían el modo de funcionamiento de la población autóctona. Ignoraban que la noción del tiempo que gobernaba su existencia en nada tenía que ver con la concepción temporal que regulaba el modo de vivir, de actuar y de organizarse propio de una mentalidad occidental. Para los naturales de la zona, las horas, los días, los meses, los años y la vida entera se resumían en un “ya mismo”, un “Está al caer”, un “luego”, un “más tarde”, un “Tiene que venir”, o sea, un “ahorita” tan indeterminado como lapidario y perpetuo. Por el contrario, para Bertol y Leonar permanecer casi una hora tirados en la esquina de una carretera, que parecía más una herida llagada en aquel valle arborescente supurando tierra cobriza que un camino en uso, suponía un verdadero trastorno y una irreparable pérdida de tiempo.

Leonar miró el reloj. Los dígitos marcaban las 17:00 h.

- Pronto se va a hacer de noche – comentó.

- Sí. Y el bus no aparece -asintió Bertol apesadumbrado.

- Ni ningún otro vehículo, porque en una hora que llevamos aquí todavía no ha pasado ni uno –apuntilló resignado Leonar-.

Los dos callaron y quedaron pensativos.

Al rato, Leonar, de súbito, se levantó enérgicamente, como atacado por algún bicho que le hubiera pinchado en el trasero. Con paso rápido y zancada larga se acercó a la cuadrilla de indígenas.

- ¡Perdonen! ¿Están seguros de que va a venir el autobús que lleva a Oco?- inquirió casi en tono suplicante.

- ¡Ahorita, señor! – respondió la misma mujer de antes.

Defraudado, le miró con cara de circunstancias. No pudo evitar un amargo sentimiento de contrariedad y rabia. Faltó poco para que le obsequiara con una grosería, pero se contuvo. Le dio las gracias y volvió junto a Bertol, quien hubo de reprimir las ganas de reír mordiéndose los labios para no enfadar aun más a su compañero, que había sido víctima de su propia ingenuidad. Le conocía bien, no en vano eran amigos desde hacía mucho tiempo. Coincidieron en un congreso de estomatología, y a partir de entonces eran inseparables. Compartían aficiones, gustos, a veces incluso el trabajo, y hasta se caracterizaban con idéntica estética. Leonar tenía algunos años menos que él y, quizá por eso, era más impulsivo y efervescente. Gastaba muy malas pulgas. “¡Bromas… las justas!”, solía decirle en tono amenazante; así que era preferible no disgustarle.

Los dígitos del reloj señalaban las 17:30 h. Aunque solo concretaban en segundos el inexorable flujo del tiempo, Leonar los contaba en hitos de frustración. Y es que la claridad solar comenzaba a declinar en el levante, y la situación no había variado en nada.

Poco a poco, el cielo fue adquiriendo una tonalidad malva, que anunciaba la incipiencia del crepúsculo vespertino. Los dígitos del reloj de Leonar indicaban ahora las 17:50 h. Había contagiado a Bertol el pesimismo que le dominaba, y el malestar comenzaba a hacer mella en su ánimo. No quitaban la vista del cruce. Inevitablemente registraban en el campo óptico la imagen de aquella especie de postes humanos que aguardaban en silencio Dios sabía a qué o a quién, mirándolos a ellos con sus ojos de noche, como si plantarse allí, impertérritos, en pose de figurantes, constituyera un episodio ordinario del estado natural de las cosas.

Leonar, abatido, se dejó caer al suelo y se arrellanó apoyando la cabeza en la mochila. En los cristales de sus gafas se reflejaban los últimos rayos de sol. Tras ellos, la realidad se desvanecía en la oscuridad de sus párpados cerrados. Le invadió una insólita apatía, que enseguida devino en sopor y, luego, en somnolencia, y no tardó en trasponerse.

De pronto, a lo lejos apareció un autobús que avanzaba lentamente por la carretera por la que los amigos habían venido hasta el cruce.

- ¡Mira mira, el bus! –gritó Bertol, loco de contento-.

Leonar no pronunció palabra alguna. Miró el reloj. Los dígitos perduraban inmutados en la marca horaria de las 17:50 h.

Los dos siguieron con la vista la evolución del autobús en su recorrido. Cuando llegó al cruce, se detuvo; pero no giró hacia la izquierda para tomar la carretera en dirección a Oco, como habían presumido. Estuvo parado dos minutos, tras los cuales prosiguió su marcha en línea recta. No se lo podían creer. Estupefactos, continuaron mirando al aautobús, hasta que desapareció en lontananza. No se percataron de que de él habían descendido tres chicas hasta que las tuvieron ante sus narices. La irrupción de las recién llegadas les desconcertó por completo. Al pasar junto a ellos, saludaron con una sonrisa de complicidad. Y sin mediar palabra alguna, se colocaron detrás, a unos metros de distancia. Dejaron las mochilas en la orilla de la calzada y tomaron posición al borde del camino terroso. Al parecer, ellas también se quedaban a esperar al autobús que iba a Oco, si es que venía alguno.

Se sentían ínfimos y ridículos. Enfrente, las estatuas de bronce con ojos perlados, no dejaban de escrutarlos. Adivinaron cierta expresión de mofa en sus rostros. Por lo visto, les resultaba entretenida la escena. A sus espaldas, las tres mujeres parloteaban en un idioma extraño. Pensaron que, probablemente, estarían burlándose de ellos y, por si acaso, no se atrevían ni siquiera a mirarlas de reojo.

Los dígitos del reloj de Leonar marcaban las 17:50 h. Plasmaban los latidos de su corazón, la impotencia y la desesperanza que lo habían atrapado en su particular tiempo muerto.

Inesperadamente, por la curva que cerraba la carretera donde hacía un rato habían comprobado cómo un montículo engullía el autobús que trajo a las chicas, un vehículo hizo acto de presencia. Se incorporaron para distinguirlo mejor. No era un autobús, sino una pequeña camioneta con el remolque al descubierto que se dirigía al cruce. Los postreros rayos de sol fulgían en su capó delantero destacando su extravagante color pistacho. Progresaba a muy poca velocidad, como a tirones de espasmos, como si de un momento a otro fuera cascársele el motor, y para recorrer los escasos doscientos metros que la separaban del cruce necesitó varios minutos. Una vez en él, cogió la carretera en dirección a Oco. Leonar comprendió que aquella camioneta destartalada era su última oportunidad. “¡La voy a parar!”, pensó. De modo que cuando la tuvo cerca, levantó el brazo con la palma de la mano abierta, invitando a detenerse al conductor. Este frenó en seco. Se aproximó al vehículo y constató que iba de vacío. Era una auténtica pieza de desguace. En ccondiciones normales, por nada del mundo se habría subido a semejante amasijo de chatarra con ruedas; pero, “necesidad obliga”, y no lo dudó. Introdujo la cabeza por la ventanilla descristalada de la puerta del lado del acompañante y, voz en grito para hacerse oír entre el ensordecedor ruido del motor de aquella tartana, preguntó al conductor:

- ¿Se dirige usted a Oco?

- Claro –dijo en tono cantarín el chófer-.

- ¿Nos podría llevar en su camioneta? Iríamos en el cajón –le propuso-.

El conductor observaba a Leonar con expresión risueña, pero no soltaba prenda. Este insistió.

- Mire, le pagaré esto –le dijo, al tiempo que le mostraba veinte dólares-.

- Claro… fue su respuesta-.

Leonar fue pitando junto a Bertol y le comunicó la buena nueva. En un santiamén cargaron con las mochilas y las depositaron en la cartola de la camioneta. Este último se acomodó dentro de la cabina, en el asiento del copiloto. En cambio, su ocurrente amigo, en contra de lo que cabría esperar, no se subió al vehículo, sino que se colocó delante del morro y empezó a hacer gestos a las chicas, que desde la distancia no dejaban de observarlos con interés. Voceó el nombre de Oco un par de veces. Con el brazo derecho les invitaba a acercarse allí y, luego, con el dedo índice apuntaba a la cartola. Movía la cabeza con fruición haciendo señales de asentimiento, conminándoles a que aprovecharan la coyuntura. Las chicas no dejaron pasar la ocasión, y se sumaron a la expedición.

Minutos más tarde, el improvisado microbús inició la marcha. Los dígitos del reloj de Leonar marcaban las 17:50 h. Se asemejaban a cicatrices indelebles en la espalda del tiempo.

CONTINUARÁ...

Nicolás Zimarro