Acta octubre 2006

OBRA: HOMERO, ILIADA
AUTOR: Alessandro Baricco

PONENTE: Emilio Hidalgo

PRESENTACIÓN

Alessandro Baricco nació en Turín el 25 de enero de 1958. Es un novelista, dramaturgo, musicólogo y periodista italiano. Es Licenciado en Filosofía. Fundamentalmente ha desempeñado su labor periodística en la televisión: En 1993 presentó el programa L'amore è un dardo, dedicado a la lírica y en 1994 presentó el programa dedicado a la literatura denominado Pickwick. Este mismo año fundó en Turín el taller literario Holden (en homenaje al protagonista de “El guardián entre el centeno” de Salinger). Su actividad literaria es conocida a partir del año 1996, año en el que se publicó su obra “Seda”, la cual alcanzó fama mundial. Se reduce a estos títulos: Tierras de cristal (Premio Selezione Campiello y Prix Médicis Étranger, 1991), Océano mar (Premio Viareggio, 1993), Novecento (monólogo teatral) 1994, Seda (1996), City (1999), Sin sangre (2003), Homero, Ilíada (2004), y los ensayos Rossini Il genio in fuga y El alma de Hegel y las vacas de Wisconsin.

La narrativa de Baricco es una miscelánea de géneros literarios, en la que se entrecruzan, no en pocas ocasiones, la prosa, el teatro y la poesía. Se caracteriza por la simplicidad sintáctica, la precisión en las descripciones, la ausencia de detalles superfluos, la espontaneidad en el tratamiento de los temas, la representación de la realidad desde lo onírico, el desarrollo de una paisajística humana partiendo de la creación de personajes ambiguos perfilados con marcados trazos surrealistas, y por la variedad de estilos que presentan sus textos. Por lo general esta diversidad estilística (que puede darse incluso en un mismo texto), la esquizofrénica relación de personajes e historias y la heterogeneidad de géneros literarios que concurren en cualquiera de sus obras provocan en el lector una sensación de absoluto caos, una especie de extravío en los laberintos del nudo de la acción (motivado por la preponderancia que adquiere cada personaje y cada historia particular sobre el argumento principal) y una impresión de colapso en la línea argumental (salpicada siempre de situaciones etéreas e historias increíbles y grotescas) que le impiden atisbar cualquier posible desenlace satisfactorio. Pero en último término, como por arte de magia, la solución final tiene lugar sorprendiendo gratamente al lector, quien pasa del desconcierto a la complacencia, una vez que ha comprobado que la vorágine de personajes, el enredo de situaciones e historias y el embrollo estilístico que Baricco ha desplegado en el libro no son las manifestaciones de una anarquía narrativa, aunque así pueda parecer a primera vista, sino los apuntes visibles y los rasgos vaporosos de un orden latente prefigurado, algo así como las notas y arpegios en la estructura oculta de una sinfonía polifónica.

El libro “Homero. Iliada” no es propiamente una novela; se trata de una adaptación o reproducción de la célebre obra homérica, concebida como un texto destinado a la lectura pública, que se llevó a cabo por primera vez en Roma y Turín en otoño de 2004. Por tal razón, aunque se observen en ella la mayoría de las características de la narrativa baricconiana, no es susceptible de ser analizado en referencia a los presupuestos estéticos de dicha narrativa, y ni tan siquiera en relación a los parámetros analíticos de una crítica literaria al uso. Por consiguiente, en este caso, han de ser otras las variables literarias a considerar a la hora de afrontar el estudio de la forma y el contenido de la obra, tales como: la idoneidad de la adaptación literaria, la correspondencia y fidelidad respecto del texto original, la coherencia formal, la preservación o no de los contenidos primigenios, las consecuencias que genera la ingerencia de Baricco en el espíritu y el sentido primitivo de la creación homérica, etc.

VALORACIÓN

La “Iliada” de Homero es un poema épico que, como toda las obras homéricas, circunscribe su contenido a la Guerra de Troya, acontecimiento histórico que se produjo a finales del s. XIII o principios del s. XII a.C. Concretamente relata los sucesos que acaecieron durante cincuenta y un días del último año de esa guerra, que duró una década y terminó con la conquista y la destrucción de la ciudad de Troya por parte de los aqueos. El poema consta de 15000 versos distribuidos en 24 Cantos. Está construido sobre la base de una estructura sencilla, en la que el peso principal de la obra lo soportan los Cantos I, VI, IX, XVI, XVIII, XXII y XXIV, o sea, los que se han dado en llamar los Cantos “Dramáticos”, que no son otros que los que se refieren explícitamente a las diversas situaciones y a los cambios de talante que vive Aquiles en el transcurso de los hechos que se narran, y en la que el resto de los Cantos presentan una épica más ligera sustentada en poemas al uso sobre la guerra. Es un himno a las virtudes y las maldades que atesoran los dioses, los héroes y los hombres; virtudes (el sentido del deber y del honor, la solidaridad, la obediencia, la astucia, la compasión, la disciplina, el sacrificio, la valentía, la perseverancia, la fortaleza etc.) y maldades (la soberbia, la ira, la codicia, el desprecio por la vida, la ambición, la prepotencia, la envidia, la venganza, el odio, la morbidez que genera el uso de la fuerza bruta, etc.) que sin duda, propician el desencadenamiento de las hostilidades propias de toda guerra y apuntalan el espíritu bélico que caracteriza el desenvolvimiento de cualquier contienda militar. El poema dramatiza el incidente de la disputa entre Agamenón, el comandante en jefe de los aqueos, y Aquiles, príncipe de Pitia y el mejor guerrero del ejército aqueo, que tiene lugar a propósito del secuestro de Criseida (una esclava de Aquiles) que perpetra Agamenón, en un acto de rabia y despotismo, despechado porque se ve obligado a devolver a un sacerdote de Apolo la hija que de modo impune y cobarde previamente también había raptado. Aquiles, ante el impúdico agravio, decide retirarse con sus huestes de la batalla, lo cual deriva en una extraordinaria merma en las fuerzas aqueas. Las consecuencias son inmediatas: los troyanos infligen una severa derrota a los aqueos, que no tienen más remedio que retroceder y replegarse a su campamento. Los troyanos, enardecidos por la nueva situación de la batalla, claramente favorable a sus intereses, se apostan en las inmediaciones del campamento y lo asedian. Las bajas aqueas son numerosas y la posibilidad de la victoria cada vez más remota. Mientras tanto, Aquiles permanece con los suyos al margen de la contienda. De nada sirven las mensajerías de desagravio, agasajo y súplica que le envía Agamenón, ni los intentos que realiza otro afamado héroe, Ulises, para convencerle de que deponga su actitud y se incorpore inmediatamente a la lucha. Los acontecimientos cobran otro cariz cuando Patroclo, el amigo más íntimo y querido de Aquiles, consciente del final trágico que el destino les deparaba a sus compañeros aqueos, resuelve tomar parte activa en la batalla. No le satisface la idea de embarcarse en las naves y abandonarlos a su suerte, como pretendía Aquiles. Así que le pide permiso para luchar a su comandante y amigo, y le ruega además que le preste sus armas y armaduras. Éste accede. Y cuando Patroclo irrumpe en el campo de batalla todos creen que quien se esconde debajo de aquellas galas de guerra no es sino el invencible y muy temido príncipe de Pitia. Los aqueos se envalentonan y vuelven a la lucha con ímpetu renovado. Por su parte, los troyanos pierden posiciones. Pero Patroclo cae muerto en combate a las puertas de la ciudad. Quien lo vence y mata es Héctor, el príncipe y héroe de los troyanos. Al conocer la muerte de su amigo, Aquiles hace de tripas corazón, reprime el orgullo y determina vengar la afrenta recibida. De esta manera, se enfrenta a Héctor, a quien mata en igualada y titánica lid. Durante varios días arrastra amarrado a su carro el cuerpo de Héctor, dando tres vueltas alrededor de las murallas de la ciudad. Finalmente, en un gesto de magnanimidad y fortaleza, atendiendo el ruego de Priamo, el rey de Troya y padre de Héctor, permite que el cuerpo del héroe muerto, misteriosamente incólume, le sea devuelto al progenitor. Y así acaba el poema.

Resulta curioso que Homero no recogiera en este poema, no ya las circunstancias y sucesos que determinaron el inicio de la Guerra de Troya e incidieron en su posterior evolución, sino tampoco las condiciones y términos de su consumación, y que presente un texto con un desarrollo argumental parcial y limitado, carente de una contextualización completa y precisa de la narración y que no describe la totalidad de los hechos concurrentes en esa guerra. Sin embargo, la actitud del poeta griego tiene fácil justificación. En primer lugar, porque no hay que olvidar que el texto homérico tenía una difusión fundamentalmente oral, y aunque fuera susceptible de sufrir alteraciones formales e incluso de contenido (a veces introducidas de modo inconsciente, y otras motivadas por los fallos de memoria o la intención de protagonismo del aedo o rapsoda) cumplía con su primordial función comunicativa y satisfacía a sus destinatarios. En segundo lugar, porque el auditorio ya conocía la historia y el desenlace de estos cantos homéricos y no necesitaba la explicación en detalle de los previos a los hechos que se narran ni del progreso de la guerra hasta su conclusión. Y en tercer lugar, porque además el autor ya introduce suficientes referencias a dicha guerra, a través de la exposición del devenir de los diferentes estados anímicos que experimenta Aquiles en la particular batalla por el honor que libra con Agamenón. Con todo, es obvio que el público se sentía colmado con el relato épico de este episodio aislado y pormenorizado de la Guerra de Troya, mediante el cual el aedo le transmitía esencialmente las excelencias que conformaban el inconsciente colectivo heleno, que en el fondo era lo que quería escuchar. No necesitaba más. Y si a esto le añadimos la presentación inigualable que Homero hace de los distintos personajes que la protagonizaron (descritos con trazos sobrios, casi elementales, pero increíblemente expresivos, caracterizados conforme a la excelencia y magnificiencia del rol que desempeñan en el escenario de la batalla y dotados de una insólita vitalidad que trasciende el propio poema y convulsiona los corazones de los oyentes), pues no es de extrañar que la obra no defraudase las expectativas de la audiencia y fuera de su total agrado.

Por su parte, la “Iliada” de Alessandro Baricco es el resultado de una radical transformación del texto homérico, a partir de la versión traducida al italiano por María Grazia Ciani, encaminada a la adaptación del poema original para una lectura pública, supuestamente en parámetros de actualidad y modernidad. La renovación se concreta en los siguientes aspectos: la alteración de la estructura formal, consistente en la desaparición de los 24 Cantos del texto original, que son sustituídos por 21 piezas narrativas expuestas en primera persona por 20 protagonistas de la Guerra de Troya y un aedo , Demódodo, que se encarga de cerrar el relato; la suplantación de la voz narrativa omnisciente característica en la épica homérica por una recreación polifónica de los acontecimientos; el apartamiento absoluto de cualquier intervención o concurso de los dioses en la obra, cuya participación paradójicamente era ineludible en el texto primitivo y, además, primordial para la comprensión de los hechos; la eliminación de parte del texto primigenio, sobre todo los fragmentos relativos a la enumeración de soldados y su genealogía y al de naves, pertrechos y enseres; la anulación de toda expresión arcaica; la introducción de textos propios que Baricco añade en letra cursiva con la intención de dar coherencia a la narración, armonía a la coral polifónica que canta en “solos” la Guerra de Troya y unidad temática a a una historia-puzle completada con los relatos-pieza individuales de sus protagonistas; la incorporación de un personaje ajeno a la “Iliada”, el aedo Demódodo, a quien recurre Baricco para informar al lector u oyente del final de la Guerra de Troya, poniendo en boca de éste las referencias al mismo que aparecen en la “Odisea” y que se citan también en otras fuentes; y por último la presentación de un epílogo en forma de ensayo breve, en el que Baricco elucubra acerca de la posibilidad de superar la atracción fatal que la belleza de la guerra ancestralmente ejerce sobre los hombres, y trascender a una dimensión de humanidad cimentada en el ideal de belleza de una armonía universal.

La guerra. Siempre la guerra. Indudablemente la guerra es el tema remanente de la “Iliada”. En ella Homero nos ofrece una concepción de la misma inspirada en el principio clásico de superación de los conflictos por el poder de la fuerza, máxima por la cual el antagonismo en las ideas, los intereses, las apetencias o las pretensiones se ha de dirimir en el campo de batalla, y sólo se resuelve cuando uno de los opuestos o contrarios es derrotado o aniquilado. El libro transmite la impresión de que el sentido y razón de ser de la guerra es la mera lucha por la lucha, y de que los hombres no sirven más que para luchar, luchar por luchar. Y ni siquiera el motivo oficial que, según la tradición, desencadenó la Guerra de Troya (el rapto de Elena, la esposa de Agamenón, por parte de Paris, el hermano menor de Héctor) o las verdaderas causas de índole geopolítica-económica (el control del estrecho de los Dardanelos y de las rutas comerciales entre el mar Egeo y el mar interior del Mármara) y de orden industrial-militar (el control de los yacimientos de minerales de la zona y la producción de metales) que la provocaron encubren esta consideración. Así, la guerra se muestra como una actividad natural y cotidiana de los hombres. En esta ocasión son diez años de contienda sin cuartel, diez años de barbarie y horror, en los que carecen de importancia las motivaciones y las consecuencias de tanta atrocidad, en los que se obvian el antes y el después de cada acto y en los que el único anhelo de los hombres es matar y no ser muertos. Todos los combatientes matan, sin excepción, es la ley de la guerra: matar o morir. Y, claro está, muchos mueren. Son muertes crueles, extremecedoras –por mucho que Baricco se empeñe en llamarlas “poéticas”-, que Homero retrata de forma explícita en toda su repugnancia. Evidentemente en el libro sólo se destacan las victorias, derrotas y muertes de los héroes, los superhombres que llevan el peso de la batalla y que encarnan las voluntades de los dioses, culminan sus propósitos y sustancian los designios prefijados por las divinidades para cada uno de ellos. Porque, no lo olvidemos, en la tradición griega, son los dioses quienes deciden el destino de los héroes y los hombres. Éstos, en el mejor de los casos, pueden llegar a intuirlo; pero no les es dado variar o modificar su signo, ni siquiera para reconducir una situación indeseada o peligrosa, evitar una tragedia o simplemente para preservar sus vidas. De esta forma, el devenir de las batallas depende de la suerte que corre un héroe u otro en función del humor que le asiste en cada momento a su dios protector, y no de la estrategia planificada por los mandos o de la capacidad de lucha y habilidad de los propios héroes. Ciertamente el margen de maniobra que les permite el determinismo al que se hallan sujetos es nulo. Por ello resulta sorprendente el ansia de gloria y el desprecio por la vida que les caracteriza, y más aún la diversidad de sentimientos que atesora cada héroe, que es a veces miserable, a veces magnánimo, otras valiente, otras cobarde, en ocasiones prudente, en ocasiones temerario, otras impávido, otras un niño lloriqueante, por momentos dialogante, por momentos despiadado, en algún caso mezquino, en otros asesino, y en otros salvador, etc. No obstante, entre todos, hay dos héroes que parecen disponer de ciertas prerrogativas y libertad de acción. Uno, Aquiles, que tiene la potestad de elegir su futuro, y puede optar entre retirarse a su casa y morir longevo en el olvido de una plácida jubilación y entre tomar parte en la guerra y morir en Troya para ganar la gloria eterna (como es sabido, el héroe griego no pudo sustraerse a la fascinación de la guerra y eligió el segundo camino, pagando tributo a sus anhelos de celebridad). Y otro, Ulises, que es el único que presenta un comportamiento equilibrado y homogéneo en todas sus acciones, y destaca por su inteligencia, astucia, templanza y valentía, atributos que le facultan para posicionarse de alguna manera por encima de los dioses. Analizando su forma de proceder (les ofrece sacrificios y les rinde pleitesía con ofrendas materiales, pero de modo formulario y con el exclusivo propósito de aplacar su ánimo; les tienta y les reta, con el objetivo de ponerles a prueba, etc.), da la impresión de que utiliza a los dioses en provecho de sus intereses o intenciones, e incluso parece que es capaz de vencerles. Y es justamente Ulises quien cierra la “Iliada” de Baricco con esta sugerente y apoteósica frase: “Yo soy Ulises. Vengo desde Ítaca. Y algún día allí regresaré”. Probablemente Demódodo, el aedo que acababa de narrar al desconocido que tenía delante su versión del final de la Guerra de Troya, al conocer la identidad del extraño extranjero sintió que las piernas le temblaban y que un escalofrío le sacudía el espinazo. Y no era para menos. Ante él estaba el protohéroe griego que ideó la construcción del gigantesco caballo-trampa que sirvió para franquear la puerta principal de las murallas de Troya. En su vientre se ocultaba, entre otros, Ulises, el mismo individuo que clavaba ahora en él su mirada melancólica, Ulises, que abanderó la toma de la ciudad y logró su definitiva rendición. Y, como Demódodo, también el lector se conmueve ante la fuerza expresiva de esta frase que le impacta de lleno en el corazón y despierta en él la necesidad de indagar en el espíritu del protohéroe, cuya presencia en la memoria se le antoja ya insoslayable. Y seguramente sólo se sentirá reconfortado cuando abra el libro de la “Odisea” y comience la lectura de los 12800 versos que desbrozan las profundidades del corazón y el espíritu de Ulises, y lo muestran en la desnudez de su humanidad y en la grandeza de su naturaleza heroica. Entonces, y sólo entonces, entenderá qué ocurrió en la Guerra de Troya.

Naturalmente las dos obras magnas de Homero inciden en una concepción arcaica de la guerra, como no podía ser de otra manera, según la cual la guerra es el mecanismo conciliador de objetivos e intereses encontrados de los pueblos, por dominio, preponderancia o anulación de unos sobre otros a través del uso de la fuerza militar. Así, la guerra se manifiesta como el medio óptimo para la consecución y preservación de la libertad, la autonomía y la dignidad de los pueblos. Y es esta magnificencia de pueblo, nobleza de estirpe y grandeza de imperio conseguida en el campo de batalla la que ensalza Homero en sus poemas épicos. Contrariamente a esta idea de la guerra, otro heleno, Heráclito de Éfeso, defendía que “la guerra es padre de todo”. Eso sí, padre pacificador, padre de futuro, padre regulador de la inercia natural de los elementos a la lucha de los contrarios, padre de la genuina dialéctica y padre de progreso. Es la guerra entendida como sinónimo de tensión armónica de los opuestos, como lugar de encuentro, que en el caso de los conflictos de las personas y /o pueblos se traduce en la confrontación de ideas e intereses antagónicos, cuya resolución deberá buscarse en la panacea del diálogo. Baricco, por su parte, en el mini ensayo que escribe como epílogo de la obra, interioriza la propuesta teórica de Heráclito; pero va mucho más allá, y aborda la cuestión de la guerra desde la perspectiva ideológica del antimilitarismo y pacifismo modernos y desde un esteticismo psicologista que se encuadra en el marco de lo ideológica-política-socialmente correcto, y que considera cualquier expresión de violencia como una acción aberrante, como una rémora psicológica y social de nuestra animalidad latente, como un enterramiento de la racionalidad en la tumba de la salvaje estética de una voluntad de poder que se revela en pasión bruta, sangre, sensación de dominio, sentimiento de superioridad y desdén por la vida. Y así como la épica homérica servía al propósito de la glorificación de los héroes guerreros que habían contribuido a la forja de la grandeza del pueblo griego, por el contrario, esta misma épica – por mor de la intencionalidad que Baricco demuestra al proponer la lectura del texto homérico en su versión sui géneris- se convierte en una crónica del horror, en un acta de la ignominia y la miseria moral de los valedores de la guerra y en un escrito de denostación del espíritu bélico, tan arraigado en la mentalidad de los antiguos griegos, que perdura en nuestros días.

Esta actitud de Baricco y, en general, la intervención del escritor turinés en la obra homérica ha suscitado una viva polémica en medios literarios. Las posturas son irreconciliables. Por un lado, destaca la de quienes consideran su trabajo como un desafortunado ejercicio de taller literario, ilícito e inaceptable, o como un execrable atentado a la creación homérica, una agresión alevosa a su poema épico que liquida el espíritu que lo animó, con lo cual queda reducido a un híbrido nacido de la filosofía del corta y pega de Windox, o como un “reality show” con tintes de estética “gore”, en el que los héroes griegos relatan en primera persona sus penas, frustraciones, miedos y miserias, o como un producto de “charcutería” (que no llega tan siquiera a ser un producto editorial, ni mucho menos aún un producto literario), es decir, una sublimación infame de la “Iliada” en un cadáver desmembrado, triturado, machacado y enfundado en el intestino amable de un libro, como si se tratara de una longaniza de palabras. Y por otro lado está la postura de quienes defienden la revisión de la “Iliada” que lleva a cabo Baricco como un extraordinario y meritorio esfuerzo de actualización de la obra homérica en aras a un acercamiento de la misma al gran público contemporáneo, o como una valiosísima muestra de su quehacer literario en la pedagogía de los grandes clásicos, tarea encomiable y necesaria en estos tiempos de la prisa, la lectura liviana, el imperio de los “multimedia” y de esnobismo ultrafuturista. Sea como sea, si la lectura de Homero. Iliada de Alessandro Baricco ha servido para que algún lector ávido haya sentido la inquietud de abordar la obra original y embeberse en el laberinto de sus versos, pues ni tan mal, algo hemos ganado.