El fin del imperio

Constantino contempla la aullante masa humana que se lanza contra las murallas de la ciudad, absorto en el recuerdo de la profecía que el eunuco Sofígenes le hizo de joven. Él sería el último pofirogéneta, el último nacido en la Sala de Pórfido, el último emperador de Roma. Las palabras de su anciano preceptor baten su cráneo por dentro esa mañana mientras desde el horizonte le llega el monótono grito de guerra de los turcos, el mismo que hasta ahora se ha estrellado una y otra vez contra los muros de la capital de su ya inexistente imperio: Is-tan-bul! ¡A la ciudad!
La mancha grisácea que oscila sobre las elevaciones va cobrando nitidez; las bocas abiertas de los enemigos lo ocupan todo ante sus ojos; las palabras que vomitan aquellas fauces le golpean y le hacen trastabillar hasta que una mano poderosa le sujeta por el brazo. No le hace falta girarse, sabe que su compañero estará a su lado en esa nueva jornada. Es Ludovico, uno de los últimos genoveses que le permanece fiel, el último soldado de la lejana república aún a sus órdenes. Un general sin tropas que luchará junto a él hasta el final, acaso ese mismo día. Lo hará solo por amistad, o quizá por algo más fuerte, aunque esta sea una idea que no quiere tomar en consideración. Y a pesar de ello vuelve su rostro, y lo que ve en los ojos del otro hombre disipa unas dudas que en realidad sabe inexistentes.
La algarabía crece a sus pies, el odioso soniquete turco se escucha más cerca que nunca. Sus fieles le informan. Un traidor ha dejado abierta una puerta secreta en aquel mismo lienzo de las murallas y los jenízaros ya corren hacia ellos. La guardia le rodea y el sonido del metal golpeando sobre el metal ahoga las voces que reclaman la ciudad para el Islam. Las chispas que saltan del choque de espadas y alfanjes apagan la débil luz del amanecer. Desde allí, desde el cielo desciende un filo mortal que se detiene ante el acero de Ludovico. Éste sonríe a Constantino y sin detenerse arremete contra los invasores. Caen ante su ímpetu. Por un tiempo parecen retroceder. Pero solo es el momentáneo reflujo de la marea que de nuevo se abate sobre sus cuerpos y armaduras. Es entonces cuando un rayo rojo surge del cuello de Ludovico y se funde con el púrpura del manto del emperador. El hombre cae hacia atrás, en sus brazos, y al instante los guardias cierran el espacio que ha dejado el general genovés. Tiene los ojos verdes, observa Constantino, hasta entonces no se había dado cuenta. Y los lleva perfilados de khôl. Se sonríe con tristeza ante aquel extraño e inútil gesto de elegancia del italiano. La sangre sigue manándole a borbotones de la herida, les salpica a ambos sus armaduras y resbala a continuación hasta las piedras de forma que el metal bruñido que les protege vuelve a brillar inmaculado. Todo es breve, demasiado breve. El velo que le ahuyenta la mirada a Ludovico cae con tal rapidez que Constantino no tiene tiempo de decirle lo que seguro que antes de morir el otro ha podido leer en sus ojos. El emperador se inclina y besa a su general en los labios. La sangre se le enreda en la barba, le humedece la lengua con ese mismo sabor metálico del acero que aún porta en su mano. Con delicadeza deposita el cuerpo sobre las losas, se pone en pie y observa la lucha que oscila delante de él. Se desprende de su manto y con él cubre el cuerpo de Ludovico; después arroja a un lado la corona y las enseñas imperiales. Reza una rápida oración al Dios que los ha abandonado y se abre camino entre sus soldados hasta la primera línea para que la muerte le libere pronto de la enorme tristeza que queda a sus espaldas.

 Roberto Sánchez