Arcoiris

El niño de la pantalla susurró unas palabras, y todo se llenó de oscuridad. Se había quedado dormido de repente, algo que le sucedía con frecuencia desde hacía algún tiempo.
Le encantaba el cine antiguo, aquella película tal vez tuviera casi cien años; la había visto docenas de veces, no sabía por qué. Quizá se hubiese enamorado de la mujer del protagonista. Era algo muy posible; en su vida se había enamorado de muchas mujeres, pero siempre de mujeres que solo existían en su imaginación, de mujeres que jamás le habían abrazado, acariciado, besado; de mujeres que nunca le habían amado. Se incorporó en el sillón y apagó el equipo de cine; se estaba quedando dormido y la cabeza se le llenaba de pensamientos depresivos e irreales. Su esposa le había amado, así había sido hasta que la muerte de sus padres la arrasó; ella no tuvo la culpa de lo que les había sucedido por mucho que se empeñase en lo contrario, a pesar de que hubiese insistido tanto en aquel maldito viaje a Berlín. Un rutinario ataque de la Alianza en Asia Central y a cambio el primer ataque terrorista con armas biológicas mataba a miles de personas en Europa. En Berlín. No, ella no tenía la culpa de que ahora los abrazos, las caricias, los besos se hubieran transformado en un bosque negro y terrorífico. Agitó la cabeza y entró en la cocina, no quería acabar recreándose en los pensamientos morbosos de siempre. No, no era cierto que ninguna mujer le hubiera amado. Una, al menos una lo había amado.
Bebió agua directamente de la botella y la volvió a guardar en la nevera. Cuando se despertó, su mundo se limitaba a la unión de las baldosas, una línea blanquecina que se alejaba de su ojo siguiendo un camino largo, demasiado largo para caminarlo solo. Comenzó a sentir el frío suelo sobre su mejilla, pero pensó que sería mejor seguir durmiendo.
Recuperó la conciencia unos días más tarde en una habitación de hospital. Todo era blanco allí, blanco y absurdo porque no entendía que hacía en aquel sitio. Él estaba en su casa, y ahora un doctor entraba en aquel cuarto desconocido. Le preguntó su nombre, el de su esposa, su ciudad, cuántos hijos tenía. No recordaba nada, pero estaba seguro de quién era. La oscuridad regresó acompañada de un leve pinchazo en la cara interna del brazo, no tuvo tiempo de pensar que acaso le estuvieran sedando.
Cuando despertó de nuevo, la misma habitación. Jan, su nombre era Jan, y su esposa se llamaba Yvy, gritó hacia unas paredes desnudas antes de que la puerta se abriese y el médico de la otra vez entrara. Pocas palabras fueron necesarias para describirle su futuro. Incurable. Disolución de la personalidad. Muerte.
Jan quiso negociar con los médicos una prórroga, unas nuevas condiciones para su contrato con la vida, pero los apagones de su cerebro continuaron, más frecuentes y más prolongados en cada ocasión. Cuando recuperaba la conciencia, siempre abría los ojos sorprendido de seguir vivo, y descansado; era como si la piedra que estaba quebrando su existencia fuese una simple y relajante noche de sueño. No había cura para su mal, un día la oscuridad lo ocuparía todo y no se iría nunca. Antes de que ese momento llegara, Jan quiso visitar por última vez a su esposa. Estuvieron sentados el uno al lado del otro mucho tiempo, él con el temor de desvanecerse sin haberse llenado para siempre de su olor, de sus manos, un siempre de incierta duración. Ella sin reconocerle, sin mirarle, ausente y extraviada en un laberinto que nadie había sido capaz de desentrañar; sola en un mundo que era como el real, desesperada por volver a encontrarse con él; sola y sin esperanza de regresar. Los médicos tampoco habían podido negociar con ella una prolongación de algo que se pareciera a la vida.
Transcurrieron cinco días de oscuridad durante su último apagón. Siempre era una noche sin sueños, vacía, sin duda un preludio de la muerte. La angustia hubiera sido insoportable si antes de cada episodio hubiera existido algún síntoma, la agonía de la muerte llegando con su mueca burlona. Por fortuna simplemente había un momento en el que estaba vivo, y después ya no existía. En su último despertar las caras que halló en la cabecera de su cama fueron diferentes a las habituales; en ellas no había conmiseración ni falsa alegría. En sus ojos brillaba la codicia, el interés del investigador ante un nuevo espécimen que permitiría resolver algún gran misterio. Eso fue lo que le ofrecieron, ser un cobaya. Aceptó, no tenía nada que perder.
Le explicaron el experimento, la misión, la llamaron. Y sí, en verdad solo alguien como él, alguien deshauciado, con un futuro tan mínimo que apenas alcanzaba la categoría de presente podía aceptar esa locura. Necesitaban una persona a quien nadie esperara. Sí, a él no le esperaba ya nadie. La ofrecieron viajar al futuro, a cambio una esperanza ínfima de curación. Cien años más allá, quizá el tiempo suficiente. Para él serían apenas dos meses, y cuando descendiera de la nave espacial en el mundo habría pasado un siglo. Solo puso una condición, que su mujer le acompañara en aquella órbita de radios inimaginables a una velocidad apenas un fragmento menor que aquella a la que su mente se desvanecía. Aceptaron, y pronto estuvo atado a un enorme sillón camino de la Tierra, con Ivy a su lado, ella ignorante de que estaban labrando un sendero extraño y fascinante.
No se planteó la posibilidad de que el viaje fracasara. Podían morir durante la travesía a causa de mil factores diferentes, en eso habían sido sinceros, pero él iba a morir de todas formas en apenas unos meses. Sin embargo, Yvy no estaba condenada, pero él la ponía en peligro solo por egoísmo. Acaso existiera también una cura para ella en el futuro, pero no fue esa la razón de su imposición, no. La vida no merecería la pena a su regreso si no estaban juntos.
Durante el viaje, Jan tuvo varios desvanecimientos; después de cada uno se dio cuenta de que había fragmentos de su memoria que se habían quedado atrás, perdidos entre la nube de estrellas que flotaban en la negrura del espacio. Hubo momentos en que no supo quién era la mujer que estaba a su lado ni qué hacía en aquella cabina minúscula, ni por qué había tantos cables y tubos que entraban y salían de sus ropajes. La mente de la nave se lo explicaba pacientemente, pero se daba cuenta de que cada vez le costaba más recuperar sus recuerdos, tenía que alargar más el brazo, y las puntas de sus dedos temblaban cuando estaban cerca de rozarlos y siempre, siempre, una porción se esfumaba en la estela temblorosa que dejaban atrás. Poco a poco se iba transformando en una sombra incapaz de comprender nada de lo que sucedía a su alrededor. Pronto hasta olvidó que estaba enfermo. Un día se arrellanó en el sillón del que no podía levantarse y se quedó dormido. La mujer que estaba a su lado lo miró por primera vez en los casi dos meses que llevaban juntos. Estuvo así unos minutos, después alargó el brazo y acarició la frente de su esposo. También ella estaba anclada a su asiento, por eso no pudo besarle como hubiera deseado.
Abrió los ojos en una habitación en penumbra. Afuera alumbraba el sol, sus rayos se colaban por la celosía de la ventana. Se levantó y se asomó al exterior. El horizonte se extendía en forma de un prado verde, uniforme, inmaculado, y sobre él se curvaba un arco de colores. Unas gotas de lluvia le mojaron el rostro. Aspiró hondo y le pareció que aquel cielo con diadema, aquel campo infinito olían bien. Solo eso, olían bien. A su lado, sobre el alféizar, aparecieron unas manos de mujer de piel bronceada y de dedos largos. En su brazo percibió la calidez del cuerpo de una mujer que le hablaba con tono amable, en susurros. Se inclinó sobre él y le besó en el hombro desnudo. El roce de aquellos labios se extendió por toda su piel, le envolvió en una especie de sopor lento y agradable. Se dejó llevar a la cama de nuevo, pero no le importó. Desde allí podía seguir viendo el horizonte verde y aquel inmenso pórtico de colores confusos y a cada instante más diluidos en el aire gris. Ella le sonrió y le peinó el cabello con los dedos. Desde sus ojos gotearon unas lágrimas, pero por alguna razón supo que no contenían tristeza sino algo diferente, algo que no conseguía indentificar. No conocía a aquella mujer, ni la casa, ni ese campo que empezaba a brillar con los reflejos dorados de un sol que se imponía sobre las nubes. Se dio cuenta entonces de que tampoco sabía quién era él. La miró intrigado. Ella asintió y sus labios se acercaron a los de él. De ellos se derramaron dos palabras, dos nombres…, Jan…, Yvy…, una y otra vez…, Jan…, Yvy…, como una nana, una y otra vez…, Jan…, Yvy…, hasta que se quedó dormido.

 Roberto Sánchez