Los busardos de don Leonardo

En los viejos tiempos, en las noches lluviosas de primavera, las gentes sencillas se deshacían de su aburrimiento recordando las hazañas de los héroes de la antigüedad.

En estos tiempos nuevos, en las noches lluviosas de primavera, las gentes sencillas se descerebran frente al televisor viendo y escuchando todo tipo de mamarrachadas que muestran la cara más triste de la condición humana.

Elige lector el camino correcto y disfruta con las aventuras del mayor de los paladines.

La mañana de Viernes Santo en el Valle era tan tranquila como cualquier otra. Solo había alguna actividad en la parroquia, donde Don Quirón preparaba el único paso de la iglesia para la procesión del Santo Entierro, que recorrería las calles del pueblo por la tarde.

A despecho de la molicie general, Don Euristeo se dirigió al ayuntamiento para revisar los distintos asuntos que ramoneaban por la casa consistorial. Ya sentado en su escritorio, comenzó a hojear las circulares de la Jefatura Nacional del Movimiento, tratando de encontrar alguna distracción hasta que llegase la hora de la misa, donde su traje de luto riguroso causaría sensación entre sus rústicos vecinos.

Al cabo de un cuarto de hora largo, cuando las consignas del partido único comenzaban a producirle un dulce sopor, le sobresaltó el timbre del teléfono cuyo auricular cogió con aprensión, emitiendo un entrecortado:

- ¿Diga?

Un torrente de palabras le llenó el oído derecho:

- ¿Euristeo? Soy Pepín, el de Iguña. Te he llamado a casa y la mujer me ha dicho que estabas en el ayuntamiento. ¿Me oyes?

Don Euristeo, más calmado después de reconocer la voz de su colega, le preguntó con aplomo:

- ¿Qué puedo hacer por tí? Pepín.

- No te lo vas a creer, pero una bandada de ratoneros de hierro se está comiendo a todos los animales de la comarca. Se dice por los valles que tu puedes arreglar estas cosas raras mandando al de Cos. Te lo juro que este asunto es bien raro.

Don Euristeo solo acertó a preguntar:

- ¿Ratoneros?

- ¡Sí, hombre! Aguilas ratoneras, busardos: el Buteo Buteo... ¡joder! Como ves, estoy informado. Antes que a ti, llamé al de Fresneda, que los identificó, pero no ha hecho nada. Dice que, de hierro o de cartón, al águila no se la mata y nos ha avisado de que ni les tiremos piedras... aunque da igual por que algún vecino les ha dado varias perdigonadas y se han quedado tal cual... Euristeo, tienes que mandar al de Cos.

El click cortó la comunicación y dejó pensativo a Don Euristeo.

Pepín tenía razón, pasaban cosas muy extrañas en los valles y solo podían ser el resultado de las sucias acciones de los rojos, apoyados por el KGB cuya tecnología, era bien sabido, se encontraba entre las más adelantadas del mundo. ¡Ahora lo veía todo claro! Sí, enviaría a Casimiro a destruir a esos ratoneros, busardos o buteos escapados de lo más profundo del infierno marxista.

Salió a la calle y marchó deprisa hasta el caserío de Casimiro, donde le encontró limpiando la cuadra, con lo que no pudo reprimir una sonrisa y un comentario alegre como forma de saludo:

- ¿Rememorando viejas hazañas? Don Emilio quedó satisfecho con tu trabajo y, gracias a Dios, lo de la fábrica lo tomó como una travesura.

Casimiro dejó la pala contra la pared y respondió un poco adusto:

- Si quiere ayudar, le traigo una de guinchos enseguida.

El alcalde declinó amablemente la invitación y le explicó rápidamente cual era su nueva misión. Casimiro se limitó a preguntar:

- ¿Y como voy hasta Iguña?

Y Don Euristeo se limitó a contestar mientras se marchaba.

- En el coche de San Fernando, ¡vago!, que está al otro lado del monte.

Casimiro entró en casa y metió en su zurrón: pan, queso y unas manzanas; se cruzó la bota a la espalda y cargó al hombro el mauser.

Mientras caminaba, sus pensamientos volaban sobre los veinte kilómetros de monte que le separaban de su destino, buscando los atajos que le hicieran más liviana la caminata, dejando sitio a ratos para reflexionar sobre el extraño suceso que le ocupaba ese día: águilas de acero. Parecía el título de una película de aviones de la Segunda Guerra Mundial. En fin, después de lo que le había sucedido en los últimos meses se creía cualquier cosa.

La mañana era fresca aunque marzo se acababa y Casimiro se revolvió en su abrigo echando de menos la luz de África. El monte no le hablaba pero él lo olía y sabía que estaba ahí, que esperaba su cansancio, por lo que se concentró en mantener el paso, sin prestar atención al paisaje o a ese raposo despistado que se asusta cuando se da cuenta de que no eres un árbol. Tampoco se fijó en las arboledas, las cabañas de pastores, las aldeas y los palacios que atravesó o rodeó, por lo que, casi sin darse cuenta, algo después del mediodía, llegó a los aledaños de Arenas de Iguña, donde una bandada de extrañas aves oscuras revoloteaba sobre una casona.

La casa no llamaba la atención a pesar de tener una fachada de buena sillería con dos pisos y buhardilla. La planta baja tenía dos puertas de arco de medio punto separadas por una ventana cuadrada con rejas. En cada piso, cuatro ventanales con puertas de dos hojas, con pequeños cristales cuadrados, daban luz a las habitaciones, teniendo las dos centrales, del primer piso, acceso a un balcón estrecho con barrotes de hierro forjado. Tampoco le faltaban blasones, uno en cada planta, pero la finca tenía un aire decadente, quizás por la hiedra desaliñada que se agarraba desesperadamente a las esquinas del edificio, quizás por que mostraba sin vergüenza el abandono de su propietario o quizás por que los ratoneros artificiales, que planeaban sobre ella, recordaban a buitres que esperan que la presa que agoniza se convierta en carroña.

Casimiro observó a los busardos con interés. Eran algo parecido a un águila y volaban, pero se percibía claramente la intervención humana en su creación, como si el doctor Frankenstein se hubiera metido a taxidermista y hubiera dado vida a dos docenas de criaturas aladas, que vomitaban su furia contra el mundo.

Casimiro no se planteó cómo o porqué habían llegado hasta allí, simplemente asumió que estarían mejor muertas que vivas, si es que se les podía aplicar esos adjetivos; por tanto apuntó su fusil sobre una de ellas que le miraba fijamente desde su atalaya en el poyo derecho de la entrada al jardín y le mandó una bala del 7,92 que atravesó al animal pero no lo derribó si no que le hizo levantar el vuelo y lanzarse sobre él con una velocidad inusitada y un grito mudo de rabia, que fue escuchado por sus hermanos que dirigieron sus picos y garras sobre el desventurado Casimiro, que optó por refugiarse en el interior de la casa.

Tuvo tiempo de echar la tranca en la puerta y de oír una granizada de hojas de acero clavándose en los tablones de roble. Rápidamente, se acercó a la ventana y vació el cargador en los pájaros que se amontonaban en la puerta sin conseguir otra cosa más que hacerles remontar un vuelo plagado de cabriolas y barrenas que decía más de su ira que cualquier sonido que hubieran podido emitir.

Casimiro apoyó el arma contra la pared y echó un vistazo a su alrededor. El estragal estaba vacío pero limpio. No había ningún mueble o apero aunque tampoco había polvo o telarañas. A su derecha una puerta cerrada conducía a la cochera y en la pared de enfrente otra puerta enmarcaba la silueta de una mujer.

Casimiro se quitó la boina, la guardó en el bolsillo del abrigo y se acercó a ella diciendo:

- Soy Casimiro de Cos. Don Euristeo, el alcalde del Valle, me ha enviado a matar a esos pajarracos, pero no creo que pueda completar el trabajo.

- Soy Minerva, el ama de llaves de la casa. Pase y siéntese un rato, parece cansado. ¿Quiere un poco de agua fresca?

- Se lo agradezco, he caminado mucho esta mañana.

Minerva era alta y de aspecto andrógino, de edad indefinida y rasgos vulgares, se recogía el pelo lacio en un moño bajo. Vestía blusa blanca y falda negra, defendidas por un delantal de lona, y calzaba unas zapatillas de felpa azul.

Acompañó a Casimiro a la cocina, le ofreció sentarse a la mesa de castaño y sirvió un vaso de agua de una cántara de barro que se hallaba sobre el fogón.

Mirándole con unos ojos oscuros y sin vida, le dijo:

- Es de la fuente de Penías. Dicen que cura las piedras del riñón.

Casimiro bebió el agua y observó en la cocina la misma limpieza y falta de mobiliario que en la entrada de a casa. Dejo el vaso sobre la mesa y preguntó:

- ¿Sabe ud. algo de esos pájaros?

Minerva se sentó frente a él y contestó con indiferencia:

- Lo sé todo. Fueron fabricados por Don Leonardo Torres Quevedo. El amo de la casa.

Casimiro rebuscó en su cerebro, recordó las enseñanzas de Don Lino sobre el insigne ingeniero montañés y respondió secamente, esperando más información:

- Fabricaba autómatas.

- Autómatas y otras muchas cosas maravillosas, entre las que se encuentran esos busardos.

- ¿Dónde han estado hasta ahora? ¿Por qué han aparecido de repente?

- Don Leonardo se llevó el secreto a la tumba. Seguramente, estaban programados para comenzar a volar en un determinado momento.

- Pero, su amo murió hace muchos años...

- ¿Y qué? Las máquinas son fieles a las órdenes que reciben de sus creadores. Cosa que el género humano es incapaz de cumplir.

Casimiro asintió en silencio. Cuantas más personas conocía mejor entendía las debilidades humanas, cosa que Minerva parecías ignorar. En cualquier caso, prefirió eludir la discusión.

- ¿Cómo se les puede detener?

Minerva se levantó y salió de la cocina. Volviendo al cabo de un rato con un objeto negro, alargado, con un botón rojo en el centro que le entregó a Casimiro, que preguntó:

- ¿Qué es esto? ¿Para qué sirve?

- Un control remoto. Era el sueño de Don Leonardo: manejar las máquinas a distancia. Apretando el botón, las aves volverán a sus nidos.

Casimiro lo tomó y se acercó a la ventana. Apretó el botón e inmediatamente, los busardos comenzaron a volar mansamente hacia la casa, entrando por un tragaluz a la buhardilla. Casimiro asintió apretando los labios.

- Un genio: Don Leonardo.

Minerva esbozó algo parecido a una sonrisa, que le confirió un hálito de humanidad que, hasta es momento, parecía no poseer.

- Sin duda. Si hubiera sido americano le hubieran dado cinco premios nóbeles...

Casimiro, se guardó el dispositivo en el zurrón y se dirigió a la puerta.

- Muchas gracias, Minerva. Si no le importa, me quedaré con el control remoto, por si los ratoneros vuelven a despertarse. En fin, me marcho. Si quiero llegar de día a casa tengo que darme prisa.

Minerva, le detuvo posando su mano, fría como la de un cadáver, sobre la de Casimiro. Sacó de un bolsillo del delantal una especie de rueda de teléfono con un asa en la parte inferior, que se prolongaba con una antena extensible, y se lo entregó al mozo.

- Don Leonardo lo llamaba transportador de bosones. Permite desplazarse en el espacio. Solo tiene que marcar seguidos los doce números que corresponden a las coordenadas, en grados, minutos y segundos, de latitud y longitud del destino... y ya está. ¡Vaya con Dios! Casimiro.

Casimiro atravesó el portal, tomó el fusil y salió a la calle. Los ratoneros dormían en la buhardilla. Pensó que le gustaría probar el transportador de Don Leonardo, pero no conocía la latitud y longitud de Cos. Era una lástima.

Tendría que comprar un atlas.

 Miguel San José