Entrevista con el monarca

 

Inés se dio el último repaso con la barra pintalabios mientras se contemplaba en el espejo. Echó el busto hacia adelante y se deleitó con su escote, con el vertiginoso canalillo por el que sin esforzarse demasiado Mario podría llegar a verle hasta el ombligo. Ya se encargaría ella de que su jefe se enterase esa noche de lo que era una mujer dispuesta a todo. Sabía que la competencia iba a ser dura; Lola era más guarra que ella misma (y eso era mucho decir) y Serafín (vaya nombre, por Dios), con su actitud de cándido rubito ambiguo de ojos azules y seductores, no dudaría tampoco en incitar la lascivia del redactor jefe. Los rumores decían que Mario comía almejas y caracoles, y seguramente eran ciertos. En una redacción como aquella pocos eran los secretos que se mantenían a salvo de miradas y maledicencias. Y es que el premio merecía el uso de cualquier arma, quien consiguiese la entrevista con el monarca tendría el futuro asegurado para muchos años. Además, conociendo su fama de putero, quien sabía… Un último guiño malicioso al espejo e Inés salió del baño dispuesta a con lograr el triunfo.
Mario estaba al fondo del salón junto a la mesa con las bebidas rodeado de moscardones que trataban de llamar su atención. No importaba; se fue directa hacia él y prácticamente le plantó sus pechos debajo de la nariz.
—¿Me invitas a una copa?
El redactor jefe la miró desconcertado. El resto se estaba dedicando a adularlo y ella había llegado directa a romper. Pidió un Martini al camarero y se lo ofreció.
—Hace demasiado calor aquí, ¿no crees? ¿Por qué no hablamos fuera? Inés ponía así en práctica la siguiente fase de su plan, aislar a Mario y apartarle de la competencia directa.
Y estaba funcionando a la perfección; él no había llegado a mirarla a los ojos apenas ni un segundo, solo era capaz de dirigir su vista hacia su escote. Mario dudó un instante y salieron a la terraza.
—Llevo muy pocos meses trabajando aquí, lo sé, pero no he podido evitar fijarme en ti. Ya sé que eres mi jefe y que estas actitudes no están bien consideradas, pero seamos realistas, ¿a quién le importa en el fondo? En estos tiempos eso tampoco es para tanto, y desde siempre los jefes se han liado con sus subordinadas.
—Inés, yo… —Mario comenzó a balbucear sin demasiado éxito.
—Calla, no te preocupes. Ya sé que quieres mantener tu estatus y todo eso, pero nadie tiene por qué enterarse.
—Pero estoy casado…—trató de quejarse.
—¡Mejor, tonto! Menos complicaciones. Lo nuestro solo va a ser para pasárnoslo bien, para disfrutar el momento. Ya sabes, ¡carpe diem!
—Sí, pero…
—¡Bésame! —le ordenó ella abrazándole casi sin darle tiempo a reaccionar—. Ahora es el momento, no lo pienses más…
Se dieron un largo y apasionado beso. La mano de Inés buscó la entrepierna de Mario y éste se estremeció.
Fueron a casa de Inés. La noche de sexo fue salvaje, sucia y primitiva. También Mario era un cerdo en la cama e Inés desempeñó a la perfección su papel de fulana. Por la mañana, con el café del desayuno, ella le presentó el precio del servicio prestado.
—Quiero la entrevista con el monarca.
A Mario se le atragantó el sobao pasiego con que intentaba recuperar las fuerzas perdidas esa noche. Volvió a balbucear.
—No sé… Es que…
Inés se sorprendió por la falta de determinación del león feroz que se había encamado con ella.
—No querrás que lo nuestro se haga público, ¿no? He grabado todas las guarradas con tres cámaras y no creo que a tu mujer le guste. Ni tampoco al maricón de Serafín…
Mario tragó saliva. No pudo terminarse el sobao. Le hubiera hecho mucha ilusión haber podido realizar él la entrevista con el monarca. “No sé por qué coño los pasiegos hacen los sobaos tan grandes”, pensó para sí mismo.
 

Roberto Sánchez