La madrina

Se hacía tarde para la hora de natación y Alicia deambulaba por la habitación en círculos inútiles. Solo se detenía cuando la respiración de la Madrina cambiaba inopinadamente de ritmo. Nunca había faltado a su cita con la piscina desde que su colega Ramos le había vaticinado problemas en la espalda tras un chequeo rutinario. “Si no quieres acabar con lumbalgia tienes que nadar, Alicia querida”. Se lo tomó en serio, ella era así para sus cosas. Pero ahora este estúpido contratiempo la retenía allí, en seco. Optó por llamar a la Residencia en busca de soluciones, a fin de cuentas la Madrina les paga un dineral. “Lo siento en estos momentos no disponemos de personal para esos menesteres, acaso…”. Cortó la comunicación irritada, dirigió una mirada ansiosa, cargada de explicaciones hacia la cama que ocupaba la Madrina y con aire resuelto, salió del cuarto dejando tras de sí una corriente de aire seco.

“Enrique, ¿cómo va?”. “Igual, Alicia, exactamente igual que ayer y muy probablemente que mañana”. “Pero yo me tengo que ir a Italia, tengo los pasajes ya reservados y pagados y…”. “Tu sabrás, chica ¿No puedes dejar a nadie?”. “¡Qué va!”. “Pues vete, que quieres que te diga”.

“Hola Feli”. “Hola… ¿Alicia te llamas, verdad?”. “Si, ¿qué tal el viaje?”. “Bien, el coche es muy cómodo pero para en todos los pueblos y se hace algo pesado”. “¿Quieres cenar algo? Yo voy a prepararme un poco de pescado para mí”. “Bien, si no es molestia”. “Ahora mismo te lo preparo, mientras ponte cómoda, tu habitación está al final del pasillo a la derecha”.
En la cocina de la casa de Alicia la última luz de la tarde se vierte por la espalda de Feli que termina el pescado que le preparó aquella. “¿Y cómo está la tía?”. “Mayor y demenciada. En la Residencia ya no podían con ella”. “Mañana mismo iré a verla. Tú no te preocupes que yo me hago cargo hasta tu vuelta por lo menos”. “Gracias Feli, bastará con eso. Mañana te acerco en el coche y te explico que autobús debes coger. Vuelvo en menos de diez días”. “Hace tanto que no recibíamos noticias de ella, desde la muerte de mi madre. Fue una lástima que no pudiera venir al funeral. Desde que la tía se casó y se vino para aquí, nos separamos mucho… La vida”. Feli suspiró profundamente y una ternura antigua asomó por entre sus pupilas oscuras. Alicia se levantó para recoger los platos pero Feli la detuvo presta. “Deja, Alicia, si voy a vivir aquí unos días tengo que acostumbrarme a las cosas de la casa y más vale pronto que tarde”. Alicia se sentó mansamente mientras su huésped tomaba los mandos con la pericia propia de la experiencia. “¿La tía sirvió en tu casa, verdad?”. Alicia aceptó la pregunta con recelo, se rebulló sobre el eskay de la silla y alargó el pescuezo. “Si…Mi madre murió al nacer yo. Mi padre viajaba mucho y nosotros éramos pequeños por aquel entonces, la m…tu tía se presentó y…”. “Tengo entendido que os cuidó ella hasta que os hicisteis mayores”. “Sí así fue, vivía con nosotros y se encargaba de todo, comidas, ropas, colegios…”. “Era muy buena gente la tía, se le coge cariño rápido”. Alicia se resintió, no le agradaba la conversación y amagó con acostarse. “¿Es esta la casa donde vivíais, con mi tía quiero decir?”. “Si, esta es”. La respuesta asomó entre dientes, ronca. “Es muy bonita y grande, para llevarla bien hay que trabajar mucho y bien y mas con niños dentro. Seguro que mi tía os llevaba como un primor, conociéndola…”. Alicia dudaba si huir como le pedía el cuerpo o contestar discretamente como exigía la etiqueta. “Si…, se preocupaba mucho. Cocinaba muy bien, comida casera…La menestra y los guisos le salían muy gustosos”. “Vaya si lo sé. En el pueblo también cocinaba ella en casa de mi madre y eran una gloria. Yo soy la pequeña y no pude disfrutar mucho de ellos pero los recuerdo con mucho agrado…”. Feli interrumpió su relato y clavó una mirada lejana en un grabado popular que festoneaba la pared contraria. “…a mi tía le gustaban las personas, las prefería a las cosas. Eso era lo mejor de ella. Siempre sonreía y cantaba. Y te miraba bien. Recuerdo que me gustaba un chico del pueblo y que habíamos quedado en la plaza al día siguiente, se había organizado un baile de jóvenes en el local de la parroquia. Yo estaba mustia porque no tenía nada curioso que ponerme. Siempre he sido muy reservada y me callé, no dije nada a nadie, ni siquiera a mi madre. Pues bien por la mañana, nada más levantarme me encontré sobre la cómoda de mi cuarto un vestido precioso y de mi talla. Lo colgué en el armario y me callé pero supe que había sido ella, mi tía…Lo cierto es que no sirvió de gran cosa porque al chaval aquel le interesaban otras ropas diferentes a las mías... La vida…”. Una punzada se clavó en las tripas de Alicia, miró profundamente detrás de los ojos de Feli y recordó en un murmullo. “…me arregló aquellos vaqueros que mi padre detestaba, aquellos pitillo que decía que me hacían parecer lo que no era, que no te los vea puestos me gritaba…y Miguel me decía que me quedaban muy bien, que me hacían más estilizada y a mí me gustaba oírselo y mirar sus ojos de un negro profundo que casi mareaba…”. La voz de Alicia casi un susurro se colaba por el desagüe del fregadero vacio ya de platos. Feli dejaba gotear el suyo sobre el terrazo de la cocina, sobre la felpa de sus zapatillas. Se acercó despacito a Alicia con el plato aun mojado en sus manos. “…mi padre se los dio a un trapero y me llamaban pero yo no quería salir, no podía…con aquella falda escocesa… no podía. Ana me dijo que Miguel preguntó y…el sábado baile en el Redil…y allí estaban sobre mi cama, los vaqueros limpios, azules, preciosos”. Alicia volvió la cabeza hacia la ventana del patio y escondió un dedo en el pómulo de su cara. Carraspeó con fuerza y advirtió a Feli. “Creo que te está goteando el plato fuera de la pila”. Feli rompió un gesto de ensoñación, miro el plato que permanecía inerte entre sus manos, ya casi seco y enrojeció. “Lo siento Alicia, ahora mismo lo seco”. Alicia se levantó en silencio y se despidió con un gesto contenido y lejanamente arrogante.
“Necesita el certificado de defunción para que pueda llevarse todas sus pertenencias”. La voz del celador más nasal que amable le irritó a Alicia hasta el punto de humillarle. “Ustedes los enchufados acaban siendo perezosos e indolentes. Le ruego que se quite de mi vista y me permita llevarme lo que me corresponde”. Mientras el celador se encogía de hombros intimidado, Alicia reparó en la inexactitud de la última parte de su exabrupto. Salió de la Residencia arrastrando dos maletas atadas de pasadores con hebillas sin ruedas y sin entender aun por qué le había tocado en suerte semejante maldición. Enrique cometió el error de tratar de explicárselo en el hospital obteniendo a cambio ese gesto de desprecio casi imperceptible del que Alicia era una consumada experta.
Cuando regresó a casa era noche cerrada. Recordó que llevaba en pie desde las cuatro de la madrugada y un cansancio profundo se instaló en toda su humanidad trocándose en un remoto sentimiento de asco cuando tras calentarse un vaso de leche se desplomó en su cama. Levantó el supletorio y se aplicó al auricular mientras sorbía su cena. Al poco se le frunció el ceño profundamente, se le agrio el gesto de la boca y lanzó el teléfono sobre las sabanas. El aparato vertía las últimas frases de un mensaje insistente. “…no consigo hablar contigo Alicia. ¿Cómo está la tía? Hable con la Residencia y me dijeron que la habías ingresado, que estaba muy mal. Mañana cojo el autobús d…” Alicia colgó el auricular de un manotazo inmisericorde.
Feli recordó de inmediato la dirección y se la desgranó al conductor. Llamó inquieta, una cierta pena se asomaba a su ojos enrojecidos. El altavoz del portero automático calló insistentemente con un pitido metálico. Repitió la operación una vez tras otra con idéntico resultado. Apareció el portero de la finca arrastrando el cubo de la basura. Le conocía. “Pues que quiere que le diga Señorita, estar, está en casa. Acaso se haya ido a la piscina a sus clases de natación, si quiere esperarla dentro…”. Feli rehusó, prefirió sentarse encima de su maleta, la espalda contra el muro de la vieja harinera en frente del portal. Anochecía tibiamente y marcó de nuevo. “No me vuelvas a llamar, ya he terminado todo el papeleo y no pienso organizar misa, ni funeral ni ninguna de esas cansinas ceremonias que no conducen a nada. Estoy ya muy cansada. Habla con el notario si tan interesada estas”. El pitido del teléfono coincidió exactamente en sus ojos con el primer destello crudo y triste de la luna.

 Joseba Molinero