Acta diciembre 2006

OBRA: SI ESTO ES UN HOMBRE
AUTOR: Primo Levi

PONENTE: Roberto Sánchez

PRESENTACIÓN

Presentación: Levi nació en Turín en 1919 en el seno de una familia liberal judía. Se licenció en química por la Universidad de Turín en 1941.En 1943 él, y unos camaradas salieron al campo e intentaron unirse a la resistencia antifascista italiana. Completamente inexperto para tal aventura, fue arrestado por la milicia fascista que lo entregó al ejército de ocupación alemán al identificarse como judío –como partisano lo hubieran fusilado inmediatamente–. Fue deportado a Auschwitz en 1944, uno de los campos de exterminio situado en la Polonia ocupada por los nazis, donde pasó diez meses antes de que el campo fuera liberado por el Ejército Rojo. De los 650 judíos italianos de su "remesa", Levi fue uno de los 20 supervivientes que dejó vivo el campo. Al volver a Italia, Levi ejerció como químico industrial en la factoría química SIVA en Turín. Pronto empezó a escribir sobre sus experiencias en el campo y sus vuelta subsiguiente a casa a través de Europa del este, en las que se convirtieron en sus dos memorias clásicas: Si esto es un hombre (Se Questo è un Uomo) y La Tregua. También escribió otras dos memorias muy apreciadas, Momentos de Indulto y El Sistema Periódico. Momentos de Indulto lidia con personajes que observó durante su prisión. El Sistema Periódico es una colección de piezas cortas, mayormente episodios de su vida pero también dos relatos cortos, todos relacionados de algún modo con alguno de los elementos químicos. La ambiciosa novela Si Ahora No, ¿Cuándo?, que cuenta la historia de una banda de partisanos judíos durante la II Guerra Mundial errantes por Rusia y Polonia, ganó los destacados premios Viareggio y Campiello cuando fue publicada en Italia, e hicieron a Levi internacionalmente conocido. Sus relatos cortos más conocidos se encuentran en La Torcedura del Mono (1978), una colección de relatos cortos sobre trabajo y trabajadores contados por un narrador que recuerda al propio Levi. Levi se retiró de su posición como gestor de SIVA en 1977 para dedicarse a escribir a tiempo completo. El más importante de sus últimos trabajos fue su libro final, Los Hundidos y los Salvados, un análisis del holocausto en el que Levi explicó que aunque no odiaba al pueblo alemán por lo que había pasado, no los había perdonado. Levi murió, aparentemente por suicidio, el 11 de abril de 1987, aunque algunos amigos y biógrafos han cuestionado el veredicto. La cuestión sigue fascinando a los críticos literarios debido a la mezcla característica de oscuridad y optimismo en la escritura de Levi, quien no dejó nota de suicidio.(1)

VALORACIÓN

La producción literaria de Primo Levi se circunscribe al relato notarial de la dramática peripecia vital que protagonizó, en primer lugar, como deportado al campo de exterminio de Auschwitz, luego como forzado en el campo de trabajo de Birkenau, y finalmente en su accidentado viaje de regreso a Italia, tras la liberación de Auschwitz por parte del ejército ruso. Fueron dos demoledores y fatales años de hecatombe humana, de enajenamiento absoluto de cualquier atisbo de entidad individual, no exentos de penurias, sufrimientos, carnicerías y miseria, que lo marcaron para siempre. Y lo hicieron de tal manera que presentar a Primo Levi en tanto que escritor es también hablar inevitablemente de él como judío y como superviviente. Sea cual sea el orden de relación de estos tres términos que configuran las facetas radicales de su identidad personal (escritor, judío, superviviente), su consideración es imprescindible a la hora de abordar la obra del autor de “Si esto es un hombre”.

En cuanto escritor, Levi limita su función a la reproducción de sus vivencias como deportado, prisionero y superviviente y a la exposición testimonial de los acontecimientos que presenció durante su estancia en Auschwitz y en su posterior periplo de vuelta a su país. Levi no quiere guardar silencio, se siente el depositario y celador de una memoria que por nada debe obviarse, sublimarse, y mucho menos aún perderse en el olvido colectivo de las generaciones venideras, y se afana en el objetivo de certificar lo que le sucedió. En cuanto a su semitismo, Levi es el típico judío de la Europa occidental; aunque atípico, si lo comparamos con los judíos de la Europa del Este del segundo cuarto del siglo XX: no hablaba hebreo, adolecía de educación religiosa, poseía formación universitaria y su familia no vivía en una comunidad cerrada, sino que estaba perfectamente integrada en la sociedad turinesa. Era lo habitual en la Italia de esa época, tanto en cuanto en este país la persecución y represión a los judíos fue tímida y anecdótica hasta la instauración en 1943 de la República de Saló, por parte de Mussolini a su vuelta después de un corto exilio en Alemania, que supuso un giro de ciento ochenta grados en las relaciones entre Italia y Alemania y propició la estrecha colaboración del régimen fascista con el expansionismo nazi. Curiosamente, su padre estuvo afiliado al Partido Fascista de Mussolini durante muchos años. Levi se interesó por el mundo judío una vez que padeció en sus propias carnes la violencia y la barbarie que practicaron el ejército nazi, sus incondicionales, colaboradores y acólitos. Fue a partir de entonces cuando comenzó a preguntarse, en primera instancia, qué es ser judío, y más tarde a tomar conciencia de tal realidad. A decir verdad, antes de su dramática experiencia en Auschwitz, su esencia judía se concretaba en poco más que en sus apellidos, y posteriormente se reducía a una marca, al número que los nazis le tatuaron en el brazo cuando se incorporó al campo de exterminio, que era, como él afirma, el exclusivo signo indeleble de su identidad judía. De hecho, en su vida posterior a su cautiverio en Auschwitz, como químico profesional o ya como escritor de reconocido prestigio, nunca ejerció de clásico judío que defiende a ultranza las posturas del creado estado de Israel. Por esta razón la élite de la intelectualidad judía afincada en Estados Unidos le hizo el vacío. Es más, incluso fue repudiado por el estado de Israel, cuando criticó muy duramente las matanzas que las milicias cristiano-falangistas libanesas llevaron a cabo en septiembre de 1982 contra los refugiados palestinos de los campos de Sabra y Chatila, en el Sur del Líbano, territorio ocupado entonces por el ejército israelí, a cuyo mando se encontraba el general Ariel Sharón, quien años después sería Primer Ministro de Israel. Y en cuanto superviviente, como queda patente en su obra literaria, jamás practicó lo que él denominaba un “victimismo blando”. Admite que toda víctima merece ser compadecida y que todo superviviente debe ser ayudado y resarcido; pero no acepta que nadie pretenda ser alguien importante, obtener prebendas políticas o privilegios sociales por el mero hecho de haber sido víctima o superviviente de una agresión física brutal e injustificable o un atentado irracional contra la dignidad personal de los individuos, como tampoco le parece de recibo que alguien reclame una autoridad moral o la propiedad absoluta de la verdad por el solo motivo de ser superviviente de un campo de exterminio o simplemente por ser judío, porque ambas circunstancias no implican de suyo que todos los supervivientes observaran una conducta ejemplar en el calvario de la represión nazi, y ni siquiera que los judíos tengan siempre la razón y puedan decir y actuar indiscriminada e impunemente, sintiéndose exculpados de cualquier comportamiento. En esta línea, rechaza el término “holocausto” como denominación del infierno de persecución, discriminación y aniquilamiento que soportaron los millones de represaliados y víctimas de la megalomanía nazi, porque este vocablo está impregnado de significación pasional y/o religiosa que no se corresponde con el verdadero sentido de lo que sucedió en la Europa nazi, que no fue otra cosa que la implantación a la fuerza de un proyecto político basado en el sometimiento de las personas y los países a una determinada nación gobernada por dirigentes de una ideología xenófoba y racista. Sobrevivir, por tanto, no presupone una experiencia espiritual, ennoblecedora o redentora. Es más bien fruto del azar, de talante o de actitud. En lo que a Levi respecta, la fortuna dispuso que los responsables del campo de concentración tuvieran en consideración sus conocimientos de química y lo destinaran al laboratorio del área de trabajo, obteniendo de este modo algunas prerrogativas que le ayudaron a mejorar su situación particular; pero en la mayoría de los casos la salvación estaba supeditada a la voluntaria cooperación en las actividades programadas por los nazis destinadas al control, coerción y opresión de los propios compañeros en el infortunio, esto es, a la conversión en ojos, orejas, voz y brazos de los carceleros y verdugos. Esto no debe escandalizar a ningún bienpensante, ya que era muy difícil, cuando no imposible, escapar al espantoso poder de corrupción que ejercía el orden infernal del programa del nacional socialismo alemán. Al menos así lo entiende Levi, que lo vivió en primera persona, e intenta explicar este fenómeno desarrollando el concepto de “zona gris”. Lo hace someramente en el capítulo del libro titulado “Los hundidos y los salvados” y abunda en la idea en la obra del mismo nombre. La zona gris se refiere al ámbito de encuentro donde victimarios y víctimas coordinan las acciones de masacre y desmantelamiento de la personalidad individual y la identidad colectiva de los prisioneros. Por una ración más de pan, un cazo más de sopa, unos nuevos zapatos, etc…los mismos confinados se prestan a vejar, maltratar y a lo que sea menester infligir a sus propios compañeros. Es la zona gris, y en ese microcosmos de iniquidad todo vale con tal de sobrevivir: los criminales nazis descargan parte de su responsabilidad en la crueldad de las órdenes puestas en boca de sus víctimas y en la fortaleza de su brazo ejecutor, y éstas se convierten en desaprensivos sicarios a disposición de sus victimarios. Levi destaca la sorpresa y azoramiento que le produjo la existencia de comandos especiales en el campo de concentración, dedicados al despojamiento de ropas y calzado a los propios judíos, al transporte de éstos a la cámara de gas, al vaciado de las mismas y al definitivo traslado de los cadáveres a los hornos crematorios. Según él, la creación de la zona gris fue la perversión más demoníaca que ideó el nacional socialismo alemán, porque dicho plan tenía el propósito de sacudirse en otros, en las víctimas precisamente, el peso de la culpa de lo que les estaba sucediendo, de manera que dejaban de ser víctimas para pasar a ser colaboradores necesarios en el discurso de los acontecimientos, siendo así que para su consuelo no les quedara ni siquiera la conciencia de saberse inocentes. Esta es la forma más sofisticada de destruir al ser humano. Con ello no se quiere negar la tendencia natural a la perduración que los individuos humanos muestran en las situaciones límite, como impulso reflejo del instinto de conservación, sino subrayar que la condición de humano se desvanece en la primigenia animalidad de los individuos cuando la salvación o conservación por la conservación se antepone a los valores de humanidad que constituyen la cualidad de lo humano.

En “Si esto es un hombre” Levi narra el día a día del campo de concentración. Lo hace sin enfatizar la monstruosidad de la que fue testigo, casi de forma pudorosa, con tono matizado, desapasionado y contenido, y al estilo de un informe con objetividad, claridad y precisión. Escribe una crónica del horror cotidiano, de esa rutina espantosa en la que los presos se debaten entre el hundimiento personal y la preservación de los últimos restos de su condición humana. Levi estaba convencido de que la planificación, los recursos de toda índole y la maquinaria desplegada en el campo de concentración respondían al objetivo de desposeer a los prisioneros de su condición humana y convertirlos en animales, sin derechos, sin nombre, sin palabra y sin espíritu. En esta coyuntura era obligado sobrevivir, no pura y llanamente para seguir vivos, sino primordialmente para reivindicar la condición de seres humanos que les era propia, negándose al consentimiento de la animalización, y para dar testimonio fehaciente de las atroces consecuencias del proyecto del nacional socialismo. La intención era noble y heroica; pero en la mayoría de los casos a los prisioneros les faltaban los arrestos suficientes para afrontar el cometido de la supervivencia. El propio Levi reconoce que la deportación y encierro en el campo de concentración no es un castigo, sino una fatalidad programada, un destino diabólico sin tiempo ni horizonte en donde nunca se dice mañana por la mañana y en donde la pregunta que planea en la mente de la víctima es: ¿para qué vivir? Por suerte para nosotros, Levi halló una respuesta a tan vital cuestión. Comprendió que debía sobrevivir para conservar su esencia humana y ser el fedatario de la tragedia que vivieron decenas de miles de personas en el campo de exterminio de Auschwitz. “Si esto es un hombre” es su acta notarial. Después de leída, la sensación que prevalece en el lector es la de una angustiosa desazón por la imposibilidad absoluta de entender por qué sucedió todo aquello. Como apunta Levi en el epílogo de la obra el odio nazi, su antisemitismo bestial y enfermizo, está fuera del hombre, y por eso resulta incomprensible, ya que comprenderlo supondría tanto como justificarlo. Aunque ello no obsta para que no analicemos cuál fue su origen y nos pongamos en guardia y tomemos las prevenciones oportunas, porque del mismo modo que se sustantivó el proyecto del nacional socialismo alemán en la Europa de mediados del siglo XX, puede repetirse la historia.

INTERVENCIONES

Miguel San José:

Levi nos cuenta las prácticas habituales y más prosaicas de la vida en el campo de Auschwitz. Así, habla de orinales, de cucharas, del frío, de los zuecos, de la mala ropa, de cómo coser un botón, de heridas, diarreas, enfermedades, de hacer la cola para coger la sopa, etc. No hay sangre, violaciones, asesinatos ni tiros en la nuca. Y a pesar de ello, el libro mantiene la tensión y el interés del lector en todo momento. Entre otras consideraciones, suscita la reflexión acerca de la fuerza natural que mueve a las personas a la lucha por la supervivencia, y hace que el lector escarbe en el interior de su conciencia para tomar postura ante la hipótesis de una contingencia como la que sufrieron millones de personas en el periodo de la barbarie nazi. Presumiblemente pocos escaparíamos a la necesidad de sobrevivir, cada uno a su manera: unos, corrompiéndose; otros, luchando hasta el final; y la mayoría aguantando hasta el límite de las fuerzas. Aunque, casi seguro, sólo los menos tendrían éxito. Porque, no lo olvidemos, no estamos hablando de los campos de concentración que en la época del nacional socialismo existían paralelamente en Francia, España, Rusia o Estados Unidos, por ejemplo. En éstos la supervivencia era razonable, o sea, quien era capaz de sobreponerse a las calamidades físicas tenía un alto índice de probabilidad de lograrlo, mientras que en los campos de concentración de los nazis se rebasaron las barreras de la esencia humana, y no era suficiente la fortaleza física para sobrevivir.

Joseba Molinero:

El libro es un testimonio cronológico que respeta escrupulosamente el orden de los acontecimientos hasta el final. En raras ocasiones introduce Levi alguna reflexión propia. Es fríamente objetivo, porque Levi reprime sus emociones; aunque resulta tremendamente caliente, porque transmite infinidad de sensaciones. Sobre todas destaca la sensación de horror, de un horror real y perceptible, alejado de cualquier subjetivismo o vivencia psicológica. La respuesta a la cuestión que plantea el título “Si esto es un hombre” es que sí. Bueno, mejor dicho, seres humanos. Seres humanos preocupados básicamente por la supervivencia. Y para sobrevivir hacían lo que cualquier animal movido por el instinto de conservación, claro está, haciendo uso de las habilidades propias de la especie animal humana: el que sabía coser, cosía; el que sabía tocar un instrumento, lo tocaba; el que tenía conocimientos científicos, los utilizaba; los que podían formaban grupos de interés; y, en definitiva, salvo algunas excepciones, cada uno hizo lo que estuvo en su mano para sobrevivir. Y todo, porque eran seres humanos. Sin ninguna duda. Como tampoco hay duda alguna de que los que fueron capaces de idear y poner en práctica la estrategia de exterminio más siniestra jamás concebida estaban muy lejos de serlo. Nada explica sus presupuestos ideológicos y su planteamiento vital, que responde exclusivamente al odio ancestral intrínseco al ser humano (como argumenta Levi en la página 311) (2), odio atávico, genético, que salió a la luz y se desbordó en ese momento de la historia de la humanidad, como si se tratara de un virus que permanecía latente, apantallado en la conciencia de las personas, que se libera de motu propio, contagiando a millones de hombres y mujeres y originando la pandemia nazi.

Nicolás Zimarro:

El libro es la crónica de un horror cotidiano, de la precariedad, la miseria y las privaciones, como estado habitual del ser humano, en una desgraciada, triste y angustiosa espera de la nada arraigada en una iniquidad sin estridencias. A fin de cuentas, se trata de un relato de la “desocupación del ser humano, tanto de las víctimas como de los victimarios, de ese proceso de nihilismo o deshumanización absoluta de los individuos humanos. El factor que incide de modo determinante en este proceso de deshumanización no es la adaptación o conformidad con las circunstancias impuestas en el campo de concentración, sino fundamentalmente la ausencia o imposibilidad de comunicación. Levi ha reconocido en más de una entrevista que el motivo esencial de la no supervivencia o la desocupación de la entidad humana en los individuos es la falta de comprensión del lenguaje de los otros. En sentido amplio, el que entiende a los otros, el que es capaz de ponerse en su lugar, o sea, el que afronta la relación con los otros de forma dialéctica es quien sobrevive o salvaguarda su cualidad de ser humano. Este es el mensaje del libro, que más bien es una teoría de la incomunicación, en el que Levi nos pone sobre aviso de la necesidad del diálogo, de la comunicación abierta y de la obligación de llenar el espacio de humanidad que corresponde a cada cual, que no es posible sin el concurso de los otros. De lo contrario, estaremos expuestos a que se vuelva a repetir la historia.

Carlos Fernández:

Levi nos presenta un documento que no está novelado, pero que se lee como un relato, cuyo objeto es dar testimonio de unos hechos que el autor vivió. Es difícil hacer un juicio literario de este tipo de libros, y casi se antoja una frivolidad. La magnitud de los sucesos que narra se califica por sí sola, de manera que el lector se hace cargo de los hechos, sin necesidad de que quien da cuenta de los mismos precise interpretarlos o adornarlos con adjetivos. El estilo aséptico del texto lo hace creíble; aunque, precisamente por eso, no toca la fibra del lector, quien sólo advertirá cierto tono emotivo el los dos primeros capítulos (el que narra el traslado de prisioneros al campo de concentración, en un tren en el que viajan hacinadas decenas de personas en un vagón de ganado, y el que describe la llegada al campo) y en el capítulo final (que reproduce la huída del campo cuando éste es liberado, donde conocemos que los prisioneros se caían de las literas y nadie los levantaba, o que muchos se defecaban encima, enfermos de difteria, etc.). El resto de los capítulos no contagian un sentimiento de emoción: los capítulos centrales son neutros (el que se titula “Un día cualquiera”, por ejemplo, parece más un tratado de economía precaria que otra cosa) y el apéndice final no es sino una exposición de reflexiones y comentarios. Eso sí, sin duda, hay dos sensaciones (casi físicas) que transmite con mucha claridad: el frío y el dolor de pies, más allá de la dureza del día a día del campo y de la falta de esperanza de los prisioneros.

Jon Rosáenz:

La lectura de esta obra es la constatación en la realidad del premonitorio absurdo kafkiano. El ser humano que se transforma en monstruo (en la novela “La metamorfosis”) y el que se enfrenta impotente a unas circunstancias que le superan y apocan (en la novela “El proceso”) dejan de ser personajes literarios y se convierten en individuos humanos de carne y hueso. Sí, Los nazis son personas venidas a terribles “cucarachas” (como Gregorio Samsa, el protagonista de “La metamorfosis”) que atacan a sus víctimas, encerrándolas en campos de exterminio y asesinándolas, sin contemplaciones, sin razón, sin dar ninguna explicación (como le ocurre a Josef K., que le detienen y procesan sin que él sepa cuál es el motivo en “El proceso”). Y curiosamente, el propio Franz Kafka nos ofrece las claves que nos ayudan a comprender y a valorar el esfuerzo literario de Levi, así como la inexcusabilidad de su deber de atestiguar su experiencia en el campo de exterminio de Auschwitz y la pertinencia de su embajada literaria de recordatorio de los hechos que presenció, para que las generaciones venideras los conserven en la memoria colectiva. Así, en la página correspondiente al día 27 de enero de 1922 de su “Diario”, Kafka escribe lo siguiente: “Extraño, misterioso, tal vez peligroso, tal vez redentor consuelo el de la actividad literaria, ésta acción de salir de las filas de los asesinos, la observación de los hechos. Observación de los hechos al crear una forma superior de observación, una forma superior que no es más aguda, y cuanto mayor es su superioridad tanto más inalcanzable es desde las filas, tanto más independiente se vuelve, tanto más propias son las leyes que rigen su movimiento, tanto más imprevisible, gozoso y ascendente su camino”. Estas palabras ratifican la importancia de la misión informativa de Levi, quien logró salirse de las filas de los asesinos y encaramarse a la atalaya de la objetividad desde donde llevó a cabo una observación superior de los hechos que tan acertadamente describe en sus libros. Y no sólo esto, sino que también logró reivindicarse a sí mismo como ser humano y borrar de alguna manera (al menos psicológicamente) el tatuaje que le grabaron los nazis como señal de su “crimen”, que no era otro que ser judío, y como marca de su identidad puramente animal. En este punto, otra vez resulta verdaderamente sorprendente la anticipación de los acontecimientos que Kafka recrea en el relato “La colonia penitenciaría”, relato en el que narra cómo los reos que ingresan en un presidio reciben el castigo de ser marcados en la espalda con una frase que denuncia su crimen. Esta marca será la herida de muerte de sus identidades individuales, el símbolo de una ejecución sumaria, en la que la culpa impresa en la piel de cada preso lo delata como cadáver viviente. De nuevo la realidad irá detrás de la fantasía, y la maquinaria nazi reproducirá al detalle, de modo formulario, lo que Kafka imaginó como ficción literaria, haciendo suya la idea de la aniquilación de las personas a través de su conversión en números, que cada prisionero llevará tatuado en el brazo, o quién sabe si también en el espíritu, hasta la muerte.

Emilio Hidalgo:

El libro es un documento testimonial del proceso de degradación personal que viven los individuos sometidos a condiciones de existencia infrahumanas, individuos que se debaten entre la resignación y la llamada a reaccionar del instinto de supervivencia. Un ejemplo de esta pugna es la consideración del tiempo del sueño como el último reducto de la libertad y la humanidad que les queda a los prisioneros del campo, en contra del tiempo de la vigilia, que es concebido como una lacerante pesadilla. Pero la lucha es dramática, y su resultado la mayoría de las veces fatal, porque se traduce en la anulación de la cualidad de lo humano en las personas, lo cual significa ni más ni menos que su animalización. La consecuencia inmediata de tal estado es la pérdida de toda esperanza de redención en el ser humano. Esto ocurre cuando, como dice Levi, el tiempo del sueño mismo se torna también en noche de zozobra, en la que la verdad de unos hechos inapelables, con ser tan trágica y tremenda, y justamente por serlo, resulta difícil de imaginar y, mucho más aún, de admitir como verdad.

(1)http://www.wikipedia.org
(2)Si esto es un hombre, Primo Levi, El Aleph Editores (Quinteto) Barcelona, 2006