Acta noviembre 2006

OBRA: NUESTRO HOMBRE EN LA HABANA
AUTOR: Graham Greene

PONENTE: Miguel San Jose

PRESENTACIÓN

DATOS BIOGRÁFICOS: - Graham Greene nació el 2 de octubre de 1904, en Berkhamstead, en el Condado de Hertford.
- Hasta su ingreso en la Universidad de Oxford, se educó en la escuela de su localidad natal, dirigida por su padre.
- Se graduó en 1925. En su periplo universitario colaboró con fantasías en prosa y verso en la revista "Saturday Westminster" y más tarde dirigió el "Oxford Outlook". Este año trabajó en la Compañía Anglo-Americana de Tabacos y estuvo a punto de marcharse a China como representante de la misma.
- En 1926 se convirtió al catolicismo, tras coquetear con la vida bohemia y el comunismo, circunstancia que incide notablemente en la posterior temática de sus obras.
- Entre 1926 y 1929 trabajó para The Times. - en 1929 se estableció como escritor independiente.
- En 1935 fue crítico de cine en la revista inglesa The Spectator, de la cual fue director literario en 1940.
- Entre 1942 y 1943 trabajó para el Ministerio de Asuntos Exteriores británico en África occidental.
- Tras la II Guerra Mundial viajó por todo el mundo.
- A mediados de los años 60 se estableció en la Riviera francesa. - Murió en Vevei, Suiza, el 3 de abril de 1991. OBRAS: - Poesía: Abril murmurante (1925).
- Narrativa: El hombre interior (1929), Historia de una cobardía (1929), El nombre de la acción (1930), Rumor al caer la noche (1931).
a. Novelas de entretenimiento: El tren de Estambul (1932), que también se publicó bajo el nombre de “Orient Express", "Inglaterra me ha hecho así (1935), El ministerio del miedo (1943).
b. Novelas de problemática moral, social y religiosa: Una pistola en venta (1936), El hombre de acción, El agente confidencial, La roca de Brighton (1938), El poder y la gloria (1940), El revés de la trama (1948), El fin de la aventura (1951).
c. Otras obras: El americano impasible (1955), Nuestro hombre en La Habana (1958), Un caso acabado (1961), Los comediantes (1966), El cónsul honorario (1973), El factor humano (1978), El Dr. Fischer de Ginebra (1980), Monseñor Quijote (1982), El décimo hombre (1985), El capitán y el enemigo (1988).
- Guiones cinematográficos: El tercer hombre (1950).
- Ensayos: La infancia perdida y otros ensayos (1952), Ensayos completos (1969), compuesto en su mayor parte de estudios sobre otros escritores. - Autobiografías:
Una especie de vida (1971), Vías de escape (1980), A Worl of My Own (1992), póstuma.
- Biografías: Descubriendo al general (1984), una semblanza de Omar Torrijos. - Libros de viajes: Viajes sin mapas (1936), Camino sin ley (1939), Viajes con mi tía (1963). - Teatro: El cuarto de estar (1953), El establo (1957), El amante complaciente (1959), El regreso de Raffes (1975), ¿Por quién dobla la campana? (1980), Sí y No (1980).
Bibliografía completa por orden alfabético: Camino sin ley, Descubriendo al general, El agente confidencial, El amante complaciente, El americano impasible, El capitán y el enemigo, El cónsul honorario, El cuarto de estar, El décimo hombre, El Dr. Fischer de Ginebra, El establo, El factor humano, El fin del romance, El fin de la aventura, El hombre de acción, El hombre interior, El libro de cabecera del espía, El ministerio del miedo, El nombre de la acción, El otro hombre, El perdedor gana, El poder y la gloria, El regreso de Raffes, El revés de la trama, El tercer hombre, El tren de Estambul, Ensayos completos, Historia de una cobardía, Inglaterra me ha hecho así, La infancia perdida y otros ensayos, La roca de Brighton, La última palabra y otros relatos, Los comediantes, Monseñor Quijote, Nuestro hombre en La Habana, Parque de atracciones, ¿Por quién dobla la campana?, Rumor al caer la noche, Sí y No, Todo marcha sobre ruedas, Un caso acabado, Una especie de vida, Una pistola en venta, Viajes con mi tía, Viajes sin mapas, Vías de escape. La narrativa de Graham Greene es un claro ejemplo de la literatura “ligera” que se hacía en Gran Bretaña en tiempos de la “guerra fría”, cuando el mercado editorial aún permanecía libre de cualquier monopolio ideológico-tecnocrático-editorial globalizador y cada país tenía una manera propia y particular de entender y practicar la literatura, así como sus propios representantes en el mundo literario universal. En concreto, en lo que respecta a Gran Bretaña, en esa época este país vivía una especie de complejo político como consecuencia de la enorme merma que había experimentado en su capacidad hegemónica en la escena geopolítica, debido a la pérdida de las colonias. Es cierto que este complejo fue superado en alguna medida cuando Gran Bretaña se integró en exclusivo club de países poseedores de armamento nuclear, y que los británicos se sintieron de nuevo parte de la élite dominante en el ámbito internacional, una privilegiada potencia, influyente y decisiva en la conformación y el mantenimiento del orden geopolítico mundial; aunque todavía hoy viven la nostalgia de su pasado glorioso y no acaban de sacudirse la rémora decimonónica de lustrosINTERVENCIONES de imperialismo victoriano-. Esa sociedad está representada por una serie de escritores entre los que destacan John Le Carré, Ian Fleming y Graham Greene. Todos ellos, cada uno con sus peculiaridades narrativas, reflejan en sus obras el afán que tienen las distintas potencias mundiales por alargar sus tentáculos imperialistas, desvelando los entresijos del universo secreto del espionaje, a veces con tintes trágico-cómicos, otras en tono dramático, otras con visos de investigación histórica y otras a modo de denuncia social y política. En “Viajes sin mapas” Graham Greene defiende así la aspiración de su literatura: "Hoy día, nuestro mundo parece particularmente susceptible a la brutalidad. Hay un dejo de nostalgia en el placer que experimentamos con las novelas de "gangsters" y frente a personajes que han simplificado tan agradablemente sus emociones, que se han puesto a vivir en un plano infracerebral. Nosotros, como Wordsworth (el protagonista de “Nuestro hombre en La Habana”), vivimos después de una guerra y una revolución, y los semi destacados que pelean con bombas entre los peñascos de los rascacielos, parecen más conscientes que nosotros de Proteo alzándose del mar. No es que uno quiera, ciertamente permanecer por siempre en ese plano; pero, al ver a qué grado de infelicidad, a qué peligros de extinción nos han conducido siglos de función cerebral, uno siente, a veces, la curiosidad de descubrir, si ello fuera posible en el punto a que hemos llegado, cuál fue el momento en que nos descarrilamos". Sin ninguna duda, Greene cumple a la perfección con su propósito de abordar desde la literatura esas situaciones de tensión social y política propias de la sociedad objeto de análisis y los procesos psicológicos de las personas que viven en ella. Esta razón explica la presencia remanente en sus textos del mal, el terror y la intriga, y el tratamiento temático de conflictos morales, cuestiones relativas a la fe y la religión, asuntos sociales y problemas políticos. “Nuestro hombre en La Habana” es una buena muestra de ello. Greene calificó esta obra como divertimento o relato de entretenimiento. Y en esencia es eso: una comedia. Pero evidentemente trasciende este género y se constituye además en una sátira repleta de humor en la que ridiculiza el estado de las cosas y la lógica operativa inherentes a la nebulosa estratosférica de la órbita del espionaje, en una alegoría de una civilización en depresión en la que ironiza sobre los principios que la sustentan y critica las respuestas individuales y colectivas a tal situación, y también en una reflexión sincera sobre el rol y la responsabilidad que corresponden a cada cual en el devenir propio y colectivo y sobre la trascendencia de las decisiones personales en uno y otro caso. La novela está ambientada en la Cuba prerrevolucionaria, en el periodo final de la dictadura de Batista. Eran tiempos convulsos social y políticamente, tiempos de inestabilidad y de gestación de una guerra civil; tiempos, en fin, de caos, inseguridad e incipiente tragedia. Cuenta Antonio José Ponte que: […]”A fines de los cincuenta, Graham Greene aterrizó en La Habana decidido a escribir un reportaje sobre el joven Fidel Castro. Las fuerzas revolucionarias luchaban en el oriente de la isla, y el embajador inglés había recomendado al novelista que se olvidase de aquel grupito de comunistas que engatusaba a la prensa. Greene, sin embargo, persistió, y luego utilizaría su viaje a provincias para escribir “Nuestro hombre en La Habana”. Desde hacía tiempo le rondaba la historia de un falso espía que engañaba a los servicios secretos de su país y creaba con sus informes un revuelo de varios cadáveres”. (1) Según sabemos Greene no logró entrevistar a Fidel Castro, y ni tan siquiera se interesó con seriedad y profundidad por los asuntos revolucionarios. ¿Cómo iba a hacerlo alguien que, para empezar, desconocía el verdadero entramado social cubano y, además, no era capaz de pronunciar una palabra en castellano? Lo que sí parece que hizo fue pasárselo a lo grande: degustar cangrejos y beber daikiris, especialidades del restaurante “La Floridita”, jugar a la ruleta, alternar en los prostíbulos y lupanares y consumir marihuana y cocaína eran algunas de sus aficiones preferidas. Eso sí, todas estas experiencias le sirvieron para ambientar los escenarios que luego recrearía en “nuestro hombre en La Habana” y para dotar de realismo a las situaciones que en ellos se desarrollan. Así, escribe una historia sencilla, con una estructura lineal casi monotónica, en un lenguaje simple, sin profusión de detalles y carente de adjetivación retórica o especificativa (si bien, los que utiliza son adecuadamente medidos en cantidad, intensos y plenamente significativos), y con una culminación de retratos humanos esbozados con perfiles precisos y objetivos. Éste es el argumento: Wordsworth, un inglés afincado en La Habana, hombre divorciado y padre de una adolescente mimada, veleidosa y ultra católica, dueño de un establecimiento de venta de aspiradoras de importación, lleva una vida anodina, salvada únicamente por la amistad que le une con Hasselbacher, un viejo médico alemán, y por la adoración que le profesa a su hija Mily. Atender su negocio, pasear y beber mojitos, daikiris y wiskies con su amigo alemán y capear los embistes ideológicos de su hija, así como satisfacer sus incontables caprichos llena sus días. Cierta mañana es abordado por un desconocido que resulta ser un agente de los Servicios Secretos británicos, quien sin mayor consideración le conmina a formar parte de dichos Servicios Secretos. Wordsworth acepta a regañadientes. Él no se ve en el papel de espía, pero los emolumentos que le ofrecen por serlo le convence definitivamente. Ésta era la solución a sus problemas económicos y la oportunidad de ahorrar la cantidad de dinero necesaria para costear los estudios superiores de su hija. Así que el nuevo espía entra en acción. Su incapacidad, poca vocación y nula habilidad es evidente y palmaria, y recurre al engaño. Decide inventarse los informes que debe enviar a sus superiores. Y en una carrera del absurdo al surrealismo idea falsos colaboradores a los que asigna funciones ficticias (que no son sino nombres de personas que recoge en el listín telefónico), manda “valiosísimos” planos de bombas inexistentes (que en realidad son los planos de los libros de instrucciones de las aspiradoras que vende) y redacta informes de toda índole, avalados por falsos documentos fotográficos y periciales (el más llamativo es uno referido a la existencia de unos hipotéticos campos de prueba y experimentación de bombas de desconocidos efectos y alcance). El caso es que sus superiores tragan el anzuelo y tienen en gran consideración su trabajo. Tanto, que le asignan una secretaria, Beatrice, y un ayudante experto en lides de espionaje. Todo marcha de un modo regular, claro está, dentro de una lógica del absurdo, hasta que las situaciones se disparatan arrastradas por una corriente de esquizofrenia y los hechos adquieren un cariz muy peligroso: Wordsworth es vigilado por la policía(el capitán Segura, pretendiente de su hija y jefe de los cuerpos de seguridad de Batista, conoce sus actividades), Hasselbacher es reclutado bajo chantaje por un no especificado servicio secreto (que le encomienda el seguimiento de su amigo), mueren en extrañas circunstancias algunos de los inexistentes colaboradores de Wordsworth, muere el doctor Hasselbacher asesinado por un agente del servicio secreto al que “servía”, después de avisar a Wordsworth de la conspiración que existía contra él, Wordsworth se libra de ser envenenado en la comida trampa organizada por la Asociación de Comerciantes de La Habana, Wordsworth venga la muerte de su amigo (el pasaje de la partida de damas que organiza contra el capitán Segura con la intención de emborracharle y hacerse con su pistola, para llevar a cabo con ella su venganza es de una belleza literaria extraordinaria), Beatrice descubre la farsa creada por su jefe, etc. Finalmente los responsables de los Servicios Secretos británicos conocen también la verdad. Wordsworth es obligado a marchar a Londres, adonde va acompañado de su hija y Beatrice. Es expedientado, y castigado a permanecer para siempre en el país, aunque afortunadamente cobrando un sueldo vitalicio. La novela concluye con la declaración de amor mutuo que se confiesan Wordsworth y Beatrice Y por si esto fuera poco, resulta que “Nuestro hombre en La Habana” es una obra profética en muchos aspectos: anticipa de alguna manera la crisis de los misiles de los años sesenta del siglo pasado, adelanta en más de cuarenta años el “problema” mundial y el “gravísimo” riesgo que supone para los países desarrollados la tenencia de armas de destrucción masiva por parte de los países del tercer mundo (por supuesto, ridiculizando el miedo y la actitud paranoica de los estados potencias mundiales y la hipocresía con que actúan al respecto) y desvela el “modus operandi” de los servicios secretos, descabellado e irracional, hasta el punto de confundir los planos de unas piezas de aspiradora con los croquis de supuestas bombas de última generación, de igual forma que hace menos de un lustro la CIA consideró que unas ánforas que halló en Irak, llenas con “peligrosísimos” productos químicos, eran terribles amenazas para la humanidad, cuando en realidad se trataba de un conocido insecticida (y todos conocemos las trágicas consecuencias que acarreó esta errónea e interesada valoración de los hechos).

INTERVENCIONES

Jon Rosáenz:

Anduve una tarde, con la noche ya encima, por travesías empinadas en busca de libros como droga en estado puro. Volvía, después de mucho tiempo, al garaje-librería de mis sueños. Pedí un surtido ilustrado del Sr. Greene y lo tenían. La mujer limpió el lomo de polvo y le dio una abrillantador mágico que hizo destellos de luz y le dejó un olor a limpio. Es un tomo con ilustraciones y prologado por el Maestro Manegat que dice algunas cosas como ésta: "Las novelas de Graham Greene se leen con extrema facilidad. No sólo parece que están construidas sin el menor esfuerzo, sino que se desarrollan dentro de un marco de aparente intrascendencia movido por una serie de recursos de novela de aventuras o policíaca. Es como un anzuelo para atraer al lector, como una cinta de imágenes que aparecen ante sus ojos cautivándolo y situándolo ante una acción externa, dinámica y viva. El apasionado encadenamiento de unos hechos a otros, la inmensa fuerza del relato y de los personajes que lo viven mantienen en suspenso el ánimo del lector, que se entrega totalmente a la narración. Greene tiene la exquisita habilidad de mover siempre sus novelas en distintos planos y así la vitalidad externa de los sucesos es en realidad una trampa para llevarnos a los estratos más profundos de su intención. Estas características de las novelas de Graham Greene han contribuido sin duda a su popularidad y a su éxito comercial entre los públicos, pues cada lector llegará a la zona que su sensibilidad y su formación cultural le permitan, produciéndose así la paradoja de que un lector comprenda "El poder y la gloria" como una simple novela policíaca de acción externa y otro la considere como una de las más importantes novelas de problemática religiosa que se hayan publicado jamás. [...] La imagen que ofrece de nuestra época y de nuestra civilización es profunda y pavorosa: abuso, injusticia, crueldad, falsía, violencia y crimen. Es un escenario corrompido y triste, un mundo sin alegría, porque es el mundo del Mal. Greene está continuamente diciéndonos en sus libros, con mayor o menor insistencia, que la felicidad es muy difícil de alcanzar". (2) Las palabras de Julio Manegat clarifican el sentido que la terminología “literatura ligera” cobra al referirse a la novelística de Graham Greene. Porque hay que admitir que dicha calificación o la que se desprende del sintagma "obra menor es un manido lugar común que apenas dice algo de una obra y de un escritor; pero que se manejan para definir este tipo de ficciones sencillas en apariencia, que no son sino excelentes historias bien montadas y agradables de leer; esto es, maravillosas obras de literatura. Quizá las obras en las que escribe sobre sus inquietudes vitales y sobre sus divagaciones más trascendentales acerca de Dios, la religión, la salvación, la moral y el sentido de la vida escapen con más facilidad a la impostura de los epígrafes “literatura ligera” y “obra menor”, porque nos ofrecen su visión del mundo y aparecen como más herméticas, sesudas y profundas. Al menos así sucede para quienes anhelan comprender el mundo e intentan poner en orden el caos vigente, a través de la mirada creativa y reflexiva del autor y, por qué no, también desde el punto de vista de la persona concreta, el hombre material (en el caso de Greene, con su desaforada apetencia de sexo, su predisposición a las drogas y a ser un alma errante en busca de experiencias. Experiencias que se sustancian, por ejemplo, en su aventura de espía en Sierra Leona y en un viaje a Cuba a montar el sainete que es “Nuestro hombre en La Habana”. No obstante, nada de esto quita valor literario al magnífico trabajo que Greene realiza en esta novela que, a pesar de lo que se diga, esboza gran parte de las cuestiones y temas anteriormente comentados, por lo que va más allá del mero “divertimento” creativo y se constituye en una obra con enjundia que nos depara una lectura gozosa, gracias a la eficacia narrativa del autor.

Joseba Molinero:

“Nuestro hombre en La Habana” es ante todo una divertida peripecia narrativa escrita con el fin de proponer al lector una reflexión acerca de cuáles son los valores fundamentales que rigen la acción humana. Como ésta se despliega conforme al dictado de la razón, los sentimientos, pulsiones, pasiones y dependencias personales, así queda reflejada en la actuación de los diversos y variopintos personajes que pululan en el universo real e imaginario de la novela, quienes en definitiva se convierten en modelos de comportamientos humanos, encarnando el repertorio de bondades y miserias que conforman la esencia del ser humano y se erigen en la principal fuerza motriz de la obra. El capitán Segura, paciente y delicado con su amada, escrupuloso en las formas, protocolario en el trato personal y respetuoso en el ámbito de las relaciones amorosas, pero también cruel e implacable con los detenidos, con un marcado sentido del deber profesional…; Mily, la hija de Wordsworth, fanática religiosa, aparente, déspota, mimada, pretenciosa y calculadora, aunque impregnada de un inefable amor filial…; el doctor Hasselbacher, misterioso, reservado, solitario, desabrido y taciturno, si bien por otro lado leal amigo de sus amigos…; Beatrice, mujer sensible, desengañada de las ideologías y de los hombres, de su estúpida ambición de poder y gloria, que en cambio tiene fe en el individuo humano y ama a Wordsworth por su desapego de toda ideología y desprendimiento de cualquier anhelo de fama y poder…; Todos ellos componen parte del mosaico de la tipología humana, todos ellos son náufragos en la mar de la soledad que anega sus espíritus, que en su desamparo se aferran a hipotéticas tablas de salvación: el trabajo y el poder, la fe religiosa, la bebida y el dinero, y la ilusión de una nueva vida respectivamente. Mas, con todo, el auténtico protagonista de “Nuestro hombre en La Habana” es el comerciante venido a espía Wordsworth. Él personifica al prototipo de persona sencilla, trabajadora, escéptico respecto de idearios y doctrinas, ateo, inteligente y pragmático. Y los valores que sustentan el sentido de su vida son: la incondicional filiación paternal (todo lo hace por y para su hija, su salvavidas), la amistad que le profesa a Hasselbacher (correspondida por éste, que pone en riesgo su vida para advertirle que va a ser envenenado) y el amor (que recuerda con nostalgia cada vez rememora a su exesposa, y que reverdece de alguna manera cuando Beatrice le hace partícipe de su afecto y cariño.

Nicolás Zimarro:

“Nuestro hombre en La Habana” responde a la necesidad de encontrar una respuesta a la realidad de la estupidez de los seres humanos, estupidez que se pone de manifiesto en demasiadas ocasiones, sobre todo cuando en las relaciones humanas entran en concurso el juego del poder, el cáncer de la ambición, el baile de las apariencias, la ponzoña de las pasiones y el absurdo del nihilismo. Es una propuesta literaria que plantea la cuestión del significado de las relaciones humanas y la vida en sociedad, en términos de contraposición entre los proyectos individuales de humanidad y la nebulosa de la civilización, las instituciones, la sociedad, las teorías políticas, las ideologías, las estructuras económicas y los sistemas éticos. El individuo, el sujeto concreto, se halla atrapado en la encrucijada de lo que es en realidad y lo que es en ficción, o sea, lo que tiene de creado (lo que los demás hacen de él y ven en él, lo que escriben, la imagen que guardan, etc.). Y lo mismo que los personajes de una novela son inventados por su autor, así cada individuo es una recreación de la sociedad, por lo general una reproducción clónica de una u otra plataforma ideológico-ético-religiosa-económica-política-social, en la que se diluye su verdadera identidad personal. Los personajes de “Nuestro hombre en La Habana” son una buena muestra de ello, al igual que cualquiera de nosotros. Eso sí, al final Wordsworth y Beatrice se salvan de la quema, se liberan de la perniciosa y enajenante panacea de garantía, seguridad y resguardo que supuestamente es la sociedad, y se reencuentran a sí mismos en su autenticidad individual.

Roberto Sánchez:

Graham Greene nos presenta una historia divertidísima, pero con un trasfondo terrible. Lo hace con su habitual economía de medios, sin emperifollamientos estéticos ni alambicamientos discursivos, con diálogos dinámicos que aprovecha para perfilar a los personajes y con descripciones cortas que utiliza con el mismo fin (“Era una ciudad para visitar, no para vivir en ella; pero era la ciudad en la que Wordsworth se había enamorado por primera vez, y se seguía aferrando a ella, como el escenario de un desastre”. p.70) Aparentemente nos relata las extravagantes peripecias de un pobre hombre que por circunstancias ajenas a él se ve obligado a ejercer de espía, aunque en realidad lo que pretende es denunciar la aleatoriedad de la naturaleza individual y social de los seres humanos, que se sustenta en la arbitraria oscilación en péndulo del dedo tonto de Dios. Este dedo es la metáfora del extramuros de toda identidad personal, la amalgama de ideologías, poderes en la sombra, intereses ocultos y razones de estado que intervienen en la creación de dicha identidad y en su conformación y posterior desarrollo. Así, Wordsworth, y lo mismo sucede con cada uno de nosotros, resulta ser una especie de lienzo en blanco ( lleva una vida superficial, aburrida, metódica y repleta de tiempos insulsos y medidos en relación a la marcha del negocio de venta de aspiradoras) en el que el dedo tonto de Dios (en este caso, la sociedad británica, encarnada en sus Servicios Secretos) intenta crear un ser nuevo, un hombre a la medida de los intereses de estos Servicios Secretos, dotando de sentido la existencia de ese hombre recién creado, esa vida llena de ruido y furia contada por un actor tonto y que está loco, como diría Shakespeare. Existir no es perdurar siendo uno mismo, sino ser para los demás, por mucho que le extrañe a mister Wordsworth (así lo confiesa) seguir existiendo para los otros aún cuando uno no esté con ellos. La escena cumbre de este teatro que es la existencia humana tiene lugar en la taberna en la que mister Wortdsworth y el doctor Hasselbacher se encuentran con un comerciante de Miami. Los tres están ebrios, como ebrios de soledad e incertidumbre nos hallamos los individuos humanos, eso sí, ellos lo están de alcohol. En la taberna el doctor Hasselbacher ejerce de dedo tonto de Dios. Es una situación hilarante: el comerciante de Miami le cuenta al doctor Hasselbacher algunos avatares de su peripecia vital, y sorprendentemente éste le responde que no se preocupe, que ahora mismo sale del local y lo vuelve a crear de nuevo. Ello es posible porque el doctor parte de la constatación de que el comerciante es una criatura suya y admite que lo ha creado aburrido, por lo que le propone reinventarlo con una vida más amena y agradable. La escena, lejos de ser un mero pasaje más o menos divertido, es sobre todo caústica. Y lo es porque Greene pone al descubierto la auténtica naturaleza de la identidad personal, nuestra intrínseca insustancialidad, que se podría resumir con esta afirmación: Somos lo que somos para los demás, lo que los demás hacen de nosotros, esto es, creaturas sociales. Menos mal que Greene va más allá de la simple denuncia de esta realidad deshumanizante que siempre se nos quiere imponer y rompe una lanza en defensa de la libertad individual y el libre albedrío. A decir verdad, “Nuestro hombre en La Habana” es un canto a esa libertad, a la necesaria superación de los dictados del dedo tonto de Dios, como queda de manifiesto en el comportamiento de Wordsworth, que acaba burlándose de los Servicios Secretos británicos y afianzándose en su identidad, sin que los todopoderosos Servicios Secretos puedan hacer nada para evitarlo.

Carlos Fernández:

La obra está planteada como una comedia de enredo en la que a partir de un malentendido se crea una situación absurda de la que nadie sabe cómo salir. En este caso no se trata tanto de un malentendido como de la impostura de Wordsworth que tentado por la codicia finge colaborar con los Servicios Secretos de su país como forma de obtener dinero. La idea se la proporciona el doctor Hasselbacher, y así se expresa en la página 75 del libro en la conversación que mantienen ambos amigos. … le sugiere que colabore con los Servicios Secretos británicos y que se aproveche de ellos, inventándose personas e informes. El propio Hasselbacher cuando es reclutado por los Servicios Secretos, seguramente de la KGB, mediante la coacción (le roban unos documentos comprometedores) para labores de contraespionaje, está convencido de que no va a causarle ningún perjuicio a su amigo, porque sabe que cualquier información o circunstancia que puedan descubrir los espías para los que supuestamente trabaja no es más que fruto de su propia invención. ¿Qué mal puede hacer conocer la identidad de alguien que no existe? Pero todo se desencadena con la muerte de Raú y el tiroteo que sufre Cifuentes (ambos personas reales que figuraban en la nómina de espías inventados por Wordsworth). La piedra angular del enredo es que, si bien no son colaboradores de Qordsworth, los servicios de contraespionaje los identifican como tales y atentan contra ellos. En el punto álgido del enredo, el doctor Hasselbacher sabe que van a asesinar a su amigo y decide descubrirse ante él, avisándole de tal circunstancia, aún a sabiendas de que esto le acarrearía la muerte. La novela está plagada de situaciones hilarantes, aunque no por ello caiga en la trivialidad. Ni mucho menos. Graham Greene establece una clara línea divisoria entre los “buenos” y los “malos”. Los primeros están encarnados por las personas concretas y los segundos por las instituciones. Así, Wordsworth y … no son fieles a sus países, de los que se hallan alejados, ni a ningún organismo o institución, sino a la gente que les rodea: el doctor a Wordsworth, y éste a su hija y luego a Beatrice. La simpatía o antipatía que el autor siente por unos y por otros se manifiesta en el retrato que hace de los mismos: de un lado, las personas, llenas de principios y dispuestas a arriesgarse por ayudar a los demás; y de otro, los Servicios Secretos, carentes de escrúpulos, tanto para asesinar a quien consideren necesario como para ocultar sus propios errores. El final del enredo, la jubilación de Wordsworth como espía, cobrando un sueldo vitalicio por no hacer nada, es la última burla del autor al sin sentido del mundo de los Servicios Secretos, así como un guiño a la reivindicación de la dignidad humana.

Emilio Hidalgo:

“Nuestro hombre en La Habana” es una comedia negra sobre el espionaje, la guerra fría, el amor, la amistad, etc. La obra está adornada por un halo de surrealismo permanente que paradójicamente cobra un total realismo en el personaje de Wordsworth, quien contra todo pronóstico o probabilidad va comprobando que lo que ha inventado tiene lugar en la realidad. Wordsworth simboliza el sentido común, la coherencia, el valor del amor y la amistad, el triunfo del hombre corriente que se convierte en héroe y que trasciende cualquier entramado político o interés de los poderes fácticos.

1.- Artículo “Graham Greene regañado…”, por Antonio José Ponte, en http://www.letraslibres.com/index.php?sec=8&art=10414
2.- Graham Greene, Obras Maestras, Prólogo de Julio Manegat, Edición de Luis de Caralt, Barcelona, 1958.