Alejandro

Tira de las riendas con un gesto brusco y frena el galope de su caballo. Allí es donde acaba el mundo, le dicen sus generales, al pie de aquellas montañas que rasgan el cielo con sus cumbres invisibles. Alejandro palmea el cuello del animal, echa pie a tierra y endereza la espalda. Le duelen todas las heridas de doce años de campañas. Y cada día más. Aspira el aire helado que llega desde esas alturas infinitas mientas entorna los ojos. Por un instante su ánimo decae y está tentado de rezar a los dioses de su patria, a unos dioses que bien podrían morar no en su ridículo monte Olimpo, sino allá arriba, a buen seguro su auténtico e inalcanzable hogar. Sin embargo, él también es un dios, él es el Rey de Reyes, los súbditos de su imperio se postran de hinojos a sus pies. Todos menos sus generales, los que le hurtaron los venablos con sus propios cuerpos; los que cabalgaron con él hacia la tienda del rey Darío; aquellos que le vieron sangrar y gritar de dolor. Sus generales, ellos saben que él no es un dios. Pero si él no lo es, si no es un dios, entonces los dioses no existen; nadie mejor que Alejandro el Grande se merece poseer el rango de divinidad. Él ha conquistado el mundo, pero ahora sus generales no están dispuestos a acompañarle una vez más. No le permitirán asaltar el cielo.
Mira por última vez la cordillera de blancas coronas y después hunde la cabeza entre los hombros. Sube a su caballo y lo lanza al galope hacia el este, hacia la muerte. Si no puede ser un dios, la condición de hombre ya no le basta para vivir.

 Roberto Sánchez